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Contratos de Comisión y Publicidad en Comercio

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Principios de Derecho Mercantil. Tomo II. 28ª ed.

, diciembre 2023, Editorial Aranzadi

Capítulo 7

Los contratos de comisión, los publicitarios y los de distribución

SUMARIO: I. CONCEPTO Y FORMACIÓN DEL CONTRATO DE COMISIÓN. A. Concepto del contrato y formas de actuar del comisionista. a.
Noción y función del contrato de comisión. b. Formas de actuar del comisionista. B. Formación del contrato. II. EFECTOS DEL CONTRATO. A.
Obligaciones del comisionista. a. Ejecución de la comisión. b. Rendición de cuentas. c. Caso de la llamada comisión de garantía. d. Prohibición
de autoentrada del comisionista. e. Sustitución del comisionista y subcomisión. B. Obligaciones del comitente. a. Pago de comisión. b. Abono de
gastos y desembolsos efectuados por el comisionista. c. Derechos de retención y preferencia del comisionista. III. COMISIÓN DE TRANSPORTE.
A. Agencias de transportes. B. Agencias de viajes. IV. EXTINCIÓN DEL CONTRATO DE COMISIÓN. V. LOS CONTRATOS PUBLICITARIOS. VI.
CONTRATO DE AGENCIA. A. Noción y régimen. B. Notas características. C. Obligaciones de las partes. a. Obligaciones del agente. b.
Obligaciones del empresario principal (o comitente). D. Extinción del contrato. a. Causas de extinción. b. Indemnización a cargo del empresario. c.
Acuerdo de las partes sobre la cuantía de la indemnización. E. Prescripción. VII. EL CONTRATO DE CONCESIÓN MERCANTIL Y EL DE
FRANQUICIA. A. Contrato de concesión. a. Noción y función. b. Contenido del contrato. c. Extinción del contrato. B. Contrato de franquicia. VIII.
EL CONTRATO DE MEDIACIÓN O CORRETAJE. IX. EL CONTRATO DE «FACTORING». A. Noción y funciones. B. Obligaciones de las partes.

I. CONCEPTO Y FORMACIÓN DEL CONTRATO DE COMISIÓN

A. CONCEPTO DEL CONTRATO Y FORMAS DE ACTUAR DEL COMISIONISTA

a. Noción y función del contrato de comisión

Tradicionalmente este contrato ha servido como medio útil para la colaboración de dos comerciantes, en particular para que uno encargara a
otro la compra o la venta de unas mercancías en plaza distinta, en la que el comerciante que había recibido el encargo, denominado
comisionista, lo realizaba usando su propio nombre, es decir, callando el del comerciante del que había recibido la orden de comprar o de
vender, denominado comitente. Diversos Códigos europeos han recogido esta figura del contrato de comisión como el mandato de comprar
o de vender determinados bienes por cuenta del comitente, actuando el comisionista en su propio nombre.

El C. de c. vigente, apartándose de esa orientación y seguramente porque el Código de 1829 centraba su atención en la figura del
comisionista que ejercitaba una actividad de gestión de toda clase de actos de comercio por cuenta ajena, dio al contrato de comisión una
gran amplitud, no sólo porque basta con que una de las partes contratantes sea comerciante, sino también porque el acto que ha de realizar
quien ha recibido el encargo –es decir, el comisionista– puede ser no ya sólo una compra o una venta, sino en general cualquier «acto u
operación de comercio» (art. 244).

Quien recibe el encargo (es decir, el comisionista) se considera como un mandatario, pues el contrato de comisión no es sino un mandato
mercantil, y la actividad que ha de realizar ha de ser jurídica, esto es, un trabajo cualificado y no cualquier tipo de actividad.

La comisión es un contrato intuitu personae, fundado, como el mandato, en la mutua confianza entre los contratantes. Por todo lo cual
podemos definir el contrato de comisión como el mandato en virtud del cual el mandatario (llamado comisionista) se obliga a realizar o a
participar en un acto o contrato mercantil por cuenta de otra persona (comitente).

b. Formas de actuar del comisionista

La circunstancia de que dentro de nuestro Ordenamiento el apoderamiento tenga un régimen jurídico que se mezcla con el del mandato se
refleja de igual manera en el propio C. de c., que admite que el comisionista pueda actuar con poder de representación directa o sin él.

En efecto, el comisionista en el negocio de realización de la comisión puede actuar de dos formas: en nombre propio o en el de su comitente
(art. 245). Naturalmente, siempre actúa por cuenta de éste. Los efectos que se producen son los siguientes:

1. Si actúa el comisionista en nombre propio no hay representación directa y, en consecuencia, se establecen relaciones directas entre el
comisionista y el tercero, y no entre éste y el comitente. Siguiendo esta línea de pensamiento, el Código declara que el comisionista en este
caso es quien adquiere los derechos frente a los terceros con los que contrata, y éstos, a su vez, adquieren los derechos contra el
comisionista (art. 246) y si plantea un procedimiento sólo a él ha de afectarle en principio lo que en él se resuelva, si bien han de quedar a
salvo siempre las obligaciones y derechos «que, respectivamente, correspondan al comitente y al comisionista entre sí» (art. 246, en su frase
final). Sin embargo, como el comisionista obra siempre por cuenta del comitente –o si se quiere, en interés de éste–, ha de estimarse que en
el caso de que haya adquirido unas mercancías, las ha adquirido no para él, sino para el comitente, por lo que en caso de concurso del
comisionista deberán separarse los bienes de la titularidad de aquél (art. 239 LCon). Las consecuencias económicas de la operación deben
imputarse al comitente, en cuanto el comisionista, aun cuando obró en su nombre, lo hizo por cuenta del aquél.

