Teorías Traductológicas Contemporáneas
Teorías Traductológicas Contemporáneas
Teorías traductológicas
contemporáneas I: los
primeros intentos de
sistematización
Índice
Esquema 3
Ideas clave 4
4.1. Introducción y objetivos 4
4.2. Las «teorías» lingüísticas 6
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A fondo 36
Test 38
Esquema
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Acabábamos el tema anterior con una serie de nociones fundamentales que son
prácticamente transversales, es decir, que aparecen como fundamento o se
mencionan, de un modo u otro, en la mayoría de las reflexiones o investigaciones
sobre traducción a las que se puede acceder en la actualidad. Estudiamos además el
siglo XX como el contexto que facilita la comprensión del «nacimiento» de la
Traductología como una disciplina académica independiente. En el vídeo sobre la
presentación de James Holmes «The name and nature of Translation Studies» se
explicaba la organización general planteada por un visionario, que, en líneas
generales, acertó en muchas de sus predicciones. Ahora bien, entre la situación
actual y la de 1972 ha habido que trabajar mucho para que la disciplina haya
adquirido la amplitud que la caracteriza en estos momentos, en que burbujea sin
parar: basta echar un vistazo al ritmo de publicaciones en revistas especializadas o
en editoriales universitarias y afines. A partir de aquí, vamos a ir conociendo los
resultados de ese ingente e imparable esfuerzo colectivo.
fenómeno puede ser que una gran corriente de las investigaciones y propuestas que
se habían lanzado hasta el momento —o que se habían expandido más bien—
provinieran de enfoques lingüísticos, más asociados intuitivamente con la lingüística
o la estilística comparada que con la traducción como operación cognitiva. Es decir,
se miraba con ojos de lingüista y no con ojos de traductor, que no son exactamente
No es que unas superen a las otras; digamos que de alguna extraña manera se
escalonan y se complementan, porque sus preocupaciones son diferentes, aunque
todas giran en torno a la Traducción. A lo largo del Grado irás integrando las
aportaciones de todas ellas. De hecho, nuestro objetivo es que reconozcas las
virtudes y los aspectos discutibles de cada una de ellas, para que puedas convertirte
en un profesional de la traducción que actúe con criterio; con criterio teórico,
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práctico y ético. Como afirma Anthony Pym en las primeras páginas de su obra
Teorías contemporáneas de la traducción: «La teoría adecuada será, en cada caso
individual, la que mejores soluciones permita» (Pym 2016, 10).
Ampliación de análisis lingüístico a las traducciones, como Catford (1970), que aplica
la teoría de los niveles de Halliday; Vázquez Ayora, que aplica el modelo
transformacional, etc.
¿Qué quiere decir todo esto? El estructuralismo distingue entre lengua (langue) y habla
(parole). Lengua sería el sistema de signos compartido por los hablantes, mientras que
habla hace referencia al uso que de ese sistema se hace. Estos autores, que reconocen
que existen muchas dificultades de traducción conectadas con el habla, centran su
estudio en la lengua, para nutrir la competencia lingüística del traductor. Es decir, no
examinan intercambios de mensajes, sino que nos muestran ejemplos de palabras o
frases cortas y sus correspondencias. Y decimos bien «sus correspondencias» y no sus
posibles correspondencias, porque, aun a riesgo de exagerar, estas propuestas confían
en la existencia de una equivalencia única e ideal entre las lenguas. Sobre esa base, y
amparados en la defensa de lo que llaman el «genio de la lengua» —el estilo propio de
cada lengua—, se muestran partidarios de practicar cuantas adaptaciones sean
necesarias para que el texto «suene español» y no haga a quien lo lee levantar la ceja
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en ningún momento. Tal y como lo resume Moya (2004, 25): «Ante la disyuntiva de
preservar el genio de la lengua o el genio del autor, el traductor comparativista se
inclinaría por lo primero».
El manual contiene muchos ejemplos en que se comparan las lenguas, lo que ayuda a
comprender bien qué rasgos corresponden a cada una. Además, incluyen una
clasificación de lo que ellos llaman «procedimientos» de traducción, que son lo que
nosotros llamamos «técnicas». Es decir, nos muestran cómo se ha logrado obtener la
equivalencia: a través de cambios de categoría gramatical (transposición), a través de
cambios en el punto de vista (modulación), a través de préstamos, de adaptaciones o,
cuando hay suerte, de equivalencias fijadas en las lenguas —ojo aquí, con equivalencia
como procedimiento-técnica, se refieren a casos como el de los modismos por ejemplo:
«it’s raining cats and dogs» tiene su equivalente en «llueve a cántaros» o «caen chuzos
de punta»—, etc. Aunque admiten que pueden darse varias soluciones, indican que el
traductor, en busca del respeto del genio de la lengua y conocedor de la intención
profunda del autor, habrá de elegir la mejor.
