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Medea: Desesperación y Venganza

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X

(Sale a escena el pedagogo con los niños.)

PEDAGOGO
Señora, se han salvado los niños.
Se libran del destierro.
Entusiasmada la joven reina recibió
en propias manos los regalos que le enviaste.
Ya nada tiene que temer de ella.
Y ahora, ¿por qué te has alterado
en el momento en que te sonríe la fortuna?
¿Por qué desvías tu rostro hacia otra parte
y no oyes con alegría la noticia que te dan?

MEDEA
¡Ay, ay!

PEDAGOGO
Tus lamentos no casan con mis noticias.

MEDEA
¡Ay, ay, una vez más!

PEDAGOGO
No comprendo. ¿Me equivoqué
al creer que te traía
buenas noticias, y te traigo desgracias?

MEDEA
Has traído lo que tenías

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que traer. No te reprocho nada.

PEDAGOGO
¿A qué viene, pues, esa mirada
baja y este torrente de lágrimas?

MEDEA
Es para mí una necesidad, buen hombre.
Los dioses y yo, con mi mala cabeza,
así lo hemos tramado.

PEDAGOGO
Ánimo. Llegará el día en que tú también
volverás, gracias a tus hijos.

MEDEA
Antes, ay de mí, he de hacer que otros
den con su cuerpo bajo tierra.

PEDAGOGO
Otras madres también
se separaron de sus hijos;
no eres tú la única.
Un mortal debe soportar
las desgracias con entereza.

MEDEA
Tienes razón. Ahora entra en casa
y cuida de mis hijos como todos los días.
(El pedagogo sale de escena.)
Hijos míos, hijos míos, vosotros tenéis ciudad,
y una casa en la que para siempre,
para siempre viviréis. Sin madre os quedáis
y me vais a abandonar en mi desgracia.
Y yo parto para el destierro, fugitiva.
No he tenido tiempo de disfrutar con vosotros,
y con la felicidad de veros casados. No podré
engalanar vuestro lecho nupcial

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y llevar en mi mano las antorchas de la boda.
Mi orgullo me ha hundido en la miseria.
Hijos míos, os he criado, pues, en vano.
Inútiles han sido mis esfuerzos
y para nada sufrí tantos dolores
en las atrocidades de mis partos.
¡Pobre de mí, que tantas esperanzas
puse en vosotros! Os veía como el sostén
de mi vejez y, a mi muerte, creía
que me ibais a enterrar piadosamente
como es el anhelo más humano. ¡Ilusiones
perdidas! Madre de mis hijos, arrastraré
una vida triste y llena de penas.
Jamás a vuestra madre ya veréis con esos ojos
tan queridos: estáis en marcha hacia una forma
de vida realmente distinta.
¡Ay, ay! ¿Por qué me miráis así, hijos míos?
¿Por qué me dirigís tan fúnebre sonrisa?
¡Ay, ay, amigas! ¿Qué haré? Se me va el corazón,
cuando veo la mirada radiante de mis hijos.
No, no podría. Adiós, resoluciones
de hace unos instantes. Me llevaré a mis hijos
de esta tierra.
¿Es preciso que por afligir
al padre con los dolores de estos
niños mis penas multiplique yo misma?
¡No, no, de ninguna manera! Adiós,
adiós, mis planes.
Pero ¿qué me está pasando?
¿O es que deseo ser el blanco de las burlas
dejando a mis enemigos sin castigo?
Hay que atreverse. Soy cobarde
y brotan de mi alma blandas palabras.
Entrad en casa, hijos.
(Los hijos salen de escena.)
A quien las leyes divinas le prohíban
asistir a mis sacrificios,
allá él, es cosa suya. Mi mano no vacilará.

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¡Ah, ah!
No, corazón, no, tú no lo hagas,
no puedes cometer este crimen.
Déjalos, desdichada, ahorra
la vida de tus hijos. Aunque no vivan conmigo
me darán alegría.
No, por los que abajo,
con Hades, son los Vengadores,
jamás será posible que abandone
a mis hijos a mis enemigos
para que los ultrajen.
Es de necesidad total, han de morir.
Y, como es preciso, los mataremos nosotras
que les dimos la vida.
Ya que voy a tomar el camino más penoso,
y a ellos voy a enviarlos
por otro todavía más penoso,
quiero despedirme de mis hijos.
(Hace una señal en dirección a la casa. Los niños salen.)
Dad, hijos míos,
dad la mano a vuestra madre,
que os la quiere besar.
(Abrazando a sus hijos y cubriéndolos de besos.)
Oh dulce mano, oh boca amorosísima,
figura y cara noble de mis hijos,
sed felices los dos… pero allí:
vuestra felicidad de aquí, os la ha robado
vuestro propio padre. ¡Oh dulce abrazo,
tierna piel, aliento suave de estas criaturas!
¡Adiós, adiós!
(Los aparta de ella y les hace la señal de que vuelvan a entrar en casa.)
No me siento, para mirar a mis hijos,
ya con fuerzas. Sucumbo a mis propias desgracias.
Sí, siento los estragos que voy a causar;
pero la pasión es más fuerte que mis resoluciones
y ella causa, en el mundo, los peores males.

