Hermanos
Alicia entró en casa de su hermano, cerró la puerta de un golpe y se dejó
caer en el sofá. Las lágrimas le corrían por las mejillas cuando Martín,
alarmado por el ruido, salió de la cocina.
—¿Qué ha pasado, Alicia? —preguntó, acercándose. Se sentó a su lado y
le acarició el cabello, despeinado.
Ella tardó un instante en responder, intentando atrapar aire entre
sollozos.
—¿Te acuerdas del chico del que te hablé el otro día? —musitó—. El que
me invitó a una copa en la discoteca.
—Claro que me acuerdo—. Martín asintió con gesto tranquilo.
—Hoy lo he visto en la universidad —continuó ella, enredando los dedos
en su cabello largo—. Es adjunto de no sé qué asignatura... —hizo una
pausa, tragando el nudo que le subía por la garganta—. Y no se acordaba
de mí.
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y suspiró.
—Pero yo sé que en la discoteca me miró como si fuera algo especial.
Coqueteamos, nos reímos, hasta que tuve que irme con Jana. ¿Te
acuerdas?
—Sí —dijo él—. Pero eso no significa nada
Alicia lo miró con los ojos enrojecidos, una chispa de orgullo temblando
entre el llanto.
—Sí que significa algo, Martín. —Cruzó los brazos como una niña ofendida
—. Hoy se ha hecho el interesante solo para que yo me fije más. Ya verás,
dentro de poco seremos novios.
Martín soltó un suspiro resignado, esbozando una sonrisa casi tierna.
—Alicia, tienes veinte años. No seas tan ingenua. A veces, las cosas no
son como imaginamos.
—Tú qué sabrás —replicó ella con una mueca—. Eres hombre. Y esas
cosas se notan.
Él la observó en silencio unos segundos, pensando en lo mucho que
todavía tenía que aprender y en lo poco que podía hacer para que no
sufriera.
— Levántate y dúchate, que la cena casi está lista — mientras él se ponía
de pie —, voy a poner la mesa.
Alicia se fue hacia el baño mientras Martín regresaba a la cocina. Puso
dos manteles individuales sobre la mesa y sirvió las verduras que acababa
de preparar. Mientras esperaba a su hermana, tomó el teléfono y vio un
mensaje nuevo. Era de Christian.
Christian: Hola, ¿qué haces esta noche? ¿Te parece a las diez, donde
siempre?
Martín sonrió sin poder evitarlo. Lo había echado en falta todo el día,
después de aquel fin de semana juntos.
Martín: No. Puede ser a las diez menos cinco.
La respuesta llegó enseguida, como si Christian hubiera estado
esperando.
Christian: Como quieras, me sacrificaré. ¡Te espero!
Martín volvió a dejar el móvil sobre la encimera justo cuando Alicia
entraba en la cocina. Se sentó sin decir palabra y, sin esperar a su
hermano, empezó a comer.
—Oye —dijo entre bocado y bocado—, esta noche podríamos terminar la
serie que empezamos el jueves.
—No puedo. He quedado —respondió él, sirviéndose agua.
—¿Hoy? Es lunes —preguntó con tono incrédula.
—Sí. Y no me esperes despierta.
—¿Y quién es ella? —canturreó.
Martín levantó la vista del plato, con una sonrisa ladeada.
—¿Y si fuera él?
Alicia se quedó en silencio un segundo, y luego sonrió con picardía.
—¿Y quién es él?
—Por ahora no voy a dar explicaciones.
—Anda, va, soy tu hermana favorita. La que dejas vivir en tu casa,
¿recuerdas?
Martín soltó una carcajada suave.
—Primero, eres mi única hermana. Segundo, no tengo otra opción si
quiero que vayas a la universidad. Así que aprovecha ese privilegio.
Alicia puso los ojos en blanco y siguió comiendo, pero en el fondo sonreía.
Martín también.
Comieron en silencio unos minutos. Luego, mientras recogían los platos,
Martín volvió a mirar el móvil. Un mensaje nuevo parpadeaba en la
pantalla.