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2. Si el comisionista actúa en nombre del comitente se producen los efectos de la representación directa y, por consiguiente, el comitente
adquiere los derechos frente a los terceros y éstos contra él. El comisionista, en principio, permanece extraño a estas relaciones. Pero si no
existe tal comitente, o cuando éste niega la comisión, será el comisionista quien responda frente a los terceros. Sin embargo, se libera de
esta responsabilidad si el comisionista prueba la comisión y entonces responde el comitente (art. 247).

B. FORMACIÓN DEL CONTRATO

Se trata de un contrato consensual que, por tanto, se perfecciona por el mero consentimiento, el cual puede manifestarse en forma expresa o
tácita.

El C. de c. contiene un precepto que se refiere a la aceptación tácita y que tiende a facilitar la perfección del contrato, pues el artículo 249
presume que se entiende aceptada la comisión siempre que el comisionista ejecute alguna gestión en el desempeño del encargo que se le
hizo.

Por otro lado, el Código, además de facilitar la formación del contrato en la forma que acabamos de ver, impone algunos deberes a aquellos
que no quieren aceptar la comisión, esto es, a aquellos a quienes se ofrece realizar una comisión y rehúsan. Estos deberes no son
contractuales, porque el contrato no existe, sino legales, y consisten en la obligación de comunicar al comitente por el medio más rápido
posible la no aceptación del encargo y en la de custodiar con la debida diligencia los efectos que el comitente le hubiera remitido, debiendo
en su caso depositarlos judicialmente (art. 248, que fija también la sanción de indemnización de daños y perjuicios en el caso de que se
incumplieren esos deberes).

II. EFECTOS DEL CONTRATO

A. OBLIGACIONES DEL COMISIONISTA

a. Ejecución de la comisión

El comisionista ha de cumplir la comisión aceptada, pero, sin embargo, tiene la facultad de suspender esta ejecución hasta que no reciba la
oportuna provisión de fondos, salvo que se hubiere comprometido a anticiparlos (arts. 250 y 251). El comisionista que, sin causa legal,
incumpla la comisión aceptada o empezada a evacuar, será responsable de todos los daños que por ello sobrevengan al comitente (art.
252).

La relación que liga al comitente y comisionista se nutre de confianza y por eso debe considerarse a la comisión como un contrato celebrado
intuitu personae. En la ejecución de la comisión, el comisionista ha de actuar con la debida diligencia, sujetándose a las instrucciones
recibidas del comitente y consultando en lo no previsto, sin que deba en ningún caso proceder contra disposición expresa del comitente
(arts. 254, 255 y 256). Esta obligación se verá modulada según los términos en los que el comisionista haya recibido el encargo, que pueden
ser más o menos precisos, e incluso el comitente puede autorizarle para «obrar a su arbitrio», pero ha de actuar con prudencia y conforme al
uso del comercio (art. 255.2). El comisionista ha de defender los intereses del comitente como propios, y debe desempeñar el encargo
personalmente, si bien podrá utilizar bajo su responsabilidad a sus dependientes según la costumbre general del comercio (arts. 255.2.º y
261).

El comisionista, salvo que estuviera autorizado por el comitente, no ha de vender a plazos o concediendo crédito al tercero comprador (art.
270). El comisionista ha de comunicar frecuentemente al comitente las noticias que interesen al buen éxito de la negociación, participándole
rápidamente los negocios que hubiere celebrado (art. 260).

b. Rendición de cuentas

El comisionista está obligado a rendir cuenta especificada y justificada de las cantidades que percibió para la comisión, reintegrando al
comitente el sobrante (art. 263). Los riesgos del dinero que tenga el comisionista en su poder serán de su cuenta (art. 257).

También debe devolver las mercancías que no hayan sido vendidas. En general, el comisionista responde de las mercancías que tenga en su
poder, que ha de conservar en el estado en que las recibió, si bien no responde cuando la destrucción o el menoscabo no se deba a culpa
propia (arts. 265 y 266).

c. Caso de la llamada comisión de garantía

Por regla general, el comisionista no responde frente al comitente del cumplimiento por el tercero del contrato que ha concertado con él. Esto
implica un riesgo para el comitente, que se intenta eliminar con la llamada comisión de garantía, que establece una responsabilidad personal
del comisionista con relación al cumplimiento por parte del tercero de su obligación (v. gr., si el tercero ha adquirido unas mercancías
vendidas por el comisionista, éste garantiza al comitente que aquél pagará su importe).

La comisión de garantía puede pactarse por las partes (el art. 272 prevé sólo el pacto para el caso de la comisión de venta, pero puede

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extenderse a los demás supuestos) o bien derivar de los usos mercantiles. También puede imponerse por la ley, como sucedió anteriormente
en relación con la contratación en los mercados de valores.

