Entidades y Contratos Bancarios en España
Entidades y Contratos Bancarios en España
Capítulo 11
SUMARIO: I. LAS ENTIDADES DE CRÉDITO. A. Noción. B. Clases. II. LOS ESTABLECIMIENTOS FINANCIEROS DE CRÉDITO. A. Características
comunes y clases de establecimientos financieros de crédito. B. Régimen jurídico. C. Supervisión. D. EFC y servicios de pago. III. DELIMITACIÓN
DEL CONCEPTO DE «CONTRATO BANCARIO». SUS CARACTERÍSTICAS Y ELEMENTOS. A. Noción y objeto de los contratos bancarios. a.
Noción. b. Objeto de los contratos bancarios. B. Características de la contratación bancaria. C. El impacto de la normativa extraordinaria para
luchar contra la pandemia del COVID-19 en los contratos bancarios. IV. LAS CUENTAS BANCARIAS. A. Introducción. B. El contrato de cuenta
corriente bancaria. a. Noción y función. b. Contenido. C. La transferencia bancaria y los servicios de pago. V. LOS DEPÓSITOS BANCARIOS DE
DINERO. A. Noción y naturaleza. B. Clases. VI. OPERACIONES BANCARIAS ACTIVAS. A. La terminación o reducción de la financiación de una
PYME. a. El deber de preaviso a cargo de la entidad. b. El deber de entregar la Información Financiera-PYME. c. La solicitud de Información
Financiera-PYME. B. El impacto de la normativa extraordinaria para luchar contra la pandemia del COVID-19 en las operaciones bancarias
activas. a. En la financiación del mercado inmobiliario: moratorias de las deudas hipotecarias y arrendaticias. b. En la financiación empresarial
mediante los créditos bancarios avalados por el ICO. C. Préstamo bancario. D. La apertura de crédito. a. Concepto, naturaleza jurídica y
formación del contrato. b. Efectos del contrato. c. Extinción del contrato. d. Los créditos sindicados. E. El descuento bancario. a. Concepto y
naturaleza jurídica. El redescuento. b. Características del contrato y clases de descuentos. c. Contenido del contrato de descuento. F. Los avales
o garantías bancarias. VII. LOS CRÉDITOS DOCUMENTARIOS. A. Concepto y función. B. Disciplina de los créditos documentarios. C. Contenido
del crédito documentario. a. Relación entre el comprador y el vendedor. b. Relación entre el ordenante y el banco emisor. c. Relación entre el
banco emisor y el beneficiario. d. El crédito documentario transferible. e. Extinción del crédito documentario. VIII. OTRAS OPERACIONES
BANCARIAS. A. Intervención de la banca en el mercado de valores. a. Los contratos bancarios de mediación en las emisiones y ofertas públicas
de venta de valores. b. El contrato bancario de gestión de carteras de inversión. c. El contrato bancario de depósito y administración de valores e
instrumentos financieros. B. Alquiler de cajas de seguridad. C. Informaciones comerciales y a la CIR. a. Referencia al deber de secreto y sus
limitaciones. b. Informaciones solicitadas por la clientela.
A. NOCIÓN
El artículo 1 de la Ley 10/2014, de 26 de junio, de ordenación, supervisión y solvencia de entidades de crédito (LOSSEC) incorporó la
definición clásica de las que son entidades de crédito a los efectos de la aplicación del régimen jurídico que diseña esa Ley. La definición
común de las entidades de crédito nos dice que estas son «las empresas autorizadas cuya actividad consiste en recibir del público
depósitos u otros fondos reembolsables y en conceder créditos por cuenta propia». A partir de ahí, el artículo 1.2 concreta que la
consideración de entidades de crédito la tienen sólo i) los bancos, ii) las cajas de ahorro, iii) las cooperativas de crédito y iv) el Instituto de
Crédito Oficial.
Son características fundamentales y comunes a todas las entidades de crédito la de tratarse de empresas cuya creación reclama una previa
autorización administrativa y que gozan de la reserva legal de su actividad, teniendo, como actividad principal la de actuar en la
intermediación crediticia.
Los contratos bancarios se insertan en el denominado «sistema financiero», expresión que aparece recogida en el propio título de la Ley
3/1994, de 14 de abril, que se ha desarrollado por disposiciones posteriores, influidas de manera principal por el proceso de armonización
internacional. Dentro de este proceso destaca la amplia regulación europea sobre la materia, que se considera como una pieza clave para la
creación en el seno de la Unión Europea del mercado financiero único y, además, como la necesaria respuesta legislativa para la prevención
y solución de situaciones de crisis. Las principales leyes en esta materia se han inspirado en las correspondientes Directivas europeas.
Se configuran así las entidades de crédito como empresarios cuya actividad consiste en la intermediación indirecta en el crédito. Son
entidades que captan fondos del público a través de los medios que enuncia esa definición, o lo que es lo mismo, obtienen crédito de sus
clientes mediante lo que se denominan «operaciones pasivas», y las propias entidades conceden créditos a sus clientes por medio de las
llamadas «operaciones activas». Concesión de crédito que las entidades hacen por su propia cuenta y riesgo, por lo que se dice que la
intermediación en el crédito, que es la esencia de su actividad, es de carácter «indirecto». Esto sin contar con que las entidades de crédito
prestan a sus clientes una serie de servicios diversos que, por no ser de crédito, tradicionalmente vienen calificándose como operaciones
neutras (p. ej., los relacionados con la gestión de cobros y pagos por cuenta de su clientela, colocación de valores mobiliarios, alquiler de
cajas de seguridad, etc.), y que cada vez cobran mayor relevancia dentro de la contratación bancaria.
B. CLASES
El concepto de entidad de crédito que hemos transcrito es un concepto funcional y amplio, que comprende tanto a los bancos, en sentido
estricto, como a otras entidades, en especial las cajas de ahorros y las cooperativas de crédito. Entidades que si, como hemos de ver,
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tienen una naturaleza jurídica diversa (unas son sociedades anónimas; otras fundaciones, y las terceras, sociedades cooperativas), están
sometidas a un régimen semejante dado que su actividad es sustancialmente idéntica sin perjuicio de las naturales divergencias que derivan
de su distinta naturaleza.
Es obligado destacar el cambio registrado con respecto a la delimitación normativa de las cajas de ahorros que llevó a cabo la Ley 26/2013,
de 27 de diciembre, de cajas de ahorros y fundaciones bancarias. Manteniendo las cajas su condición de entidad de crédito de carácter
fundacional y finalidad social, su actividad se orienta a determinadas operaciones y clientes y su ámbito territorial no excederá el territorio de
una Comunidad autónoma. Cuando una caja de ahorros crezca por encima de los límites establecidos con respecto al valor de su activo o a
su cuota en el mercado de depósitos, la caja deberá transformarse en una fundación bancaria y traspasar su patrimonio afecto a la actividad
financiera a otra entidad de crédito. Esta normativa ocasionó que muchas de las cajas españolas terminaran fusionándose y continuando su
actividad como accionistas de bancos controlados o participados por ellas.
Junto a las tres clases más significativas de las entidades de crédito (bancos, cajas de ahorro y cooperativas de crédito), aparece el Instituto
de Crédito Oficial, que conserva su consideración de entidad de crédito, pero con carácter especial.
Tienen también un régimen especial las «entidades de dinero electrónico» cuya actividad principal consista en emitir medios de pago en
forma de dinero electrónico. Su regulación, influida por la adaptación al ordenamiento europeo, se ha visto modificada sustancialmente con
la aprobación de la Ley 21/2011, de 26 de julio, de dinero electrónico, que deroga las normas dictadas anteriormente en esta materia
(modificada en algunos aspectos por el Real Decreto-ley 19/2018, de 23 de noviembre, debiendo destacarse el acceso por las entidades de
dinero electrónico a los servicios de cuentas de pago de las entidades de crédito para permitir que las primeras puedan prestar servicios de
pago sin obstáculos).
Una de las principales preocupaciones de la legislación del sistema financiero ha sido la de someter a determinadas condiciones a aquellas
empresas que, sin llevar a cabo una actividad de intermediación crediticia completa como hacen las entidades de crédito, sí desarrollan
actividades complementarias o limitadas que no están exentas de afectar de alguna forma al buen funcionamiento del citado sistema. En
nuestro ordenamiento han sido varias las iniciativas destinadas a esas entidades financieras que han recibido distintas denominaciones y
criterios legislativos variables en cuanto a su asimilación o diferenciación con las entidades de crédito. Así, a esas entidades se las ha
llamado en el pasado entidades de crédito de ámbito operativo limitado y se las ha sometido a una disciplina afín a la de las entidades de
crédito típicas.
La aprobación de la LOSSEC obligaba a revisar el régimen aplicable a esas entidades financieras que ya no podían seguir siendo
calificadas como entidades de crédito, pero con relación a las que era necesario mantener un adecuado régimen de regulación y
supervisión. Con ese propósito, la Ley 5/2015, de 27 de abril, de fomento de la financiación empresarial ha abordado los principios del
régimen jurídico aplicable a los que han pasado a denominarse como establecimientos financieros de crédito (EFC). Para justificar esa
iniciativa, se ha señalado que esos establecimientos se integran en modalidades de financiación que son relevantes para el llamado
consumo minorista.
La constitución de cualquier establecimiento de crédito (cuya denominación y abreviatura son objeto de reserva legal; art. 8 Ley 5/2015),
requiere la previa autorización del Ministro de Economía y Hacienda. Esa autorización será necesaria para la constitución de cualquier
empresa que se dedique con carácter profesional a ejercer una o varias de las siguientes actividades:
4. la concesión de hipotecas inversas (operación que puede estar realizada conforme a la regulación del mercado hipotecario).
Junto a esas actividades, la Ley autoriza a los establecimientos financieros de crédito el desarrollo de cualesquiera otras actividades
accesorias y necesarias para el desempeño de las que se han enunciado.
Como se indicó, el régimen de los establecimientos financieros se ha establecido históricamente por medio de referencias y remisiones al
de las entidades de crédito. En este caso, esas referencias son negativas, puesto que se dice, en primer lugar, que los EFC no tendrán la
consideración legal de entidad de crédito y, en segundo término, que no podrán captar fondos reembolsables del público (a salvo la
captación de fondos que se haga por medio de emisiones de valores realizadas conforme a lo dispuesto en la LMV).
B. RÉGIMEN JURÍDICO
A pesar de las previsiones legales que de manera expresa se encargan de establecer distinciones entre el estatuto propio de los EFC y el
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aplicable a las entidades de crédito, buena parte del régimen jurídico de los primeros se basa en la remisión al propio de las citadas
entidades. Así lo establece el artículo 7.2 de la Ley 5/2015 cuando dice que serán de aplicación a los EFC las disposiciones contenidas en
la LOSSEC y en su normativa de desarrollo en cuanto a participaciones significativas, idoneidad e incompatibilidades de altos cargos,
gobierno corporativo y solvencia. A ello se suma lo dispuesto para las entidades de crédito en las disposiciones en materia de
transparencia, mercado hipotecario, régimen concursal, blanqueo de capitales y financiación del terrorismo.