Christian: No tardes. Tengo ganas de verte.
Martín no contestó enseguida, pero su sonrisa, iluminaba su cara
Martín salió de casa poco antes de las diez. El aire de la noche era suave,
que invita a caminar de prisa. Cruzó la calle casi vacía, con las manos en
los bolsillos y una sonrisa que se formaba sola cada vez que pensaba en
él.
Christian ya lo esperaba en la esquina del café donde solían verse.
Llevaba los auriculares colgados del cuello. Cuando lo vio yendo hacia él,
y se fundieron en un abrazo
—Hola —susurró Martín contra su hombro.
—Hola tú —respondió Christian, era como si lo hubiese estado esperando
todo el día.
Entraron al café. Siempre se sentaban en la mesa del fondo, junto a la
ventana. Pidieron dos tazas de té y una porción de tarta para compartir.
No necesitaban hablar demasiado; el silencio era algo que habían
aprendido en ese primer mes.
—Hoy hace un mes —dijo Martín de pronto, sonriendo con timidez.
Christian levantó la mirada.
—¿Lo has contado?
—Claro. —Martín apoyó los codos en la mesa—. Alguien tenía que hacerlo.
Christian sonrió, inclinándose un poco hacia él.
—Un mes... Eso debe ser buena señal.
Martín bajó la vista, riendo en silencio.
— Aunque tengo que admitir que ya me he acostumbrado demasiado a
tus mensajes cada mañana.
—Entonces tendré que seguir mandándolos —respondió Christian, con esa
serenidad que a Martín le desarmaba.
Durante un rato hablaron de cosas simples: el trabajo, la universidad, un
libro que Christian había empezado. A veces sus rodillas se rozaban bajo
la mesa, y ninguno apartaba la pierna.
Cuando salieron, la calle estaba casi vacía. Christian tomó la mano de
Martín sin decir nada.
Caminaron así un par de calles, hasta llegar al coche.
—¿Vienes a casa? —preguntó Christian en voz baja.
Martín lo miró.
No hizo falta responder.
El camino fue corto. En casa de Christian, dejó las llaves en la mesa, se
volvió hacia él y lo besó despacio, con ternura.
No hubo urgencia, solo esa calma de los cuerpos que empiezan a
reconocerse con confianza.
Christian le apartó un mechón de pelo de la frente.
—No pensé que alguien pudiera hacerme sentir así —susurró.
Martín lo miró, sonriendo apenas.
—Yo tampoco.
El reloj marcaba la media noche, cuando se quedaron en silencio,
abrazados en el sofá. El tiempo parecía haberse detenido.
Sabían los dos que algo importante terminaba de empezar
El amanecer entraba tímido por la rendija de la cortina. Martín abrió los
ojos despacio. Durante unos segundos no sabia dónde estaba, hasta que
sintió el brazo de Christian rodeándole la cintura y el suave ritmo de su
respiración detrás de él.
Habían dormido apenas unas horas, pero no importaba. Esa sensación, la
de encajar en el cuerpo del otro sin esfuerzo, bastaba para borrar
cualquier rastro de sueño.
Christian se movió un poco, aún medio dormido, y murmuró:
—¿Qué hora es?
—Muy temprano —respondió Martín, en voz baja—. Podemos dormir un
rato más.
—Me gusta esto —dijo Christian, apoyando la barbilla en su hombro de
Martín.
Martín giró lentamente para quedar frente a él. Había algo en su mirada,
una ternura nueva, distinta a la de los primeros días.
—¿Esto? —preguntó.
—Sí. Estar contigo sin tener que decir nada. —Christian le acarició la
mejilla con el pulgar—. Hace tiempo que no sentía algo así… como si no
tuviera que esconderme.
Martín lo miró en silencio.
Sabía lo que quería decir. También él había pasado demasiado tiempo
construyendo paredes, convencido de que el amor era una historia que les
ocurría a otros.
—Yo también —dijo al fin—. Contigo es distinto. No tengo miedo de ser
quien soy.