60
CORIFEO
Ya en muchas ocasiones
me aventuré en reflexiones más sutiles
y me he enfrentado con disputas más serias
de las que debe abordar el sexo femenino.
Y es que tenemos, también nosotras,
nuestra Musa que nos da lecciones
de sabiduría; aunque no a todas,
por supuesto. Pero hay pocas mujeres
—quizá encontrarás una entre mil—
que sean extrañas a las Musas.
Y voy a ser bien clara: los mortales
que jamás han tenido la experiencia
y no han engendrado hijos, en felicidad
aventajan a quienes los tuvieron.
Los que no tienen hijos ignoran
si para los mortales los niños reportan
alegría o angustia; y al no haberlos tenido
ignoran si se libran de pesares sin cuento.
Pero, a los que tienen en casa una dulce
prole de hijos, noche y día los veo
de angustia consumiéndose.
En primer lugar piensan en cómo
criarlos dignamente,
y piensan también en la manera
de dejarles algún tipo de herencia.
Y todavía si libran sus batallas
para unos negados o para hijos
que se lo merecen, esto
jamás está muy claro.
En fin, el mal supremo para todos
los mortales, voy ahora a decirlo:
supongamos que hallaron recursos suficientes
y que la flor de la juventud
alcanzaron los hijos
y que hasta resultaron
gente con principios.
Pero si el destino
así se presenta, la Muerte

61
se pone rumbo al Hades
llevándose los cuerpos de los hijos.
¿Qué provecho se saca, pues,
si a las otras penas
ésta aún, la más atroz,
por causa de unos hijos
los dioses infligen a los mortales?

MEDEA
Hace ya rato, amigas,
que en espera del acontecimiento
alargo el cuello para ver
lo que allí está sucediendo.
Mirad: un hombre del séquito de Jasón
se acerca hacia nosotras.
Su aliento jadeante lo revela:
viene a anunciar
alguna desgracia insospechada.
(Entra precipitadamente un sirviente de Jasón.)

MENSAJERO
¡Oh tú, que un acto horrendo
contra la ley has perpetrado,
huye, Medea, huye!: ¡sí, ni carro marinero
desdeñes, ni vehículo terrestre!

MEDEA
¿Qué ocurre? ¿Por qué tengo que huir?

MENSAJERO
Acaban de morir hace un instante
la joven reina y su padre Creonte,
víctimas de tus venenos.

MEDEA
¡Maravillosas palabras! A partir de ahora
entre los bienhechores te contaré,
te contaré entre mis amigos.

62
MENSAJERO
¿Qué dices? ¿Estás en tu sano juicio, mujer,
o te has vuelto loca? Después de arrasar
el hogar real ¿te alegras en lugar de temblar
ante esta noticia?

MEDEA
Pero no te excites, amigo, y habla.
¿Y cómo han perecido? Porque me darás
una doble alegría si han muerto
del modo más atroz.

MENSAJERO
En cuanto con su padre llegaron
tus dos hijos y franquearon el umbral
de la nupcial morada, sentimos
una gran alegría los servidores
que sufríamos por tus males.
Y al punto corrió la voz
de que tú y tu marido
habíais cerrado solemnemente
vuestro pleito.
Uno besa la mano de los niños, aquél
su cabeza rubia; y yo mismo,
desbordante de alegría,
hasta las habitaciones de las mujeres
me voy con ellos. La señora
que ahora en lugar de ti honramos,
antes de reparar en tus dos hijos,
tenía una mirada ardiente, fija en Jasón.
Pero, al verlos, se tapó al punto
los ojos y torció hacia atrás
su radiante mejilla, presa de aversión
por la entrada de los niños. Tu esposo
intentaba aplacar la cólera y la rabia
de la muchacha, y le decía:
«¿Quieres no mostrar odio a los amigos?
Serena tu resentimiento y vuelve
hacia aquí esa cabeza.

