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TEMA 1: LA COLONIZACIÓN FENICIA Y TARTESO
1. LA COLONIZACIÓN FENICIA.
Con la llegada de los fenicios a las costas meridionales de la Península Ibérica y la fundación de
colonias, se inicia un proceso histórico que transforma el panorama cultural del suroeste peninsular
desde el Bronce Final. La presencia fenicia fue un factor dinamizador, ya que el contacto con los
pueblos autóctonos provocó profundos cambios que dieron lugar a culturas con gran personalidad.
1.1. Los Fenicios.
El pueblo fenicio, heredero de la cultura cananea, surge tras las convulsiones mediterráneas
causadas por los Pueblos del Mar hacia el 1200 a. C. Aunque estas crisis destruyeron muchas
estructuras de la época, no afectaron a la costa del actual Líbano, donde las ciudades fenicias
alcanzaron su mayor desarrollo en el siglo X a. C.
No existió un Estado fenicio unificado, sino ciudades-estado independientes, gobernadas por
monarquías hereditarias y con un fuerte sentimiento de pertenencia. Se localizaban en enclaves
costeros estratégicos, en bahías y ensenadas, lo que las convirtió en centros privilegiados para el
comercio marítimo y caravanero.
Las principales ciudades fueron Tiro, Sidón, Biblos, Arwad, Sarepta y Berut. El mundo fenicio era
esencialmente urbano y comercial. Su nombre procede del griego phoinix («púrpura»), en
referencia a los tintes rojos intensos que comerciaban, junto con la madera de cedro, base de su
producción.
Desde los siglos X-IX a. C., y sobre todo en el siglo VIII a. C., los fenicios protagonizaron una gran
expansión colonial y comercial por el Mediterráneo y el Atlántico, probablemente siguiendo rutas
ya conocidas desde el Bronce Final. Esta expansión fue motivada por necesidades económicas, entre
ellas la obligación de pagar tributos al Imperio Asirio tras su recuperación hacia el 875 a. C. bajo el
reinado de Assurnasirpal II.
Los reyes y aristócratas fenicios tenían intereses económicos propios, centrados en mantener su
nivel de vida y garantizar que las ciudades siguieran siendo grandes centros del comercio
internacional, especialmente de metales en bruto. En un inicio, la apertura de rutas comerciales no
buscaba la colonización, sino la creación de simples puestos de control. Sin embargo, el aumento de
contactos y el hallazgo de nuevas fuentes de recursos llevaron a una presencia estable de fenicios
para negociar de forma permanente en los territorios visitados.
Las rutas de expansión se dirigieron a Chipre, el Egeo, Creta, Malta, Sicilia, el mar Tirreno,
Cerdeña, el norte de África, donde fundaron Cartago en 814 a. C., y también al sur y costa
atlántica de la Península Ibérica. En esta empresa, la ciudad más destacada fue Tiro.
1.2. Fases De La Colonización Fenicia En La Península Ibérica
El contacto con el sur peninsular y sus poblaciones fue gradual. Antes de la colonización existió una
etapa de precolonización (siglo IX a. C.), caracterizada por viajes de reconocimiento y contactos
esporádicos con los indígenas.
En esta fase se practicaba el llamado «comercio silencioso» o «invisible», un intercambio en terreno
neutral sin necesidad de infraestructuras, lo que dificulta su huella arqueológica. Según la
descripción de Heródoto, los fenicios dejaban productos en una playa cercana a un poblado; los
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indígenas depositaban a cambio sus bienes; y los fenicios evaluaban si la oferta era suficiente,
repitiéndose el proceso hasta llegar a un acuerdo.
Este comercio era desigual, pues los fenicios ofrecían productos de bajo coste en origen a cambio de
recursos muy valiosos en el Mediterráneo. La repetición de estas ventajas llevó a establecer
contactos permanentes, confirmando así la utilidad de dichos intercambios.
La siguiente fase de la presencia fenicia en la Península implicó la creación de factorías, lugares
destinados a un comercio más continuado. Estas instalaciones contaban con estructuras básicas de
almacenaje y residencia, suficientes para las transacciones y, en ocasiones, para actividades
artesanales o de transformación, pero aún sin el carácter plenamente urbano de una colonia.
El verdadero asentamiento estable fenicio, ya considerado colonización, se sitúa entre finales del
siglo IX y la primera mitad del VI a. C.. Comienza con la fundación de Gadir, seguida de otros
establecimientos primero en la costa meridional y más tarde en la atlántica, en forma tanto de
colonias como de factorías.
Hacia mediados del siglo VII a. C. la presencia fenicia se consolida, en parte debido a una eclosión
demográfica vinculada a los movimientos de población procedentes del Levante, motivados por el
expansionismo neoasirio bajo Asarhaddón y Assurbanipal. Estos nuevos grupos no llegaron atraídos
por el comercio, sino forzados por la presión política de Asiria.
A partir de mediados del siglo VI a. C., diversos factores alteran esta presencia. Muchas factorías
desaparecen o se integran en el mundo indígena. Tradicionalmente se relacionaba con la caída de
Tiro en 573 a. C. a manos de Nabucodonosor, pero hoy se considera que su impacto fue reducido.