C. SUPERVISIÓN
La supervisión de los EFC corresponde al Banco de España, a quien dichos establecimientos deberán suministrar sus estados financieros y
demás información establecida en las normas legales y reglamentarias.
El Banco de España también es el responsable del Registro especial de establecimientos financieros de crédito en el que quedarán
inscritos una vez constituidos (al margen de su inscripción en el Registro Mercantil), y en el que también se anotarán bajas de entidades o
cualquier otra variación similar (modificaciones estructurales, etc.).
Una peculiaridad normativa es la admisión de las llamadas entidades híbridas, es decir, aquellas empresas que pretendiendo constituirse
como EFC también deseen prestar servicios de pago o emitir dinero electrónico, de acuerdo con lo establecido en las normas
correspondientes. La Ley 5/2015 ha establecido previsiones particulares para la autorización de este tipo de entidades híbridas, su
denominación y demás aspectos principales de su régimen jurídico (v. arts. 6, 8 y 11 de la citada Ley).
Son también entidades híbridas los EFC ya constituidos que pretendan realizar servicios de pago o emitir dinero electrónico, para lo que
deberán solicitar la correspondiente autorización.
a. Noción
Ya hemos señalado que la actividad característica de los bancos y, en general, de las entidades de crédito es la intermediación indirecta en
el crédito. Para realizar esta actividad, los referidos sujetos recurren a una serie de instrumentos jurídicos, que suelen ser denominados
«operaciones bancarias». Algunas de estas operaciones son verdaderos contratos, mientras que otras presentan una naturaleza compleja.
Podríamos definir como contrato bancario aquel acuerdo de voluntades tendente a crear, modificar, regular o extinguir una relación jurídica
bancaria, entendiendo por tal la que se incardina dentro de la actividad de intermediación crediticia indirecta. Es decir, una relación que sirva
para que el banco realice la actividad de captar fondos del público con ánimo de utilizarlos por cuenta propia en la concesión de créditos
será, por definición, una relación jurídica bancaria.
De lo expuesto resulta que los términos «relación jurídica bancaria» y «contrato bancario» no son absolutamente sinónimos, porque en
realidad el contrato bancario es aquel que produce algún efecto relacionado con la relación jurídica bancaria: la crea, regula, modifica o
extingue. Relación jurídica caracterizada porque uno de los sujetos ha de ser un banco (entendida esta expresión en sentido amplio,
comprensiva de toda entidad de crédito).
El objeto de los contratos bancarios está constituido por tres importantes tipos de bienes: el dinero, el crédito y los valores mobiliarios.
1. En cuanto al dinero, se trata de un concepto que pretende ser reivindicado tanto por la Ciencia económica como por el Derecho. En
principio, el dinero es aquel conjunto de bienes genéricos y fungibles que sirven como instrumento general de cambio y medida universal de
valor. Pero, desde la óptica jurídica, lo verdaderamente característico del dinero es que resulta un medio forzoso de pago, impuesto como tal
por el ordenamiento de un Estado.
En el ámbito bancario, el dinero es objeto de la mayor parte de las operaciones, ya sean operaciones de crédito o bien de gestión. Pero lo
característico es que, en la mayor parte de los supuestos, el dinero viene considerado como mera suma aritmética (representado por una
«anotación contable») y no como conjunto de monedas o billetes específicos. Se trata, por tanto, de verdaderas obligaciones pecuniarias, en
las que el objeto (dinero) es tan genérico que resulta extremadamente fungible y consumible, pero –a la vez, y paradójicamente–
indestructible. Dinero que comprende no simplemente el llamado en «efectivo» (sean monedas o billetes) sino también el «escritural», que
figura en las anotaciones contables de los bancos.
2. La operación «de crédito» implica –desde la óptica jurídica– cualquier contrato cuyo objeto es, principalmente, el aplazamiento del
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cumplimiento de una obligación dineraria. Pero para que exista un verdadero contrato de crédito es preciso que se den tres condiciones:
a) Que el otorgante del crédito o acreditante se haya comprometido a no reclamar el pago que le es debido (pactum de non petendo)
durante el plazo pactado, o en su defecto el que resulte de la aplicación analógica de los artículos 1128 Cc o 313 C. de c. De este modo la
entidad acreditante asumirá una obligación contractual negativa.
b) Que el contenido esencial del negocio sea esta obligación negativa de respetar el aplazamiento.
c) Que esta obligación negativa sea asumida exclusivamente por uno de los contratantes: es decir, que la concesión de aplazamiento sea
unilateral, respecto de las obligaciones surgidas de un mismo contrato.
3. Los valores mobiliarios –cuya noción conocemos– son objeto de operaciones bancarias, bien con el fin de su emisión, custodia o gestión,
de muy variadas formas.
Las operaciones en las que se materializa esta actividad –en activas o pasivas– devengan normalmente unos intereses, bien a favor de la
entidad de crédito o bien a favor del cliente.
Los contratos bancarios no fueron regulados por el Código de Comercio que se limitó a hacer algunas remisiones a ellos como
«operaciones» en su artículo 177 y algunos otros. Estos contratos tienen fundamentalmente una disciplina convencional que está recogida en
gran parte en las condiciones generales establecidas por las entidades de crédito, sin que falte una nutrida normativa contenida en
disposiciones legales dictadas bajo la preocupación de regular la actividad de estas entidades. Dentro de esa normativa nos encontramos
con todo un sistema diseñado para dotar de efectividad la idea de protección o defensa del cliente de las entidades de crédito.
El punto de partida de esa legislación es el artículo 5 de la LOSSEC (modificado por la Ley 18/2022, de 28 de septiembre). Esta disposición
se dicta sin perjuicio de la libertad contractual, pero supone la habilitación para que por parte del Ministro de Economía se puedan dictar
disposiciones en varios aspectos destacados de la contratación bancaria. Las disposiciones reglamentarias que se dicten al amparo de ese
precepto serán consideradas normativa de ordenación y disciplina y su supervisión corresponderá al Banco de España.
La autorización para desarrollar por medio de normas reglamentarias los principios de protección del cliente afectan a cuestiones tales
como la información precontractual, la transparencia de las condiciones, la actividad publicitaria para la promoción de servicios o productos
bancarios, las especialidades aplicables a la contratación por vía electrónica y la posible extensión de esa disciplina a contratos con un
contenido similar al previsto por el citado artículo 5, aunque la empresa que intervenga no tenga la condición de entidad de crédito.
Por otro lado, también se establece la posibilidad de que por el Ministro de Economía se dicten normas aplicables a la comercialización de
préstamos o créditos. Esas normas estarán orientadas a favorecer la proporción entre los ingresos del cliente y los compromisos que asume
al recibir un préstamo, la valoración independiente de garantías inmobiliarias, la evolución de los tipos de interés, la información
precontractual y la normativa en materia de protección de datos. Estos y otros aspectos de la contratación bancaria deberán regularse de
una manera que descarte eventuales malas prácticas, fomente la confianza en dicha contratación y, por supuesto, asegure la más eficaz
protección de los legítimos intereses de los clientes de servicios o productos bancarios, siempre que éstos sean distintos de los de inversión
(a los que es aplicable la LMV).
Con ese propósito, es previsible la revisión de distintas disposiciones reglamentarias, que habrán de adaptarse al artículo 5 de la LOSSEC.
En este ámbito debe destacarse el funcionamiento del Departamento de Conducta de Mercado y Reclamaciones (que asumió las funciones
del Servicio de Reclamaciones) del Banco de España que permite a los clientes formular denuncias sobre las actuaciones de las entidades
que pudieran ser contrarias a las normas inspiradas en «las buenas prácticas y usos bancarios». La Orden EHA/2899/2011, de 28 de
octubre, de transparencia y protección del cliente de servicios bancarios (modificada parcialmente por la Orden ETD/699/2020, de 24 de
julio) incorpora las distintas disposiciones aplicables a la contratación bancaria (incluida la fase precontractual) junto con disposiciones
específicas con respecto a la tutela de los clientes en contratos bancarios concretos, destacando la regulación de los préstamos hipotecarios
y de crédito al consumo. La indicada Orden ha sido objeto de desarrollo por medio de la Circular 5/2012, de 27 de junio, del Banco de
España (modificada por las Circulares 29 de julio de 2015, de 22 de diciembre de 2017 y de 29 de marzo de 2019), sobre transparencia de
los servicios bancarios y responsabilidad en la concesión de préstamos.
Junto a estas normas que tratan de guiar las condiciones de los contratos hacia las buenas prácticas y usos bancarios –en definitiva esa
disciplina convencional– han surgido disposiciones con rango de Ley con la finalidad de tutela de los clientes consumidores contenida en la
normativa general sobre los mismos (especialmente la L. Consumidores, con especial preocupación contra las cláusulas abusivas), sino
también mediante normas específicas como las relativas al crédito a los consumidores, las contenidas en la Ley 22/2007, de 11 de julio,
sobre comercialización a distancia de servicios financieros destinados a consumidores o las muy importantes medidas que con esa
finalidad recoge la Ley 5/2019, de 15 de marzo, reguladora de los contratos de crédito inmobiliario. Se puede hacer notar, no obstante, que
la numerosa y dispersa disciplina de la actividad bancaria en lo que al campo contractual se refiere, mantiene una tutela de diverso grado
respecto a la clientela de las entidades de crédito. Una relativa a la clientela en general y otra más rigurosa referente a los clientes
consumidores, considerando como tales a las personas físicas que actúan en su contratación con un propósito ajeno a su actividad
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empresarial o profesional.
Atendiendo a las características propias de los contratos bancarios y a la posición que ocupan la entidad y el cliente, existe una orientación
jurisprudencial y normativa a favor de exigir una especial diligencia de las entidades de crédito en el cumplimiento de sus obligaciones
contractuales. Esa orientación se ha hecho visible en relación con los contratos bancarios de mayor difusión. Las consecuencias de una
inadecuada ejecución de las prestaciones convenidas no deben recaer sobre los clientes, que además actúan normalmente a partir de la
confianza en la actuación de la entidad.
C. EL IMPACTO DE LA NORMATIVA EXTRAORDINARIA PARA LUCHAR CONTRA LA PANDEMIA DEL COVID-19 EN LOS CONTRATOS
BANCARIOS
La normativa extraordinaria dictada para combatir la pandemia del COVID 19 –integrada en su práctica totalidad por Reales Decretos-ley–
ha afectado, junto a otros sectores de la economía (especialmente, el mercado laboral), a la regulación de los tres sectores clásicos del
mercado financiero: el mercado bancario, el mercado de valores y el mercado de seguros y planes de pensiones.
En concreto, el impacto de la normativa extraordinaria dictada para combatir la crisis del COVID-19 en el sistema financiero ha pasado por
dos fases: una fase inicial –que podemos ubicar entre febrero y mayo de 2020– donde la causa epidemiológica del confinamiento de la
población produjo un efecto económico-financiero de paralización de la actividad. Y a ello respondió el gobierno con una normativa –en
forma de instrumento técnico-jurídico excepcional del Real Decreto-ley– que tuvo como objetivo la supervivencia del tejido productivo dañado
por la inactividad con la inyección de dosis masivas de liquidez; y una fase de desescalada –que cabría localizar desde el mes de junio de
2020– en la que el objetivo económico-financiero de la reactivación apuntaba a la reconstrucción del tejido productivo dañado mediante la
Inversión en empresas viables. Encontramos un buen ejemplo de esta tendencia en el Real Decreto-ley 25/2020, de 3 de julio, de medidas
urgentes para apoyar la reactivación económica y el empleo (complementado por normas posteriores).
