En una sociedad bien organizada, la división del trabajo permite a los trabajadores producir más
de lo que necesitan. Esto facilita el intercambio de excedentes, creando una abundancia de bienes
y servicios que beneficia a todas las clases sociales.
En una sociedad civilizada, los bienes que disfrutan los artesanos y jornaleros son el resultado de la
colaboración de numerosas personas. Por ejemplo, una chamarra de lana implica el trabajo
conjunto de pastores, cardadores, tintoreros, tejedores, sastres, y muchos más. Además, se
requiere una compleja red de transporte y comercio para reunir los materiales y herramientas
necesarias, desde el tinte hasta las tijeras usadas por el esquilador. Esta interdependencia muestra
cómo la satisfacción de necesidades comunes es producto de una extensa cooperación entre
diversos oficios y actividades.
El hogar de una persona en una sociedad civilizada está lleno de productos que resultan de la
colaboración de muchos individuos. Desde el carbón para cocinar, los utensilios de cocina, hasta
los platos y cubiertos, cada artículo requiere una extensa red de trabajadores. Esto incluye a los
que extraen el carbón, transportan materiales, fabrican herramientas y utensilios, y más. La
complejidad y la variedad de trabajos necesarios para producir incluso los bienes más básicos
destacan cómo, en una sociedad avanzada, la cooperación de miles de personas es esencial para
que el individuo más humilde tenga acceso a las cosas más necesarias y cotidianas.
El texto compara la situación de una persona común con la opulencia de un príncipe europeo.
Aunque la vida del común parece simple en comparación con la extravagancia del príncipe, las
comodidades de este último no son tan desmesuradas en comparación con las de un campesino
económico y trabajador. De hecho, el campesino tiene una calidad de vida que supera la de
muchos reyes africanos, a pesar de su posición de poder.