1.
Ariadna
E
l incesante y rítmico golpeteo de la lluvia contra el cristal despertó a Ariadna, que
con solo echar un vistazo al exterior del coche, comprobó que aún no habían
llegado a su destino, el nuevo y tan renombrado “Instituto Femenino Santa
Eugenia Sangrante”. El nombre ya de por sí, le había sonado tremendamente mal a la
joven Ariadna pero según su abogado, Nicholas Trent, ésta era la mejor institución
privada de la zona y además, sólo tenía dos años. Todo un chollo.
Miró al chófer que la conducía en silencio a través de la lluvia y tuvo deseos de pedirle
que diera media vuelta y la condujese de nuevo a la Avenida del Sol número 13, a
aquella maravillosa residencia donde había pasado sus diecisiete años de vida y de la
que nunca había salido indefinidamente, como ahora.
Al pensar en todo lo que había dejado atrás sintió un nudo en el estómago y los ojos le
ardieron, rebeldes, intentando hacer que rompiese su promesa. Tomó aire y obligó a ese
nudo a deshacerse a base de fuerza de voluntad hasta que finalmente lo consiguió. Se
tocó inconscientemente el anillo de plata que llevaba en su dedo índice de la mano
derecha, como hacía siempre que lograba autocontrol. Sintió en su mano las formas de
la plata, el círculo y la estrella de cinco puntas perfectamente detalladas. Muchos
pensaban que ese símbolo era maligno pero a ella siempre le había gustado, le
proporcionaba paz, y en esos momentos de su vida, la necesitaba como el aire para
respirar.
El Mercedes, de color negro, se detuvo ante unas rejas de casi tres metros de altura,
terminadas en punta. El chófer bajó la ventanilla del vehículo y pulsó un interruptor en
la pared de ladrillo. Una cámara enfocó directamente el rostro del conductor y éste
habló al portero automático solicitándoles que abrieran las puertas. Tras cinco segundos,
un horrible chasquido hizo volver al presente a Ariadna, que observó en silencio cómo
las enormes masas de metal se abrían lentamente de forma automática, cediendo paso al
automóvil.
Mientras avanzaban hacia el interior del Instituto, Ariadna leyó un cartel dorado en las
puertas que decían “Feliz encuentro, feliz partida, nuestro saber contigo llevas, para
que lo amplíes y nos lo devuelvas”. Ariadna sonrió ante la enigmática frase y aguardó en
su asiento pacientemente hasta que el chófer abrió el paraguas y la puerta, invitándola a
salir.
Un viento frío recorrió el cuerpo cálido de la joven, que se estremeció. No le gustaban la
humedad ni las bajas temperaturas y deseó refugiarse pronto en el interior del edificio.
Al salir del vehículo sus zapatos se metieron de lleno en un pequeño charco inevitable
que abarcaba casi toda la acera. Irritada, Ariadna, siempre bajo el paraguas del chófer,
corrió hasta el porche del edificio principal, a solo tres metros de distancia. Una vez allí,
a salvo de mojarse, el conductor retrocedió hasta el maletero en busca de las maletas de
la muchacha.
La joven observó el enorme edificio en forma de U, cuyos brazos se alzaban
impresionantemente altos a los lados de la joven. Las ventanas del brazo derecho
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estaban todas cerradas y muchas de ellas con cortinas echadas que impedían ver el
interior del edificio. En su lado opuesto, Ariadna comprobó que se repetía la misma
privacidad, salvo en una única ventana, abierta de par en par en el segundo piso, justo
en frente de ella. La joven divisó una luz y las cortinas revoloteando de un lado a otro
por el viento. Sintió un escalofrío al sentir una nueva ráfaga helada y se frotó los brazos
con las manos una y otra vez, intentando hacer circular la sangre. Al mirar de nuevo
hacia la ventana abierta se encontró con un par de ojos que la miraban desde arriba con
detenimiento. Parecía una muchacha de su edad, de pelo moreno y largo, que le caía por
los hombros en cascada. Llevaba una blusa blanca de manga corta y un pañuelo al
cuello.
- Ya está, señorita, podemos entrar.
Ariadna suspiró con alivio al ver que el chófer había puesto a salvo todas sus cosas y le
abría la puerta de la residencia respetuosamente. Encogida de frío, Ariadna entró en el
edificio seguida por el chófer, que sostenía las dos pequeñas maletas y la bolsa de mano
que acababa de sacar del maletero.
