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Transhumanismo. Qué es y evaluación

Conference Paper · May 2023

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1 author:

Juan José Carlos Sanguineti


Pontifical University of the Holy Cross
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Transhumanismo. Qué es y evaluación

Juan José Sanguineti

Conferencia. Buenos Aires, mayo de 2023

Abstract. In this lecture I present an overview of transhumanism and the anthropological and
ethical issues that it raises. I make a special distinction between the (purely) technological
transhumanism and the biotechnological transhumanism, in which the human body is radically
modified. I maintain the need to make a series of distinctions in order to assess the ends and
means of transhumanism. I argue to what extent the goals of the transhumanist project are
actually being achieved.

1. Introducción

El transhumanismo es un movimiento cultural, científico (multidisciplinar: inteligencia


artificial, neuroingeniería, genética, medicina), filosófico, ideológico, tecnológico, que
contiene una “visión antropológica” según la cual el mejoramiento de los seres humanos
(físico, neurológico, genético, cognitivo, ético) es posible mediante la tecnología y la medicina,
dados los medios actuales con los que contamos, hasta el punto de que el homo sapiens que
somos quedaría superado por un nuevo ser “transhumano” más perfecto.

Para los que les interese introducirse, recomiendo dos breves videos del filósofo español
Antonio Diéguez: [Link] y
[Link] Pueden ver también la excelente
conferencia de Mariano Asla en la Universidad Austral:
[Link]
d&q=Mariano+asla%2C+transhumanismo%2C+you+tube#fpstate=ive&vld=cid:8092f10c,
vid:YjbXs-wdn-A.
2

Como bibliografía, pueden consultarse: Mariano Asla, voz Transhumanismo, Diccionario


Interdisciplinar Austral; María Soledad Paladino, voz Transhumanismo, Philosophica,
Enciclopedia filosófica online; Elena Postigo, Naturaleza humana y problemas bioéticos del
transhumanismo y del mejoramiento humano, en A. Cortina Ramos y M. A. Serra Beltrán,
Humanidad. Desafíos éticos de las tecnologías emergentes, Ediciones Internacionales
Universitarias, Madrid 2016, pp. 223-246; Antonio Diéguez, Transhumanismo. La búsqueda
tecnológica del mejoramiento humano, Herder, Barcelona 2017.

Leamos ahora unos párrafos del documento FAC (Frequent Asked Questions) sobre
transhumanismo, redactado por Nick Bostrom, con dos definiciones sobre el transhumanismo
y el futuro “individuo” posthumano:

Del Transhumanist FAC de Nick Bostrom, 2003


El transhumanismo es una forma de pensar sobre el futuro que se basa en la premisa de que la especie
humana en su forma actual no representa el final de nuestro desarrollo sino una fase
comparativamente temprana. Lo definimos formalmente de la siguiente manera: 1) El movimiento
intelectual y cultural que afirma la posibilidad y la de mejorar la condición humana a través de la
razón aplicada, especialmente mediante el desarrollo y la difusión de tecnologías para eliminar el
envejecimiento y mejorar enormemente las capacidades intelectuales, físicas y psicológicas. 2) El
estudio de las ramificaciones, promesas y peligros potenciales de las tecnologías que nos permitirán
superar las limitaciones humanas fundamentales, y el estudio de las cuestiones éticas que plantea el
desarrollo y la utilización de estas tecnologías.

Los posthumanos podrían ser inteligencias artificiales completamente sintéticas, o podrían ser el
resultado de un uploading mejorado, o de muchos mejoramientos menores, pero acumulativamente
profundos, de un ser humano biológico. Esta última alternativa requeriría probablemente el rediseño
del organismo humano mediante nanotecnología avanzada, o su mejora radical mediante una
combinación de tecnologías como la ingeniería genética, la psicofarmacología, las terapias anti-
envejecimiento, las interfaces neuronales, herramientas avanzadas de gestión de la información,
fármacos para mejorar la memoria, ordenadores portátiles y técnicas cognitivas.

El nombre “transhumanismo” comenzó a difundirse en los años 70 del siglo XX en la


Universidad de California (Los Angeles). Se habla tanto de posthumanismo como de
transhumanismo, aunque más recientemente está prevaleciendo este último término.

Uno de los que al inicio dieron renombre al transhumanismo fue Fereidon M.


Esfandiary (1930-2000), que se hizo llamar a sí mismo FM-2030. Nacido en Bélgica y de
origen iraní, se afincó en los Estados Unidos. El número 2030 alude a que pensaba llegar a
3

centenario, aunque falleció “legalmente” en el año 2000 y está mantenido por criopreservación
(mantener vivos a organismos a muy bajas temperaturas). Actualmente no parece que los
cuerpos criopreservados puedan reanimarse en un futuro, a causa de los daños cerebrales
producidos por la falta de oxígeno.

El transhumanismo comenzó a tener un amplio desarrollo en la década de los 80 y 90


del siglo XX. En 1998 Nick Bostron y David Pearce fundaron la Asociación Mundial
Transhumanista (World Transhumanist Association), que en 1999 aprobó la “Declaración
Transhumanista”.

Mencionaré ahora algunos nombres importantes del transhumanismo, sin ser


exhaustivo. Se puede encontrar una amplia información sobre cada uno de ellos en Google, de
modo que me limito a mencionarlos con alguna breve indicación, de un modo simplificado.
Los nombres que he seleccionado son los siguientes:

Eric Drexler (1955-), ingeniero norteamericano, especialista en nanotecnología


molecular. Publicó en 1986 Engines of Creation. La nanotecnología molecular permitiría
reparar las células del cuerpo y esto haría posible eliminar el proceso de envejecimiento.

