Orina, barbas y ventanas: una
historia de los impuestos
absurdos
ECONOMÍA
Tributos que hoy pueden parecer disparatados retratan la
sociedad de su época; sus motivaciones obedecen a una lógica
Detalle de dos recaudadores de impuestos pintados por Marinus Reymerswaele en el siglo
XVI
wikimedia
MARTÍN TRIBALDOS FERNÁNDEZ
28/03/2020 00:20Actualizado a 28/03/2020 10:25
Desde nuestra óptica actual, muchos impuestos, despojados de su
contexto histórico, pueden parecer inexplicables o incluso ridículos,
pero todos ellos tenían siempre un motivo, en algunos casos
simplemente recaudatorio, en otros, el de controlar substancias o
materiales clave en la economía y algunos incluso para marcar
diferencias entre las clases sociales. Estos son algunos ejemplos.
¿Uno de los tributos más antiguos?
El Antiguo Egipto es una de las civilizaciones antiguas de la que
más vestigios han sobrevivido –pirámides, jeroglíficos, obeliscos y
mitos–, algunos de ellos difícilmente descifrables, pero de lo que sí
hay constancia histórica es del que pudo ser uno de los primeros
impuestos: la tasa por el aceite.
El aceite tenía ya un alto valor en el Egipto clásico, y era controlado
por el Estado, que tenía en el oro líquido una doble fuente de
ingresos: la venta de aceite y la recaudación de un impuesto
especial que gravaba su uso más habitual, cocinar.
Los escribas, equipados con pergaminos, visitaban los hogares
egipcios con tal de asegurarse de que el tributo era pagado
puntualmente y se cercioraban de que no se utilizaba otro tipo de
grasa para cocinar, e incluso la reutilización excesiva estaba
penalizada.
Pecunia non olet
El emperador Vespasiano comenzó su reinado a finales del 69 d.C,
resuelto a restaurar las arcas de Roma; que se encontraban
diezmadas después de un período de guerras civiles posteriores a
la muerte del infame Nerón . Una de sus medidas menos elegantes
fue establecer un tributo sobre la orina.
El Foro Romano, el antiguo centro neurálgico de la capital del imperio
Bert Kaufmann
En la Antigua Roma la orina humana era un valioso recurso que se
utilizaba para curtir y lavar la ropa, gracias al amoniaco presente en
las excreciones humanas. Esto llevó a algunos comerciantes a
establecer su negocio entorno al orín, por lo que Vespasiano,
necesitado de ingresos, instauró un tributo a la adquisición de
micciones en los baños públicos.
De aquí viene el proverbio latino pecunia non olet, ‘’el dinero no
huele’’, haciendo referencia a la idea de que la procedencia dinero
es tan solo una nimiedad: no importa de dónde salga, nunca mejor
dicho.
Cuando veas las barbas de tu vecino tasar
Por muy ridículo que parezca, al menos dos veces a lo largo de la
historia se ha impuesto una tasa especial sobre el vello facial
masculino. En la Inglaterra de Enrique VIII , la barba se convirtió en
un símbolo de estatus, ya que el monarca proclamó un gravamen a
cualquier barba, con la cuantía a desembolsar dependiendo del
rango social. De esta manera, era fácil distinguir el nivel de nobleza
de los caballeros ingleses: a más vello, mayor grandeza.
La segunda ocasión surgió del ingenio de Pedro el Grande , que
solía lucir un exiguo bigote. En un intento de modernización de la
sociedad rusa, el zar instauró en 1698 un tributo especial para todos
los barbudos, con la intención de dejar atrás una moda que
consideraba arcaica.
Para presumir de barba en la Rusia zarista de entonces era
necesario pagar este impuesto, tras lo cual se recibía una moneda
conmemorativa en la que se podía leer: ‘‘La barba es una carga
superflua’’.
A oscuras y congelados
Durante la segunda mitad del siglo XVII los británicos tuvieron que
soportar una doble imposición sobre
ciertas comodidades hogareñas. A partir de 1662 todas las casas
con chimenea debían abonar un arancel concebido especialmente
para mantener a la familia del difunto Carlos II, haciendo así que
muchos ciudadanos tapiaran sus chimeneas con tal de evitar pagar.