El interior del edificio era cálido y de aspecto austero, de paredes blancas y suelos
alfombrados en distintos tonos grises u oscuros. El mobiliario era de madera maciza,
evidentemente muy valioso, barnizado y reluciente como si se estrenase ese día. Del
techo colgaba una lámpara de cristal de cinco brazos que, de estar encendida, iluminaría
sin problemas por sí sola toda la estancia de recepción. Por mobiliario había una mesa
de centro, adornada con un jarrón de porcelana blanco y flores azules, blancas y
amarillas; al fondo, una mesa de té con cuatro sillones a su alrededor revestidos por
tapicería granate. Una escalera subía hacia el piso superior dividiéndose en dos tramos a
su mitad, de forma que se pudiese elegir el ala que se deseaba visitar. A los lados de la
escalera se distinguían dos pasillos con múltiples puertas de madera a ambos lados. A la
derecha del recibidor había un salón pequeño, con estanterías llenas de libros y
enciclopedias, una mesa de comedor con varios candelabros de plata y ceniceros de
cristal, siete sillas en torno a ésta, gruesas alfombras con motivos de hojas silvestres en
el suelo y varios tapices con escenas de caza en las paredes. Una pequeña chimenea se
alzaba al fondo, ahora apagada. Este salón podía privatizarse por medio de dos puertas
correderas que en ese momento estaban abiertas de par en par.
El chófer dejó las maletas y la bolsa en el suelo y se echó el flequillo mojado hacia
atrás. Miraba alrededor como si estuviera habituado a ese tipo de residencia, aunque era
evidente que aquel hombre no venía de una familia acomodada. Ariadna se reprendió a
sí misma por esa observación, ya que intentaba no juzgar nunca a nadie por su
procedencia, sin embargo, algo de la elitista clase social de sus padres perduraba en ella
muy a su pesar y de vez en cuando le venía a la mente alguna de esas descabelladas
ideas que, de estar vivos aún sus progenitores, no hubiera tenido más opciones que
practicar.
- Debe ser usted la señorita Montenegro.
Ariadna se giró, sorprendida, ante la voz suave que surgió a su espalda de improviso.
Ante ella tenía a una mujer de unos treinta años, de aspecto severo, vestido negro con
cuello y puños blancos, un rosario colgando del cuello y un estirado moño castaño sobre
la cabeza. Sus ojos, grises como el acero frío, observaban a la muchacha detenidamente.
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- Ésa soy yo, sí.- repuso Ariadna intentando sonreír- Lamento la tardanza pero la
tormenta…
- Sí, es bastante violenta.- interrumpió la mujer- Aunque no hubiera estado de más
que llegasen antes. –tras ese pequeño rapapolvo encubierto, carraspeó- Soy
Minerva Calvo, la rectora de este Instituto.
- Un placer.- se obligó a decir Ariadna, sin demasiado éxito en fingir entusiasmo.
La señorita Calvo hizo una mueca al observar los zapatos mojados de la joven y la ropa
empapada del chófer, que aguardaba en silencio sin saber qué hacer.
- Debería subir a cambiarse de ropa.- dijo la señorita Calvo- Cuanto antes lleve el
uniforme del Instituto antes se acostumbrará a él. Usted puede subir por sí
misma su bolsa, no parece demasiado pesada. En cuanto al resto de su equipaje
lo mandaré subir a los sirvientes.
- De acuerdo.- dijo Ariadna, cogiendo la bolsa de viaje del suelo- ¿Dónde está mi
habitación?
- Segundo piso. Puerta 213. En cuanto se haya cambiado de ropa y secado, baje a
mi despacho, quisiera tener unas palabras con usted.
Ariadna se despidió del chófer y se dirigió con paso firme y decidido hacia las escaleras.
Al pasar delante del salón se cruzó con varias muchachas aproximadamente de su edad,
vestidas con una falda azul marino y una camisa blanca de manga corta con el escudo de
la Institución bordado en el bolsillo: dos manos juntas orando y entre ambas rayos de
luz. Ninguna de las dos muchachas la quitó el ojo de encima mientras subía por las
escaleras y no fue hasta que subió hasta el primer piso que dejó de sentir sus miradas
clavadas en ella.
Deseando que el resto de jóvenes no fuesen como aquellas dos chicas, Ariadna se
dispuso a subir al segundo piso. La bolsa no era demasiado pesada pero comenzaba a
desear deshacerse de ella cuanto antes.
Por lo que pudo comprobar, a simple vista, el primer y segundo piso no difería el uno
del otro. Ambos tenían largos pasillos y gruesas alfombras de colores apagados. Las
ventanas del pasillo estaban cerradas y las cortinas echadas, de modo que la única
iluminación era el de las lámparas que había en las paredes. Cada diez metros
aproximadamente había un cuadro de antiguos alumnos o profesores, que por su
aspecto, debían de haber vivido hacía más de 150 años. Ariadna se preguntó quiénes
serían y qué harían colgados de las paredes de un Instituto con tan pocos años.
Ojeó el número de la primera puerta del pasillo de la izquierda y comprobó que allí
estaban las habitaciones pares, así que su habitación estaba en el otro extremo. Se
dirigió al pasillo de la derecha y avanzó unos veinte metros hasta detenerse ante la
puerta con el letrero “213”. Bajo el número de la habitación había un cartel con el
nombre de los ocupantes de la habitación: “Beatriz Conrado, 4-B” y “Elena Torres, 4-
B”. Ariadna tomó aire y abrió la puerta del dormitorio.