Natasha Vita-More (USA, 1950-) publicó en 1982 el “Manifiesto Transhumanista”. En


sus trabajos y en su amplia actividad apunta a la super-longevidad y a la creación de un ser
post-humano.

Raymond Kurzweil (USA, 1948-), es tecnólogo de sistemas y de inteligencia artificial.


Desarrolló sistemas de reconocimiento de voz que permiten el diálogo entre personas y
computadoras. Impulsó la técnica de la lectura oral de textos por parte de una computadora,
una técnica muy útil para ciegos. Previó el gran desarrollo que tendrían Internet y los teléfonos
celulares. Su pensamiento futurista puede leerse en su escrito La Singularidad está cerca
(2005). La “singularidad tecnológica” constituiría un momento de crecimiento repentino y
“explosivo” de la inteligencia artificial que superaría de modo definitivo la potencia intelectual
humana. Esta inteligencia sería ya incontrolable por el hombre, autónoma y que no podríamos
entender. Kurzweil y otros suelen situar la singularidad tecnológica en torno a la mitad del siglo
XXI (2045, 2050). Dos escritos suyos muy difundidos son La era de las máquinas inteligentes
(1990) y La era de las máquinas espirituales (1999). Otras predicciones futuristas de este autor
se refieren a la superación del envejecimiento y a la consecución de una longevidad indefinida.
4

Nick Bostrom (sueco, 1973-, trabaja en la Universidad de Oxford, filósofo). En su obra


Superinteligencia (2014) alerta contra el “riesgo existencial” de que la super-inteligencia
artificial que llegaría en el momento de la singularidad acabaría por dominar a los seres
humanos, que perderían sus espacios tradicionales de poder. Con argumentos tecnológicos
intenta averiguar, si fuera posible, cómo las inteligencias humanas podrían evitar ser
subyugadas por la inteligencia artificial transhumana. El dominio no sería violento, sino algo
semejante a como la civilización humana ha ido poco a poco desplazando no sólo a los
animales, sino a las culturas precientíficas “inferiores”. La especie humana podría quedar
desplazada a causa de su debilidad e imperfecciones.

Elon Musk (sudafricano, 1971, con nacionalidad norteamericana y canadiense) es un


magnate supermillonario impulsor de muchas empresas (Twiter, Tesla, SpaceX, Starlink). No
es un pensador propiamente, sino un empresario con ideales futuristas y transhumanistas
“humanitarios”. Su empresa Neuralink tiene por objetivo integrar el cerebro humano (mediante
implantes) con la inteligencia artificial (en la nube), lo que haría posible que la mente humana
no se quedara atrás en el desarrollo de la inteligencia artificial. Es uno de los fundadores de
OpenAI, un laboratorio en el que surgió el chatbot (un software con el que se conversa y que,
por tanto, implica una inteligencia artificial amigable) GPT, lanzado en marzo de 2023
(ChatGPT-4), aunque posteriormente Musk se disoció de este grupo.

Julian Savulescu (filósofo australiano, 1963-, Universidad de Oxford) es especialista


en bioética y promotor de la idea del enhancement (mejoramiento) de los seres humanos a nivel
individual y de especie. Sería una obligación moral de los padres tratar de elegir sus mejores
hijos gracias a los diagnósticos pre-implantatorios. La fertilización in vitro y la eliminación de
embriones no-preferidos sería legítima, así como su uso con objetivos de investigación. Se
propugna así una nueva eugenesia. La mejora incluye aspectos físicos, cognitivos, pero sobre
todo morales, lo que se conseguiría con ingeniería genética. Se abre el problema social de cómo
regular la mejora ante caprichos humanos y sin caer en la posible compulsión estatal o
“psicológica” para seguir el camino “obligado” del enhancement.

Aubrey de Grey (inglés, 1963-), médico, gerontólogo, trabaja en la reparación de tejidos


con el objetivo de rejuvenecer el cuerpo humano y así al final dar paso a una prolongación
indefinida de la vida humana. En 2007 publicó El fin del envejecimiento. Sobre el tema de la
inmortalidad biológica, puede consultarse mi trabajo Inmortalidad biológica. ¿Es posible y
5

deseable?, en ¿Quiénes somos? Cuestiones en torno al ser humano, M. Pérez de Laborda, F.


J. Soler Gil y C. Vanney (eds.), Eunsa, Pamplona 2018, pp. 294-297.

David Pearce (inglés, 1959-) considera un imperativo ético trabajar para eliminar el
sufrimiento y el dolor, incluso en los animales, por medio de la ingeniería genética y la
nanotecnología. Adopta una línea “hedonista” dentro del horizonte transhumano. En el futuro
transhumano, por medio de recursos neuroquímicos en organismos post-humanos
reprogramados, se alcanzaría un estado de placer sin límites temporales, comparable al que se
obtiene con drogas o momentos eróticos.

Donna Haraway (USA, 1044-, ecofeminista), autora del Cyborg Manifesto (1985),
sostiene la indistinción esencial entre máquina y ser humano. Su línea de pensamiento es
distinta de los transhumanistas corrientes, ya que adopta un estilo de crítica típico de la filosofía
“postmoderna”, en la que se produce una disolución de las diferencias y una crítica
generalizada de la civilización moderna. El ciborg es asexuado, no entra en ningún género, ni
raza, ni especie (admitir las diferencias netas supondría una visión “esencialista”). Desaparece
la distinción entre animales y seres humanos, entre lo masculino y lo femenino, entre máquina
y organismo. Al volver fluidas todas las diferencias, se acaba en una forma de identidad total
de lo real que toma como paradigma el ciborg.