Ellos organizan los procedimientos, además, en tres niveles: el léxico, el sintáctico y el del
mensaje. Así, en la técnica de la adaptación —que vela siempre por la comodidad del
lector en la lengua de llegada—, proponen lo que en español sería, por ejemplo, cambiar
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«cricket» por «fútbol» o cambiar «to carry coals to Newcastle» por «ir a vendimiar y
llevar uvas de postre»; y, en cuanto a los mensajes, su ejemplo en inglés es cambiar «Bon
appétit!» por «Hi!».
Es decir, que las palabras no tienen siempre y por sistema el significado que se
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Otro ejemplo es el de frases del tipo «the sight of those apples announced the re-opening
of school» porque en Canadá los niños suelen —o solían— llevarse manzanas para el
recreo. Los traductólogos comentan que, para el público canadiense, que, aunque
bilingüe, comparte una parte común de la cultura, podría traducirse como «la vue de ces
pommes annonçait la rentrée des classes», que sería como «la vista de aquellas
manzanas anunciaba la vuelta al cole(gio)». Ahora bien, si el texto hubiera que traducirlo
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de verdad al español, lo de las manzanas no nos diría nada. Según sus propuestas, habría
que cambiarlas por libros, mochilas, plástico de forrar, etc. Ahora bien, quizás se
estuviera perdiendo con ello la información que obtiene el lector sobre la cultura
canadiense y sus manzanas del fin de las vacaciones.
El otro autor del que queremos hablarte es John C. Catford, quien en 1965 publica A
Linguistic Theory of Translation: An Essay in Applied Lingusitics, donde define la
traducción como el reemplazo de elementos de un texto en una lengua con otros
equivalentes en términos lingüísticos en la otra. Para su propuesta retorna al amparo
de la Lingüística Aplicada de la que, como bien apunta Moya (2004), la traducción se
había emancipado precisamente al convertirse en disciplina independiente. En el libro
habla de la traducción como método de enseñanza de lenguas y dice que los contrastes
entre lenguas son de utilidad en la misma línea que la mencionada antes. Para Catford
(1970), lo más difícil es encontrar equivalentes —porque los hay, se entiende, pero hay
que dar con ellos—; ahora bien, ¿qué es un equivalente?
Para Catford (1970) es tarea de la traducción definirlo, y él lo hace así: «un equivalente
textual es […] cualquier forma (texto o porción de texto) en la lengua de llegada que
resulte ser el equivalente de una forma dada (texto o porción de texto) en la lengua de
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partida» (Catford 1970, 50). Moya ironiza diciendo que, según la idea de que un traductor
es quien debe decidir la equivalencia y que esta es la que se da en una traducción hecha
competentemente, entonces una frase como «My son is six», traducida por un
profesional como «Mi hijo tiene seis años», establecería la equivalencia entre ambos
textos, y esa sería su traducción. Además, presenta la noción de correspondencia formal,
Ahora bien, a pesar de esta forma un tanto robótica de plantear la traducción, Catford sí
considera los rasgos situacionales de relevancia lingüística y aquellos de relevancia
funcional, y cree que la equivalencia de traducción debe contemplar los rasgos
funcionalmente relevantes de la situación comunicativa, lo que sería una guía aceptable
si el autor explicara a qué se refiere con los rasgos funcionalmente relevantes. Como dice
Moya, Catford sitúa toda la carga definitoria en el traductor, mientras repite sin descanso
que las diferencias entre las lenguas y las culturas provocan muchos casos de
intraducibilidad. Con todo, Catford trató de clasificar los tipos de equivalencias-
traducciones (fonológica, gráfica, léxica, gramatical…), lo que nos hace más conscientes
de la importancia de considerar todos estos aspectos —la equivalencia puede darse en
los distintos niveles, pero suele darse sobre todo en uno de ellos, aunque esto puede ir
variando—, y contribuyó a traer a colación la variedad lingüística.
No es que aboguen por un literalismo sin más —palabra por palabra—, sino que se valen
del cotejo de las lenguas y las expresiones para determinar qué es equivalente.