A. INTRODUCCIÓN
La relación del cliente con la entidad de crédito suele ser de carácter duradero y descansa en la recíproca confianza. Lo que lleva consigo el
deber de la entidad de crédito de mantener informado al cliente de los hechos que afecten a la relación jurídica entre ellos.
Su manifestación externa es la apertura de una «cuenta», que sirve de soporte a las diversas operaciones concretas que medien entre la
entidad de crédito y su cliente. El motivo que justifica la utilización de un soporte contable, por partidas de «debe» y «haber», es complejo.
Por un lado, deriva de la propia imposición a todo empresario de la necesaria llevanza de una contabilidad ordenada. Por otro, el carácter
múltiple de las relaciones con un cliente determinado –relaciones que tanto pueden derivar de un contrato único como de una multiplicidad de
ellos: depósitos de dinero o de valores, posteriormente una concesión de crédito, etc.– exige también que en la contabilidad del banco se
abra una cuenta a nombre del cliente, que reflejará la situación patrimonial del mismo frente a la entidad de crédito.
Una persona puede ser titular de varias cuentas en una misma entidad de crédito, sea en la misma o en distintas sucursales, bien se deba a
que las cuentas sean el soporte de relaciones jurídicas de distinta naturaleza o bien porque interese la separación de dichas cuentas por
otras causas. El principio general de estos casos es la independencia de las cuentas, de forma que ni se produce una compensación entre
ellas ni las garantías afectadas al saldo de una se extienden a las restantes. De todos modos, cabe el pacto en contrario, que puede
traducirse no sólo en la compensación unitaria entre ellas, sino incluso en una verdadera fusión de cuentas, que serán tratadas como si de
una sola se tratase. En este caso, no sólo las partidas de las cuentas se compensan durante la vida de estas, sino que además existe una
comunicación de garantías reales o personales.
En las cuentas pueden producirse, también, fenómenos de titularidad múltiple o compartida, si son abiertas a nombre de dos o más
personas. En estos supuestos, la disponibilidad puede ser solidaria (cuentas indistintas), de modo que cualquier titular pueda hacer
disposiciones sin contar con los demás.
Es doctrina jurisprudencial que el mero hecho de abrir una cuenta conjunta no determina el condominio de las cantidades que contiene, ni
atribuye a sus titulares partes iguales con relación al saldo de la cuenta.
Frente a la disponibilidad indistinta puede pactarse en las cuentas conjuntas la disponibilidad de la cuenta de forma mancomunada, de modo
que cada acto de disposición exija la concurrencia de todos o algunos de los titulares.
En este ámbito, hay que tener en cuenta el Real Decreto-ley 19/2017, de 24 de noviembre, de cuentas de pago básicas, traslado de cuentas
de pago y comparabilidad de comisiones que incorporó al ordenamiento jurídico español del régimen previsto en la Directiva 2014/92/UE
del Parlamento Europeo y del Consejo, de 23 de julio de 2014, sobre la comparabilidad de las comisiones conexas a las cuentas de pago, el
traslado de cuentas de pago y el acceso a cuentas de pago básicas.
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a. Noción y función
La cuenta corriente bancaria es un contrato que, como primer efecto, produce la puesta en funcionamiento de un «soporte contable», de una
«cuenta» que registra diversas operaciones que, normalmente, se suceden de forma constante.
Operaciones como los depósitos de dinero, aperturas de crédito, etcétera, pueden presentarse reguladas «en cuenta corriente», pero no
cabe identificar las operaciones así contabilizadas con el contrato de cuenta corriente bancaria, porque el contenido de uno y de otras es
totalmente diferente. La cuenta corriente posee un contenido propio, que aporta ciertos efectos adicionales a los otros contratos, pero tales
efectos aparecen siempre como propios de la cuenta corriente bancaria. El contrato de cuenta corriente bancaria posee, por consiguiente,
una singularidad, de manera que su elemento causal, desde el punto de vista del titular o titulares de la cuenta, es la prestación por parte del
banco del llamado «servicio de caja», en virtud del cual se compromete a ejecutar las órdenes del cliente mediante abonos y cargos en la
cuenta y como contraprestación el banco recibe determinadas comisiones, de manera que este contrato se encuadra dentro del marco de la
comisión mercantil (arts. 244 y ss. del C. de c.). Sin perjuicio de ello, es necesario aludir también a otro elemento cuyo significado
caracterizador es quizá más profundo, cuál es la compensación. Por medio de esta, a través de la cuenta corriente se va produciendo la
extinción (el pago) de ciertas obligaciones.
b. Contenido
El contenido esencial de la cuenta corriente bancaria es, sobre todo, el propio de un contrato extintivo de créditos y deudas: constituye un
supuesto de compensación contractualmente pactada. Por tanto, es aplicable lo dispuesto en los artículos 1195 y ss. Cc, siendo posible
modificar, por voluntad de los contratantes, algunos de los requisitos o de las consecuencias de la compensación.
a) El banco asume, en primer término, la obligación de gestión material y directa de la cuenta, lo que implica el deber de dar cumplimiento a
las órdenes del cliente siempre que sean las normales de la actividad bancaria y sean impartidas en la forma pactada, haciendo efectivas
las de cobros (v. gr., de efectos de comercio contra tercero, o de recibos, en todo caso bajo la condición de salvo buen fin) y de pagos a
tercero (generalmente son órdenes escritas, como en el caso del cheque, pero pueden ser de otro tipo: domiciliación de recibos, letras en la
cuenta, etc.) que le encargue el cliente. El banco habrá de atender las órdenes de la persona autorizada para disponer de la cuenta corriente,
siendo responsable en el supuesto de que efectúe esas disposiciones por órdenes impartidas por personas no autorizadas. Otra obligación
de la entidad de crédito es la de informar periódicamente al cliente sobre la marcha de la cuenta. Este deber de informar no puede quedar
limitado al envío de unos extractos de cuenta en fechas determinadas, sino que se extiende a la obligatoria comunicación de los saldos y
envío de extractos cuantas veces y en los momentos que el cliente desee. El cliente debe manifestar su disconformidad con las partidas de
los extractos en el plazo pactado (normalmente uno o dos meses). De no hacerlo, se presume su aceptación del estado de la cuenta y su
liquidación.
b) El cliente debe efectuar la oportuna provisión de fondos al banco, como resulta del artículo 250 C. de c., relativo al contrato de comisión,
aunque el origen de esta provisión puede ser variado (contratos de depósito, de apertura de crédito, o del producto de los efectos cobrados
por el banco por cuenta del cliente, etc.). El cliente deberá pagar las comisiones establecidas en las tarifas de la entidad de crédito. Los
intereses que, eventualmente, debe pagar o puede cobrar la entidad de crédito no derivan de la cuenta corriente en sí, sino del depósito o
del contrato de crédito subyacentes.
Si el activo de la cuenta no contiene fondos suficientes para hacer frente a las órdenes de pago del cliente, pero la entidad de crédito accede
a seguir atendiéndolas, se originará un descubierto, cuya calificación es controvertida.
La transferencia bancaria es una operación que se explica teniendo en cuenta la existencia de dos cuentas bancarias, pertenecientes a dos
personas distintas. El cliente ordenador de la transferencia autoriza al banco para que deduzca de su cuenta la cantidad objeto de la
transferencia y la abone –bien el propio banco u otro al que transmita esa orden– en la cuenta de otra persona: el beneficiario.
La operación, en sentido económico, se centra en la transmisión de fondos de una cuenta a otra, pero –desde la óptica del Derecho– puede
generar dudas acerca de su condición como contrato autónomo. Cierto que en algunos preceptos de la antigua normativa específica del
Banco de España aparecía configurada, junto con los cobros y pagos a terceros, etc., como «otras operaciones», reconducibles a la
comisión mercantil, pero lo cierto es que, en todo caso, esta condición solamente puede ser predicada de la «orden de transferencia» y no
de todo el complejo formado por la operación contable de cargo y abono. Esta última supone:
1. Efectuar un «adeudo» en la cuenta del ordenante que implica la extinción de un derecho de crédito que el cliente tenía contra el banco; por
esta razón, es presupuesto necesario de la transferencia que este derecho exista (porque el cliente tenga fondos), a no ser que el banco
acceda a efectuar una transferencia en descubierto.
2. Cuestión relevante es la determinación del momento en que nace el crédito a favor del beneficiario por razón de la transferencia ordenada.
La doctrina y la jurisprudencia afirman que el derecho de crédito a favor del beneficiario de la transferencia nace contra el banquero en el
momento en que se ejecuta la transferencia mediante el abono en la cuenta del beneficiario, esto en el supuesto de que ordenante y
beneficiario sean clientes del mismo banco. En el supuesto en que aquéllos no sean clientes del mismo banco, el derecho de crédito del
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beneficiario surge (contra su banco, no contra el banco del ordenante) cuando se ha hecho el abono en su cuenta o cuando se le ha
notificado la recepción de la cantidad transferida.
3. En la relación entre el ordenante y el beneficiario (aspecto externo de la transferencia), si existía previamente una deuda entre ellos, se
extingue por medio de una novación por sustitución del deudor, ya que ahora en lugar de ser deudor el ordenador lo es el banco; en este
caso no se produce un pago, sino una delegación de deuda. Lo que presupone, en todo caso, la autorización del cliente para efectuar la
operación.
4. El ordenante o el beneficiario habrán de pagar una comisión al banco, si bien en este segundo caso la entidad de crédito debe comunicar
tal circunstancia a la entidad del beneficiario.
Los servicios de pago han merecido una constante atención normativa impulsada desde el ordenamiento europeo. Esa atención responde
tanto a la creciente importancia que esos servicios han adquirido en el tráfico bancario, así como dentro del marco general de la integración
europea. Ambas circunstancias son recordadas por el Real Decreto-ley 19/2018, de 23 de noviembre, de servicios de pago y otras medidas
urgentes en materia financiera, que incorpora la Directiva 2015/2366, de 25 de noviembre. Esta regulación, objeto de modificaciones
parciales, permite adaptar los servicios de pago a los nuevos cambios tecnológicos que facilitan su prestación de manera más fiable y
segura, al tiempo que reconoce a nuevas entidades como prestadoras de esos servicios. La regulación trata de incorporar una suficiente
protección del usuario por medio de la transparencia precontractual y contractual, determinando las obligaciones de las partes.
A. NOCIÓN Y NATURALEZA
Por el depósito, el banco recibe del cliente una suma de dinero, de la que el banco puede disponer, pero que ha de custodiar y restituir en la
forma pactada. Nos referimos a los depósitos bancarios abiertos de dinero, pues los cerrados en pliegos o sobres, aparte de ofrecer
escasa importancia, tienen el régimen ya estudiado del depósito mercantil (v. en particular el art. 307).