2. El horizonte del transhumanismo

Ya dije arriba que tomo como sinónimos los términos de “transhumanismo” y


“posthumanismo”, si bien algunos autores sostienen que el primero indicaría sólo el tránsito
hacia lo que sugiere el segundo término, es decir, la aparición de seres posthumanos superiores
a los seres humanos. Sin embargo, en algunos círculos el posthumanismo tiene que ver con los
movimientos filosóficos “postmodernos” (por ej., Foucault, Deleuze, Derrida), para los cuales
en la era “postmoderna” ha desaparecido el “hombre” del que hablaba la tradición humanista.

Un ejemplo de esta postura lo tenemos en Donna Haraway, como vimos, que concilia
incluso el transhumanismo con el ecologismo. La línea transhumanista “tradicional”, en
cambio, simplemente se aboca al progreso tecnológico, sin la actitud de-constructiva y
disolvente del criticismo postmoderno, aunque al final podría verse cierta convergencia entre
esas dos posiciones (concretamente, en la supresión del hombre y de valores humanos como la
familia, la distinción varón-mujer, la dignidad personal en cuanto resulta muy relativizada).
6

El transhumanismo es, pues, menos “filosófico-cultural” que el posthumanismo (así


entendido). Es más bien una radicalización del tecnologismo, en el sentido de que la tecnología
se ve como el factor del progreso y como la herramienta que permite la superación de todos los
límites de la vida humana. No se rechaza lo humano sin más, como si fuera una construcción
de poder, sino que se lo ve como muy limitado. La evolución dio origen al homo sapiens. En
cierto modo, la evolución “hizo lo que pudo” y el resultado salió bastante defectuoso
(enfermedades, malas inclinaciones, incomodidades de todo tipo). Se propone ir más allá de la
naturaleza y trabajar para mejorar lo que somos, no sólo individualmente, sino como especie,
hasta el punto de generar algo nuevo más allá de la defectuosa humanidad que ahora somos.
Nuestra especie sería superada (se extinguiría), así como la aparición del homo sapiens
favoreció la extinción del hombre de Neanderthal, por ser el primero más inteligente hasta que
llegó a ocupar el nicho ecológico que antes tenían los neandertales.

El proyecto transhumanista tiene sus remotas raíces, si se quiere, en los intentos


seculares del hombre de trascenderse a sí mismo, mejorar nuestro estilo de vida, nuestras
condiciones físicas, nuestro nivel cultural e intelectual, nuestra moralidad. Esta mejoría se
basaba tradicionalmente en la medicina (para el cuerpo humano), en la educación (para la
inteligencia y la moral) y en la política (para el orden social). El trabajo y la tecnología existen
precisamente para que los seres humanos perfeccionemos la naturaleza y superemos los límites
de nuestra vida.

En el contexto de la fe cristiana, no puede desconocerse además el plan divino redentor,


que eleva el hombre a una forma de existencia nueva que trasciende las capacidades humanas
y le permite participar de la vida trinitaria en su condición de hijo de Dios, y que culminará en
la gloria de la vida eterna. La situación del hombre antes del pecado original (inmortalidad,
ausencia de dolor y enfermedades y malas inclinaciones, gracias a los dones preternaturales,
junto a la gracia de Dios), curiosamente se parece a lo que aspira el transhumanismo por la vía
de la tecnología.

En la filosofía moderna hubo intentos radicalizados de mejorar al hombre con el avance


de la ciencia y la técnica, para así superar los límites de la vida humana que son causa de
sufrimiento (pobreza, enfermedades, inestabilidad social). Es conocido el “mito del progreso
indefinido” del siglo XIX, surgido en el ambiente de la Ilustración, así como el ideal de auto-
redención de la humanidad de Marx, o la idea del Super-hombre de Nietzsche.
7

Pero con el transhumanismo el panorama es muy distinto, porque los ideales de


progreso del siglo XIX pertenecían todavía a lo que podríamos llamar “humanismo”, cuya raíz
originaria podría situarse en el humanismo renacentista. La ocasión favorable para el
transhumanismo ha sido sin duda el espectacular avance científico-técnico que se produjo con
la ciencia moderna y las sucesivas revoluciones industriales. Este avance comenzó ya de modo
visible en la segunda mitad del siglo XVIII, y comenzó a expandirse de un modo notable y
popular en la segunda mitad del siglo XIX. Junto a los prodigiosos avances de la medicina y
las comunicaciones, en el siglo XX tenemos la aparición de la informática, la inteligencia
artificial, la biología sintética, la neurociencia, la neuroingeniería computacional, la genética
molecular, la nanotecnología. Internet, celulares, computadoras son sólo aplicaciones del
progreso científico-tecnológico, que cambiaron completamente nuestro estilo de vida y que
llega a todos los sectores de la población (“democratización”), aunque tarda en imponerse en
los países industrialmente menos avanzados.

Mientras el progreso corre a cargo de la tecnología, sin tocar el cuerpo humano, no


surge ningún problema respecto a la identidad del ser humano, aunque sí se presentan
cuestiones sociales importantes, por ejemplo, la amenaza de que la IA (inteligencia artificial)
domine completamente a la humanidad, en vez de limitarse a ser sólo un instrumento. Pero si
a continuación el interés de concentra en dominar el cuerpo humano, con medios genéticos y
sobre todo en el cerebro, sede de las facultades superiores de la sensibilidad, afectividad y
cognición, entonces se ponen en juego nuestra identidad e intimidad personal.