Christian sonrió, leve, con los ojos llenos de calma.
—Entonces no lo arruinemos.
Christian se levantó para preparar café mientras Martín lo observaba
desde el sofá, envuelto en una manta. El olor llenó el piso, era una rutina
que empezaba a formarse.
—¿Sabes? —dijo Christian —. Hace un mes pensaba que esto iba a ser
solo una aventura.
Martín rió.
—Yo también. Pero ahora... ya no sabría qué hacer sin ti.
Christian dejó la taza sobre la mesa y se sentó a su lado.
No dijeron más. Compartiendo pequeñas cosas: un desayuno lento, una
mirada que duraba más de lo necesario, un “quédate un poco más” que
no necesitaba pronunciarse.
. Christian salió temprano hacia la universidad; tenía clase a las ocho y
una reunión con su director de departamento. Antes de irse, se inclinó y
rozó los labios de Martín con un beso breve.
—Nos vemos mañana —susurró.
Martín asintió, y lo vio salir.
En la redacción del canal de televisión donde trabajaba Martín, el bullicio
era el de siempre: pantallas encendidas, tazas de café a medio terminar,
guiones doblados sobre las mesas. Martín revisaba los mapas del tiempo
para la emisión del mediodía. Le gustaba ese trabajo: la precisión, la
calma, el pequeño instante de magia en el que podía anunciar que, tal
vez, el fin de semana traería sol. Había estudiado física y estaba
especializado en meteorología.
— Vaya, que cara de enamorado traes hoy —bromeó Clara, su compañera
de plato —. ¿Quién es el afortunado?
Martín sonrió sin apartar la vista del monitor.
—El clima. Estoy en una relación seria con las nubes.
Clara soltó una carcajada.
—Sí, claro. Pero esas nubes deben tener nombre propio.
Martín solo negó con una sonrisa, pero dentro, el nombre de Christian
brilló como un secreto dulce.
Esa noche no se verían. Christian tenía cena con sus padres. Había
decidido contarles que estaba saliendo con alguien, aunque no sabía
todavía si se atrevería a dar todos los detalles.
Martín, por su parte, había planeado algo distinto.
Cuando llegó a casa, Alicia acababa de salir del baño con el pelo mojado y
una toalla a modo de turbante.
— Voy a hacer la cena —le dijo Martín mientras dejaba las llaves sobre la
mesa —. viene Luisa a cenar.
—Ah, la sabia consejera —dijo Alicia, sonriendo—. Entonces me quedo,
quiero oír las historias.
Martín rió.
—Claro que te quedas. Pero te advierto que hay verduras.
Alicia puso cara de disgusto, pero lo ayudó a poner la mesa. A los pocos
minutos, sonó el timbre. Luisa llegó con su energía habitual, un pan recién
horneado y una botella de vino.
—¡Buenas noches! —dijo, entrando sin esperar invitación—. Qué
maravilla, por fin una cena civilizada.
— Una buena cena —respondió Martín, sirviendo la pasta con verduras.
Cenaron los tres entre risas, recordando anécdotas de cuando Alicia era
pequeña y Luisa todavía iba a la universidad con Martín.
La complicidad entre ellos llenaba la cocina.
Entre plato y plato, Luisa dejó su copa sobre la mesa.
—Bueno… en realidad venía a pediros un favor.
—Ay, suena a problema —dijo Alicia, divertida.
—No —Luisa sonrió—. El sábado es el cumpleaños de Montse, y queríamos
organizarle una pequeña fiesta sorpresa. Pero en casa no puedo, están
reformando el baño. Pensé… —miró a Martín — que podríamos hacerlo
aquí.
Martín arqueó las cejas.
—Luisa, esto es pequeño— señalando el salón.
—Solo seremos los de siempre, unas doce personas, con suerte. Prometo
traer la comida y encargarme de todo.
Alicia lo miró de reojo, con media sonrisa.
—Va, Martín, di que sí. Hace tiempo que no hay ruido en esta casa.
Martín soltó un suspiro, entre divertido y resignado.