En virtud de la comisión de garantía el comisionista asume una responsabilidad igual a la que tiene el tercer contratante, de manera que si
éste no cumple su obligación, el comitente puede dirigirse contra él o bien contra el comisionista exigiéndole el cumplimiento (se dice que la
posición del comisionista se asemeja a la del avalista en la letra de cambio).

El comisionista en el caso de comisión de garantía normalmente tiene derecho a percibir una remuneración más elevada (así se prevé en el
art. 272, que habla de percibir el comisionista junto a la comisión ordinaria otra, llamada «de garantía»).

d. Prohibición de autoentrada del comisionista

La realización del encargo recibido por el comisionista entraña normalmente la participación de un tercero (v. gr., A encarga a B vender unas
mercancías y lo hace a C). Sin embargo, cabe la posibilidad de que se produzca la autoentrada del comisionista cuando ese negocio de
realización lo efectúe consigo mismo (en el ejemplo anterior es el propio B el que compra las mercancías que le habían encargado vender).

El C. de c., ante el peligro que entraña que el comisionista sobreponga el interés personal al de su comitente, adopta una postura de
desconfianza ante la autoentrada con relación a la comisión de compra y venta, ya que prohíbe al comisionista, salvo que tenga licencia del
comitente, que compre «para sí ni para otro lo que se le haya mandado vender, ni venderá lo que se le haya encargado comprar» (art. 267).
Al margen de que pueda constituir un supuesto de incumplimiento contractual, la autoentrada del comisionista puede dar lugar a un supuesto
de competencia desleal.

Esta prohibición comprende tanto la autoentrada propiamente dicha –es decir, cuando el comisionista compra o vende «para sí»– como la
situación en la que el comisionista tiene dos encargos diversos, esto es, que compre para un comitente lo que otro le haya mandado vender.

e. Sustitución del comisionista y subcomisión

El artículo 261 C. de c., tras indicar que el comisionista desempeñará por sí los encargos que reciba, prohíbe delegarlos sin previo
consentimiento del comitente, al no estar de antema no autorizado para hacer la delegación, respondiendo el comisionista de los daños y
perjuicios que puedan derivar del incumplimiento de esa prohibición. Criterio que no se compagina con la objetivación de los contratos
mercantiles y que contrasta con el seguido por el art. 1721 del Cc, que consiente al mandatario nombrar sustituto si el mandante no se lo ha
prohibido.

El supuesto de sustitución no coincide exactamente con el de la subcomisión. En este caso, el comisionista contrata con otra persona la
realización de la totalidad o parte del encargo (v. gr., una sociedad gestora que recibe el encargo de su cliente de vender unos valores y
contrata con una sociedad de Valores y Bolsa que realice esa venta). En la subcomisión el comisionista celebra un nuevo contrato de
comisión con un tercero, que aparece como subcomisionista, mientras que el comisionista originario es subcomitente. Ese comisionista
mantiene respecto al comitente originario su posición, ya que el contrato de comisión primitivo no se ve afectado. Esta figura del contrato de
subcomisión –que puede originar algunas dudas de su validez, dados los términos del art. 261– ha sido admitida justamente por algunas
sentencias del Tribunal Supremo.

B. OBLIGACIONES DEL COMITENTE

a. Pago de comisión

La actividad que ha de desarrollar el comisionista se entiende que es remunerada. El artículo 277 C. de c. establece que el comitente está
obligado a abonar al comisionista el precio de comisión, salvo pacto en contrario. Faltando pacto expreso sobre la cuota que le
corresponde, se fijará ésta con arreglo al uso y práctica mercantil de la plaza donde se cumpliere la comisión.

El artículo 277, de carácter dispositivo, no se pronuncia sobre el momento en que nace en favor del comisionista el derecho a la comisión. En
la práctica usual, cuando el contrato de comisión es de duración, de forma que el comisionista realiza operaciones sucesivas en el tiempo, la
comisión se devenga no ya cuando el contrato de realización se ha perfeccionado, sino cuando se ha ejecutado correctamente. Esta
práctica usual se formula frecuentemente por medio de la llamada cláusula «salvo buen fin».

b. Abono de gastos y desembolsos efectuados por el comisionista

El artículo 278 indica que el comitente estará asimismo obligado a satisfacer al contado al comisionista, mediante cuenta justificada, el
importe de todos los gastos y desembolsos; esta obligación comprende el pago por el comitente del interés legal desde el día en que
hubiere hecho esos gastos y desembolsos hasta su total reintegro. El comitente, en el supuesto de que el comisionista haya actuado en
nombre propio en el negocio de realización de la comisión (esto es, en la forma prevista por el art. 246), deberá aceptar todas las
consecuencias de la comisión, de manera que su realización no debe tener consecuencias gravosas para el comisionista si ha actuado
diligentemente, ya que el riesgo del impago del tercero está a cargo del comitente (art. 253).

