Cumpleaños
Por DFG/ElDelfin.
Y allí estaba yo... en el décimo quinto cumpleaños de mi prima, aburrido como
planta, aunque también igual de apacible.
La ocasión se celebraba en la casa de campo de mi prima, Agustina. Era un
edificio muy grande y bello, de dos pisos, bastante moderno, puesto que lo habían
renovado hacía poco, incluso había algunos establos, aunque abandonados, he de
decir, puesto que jamás encontraron en aquella familia demasiada afición por
aquellos animales o sus artes.
Había mucha comida, aunque no tantos invitados, de hecho, además de mí,
ella sólo había invitado a 4 de sus amigas. Yo las conocía, más que nada porque
contactábamos en una red social, pero no tenía una relación íntima con ninguna de
ellas, ni ellas conmigo, obviamente... hasta ese día...
Verán, amigables lectores, entre estas 4 chicas, cuyos nombres no viene al
caso mencionar, había 3 que eran "entre sí", y una, llamada Ana, a la que
normalmente dejaban de lado... una amistad quizás algo tóxica si me lo preguntan,
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pero no un problema mío al fin y al [Link] sea, tampoco me interesaban las
sandeces que esas niñas tuvieran para decirse o no decirse las unas a las otras,
aunque reconozco que me servía como una forma de pasar el tiempo.
Naturalmente, y dada la escasez de amistades de mi prima, los invitados eran
principalmente miembros de la familia, dígase, mi gordo tío, padre de ella, un tipo
gordo y al que pocas veces he visto, con fama de ser abusador sexual, así como su
esposa, mujer bastante amigable si me preguntan, aunque no demasiado destacable,
y mi primo, con quien no me llevaba demasiado bien, no por algún tipo de desagrado
entre nosotros, sencillamente yo no le interesaba a aquel chico ni él a mí. También se
encontraban, como era de esperar, mi madre, mi padre, nuestros abuelos, los padres
de las amigas de Agustina y algunos amigos de los propios invitados de la familia,
que hubo "necesidad" de traer meramente para que la fiesta no se viera tan vacía.
Por la tarde, a eso de las 17, agotada la comida y harto de arrugarme como
lechuga en la piscina, me encontraba yo bastante aburrido. Como es de esperarse,
vuestro querido protagonista no iba tampoco a perder el tiempo con las amigas de
Agustina más de lo que ya lo había estado haciendo durante el día, pero... para mi
sorpresa, ocurrió algo bastante inesperado.
Desde la distancia pude observar a Ana, la amiga abandonada del grupo,
dirigirse hacia los establos, un cobertizo bastante pequeño y aislado del resto de la
casa, más o menos a unos 150 metros. Aquel edificio, de estructura rectangular, era
en realidad bastante pequeño, más que un establo parecía una cochera o un almacén
grande, sus paredes eran blancas, y el techo estaba hecho de una madera bastante
vieja y algo mohosa, era la única parte de la propiedad que no había sido renovada.
Como sea, viendo a la chica en soledad, y siendo yo quién soy, me decidí a
seguirla para ver qué pretendía hacer, con el sol cayendo a mis espaldas, conforme
pasaban los minutos y la fiesta moría. Nuestra amiga se ocultó detrás del edificio,
naturalmente, le seguí, no sin antes verificar que nadie me viera hacerlo.
Ella estaba de pie, con la espalda apoyada sobre la pared, llorando. Tenía las
manos en la cara y lágrimas le corrían, cosa que me pareció especialmente tierna
dada su figura... ah, sí... su figura... creo que es momento de describirla.
Bueno, esta chica era en realidad bastante delgada, tanto así que se le
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marcaban los huesos bajo la camiseta, así como los de sus piernas, visibles dado que
llevaba pantalonsillos cortos, según pude saber por Agustina, sus padres
prácticamente la mataban de hambre. Creo que es un milagro que pudiera ponerse
de pie. Era además una chica bastante depresiva, del tipo de estúpida que se hace
cortes en las muñecas y juega a estar loca... pobre ingenua... yo estaba a punto de
darle una razón para deprimirse de verdad.