—Está bien, pero solo si tú te encargas de todo —le dijo a Alicia.
—Hecho —respondió ella, levantando la copa—. Brindo por eso.
Brindaron los tres.
Y mientras hablaban de la lista de invitados, Martín pensó en Christian.
En cuánto le gustaría tenerlo allí, entre sus amigos, riendo con ellos.
Quizá, pensó, pronto podría hacerlo.
Alicia se fue a su habitación y Luisa se despidió, la casa quedó en
silencio. Martín recogió los platos y revisó su teléfono.
Un mensaje nuevo brillaba en la pantalla.
Christian: Cena terminada. Todo bien. Te echo de menos.
Martín sonrió.
Martín: Yo también. Mañana te cuento, Luisa, monta una fiesta para tu
hermana
Cerró el móvil y se asomó a la terraza. El aire olía a noche tranquila.
Martín se movía entre los invitados, pendiente de que nadie se quedara
sin copa. Alicia había ayudado con la comida, pero ahora charlaba con un
grupo de amigos, animada, divertida.
El timbre sonó.
—Voy yo —dijo Martín, dejando su copa sobre la mesa.
Cuando abrió la puerta, Christian estaba allí, con una sonrisa tímida y un
amigo a su lado. Llevaba una camisa azul arremangada y ese brillo en los
ojos que Martín ya conocía demasiado bien.
—Hola —dijo Christian—. Espero no llegar tarde.
—Justo a tiempo. Entra.
Dentro, la música bajó un poco. Algunos saludaron a Christian, otros, sin
saber quién era, le ofrecieron una copa.
Alicia, desde el otro extremo del salón, se quedó paralizada.
Lo reconoció al instante.
El chico de la discoteca.
Mi futuro novio, pensó, con una mezcla de sorpresa y alegría.
Él sonrió, buscando algo, o a alguien, entre la gente. Alicia creyó que esa
sonrisa era para ella. Su corazón se aceleró.
Christian comenzó a caminar despacio hacia el centro del salón. Alicia
enderezó la espalda, nerviosa, intentando parecer casual, pero justo
cuando iba a saludarlo, Martín apareció entre la multitud.
Christian lo vio.
Y su expresión cambió.
En un instante, todo el ruido pareció apagarse. Se acercó a Martín con
calma.
Le tomó el rostro entre las manos, con una ternura. Martín sonrió. Le
rodeó la cintura y, sin importarle el resto, lo besó.
Un beso leve, tranquilo, íntimo.
Pero para Alicia, el tiempo se detuvo.
Lo vio como si aquel beso durara minutos, como si el mundo entero se
hubiera concentrado en ese gesto.
Sintió cómo algo se le enredaba dentro, entre la sorpresa y una punzada
que no supo nombrar.
No podía apartar la mirada. No se lo podía creer.
Y mientras los invitados sonreían, Alicia solo pensaba en una cosa:
¿cómo iba a conseguir que Christian la mirara así?
Alicia, que no había dejado de observarlos, se acercó a Christian con una
sonrisa.
—Vaya —dijo, como si fuera una sorpresa—. No sabía que estabas con mi
hermano.
Christian la miró con simpatía.
—Sí, desde hace un tiempo.
—Bueno… —Alicia jugueteó con su copa—. No te hagas muchas ilusiones.
No te va a durar mucho. Míralo —dijo, señalando hacia el otro lado del
salón—, está con su novia.
Martín abrazaba a Luisa justo en ese momento, riendo por algo que ella le
había dicho. Christian los miró un instante, después volvió la vista hacia
Alicia.
—¿Ah, sí? —preguntó —. ¿Y tú sabes desde cuándo son novios?
—Desde la universidad —contestó ella.
Christian soltó una leve risa. Antes de que pudiera decir nada más, Martín
se acercó a ellos. Al verlos, sonrió sin imaginar lo que su hermana
acababa de decir.
—¿De qué habláis? —preguntó, apoyándose con su cuerpo en Christian
Christian, con gesto fingidamente serio, lo miró a los ojos.