Y a partir de aquí, podemos hablar de otros dos enfoques, uno que se centra en estudiar
esa equivalencia que a los filolingüísticos se les escurre entre los dedos cuando se diluye
la equivalencia formal, y otros que vieron en la equivalencia entre lenguas un abismo que
rellenar con el sentido. Conste en acta, en todo caso, que Catford ya habla de textos (y
no de palabras) y de situación comunicativa (y no meramente de lenguaje).
Aunque autoras como Hurtado Albir (2007, 128) las sitúan, con cierta razón, dentro
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1. Hay que considerar la cultura por la cual comprende lo que comprende, lo cual
supone entender que la traducción se sitúa en una dimensión más allá de la
lingüística.
Y, aunque parezcan contrapuestas, como arguye Moya (2004), Nida observa que en
la traducción técnica empiezan a tomarse en cuenta otros elementos, como el de la
recepción, su comprensión, una postura que, aun sin renunciar a la idea de claridad,
no había estado muy presente en la traducción bíblica, siempre limitada por el
respeto a la palabra, que para los creyentes es revelada. Así que, aunque se les
presentara en su lengua más cercana y con las expresiones lingüísticas que les eran
más familiares —y esto en las versiones menos literalistas—, el mensaje verdadero
podía estar escapándose igualmente, es decir, no estaban comprendiendo «de
verdad» la Palabra, por lo que para Nida y Taber no se da una traducción legítima
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(1986, 16). Para que esta lo sea, el mensaje, aunque sea divino —sobre todo cuando
lo es—, debe funcionar del mismo modo en que lo hizo cuando se transmitió a sus
receptores originales. Nida se aleja así del estructuralismo al primar el mensaje
frente a su forma. ¿Ves la diferencia?
Para que puedas atisbar el porqué de las reflexiones de Eugene Nida, tomamos
prestados los ejemplos de Moya (2004, 48-49), que son esclarecedores:
«En vez de forzar la estructura formal de una lengua con elementos ajenos
a la misma, el buen traductor está dispuesto a hacer todos los cambios
formales que sean necesarios para reproducir el mensaje de acuerdo con las
formas estructurales propias de la lengua receptora» (Nida y Taber 1986, 9).
¿Y cómo? Pues primero tiene que retrotransformar la forma en fondo —observa que
el fondo, el mensaje, es lo primero siempre—, luego se transfiere a la estructura
profunda de la lengua de llegada y, por último, se le da forma en la estructura
superficial de la lengua de llegada y según lo que requieran los receptores y la cultura
de recepción (Nida y Taber 1986, 55). Y luego se comprueba: a mayor equivalencia
de respuesta, mayor equivalencia dinámica. Y sobre esa base proponen traducciones
como estas:
Tabla 1. Traducciones según el principio de equivalencia dinámica. Basada parcialmente en Moya 2004, 54.
Si quieres conocer ejemplos en inglés, te animamos a que accedas a este vídeo donde
se presenta la traducción estilo Nida de la Biblia al inglés: la Good News Bible, y se
compara con fragmentos anteriores.
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Lo que ocurre es que eso hace del traductor un exégeta… —claro, es que Eugene Nida
era un reverendo baptista además de ser un traductor—. Y hay otras implicaciones
por añadidura: anular al autor, desdibujar las diferencias, acabar con el universalismo
—y si un esquimal cristiano va de viaje y entra en una iglesia y contempla una figura
de Cristo con un cordero, ¿comprenderá el simbolismo, aunque se trate de su misma
religión, de su mismo Dios? —.
El traductor aquí no es puente entre culturas, sino más bien un bulldozer cultural.
Habrá que calibrar con cuidado dónde, cuándo y cómo nos servimos de esta
equivalencia dinámica. Quizás en la traducción de anuncios publicitarios sea lo ideal,
y que no lo sea tanto en textos filosóficos. Quizás sirva en la traducción de textos
religiosos, pero no con todos sus elementos. Es el traductor el que, con criterio
profesional, debe decidir qué tipo de traducción realizar.
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En todo caso, ¿te das cuenta de que Nida establece que la fidelidad se basa en la
equivalencia dinámica —que a su vez depende de la recepción—, y que, para él, la
unidad de traducción es el mensaje? El problema que subyace a todo esto es: ¿qué
garantías tenemos de que un traductor —como cualquier lector— pueda extraer «el»
mensaje? Quizás en la Biblia, por la abundancia de estudiosos y teólogos, tengamos
¿Sirve esta forma de traducir como teoría de la traducción general? Es dudable. Ahora
bien, aplicada a determinados textos y situaciones, puede ser una aportación
indiscutible de su pensamiento, como las que siguen:
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¿Cómo saber que quien lee comprende lo que el autor desea transmitir?