De hecho, en este contexto Gadir incrementó su poder económico, mientras surgía el dominio de
Cartago, que marcó un cambio en la estrategia económica y comercial fenicia en la península.
1.3. El Espacio Geográfico De La Colonización Fenicia.
La búsqueda de metales, especialmente la plata del cinturón pirítico del suroeste (Riotinto y
Aznalcóllar), fue la principal motivación para el asentamiento fenicio en la península. Para garantizar
un abastecimiento continuo y eficiente, reprodujeron sus formas organizativas cerca de las minas,
pero siempre en lugares costeros que facilitaran la salida comercial. También interesaron las zonas de
cultivo, necesarias para abastecer a la población, de ahí que los fenicios se establecieran
exclusivamente en la costa.
Se distinguen tres áreas principales de presencia fenicia: costa mediterránea, costa atlántica y
Tarteso.
1. Costa mediterránea Tras la fundación de Gadir, a partir del siglo VIII a. C. se multiplicaron los
asentamientos fenicios permanentes entre el Estrecho de Gibraltar y Almería. Situados todos al
este de Gadir y a corta distancia, cumplían un papel estratégico como puntos de apoyo a la
navegación y control del comercio.
No se sabe si fueron impulsados directamente por Tiro o si surgieron por iniciativa de Gadir,
aunque esta última parece haber actuado como foco de atracción para los pequeños centros. De
oeste a este, destacan:
En Málaga: Cerro del Villar, Malaka, Cerro de Alarcón, Toscanos, Morro de Mezquitilla (con
la necrópolis de Trayamar) y Chorreras.
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En Granada: Sexi (Almuñécar, con la necrópolis de Laurita).En Almería: Adra y Baria (con la
necrópolis de Villaricos).
En la costa levantina, aunque la presencia fenicia fue más reducida, sobresale en el Bajo
Segura el enclave de La Fonteta (Guardamar del Segura, Alicante), vinculado a los pecios del
Bajo de la Campana y Mazarrón.
En Ibiza, en Sa Caleta, se documenta una frecuentación fenicia desde el siglo VIII a. C. y una
ocupación estable entre mediados del VII y el VI a. C.
2. Costa atlántica. La fundación de enclaves fenicios en esta zona se documenta desde finales del
siglo VIII a. C. con una doble finalidad: controlar los recursos naturales, especialmente el
estaño, y expandir los conocimientos adquiridos en el suroeste peninsular.
Los principales asentamientos fueron Castro Marim, Tavira, Abul, Quinta do Almaraz,
Olisipo (Lisboa) y Santa Olaia (en el estuario del Mondego), este último el enclave más alejado
de Gadir conocido hasta ahora.
Los fenicios también se dirigieron a la costa africana. En el cabo Espartel (Tánger) se constata
su presencia desde el siglo VII a. C., y más al sur en Lixus y Mogador (este último el enclave
fenicio más meridional, en Marruecos). En la actual Argelia se encuentran los yacimientos de
Rachgoun y Les Andalouses, próximos a Orán, aunque se desconoce si dependían de Gadir o
de Cartago.
3. Tarteso: En esta zona, los fenicios fundaron centros de distinta entidad: desde ciudades con
desarrollo urbano, como Gadir, hasta pequeños asentamientos de proyección limitada.
La ubicación de estas factorías y colonias seguía un patrón homogéneo: se situaban en
promontorios costeros, islas próximas o penínsulas, junto a desembocaduras de ríos,
rodeados de zonas llanas y fértiles, con buenos fondeaderos naturales. Estas características
aseguraban el acceso al interior, el abastecimiento de agua dulce, la defensa y el control
territorial.
La elección de emplazamientos respondía también a criterios agrícolas, pues dominaban vegas
fértiles que permitían una explotación sistemática del territorio. Los colonos recibían lotes de
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tierra, lo que garantizaba un nivel de vida elevado, reflejado en las viviendas y ajuares
funerarios.
Además de la agricultura, se desarrollaron otras actividades: Alfarería; Pesca e industria de la
salazón; Metalurgia (en algunos enclaves) y Producción ocasional de púrpura.
El excedente agrícola se destinaba al comercio, a cambio de productos de importación
consumidos por las élites locales, conocidos gracias a los hallazgos en necrópolis. El puerto se
configuraba como un núcleo económico y laboral central en la vida de los enclaves.
Se dieron situaciones híbridas, con la construcción de barrios fenicios en asentamientos
indígenas y, al mismo tiempo, con población indígena en ciudades fenicias, como en el caso
del Castillo de Doña Blanca, vinculada a las actividades económicas.
Las necrópolis se ubicaban generalmente al otro lado de los ríos, próximas a los asentamientos.
Reflejan un ordenamiento social jerárquico similar al de las ciudades fenicias metropolitanas,
con aristocracias diferenciadas del resto de la población. Ejemplos: Trayamar: tumbas hipogeas
recubiertas de sillares. Laurita: enterramientos con ajuares de lujo, como vasos de alabastro
egipcios. Villaricos: más de 2.000 tumbas excavadas.