Los depósitos de dinero que reciben los bancos constituyen su operación pasiva fundamental, que les consiente disponer de fondos para
realizar las operaciones activas y, por consiguiente, la actividad bancaria. El dinero entregado por el cliente al banco pasa a ser propiedad
de éste, que se obliga a devolver otro tanto cuando el depositante lo pida, salvo que se haya pactado un plazo para la devolución. El cliente
tiene un derecho de crédito frente al banco, el cual le faculta a exigir la restitución de los fondos dinerarios que entregó en las condiciones
que se pactaron.
Se discute si estos depósitos tienen tal naturaleza, incluso bajo la vestidura del depósito «irregular». Porque si bien es evidente que el cliente
tiene interés en que el banco custodie su dinero –lo que coincide con el interés general de todo depositante–, aparece también el interés del
banco en tener la cosa depositada. Tanto es así que el depositante no sólo no paga canon alguno por la custodia (lo que sería de presumir en
un depósito mercantil, v. art. 304), sino al contrario, es el banco quien normalmente abona un interés al cliente. A pesar de todo, se considera
que puede incluirse esta figura dentro del «depósito irregular» y que los intereses pagados por el banco son debidos precisamente a la
disponibilidad que tiene de la cosa entregada. Ahora bien, la figura adquiere unos matices especiales que la conforman según las normas
usuales de la actividad bancaria. Esta especialidad aumenta en algunos tipos de «depósitos» bancarios, como son las llamadas
imposiciones «a plazo».
B. CLASES
Estos depósitos de dinero ofrecen distintas modalidades. Quizá la clasificación más importante sea la que señala la distinción entre
depósitos «a la vista» y «a plazo fijo».
a) En los depósitos a la vista el cliente tiene la facultad de pedir la devolución inmediata de la totalidad o parte del dinero entregado. Dentro
de estos depósitos, a su vez, podemos distinguir los que están vinculados a un contrato de cuenta corriente bancaria y las cuentas de ahorro
(o libretas «a la vista»).
Los depósitos en cuenta corriente implican la existencia de un doble contrato: el de depósito de dinero y la cuenta corriente bancaria, que
consiente al cliente realizar cobros y pagos a través del banco (es decir, utilizar su servicio de caja). El cliente puede disponer de los fondos
de la cuenta por distintos procedimientos, destacando la posibilidad de expedir cheques. Al ser frecuente que la provisión de fondos de la
cuenta corriente ordinaria se haga por medio de un depósito, tanto la terminología vulgar como algunas disposiciones han llegado a
confundir equivocadamente ambos contratos. En estos depósitos en cuenta corriente el banco abonaba al cliente un interés que
tradicionalmente era muy reducido, si bien en los últimos años se ha elevado en algunas clases de cuentas.
b) En los depósitos a plazo fijo –llamados también «imposiciones»– la facultad del cliente de solicitar la devolución de la cantidad entregada
depende del transcurso de un determinado plazo. De la duración de este plazo depende la cuantía de los intereses abonados por la banca,
pero en cualquier caso la estructura del contrato es la misma.
La doctrina jurisprudencial ha mostrado su indecisión sobre la naturaleza jurídica de esta operación, ante las opiniones que la consideran
como una modalidad de depósito irregular y las que estiman que se trata de un negocio con caracteres especiales, dejando en la sombra la
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c) La devolución del importe del depósito en cualquiera de sus clases está garantizada en la hipótesis de insolvencia del banco (o de la caja
de ahorros o cooperativa de crédito) hasta la cifra de 100.000 euros por un Fondo de Garantía de Depósitos.
Entre las innovaciones, en sentido estricto, que incorpora la Ley 5/2015 y que están destinadas de una manera directa y explícita a la
financiación de las pequeñas y medianas empresas se encuentra el nuevo régimen informativo aplicable a la terminación o reducción de la
financiación que una entidad de crédito venía facilitando a una pyme. A esos efectos, la Ley define como pyme a toda aquella empresa que
se adapte a la definición contenida en la Recomendación de la Comisión Europea de 6 de mayo de 2003, pero también se consideran
pymes las personas físicas que ejercen actividades económicas que tienen cabida en el concepto legal acogido en el artículo 1 del Estatuto
del trabajo autónomo (Ley 20/2007).
La Ley 5/2015 revisa el marco contractual entre bancos y pymes introduciendo nuevos deberes de transparencia. Las medidas informativas
recogidas en los artículos 1 a 4 de dicha Ley deben permitir a una pyme diseñar su financiación a partir de la conciencia de cuál es la
valoración que su solvencia viene mereciendo de la entidad con la que hasta ahora venía contando. Establece en primer lugar el artículo 1.1
un deber de aviso a cargo de toda entidad de crédito que hubiere decidido no prorrogar, disminuir o extinguir la financiación que venía
prestando a una pyme. La disminución relevante para hacer nacer ese deber legal es aquella que suponga una reducción en el flujo de
financiación disponible en más de un 35 por ciento. Cuando la entidad se plantee cualquiera de esas decisiones tiene el deber de advertir a
su cliente con una antelación mínima de tres meses. Un plazo que se entiende suficiente para permitir a la pyme afectada buscar fórmulas de
financiación alternativa o sustitutiva de aquella que se verá afectada por la decisión de la entidad acreedora.
No existe el deber de la entidad de crédito de avisar con la antelación legal señalada ante distintos supuestos que detalla el artículo 1.4.
Algunos guardan relación con un incumplimiento efectivo o potencial de sus obligaciones por la pyme, o su concurso o con la iniciación de un
procedimiento preconcursal (refinanciación incluida). Otras causas de dispensa del deber legal tienen que ver con la legislación en materia
de prevención de blanqueo de capitales o la propia duración máxima de la financiación. Finalmente, tampoco existe el deber legal cuando la
decisión de la entidad viene motivada por un empeoramiento de las condiciones financieras (de la propia pyme o del tercero deudor cuyos
créditos cedió la pyme a la entidad).
El deber de la entidad no se agota en el simple aviso a la pyme de su decisión de poner fin o alterar las condiciones de la financiación
vigente, sino que además la entidad debe proporcionar un documento a su cliente denominado «Información Financiera-PYME» que tendrá
el contenido determinado legalmente y que permitirá a la pyme conocer toda la información existente sobre ella en la entidad y que ésta
hubiera podido compartir con la Central de Información de Riesgos o con empresas sobre información patrimonial. Esa información incluye
el historial crediticio, los movimientos financieros y, lo que es decisivo, la calificación del riesgo de la pyme. Esta calificación es determinante
para toda pyme porque le permitirá conocer la evaluación que de su solvencia tendrán normalmente las entidades de crédito, teniendo en
cuenta que dicha calificación deberá recogerse en los términos que determine un modelo-plantilla que deberá establecer el Banco de
España, al que además se le encomienda la determinación de la metodología que las entidades deberán aplicar para la elaboración de ese
informe de calidad crediticia de cada pyme. El modelo-plantilla se dice además que debe permitir trasladar esta información a la pyme
afectada de manera clara y fácilmente comprensible. La Información Financiera deberá entregarse de forma gratuita y en los diez días
hábiles siguientes a la comunicación de la finalización o reducción de la financiación. Sobre el contenido de esa documentación y la
metodología de calificación del riesgo debe tenerse en cuenta la Circular 6/2016 de 30 de junio, del Banco de España.
La trascendencia de esta nueva información es considerable. Ofrece a cualquier pyme una determinación objetiva de la valoración que su
solvencia merecerá entre las distintas entidades de crédito, lo que constituye un presupuesto útil para que la propia pyme pueda plantearse
su financiación. El derecho a recibir esta información debe constar en toda información contractual que una entidad de crédito facilite a las
pymes, siendo ese derecho irrenunciable (art. 3 Ley 5/2015). Estamos ante un deber profesional de conducta que será objeto de supervisión
y cuya infracción dará lugar al correspondiente procedimiento sancionador (art. 4 Ley 5/2015).
La Información Financiera-PYME está llamada a cumplir una función decisiva en la relación entre las pymes y las entidades de crédito. Por
eso, además de su imperativa entrega en supuestos de terminación o reducción de financiaciones en curso, toda pyme podrá solicitar esa
misma información en cualquier momento y de forma incondicionada. Ahora bien, en estos casos, el coste de elaboración y entrega de dicha
información correrá a cargo de la pyme, si bien dentro del precio máximo que el Banco de España queda habilitado para establecer. El
requerimiento del cliente deberá ser atendido en el plazo máximo de quince días hábiles.
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B. EL IMPACTO DE LA NORMATIVA EXTRAORDINARIA PARA LUCHAR CONTRA LA PANDEMIA DEL COVID-19 EN LAS
OPERACIONES BANCARIAS ACTIVAS
La normativa extraordinaria dictada para combatir la crisis del COVID-19 ha impactado, en particular, sobre la financiación del mercado
inmobiliario de muy diversas formas que podríamos clasificar de acuerdo con los siguientes criterios: los tipos de inmuebles afectados
(viviendas habituales o establecimientos empresariales), los contratos generadores de las deudas aplazadas (compraventas o
arrendamientos), los contratos bancarios superpuestos (préstamos o créditos), los deudores beneficiados por las moratorias y ayudas
públicas (consumidores o trabajadores autónomos y empresarios); y las garantías del pago de las deudas inmobiliarias aplazadas (con
garantía hipotecario o sin ella). Resumiendo estos criterios, podemos destacar dos tipos de impactos: (i) En primer lugar, en la financiación
de la vivienda habitual, articulando un sistema de moratorias de las deudas tanto de los prestatarios –consumidores o no– en los contratos
de préstamo bancario de dinero –con garantía hipotecaria y sin ella– para financiar las compraventas de viviendas habituales; como las
deudas de los arrendatarios derivadas de los alquileres nacidos de los contratos de arrendamiento; (ii) En segundo lugar, en la financiación
de los establecimientos comerciales o locales de negocio, articulando un sistema de moratorias de las deudas de los prestatarios –
autónomos y empresarios– en los contratos de préstamo bancario de dinero –con garantía hipotecaria y sin ella– para financiar las
compraventas de aquellos establecimientos o locales; como las deudas de los arrendatarios derivadas de los alquileres nacidos de los
contratos de arrendamiento.
El capítulo III del del Real Decreto-ley 8/2020, de 17 de marzo, de medidas urgentes extraordinarias para hacer frente al impacto económico
y social del COVID-19 estableció diversas medidas de garantía de liquidez para sostener la actividad económica ante las dificultades
transitorias consecuencia de la situación generada por el COVID-19. En concreto, los arts. 29 y ss. regularon una «garantía de liquidez para
sostener la actividad económica ante las dificultades transitorias consecuencia de la situación» que operaron de las maneras siguientes:
i) Primera, de forma indirecta mediante la aprobación de una línea de avales por cuenta del Estado para empresas y autónomos, que
cubriera tanto la renovación de préstamos como la nueva financiación por entidades de crédito, establecimientos financieros de crédito,
entidades de dinero electrónico y entidades de pagos. Esta financiación bancaria a las empresas con la garantía del Estado debía ir
destinada a atender sus necesidades derivadas, entre otras, de la gestión de facturas, necesidad de circulante u otras necesidades de
liquidez, incluyendo las derivadas de vencimientos de obligaciones financieras o tributarias. Y todo ello para facilitar el mantenimiento del
empleo y paliar los efectos económicos de COVID-19.
ii) Segunda, de forma directa mediante la ampliación de la capacidad de endeudamiento del Instituto de Crédito Oficial en la Ley de
Presupuestos del Estado para facilitar la liquidez adicional a las empresas, especialmente a las PYMES y a los autónomos, a través de las
Líneas de ICO de financiación ya existentes.