3. Transhumanismo tecnológico

Detengámonos en la primera línea del transhumanismo, no biológica sino


exclusivamente técnica. El transhumanismo extrapola “casi al infinito” la orientación de los
progresos tecnológicos de la humanidad que en definitiva se proponen dominar lo más posible
la naturaleza.

Se apunta a la producción de una entidad artificial inteligente (o varias coordinadas


entre sí) capaz de replicarse y mejorar constantemente, de modo autónomo y no ya guiada por
el hombre, con poder para dominar toda la naturaleza y resolver todas las dificultades que
puedan surgir. La máquina inteligente superaría al infinito las capacidades intelectuales
humanas. La mente de las personas (su memoria biográfica, sus características personales, su
capacidad de diálogo, sus preocupaciones) podría ser descargada (mind uploading) en la IA,
8

con lo que se aseguraría una “inmortalidad digital”. La IA se encargaría de todo aquello que
ahora hacemos los humanos (medicina, arquitectura, ingeniería, finanzas, etc.).

Las nuevas entidades inteligentes poblarían el espacio terrestre e incluso extraterrestre.


Los humanos, en todo caso, podríamos sobrevivir si nos convirtiéramos en cyborgs, organismos
humanos con implantes tecnológicos (informatizados). Las inteligencias humanas descargadas
en máquinas podrían salir del planeta e ir a habitar nuevos espacios fuera de la Tierra. Las
decisiones políticas, económicas, militares, financieras, médicas, quedarían en manos de la IA.
Las cosas mismas se harían “inteligentes” gracias a una extensión cada vez mayor del Internet
de las cosas. Los objetos de uso humano, como casas, aparatos, automóviles, etc., están
conectados con la red y pueden comunicarse de modo inteligente entre ellos, para realizar mejor
sus prestaciones, y esto mismo puede suceder también con nuestro cuerpo, sus partes y sus
estados. El Internet de las cosas ya existe y tiene delante suyo un amplio panorama de progreso.

La actual aparición del ChatGPT no es sino un paso más en la automatización


inteligente de tareas cognitivas que ahora podemos alcanzar en fracción de segundos sin
esfuerzo, con sólo dialogar con el ChatGPT.

El gran salto se produciría en un momento futuro no tan lejano llamado “singularidad”.


Sorprende no sólo la amplitud de las tareas de la super-inteligencia artificial, siempre sobre la
base del conocimiento “inteligente”, sino su velocidad, que va creciendo de modo exponencial,
cosa que impide que los humanos podamos seguirla “intuitivamente” (así como con la intuición
no podemos hacer grandes cálculos, que a nosotros en todo caso nos llevarían años).

En principio parece que estas espectaculares prestaciones están al servicio de los


humanos, que al fin y al cabo somos los creadores de la IA. Sin embargo, como la IA se vuelve
cada vez mucho más inteligente que nosotros, de modo independiente a nuestras gestiones, la
amenaza es que los humanos quedemos marginados y por tanto proclives a la extinción, y
siempre flota en la duda qué podría “pensar” la IA sobre nosotros (si ayudarnos, dejarnos de
lado, etc.), obviamente sin una verdadera inclinación voluntaria ni emocional, sino
simplemente como un problema técnico en el que se trata de optimizar los objetivos de dominio
y control eficaz de las cosas en todo tipo de tareas (científicas, artísticas, económicas, etc.).

En el horizonte del progreso está también el posible desarrollo a gran escala de la


computación cuántica. La potenciación de las prestaciones inteligentes probablemente
aumentaría en una escala de millones de veces superior a las realizaciones actuales. Las
9

computaciones podrían ser casi instantáneas y muchísimas tareas se podrían realizar casi en
simultaneidad.

Notemos al respecto los siguientes puntos:

a) Las proyecciones futuristas acerca del progreso humano científico y tecnológico y


sus consecuencias sociales fueron señaladas desde el siglo XIX en adelante en novelas y
películas de ciencia-ficción. Muchos progresos, pero también amenazas, fueron anticipados
por la ciencia-ficción (Julio Verne, Orson Wells, Asimov, etc.). La ciencia-ficción en general
es entretenida, pero cuando tiene valores artísticos suele tocar problemas reales. Algunas obras
dan un panorama simplemente ilustrativo de los escenarios imaginarios del futuro, pero otras
presentan mundos distópicos (por ej. A. Huxley, en Un mundo feliz). La “utopía” del
transhumanismo, entonces, puede ser un futuro positivo o negativo (“distopía”).

Estos escenarios (guerras informáticas, implantes en el cuerpo, vehículos auto-guiados,


avatares), que en un principio parecían alejados, últimamente empiezan a tocarnos de cerca.
Así está sucediendo desde inicios del siglo XXI. Algunos piensan que el futuro transhumanista
estaría a las puertas. Otros estiman, además, que vamos hacia una deshumanización colosal.
Sea como sea, es un hecho que el progreso es acelerado, aunque haya incertidumbre sobre lo
que realmente sucederá en el futuro. Sin embargo, algunas de las promesas de los futurólogos
pueden ser propaganda para poder así conseguir financiación para sus empresas.

b) Suele señalarse que el futuro de los proyectos transhumanistas está en manos de unas
pocas gigantescas empresas multinacionales, porque los costos de la investigación en este
campo son altísimos. Esto significa que, en parte, el futuro de la humanidad puede estar en las
manos de unos pocos multi-millonarios. El problema es que las empresas de por sí buscan lo
más rediticio. Aunque los proyectos tengan finalidades de servicio a la sociedad, la prioridad
es económica, no política, de donde surgen problemas sociales y éticos nada desdeñables.