En muchos centros se levantaban templos, fundamentales no solo en lo religioso, sino también
en lo económico, al actuar como garantes de las transacciones. El templo de Melqart en Gadir
es un ejemplo destacado. Los viajes y actividades comerciales requerían el beneplácito divino,
dada la inseguridad y los riesgos de estas empresas.
1.4. Gadir.
Según la tradición recogida por autores clásicos, la primera colonia fenicia en el extremo occidental
del Mediterráneo fue Gadir. Veleyo Patérculo, basándose en una leyenda local, afirmaba que fue
fundada por habitantes de Tiro hacia el 1103 a. C., aunque los datos arqueológicos solo confirman
la presencia fenicia en Cádiz desde finales del siglo IX a. C. En Onuba (Huelva) se ha hallado
cerámica sarda, griega e itálica del siglo IX a. C., lo que demuestra contactos tempranos, aunque no
pruebas de un asentamiento colonial.
Un testimonio recogido por Estrabón (a partir de Posidonio) relata que la fundación se produjo tras
varias expediciones de reconocimiento por las costas peninsulares, con contactos y transacciones con
la población indígena. La decisión de fundar Gadir respondió
a la voluntad de los dirigentes tirios de gestionar directamente
la explotación de recursos desde la colonia. El procedimiento
incluía la consulta a un oráculo y la elección de un lugar
donde los sacrificios fueran favorables, después de intentos
fallidos en emplazamientos como Sexi (Almuñécar) o una isla
frente a Huelva (probablemente Saltés).
Los estudios geomorfológicos muestran que hacia el 1000 a.
C., Cádiz era un archipiélago de tres islas: Erytheia, donde
se ubicó el primer hábitat, Kotinoussa, la mayor, con el
templo de Melqart (actual isla de Sancti Petri) y Antipolis,
donde hoy se sitúa San Fernando.
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La posición de Cádiz era estratégica: bahía cerrada con dos accesos, conectada al estuario del
Guadalete, lo que permitía la penetración hacia el interior. El entorno ofrecía protección natural,
puerto apto, abundancia pesquera, suelos fértiles y cercanía a Onuba, rica en plata (Riotinto), así
como al golfo tartésico y a poblados indígenas con los que los fenicios interactuaron.
El primer emplazamiento no se situó en la actual Cádiz, sino en el Castillo de Doña Blanca, en la
cabecera de la bahía. Allí se fundó Gadir en el último cuarto del siglo IX a. C. Hacia mediados del
siglo VIII a. C. alcanzaba unas 7 hectáreas, estaba amurallada y contaba con unas 500 viviendas
(2.000-2.500 habitantes). Se han hallado materiales orientales y restos de metalurgia (plata,
plomo, litargirio), lo que confirma los contactos con las minas onubenses.
Los niveles más antiguos en la actual Cádiz (casco histórico) se datan en el siglo VIII a. C., con una
ocupación intensa entre la segunda mitad y finales del siglo VII a. C.
El templo de Melqart, situado probablemente en la isla de Sancti Petri, fue el santuario principal.
Melqart, dios protector de Tiro, legitimaba las expediciones y su templo funcionaba como centro
económico regulador de intercambios. Existieron además otros lugares de culto: el santuario de
Astarté en Punta del Nao y el de Ba’al-Cronos en la isla de San Sebastián.
La ciudad mostraba una clara diferenciación de espacios:
Áreas residenciales, separadas de zonas artesanales.
Necrópolis, con tumbas de élites y los célebres sarcófagos antropomorfos (hoy en el Museo de
Cádiz), testimonio de una sociedad enriquecida por el comercio y con presencia de una
aristocracia local.
Puerto Real, que funcionaba como la zona portuaria de Gadir.
1.5. Las Aportaciones Del Mundo Fenicio Al Sudoeste Peninsular.
Los fenicios introdujeron en el sur y suroeste peninsular una serie de innovaciones que
transformaron la vida de las poblaciones indígenas y dinamizaron su desarrollo cultural en distintos
ámbitos. Entre las principales aportaciones destacan:
Producción minero-metalúrgica: introducción del hierro en la península, primero como
producto elaborado y más tarde mediante la incorporación de técnicas propias. Aportaron
métodos extractivos más eficientes y técnicas de refinado y copelación, que facilitaron la
explotación y comercialización de la plata.
Producción cerámica: implantación del torno de alfarero, que permitió una producción
industrializada. Se introdujeron nuevas formas (ánforas de saco, lucernas, etc.) y técnicas como
el engobe rojo.
Agricultura: incorporación de la vid (vitis vinifera) y el olivo, junto con algunas leguminosas.
Se explotó sistemáticamente el esparto, útil para sogas y navegación. También se difundieron
técnicas agrícolas orientales más eficientes, como el arado de cama curva y herramientas para
tala.
Ganadería: introducción de nuevas especies como la gallina y los asnos.
Pesca: desarrollo de nuevas artes, como las almadrabas y cercos de redes fijas, que permitían
capturas masivas de atunes. Estas actividades, unidas a la alfarería y a la explotación de salinas,
dieron origen a las factorías conserveras de salazones.