C. PRÉSTAMO BANCARIO
Al estudiar el préstamo mercantil hicimos referencia al préstamo bancario, caracterizado porque quien concedía el préstamo –esto es, quien
asumía la condición de prestamista– era precisamente un banco o una entidad de crédito y, según quedó indicado, tal préstamo podía
calificarse como mercantil.
Igualmente se ha de recordar que el préstamo, dentro de la actividad bancaria, se pacta como un contrato consensual, que tiene por
consiguiente un carácter bilateral, en cuanto que nacen obligaciones a cargo de ambas partes: del banco de entregar la cantidad a la que se
refiere el préstamo en la cuantía y en el momento convenido y del cliente prestatario de pagar los intereses y de devolver la cantidad
prestada de una o varias veces en el momento indicado en el contrato. Este contrato bancario de préstamo, que como se ha de ver no se
confunde con el de «apertura de crédito», asume distintas modalidades o clases, bien por tratarse de un contrato de préstamo simple o en
cuenta corriente (supuesto éste más frecuente en la práctica). También se distingue entre los que tienen una garantía de carácter real (con
garantía de bienes muebles, es decir, de prenda, generalmente de valores mobiliarios, o de inmuebles, o sea, de hipoteca) o con garantía
personal (aval o fianza de tercero).
Respecto al régimen de este contrato nos remitimos a lo indicado en relación con el contrato de préstamo mercantil.
Por otro lado, ha de indicarse que la Ley 2/1994, de 30 de marzo (modificada en numerosas ocasiones), sobre subrogación y modificación
de préstamos hipotecarios, ha pretendido facilitar a los clientes de las entidades de crédito que han obtenido préstamos con garantía
hipotecaria la amortización anticipada de esos préstamos, por medio de la subrogación de una segunda entidad financiera en la posición de
la anterior prestamista. Posibilidad de subrogación que se aplica a los contratos de préstamo hipotecario, cualquiera que sea la fecha de su
formalización y aunque no conste en los mismos esta posibilidad.
Su artículo 2 declara, con un amplio detalle, que el deudor podrá subrogar su préstamo con otra entidad financiera sin el consentimiento de la
entidad acreedora, cuando para pagar la deuda haya tomado prestado el dinero de aquélla por escritura pública, haciendo constar ese
propósito, conforme a lo dispuesto en el artículo 1211 del Cc La entidad que esté dispuesta a subrogarse en el préstamo presentará al
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deudor una oferta vinculante en la que constarán las condiciones financieras del nuevo préstamo hipotecario.
Para posibilitar la reestructuración de la deuda hipotecaria de aquellos deudores que padecen «extraordinarias dificultades para atender su
pago» se dictó el RD-l 6/2012, de 9 de marzo, de medidas urgentes de protección de deudores hipotecarios sin recursos, objeto de distintas
actualizaciones (por ejemplo, las introducidas por el RD-l 19/2022, de 22 de noviembre). El RD-l 6/2012 tiene un ámbito de aplicación
concreto pues tan solo afecta a aquellos deudores que se encuentren en el umbral de exclusión que determina su artículo 3. La norma
contiene un Código de Buenas Prácticas, al que se podrán adherir las entidades que concedan préstamos y créditos hipotecarios. También
se flexibiliza el procedimiento de ejecución extrajudicial de los bienes hipotecados, cuando éste sea la vivienda habitual del deudor.
Las medidas adoptadas en el citado RD-Ley 6/2012, se han visto modificadas y complementadas por distintas leyes posteriores para
reforzar la protección a los deudores hipotecarios, Se trata de una disposición con un amplio alcance, con medidas orientadas a la
protección del cliente. La tutela de éste no se limita al plano contractual, sino de forma particularmente intensa en el ámbito procesal.
D. LA APERTURA DE CRÉDITO
El contrato de apertura de crédito es aquel por el cual el acreditante, a cambio de la percepción de una comisión, se compromete, dentro de
los límites de cantidad y tiempo pactados, a conceder crédito al cliente, bien haciéndole entregas de efectivo o efectuando prestaciones que
permitan obtener efectivo, o que generen un deber aplazado de pago. El contrato puede efectuarse por un tiempo determinado o
indeterminado.
La apertura de crédito no es un préstamo, ni un contrato preparatorio de préstamo, sino un contrato sui generis, principal y único, cuyo objeto
es el crédito, en sí mismo, como valor económico. La jurisprudencia se ha orientado en este sentido de distinguir el contrato de préstamo
bancario del de apertura de crédito. Para diferenciar el contrato de apertura de crédito y el de préstamo debemos prestar atención al hecho
de que la apertura de crédito se caracteriza por la creación de una disponibilidad a favor del acreditado, pero ello no equivale a la
disponibilidad propia de los depósitos de efectivo, sino que debe ser entendida como la facultad otorgada al cliente de tener acceso libre al
patrimonio de la entidad acreditante para que, dentro de los límites pactados, dicha entidad efectúe prestaciones crediticias.
Interesa distinguir la fase de la disponibilidad abstracta por parte del cliente y el momento en que éste ha realizado actos de disposición
concreta.
1. En la primera de ambas fases, es decir, en la de disponibilidad abstracta por parte del cliente, la apertura de crédito obliga a la entidad
acreditante a crear una disponibilidad crediticia a favor del cliente, poniendo a su disposición hasta una determinada cantidad, sumas de
efectivo, o bien asumiendo el compromiso de llevar a cabo las prestaciones crediticias pactadas hasta que el importe total de las mismas
alcance el límite máximo pactado. La entidad acreditante hace una promesa genérica de conceder crédito, en las formas previstas: entregas
de efectivo, pago de cheques, pago de efectos domiciliados, descuento de letras, etc. Esta disponibilidad puede haberse acordado por
tiempo limitado o indefinido, y en este segundo caso, la apertura de crédito es revocable a voluntad de ambas partes.
El cliente acreditado tiene el deber de pagar la comisión pactada por el importe total de la apertura, sin tener en cuenta si ha dispuesto o no
del crédito.
2. En la fase de disposición concreta, la entidad de crédito habrá efectuado las prestaciones particulares pactadas, a medida en que el
cliente se lo haya reclamado. El cliente, una vez que ha obtenido las cantidades pedidas al banco, viene obligado a reintegrarlas en el plazo
o plazos pactados en el contrato de apertura de crédito. El banco tiene derecho a la reclamación del saldo resultante del crédito en cuenta
corriente, pudiendo cobrar el pago del crédito, en caso de incumplimiento por parte del cliente, ejecutando la garantía pactada, no otra
diferente. Además, el acreditado tendrá el deber de pagar intereses de acuerdo con la cantidad dispuesta y el tiempo durante el cual se
dispuso de ella. Estos intereses varían según las garantías y formalidades del crédito. También habrá que pagar comisiones y gastos.
El contrato de apertura de crédito se extingue por las causas en él previstas, siendo normal la del cumplimiento del contrato. Un supuesto es
de la expiración del transcurso del plazo pactado, aun cuando suele estipularse el vencimiento anticipado cuando concurren ciertas causas
debidas al incumplimiento del plazo de amortización del crédito por parte del deudor. También es frecuente, por el contrario, que se pacte la
prórroga del contrato, pero esto sólo es posible en sentido legal, afirma la jurisprudencia, si se acuerda «antes del transcurso de aquel plazo,
no después (art. 1703 del Cc)».
En el ámbito internacional, el considerable importe de las denominadas operaciones de financiación industrial obliga a utilizar técnicas que
permitan la disponibilidad de grandes cantidades de dinero y una racional división de los riesgos; por este motivo, surgieron de los
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denominados «créditos sindicados» o «créditos consorciales». Se trata de operaciones en las que aparece involucrado, como acreditante,
un conjunto de entidades (sindicato de bancos), organizado por un denominado «banco agente».
La operación subyacente puede ser cualquier contrato de crédito (así una apertura de crédito, como un préstamo, e incluso una emisión de
pagarés). Lo característico es la técnica de sindicación, que precisa la intermediación de una entidad bancaria que gestione de forma
unitaria los intereses diversos de cada una de las entidades sindicadas. Aparece así la figura del «banco agente», verdadero comisionista
nombrado por cada uno de los bancos sindicados, de acuerdo con el artículo 1731 Cc, que admite la posibilidad de un mandato conferido
por una pluralidad de mandantes; bien entendido que no es un mandato conferido por el conjunto de bancos, sino por cada uno de ellos en
particular. Este mandato colectivo conlleva un poder de representación, conferido igualmente por cada uno de los bancos, los cuales tienen
una responsabilidad mancomunada, en los términos recogidos en el contrato de crédito sindicado.
El «banco agente» es un comisionista «especial», porque el mandato mercantil que le ha sido conferido no tiene como objeto la gestión
general de todos los negocios de los bancos sindicados, sino que sólo se encarga de la gestión del crédito sindicado, y lo hace abriendo
una cuenta donde recibe las cantidades que proporcionan los bancos sindicados, y otra cuenta a favor del cliente, a donde transfiere esas
cantidades.
Además, han de señalarse otras dos notas importantes que se producen en la relación de comisión. En primer término, que el banco agente
interviene no simplemente como mandatario, sino también como entidad acreditante, de manera que puede decirse que es un mandato in
rem propriam, ya que coinciden los intereses de los bancos comitentes con los del banco comisionista en alcanzar el buen fin del contrato de
ejecución de la comisión, que no es otro que el contrato de crédito sindicado. En segundo lugar, que nos hallamos ante un mandato de
carácter irrevocable, en cuanto que el contrato de mandato es un medio necesario para obtener el buen fin del contrato de crédito sindicado;
sólo cuando concurra justa causa podrá producirse una revocación del mandato.
E. EL DESCUENTO BANCARIO
Por el contrato de descuento el banco descontante se obliga a anticipar al descontatario el importe de un crédito dinerario contra un tercero y
de vencimiento aplazado, a cambio de la detracción de un interés, y de la enajenación a favor del descontante del referido crédito, así como
de asumir el descontatario la promesa subsidiaria de restitución.
Por lo general, si los bancos o entidades de crédito descontantes quieren liquidar la inversión realizada al descontar un crédito, pueden
redescontarlo en otra entidad de crédito. El redescuento es una operación efectuada entre bancos, que tiende a regular su liquidez.
Como en el contrato de descuento, tiene lugar un anticipo de dinero por parte de la entidad de crédito descontante, cuyos intereses son
cobrados por anticipado. Este negocio jurídico se configura como un contrato de crédito. No es, por tanto, una compraventa o un negocio
traslativo carente de naturaleza contractual (un endoso o una cesión de crédito), a pesar de que sea consustancial al descuento la
transmisión del crédito al banco. Tampoco se trata de un simple préstamo. Estamos ante un contrato sui generis de crédito, porque su causa
es, además, la búsqueda de liquidez, ya que permite al cliente permutar un activo financiero (el crédito) por un activo monetario más líquido.