c) Actualmente la digitalización de la sociedad tiene dos vertientes político-sociales,


una realizada primordialmente desde el Estado, en el marco de una sociedad políticamente
autoritaria que con medios informáticos consigue un control efectivo de la población (régimen
chino), y otra en las sociedades occidentales “liberales” de libre mercado, donde, sin embargo,
el dominio informático automatizado e “impersonal” amenaza, de otro modo, con sofocar las
libertades individuales. Obviamente esta cuestión social es antigua. La novedad es que la
inteligencia artificial otorga mucho más poder que en otros tiempos y por tanto puede agudizar
10

los problemas sociales. El problema sigue abierto y no depende tanto de la tecnología, sino de
las voluntades humanas, pero el riesgo de siempre de la tecnología es el “tecnologismo” (poner
en manos de la tecnología la solución de todos los problemas humanos).

d) Hace falta, entonces, una filosofía de la tecnología. Es el mejor medio para dar una
respuesta al desafío transhumanista. Todos están de acuerdo, incluso casi todos los
transhumanistas, en que la tecnología tiene que estar encauzada. El problema no resuelto es
que no se sabe cómo hacerlo.

4. Transhumanismo biotecnológico

Entramos en un campo mucho más delicado de los proyectos transhumanistas, con


aspectos bioéticos y que pone en juego el futuro de la población humana vista como especie
biológica.

La tecnología aplicada al cuerpo humano tiene varios aspectos:

a. Intervenciones en el cerebro de tipo farmacológico (drogas) o computacional


(implantes neurales, interfaz entre cerebro y computadora, y entre cerebro e Internet o “la
nube”, es decir, la IA ubicua.

b. Intervenciones biomédicas destinadas a eliminar enfermedades y, sobre todo, el


envejecimiento (en el panorama transhumanista).

c. Intervenciones genéticas destinadas a “mejorar la especie” (nueva eugenesia).

En estos tres ámbitos hay que distinguir entre:

i. Finalidades terapéuticas: curación de enfermedades y discapacidades.

ii. Finalidades de mejoramiento o potenciamiento (enhancement), que puede ser:

1. Físico (más fuerza muscular, mayor longevidad, regeneración celular, etc.).

2. Cognitivo (mayor memoria, mayor atención, más inteligencia).

3. Emocional-tendencial y, en consecuencia “moral”, con consecuencias


conductuales: más empatía, menor agresividad, mayor gratificación placentera.
11

A su vez, todo esto es distinto si:

a. Afecta sólo a los individuos.

b. Con alcance genético: se interviene sobre células embrionarias, sobre su dotación


genética, por tanto con consecuencias en la descendencia y así, a la larga, en la población, de
modo irreversible.

En este panorama se ha de distinguir entre:

1. La obtención de los fines buscados, por lo general beneficiosos, aunque a veces a


costa de acciones antiéticas, por ej. la manipulación de embriones (matarlos).

2. La aparición no prevista y muchas veces irreversible de consecuencias colaterales


no deseables. Como se actúa en el marco de la complejidad biológica, individual y poblacional,
las consecuencias colaterales suelen ser imprevisibles y pueden ir apareciendo no de inmediato
sino con el tiempo.

Por otra parte, cualquier progreso en una línea siempre implica un abandono de algunas
ventajas de las que se gozaba anteriormente. Se trata de ver si estas obligadas renuncias son
aceptables y gestionables, o si son una reaparición de los límites y males que resultan
inevitables en el mundo biológico, y mucho más en el mundo humano.

No es otra la raíz de los problemas sociales, humanos y ecológicos suscitados siempre


que se produjeron las revoluciones tecnológicas desde el siglo XIX, muchas veces denunciados
por los filósofos o por movimientos ideológicos y políticos (por ej., cambios climáticos
desfavorables favorecidos por la industrialización descontrolada).

Ante este panorama, distingamos dos planos. Uno es la cuestión bioética que justamente
ha preocupado a tantos estudiosos, profesionales, políticos, legisladores. Pero el plano
estrictamente transhumanista es que, en todas estas divisiones que he presentado, se trata
siempre de apuntar al trans-humano. Es decir, se presupone que la naturaleza humana, si es que
se admite este concepto, no es intocable. No habría límites en la “mejora” física y psicológica
del ser humano, hasta convertirlo en un post-humano, sea una nueva especie o simplemente un
nuevo tipo de entidad inteligente del universo.

Podemos afrontar la cuestión con una doble respuesta:


12

1. Si el ser trans-humano es una máquina, conseguida por una mind-uploading, no


estamos ya ante un ser biológico, por lo que la nueva inteligencia artificial post-humana no
tendrá emociones, ni autoconciencia, ni un yo. No será una persona, sino una máquina. Pero si
se pierde la persona, por muy perfecta que sea la máquina, y aunque llegara a dominar
tecnológicamente todo el universo, se ha perdido todo. Estaríamos ante un inmenso
poder…vacío. Obviamente este punto no lo admite una visión materialista (que estimo
insostenible), para la cual no hay diferencias entre máquinas, personas y organismos, porque
en el fondo todos seríamos máquinas.

2. Si el ser post-humano es personal, aunque tenga otro cuerpo y esté psicológicamente


“mejorado”, es decir, si sigue siendo un yo con capacidad de autoconciencia, con emociones,
voliciones, libertad, el problema es distinto. Dejo de lado la cuestión ontológica relativa a la
identidad personal y humana (como especie) de tal entidad y me detengo en ciertos
interrogantes prácticos que aquí se plantean:

A. Los cambios proyectados, ¿son posibles o son utópicos? Esta pregunta se plantea
especialmente respecto a la eliminación del envejecimiento, o respecto a la augurada
eliminación de las “maldades humanas” derivadas de un mal uso de la libertad. Este último
punto parece muy especialmente utópico, ya que entre los seres humanos ni siquiera ahora
estamos de acuerdo en lo que es moral o inmoral. Para cierta forma de IA posthumana, podría
ser incluso una “obligación moral” la eliminación de millones de individuos humanos. En
realidad sería una “obligación técnica”, porque la IA propiamente no tiene ética (aunque los
humanos puedan introducirle “premisas” éticas, que se “cumplirían” sin la virtud de la
prudencia).