Para más inri, en 1696 se estableció un impuesto a las ventanas.
Como el anterior, pretendía ser un impuesto progresivo, ya que
buscaba que aquellos hogares más ricos -que previsiblemente
deberían tener más ventanas- pagasen acorde a su renta. En la
práctica, las viviendas construidas desde entonces disponían de
menos ventanas, y multitud de familias inglesas cegaron las
existentes con ladrillos, al no poder hacer frente al nuevo tributo.
El rey Carlos II de Inglaterra, en una pintura de John Michael Wright
Tasando el aseo
Los beneficios de la higiene diaria tardaron en llegar a la población
inglesa debido a un impuesto que se mantuvo 141 años vigente: el
jabón sufría un gravamen tan alto que impedía a las clases más
humildes su uso cotidiano. Este arancel se convirtió en una
importante fuente de ingresos para las arcas públicas inglesas,
equivalente a lo que recaudan actualmente en impuestos al alcohol.
Establecido en 1712, la vasta mayoría de la población no podía
hacer frente al tributo higiénico, por lo que surgió, paradójicamente,
un mercado negro de jabón. Con el tiempo, los recaudadores de
impuestos se percataron de las sucias prácticas de vendedores y
población y procedió a la clausura nocturna de los hornos en los que
se fabricaba el jabón clandestino.
Libertad hasta las últimas consecuencias
La lucha feminista no es una moda reciente ni una reivindicación
exclusivamente occidental. Un claro ejemplo es la dura respuesta
que tuvo el mulakkaram, una tasa de la India del siglo XIX que
obligaba a las mujeres de las castas inferiores a pagar por cubrirse
los pechos en público.
Según un artículo de K.S. Manilal en la revista del Centro de
Investigación en Ciencias del Conocimiento Indígena (CRIKSC),
estuvo vigente durante un corto período de tiempo en el por
entonces reino de Travancore. Este impuesto se pagaba tan pronto
se empezaban a desarrollar los pechos y provocó una auténtica
rebelión de las mujeres indias.
El acto más significativo de la protesta, y el que a la postre puso fin
al pudoroso tributo, fue protagonizado por una mujer
llamada Nangeli. Como desafío a la medida recaudatoria, se cortó
los senos y se los entregó en una hoja de palmera al
presumiblemente atónito recaudador de impuestos. La reivindicativa
Nangeli murió por las heridas provocadas por su acción, pero el
revuelo causado sirvió para abolir el impuesto.
Racismo impositivo
Los estados, naciones, reinos y ciudades han utilizado los
impuestos a las minorías a lo largo de la historia para mantener el
poder, desincentivar la inmigración o por simples motivos religiosos,
tal y como explica Carles Viñas, doctor en Historia Contemporánea
por la UB.
Por ejemplo, cuando los sarracenos ocuparon Barcelona en el año
718, obligaron a los cristianos a pagar un tributo por su fe, por lo
que algunos ciudadanos se convirtieron al islam con tal de no pagar
impuestos y favorecerse del nuevo régimen.
Por su parte, los zoos de la Corona de Aragón, instalados
primeramente en el Palacio de la Reina de Barcelona en el siglo XIV
y más adelante en Valencia, Zaragoza y Perpiñán, eran financiados
a través de los impuestos que pagaban los judíos. Cuando se
expulsó a esta comunidad de sus barrios en las distintas ciudades,
surgió el problema de cómo mantenerlos, así que, provisionalmente,
el rey Juan I de Aragón destinó una parte del salario de los altos
funcionarios a este menester.
Uno de los ejemplos más recientes de tasa xenófoba es el impuesto
a la inmigración china que estuvo vigente en Canadá durante 37
años. Todos los inmigrantes chinos que llegaron a la tierra del sirope
de arce durante 1885 y 1923 pagaban una tasa de 50 dólares
canadienses inicialmente, que se disparó hasta los 500 en 1903.
Este precio suponía una auténtica barrera de entrada para los
migrantes chinos, que una vez instalados apenas ganaban 1 dólar al
día. Canadá pretendía así desalentar la inmigración asiática, pero
ningún otro grupo étnico había de pagar impuesto alguno.