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Disfemia en Educación Infantil

alteraciones del lenguaje en alumnos

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DISFEMIA O TARTAMUDEZ

Dada la gran diversidad de alumnos que integran un aula de Educación Infantil, es necesa-
rio conocer tanto las características de cada alumno en particular, como del alumnado en
general, con el fin de detectar posibles problemas o trastornos que dificulten el aprendizaje,
y tratar de darles una respuesta adecuada y correcta.

Un trastorno que se puede encontrar en alumnos de la etapa de Educación Infantil es la tar-


tamudez. Lenguaje y habla son manifestaciones complejas que hacen de sus trastornos, fe-
nómenos igualmente complicados. Así, la tartamudez ha venido manifestándose de forma
sistemática como una de las perturbaciones más rebeldes de la patología del lenguaje. Dado
que la gran mayoría de los casos de tartamudez se diagnostican entre los dos y cuatro años,
es necesario que el docente de esta etapa conozca en qué consiste, sus síntomas, las causas
que la producen, así como su tratamiento desde la escuela. Por supuesto, es imprescindible
el trabajo conjunto entre familia y escuela, así como la supervisión de un especialista que
evalúe y trate al niño, es decir, un logopeda (especialista de Audición y Lenguaje). La tarta-
mudez es un trastorno que consiste en interrupciones involuntarias de la fluidez de la expre-
sión verbal, es decir, repeticiones o prolongaciones en la pronunciación de pequeños elemen-
tos de la palabra, especialmente sonidos y sílabas. Estas disrupciones usualmente ocurren
con frecuencia o son notablemente distintivas y no fácilmente controlables. Algunas veces,
dichas interrupciones se acompañan de actividades accesorias involuntarias del aparato del
habla, relacionadas o no con estructuras corporales, o pronunciaciones del lenguaje estereo-
tipadas. Además son frecuentemente indicadoras de la presencia de un determinado estado
emocional de naturaleza negativa semejante al miedo, turbación e irritación, que pueden lle-
var al niño a actuar delante de sus compañeros y compañeras con cierta timidez y tensión.
Todo ello puede llevar al docente a actuar en determinadas ocasiones de manera incorrecta,
con ansiedad e irritación, sobreprotegiendo al alumno, dándole prisa para hablar, o termi-
nándoles las frases.

Para evitar actuar de esta manera, es necesario conocer los síntomas de la tartamudez.
Dichos síntomas dependen de la etapa en que el niño desarrolle ese trastorno.

Algunos expertos en el tema determinan que la tartamudez tiene cuatro etapas: la primera,
denominada la etapa de las repeticiones iniciales, que consiste en repeticiones y vacilaciones
del niño que está empezando su aprendizaje del lenguaje, suele ocurrir alrededor de los 3
años de edad; la segunda etapa, denominada, la etapa de las repeticiones convulsivas, que
ocurre cuando el niño emite repeticiones más lentas y espasmódicas. Es llamada de tarta-
mudez de transición y suele ocurrir cuando el niño tiene 6 a 7 años. La tercera etapa de de-
nomina confirmada, que es cuando el niño al hablar sufre interrupciones evidentes, se enro-
jece y no emite sonidos. Luego, vuelve a expresar un discurso aparentemente violento. En
esta etapa el niño es consciente de que su manera de hablar es un problema. Por último, en
la etapa avanzada, el niño tartamudea, con movimientos asociados, e incluso presenta tras-
tornos respiratorios. A pesar de las numerosas investigaciones realizadas sobre este tras-
torno, aun no se conocen con exactitud las causas de la disfemia.

Son muchas las teorías propuestas en torno a dichas causas, aunque parece ser que no es
un único factor el responsable de todo, sino un conjunto de factores. Como posibles causas
se pueden señalar: la herencia; el sexo, ya que se ha comprobado que este trastorno se da
más en hombres que en mujeres; la lateralización; los trastornos neurológicos; los trastornos
en la estructuración espaciotemporal; así como las alteraciones lingüísticas. En general, los
síntomas más frecuentes del tartamudeo son: repeticiones, bloqueos, y prolongaciones de
sonidos, palabras o sílabas; utilización de modelos lingüísticos de habla rápida; alteraciones
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en el tono de voz y en la respiración, como la presencia de bloqueos respiratorios y uso fre-


cuente del aire residual; temblores; aumento del ritmo cardíaco y de la tensión muscular de-
bido al esfuerzo que se realiza para concluir lo que se quiere decir; sentimientos de ansiedad,
frustración, vergüenza al hablar, así como movimientos asociados como muecas en la casa,
movimientos de la cabeza o encogimiento de los hombros. Por otro lado, los antecedentes
familiares de tartamudeo son síntomas de riesgo en la aparición de este trastorno.