63
Que los amigos de tu marido
sean tus amigos. Acepta
estos regalos y pídele a tu padre
que, por amor a mí, a estos niños
absuelva del destierro».
Sí, y ella vio los regalos
y no se resistió. A su marido
se lo concedió todo. Aún no estaban lejos
del palacio el padre y los hijos
cuando ella cogió el velo de vivos colores.
Se lo puso. Y ciñéndose la corona de oro
sobre sus rizos, se arregla el pelo
en un luciente espejo. Le sonríe
a la imagen inanimada de su cuerpo.
Por fin se levanta del trono para cruzar
la estancia, y mueve con gracia el paso
de unos radiantes pies.
Por los regalos henchida de alegría,
una y otra vez se pone de puntillas
y todo lo escudriña con sus ojos.
¡Pero, de repente, es horroroso lo que ven!
Porque cambia de color e, inclinándose,
retrocede. Le tiemblan todos los miembros
y apenas logra reclinarse en su trono
para no caerse al suelo. Una criada anciana,
que quizá lo ha tomado
o por un pánico, o por un acceso
furioso de algún dios,
pronuncia a gritos un conjuro.
Pero ve que le brotan de los labios
unas espumas pálidas, y que los ojos
se le ponen en blanco, y que sin sangre
se le queda el cuerpo. Al alarido de conjuro
le siguió entonces un gran grito de llanto.
Y al punto corre una
a las habitaciones del padre,
la otra a las del nuevo esposo para
comunicarles la desgracia de la novia.
Y es una sucesión de ecos

64
de carreras precipitadas
el palacio entero.
Ya, con paso ligero,
habría un corredor rápido
hecho un estadio y tocaría la meta,
cuando ella, recuperando la voz
y abriendo los ojos,
con un gemido horrible
se despertó la pobre.
Y es que le asaltaba
una doble calamidad:
la corona de oro
que llevaba en la cabeza
despedía un prodigioso
torrente de llamas devastadoras;
y el finísimo velo
—regalo de tus hijos—
consumía las radiantes carnes
de esta desdichada.
Se levanta del trono y huye,
envuelta en llamas.
Sacude la cabellera, la frente,
de un lado para otro,
en su deseo de librarse de la corona.
Pero aquel oro
era un garfio soldado al pelo.
Y cuanto más sacudía su cabellera,
más la llama doblaba su fulgor.
Y cae al suelo sucumbiendo a su tormento;
excepto un padre,
¿quién la reconocería?
Ya no se distinguía
ni la forma de sus ojos,
ni la belleza de su cara.
La sangre, desde la cima de su cabeza,
goteaba confundida con el fuego.
Y, bajo las invisibles dentelladas del veneno,
se desprendían de los huesos
sus carnes, como lágrimas de pino.

65
¡Horroroso espectáculo!
Todos teníamos miedo
de tocar el cadáver:
su suerte nos daba una lección.
El pobre padre, que ignoraba
la desgracia, de pronto entra
y se arroja sobre la muerta.
Rompe en sollozos y,
estrechándola en sus brazos,
la besa y le susurra:
«Pobre criatura, di,
¿qué dios te condenó
a una muerte tan infame?
¿Quién deja privado de ti
a este anciano, que es pura tumba?
¡Ay, hija mía!
quiero morir contigo».
Cuando terminaron los lamentos y los sollozos,
intentó ponerse en pie.
Pero su fino velo
se agarra a su decrépito cuerpo
como yedra a las ramas del laurel;
la lucha fue espantosa.
Porque, cuando él quería alzar una rodilla,
la muerta lo retenía.
Y, si tiraba con fuerza,
de sus huesos arrancaba
trozos de carne.
Por fin el pobre renuncia
y entrega su vida,
pues no pudo vencer
más tiempo a la desgracia.
Y yacen, hija y padre, muertos uno al lado
del otro —una desgracia, ay,
que está pidiendo lágrimas—.
(Dirigiéndose a Medea.)
Y respecto a lo que te concierne, no quiero decir nada:
pronto en ti misma experimentarás el vaivén del castigo.

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A la humanidad no es hoy la primera vez que la considero sombra pura,
y lo diré sin ningún miedo:
los mortales que se tienen
por más dotados y ansiosos de razones
ésos son los más crudamente castigados. Porque, entre los hombres,
no hay ni uno solo que sea feliz.
Y quien llega a disfrutar las riquezas
puede que sea más afortunado que los demás,
pero feliz, pero feliz, jamás.

CORIFEO
La divinidad en este día
parece que descarga
sobre Jasón muchos males bien merecidos.
¡Ay, desdichada, cómo lloramos tus desgracias,
hija de Creonte, tú que has descendido
al portal de los muertos,
por culpa de las bodas de Jasón!

MEDEA
Amigas, el acto está decidido:
matar a mis hijos,
matar a mis hijos ahora mismo
y huir de esta tierra.
No quiero, por mi retraso,
abandonar mis hijos a los golpes
de otra mano aún más hostil.
Es necesario, han de morir:
y puesto que es preciso,
los mataremos nosotras
que los dimos a luz.
Venga, pues, ármate
de valor, corazón mío.
¿Por qué aplazar el perpetrar
el terrible y necesario mal?
Venga, desdichada mano mía,
coge la espada, cógela. ¡En marcha
hacia la meta de la que arrancará
el luto de tu vida! ¡Nada de

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cobardías! Y no te acuerdes
de que ellos son tus hijos
amadísimos, ni de que tú
los has parido. Al menos, por un día
que vuela, de tus hijos
olvídate, y después llora.

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