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c. Derechos de retención y preferencia del comisionista

Los créditos del comisionista frente al comitente por su derecho a percibir la comisión y a que se le abonen los gastos y desembolsos
efectuados se encuentran protegidos de la siguiente forma:

a) Mediante un derecho de retención de las mercancías o efectos que estén en su poder, o que se hallen a su disposición si están en
posesión de un depositario o porteador (art. 276, núm. 1 y párr. final).

b) Por medio de un derecho a ser pagado con el importe de las mercancías vendidas con preferencia a todos los acreedores, salvo el caso
del porteador (v. núm. 2 del art. 276, en relación con el art. 375 sobre el derecho preferente del porteador). Se entiende que el comisionista
está autorizado a deducir de la cantidad que ha de entregar al comitente por los géneros vendidos el importe de las cantidades que éste le
adeuda.

Para gozar de la preferencia que el Código confiere al comisionista será condición necesaria –dice el art. 276, en su párrafo final– que los
efectos se encuentren en su poder, o que se hallen a su disposición en depósito o almacén público, o en manos de un porteador, siempre
que el comisionista haya expedido a su nombre la mercancía y tenga el documento del transporte firmado por el encargado de hacerlo.

III. COMISIÓN DE TRANSPORTE

Es aquella en la que el negocio de realización de la comisión es la conclusión de un contrato de transporte.

El comisionista de transporte suele dedicarse de manera profesional y en forma exclusiva a la realización de estos contratos, y a alguna
actividad accesoria. En ocasiones el comisionista tiene medios propios y es, al mismo tiempo, transportista o porteador. Pero limitándonos
a los que reciben el encargo de concertar un contrato de transporte por cuenta de otros, hemos de distinguir entre los que intervienen en el
transporte de mercancías y en el de personas.

A. AGENCIAS DE TRANSPORTES

Los comisionistas de transporte de mercancías reciben la denominación de «agencias de transportes» y figuran entre los sujetos a los que
se les reconoce la realización de actividades de mediación en ese ámbito. Tienen reservada la intermediación en la contratación de
cualquier clase de transporte terrestre de mercancías, previa la autorización administrativa para actuar como «operador de trasporte». Con
relación a los transportes por carretera se establece que las «agencias de transportes» son aquellas «empresas especializadas en
intermediar en la contratación de transportes de mercancías, como organización auxiliar interpuesta entre los usuarios y los transportistas»,
pudiendo desarrollar «todas las actuaciones previas de gestión, información, oferta y organización de cargas y servicios necesarias para
llevar a cabo la contratación de los transportes» (art. 120 de la Ley 16/1987, de 30 de julio, de ordenación de los transportes terrestres,
modificada por la Ley 9/2013 de 4 de julio).

El comisionista o agente de transporte, actuando en nombre propio, puede concertar un contrato de transporte asumiendo la posición de
porteador. La LCTTM ha derogado el problemático artículo 379 del C. de c., pero no impide que el agente de transporte como decimos
pueda asumir actuando en nombre propio esa posición de porteador.

Por otro lado, se manifiesta la protección del C. de c. al comitente, al establecer que si el comisionista tiene orden de asegurar las cosas
transportadas y no lo hace, responde de los daños que a éstas sobrevengan (art. 274, que fija la condición de que se haya entregado al
comisionista el importe de la prima del seguro o se hubiera comprometido a adelantarlo).

B. AGENCIAS DE VIAJES

Las agencias de viajes son sociedades mercantiles que si originariamente se dedicaban de manera principal a actividades de mediación en
la contratación de billetes de viaje para sus clientes, en la actualidad tienen una actividad más compleja. El RD 39/2010, de 15 de enero,
como consecuencia del espíritu de liberalización de los servicios impuesta por la Ley 25/2009, de 22 de diciembre, denominada «ley
ómnibus», derogó las múltiples normas administrativas que venían aplicándose –entre otras actividades propias del sector turístico– a las
agencias de viajes. La citada Ley 25/2009, al referirse a las disposiciones sobre el transporte declara que «el ejercicio de las agencias de
viaje se regirá por la normativa específica de turismo». Normativa de la que se ocupa generalmente la legislación autonómica, lo que genera
una amplia dispersión normativa.

La actividad fundamental de las agencias de viaje se centra en la mediación en la venta de billetes o reserva de plazas en toda clase de
medios de transporte, así como en las reservas de habitaciones y servicios de empresas turísticas, pudiendo ofrecer precios globales por
los servicios ofrecidos. También actúan como representantes de otras agencias nacionales o extranjeras. El desarrollo de la normativa de
derecho privado en este punto es, a nuestro juicio, en cierto modo apremiante.

La Ley 21/1995, de 6 de julio, sobre viajes combinados, fue incorporada con especial atención en la L. Consumidores, formando parte de
ese texto como Libro IV (v. Capítulo 6, apdo. I).

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IV. EXTINCIÓN DEL CONTRATO DE COMISIÓN

El C. de c. se ocupa expresamente de la revocación de la comisión y del fallecimiento o inhabilitación del comisionista. Aparte de éstas
existirán las causas generales de extinción del contrato (su cumplimiento, transcurso del tiempo, etc.).

