Justo al nivel de la suya, la ventana de enfrente se
abrió de par en par y la luz saltó hacia afuera. La mujer,
con los brazos abiertos en cruz, se aseguraba de que am-
bas hojas tocasen la pared exterior. Allí, bajo los brazos,
en la zona que escapaba a la protección de la tela, la
piel trigueña se ennegrecía con la sombra del vello re-
cién afeitado.
La luz que nacía a su espalda le impedía distinguir
con precisión las facciones, pero ya él se sabía de memo-
ria aquella cara. Desde hacía un mes, cada día veía ir y
regresar del trabajo a la mujer, la sentía subir y bajar
corriendo la escalera y, aún antes de verla, adivinaba
su próxima presencia, a tal punto conocía el sonido in-
confundible de sus pasos presurosos y menudos. y tan
pronto los oía en la acera de la calle, se acercaba a la
ventana para esperar que ella apareciese frente a él, mo-
viéndose en el interior de su habitación, cambiando ob-
jetos de un sitio a otro, o leyedo recostada en el sofá
que convertía en cama a la hora de dormir.
Jorge no sabría precisar en qué momento la presen-
cia de la mujer vino a tener existencia consciente para él
No supo cuándo se mudó a la pensión que ocupaba la
planta alta de la casa vecina, pero sí podía recordar el
día preciso en que esa presencia cotidiana y extraña a la
vez, cambió por completo el curso de su vida.
Fue una tarde lluviosa del último mayo. Desde la
ventana, había observado a la mujer en el zaguán, espe-
rando nerviosamente que la fuerte lluvia aminorase. Un
automóvil particular se detuvo frente a ella y Jorge adi-
vinó el diálogo entre el hombre que lo conducía y la
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