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Urbanismo y arquitectura: introducción de la planta rectangular de las casas, lo que permitió
planos más complejos, unión de viviendas y trazado de calles. Incorporaron nuevos materiales
(mármol, pizarra, basalto, piedra pómez, arcillas y cal) y técnicas constructivas como el encalado
y los adobes.
Industria de la púrpura: producción del codiciado tinte extraído de moluscos murex. En
Toscanos (Málaga) se han hallado acumulaciones de conchas que apuntan a la existencia de un
taller especializado.
Desarrollo de circuitos comerciales: tanto costeros como interiores (antecedente de la Vía de la
Plata). El comercio incentivó la producción indígena (sobre todo metales preciosos) y favoreció
el intercambio de bienes: cerámica, salazones, objetos de prestigio, etc.
Orfebrería: difusión de técnicas y motivos decorativos en bronce.
Alfabeto: los fenicios introdujeron la escritura alfabética, un avance decisivo en la
comunicación y administración.
Desde la fundación de Gadir y con la expansión de otros enclaves, los contactos entre fenicios e
indígenas pasaron de ser esporádicos y comerciales a un sistema de control territorial, cuya
influencia alcanzó el interior. Este proceso fue clave para dinamizar a las poblaciones locales y dio
origen a la cultura tartésica.
2. TARTESO.
Los primeros en mencionar Tarteso fueron los griegos, que lo situaban en el extremo occidental del
mundo, cargándolo de un fuerte valor simbólico y mítico. Esto hizo que durante mucho tiempo se
considerara una realidad legendaria, aunque hoy sabemos que la cultura tartésica fue histórica.
La primera referencia al topónimo Tarteso la hizo Heródoto en el siglo VI a. C., al narrar el viaje de
Coleo de Samos. El mismo autor menciona a un supuesto rey, Argantonio, considerado más bien un
personaje legendario. Posteriormente, Rufo Festo Avieno, en su Ora Marítima, ofreció la
descripción más extensa, aunque imprecisa. Durante siglos, los estudios sobre Tarteso se centraron
en la búsqueda de una ciudad o reino concreto, con un enfoque más filológico que histórico.
A partir de la década de 1960, la investigación arqueológica permitió avanzar de manera decisiva.
Aunque aún existen debates, hoy se puede definir a Tarteso como una cultura de raíz atlántica,
desarrollada en el suroeste peninsular gracias a la interacción entre poblaciones indígenas y
fenicios. Este contacto generó una corriente orientalizante que transformó la vida de estas
comunidades.
En palabras de Sebastián Celestino, Tarteso es un término de compromiso: aunque proceda de un
mito, sirve para designar un periodo cultural concreto.
2.1. Cronología de la cultura tartésica
La cultura tartésica se desarrolló en tres fases:
1. Precolonización o Bronce Final Tartésico (siglos XI-IX a. C.).
Es una etapa de concreción y consolidación en la que se define la raíz indígena que más tarde
recibirá la influencia oriental. Se caracteriza por la presencia de materiales orientales junto con
elementos propios del Bronce Final Atlántico. Un buen ejemplo lo ofrece la ciudad de Huelva
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entre los años 900-770 a. C., donde se han hallado cerámicas geométricas griegas, jarros
chipriotas y sardos, platos y cerámicas a mano.
En torno al siglo X a. C. se fecha el depósito de la Ría de Huelva, con más de 400 piezas de
bronce y una de hierro: en su mayoría armas (espadas y puntas de lanza), junto con fíbulas,
broches de cinturón y utensilios diversos, que vinculan la zona con el comercio atlántico del
Bronce Final.
Se trata de una época oscura, marcada por la ausencia de poblados, aunque con indicios de
actividad minera previa a la llegada de los fenicios. La aparición de depósitos de armas
descontextualizadas y de las estelas de guerrero tartésicas o estelas decoradas del sudoeste
sugiere sociedades seminómadas, basadas en la ganadería y organizadas en jefaturas. En este
marco, el guerrero desempeñaba un papel fundamental: debía defenderse de razias para robar
ganado, controlar las vías de comunicación y vigilar los recursos mineros.
2. Cultura tartésica u “Orientalizante” (siglos VIII – primera mitad del VI a. C.).
Se inicia con el establecimiento de los fenicios y evoluciona con el aumento de la interacción
con las poblaciones locales. Al principio los rasgos tartésicos apenas son perceptibles, pero en el
siglo VII a. C. se consolidan: aparecen las primeras estructuras urbanas en los núcleos
indígenas, con diseños arquitectónicos de clara filiación oriental, mientras la vida sedentaria
impulsa una agricultura intensiva, la creación de nuevos poblados y la generalización de un
nuevo ritual funerario.
Hacia mediados del siglo VI a. C. se produce el final de la cultura tartésica, y en el bajo
Guadalquivir comienza la etapa turdetana. El final de Tarteso se suele situar en torno al 535 a. C.,
coincidiendo con la batalla de Alalia, que enfrentó a cartagineses y etruscos contra griegos por
el control del Mediterráneo. Según esta interpretación, Cartago habría acabado con Tarteso
para apropiarse de la plata peninsular. No obstante, se han planteado otras causas:
Invasiones célticas procedentes de la Meseta.