La revocación de la comisión implica la facultad del comitente de resolver el contrato por propia voluntad libremente (art. 279). Esta facultad
–que constituye una notable excepción a la doctrina general de los contratos, que requiere para su disolución el mutuo consentimiento– está
basada en que la comisión se fundamenta en la mutua confianza, y el comitente puede poner fin a la relación contractual sin obligación
alguna a su cargo. Pero la jurisprudencia del Tribunal Supremo ha estimado que puede eliminarse esa facultad del comitente mediante un
pacto en el que se señale un plazo de duración de la comisión, de forma que si se ejercita la facultad revocatoria antes del plazo señalado
habrá de indemnizarse al comisionista.

La revocación del comitente no produce sus efectos hasta que llegue a conocimiento del comisionista. Las resultas de las gestiones que
haya realizado éste antes de tener conocimiento de la revocación vinculan al comitente (art. 279).

La muerte o inhabilitación del comisionista constituye una causa de extinción de la comisión. A la inhabilitación se ha de equiparar la
disolución de la sociedad cuando el comisionista sea empresario social. Por el contrario, no se extingue la comisión por muerte o
inhabilitación del comitente (art. 280, frente a lo establecido por el art. 1732.3.º del Cc), aunque pueden revocar el contrato sus
representantes, que pueden ser sus herederos (v. art. 280).

V. LOS CONTRATOS PUBLICITARIOS

Bajo esta denominación se agrupa un conjunto de contratos vinculados con la actividad publicitaria y de los que son parte los sujetos que
intervienen en ella. Tipificados por primera vez por la Ley 61/1964, de 11 de junio, que aprobó el Estatuto de la Publicidad, se rigen en la
actualidad por la Ley 34/1988, de 11 de noviembre, General de Publicidad, que ha sido reformada por la Ley 29/2009, de 30 de diciembre,
que modifica el régimen de la competencia desleal y de la publicidad para la mejora de la protección de los consumidores y usuarios.

La Ley tipifica cuatro clases de contratos publicitarios: el «de publicidad», de «difusión publicitaria», de «creación publicitaria» y de
«patrocinio publicitario». Dedica algunos artículos comunes a los contratos publicitarios y a los sujetos que intervienen en estos contratos.
Así, llama «anunciante» a la persona en cuyo interés se realiza la publicidad; «agencia de publicidad» a los empresarios que se dedican, por
cuenta de los anunciantes, a crear, preparar o ejecutar publicidad; y «medios de publicidad» a los empresarios titulares de los medios de
comunicación social o de difusión.

Entre estas normas comunes se encuentra entre otras que el anunciante tiene derecho a controlar la ejecución de la campaña publicitaria, la
obligación de los medios de deslindar la publicidad de la información y la prohibición de insertar en los contratos cláusulas de exoneración
de responsabilidad frente a terceros (cfr. arts. 9 a 11). También se considera nula la cláusula por la que una agencia o un medio de publicidad
prometa un determinado rendimiento comercial o económico derivado de la publicidad (art. 12).

Los contratos publicitarios en la actualidad, de igual forma que bajo el régimen precedente no requieren para su validez forma escrita.

VI. CONTRATO DE AGENCIA

A. NOCIÓN Y RÉGIMEN

El contrato de agencia es aquel por el que «una persona natural o jurídica, denominada agente, se obliga frente a otro de manera continuada
o estable, a cambio de una remuneración, a promover actos u operaciones de comercio por cuenta ajena, o a promoverlos y concluirlos por
cuenta y en nombre ajenos, como intermediario independiente, sin asumir, salvo pacto en contrario, el riesgo y ventura de tales
operaciones». Esta noción del contrato está contenida en el artículo 1 de la Ley 12/1992, de 27 de mayo, de contrato de agencia (LCA) que
lo ha tipificado legislativamente al introducir en nuestro ordenamiento, con algunas modificaciones, la Directiva 86/653/CEE sobre agentes
comerciales independientes. La LCA no se ha limitado, conforme queda dicho, a introducir esa Directiva, sino que ha dado una disciplina
amplia del contrato de agencia, aplicable no simplemente a los agentes dedicados a negociar la venta o la compra de mercancías, sino en
general a los dedicados a la promoción y realización por cuenta ajena de cualquier contrato mercantil que afecte a bienes o a servicios. El
artículo 1 transcrito, de forma más genérica e imprecisa, habla de «actos u operaciones de comercio por cuenta ajena».

Los preceptos de la LCA tienen carácter imperativo, a no ser que en ellos se disponga expresamente otra cosa (art. 3.1). Criterio quizá
excesivamente rígido, pues la Directiva 86/653/CEE sólo contemplaba tal imperatividad para una clase de agentes (los comerciales,
dedicados a la compra y venta de mercancías) y en general en lo que es favorable para los mismos.

Quedan al margen de esta Ley los agentes que actúen en mercados secundarios oficiales o reglamentados de valores (art. 3.2).

La LCA se ha modificado por la da decimosexta de la LES, que ha añadido una da primera en la que prevé la aplicación de la Ley a los
contratos de distribución de vehículos automóviles e industriales, por los que el distribuidor se obliga frente al proveedor, de manera
continuada o estable y a cambio de una remuneración a promover actos u operaciones de estos productos por cuenta y en nombre de su

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principal, como comerciante independiente, asumiendo el riesgo y ventura de estas operaciones. La disposición reconocía la aplicación
supletoria de la LCA para todo contrato de distribución de automóviles –cualquiera que fuera su denominación–. No obstante, la citada
disposición no entrará en vigor hasta la aprobación de la Ley de contratos de distribución comercial (v. df cuarta Ley 7/2011, de 11 de abril),
que aún no se ha producido.