¿Acaso puede controlarse? No hay lectura inocente —pura—, no puede
haberla, como tampoco hay traducción inocente.
Clasificada por Hurtado Albir (2007, 128) dentro del enfoque cognitivo, porque
estudia el proceso mental de la traducción, esta teoría tiene conexiones con las
lingüísticas, pues ambas tienden más al texto original que hacia el meta, y ambas
tienen bases lingüísticas. Ahora bien, la teoría interpretativa incluye en la ecuación
el contexto desde una perspectiva discursiva. La lingüística formal no abarca todo lo
que se pone en juego en la traducción, de modo que estos teóricos buscan respuestas
en la lingüística de texto (la textología).
Esa transferencia es lo que este grupo estudia y lo que se convertirá en otra de sus
aportaciones: el estudio del proceso traductor. Ellos distinguen tres fases en la
interpretación de conferencias (Seleskovitch 1968, 35):
En principio, es fácil reconocerse en ese proceso traductor; ahora bien, ¿cómo vamos
a despojar del valor del significante a un texto donde el significante importa, como
en un texto literario, por ejemplo? Y esa es la contrargumentación más evidente,
porque en realidad el significado está también en la forma.
El problema es que hay muchas traducciones literales, que ellos considerarían malas,
que circulan por ahí y que, de hecho, funcionan. O, como nos recuerda Moya «que
unas veces se puede traducir sin comprender y otras que, ni aun entendiendo, se está
en condiciones de traducir» (Moya 2004, 83).
Ejemplo:
Este texto científico del que cuesta comprender algo realmente para los
profanos en la medicina puede presentar menos dificultades de
traducción, siempre que demos con una fuente terminológica fiable para
«análogos de nucleósidos», «análogos de nucleótidos», «citidina»,
«timidina», «uridina», «guanosina» y «adenosina». El sentido real se nos
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Sin embargo, ¿qué hacer con «Yo soy el que soy»? Sobre esta frase, ríos
de tinta: que por qué «el que» y no «la que», que por qué «el que» y no
Otros autores posteriores han profundizado sobre la faceta más cognitiva de estas
reflexiones, o sea, cómo piensa un traductor cuando trabaja. Se han llevado a cabo
estudios basados en la verbalización de lo que se va haciendo (Thinking Aloud
Process) con Kiraly (1997), para ver si se descubre qué bulle en esas cabezas durante
la traducción; se ha hablado del proceso traductor como uno de toma de decisiones
con Wills (1996); y ha habido otros estudios, importantes, como el pensamiento
sobre la competencia traductora. En este último punto cabe destacar el trabajo del
grupo de investigación español PACTE, que buscar ofrecer una visión abarcadora de
esa competencia, a la luz de la diversidad de modelos, etc. Según los resultados de
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las investigaciones del grupo, dirigido por Hurtado Albir, hay algunos puntos básicos
reseñables (Hurtado Albir 2007, 394):
Las competencias del traductor —hay varias visiones al respecto— las estudiarás en
la asignatura de Traducción General y se cubrirán a lo largo del Grado.
En sus orígenes, estas teorías son herederas de las teorías lingüísticas de la traducción
con las que abrimos el tema, porque hablan en términos de estructuras —aunque en
este caso sean la temática, la funcional y la pragmático-textual—, porque dedican
mucha atención al texto original, y porque indican cómo «hay que» traducir. Las dos
escuelas que la nutren fundamentalmente son la Escuela de Saarbrucken,
encabezada por Wills, y la Escuela de Leipzig, con Kade y Neubert, y al conjunto de
sus ideas se lo conoce como la ciencia de la traducción alemana y se desarrollaron
sobre todo en la década de los setenta. Cabe destacar además (Virgilio Moya 2004,
87):
Quedan a un lado la intención e incluso la función del original, lo que prima es para
qué va a servir el texto en su contexto-cultura de llegada, y con ese criterio se
traduce. Más aún, como también están influidos por la teoría de la recepción, según
la cual el texto acaba de hacerse cuando se lee y se completa, creen que, si incluso
un texto original puede ser muchos textos según quién, cuándo y cómo lo lea (lo
reciba), entonces mucho más podrá ser así con la traducción.