Consecuencias de la caída de Tiro en el siglo VI a. C., que llevó al abandono de colonias
fenicias y a una nueva estrategia comercial griega, junto con la reacción cartaginesa frente a
la amenaza griega en el Estrecho.
Una posible crisis agropecuaria, que justificaría la ocupación de tierras interiores.
Agotamiento de los filones mineros.
Fenómenos naturales: estudios geomorfológicos sugieren actividad sísmica y posibles
terremotos y tsunamis que habrían destruido puertos y generada crisis económica.
Muy probablemente la decadencia de Tarteso se debió a una combinación de varios de estos
factores. En cualquier caso, a partir de mediados del siglo VI a. C. se observa un claro
abandono y declive en los yacimientos del Valle del Guadalquivir y de la provincia de
Huelva.
3. Auge de las periferias (mediados del siglo VI a. C. – siglo IV a. C.).
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Tras el colapso de Tarteso, la esencia
de esta cultura se proyecta hacia el
interior, especialmente hacia las tierras
medias del río Guadiana. A partir del
siglo VI a. C., esta zona experimenta un
fuerte crecimiento demográfico y un
desarrollo propio, que prolonga en
cierta medida la tradición tartésica más
allá de su núcleo originario.
2.2. Espacio Geográfico Y Poblamiento Tartésicos
Entre los siglos VIII y VI a. C., el territorio de Tarteso se extendía desde la desembocadura del
Guadiana hasta el Estrecho de Gibraltar, con límite al norte en Sierra Morena y prolongación
hacia Los Pedroches y La Serena. El Guadalquivir fue su principal eje de comunicación y destacó
por la fertilidad de sus suelos.
El núcleo tartésico, situado entre los ríos Guadiana y Guadalete (Huelva, Sevilla y Cádiz), conoció
un rápido desarrollo desde el siglo VIII a. C. En aquella época, la desembocadura del Guadalquivir
estaba cerca de Coria del Río, donde formaba un estuario que desembocaba en una albufera
conocida como Lacus Ligustinus (actual golfo tartésico), cuya boca se extendía de Matalascañas a
Sanlúcar de Barrameda.
En el núcleo tartésico se distinguen tres focos principales: Huelva, el interior del Guadalquivir y
el área de Cádiz. Su importancia radica en ser un centro de intercambio entre Atlántico y
Mediterráneo desde el Bronce Final, lo que atrajo a los fenicios.
Huelva ocupaba una posición estratégica, en la desembocadura de los ríos Tinto y Odiel y frente a
la isla de Saltés, lo que le permitió desarrollar un puerto para centralizar los productos del interior,
sobre todo los procedentes de la explotación minera. La topografía de cabezos (elevaciones bajas)
facilitó el hábitat, como en el cabezo de San Pedro. En la zona baja se hallaron viviendas,
almacenes y santuarios, lo que muestra un importante emporio comercial mediterráneo, también
reflejado en la necrópolis de La Joya. Desde la primera mitad del siglo VIII a. C. se aprecian
técnicas constructivas orientales.
La riqueza de Huelva se basaba en la plata, con minas destacadas en Riotinto y Tharsis. En su
territorio, vinculados a la minería, destacan los asentamientos de Niebla, San Bartolomé de
Almonte y Tejada la Vieja. Los bosques de encinas y alcornoques proporcionaron el combustible
para la fundición, aunque la falta de suelos fértiles favoreció la rápida colonización de las vegas del
Guadalquivir.
Hacia finales del siglo VIII a. C., la mayor densidad de población tartésica se concentraba en la
desembocadura del Guadalquivir, en los Alcores y el Aljarafe (Sevilla), una región muy fértil. El
centro principal era Spal, el punto más interior accesible en barco. Frente a él se encontraba el
santuario de El Carambolo (mediados del siglo VIII – VI a. C.), dedicado a Baal y Astarté,
famoso por el Tesoro de El Carambolo. Allí se desarrolló la cerámica tipo Carambolo, con
decoración geométrica rojiza sobre superficie bruñida, difundida por todo el territorio tartésico. Otros
asentamientos de la zona fueron Carmona (planta rectangular), Montemolín, Vico, Mesa de
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Setefilla (necrópolis), Coria del Río (santuario con altar en forma de piel de toro vinculado al culto
a Baal) y Cerro Macareno.
En esta zona los datos son más escasos. Los yacimientos principales son la necrópolis de Las
Cumbres, al norte del Castillo de Doña Blanca, y sobre todo Mesas de Asta (Jerez de la Frontera),
próximo al estuario del Guadalete y al golfo tartésico. Su importancia estratégica se debía tanto al
control de la actividad costera e interior como al valor de los materiales recuperados, que
combinan cerámicas locales con productos fenicios.
La periferia tartésica corresponde al área de influencia de Tarteso, integrada en el sistema cultural a
partir de la consolidación en el Bajo Guadalquivir hacia finales del siglo VII a. C.. Desde
entonces se observan influencias orientales en la cuenca media del Guadiana, conectada con el
Guadalquivir a través de la provincia de Córdoba, con Medellín como centro de distribución
territorial.