B. NOTAS CARACTERÍSTICAS

A los efectos de diferenciar el contrato de agencia de otros afines, conviene completar la noción dada con la referencia a algunas notas
características.

a) Es un contrato de duración, en cuanto que origina una relación jurídica duradera entre las partes, ya que el agente se obliga frente al
«comitente» (denominado por la Ley «empresario», aun cuando el agente también lo es) de «una manera continuada o estable».

b) El contrato ha de permitir que el agente organice su actividad profesional conforme a sus propios criterios, lo que implica que ha de
mantener una cierta independencia respecto al empresario principal creando su propia organización (art. 2 LCA).

c) Por el contrato de agencia, el agente no asume el riesgo de las operaciones que promueve o contrata por cuenta ajena, si bien podrá
garantizar su cumplimiento como en el caso de la comisión de garantía (cfr. art. 1, párr. final, art. 19 LCA y art. 272 C. de c.).

Esta nota nos sirve para distinguir el contrato de agencia del de concesión. En efecto, en éste, a diferencia del contrato de agencia, el
concesionario contrata con los terceros en nombre y por cuenta propia, de forma que opera bajo su propio riesgo, en el sentido de que la
reventa de los productos adquiridos pesa sobre su propio patrimonio.

d) El contrato de agencia es un contrato bilateral oneroso, en cuanto que la actividad del agente ha de ser remunerada (arts. 1 y 11 y ss.).
Este contrato sigue también la regla general de los contratos mercantiles de ser consensual, si bien habrá de formalizarse por escrito si lo
exige cualquiera de las partes (art. 22). Pero la obligación de formalizar el contrato deriva precisamente de su existencia.

C. OBLIGACIONES DE LAS PARTES

a. Obligaciones del agente

1.ª El agente habrá de ejercitar su actividad profesional de promover o de concluir las operaciones que se le hubieren encomendado (bien
personalmente o por medio de sus dependientes o de subagentes) actuando siempre de forma leal y de buena fe y velando por los intereses
del empresario principal por cuya cuenta actúe (arts. 5 y 9.1).

2.ª El agente tiene como obligación la de no competencia, que implica el deber a cargo del agente de no ejercer por su cuenta, o por cuenta
de otro empresario, una actividad profesional respecto a los mismos bienes o servicios iguales o análogos a los que debe promover como
consecuencia del contrato de agencia; es decir, el agente no debe hacer la competencia al empresario principal. Esto no obstante, tal
obligación puede desaparecer en el caso de que se incluya en el contrato de agencia pacto en contrario (art. 7).

b. Obligaciones del empresario principal (o comitente)

1.ª El empresario principal ha de facilitar al agente el desarrollo de su actividad proporcionándole las informaciones necesarias para ello y
poniendo a su disposición los muestrarios y la documentación que sea precisa (catálogos, tarifas, etc.) [art. 10.2, a) y b)].

2.ª Debe comunicar al agente, dentro del plazo de quince días, si la operación propuesta por éste, el empresario la acepta o la rechaza.
Aceptada la operación, el empresario deberá comunicar al agente en el plazo más breve posible, según la naturaleza de la operación, su
ejecución total o parcial, o bien su falta de ejecución (art. 10.2).

3.ª El pago de la remuneración pactada es, sin duda, la obligación más importante a cargo del empresario principal [art. 10.2, e) y arts. 11 y
ss.]. La remuneración, salvo pacto en contrario, impide que el agente pueda reclamar al empresario los gastos en los que incurra (art. 18).

D. EXTINCIÓN DEL CONTRATO

La Ley dedica especial atención a la extinción del contrato de agencia, en particular a las causas de esa extinción y a los derechos que tiene
el agente en determinados casos. La litigiosidad más frecuente deriva de la extinción del contrato de agencia.

a. Causas de extinción

Las causas de extinción de la relación jurídica derivada del contrato de agencia son las siguientes:

1.ª El transcurso del tiempo si el contrato se ha pactado por tiempo determinado (cfr. arts. 23 y 24.1 LCA). Si no se ha fijado plazo en el
contrato, se entiende que es por tiempo indefinido. También el contrato será por tiempo indefinido no sólo cuando así se haya pactado

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expresamente, sino también cuando, habiéndose pactado por tiempo determinado, cumplido el plazo se siga ejecutando el contrato (cfr. arts.
23 y 24.2). En cualquier supuesto de contrato por tiempo indefinido podrá ponerse fin a la relación jurídica mediante una denuncia unilateral
por cualquiera de las partes por medio de preaviso por escrito; el plazo de preaviso será de un mes por cada año de vigencia del contrato,
con un máximo de seis meses (v. art. 25).

2.ª El contrato podrá extinguirse por acuerdo de las partes de poner fin a la relación jurídica.

3.ª Por incumplimiento, total o parcial, de las obligaciones legal o contractualmente establecidas [art. 26.1, a)].