El descuento es un contrato consensual y bilateral. Lo primero porque –no siendo un mutuo, sino un contrato nuevo y autónomo– no hay razón
para que no se someta al principio general de consensualidad, proclamado por el artículo 1258 Cc y por el artículo 51, en relación con el 52,
del C. de c. Lo segundo porque también la entidad bancaria descontante asume obligaciones: no sólo se compromete a hacer entrega o
abono del anticipo dinerario, sino porque en todo caso se compromete a respetar el plazo que media hasta el vencimiento del crédito
descontado, así como a no violar los términos de la llamada cláusula «salvo buen fin»: no dirigirse contra el descontatario hasta que no
resulte infructuosa su tentativa de cobrar el crédito descontado. Se trata, por supuesto, de un contrato de carácter mercantil.
Pueden ser objeto de descuento créditos dinerarios contra un tercero de distinta naturaleza. Pero el descuento más frecuente es el
cambiario, cuyo objeto son los créditos incorporados a las letras de cambio y eventualmente los pagarés (el descuento del cheque, aunque a
veces admitido por nuestra jurisprudencia, es una verdadera anomalía). En este caso de descuento cambiario, la entidad descontante
adquiere también los derechos y acciones cambiarias que resulten del título, sin que tal circunstancia afecte a los derechos que ya tiene
como descontante. Sin embargo, no cabe excluir, antes, al contrario, el descuento de créditos comunes, que se lleva a cabo por medio de la
cesión de créditos, de los arts. 1526 y ss. Cc y 347 y ss. del C. de c., aunque bien entendido que el cliente descontatario tiene una obligación
de restitución si el tercero no paga, lo cual no debe confundirse con la garantía de la solvencia del deudor que pueda asumir quien cede un
crédito.
También se distingue entre un descuento comercial y un descuento financiero, según que se refieran a letras de cambio cuya provisión de
fondos consista en un crédito derivado de una operación comercial (venta de mercancías, pago de servicios, etc.), o bien de una pura
operación de crédito o financiación. La distinción tiene trascendencia porque los intereses que cobra la entidad descontante son más
elevados en el segundo caso, dado que el riesgo es mayor. Pero hay que advertir que esta distinción no es jurídica, sino económica.
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a) La primera obligación es la de efectuar el anticipo de la suma dineraria. Como el descuento es un contrato de liquidez, importa que el
cumplimiento de esta obligación sea inmediato, sin dilación. De lo contrario, cabe la posibilidad de que el retraso del banco no sea una
simple mora debitoris, sino un incumplimiento de un término esencial. La entidad descontante puede cumplir su obligación haciendo una
entrega de efectivo, o bien por medio de sustitutivos del dinero, siempre que proporcionen un grado de liquidez mayor que la propia del
crédito descontado, como activo financiero, pero lo más frecuente será que el banco efectúe un abono en cuenta del cliente.
b) Una segunda obligación del banco es de carácter negativo y con un alcance genérico; se trata de una obligación que es propia de todos
los contratos de crédito, consistente en no reclamar el anticipo antes del plazo establecido (esta obligación se tiñe, sin embargo, de las
especialidades que comporta la cláusula «salvo buen fin»).
c) Junto a estas obligaciones, el banco o entidad descontante tiene el llamado «deber de diligencia», que más que una obligación constituye
una carga, consistente en que el banco debe intentar cobrar el crédito descontado cuando venza, llevando a cabo, además, todos los actos
tendentes a que dicho crédito no prescriba ni quede perjudicado (si es un título cambiario, debe presentarlo a la aceptación, cuando fuera
necesaria, y en todo caso al cobro y, eventualmente, protestarlo). Si, como consecuencia de un comportamiento negligente, el banco o
entidad descontante omite este deber de conservación del crédito y hace que el cliente pierda cualquier derecho que pudiera haber tenido si
fuera titular del crédito, entrará en juego el artículo 1170 Cc, de forma tal que el cliente quedará liberado de toda obligación de restituir (sin
contar con que también quedará libre de las acciones cambiarias de regreso). El llamado «deber de diligencia» es, como se advierte, una
carga que pesa sobre el banco, en cuanto que si éste ha incumplido ese deber el cliente no puede exigir su cumplimiento, pero el banco
pierde todos o parte de los derechos que ostentaba contra el cliente.
a) La primera es precontractual y consiste en un deber de buena fe que le obliga a declarar verazmente al banco o entidad descontante la
naturaleza comercial, financiera o de favor, de las letras descontadas.
b) En segundo lugar, tiene una obligación que es característica del descuento: transmitir a favor del banco, de forma plena, el crédito contra
tercero. Esta transmisión no es en pago, sino para pago; por tanto, el cliente no quedará libre hasta que el tercero deudor no pague y
además lo haga válidamente. Como consecuencia de la citada transmisión, el banco o entidad descontante adquiere la titularidad del
crédito; se convierte en nuevo acreedor del tercero y, por eso, puede ejercitar todas las acciones que tutelen el crédito que ha adquirido.
c) El cliente tiene también la obligación de pagar los intereses correspondientes al anticipo. Estos intereses se perciben por anticipado,
descontándolos del nominal del crédito, por el período de tiempo que media entre la celebración del contrato y el vencimiento del crédito.
d) Importancia fundamental y caracterizadora del descuento como contrato de crédito es la obligación contractual de restitución que incumbe
al cliente de devolver la suma anticipada. Se trata de un deber contractual de restituir la suma dineraria que sólo es exigible, en principio,
cuando venza el plazo de la concesión de crédito. Lo que sucede es que, en el caso del contrato de descuento, el deber de restitución no
sólo se encuentra sometido a un aplazamiento, sino también a una condición. Y esto es, precisamente, lo que se quiere describir, de forma
harto imperfecta, con la referencia a la cláusula «salvo buen fin».
e) El cliente deberá pagar una comisión como consecuencia de la devolución al cliente de los efectos descontados, cuyo importe puede
variar de acuerdo con las actividades realizadas por la entidad de crédito descontante.
Es frecuente que el banquero sea requerido por el cliente para prestar una fianza a la que se aplicarán las normas del Código de comercio si
garantiza el cumplimiento de un contrato mercantil (v. arts. 439 y ss.). Ahora bien, las exigencias de seguridad por parte de los clientes de los
bancos (en especial en el comercio internacional) han sido cada vez más acuciantes, habiendo surgido distintas modalidades de avales o
garantías bancarias.
El banco queda obligado en los términos pactados. El afianzamiento bancario es oneroso y, por tanto, el cliente se obliga al pago de una
comisión. Estas fianzas se denominan frecuentemente «avales» y en la práctica suelen ser exigidos en relación con un creciente número de
contratos y operaciones mercantiles. A pesar de denominarse «avales», no por ello la obligación del banco necesariamente ha de ser
solidaria. La importancia de los avales bancarios se manifiesta en el ámbito del comercio internacional por medio de la aprobación y
revisión de disposiciones (impulsadas por instituciones como la CNUDMI o la CCI) destinadas a ser aplicadas para aquellas modalidades
de garantía objeto de una amplia difusión.
Es preciso hacer notar que en el tráfico internacional se vienen utilizando unas denominadas «garantías a primera demanda» o «a primer
requerimiento». Se trata de una serie de contratos de garantía que guardan cierto parecido con los créditos documentarios, diferenciándose
de ellos porque no sirven a una finalidad solutoria y porque no comportan deberes de recogida y examen de documentos –al menos con el
mismo alcance que en los créditos documentarios–. Se trata también de relaciones triangulares, en las que existe un ordenante que celebra
con el banco emisor de la garantía un contrato calificable como comisión mercantil, por el que la entidad bancaria se obliga a celebrar un
contrato de garantía «a primera demanda» con el beneficiario. De este modo, la garantía se hace abstracta e independiente, de forma que la
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relación del banco con el beneficiario, ni es accesoria, sino principal, ni es subsidiaria. Así, ni los avatares de la obligación «garantizada»
afectan al derecho del beneficiario contra el banco garante, ni es preciso un incumplimiento de la obligación del ordenante para que la
garantía pueda ser exigida.
En los últimos tiempos han aparecido y alcanzado una notable difusión las «cartas de patrocinio» o cartas de garantía, que son
declaraciones por medio de las que la sociedad matriz de un grupo de sociedades se responsabiliza, en sentido amplio, de los
compromisos asumidos por sus filiales. Normalmente son los bancos quienes reciben estas declaraciones, pero también suele ocurrir que
sea un banco quien las emita respondiendo por las obligaciones de alguna de sus filiales. La naturaleza jurídica de estas «cartas de
patrocinio» es muy discutida, principalmente porque dicho concepto comprende obligaciones de muy distinto tipo, que van desde la simple
declaración de intenciones sin valor jurídico alguno a figuras próximas al afianzamiento.
Las «cartas de patrocinio» comprenden obligaciones de muy distinto tipo marcándose la diferencia entre las llamadas «cartas fuertes» y las
«cartas débiles». Estas últimas se limitan generalmente a declarar la confianza en la capacidad de gestión de los administradores de la
sociedad que aspiran al crédito, o la viabilidad económica de la misma, sin que sirvan como fundamento para que la entidad crediticia
pueda exigir el pago del crédito a la entidad patrocinadora. Mientras que las «cartas de patrocinio fuertes» pueden encuadrarse dentro de
las categorías contratos de garantía, o como contratos a favor de terceros, o la figura tradicional del mandato de crédito, que den lugar al
hecho de que el destinatario conceda el crédito al patrocinado, lo que debe determinar el nacimiento de una obligación de garantía
encaminada a mantener indemne de los perjuicios que, como consecuencia de la «carta de patrocinio», se deriven de la concesión de
crédito al patrocinado.
A. CONCEPTO Y FUNCIÓN
A pesar de los actuales progresos en materia de transportes y comunicaciones, el tráfico de mercancías entre plazas o países distintos se
encuentra sometido a riesgos muy considerables: el desconocimiento recíproco que afecta a exportadores e importadores sobre sus
respectivas condiciones de solvencia y probidad, el sometimiento de las operaciones de importación y exportación a las disposiciones de
ordenamientos jurídicos distintos en cada uno de los países donde residen los contratantes o a través de los cuales circulan las mercancías.
Hay que tener presente que en las ventas entre plazas lejanas se suele diferir el pago del precio hasta el momento de recepción de las
mercancías; instante que no coincide con el de conclusión del contrato de compraventa, porque tales mercancías han de ser transportadas
desde el domicilio del vendedor hasta el del comprador. En consecuencia, nos hallamos frente a ventas a crédito, pero en las que falta la
confianza entre los contratantes, que temen, respectivamente, uno, que el otro no pague el precio, y éste, que el primero no le envíe la
mercancía o que ésta tenga cualquier defecto. Para evitar estos problemas se recurre a la intermediación de una entidad bancaria, la cual
habrá de asumir el compromiso de efectuar pagos en efectivo o bien aceptaciones o negociaciones de efectos contra recepción de los
documentos que representen las mercancías vendidas (se habla de cláusulas «pago contra documentos», «aceptación contra documentos»
o bien «negociación contra documentos»).