A mediados del siglo VII a. C., comunidades tartésicas se asentaron en las tierras fértiles del
Guadiana, ocupando también la Baja Extremadura y la zona más occidental de la Meseta Sur.
Estos poblados eran de planta en llano, sin defensas, orientados a la explotación agrícola y
siguiendo modelos arquitectónicos tartésicos.
La influencia se extendió al valle medio del Tajo desde finales del siglo VII o comienzos del VI a.
C., con enclaves como Aliseda, Talavera la Vieja, Torrejón de Abajo o Cerro de la Mesa. El
corredor de Los Pedroches (Córdoba) comunicaba con el valle de La Serena (Badajoz) y, a través
de los ríos Zújar y Guadiana, enlazaba el núcleo con la periferia tartésica.
Este corredor fue la vía de comunicación más importante de la época, por donde circularon
productos y personas que transformaron las economías y aceleraron los procesos sociales. A partir de
mediados del siglo VI a. C., coincidiendo con la crisis del núcleo tartésico, la periferia alcanzó su
máximo desarrollo económico y cultural.
El poblamiento tartésico se concentraba en la línea de costa y en las riberas del Guadalquivir,
zonas favorables para la explotación agropecuaria. Antes de la colonización existían pocos
poblados, de pequeño tamaño, situados en elevaciones suaves, sin murallas y formados por cabañas
redondas u ovaladas de materiales perecederos, lo que refleja el carácter itinerante de la sociedad.
A partir del siglo VIII a. C. se produce un aumento demográfico ligado a la metalurgia,
agricultura, pesca y ganadería, lo que provoca un rápido crecimiento de los poblados indígenas.
Estos adoptan un nuevo patrón urbano oriental que racionaliza los espacios:
Se construyen murallas, que además de proteger daban estatus de ciudad al modo
mediterráneo.
Se pasa de la cabaña circular a las estructuras cuadrangulares, que permiten adosar edificios
y facilitar el trazado de calles, su pavimentación y la creación de sistemas de desagüe e
infraestructuras.
Surgen edificios monumentales, como santuarios, destinados a reforzar el poder de las élites
indígenas. En ellos destacan los altares en forma de piel de toro extendida y los pavimentos
de conchas en las entradas, símbolos de la ideología aristocrática.
2.3. La Economía De Tarteso.
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Desde el punto de vista económico, Tarteso ocupaba un lugar privilegiado. A la riqueza minera de
los filones de Riotinto y Sierra Morena (oro, plata y cobre), se unían los recursos marinos de la
costa y las tierras fértiles del Guadalquivir y de los llanos de Huelva, que permitían una amplia
explotación agrícola y ganadera. Además, su posición estratégica le otorgaba un papel clave como
enlace comercial entre Atlántico y Mediterráneo, con fácil acceso al interior gracias a los ríos.
Los principales sectores de actividad económica fueron: minería y metalurgia, comercio,
agricultura, ganadería, artesanía e industria de salazones.
La minería y metalurgia fueron el motor de la economía. Las minas más relevantes estaban en
Riotinto y Aznalcóllar, vinculadas a poblados mineros como Cerro Salomón y Quebrantahuesos
(Riotinto), o Tejada la Vieja y San Bartolomé de Almonte (Aznalcóllar). Su principal producción
fue la plata, aunque también se explotó el cobre, mientras que el estaño del interior se utilizaba
para fabricar armas y otros objetos de bronce.
Los poblados mineros tartésicos eran en general muy pobres y mantenían una producción
doméstica, con una artesanía especializada y una organización simple del trabajo: el mineral se
trataba en las propias viviendas, donde se han hallado numerosos útiles mineros y metalúrgicos,
además de hornos, toberas y escorias.
El gran centro minero fue Tejada la Vieja, que funcionó como almacén y redistribuidor del metal
procedente de Aznalcóllar. Era un poblado fortificado, con una trama urbana ordenada y
rodeado de murallas construidas con técnicas orientales, lo que evidencia la intervención fenicia en
la distribución del metal para garantizar su llegada en buenas condiciones a los puertos de
exportación.
La metalurgia refleja la colaboración entre indígenas y fenicios: los indígenas controlaban la
producción de plata, pero necesitaban plomo y técnicas de copelación y fusión, que dominaban los
fenicios. Gracias a estas innovaciones técnicas, el proceso de extracción y producción se perfeccionó.
La actividad minera estaba íntimamente ligada al comercio, ya que la producción necesitaba
canales de exportación. Las jefaturas indígenas explotaban las minas y organizaban el transporte
hacia los puertos atlánticos, donde los fenicios se encargaban de la exportación. Además de plata y
metales, los indígenas ofrecían productos agrícolas, pieles, carne o lana, evidenciados en la
existencia de almacenes para excedentes agropecuarios. A cambio recibían manufacturas y
objetos de lujo procedentes del Mediterráneo oriental o fabricados en las colonias fenicias: joyas,
cerámicas finas, marfiles, perfumes, etc.