—Oye, Martín, ¿tengo que contarle algo a Montse?
—¿A Montse? ¿Qué cosa? —preguntó Martín, confundido.
—Pues… que Luisa la engaña conmigo.
Alicia se atragantó con el vino. Martín parpadeó, sin entender nada, y
luego vio la sonrisa de Christian.
—Eres idiota —dijo, soltando una carcajada.
Christian se rió también, con esa risa limpia que arrastraba a todos los
que la escuchaban.
Solo Alicia no reía.
Su rostro se encendió, entre la rabia y la vergüenza, mientras fingía una
sonrisa que no le salía.
Martín, aún riendo, le pasó un brazo por sus hombros.
—Alicia, ¿todo bien?
—Sí… claro —respondió ella, apartándose.
Y se perdió entre la gente, con la copa vacía y el orgullo ardiéndole por
dentro.
Christian la siguió con la mirada apenas un segundo, luego se volvió hacia
Martín, que lo miraba con esa complicidad silenciosa que solo ellos
compartían.
—Tu hermana es intensa —susurró, divertido.
—Lo sé —Martín sonrió, rozándole la mano
La casa estaba en silencio después de la fiesta.
Luisa y Montse se habían ido con los últimos invitados, y solo quedaban
los restos del desorden: copas a medio vaciar, platos en la encimera y un
leve olor a vino.
Martín estaba en la cocina, guardando los vasos, cuando escuchó la
puerta de la habitación de Alicia cerrarse con un golpe seco. No le dio
importancia al principio, hasta que sonó su teléfono. Era ella.
—¿De veras me vas a llamar desde habitación? —dijo en broma.
—Quiero que te apartes de Christian —dijo Alicia, sin rodeos.
Martín se apoyó en la encimera, sin entender del todo.
—¿Qué estás diciendo?
—¡Que te apartes de él! —repitió, con voz de rabia—. Lo vi yo primero,
Martín. Hace dos semanas, en la discoteca. Hablamos, coqueteamos… Me
miró como si yo fuera la única persona allí. Y ahora descubro que está
contigo, ¡contigo!
Martín cerró los ojos, agotado.
—Alicia, por favor.
—¿Por favor qué? —soltó ella.
Martín respiró hondo, intentando mantener la calma.
—Escúchame. No quería que te doliera, pero tengo que ser claro.
Christian y yo nos conocemos desde hace cinco meses. Llevamos un mes
juntos.
—Eso es mentira —dijo en un susurro.
—No, Alicia. No lo es.
—Pero… —titubeó
Martín bajó la voz, con dulzura.
—Alicia, Christian es gay. Como yo.
Alicia no contestó al principio. Se escuchó solo su respiración
entrecortada al otro lado de la puerta.
—No… —susurró, para sí —. No puede ser.
Martín se acercó y apoyó los nudillos contra la madera.
—No quería herirte, lo juro. Pero no puedes seguir creyendo que fue algo
más. No lo fue.
—Déjame —dijo ella
—Alicia…
—He dicho que me dejes.
Tras la puerta, escuchó el sonido leve de un sollozo.
Volvió a la cocina para poner el lavaplatos ante de acostarse.
Christian, que había salido un momento a despedir a los últimos
invitados, lo encontró allí, mirando el fregadero.
—¿Qué ha pasado? —preguntó con suavidad.
Martín levantó la vista y suspiró.
—Nada que a Alicia le gustas —respondió.
Y por primera vez desde que estaban juntos, su sonrisa se apagó del todo.
Esa noche se acostaron por primera vez en casa de Martín, pero solo se
abrazaron y se durmieron besándose.
Christian se asomó desde la puerta. Martín estaba sentado a la mesa, sin
afeitarse, mirando fijamente la pantalla de su móvil apagado.
—¿No has dormido nada? —preguntó Christian, acercándose despacio.
Martín negó con la cabeza.
—No mucho.
—¿Alicia?
—Sí. —Suspiró—. Sigue encerrada. No ha salido ni para desayunar.
