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Adolfo: Cuento y Actividades PDF

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ADOLFO

de María Cristina Ramos

Ilustraciones de Leicia Gotlibowski

Adolfo no está contento. De a ratos llora un llanto calladito. Una lluvia de goterones se abre
paso en la carucha gastada por el viento.

La lluvia llega hasta la pera y cae hacia el bolsillo del guardapolvo, o se hace punto mojado en el
piso del aula.

Un día, una lágrima se aferró de una hilacha de la manga y se quedó columpiándose en el


abismo, como las golondrinas cuando tironean hilitos para hacer el nido. Era una lágrima de
escuela que había corrido ya muchas veces caminos parecidos. Le gustaba mirar la mano de
Adolfo apretando el lapicito mordido. La mano se movía apenas sobre el cuaderno, dibujando
hileras de hormigas despeinadas. Le gustaba salir al patio y sentir el trote de Adolfo entre las
plantas buscando bichitos de colores. Las vaquitas de San Antonio son como una lágrima
caminante, se decía, una lágrima salpicada de amarillo por un girasol, salpicada de rojo por una
clavelina.

—¿Cuántos días faltan, pues, maestra, para que venga mi papá?

—Tres días, Adolfo. Así, estos deditos.

—Entonces mañana van a faltar nomás estos, pues maestra.

Y la lágrima sabía entonces que no iba a brillar sola. Que otras correrían lentas o tal vez
atropellándose. Las iba a ver pasar con su transparencia y les iba a dar consejos de lágrima
sabia. Cuidado con las orillas. Si se quedan sobre la piel de Adolfo, escuchen la voz de río con
que golpea su corazón. Desde las solapas, se ve el vuelo de las hojas del cuento que les cuenta
la maestra. Desde el balcón del bolsillo se oye el murmullo de las semillas que trae Adolfo para
ayudarse a contar.

Adolfo se ha olvidado del atadito de lápices de colores. Azul, verde y celeste. Cada vez que hace
un campito de alfalfa, llora porque le falta verde y la vaca del cuento no podrá comer. Cada vez
que dibuja un cielo, llora porque no tiene celeste para sostener el amarillo que el sol tampoco
tiene.

—Tengo que irme a la casa por los colores, maestra —dice Adolfo, mirando los botones del alto
guardapolvo.

—Usá los del tarro grande, Adolfo, son de todos.

—¿Cuánto falta para que venga, maestra, mi papá?


Detrás de un remolino de pelo muy negro, está en la puerta del aula el hermano chico de
Adolfo. Eso quiere decir que es hora de salir al recreo largo. El hermano chico sale al patio con
Adolfo, y juntos juegan con una bolita lechera que les ha regalado la maestra. Después el
hermano chico le pide prestado el pañuelo, y lo ayuda a llorar un poquito. Pasa una bandada de
loros. Un bochinche verde que sacude el aire y remueve el corazón.

En el recreo largo, Felipa sirve mate cocido a los maestros. Menos al maestro Carlos, que se
ceba un mate como Dios manda.

—¿Cuándo tenemos tortas fritas, Felipa?

—Capaz que mañana, Don Carlos, si tengo tiempo para el amasijo –dice Felipa y acerca un pan
casero, para que se repartan.

Charla va, charla viene, veinte minutos de recreo. Y se hace la hora de retomar el trabajo.

Cada cual a su aula, con un poco más de tierra en los dibujos de las orejas y la frente brillando
con el sudor que suelta el sol.

Claudia espera que entre Adolfo, para empezar la clase. Mientras tanto hace palmas y canta la
canción de la blanca paloma. Devuelve los cuadernos que ya están corregidos. El de Matías, el
de Dora, el de Luciano, el de Adolfo.

Pero Adolfo no llega. Un loro remolón pasa gritando, llamando a la bandada.

«Seguro está en el aula del hermano», piensa, y se asoma hasta la puerta.

—¡Adolfo! Patricia, ¿Adolfo está en tu salita?

—¿Adolfo? No. Se habrán quedado en el patio, porque Juancito tampoco volvió del recreo.

Claudia sale a buscarlos. En el baño, en el patio de adelante, en el patio de atrás. No están.

—Felipa, ¿no vio a los chicos Salazar?

—No, señorita. Nomás estuve en la cocina y por acá no anduvieron.

Patricia llegó y se unió a la búsqueda. Y Carlos y los demás maestros. Pero no los encontraron.
Marta salió a mirar al camino. Pero el camino a poca distancia cambiaba de rumbo y se
ocultaba tras el monte.

Carlos puso en marcha la camioneta y no dijo nada, porque ya Claudia había subido y cerrado la
puerta justo en el momento en que el vehículo entraba de lleno en el polvo de la calle.

Después de la curva, anduvieron un buen trecho sin hablar. Hasta que los divisaron. El hermano
grande y el hermano chico. De la mano. Caminando por la orillita en que la tierra se entreteje
con yuyos ralos. Levantando una nube suave con las zapatillas.

A cierta distancia Carlos detuvo la camioneta. Y dejó que Claudia hiciera su trabajo.
Un poco tuvo que correr, porque estaban casi llegando al puente chico. Parecían dos semillas
de la misma planta, flaquitas y juntas sobre el camino.

—¡Adolfo! ¡Juan! ¡Esperen!

Ya castigaba el sol de la mañana. Adolfo giró su mirada redonda, sin soltar la mano del
compañero de viaje.

—¿Usted también viene, maestra?

—¿Adónde, Adolfo? ¿Adónde se iban?

El sauce columpiaba su ramaje con un ruido de caricia. El pollerón del sauce largando sombra
sobre los chicos y la maestra.

—Nos dieron tremendo susto, chiquito. Si ya saben que no se pueden ir.

El pañuelo de la maestra es blanco y tiene perfume. La nariz de Adolfo lo conoce.

—Por aquí hay una planta de yerbabuena, maestra.

—Sí, Adolfo, pero volvamos a la escuela.

Cuesta un poco caminar cuando uno está clavado en la tierra. Cuesta un tiempo de buenas
palabras dichas con la intención de los amigos.

—¿Qué tenés en esa mano, Adolfo?

—Un panadero que venía volando con nosotros, pues, maestra.

—¿A verlo? ¡Uh, qué lindo! ¿Y si le pedimos tres deseos y lo dejamos ir?

En la camioneta se llega ligerito, y la tierra del camino va quedando atrás y se tranquiliza hasta
asentarse.

—Ya mañana vendrá el papá de ustedes porque es viernes, chicos –dice el maestro Carlos.

—¿Por qué salieron de la escuela, Adolfo, si saben que solos no se tienen que ir? –pregunta
Claudia, mientras lo peina con los dedos.

—Es que mi hermano miraba lejos pues, maestra. Y decía, «Caminemos, Adolfo, caminemos».
Acerca de Adolfo

No todas las escuelas son iguales. En las zonas rurales suelen estar muy alejadas de
las casas de los estudiantes. Cuando las distancias son demasiado extensas, chicas y
chicos se alojan en la escuela y solo periódicamente regresan a sus casas. Estas son
las llamadas escuelas albergue. A los más pequeños, estar lejos de la familia los
entristece. Es lo que les sucede a Adolfo y a su hermanito, que sienten que no pasan
nunca los días que faltan para que venga a buscarlos su papá.

Adolfo pertenece a Azul la cordillera, de María Cristina Ramos, libro que reúne historias
de una escuela rural.

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