Junto al comercio marítimo, controlado por los fenicios, también existían rutas terrestres y
fluviales que comunicaban con el interior peninsular. Aunque la minería tuvo gran relevancia, la
economía del suroeste peninsular se basaba sobre todo en la agricultura y la ganadería. Las
fuentes míticas ya subrayan la introducción de la agricultura como inicio de la civilización.
El crecimiento demográfico y la demanda de productos básicos impulsaron la explotación de las
tierras fértiles de las vegas fluviales, en especial el Guadalquivir y los Alcores, que desde el siglo
VIII a. C. vieron crecer el número de poblados. La agricultura se intensificó gracias a innovaciones
fenicias, lo que diversificó la dieta con leguminosas, nuevos cereales, frutales y hortalizas,
además de cultivos de gran importancia económica como la vid y el olivo. El éxito de esta ocupación
agrícola favoreció el nacimiento del Estado tartésico, probablemente inspirado en los modelos
fenicios.
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La multiplicación de asentamientos agrícolas favoreció la estabulación ganadera, que incrementó la
productividad. Se introdujeron nuevas especies como la gallina y el burro, y se intensificó la cría de
cabras, ovejas y cerdos. En las zonas costeras la pesca completaba la dieta, mientras que en el
interior la caza desempeñaba un papel relevante.
Pesca y salazones. Tuvo gran importancia la explotación de la sal marina junto con los recursos
pesqueros (atún, bonito, corvina), lo que dio origen a la industria de la salazón, uno de los sectores
más dinámicos de la economía tartésica, sobre todo en su fase final. Aunque es difícil de rastrear
arqueológicamente —ya que muchos puertos antiguos hoy están en el interior—, se considera que la
industria púnica de salazones continuó la tradición iniciada en época tartésica.
Artesanía. La alfarería se desarrolló con la introducción del torno de alfarero, lo que permitió
aumentar la producción y combinar modelos orientales e indígenas. Se fabricaban recipientes para
exportación, almacenaje y uso doméstico, además de vajillas de lujo.
Destacó también la orfebrería: los indígenas dejaron de elaborar objetos en oro macizo tras la
colonización, pero trabajaron en bronce (orfebrería toréutica) y marfil (orfebrería eboraria),
integrando motivos orientales.
La industria naval debió ocupar a un número importante de trabajadores en la costa, especializados
en el uso de la madera para barcos y en el tejido del lino para velas.
En Tarteso se produjo una auténtica revolución económica, sustentada no solo en la minería.
Aunque los fenicios controlaban la comercialización de los productos manufacturados, las
jefaturas indígenas fueron las grandes beneficiadas, pues obtenían como contrapartida objetos de
lujo y prestigio. La toma de conciencia de su papel como intermediarios reforzó su organización
política.
2.4. Organización Social Y Política.
Los yacimientos y la cultura material reflejan el desarrollo social e ideológico de Tarteso. La
aparición de espacios residenciales jerarquizados y de murallas revela tanto el interés por
proteger los recursos como la existencia de una organización social más compleja. Frente a la
sociedad indígena del Bronce Final, basada en lazos de parentesco, la llegada fenicia acentuó la
desigualdad social, al concentrar las élites el control de los contactos y relaciones.
Las necrópolis ofrecen una valiosa radiografía de esta evolución. Aunque faltan tumbas del Bronce
Final, desde el siglo VIII a. C. son abundantes. Entre las más importantes están La Joya (Huelva),
Setefilla (Lora del Río, Sevilla), Medellín (Badajoz), Las Cumbres (Puerto de Santa María, Cádiz)
y La Angorilla (Alcalá del Río, Sevilla).
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En Setefilla, durante el siglo VIII a. C., predominaban enterramientos tumulares, con cremaciones
en urna y ajuares depositados bajo un túmulo circular, lo que sugiere linajes familiares sin grandes
diferencias de riqueza. Sin embargo, desde finales del VIII e inicios del VII a. C. se observa una clara
jerarquización: aparecen tumbas principescas, cámaras funerarias de mampostería con corredores
cubiertos por grandes túmulos visibles a larga distancia, expresión del poder aristocrático.
Alrededor de estos túmulos se localizan enterramientos de familiares y clientes, mientras que el
resto de la población era sepultada en tumbas más simples y discretas: cremaciones en urnas
depositadas en hoyos apenas señalizados y dispuestas en conjuntos.
Los ajuares funerarios muestran la categoría social de los difuntos, con tumbas de gran riqueza.
Destaca la tumba 17 de La Joya, con un carro aristocrático, armas, marfiles, vasos de alabastro,
cerámicas, quemaperfumes y objetos típicos de Tarteso como los jarros piriformes y los soportes
con asas de manos.
En Medellín, la presencia de ánforas, copas y un kylix de Eucheiros evidencia la importancia del
vino en los rituales funerarios de las élites. Esta práctica, ligada a las libaciones y banquetes
funerarios, procedía de Fenicia y Grecia, pero era desconocida en la península en la Edad del
Bronce. Los juegos de servicio del vino en las tumbas muestran la adopción de estas ideas y
creencias sobre el más allá.