4.ª Cuando la otra parte hubiere sido declarada en concurso [art. 26.1, b)]. En este caso y también en el anterior –la extinción por
incumplimiento del contrato– se entenderá que el contrato finaliza en el momento de la recepción de la notificación escrita en la que conste la
voluntad de darlo por extinguido y la causa (art. 26.2). La declaración de extinción del contrato, aun cuando produzca efectos entre las partes,
podrá ser impugnada judicialmente, pidiendo la parte perjudicada la indemnización de daños y perjuicios o el cumplimiento del contrato más
la indemnización que pueda corresponderle.

5.ª La muerte o declaración de fallecimiento del agente. La muerte o declaración de fallecimiento del empresario no será causa de extinción
del contrato, aunque puedan denunciarlo sus sucesores en la empresa con el preaviso que proceda conforme al artículo 25 (cfr. art. 27; que
sigue de cerca lo previsto por el art. 280 C. de c. para el contrato de comisión). Ha de entenderse que normalmente también será causa de
extinción la disolución de la sociedad que sea parte en el contrato.

b. Indemnización a cargo del empresario

La Ley prevé la existencia de un derecho a una indemnización con carácter general a favor del agente por la clientela obtenida y, en ciertos
casos, además a una indemnización de daños y perjuicios.

1. La indemnización por extinción del contrato por la clientela obtenida por el agente depende, en primer lugar, de que la causa de la
extinción se deba al transcurso del tiempo (bien porque el contrato era por tiempo determinado o por el ejercicio de la facultad de ponerle fin
el empresario mediante un preaviso, si era por tiempo indeterminado) o la muerte o declaración de fallecimiento del agente (art. 28.1 y 2). En
segundo término, de que el agente haya aportado nuevos clientes al empresario o incrementado sensiblemente las operaciones con la
clientela preexistente. En tercer lugar, de que la actuación del agente siga produciendo –incluso después de extinguido el contrato– ventajas
sustanciales al empresario y resulte equitativa la obtención de una indemnización.

La cuantía de la indemnización debe ser, como máximo –dice el artículo 17.2 de la Directiva–, una indemnización anual, calculada según la
media de los ingresos anuales de los últimos cinco años, y si el contrato hubiere durado menos tiempo, de los últimos años. Criterio que
parece seguir, si bien de forma equívoca, el artículo 28.3 LCA.

2. El agente tendrá también derecho a una indemnización por daños y perjuicios –además de la correspondiente por la clientela– en el caso
de extinción del contrato de agencia de duración indefinida cuando la denuncia sea unilateral por parte del empresario principal, siempre que
la indemnización por la clientela no permita al agente la amortización de los gastos que, instruido por el empresario, haya realizado para la
ejecución del contrato (art. 29).

Interesa indicar que el derecho del agente a la indemnización, bien sea por la cartera obtenida, bien por los daños y perjuicios, en
determinados supuestos no llega a nacer.

En efecto, el artículo 30, tras el epígrafe que indica «supuestos de inexistencia del derecho a la indemnización», aclara que tal inexistencia
afecta tanto a la indemnización por clientela, como a la que pueda derivar de los daños y perjuicios. Ese artículo enuncia los tres supuestos
siguientes:

a) Cuando el empresario hubiese extinguido el contrato por causa de incumplimiento por parte del agente de sus obligaciones establecidas
legal o contractualmente.

b) Cuando la extinción se debiera a la denuncia del contrato por el agente, salvo que la denuncia tuviere como causa circunstancias
imputables al empresario, o se fundara en la edad, la invalidez o la enfermedad del agente y no pudiera exigírsele razonablemente la
continuidad de sus actividades.

c) En el caso de cesión del contrato de agencia a un tercero, con consentimiento del empresario.

c. Acuerdo de las partes sobre la cuantía de la indemnización

Dado el carácter de derecho imperativo de los preceptos de la Ley, las partes no podrán establecer en el contrato un régimen diverso sobre
las causas de su extinción o la indemnización a percibir por el agente como consecuencia de ella (cfr. art. 3.1). Sin embargo, bien cuando las
partes de común acuerdo ponen fin a la relación jurídica o cuando ésta se extingue por otra causa, podrán ponerse de acuerdo sobre la
cuantía de la indemnización (cfr. art. 19 de la Directiva).

E. PRESCRIPCIÓN

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Se aplican a la prescripción de las acciones derivadas del contrato de agencia las reglas establecidas en el C. de c. (art. 4), lo cual implica
que el régimen de la interrupción de la prescripción será el del artículo 944 de dicho Código. Con relación al plazo de prescripción de la
acción de responsabilidad de los agentes y de la relativa al cobro de sus remuneraciones, parece aplicable el término de tres años (cfr. arts.
945 C. de c. y 1967.1.º del Cc). Por el contrario, prescribirá al año a contar desde la extinción del contrato la acción del agente para reclamar
las indemnizaciones por clientela o por daños y perjuicios (art. 31).