B. Esos mejoramientos, si fueran posibles, ¿serían deseables? ¿con algunos límites, o


de modo ilimitado? (podrían no ser deseables por sus consecuencias colaterales). Así por
ejemplo, vivir 1000 años, ¿será posible un día? ¿es algo deseable? Y así siguiendo con muchos
otros ejemplos. No respondo de momento a estas preguntas, pero más adelante ofreceré algún
criterio al respecto.

C. Los problemas derivados del enhancement son distintos si se refieren a los individuos
o a la humanidad en su conjunto. Por ejemplo, llegar a una vida eternamente joven tendría
consecuencias problemáticas individuales en la vivencia de la temporalidad (la cuestión de
saber qué hacer teniendo por delante un tiempo infinito), mientras otras consecuencias serían
13

de tipo social (por ejemplo, ¿cómo sería una población de “inmortales”? ¿podrían reproducirse
indefinidamente en la Tierra?).

Añado una observación sobre el supuesto “mejoramiento moral” auspiciado por


algunos transhumanistas. Es problemático qué significa aquí el término “moral”. Quizá se
podrían eliminar algunas tendencias desordenadas, pero no como resultado de virtudes, sino
sólo de modo neurofisiológico, cosa que puede hacerse incluso hoy, fácilmente, alterando el
cerebro o el cuerpo de las personas (por ejemplo, eliminar su libido sexual, su agresividad).

Es dudoso pensar que esto signifique un real mejoramiento moral, dado que la ética
tiene que ver con el uso de la libertad. El ajuste de la afectividad en teoría puede conseguirse
médicamente, pero tiene sus riesgos (podría suponer una mutilación no sólo física, sino
psicológica) y podría empobrecer a la personalidad. Sea como sea, no por eso se suprimiría la
capacidad humana de obrar bien o mal libremente.

No está nada claro que esos futuros individuos dotados de una juventud perenne serían
incapaces de obrar mal, si siguen teniendo libertad. No me parece que en la utopía
transhumanista se conseguiría eliminar el mal moral y las injusticias, porque éstas no surgen
únicamente de emociones descontroladas, sino de ambiciones voluntarias (libres y
deliberadas).

El transhumanismo apunta a un ideal de vida futura donde se conseguiría un dominio


tecnológico absoluto sobre el cosmos y una situación individual placentera en un tiempo
indefinido. Aunque esto pudiera considerarse positivo “en algún sentido”, con límites y matices
que aquí no vamos a discutir, esta situación no tiene mucho que ver con la felicidad personal
propia de la vida virtuosa, en la que se incluyen la relación con Dios, el amor de donación, la
amistad, las relaciones personales, la familia y el matrimonio.

En su radicalidad máxima, el ideal transhumanista aparece como una religión o, mejor,


como una “secularización” de la dimensión escatológica cristiana de la vida eterna. La vida
temporal infinita no es, en realidad, una vida eterna, sino una prolongación sin fin de la
temporalidad, en la cual el corazón humano no encuentra una plenitud. Es una “trascendencia
horizontal” al infinito, no una trascendencia vertical (hacia Dios).
14

5. El problema antropológico

La cuestión de la identidad es demasiado compleja como para que podamos tratarla en


esta charla. Me limito a expresar mi opinión. Como dije arriba, aunque descarguemos los rasgos
de nuestra personalidad en una máquina con inteligencia artificial, que pudiera imitar en todo
nuestro modo de ser y de conversar e incluso interactuar con otros, no por eso estaríamos ante
una persona real, sino sólo ante una simulación.

En cambio, si el enhancement se produce en un organismo humano personal, mi opinión


es que la identidad personal se mantendría aunque el cuerpo sufriera todo tipo de
modificaciones, con independencia de que esos cambios fueran beneficiosos o no. Un post-
humano cyborg, si es realmente un viviente, sigue siendo un animal racional, y esto es el
hombre. Sigo en esto la opinión de David Oderberg en su artículo Could there be a superhuman
species? (“The Southern Journal of Philosophy”, 52, 2014, pp. 206-226).

Aparte de que la noción biológica de especie es algo relativa, considero que el hombre
no está situado propiamente en una especie (homo sapiens), ya que por su naturaleza espiritual,
por ser persona, no puede catalogarse como una especie zoológica entre otras. Puede servir
para considerar este punto el hecho de que los seres humanos antes del pecado original, en la
actual condición de vivientes mortales y una vez resucitados en la gloria del cielo, siendo tan
distintas las condiciones físicas de estos estados, siguen siendo animales racionales y siguen
manteniendo su identidad como seres humanos y como personas singulares.

Respecto al problema ético, la pregunta es: ¿hasta qué punto son legítimos los intentos
de mejorar el cuerpo humano y su dotación psicológica? (las intervenciones terapéuticas, si se
respetan la dignidad de las personas y ciertas exigencias morales, obviamente son legítimas).