Surge así una relación «triangular» –o una superposición de relaciones jurídicas– por virtud de las cuales el comprador, que a ello se ha
comprometido en el contrato de compraventa, contrata con su banco la apertura de un crédito documentario, asumiendo la condición de
ordenante (el banco actuará como emisor del crédito documentario, porque lo emitirá y lo pondrá en funcionamiento). Por virtud de este
contrato, el banco se obliga frente al ordenante a celebrar un nuevo contrato con el vendedor (que asume la posición de beneficiario). Este
nuevo contrato aparece materializado en la emisión de un documento, denominado Carta de crédito, por el cual el banco emisor se
comprometerá a pagar, aceptar letras de cambio o negociarlas, o a autorizar a otro banco para que realice idénticas prestaciones, si el
vendedor le hace entrega de los documentos previstos en la Carta de crédito y que eran, a su vez, los que tenían el deber de entregar como
consecuencia de la compra-venta de mercancías inicial (v. gr., lo más frecuente es que haya que entregar un conocimiento de embarque –
marítimo o aéreo–, una factura consular y una póliza de seguro sobre las mercancías).
No se encuentran en nuestro ordenamiento jurídico disposiciones que regulen específicamente el crédito documentario. En el ámbito
internacional, la Cámara de Comercio Internacional ha elaborado una recopilación de usos y prácticas que se conoce como las «Reglas y
Usos Uniformes sobre Créditos Documentarios». Reglas que el 1 de julio de 2007 han actualizado su contenido, con la preocupación de
obtener una mayor claridad en su exposición, con la precisión del alcance de algunas de ellas, una mejor sistematización de las mismas, al
tiempo que ha declarado de forma más amplia su carácter dispositivo y ha reducido sus artículos de 49 a 39. Estas reglas de la Cámara de
Comercio Internacional sobre los créditos documentarios han tenido diversas versiones con la finalidad de adaptarlas a la evolución de la
práctica de los negocios especialmente bancaria. Su difusión es muy amplia en cuanto vienen siendo admitidas a nivel mundial por las
asociaciones bancarias y las de otras profesiones empresariales. El valor de estas recopilaciones es discutido. Parte de la doctrina tiende a
considerar que se trata de simples reglas que determinan unas condiciones generales de la contratación de los créditos documentarios, que
únicamente se incorporan al contrato si se adhiere expresamente el cliente del banco a ellas.
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Para analizar el contenido de estas operaciones es preciso diferenciar entre las distintas relaciones jurídicas que median entre los
participantes.
Poco diremos sobre ella; se trata de un contrato de compraventa, o suministro, o negocio similar, en su modalidad «de plaza a plaza» y «con
expedición», a la que se añade la cláusula «pago por crédito documentario» que impone una obligación adicional al comprador: éste tiene el
deber de pagar el precio de la mercancía precisamente contratando con un banco la emisión del crédito documentario.
En cumplimiento de la cláusula antes citada, el comprador asume el encargo de contratar con un banco la apertura del crédito documentario.
El comprador asume la figura de ordenante y, como se ha dicho, celebra este contrato, que tiene la naturaleza de contrato de comisión, del
que surgen diversas obligaciones. El ordenante se obliga a dar instrucciones precisas al banco, porque el crédito documentario se rige por
el principio del «cumplimiento estricto». Se trataría de una «comisión imperativa», donde nada o muy poco se deja a la iniciativa del banco.
De ahí que las Reglas Uniformes exijan del ordenante un detalle minucioso de las instrucciones dadas al banco, que deben ser completas y
precisas. También debe el ordenante hacer la oportuna provisión de fondos a la entidad bancaria, si bien ya sabemos que esto es sólo una
carga. Eventualmente, si el banco se compromete a anticipar los fondos o asumir un compromiso sin previa provisión, la carga se puede
convertir en verdadera obligación contractual. Otro deber del ordenante es retirar los documentos una vez recibidos por el banco y, por fin,
debe satisfacer al banco emisor el premio o comisión por el servicio prestado.
El banco emisor, a su vez, se obliga a abrir el crédito documentario a favor de la persona indicada por el ordenante (es decir: a favor del
beneficiario). Este deber, en el crédito irrevocable, se traduce en la obligación de celebrar con el beneficiario el contrato de «Carta de
crédito» (el documento denominado «Carta de crédito» sirve para comunicar al beneficiario la apertura del crédito por el ordenante y permite
concluir el contrato del beneficiario con el banco). El banco se obliga, también frente al ordenante, a recibir los documentos y examinarlos,
dentro de un plazo razonable, con la debida diligencia. El deber de examen del banco se reduce exclusivamente a los documentos, sin
extenderse nunca a las mercancías ni al cumplimiento del contrato de compraventa. Se trata de un examen formal, que consiste en
comprobar que los documentos están completos; es decir, que están todos y cada uno de los que fueron previstos, sin que el banco sea libre
para rehusar aquellos que le parezcan superfluos. También que, desde el punto de vista de sus requisitos formales, los documentos son
correctos, congruentes entre sí y que están conformes con las instrucciones que le diera el ordenante.
Tradicionalmente las Reglas venían recogiendo la posibilidad de que el crédito podía ser revocable, lo que implicaba, en definitiva, que el
banco no asumía obligaciones frente al beneficiario y originaba una situación poco aceptable en la práctica, por lo que su difusión era
escasa. Seguramente por ello, la nueva versión de las normas de la CCI ha dejado al margen esta posibilidad, que, no obstante, al menos en
línea teórica, ha de admitirse que pudiera encontrar su apoyo en la autonomía de la voluntad.
Por estas razones, la nueva formulación de las Reglas sobre créditos documentarios ha acogido la solución de entender que el crédito tiene
como una característica natural el ser irrevocable. Ha de entenderse, por tanto, que el banco con la concesión del crédito asume un
compromiso directo y en firme frente al beneficiario. En efecto, el banco estará obligado bien a aceptar letras de cambio giradas a su cargo
por el beneficiario (u otra persona que él designe), o bien a negociar las letras que éste le presente, o simplemente a efectuar pagos en
dinero. El banco ha de realizar la prestación al beneficiario cuando le haya entregado todos los documentos descritos en la carta de crédito.
Suele intervenir en la relación entre el banco emisor y el beneficiario un segundo banco que se encuentra en el país del beneficiario, banco
que se encarga por cuenta del banco emisor de comunicar al beneficiario la apertura del crédito y, en ocasiones, de examinar los
documentos que éste ha de entregar y pagarle el importe del crédito en las condiciones indicadas en la Carta de crédito. Este segundo
banco, si el crédito es irrevocable, puede además «confirmar» el crédito asumiendo el compromiso firme (adicional al del banco emisor) de
pagar al beneficiario el crédito una vez que presente los documentos requeridos.
Las Reglas Uniformes definen el crédito transferible como aquel por el que el beneficiario tiene derecho de dar instrucciones al banco
designado para efectuar el pago o la aceptación, o a cualquier banco facultado para efectuar la negociación, para que el crédito pueda ser
utilizado, en todo o en parte, por uno o más terceros. Estos últimos, a los que se denomina «segundos beneficiarios», suelen ser los
proveedores del primer beneficiario, de forma que la transferencia del crédito sirve como medio de pago a estos proveedores.
Para que el crédito sea transferible ha de haber sido emitido con esta condición, a no ser que por acuerdo de todos los interesados se le
atribuya posteriormente la nota de transferibilidad (el formalismo es extremo, ya que sólo cabe la expresión «transferible», y no otras como
«cedible», «transmisible», «fraccionable», etc.). Pero las Reglas Uniformes fijan otro límite: sólo puede ser transferido una vez, salvo pacto
expreso en contrario.
La transferencia, plasmada en la emisión de una segunda carta de crédito, no extingue la relación de carta de crédito original entre el banco
emisor y el primer beneficiario. Por eso, si los segundos beneficiarios no utilizan el crédito dentro del plazo, el primero puede utilizarlo para
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sí. Además, el primer beneficiario siempre tendrá derecho a la parte de la suma que constituye el importe del crédito y que los segundos
beneficiarios no hayan utilizado.
La hipótesis normal es que la apertura se extinga por el cumplimiento de las obligaciones respectivas. Por otro lado, como el crédito es
concedido por un tiempo determinado, si en ese plazo no se cumplen las condiciones reseñadas, también se extinguirá la apertura. También
podrá cancelarse el crédito en el supuesto de que se produzca una renuncia expresa a su cobro por parte del beneficiario.
Tradicionalmente, la banca (y en general las entidades de crédito) han tenido un papel preponderante en la intermediación en el mercado de
valores, prestando numerosos servicios a las sociedades emisoras y a los inversores, bien directamente o bien a través de sociedades
filiales. La LMV, en su redacción original de 1988, reconoció a las entidades de crédito la capacidad para realizar la mayoría de las
actividades de intermediación típicas de aquel mercado, si bien no les permitía ser miembros de las Bolsas de Valores. La reforma
introducida en la LMV para incorporar la Directiva 93/22/CEE, sobre servicios de inversión, supuso el reconocimiento de la plena capacidad
operativa de las entidades de crédito en el mercado de valores, «siempre que su régimen jurídico, sus estatutos y su autorización específica
les habiliten para ello», permitiendo, en particular, el acceso de las mismas a la condición de miembros de las Bolsas.
Por lo anterior, dentro de la categoría de los servicios bancarios o contratos neutros desde el punto de vista crediticio, se distingue un
conjunto homogéneo de contratos bancarios del mercado de valores, que comprende aquellos que las entidades de crédito pueden prestar
por estar autorizadas por el artículo 128.3 LMV. Autorización que comprende los servicios de inversión y sus actividades complementarias
previstas en los artículos 125 y ss. LMV y que recaen sobre los valores negociables e instrumentos financieros regulados en el artículo 2 de la
propia LMV. Se trata de los servicios de recepción, transmisión y ejecución de órdenes de compraventa o suscripción de valores e
instrumentos financieros, de gestión de carteras, de mediación y aseguramiento de las emisiones y ofertas públicas de venta de valores, de
depósito y administración de los mismos, etc. Debe tenerse en cuenta que esta categoría de contratos comparte una serie de características
comunes, porque las entidades de crédito, en su ejecución, deben respetar las disposiciones de la LMV y de sus normas de desarrollo. Las
entidades de crédito al poder realizar todas las funciones de las empresas de servicios de inversión, pueden ser miembros de los mercados
secundarios oficiales de valores, pudiendo actuar en ellos por cuenta propia o bien por cuenta de sus clientes, debiendo de cumplir, además
de las normas relativas al funcionamiento de los mercados financieros, las relativas a las llamadas «normas de conducta y de relación con la
clientela».
