personalmente, hacerse su amigo, tratar de aconsejarla...
Durante aquel período, en sus frecuentes insomnios, se
imaginaba sentado a su lado, tomándole las manos o
acariciándole paternalmente el pelo mientras la alertaba
contra los peligros de la ciudad.
Pero no se engañó durante mucho tiempo sobre la
verdadera naturaleza de sus sentimientos para con la
mujer, porque éstos tenninaron por salir a la superficie
de su conciencia y flotaban ya en ella como una flor
malsana.
Desde entonces su vida había comenzado a girar al-
rededor de aquella persona extraña, de la cual no cono-
cía ni siquiera el nombre. Día a día se prendía como
una hiedra al borde de la ventana, pendiente de cada
paso, de cada actitud de la mujer. Allí realizaba todas las
reparaciones que le encomendaban y, cuando no tenía
trabajo que hacer, con el libro abierto frente a sí, fingía
leer durante horas interminables, mientras todos sus sen-
tidos la perseguían dentro de la casa, tras las gruesas pa-
redes de mampostería que la ocultaban a su vista. Dis-
tinguía el sonido de sus pasos entre los de los veinte in-
quilinos de la pensión. Conocía el metal de su voz y
el timbre de su risa, y era capaz de percibirlos y diferen-
ciarlos en todo momento. Se sabía de memoria sus hábi-
tos y gozaba secretamente con anticiparse a su realiza-
ción. Las horas de comida, el horario de trabajo, el mo-
mento del baño, las salidas nocturnas, que lo torturaban
hasta lo indecible y lo sometían a largas vigilias junto a
la ventana.
y ahora, en este preciso momento, ella estaba allí,
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