Mi respuesta en esta sede no puede ser sino esquemática (me salto los matices
necesarios sobre este tema y la abundante casuística que de aquí surge):

1. El criterio fundamental para responder a esa pregunta es la persona humana y el


respeto de la capacidad de ejercicio de actos personales (libertad, conciencia, crecimiento en
virtudes, amistades, matrimonio, familia, relaciones sociales, vida religiosa). Las
intervenciones tecnológicas que obstruyan estas dimensiones son deshumanizantes. Las tareas
personales (amistad, actos de amor, decisiones, lenguaje) no son sustituibles por robots con
inteligencia artificial. No son mecanizables ni automatizables.
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2. Otro criterio es la armonía de la personalidad y su posibilidad de crecer de modo


unitario. Un potenciamiento excesivo en una determinada área (por ejemplo, una memoria
excesiva, o la desaparición de ciertas emociones) puede lesionar esa armonía, lo que fácilmente
se haría si las personas no se consideran en su valor intrínseco, sino sólo por su eficacia para
obtener resultados externos.

3. La elección de “cualidades mejoradas” para los niños que nacerían (bebés de diseño)
corre el peligro de que estaría en manos de los caprichos de los padres, o de una regulación
estatal que llevaría fácilmente a un escenario totalitario.

4. Lanzar al ambiente seres humanos nacidos genéticamente modificados es peligroso,


porque se abre un proceso irreversible a gran escala cuyas consecuencias no podemos conocer.

6. Evaluación del transhumanismo

1. Distinguir entre progreso humano e ideales transhumanistas. El progreso humano es


siempre bienvenido. Con la educación, la ciencia, las instituciones, la tecnología, potenciamos
nuestras capacidades y superamos muchos de nuestros límites, además de que evitamos muchos
males. Sin embargo, la historia de la tecnología demuestra que las revoluciones industriales
muchas veces comportaron consecuencias colaterales negativas y abusos. Esto significa que la
tecnología tiene límites: éticos, sociales, ecológicos, antropológicos. La tecnología no puede
ser absoluta o incondicional, porque avanzaría a costa de destruir muchos valores humanos.
Esto puede suceder fácilmente si es guiada principalmente por intereses económicos,
comerciales, o simplemente para obtener mayor poder.

Los ideales transhumanistas asumen el progreso humano de un modo absoluto,


incondicional, ilimitado, con lo que fácilmente caen en la utopía (o distopía). Tal como se
presentan los ideales transhumanistas más radicalizados, implican algo así como el propósito
de una auto-redención humana: eliminación total del mal, del dolor, de la muerte y de todos los
límites humanos. El mismo hecho de que ese ideal se ponga como “post-humano” supone,
literalmente, una anti-humanidad o una deshumanización. Lo es, en concreto, la eliminación
del género, de la sexualidad, de la reproducción sexual, la transformación del cuerpo humano
en una cuasi-máquina, dado que el cuerpo humano actual y su modo de comportarse se
consideran “imperfectos” (esto supone “superar” imperfecciones -puede ser-, pero
destruyendo la vida y muchos valores).
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2. Prudencia y actitud de espera. No son razonables ni la demonización de la


tecnología, ni el supertecnologismo sin límites. Cualquier progreso tecnológico tiene que ser
aplicado con prudencia, la cual es la ciencia de los casos concretos y los contextos. Ante ciertos
progresos prometidos casi utópicos, como la inmortalidad biológica sin envejecimiento, si no
implican prácticas inmorales (eliminación de personas), es prudente una actitud de espera, para
afrontar los problemas que puedan surgir sólo cuando se vean los resultados. La investigación
para frenar el envejecimiento es una empresa positiva. Pero ante la perspectiva de vivir mil o
cien mil años, más que discutir si es o no interesante, parece más razonable esperar los
resultados (que quizá no llegarán nunca).

2. Fines y medios. Para evaluar el proyecto transhumanista, podemos preguntarnos por


sus fines y sus medios. Sus fines están situados en el orden material (dominio físico, salud,
supervivencia) y psicológico (inteligencia, bondad).

Es problemático que estos fines se pongan como infinitos, porque la infinitud o ausencia
de límite en la vida temporal no es consistente (sólo cabe propiamente ante Dios). El
“mejoramiento al infinito” (más poder, más ciencia, más placer, más tiempo, duración
indefinida de la vida) es abrumador. En el campo de los bienes temporales (ciencia, técnica) no
se puede llegar nunca a una plenitud o consumación absoluta: siempre se puede ir a más. Se
trata en cierto modo de la “mala infinitud” de Hegel. Ejemplos de mala infinitud: dedicarse al
turismo infinitamente; hacer deporte en un tiempo infinito; casarse infinitas veces; estudiar
infinitas ciencias. La propuesta de la inmortalidad biológica intratemporal cae en esta mala
infinitud.

Respecto a los medios, obsérvese que se propone llegar a resultados altos (ciencia,
moralidad) con medios exclusivamente tecnológicos. Los medios técnicos no suponen ningún
esfuerzo humano en la línea de las virtudes y el ejercicio de la libertad. Son sólo medios que
aportan, como mucho, una plataforma de base para que, por encima de ella, pueda desarrollarse
la persona humana en orden a los bienes personales (ciencia, amor, amistad, relaciones sociales,
religión). La pura tecnología, sin crecimiento personal, ofrece un horizonte automático y
determinista, en el que la libertad humana no puede ejercerse.

Otro punto que aquí puede considerarse es que, dada la dinámica del progreso
tecnológico, la “vida inmortal” de los auspiciados eternos jóvenes podría ser algo precaria,
porque el progreso va siempre adelante e impone la continua actualización de los aparatos. Los
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cuerpos mejorados del futuro bien pronto se quedarían desfasados, y seguramente sería más
provechoso sustituirlos por cuerpos mejores, así como nosotros, seres mortales, siguiendo esta
lógica, se supone que tendríamos que aceptar ser sustituidos en el futuro por seres post-
humanos mejores.