Los contratos bancarios del mercado de valores se pueden desarrollar bien en el ámbito del mercado primario de valores, bien en los
mercados secundarios oficiales de valores, o bien en ambos mercados indistintamente. De entre ellos, haremos especial referencia a los
siguientes:
a. Los contratos bancarios de mediación en las emisiones y ofertas públicas de venta de valores
Según hemos visto, las entidades de crédito pueden desarrollar los servicios y actividades previstas en el artículo 125 LMV, entre los que se
encuentran la recepción y ejecución de órdenes de los clientes sobre instrumentos financieros, la gestión individualizada de carteras de
inversión, la negociación por cuenta propia y la colocación de instrumentos financieros, el aseguramiento de la emisión de esos
instrumentos, el asesoramiento en materia de inversión y otros servicios auxiliares. De tal modo que puede hablarse de los siguientes
contratos bancarios, en atención a las prestaciones reglamentariamente previstas: 1) De colocación, cuando la entidad de crédito medie, por
cuenta del emisor u oferente, en la distribución al público de los valores. 2) De dirección, cuando la entidad de crédito reciba un mandato del
emisor u oferente para preparar la colocación de los valores y organizar todas las operaciones necesarias para la realización de la emisión u
oferta. 3) De coordinación, cuando la entidad de crédito reciba el encargo de controlar el estado y evolución de la demanda de valores y de
coordinar las actividades de las distintas entidades aseguradoras y colocadoras que intervienen en la emisión u oferta, a las que
representará en sus relaciones con el emisor u oferente. 4) De aseguramiento, cuando la entidad de crédito «asuma, frente al emisor u
oferente, el compromiso de garantizar el resultado económico de la operación frente al riesgo de colocación».
Entre los servicios de inversión que pueden prestar las entidades de crédito se encuentra el de «gestión discrecional e individualizada de
carteras de inversión con arreglo a los mandatos conferidos por los inversores» [art. 125. d) LMV]. Se trata de un servicio bancario de
importancia creciente ante la complejidad del mercado de valores y el crecimiento del porcentaje de los patrimonios familiares invertido en
valores. El servicio indicado se instrumenta jurídicamente a través del contrato de gestión de carteras de inversión, que es un contrato
mercantil por el que una empresa de servicios de inversión o una entidad de crédito administra de forma individualizada (frente a la gestión
colectiva que desarrollan las Instituciones de Inversión Colectiva) un conjunto de valores negociables o instrumentos financieros por cuenta y
encargo de su titular, quien se obliga a remunerar tal servicio. La propia individualización de la gestión ha llevado a que, tanto en nuestro país
como en los de nuestro entorno, haya existido tradicionalmente una amplia gama de servicios de gestión de carteras prestados por la banca,
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que van desde la denominada «gestión asesorada» hasta la «gestión discrecional». Esta última modalidad es la que se corresponde con el
servicio de inversión previsto en la LMV, mientras que la gestión asesorada puede calificarse como un servicio auxiliar (art. 126).
El contrato de gestión de carteras de inversión suele celebrarse de forma coordinada con otros dos contratos bancarios accesorios de
depósito del dinero y de los valores e instrumentos financieros que integran la cartera de inversión administrada. En virtud de este contrato, la
entidad de crédito gestora asume el deber de administrar la cartera de inversión, informar periódicamente a su titular de la evolución de sus
gestiones y rendir cuenta final del conjunto de las mismas. Se trata de una obligación de medios que la entidad gestora debe desarrollar
conforme a un criterio de diligencia profesional cumpliendo las normas de actuación generales en el mercado de valores. La doctrina
jurisprudencial se ha mostrado especialmente severa al exigir la diligencia de los bancos gestores de carteras en lo relativo a sus
obligaciones de estar informados del perfil del riesgo de sus clientes, así como del deber de informar a éstos de los riesgos inherentes a los
instrumentos financieros que adquieren para sus carteras. Se ha de advertir que el desarrollo de este contrato bancario viene influido
poderosamente, en la práctica, el contenido necesario que resulta de normas reglamentarias.
Tradicionalmente, los valores mobiliarios se han entregado por sus titulares a la banca para que los custodie, dando lugar así al depósito de
títulos o valores que se configura por el artículo 308 C. de c. como un depósito administrado en atención al carácter fructífero de los bienes
depositados. Por ello, el depositario se ha visto vinculado no sólo por el deber principal de custodia, sino también por la obligación
accesoria de administrar los valores depositados. La LMV y sus sucesivas modificaciones ampliaron de forma notable las posibilidades de
las entidades de crédito en esta materia, que superan las tradicionales de depósito y administración de valores. Tareas que, por supuesto
continúan realizando, pero a ellas se han unido otras. Sin poder enumerar todas ellas, las entidades de crédito pueden prestar diversos
servicios a su clientela como los del asesoramiento en materia de inversión, la custodia y administración por cuenta de clientes de los
instrumentos financieros previstos en el artículo 2 de la LMV, cuya variedad es extremadamente amplia, la elaboración de informes de
inversiones y de análisis financieros u otras formas de recomendación general relativa a las operaciones sobre instrumentos financieros.
Las entidades de crédito, como las empresas de servicios de inversión, han de resolver en forma adecuada los posibles riesgos y conflictos
de interés entre ellas y sus clientes, o los que puedan surgir entre los distintos clientes (art. 198 LMV). El RD 217/2008, de 15 de febrero
(objeto de posteriores modificaciones) desarrolla el régimen jurídico de las empresas de inversión, que afecta en buena medida a las
entidades de crédito. Así esta disposición incorpora en su capítulo I del título II gran parte del articulado de la Directiva 2006/73/CE de la
Comisión europea, de 10 de agosto de 2006, que regula con amplio detalle las exigencias de organización que han de cumplir las empresas
de servicios de inversión y, por consiguiente, entidades de crédito cuando desarrollen esas actividades a los efectos de gestionar sus
conflictos de interés, de delegar funciones esenciales y servicios de inversión en terceros, de mantener registros de sus actividades y
operaciones, de controlar las operaciones personales de sus empleados o proteger los fondos y los instrumentos financieros de sus clientes.
Es un contrato por el que el cliente, mediante el pago de un determinado canon, dispone del uso de una caja fuerte –normalmente
incorporada al edificio del banco y vigilada por éste– para guardar en ella ciertos objetos. Cajas que deben estar situadas en locales que
ofrezcan ciertas garantías de seguridad, al disponer de medios de vigilancia y otras características.
La caja tiene generalmente una cerradura que ha de abrirse con una doble llave, una de ellas está en posesión del cliente y otra del banco.
Éste debe consentir al cliente el uso y goce de la caja de manera que a determinadas horas pueda introducir o retirar los objetos que desee
(siempre que se trate de cosas como dinero, piedras preciosas, etc., consentidas por las condiciones del contrato). Pero estas cosas no son
recibidas por el banco, pues no se le entregan. El banco se compromete a custodiar la caja, defender la integridad de su cierre y limitar el
manejo de la misma a la persona del cliente. De esta manera sólo en una forma indirecta custodia el contenido. El banco responde de la
conservación íntegra de la clausura de la caja alquilada.
Desde la perspectiva del cliente, se plantea un grave problema respecto a la prueba y determinación del daño sufrido en caso de robo o
destrucción de la caja fuerte, ya que el secreto en la utilización de la caja por su parte no consiente al banco verificar la exactitud de la
alegación del cliente sobre su contenido. Por lo que, como decimos, la prueba del daño por parte del cliente no resulta fácil. Salvo acuerdo
de las partes, los tribunales han de determinar, según las circunstancias del caso, la cuantía del daño. Esta dificultad ha dado lugar a
sentencias dispares, desde no hacer responsable al banco si no ha existido fuerza mayor y no se prueba por el cliente la existencia de
objetos depositados en la caja, a limitar esa responsabilidad, ante la insuficiencia de la prueba del cliente, a los indicios aportados por el
banco, o en el caso de robo perpetrado a la entidad de crédito, el establecer esa limitación a la cantidad ofrecida por la entidad derivada del
contrato de seguro que haya concertado.
El cliente, además de pagar el canon del alquiler de la caja, ha de usarla de una forma diligente, destinándola al uso pactado (art. 1555 Cc).
Este contrato se considera como un arrendamiento al que se añaden ciertos elementos del depósito, si bien parte de la doctrina abandona
estas categorías para decir que es un contrato sui generis.
Con frecuencia las entidades de crédito son requeridas por sus clientes con el objeto de obtener informaciones sobre la solvencia y la
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seriedad comercial de ciertas personas. Hemos de partir, por un lado, del deber de secreto de las entidades de crédito, limitado entre otros
aspectos por las informaciones que ha de suministrar a las autoridades y, por otro, del alcance de la posibilidad de suministrar los datos que
le sean requeridos por su clientela sobre otras personas.
Ha de tenerse en cuenta, que pesa sobre el banco el deber de secreto respecto a los datos reservados que conozca de sus clientes. Deber
de secreto que, fundado tradicionalmente en un uso bancario, mereció expreso legislativo en alguna norma que cabe entender derogada,
aunque ello no descarte la vigencia de ese deber. El deber consiste en algo elemental: las entidades de crédito no deben dar a conocer a
terceros cuanta información tienen sobre sus clientes.
Este deber de secreto no afecta a las informaciones que el banco debe suministrar por así exigirlo una norma legal. Así estará obligado a
facilitar información frente a las autoridades públicas de supervisión de su actividad, o a la Hacienda pública (arts. 93 a 95 de la Ley General
Tributaria). Tampoco afecta el deber de secreto a los intercambios de información entre las entidades de crédito pertenecientes al mismo
grupo.
La información que por esta causa han de suministrar los bancos se realiza de manera especial, por medio de la «Central de Información de
Riesgos» (CIR) gestionada por el Banco de España. Las entidades de crédito declarantes pueden obtener informes de los riesgos de las
personas físicas o jurídicas, aun cuando tengan la consideración de Administraciones públicas, que se encuentran registrados en la CIR,
siempre que esas personas hayan requerido préstamos o créditos u otras operaciones de riesgo de una entidad de crédito, todo ello con el
respeto a la Ley 15/1999 de protección de datos de carácter personal. También la persona que sea titular de un riesgo podrá acceder a la
información que le afecte.
Es frecuente que los clientes de las entidades de crédito soliciten a éstas determinadas informaciones sobre la solvencia comercial de otras
personas, bien pertenezcan a la clientela de la entidad o sean ajenas a ella.
Las informaciones que pueden proporcionar las entidades de crédito se ven limitadas, por supuesto, por el ámbito de su deber de secreto.
Al margen de esos límites, podrán suministrar las informaciones de carácter general que le sean solicitadas, que han de procurar que sean
exactas, las cuales se ven limitadas, además, en el caso de que se trate de un propio cliente por la relación de clientela que se basa en la
confianza mutua. Si la información se refiriese a terceras personas, el banco puede actuar con una relativa mayor libertad, siempre con
respeto a la exactitud y prudencia profesional. Módulo de actuación que ha de regir tanto en beneficio del cliente solicitante de la información,
como del tercero. En el supuesto de que proporcione informaciones inexactas que puedan ser dañosas para el cliente o bien para el tercero,
será responsable frente a éstos, ya sea, respecto al cliente sobre la base de una responsabilidad contractual, o bien extracontractual con
relación a terceros. Parece claro que tal responsabilidad no ha de surgir cuando la información se reduzca a proporcionar una copia de las
cuentas anuales hechas públicas por un empresario.
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