Una corriente de aire frío la dio de lleno en el rostro. Lo primero que vio al entrar en el
cuarto fue una cama con sábanas blancas y edredón gris, impecablemente estirada, junto
a una mesita de noche con una lamparita y un escritorio frente a ésta. A la derecha, un
gran armario ropero. A la izquierda del cuarto, el mobiliario era exacto salvo que la
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cama estaba medio desecha y había un póster pegado a la puerta del armario. Ariadna
reconoció en él a un célebre grupo de música sueco.
Sentada a la mesa de la derecha, balanceándose de un lado a otro, y mirándola de arriba
abajo, una muchacha vestida de uniforme, con el pelo largo y negro suelto sobre los
hombros y un pañuelo azul marino al cuello. No sonreía.
- Perdón.- dijo Ariadna sin saber muy bien qué decir- Creo que este es mi cuarto.
La joven no dijo nada. Ariadna buscó una tercera cama pero en aquel cuarto sólo había
dos.
- Debe de haber un error- dijo Ariadna- En el cartel de la puerta dice que hay dos
alumnas aquí, yo sería la tercera según la señorita Calvo, así que debe de haberse
confundido. Aquí solo hay dos camas.
- No se ha confundido.- dijo la chica, con gesto duro.- Ahora tú ocuparás esa
cama.
Ariadna miró a su espalda, y comprobó que efectivamente, todo aquel lado de la
habitación estaba en desuso.
- De acuerdo.- dijo Ariadna, dejando la bolsa sobre el que iba a ser a partir de
ahora su escritorio- Mi nombre es Ariadna Montenegro.
La chica asintió pero no hizo intento alguno por presentarse a sí misma. Ariadna se
encogió de hombros, incómoda, y se sentó en su cama. Se descalzó y estiró las piernas.
- Hace un poco de frío ¿no crees?
- No.
Ariadna frunció el ceño. Esa actitud de su compañera de cuarto estaba empezando a
hartarla. Se levantó de la cama y sin decir nada más, cerró la ventana. De inmediato, su
piel de gallina se lo agradeció.
- ¿Por qué has hecho eso?- preguntó la otra chica, molesta.
- Te dije que tenía frío. No quiero ponerme mala nada más llegar aquí. Cuando
haga más calor en el cuarto, abriremos de nuevo la ventana, si quieres.
- El que tú tengas calor o frío a mí me es igual. Yo tengo calor. Abre la ventana.
Ariadna no se movió. La joven se puso en pie y se dirigió hacia la ventana pero Ariadna
se interpuso en su camino.
- Tengamos la fiesta en paz. Deja que entre en calor y me vaya. La señorita Calvo
me ha dicho que baje a hablar con ella en cuanto me pongo cómoda. Puedes
abrirla de par en par si quieres, pero cuando me haya ido.
La chica lo pensó un momento y finalmente se sentó en su cama, al otro lado de la
habitación, con gesto de enfado. Ariadna no entendía qué le había hecho para que la
tratase así pero no estaba dispuesta a tolerarlo.
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- Bueno ¿es que no piensas presentarte al menos?
- ¿Por qué? ¿es que acaso te importa?
- No.-repuso Ariadna- pero dado que vamos a pasar bastante tiempo juntas
compartiendo este dormitorio, al menos me gustaría saber cómo he de llamarte,
si es que alguna vez tengo necesidad de decirte algo.
La muchacha la miró, casi con desconfianza, pero finalmente respondió.
- Me llamo Elena.
Ariadna asintió. Seguramente si comentaba algo más, la chica le soltaría alguna ironía y
no estaba de humor para enfrentamientos, menos aún siendo ése su primer día allí.
Elena observó en silencio cómo Ariadna abría la bolsa verde de viaje y sacaba varios
frascos de cristal que iba colocando por orden de tamaño sobre el escritorio. Por la
forma en que la joven sujetaba los frascos, debían de ser valiosos.
- ¿Eso es perfume?- indagó Elena sin acercarse a comprobarlo.
- Sólo los más pequeños.- respondió Ariadna lentamente. No sabía con qué le
saldría ahora su compañera- Los frascos grandes contienen esencias y aromas
naturales que ayudan a la concentración y a la relajación.
- ¿Es que llevas drogas en ese bolso tuyo?- rió Elena.
Ariadna se volvió a mirarla intentando sonreír.
- No son drogas, son esencias de ciertas plantas.
- Como las drogas. –insistió Elena- ¿Es que acaso si por casualidad ingirieses algo
de esos frascos no sería como si te dopases?
- Admito-reconoció Ariadna- que si ése fuera el caso, sí, tendrías los mismos
síntomas que si hubieses consumido. Pero lo que he guardado aquí dentro es su
esencia, usada a modo de aromaterapia, totalmente inofensiva si se usa bien.
- ¿Es que eres acaso doctora?-le dijo Elena, no sin ironía.