3. ¿Mejoramiento moral? Los transhumanistas tienden a pensar que con cambios


neurofisiológicos radicales el hombre podría mejorar moralmente. Esto supone una concepción
peculiar de la moralidad, más bien emotivista, utilitarista, consecuencialista, físicista,
hedonista. Si la vida moral es una homeostasis afectiva, entonces la “moral” humana se asimila
a los ajustes emotivos que podríamos proporcionar a los animales para que no sean tan fieros,
para que sufran menos, para que gocen lo más posible, y cosas de este tipo.

La “moralidad” transhumanista implica en algunos autores, por ejemplo, que la


reproducción sexual se vea como un proceso natural engorroso y algo torpe, que sería mejor
eliminar. De un modo parecido, podría parecer necesario suprimir a muchos individuos para
que no sufran, o para que la población no aumente (haciéndolos morir sin sufrimiento). La
eugenesia, el aborto, la eutanasia, el gozo sexual absoluto, en el ámbito transhumanista suelen
considerarse como aportes del progreso deseado, es decir, como deseables moralmente.

En otros casos, la “perfecta moralidad” se identifica con la perfecta eficiencia que


aporta una máquina inteligente, en la cual, sin embargo, no existe propiamente una moralidad.
Una máquina en sí misma es amoral. Si se le añadiera una capacidad de sentir placer, lo cual
sería algo psicológico, ¿sería esta una finalidad moral realmente interesante? (caería, por
demás, en la inconsistencia de la mala infinitud, como a la que podría aspirar un drogadicto).
Los humanos podríamos “ponerle fines morales” a esa máquina, como podemos hacer con los
robots para que no causen daños. Pero en este caso la moralidad procede de nosotros (con la
posibilidad de introducir fines inmorales horrendos), de modo que la máquina se comporta sólo
instrumentalmente, con una eficacia técnica para hacer lo bueno o lo malo que le fue
introducida por un agente humano.

7. Realizaciones objetivas

Veamos ahora, para concluir, si las predicciones del transhumanismo tienen visos de
cumplirse próximamente o si se sitúan más bien en el horizonte de las utopías:
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1. El progreso tecnológico fuera del cuerpo humano (p. ej., inteligencia artificial) es
palpable y, es más, es colosal. Probablemente continuará y nos sorprenderá nuevamente. Pero
tenemos que encauzarlo, no sólo con medidas técnicas, sino políticas y sobre todo con virtudes,
especialmente la prudencia. Si en el futuro fuéramos a estar dominados por la IA, la culpa no
sería de este instrumento, sino nuestra, porque habríamos aceptado vivir sólo en la dimensión
de las máquinas inteligentes, lo mismo que el hombre a veces ha aceptado vivir en la pura
dimensión tecnológica y mercantil. Tenemos que aprender a convivir humanamente con el
nuevo mundo tecnológico en el que la IA nos introduce, igual que siempre hemos aprendido a
convivir con entornos tecnológicos y culturales creados por la civilización.

2. En el campo biológico, el progreso biomédico con fines terapéuticos va avanzando y


es esperable que en el futuro se logren dominar muchas enfermedades y discapacidades, y
también que aumente no sólo la longevidad, sino la calidad de vida en los años de la vejez.

3. La creación de individuos humanos cyborg con fines de enhancement es más bien


limitada y no me parece muy atractiva.

4. El mejoramiento cognitivo con medios neuroquímicos o con implantes informáticos


actualmente es más bien modesto y no se ve en este campo un gran horizonte de progreso.
Mucho menos se ve, por no decir nada, en el campo del “mejoramiento moral” (distinto es el
tratamiento de discapacidades y enfermedades psíquicas).

5. La edición genética de seres humanos hoy está prohibida por razones morales y
sociales y es de esperar que esta situación se mantenga. Si se desencadenara esta tecnología,
las consecuencias serían desastrosas.

6. La “victoria sobre el envejecimiento” para lograr una longevidad juvenil perenne no


registra ningún avance positivo, pese a que hoy algunas empresas destinen muchos recursos
para la investigación en este campo. Es distinto, en cambio, el alargamiento de la vida en
condiciones seniles optimizadas.

Puede concluirse, en nuestra opinión, que los ideales transhumanistas continúan


manteniéndose dentro de la categoría de las utopías. Tampoco es del todo convincente el
panorama catastrófico que algunos presentan como profetas de desgracias ante los progresos
tecnológicos, sobre todo en el campo de la inteligencia artificial, pero en cualquier caso la
cuestión es más bien social y no puramente técnica.
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La IA tal como ahora se está desarrollando es un gran desafío, quizá uno de los más
grandes que ha tenido la humanidad desde el punto de vista tecnológico. Podemos albergar la
esperanza de que aprenderemos a utilizarla de modo que favorezca y no obstruya nuestras
capacidades personales de conocer, comprender, valorar y actuar. El progreso tecnológico
informático, incluyendo la interfaz cerebro-computadora, probablemente seguirá adelante y
exigirá un esfuerzo importante para que los seres humanos y la sociedad aprendamos a
servirnos con sabiduría de la tecnología creada por nuestra razón.
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Autore: Juan José Sanguineti
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Data creazione: 29/05/23 12:21:00
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Data ultimo salvataggio: 29/05/23 12:21:00
Autore ultimo salvataggio: Juan José Sanguineti
Tempo totale modifica 1 minuto
Data ultima stampa: 29/05/23 12:21:00
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