A nivel general la tartamudez se manifiesta en paros, dudas, titubeos y repeticiones en el


momento de la expresión lingüística. En la mayoría de las ocasiones, con una orientación
adecuada, se consigue superar sin esfuerzo. Sin embargo, otras veces el niño manifiesta una
serie de síntomas, considerados de riesgo, en los que se hace precisa una intervención más
específica e individualizada. Tareas cotidianas, como hablar en clase o por teléfono, pueden
convertirse en una gran pesadilla para los más pequeños. Por esa razón, es necesario que se
diagnostique la tartamudez lo antes posible, para que el niño pueda desarrollarse y tener
una evolución más completa. La mayoría de los casos de tartamudez comienza entre los 2 y
los 4 años. Muchos de los problemas de fluidez (entre el 65 y el 85%) desaparecen espontá-
neamente, sin tratamiento, en los dos años posteriores a su aparición, pero entre el 20 y el
50 % de estos problemas iniciales pueden continuar hasta la edad adulta. Una vez que el
problema es detectado es imprescindible actuar de una manera correcta para vencerlo. El
tratamiento de ese trastorno va a depender de la etapa en la cual se encuentra. Se calcula
que las dos terceras partes de los niños con alteraciones en la fluidez al hablar las superarán
espontáneamente, sin necesidad de tratamiento, pero es indispensable saber si se trata de
un niño con riesgo futuro de tartamudez. Si se confirma el diagnóstico, se debe comenzar un
tratamiento antes de los 6 años, cuando el lenguaje todavía no está consolidado. En cambio,
el tratamiento será más complejo en los casos de etapas más avanzadas.

El docente debe conocer las pautas para llevar a cabo un tratamiento correcto y óptimo. Al-
gunas claves para este tratamiento son: aplicar técnicas de relajación muscular para reducir
la tensión y la ansiedad; evitar correcciones y que se produzcan burlas hacia el niño por par-
te de sus compañeros y compañeras; fomentar un ambiente adecuado de comunicación;
proporcionar al niño el tiempo que necesite para hablar; dedicar todos los días un tiempo,
aunque sea breve, para hablar con el niño, sin prisas y procurando una situación agradable;
escuchar al niño con atención y mostrando interés en todo momento por lo que dice; prestar
más atención a lo que dice que a las faltas de fluidez, sin mostrar preocupación ni desapro-
bación cuando éstas se produzcan; esperar un breve espacio de tiempo antes de responderle,
así aprenderá también a no interrumpir y a no apresurarse para hablar; hablarle despacio,
haciendo pausas entre las frases, así podrá adquirir pautas para la imitación del adulto, y
podrá también entender mejor; no interrumpir al niño cuando esté hablando ni acabarle las
frases; utilizar un vocabulario adecuado a la edad del niño, de modo que no se le fuerce con
contenidos que sean más complicados que su nivel de lenguaje; no presionarle para que ha-
ble con adultos u otras personas cuando no quiere hacerlo, ya que esto le podría producir
rechazos y complejos; no utilizar el término “tartamudo” para el niño/a que presenta esta di-
ficultad, ya que esta palabra tiene connotaciones negativas que pueden afectar a la autoes-
tima; no darle consejos en el momento que cometa errores, como “habla despacio” o “respi-
ra”; no corregirle directamente su forma de hablar o pronunciar, ni hacerle repetir lo que
acaba de decir; y por último, no por eso menos importante, hay que reforzar muy a menudo
los aspectos positivos en general, lo que lleva a una seguridad en sí mismo; así como reducir
el nivel de exigencia en relación no solo al lenguaje, sino a la conducta, aunque planteando
en todo momento objetivos realistas y alcanzables

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