Ahora bien, no dejan de ser traducciones que parten de algún sitio, no hay que
olvidarlo, y que la función a veces viene dada por el cliente del encargo. Por otro lado,
sus teorías parecen asumir que, en los actos de traslación, como los llaman ellos,
suelen darse cambios de función, lo cual no está basado en ningún estudio
estadístico… ni podemos tomar como cierto. Virgilio Moya (2004, 96), cuyas huellas
seguimos en esta presentación, apunta con tino que quizá esa afirmación se deba a
que en la obra a veces el skopos alude no tanto a la función de la traducción como a
los destinatarios de la traducción, los lectores. En ese caso, lo normal es que haya un
cambio de lectores.
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Como ves, la equivalencia para ellos no está en las lenguas, ni en el sentido, como
en las propuestas anteriores, sino en la función textual, por eso hablan de
equivalencia textual y especifican, para despejar dudas ante el maremágnum de
niveles con que se trabaja en los textos, que aluden a lo semántico, lo estilístico y lo
que cada vez incorporan más elementos a la ecuación, con lo que parece cada vez
menos pertinente decretar cómo ha de traducirse. La complejidad aumenta y, por lo
tanto, las reglas matemáticas se tornan progresivamente más yermas para explicar
o guiar lo que tenemos que hacer como traductores cuando nos llega un encargo.
Sin duda es importante conocer bien qué tenemos entre manos, pero quizás el
análisis completo que se propone es inabarcable. La versión reducida es aconsejable,
sobre todo con determinados géneros textuales, pero no puede asumirse que los
traductores vayan a dedicar parte del tiempo que programan para cada encargo a
leerse primero todo el texto y a analizarlo desde todos los ángulos posibles.
Sencillamente, no hay horas en el día. Sin duda en la traducción de obras literarias es
más común analizar el texto previamente, pero precisamente lo literario es de lo que
no se ocupan los análisis funcionalistas de Nord. Durante tu formación, aprenderás a
analizar los textos, por supuesto, pero con la intención de que te entrenes en calibrar
qué factores son los más relevantes en cada caso.
Como las teorías anteriores, estas tienen sus luces y sus sombras. Enredadas a veces
con las lingüísticas y otras con las de la equivalencia dinámica, estas teorías
funcionalistas textuales se abrazan también, en la medida en que se fijan en el
contexto de llegada, con las que vamos a explicar en el siguiente tema: las
descriptivistas vinculadas a los polisistemas y a la manipulación.
Asimismo, las reflexiones no ya sobre los tipos, sino sobre los géneros textuales, más
asociados a las expectativas de las sociedades respecto a textos en particular:
sentencias, recetas, noticias, cuentos, esquelas, manuales de instrucciones, artículos
científicos, informes económicos, subtitulación de series, etc., han «ordenado» la
didáctica de la traducción, a imagen y semejanza de lo que se pide en los mercados
profesionales. De hecho, si te fijas, los programas de los Grados de Traducción
asientan sus asignaturas de Traducción Especializada sobre la base de esta
clasificación en géneros, porque cada uno (y cada subgénero) lleva asociadas una
serie de características internas y externas, terminológicas, funcionales, estilísticas,
etc. Y las empresas de traducción así organizan a menudo a sus plantillas: traductores
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Catford, John Cunnison. [1965] 1970. Una teoría lingüística de la traducción: ensayo
de lingüística aplicada. Traducido por Francisco Rivera. Caracas: Ediciones de la
Biblioteca de la Universidad central de Venezuela.
Reiss, Katharina y Hans J. Vermeer. [1984] 1996. Fundamentos para una teoría
funcional de la traducción. Traducido por Sandra García Reina, Celia Martín de León.
Madrid: Akal.
Vinay, Jean Paul y Jean Darbelnet. [1958] 1977. Stylistique comparée du français et
de l’anglais. Méthode de traducción. París: Didier.
Vega, Miguel Ángel. 1995. «Entrevista con Eugene Nida». Hieronymus Complutensis 2:
91-96. Centro Virtual Cervantes.
[Link]
Anthony Pym. «Translation Research and Eye Tracking». 2009. Vídeo, 3m 58s.
[Link]
8. ¿En qué teorías se enmarca la visión del traductor como mediador cultural?
A. En las funcionalistas.
B. En las lingüísticas.
C. En las de la equivalencia dinámica.
D. En las interpretativas.
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