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La amenaza de los quirópteros

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Blood Project

The eternal Nigth


La historia de la ruina humana comenzó siglos atrás, durante el fragor de
la Revolución francesa. Entre las innumerables muertes que asolaban a
Europa, en un osario anónimo fue hallado el cadáver de una criatura
imposible de catalogar, un ente cuya naturaleza no pertenecía a la ciencia
ni al mito. Su carne aún conservaba un hálito de vitalidad antinatural, y de
aquella anomalía brotaron dos niños varones, gemelos, concebidos no como
un milagro, sino como heraldos de un designio desconocido. Nadie
comprendió entonces la magnitud del hallazgo. Las autoridades, ávidas de
poder y fascinadas por lo desconocido, los recluyeron en laboratorios para
ser examinados, ignorando que aquel gesto sería recordado como el error
más funesto cometido por la humanidad. Pasaron los siglos. La existencia
de los gemelos y de su progenitor maldito se diluyó entre archivos ocultos,
experimentos clandestinos y rumores silenciados. La humanidad, ajena a la
amenaza que crecía en las sombras, civilización. La época victoriana (1890)
fue, para muchos, el clímax de la civilización: las urbes brillaban con
promesas elegantes, ya se imaginaban a las máquinas manejandose por sí
solas prometiendo asesoramiento ilimitado, y el porvenir se contemplaba
con un optimismo desbordante. Sin embargo, ese mismo año sería
recordado como el inicio de la decadencia absoluta, el día en que la
soberbia del hombre recibió su castigo.

Todo comenzó con una transmisión mundial, emitida simultáneamente en


fonógrafos y receptores caseros, que eran medios masivos para la época.
Nadie supo explicar de dónde provenía ni quién la difundió. Lo único
evidente fue la voz: un canto etéreo, sublime, de una belleza imposible, que
paralizó a la audiencia y se grabó como fuego en los oídos de millones.
Testigos sobrevivientes narraron que, apenas iniciada la melodía, los
hombres y mujeres comenzaron a comportarse de forma errática: se
desgarraban el rostro con sus propias uñas, gritaban con voces desgarradas
y guturales, se golpeaban unos a otros como bestias sin raciocinio. En
cuestión de minutos, los cuerpos humanos se transformaban en horrores
vivientes: hocicos desproporcionados, orejas alargadas y puntiagudas, piel
cubierta de pelaje áspero, brazos retorcidos que se convertían en alas
membranosas. Aquellos que antaño fueron padres, hijos o amigos se
convirtieron en bestias de tres metros, devoradoras de carne y sedientas de
sangre.

El mundo, incapaz de reaccionar, se precipitó al caos. En cuestión de


semanas, pueblos enteros desaparecieron bajo la infestación de estas
criaturas, bautizadas con el nombre de quirópteros. No distinguían entre
víctima y ser querido; su instinto de depredación anulaba toda memoria.
Las ciudades más prósperas se derrumbaron bajo un mar de alas y gritos, y
el orden mundial se fragmentó en ruinas y cadáveres insepultos, muchos de
los cuales jamás se supo si descansaban muertos o aguardaban el momento
para alzarse en mutación. En medio del colapso surgió una organización
clandestina: el Escudo Rojo, fundada por visionarios y mártires que habían
dedicado generaciones a estudiar la amenaza. Ellos erigieron bastiones
ocultos, conocidos como Arcas de Resguardo, donde los sobrevivientes
podían refugiarse. Las principales fueron: la Fortaleza de Érebo, levantada
en los subterráneos de antiguas minas; el Baluarte de Helios, erigido en una
isla inaccesible; y la Ciudadela, instalada en los restos de un laboratorio
militar abandonado. Estos enclaves fueron diseñados a partir de décadas de
sacrificio y estudios macabros realizados sobre los propios cuerpos de los
quirópteros, lo que permitió a sus habitantes resistir, aunque nunca vencer
por completo. La humanidad sobreviviente vive ahora entre murallas
corroídas y estructuras en ruinas, temiendo tanto a la oscuridad como a la
luz del día, pues ya no existe lugar seguro. Las calles están sembradas de
cadáveres irreconocibles, y en cada sombra puede ocultarse una criatura
dispuesta a desgarrar carne y huesos. El mundo que una vez resplandeció
de promesas se convirtió en un cementerio perpetuo, y en los muros
derruidos resuena la advertencia que todos conocen: los quirópteros no
olvidan, no distinguen, no perdonan.
Tras décadas de estudio y sacrificio de múltiples investigadores, se ha
establecido una tipología preliminar de las criaturas comúnmente
denominadas quirópteros. Aunque todas comparten un origen en la
sangre de las llamadas reinas, sus morfologías y patrones conductuales
difieren según la cantidad de sangre ingerida, el estadio de mutación y la
naturaleza de su creación.