Inicialmente me acerqué con buenas intenciones, y quise preguntarle qué le
sucedía, pero ella se empezó a asustar, y ahí fue cuando me llegó la idea magnífica,
sublime... "¿Y si la hago asustar más?"... la cogí por los brazos y empecé a
zarandearla y empujarla hacia la pared.
Entonces la miré fijamente. Estaba llorando mucho, sus ojos estaban rojizos,
tenía la boca abierta, sollozaba, la cara empapada de lágrimas, además, noté que su
miedo era intenso, puesto que aparentemente le estaba costando respirar.
Casualmente recordé, por pura casualidad, llevaba condones conmigo, pese a que en
realidad no tenía planeado usarlos (no suelo hacerlo de todos modos), entonces tuve
una idea aún más sublime... ¿qué pasaría si la violaba?
De todos modos ella estaba loca, cosa que era bien sabida entre sus
conocidos, y ya tenía tendencias suicidas, probablemente se terminaría dando un tiro
o colgándose en algún sitio. Fue así como, en un movimiento que considero digno de
mencionar, tomé el preservativo con una sola mano, lo abrí con mis dientes y,
poniendo a descubierto mi pene (que ya se encontraba duro como roca), procedí a
prepararme para lo que estaba a punto de suceder.
Tomé a la chica por la cintura. Dada su extrema delgadez, podía sentir sus
huesos, incluso tenía la sensación de que si la trataba con demasiada violencia la
podría romper, y obviamente no quería romper a mi recién adquirido juguete, así que
intenté ser delicado, pero la naturaleza de la situación no me lo permitía demasiado.
Bajándole los pantalones, y sin siquiera mirarla, le inserté mi pene...
Ella dio un grito (que nadie pudo oír), así que tuve que decirle, con mi
acostumbrada amabilidad, que si la señorita volvía a emitir tales sonidos, el
caballero se ocuparía de hacerle doler aún más y peor. Evidentemente esto funcionó
puesto que se quedó callada.
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La situación continuó por unos minutos, ella se movía mucho, tuve que
sujetarla con fuerza, no paraba de llorar, además, tuvo la osadía de orinarse durante
el acto. Cuando hube terminado de eyacular saqué mi pene, y estaba estaba cubierto
en una asquerosa mezcla de sangre, orina, grasa y lubricante, también recordé que
hasta ese momento la chica había sido virgen.
En fin, viendo el penoso estado de suciedad en que aquella cerda había dejado
a mi buen amigo carnoso, decidí que le daría un castigo anal a Ana, procedí entonces
a voltearla sobre el suelo, boca abajo, y le inserté brutalmente mi miembro. Ella
gritaba, así que la tomé del cabello y empujé su cabeza contra el suelo, recordándole
con violencia la amenaza que le había dado anteriormente. Al terminar el acto mi
pene estaba ya cansado y para colmo lleno de excrementos... he de admitir que la
inserción anal no fue precisamente la más inteligente de mis ideas.
Quise entonces humillarla un poco más, poniéndolo dentro de su boca, pero
ella me mordió. Naturalmente, respondí propinándole tal puñetazo que le dejé un
moretón, quedando entonces la niña en el suelo, sobre un charco de su propia orina,
sucia, golpeada, y recién violada. Me quedé enojado ya que no me había satisfecho,
así que escupí sobre su cara y también le lancé el condón encima, dejándola libre.
El resto del cumpleaños procedió con normalidad, salvo por el hecho de que a
ella no la volví a ver, afortunadamente sus padres tampoco habían asistido, por lo
que no hubo búsqueda ni casi preguntas al respecto.
Una semana después me enteré de que, tal y como había anticipado, ella se
suicidó. Mi interacción sexual sorpresiva había sido la gota que colmó el vaso de su
triste vida, tras lo cual se decidió a terminar con ella lanzándose a un río, decisión
bastante estúpida, puesto que en los ríos de aquí, contaminados por aguas fecales y
desechos industriales, tendría una muerte por ahogamiento especialmente lenta y
asquerosa.
Pero claro, ese tampoco era mi problema.
Fin.
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Basado en hechos verídicos.