El panorama que ofrecen las necrópolis tartésicas refleja una sociedad claramente estratificada y
desigual. A la cabeza estaba una minoría aristocrática, diferenciada del resto no tanto por su
condición guerrera como por el control de los recursos.
La presencia fenicia y la nueva orientación hacia la actividad minero-metalúrgica reforzaron a
estas élites, que consolidaron su poder económico, político e ideológico, imponiendo su autoridad
sobre el resto de la población y fundamentando su prestigio en el dominio del metal.
La orientalización de las élites tartésicas no se extendió al resto de la población, que constituía una
masa poco articulada, en proceso de estratificación al pasar de una economía de subsistencia a
otra de producción. Se desconoce si la población común tenía acceso a los medios de riqueza, cómo
se organizaba la propiedad de la tierra o si existió la esclavitud.
En cuanto a la organización política, las primeras investigaciones pensaban en Tarteso como una
gran ciudad-capital de un reino, pero desde los años 60 del siglo XX se defiende más bien la
existencia de ciudades independientes, unidas por una misma cultura, semejantes a las ciudades-
estado del Mediterráneo oriental, con posibles alianzas y redes comerciales, pero sin formar un
gran Estado unificado.
La forma de gobierno no sería una monarquía centralizada, sino un sistema dirigido por
“príncipes” o “señores”, representantes de las élites, que ejercían un incipiente control político en
sus territorios. Estas jefaturas complejas estaban vinculadas sobre todo al control de las minas y a
la gestión del transporte del metal hasta los puertos.
2.5. La Cultura Tartésica Del Valle Medio Del Guadiana,
Hacia mediados del siglo VI a. C. se produce un cambio profundo en el núcleo tartésico, con
signos de decadencia y abandono en los yacimientos del Guadalquivir y Huelva. Sin embargo, la
cultura se proyecta hacia el valle medio del Guadiana, donde se observa un fuerte crecimiento
demográfico y un desarrollo propio. Este periodo se caracteriza por la construcción de los llamados
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edificios tartésicos bajo túmulo, grandes construcciones de adobe que controlaban el territorio y
sus recursos.
Los ejemplos principales son Cancho Roano (Zalamea de la Serena), La Mata (Campanario) y
Casas del Turuñuelo (Guareña). Estos edificios comparten varios rasgos:
1. Se ubican junto al Guadiana o sus afluentes, dominando las tierras fértiles de vega (excepto
Cancho Roano).
2. Presentan planta cuadrangular orientada al sol naciente, con patio central y pasillo
redistribuidor, muros de adobe sobre cimientos de piedra, pavimentos de arcilla apisonada y
paredes enlucidas con cal o pizarra. Tenían techos planos de madera y barro, además de
bancos, hogares y altares.
3. A comienzos del siglo IV a. C. fueron incendiados y cubiertos con arcilla, lo que les dio
aspecto de túmulo. La hipótesis más aceptada atribuye su final a incursiones de pueblos
beligerantes de la Meseta.
4. Desempeñaban funciones ligadas a la actividad agropecuaria y al control territorial, con
variaciones:
o Cancho Roano: fuerte carácter cultual, con varios altares.
o Casas del Turuñuelo: elementos rituales como un altar en forma de piel de toro, una parrilla,
un caldero de bronce y una gran bañera sobre pedestal.
o La Mata: abundancia de molinos y ánforas, interpretado como almacén de excedentes y
posible residencia aristocrática.
En conjunto, estos edificios reflejan el poder de élites con gran capacidad económica y política,
capaces de levantar construcciones monumentales y dotarlas de ricos objetos.
CRONOLOGÍA BÁSICA
1103 a. C. → Fundación de Gadir según Veleyo Patérculo (versión legendaria).
Siglo XI – IX a. C. → Fase de precolonización fenicia y desarrollo del Bronce Final tartésico.
Siglo X a. C. (900-770 a. C.) → Presencia de materiales fenicios en Huelva.
875 a. C. → El rey asirio Assurnasirpal II impone tributo a las ciudades fenicias.
Finales del siglo IX a. C. → Fundación de Gadir (atestiguada arqueológicamente).
Siglo VIII a. C. → Inicio de la cultura tartésica orientalizante y consolidación de la
colonización fenicia.
573 a. C. → Caída de Tiro a manos de Nabucodonosor.
535 a. C. → Batalla de Alalia; inicio de la crisis tartésica.
Siglos VI – IV a. C. → Decadencia del núcleo tartésico y desarrollo en el valle medio del
Guadiana (edificios bajo túmulo).
CUESTIONES DE AUTOEVALUACIÓN DEL TEMA
1. Explique qué motivó la llegada de los fenicios a la Península Ibérica y qué consecuen-cias tuvo.
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2. Etapas de la colonización fenicia en el sur peninsular.
3. Realice un elenco de los principales cinco enclaves fenicios y cinco enclaves tartési cos de la
Península Ibérica, indicando la localidad y provincia actual en los que se lo-calizan.
4. ¿Qué se entiende por Tarteso? ¿Qué área geográfica abarcó?
5. Resuma la evolución histórica de Tarteso, indicando las principales características de cada fase.
6. Ilustre los aspectos más característicos de la cultura tartésica.
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