Christian se sentó frente a él, intentando ser comprensivo.
—¿Se lo contaste todo?
—No. —Martín puso sus manos en su frente—. Pero verla así… No pensé
que le dolería tanto.
Christian asintió, en silencio. Lo entendía: conocía esa mezcla de culpa y
alivio que se siente cuando la verdad sale a la luz.
Martín levantó la vista y lo miró con cansancio.
— Christian. Ella y yo somos lo único que tenemos. Nuestros padres
murieron cuando ella todavía estaba en el instituto. Todo este tiempo, he
sido su hermano—, Christian apoyó su mano sobre la suya, con suavidad.
— Solo estás viviendo tu vida— Christian le dio un beso en la mejilla —.
Ella también va a vivir su vida
Martín sonrió, sin creérselo.
—Intentas explicarlo tú.
Durante un rato, ninguno dijo nada. Hoy había silencio en la calle, era
domingo y no había tráfico.
Entonces se abrió una puerta. Alicia apareció en el pasillo, despeinada,
con una expresión que mezclaba cansancio y rencor. Miró a Christian,
luego a su hermano.
—Buenos días —dijo Martín, quería sonar natural.
Ella no respondió. Cogió una manzana del frutero y salió de la cocina.
—¿A dónde vas? —preguntó Martín.
—A dormir —contestó, sin girarse.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Martín bajó la mirada.
Christian se levantó, rodeó la mesa y lo abrazó por la espalda, apoyando
la barbilla en su hombro.
—Las verdades duelen, pero también enseñan—. Susurró.
Habían pasado cuatro días desde la fiesta.
Cuatro días de silencios, de puertas cerradas y horarios distintos.
Alicia llegó de la universidad, entró sin mirar, con la mochila colgada de
un hombro. Se detuvo al ver a su hermano en el salón, sentado en el sofá
con una taza de café.
—Hola —dijo él saludándola
Ella dudó, pero respondió, casi en un susurro:
—Hola.
El tono fue neutro, pero al menos era una palabra. Martín respiró más
tranquilo.
—¿Has comido algo? Hay pasta en la nevera.
—Sí, gracias —contestó, dejando la mochila en el suelo.
Durante unos segundos ninguno dijo nada. Alicia se quedó de pie,
mirando el suelo, y luego, de repente, se sentó en la mesita frente a él.
Sus ojos estaban cansados, pero ya no había rabia. Solo una tristeza.
—El otro día… —empezó, con la voz baja—. Me comporté fatal.
Martín no dijo nada, solo la dejó hablar.
—No sé qué me pasó. Supongo que, pensé que Christian estaba
interesado en mí. Y luego verlo contigo fue como si —buscó las palabras
—, como si me hubieras quitado algo, pero entendí que jamás lo tuve
Martín bajó la mirada.
— Alicia. Si lo hubiera sabido, que era él, si hubiese imaginado algo, te lo
habría dicho antes.
—Ya lo sé. —Alicia suspiró—. No es culpa tuya. Es mía.
Martín sonrió, aliviado por primera vez en días.
—Eso nos pasa a todos.
Ella lo miró con vergüenza.
—¿Él te hace feliz? —preguntó, en voz muy baja.
Martín dudó solo un segundo.
—Sí. Mucho.
Alicia asintió lentamente.
—Entonces está bien.
Martín se inclinó hacia ella y la abrazó sin decir nada. Ella se quedó quieta
un momento, luego le devolvió el abrazo con fuerza.
—Eres un idiota, ¿lo sabes? —dijo entre lágrimas, riendo un poco.
—Sí, pero soy tu idiota favorito —contestó él, contra su cabello.
—No te pases —bromeó ella, secándose los ojos.
Martín se apartó, más tranquilo.
—¿Quieres cenar conmigo esta noche? Prometo no invitar a nadie.
Alicia sonrió de verdad por primera vez.
—Solo si cocinas tú.
—Trato hecho.
Esa noche, la casa volvió a oler a normalidad.
El sonido de los platos, y la risa ocasional entre hermanos.