Quirópteros comunes (Chiroptera feralis)


Constituyen la manifestación más frecuente y a la vez más rudimentaria
de la especie. Carecen de consciencia y raciocinio: son bestias en todo el
sentido zoológico del término. Su única motivación es la búsqueda
insaciable de sangre y carne. Morfológicamente alcanzan una talla media
de dos metros, con extremidades robustas, dentición irregular e
hipertrofiada, y alas vestigiales unidas a los brazos que les permiten
planear a corta distancia, aunque no un vuelo sostenido. Estas alas, de
hueso y cartílago endurecido, también son utilizadas como elemento
defensivo. Carecen de aparato reproductor funcional, lo que confirma
que su propagación depende exclusivamente de las reinas.

Quirópteros de clase superior (Chiroptera abominans)


Subcategoría excepcionalmente peligrosa. Su tamaño oscila entre los
tres y los cuatro metros y presentan una notable variabilidad
morfológica, lo que sugiere un mayor grado de inestabilidad genética. Se
han documentado especímenes con extremidades convertidas en
apéndices cortantes semejantes a cuchillas, otros con alas funcionales
capaces de un vuelo prolongado y depredador, e incluso variantes con
duplicaciones musculares anómalas. A pesar de estas diferencias, todos
conservan la apariencia grotesca y deformada del murciélago
humanoide. Su fuerza física y su capacidad destructiva los convierte en
adversarios formidables frente a cualquier milicia humana.

Caballeros (Chiroptera Sanguinis)


A diferencia de los anteriores, no son simples víctimas de infección, sino
humanos transformados tras ingerir de manera deliberada una cantidad
significativa de sangre real. Conservan intactas sus facultades
cognitivas, poseen raciocinio y pueden desenvolverse como seres
humanos en entornos sociales, aunque con la carga irreversible de una
dependencia metabólica a la sangre, ya sea humana o, preferentemente,
la de su propia reina. Su longevidad es extraordinaria: no envejecen, no
enferman, y su regeneración es notablemente acelerada. Son capaces de
modular su transformación a voluntad, desplegando alas, colmillos o
extremidades deformes en función de las necesidades combativas. La
mayor amenaza radica en su astucia: poseen no solo fuerza física, sino
también inteligencia estratégica. Además, presentan un vínculo
compulsivo de servidumbre hacia la reina que los engendró,
obedeciendo su llamada de manera inmediata.

Reinas (Chiroptera Matres Sanguinis)


Rarísimas en número, representan el núcleo de la especie y la piedra
angular de su propagación. Una reina nace únicamente como
consecuencia de un ciclo reproductivo específico, tras el cual pierde
gradualmente sus facultades sobrenaturales y degenera en un estado
humano ordinario, convirtiéndose en presa fácil incluso para su propia
progenie. Durante su plenitud, poseen capacidades devastadoras: fuerza
superior, resistencia extrema y la facultad de generar nuevos caballeros
y quirópteros. Se alimentan tanto de humanos como de sus propios
caballeros, lo que demuestra una jerarquía alimentaria basada en la
dependencia absoluta. Su biología incluye largos periodos de
hibernación, que pueden extenderse hasta medio siglo. Al despertar,
suelen manifestar estados de agresividad desmedida hasta ser nutridas.
En la historia registrada, ninguna ha muerto por medios convencionales.
MÉTODOS DE ELIMINACIÓN
El análisis empírico confirma que los quirópteros comunes y los de clase
superior únicamente pueden ser neutralizados mediante las siguientes
vías:

Sangre
Exposición directa a la
sangre de una reina
opuesta, la cual provoca
cristalización tisular
inmediata.

Destrucción completa del


cuerpo mediante
incineración o detonaciones
de gran magnitud,
anulando así su capacidad
de regeneración. También
destrucción de su cabeza.

Caballeros

Los caballeros, por su


naturaleza híbrida, comparten
la misma vulnerabilidad,
aunque su astucia los convierte
en objetivos más difíciles de
abatir.

Las reinas, sin embargo, solo pueden ser destruidas por la sangre de otra
reina. Ningún otro procedimiento ha demostrado eficacia concluyente. De
ahí se deriva la sentencia que todo combatiente conoce:

Mientras las
engendradoras
permanezcan con
vida, exterminar
hordas de
quirópteros es
inútil; el
verdadero
enemigo es
siempre la reina

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