VII. EL CONTRATO DE CONCESIÓN MERCANTIL Y EL DE FRANQUICIA

A. CONTRATO DE CONCESIÓN

a. Noción y función

Bajo distintas modalidades, que dificultan fijar sus notas esenciales, ha adquirido una difusión creciente el llamado contrato de concesión
mercantil, por el cual un empresario (concesionario) se compromete a adquirir de otro (concedente) productos, normalmente de marca y en
determinadas condiciones entre las que se encuentra normalmente el operar en exclusiva en una determinada zona, para revenderlos y
prestar a los compradores de estos productos determinada asistencia una vez realizada la venta. El concesionario, como revendedor, actúa
en nombre y por cuenta propia, bajo su propio riesgo por ser dueño de la mercancía que revende.

El concesionario forma parte de una red de distribución de los productos del concedente, que éste organiza en el ámbito de un mercado
nacional o más amplio.

El contrato de concesión cumple la función de ser un mecanismo de distribución de los productos del concedente, que puede realizarse de
una forma más o menos integrada entre los dos empresarios, existiendo normalmente un pacto de exclusiva entre ellos, que puede ser bien
a cargo del concedente o del concesionario. Dado que estos pactos de exclusiva pueden afectar al principio de la libre competencia, pueden
incidir en la Ley 15/2007 de defensa de la competencia, y por esta razón sus normas de desarrollo se han preocupado de estos contratos,
que consideran lícitos, siempre que cumplan determinadas condiciones fijadas por normas europeas. De ahí que, aun cuando el contrato de
concesión no esté tipificado legalmente dentro de nuestro ordenamiento, estas normas tienen una singular importancia, ya que establecen la
licitud de ciertas cláusulas y la invalidez de otras.

Por otro lado, ha de indicarse que el contrato de concesión mercantil tiene una tipificación social y jurisprudencial (que lo denomina con
frecuencia bien como de «concesión mercantil» o de «distribución en exclusiva»), si bien, como se ha dicho, existe un elevado número de
variedades contractuales. En este sentido, merece destacarse, por su relevancia en el mercado, el contrato de distribución selectiva. Se trata
éste de un sistema de venta que se desarrolla a través de diversos distribuidores seleccionados, no en función de criterios territoriales, sino
en función de unos criterios objetivos, a cumplir por los comerciantes que deseen acceder a la red de distribución, de carácter esencialmente
cualitativo (por ejemplo, que el distribuidor tenga una ubicación y dimensiones determinadas, un personal especializado, etc.), si bien es
cierto que se admite también –con muchas restricciones– la imposición de criterios cuantitativos, esto es, que limiten el número de
distribuidores. Aunque se trata de un contrato atípico, la normativa europea nos proporciona los dos elementos esenciales que caracterizan
la figura: por un lado, advierte que se trata de un sistema por el cual el proveedor se compromete a vender los bienes o servicios objeto del
contrato, directa o indirectamente, sólo a distribuidores seleccionados sobre la base de criterios específicos; y por otro lado, que dichos
distribuidores se comprometen a no vender tales bienes o servicios a distribuidores o agentes no autorizados.

b. Contenido del contrato

Nos hallamos ante un contrato bilateral, que da lugar a una relación jurídica de duración, que se nutre del elemento de confianza entre las
partes, por lo que se considera que sus obligaciones están influidas por el intuitu personae. El contenido del contrato responde a diversas
modalidades que se emplean en el tráfico, de forma que, para la determinación de las obligaciones de las partes, tienen especial
importancia las condiciones pactadas entre ellas.

Son normalmente obligaciones de las partes las siguientes:

1. El concesionario se obliga, en ocasiones, a comprar un determinado número o cantidad de productos al concedente durante cierto
período de tiempo, pudiendo pactarse que mantendrá una reserva adecuada de ellos para su reventa (es decir, mantener unos stocks
mínimos, que excepcionalmente pueden estar formados por productos en depósito).

2. El concedente se obliga a vender o suministrar al concesionario los productos en los términos pactados. Si se establece una cláusula de
exclusiva a su cargo, se obliga a no vender o suministrar los productos objeto del contrato a otros revendedores que estén establecidos en la
zona o territorio del concesionario. No obstante, en algunos casos, esta cláusula tiene un alcance limitado, en un doble sentido: en primer
término, el concedente puede realizar otros contratos de concesión con otros empresarios para que actúen en la zona en la que ya existe un
concesionario (es decir, nombrar otro u otros concesionarios que han de actuar conjuntamente en la zona); en segundo lugar, el concedente
puede abastecer a algunos clientes –en su caso, mediante pago de una cierta indemnización al concesionario exclusivo– que no sean
revendedores.

El concedente –en particular cuando es un fabricante– ofrece una garantía de sus productos. Se considera contrario a las normas que tutelan

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la libre competencia las cláusulas que establezcan que la garantía se aplicará únicamente a los productos adquiridos dentro de la zona de un
concesionario autorizado, en cuanto que la garantía ha de ser independiente de su lugar original de adquisición.

c. Extinción del contrato

El contrato se extinguirá por las causas en él previstas. Ha de indicarse que existe una frecuente litigiosidad cuando se pone fin a la relación
contractual, en especial porque el concesionario estima que se produce un daño simplemente por la extinción del contrato, dadas las
inversiones que ha realizado para su ejecución, aparte de que estima que debe obtener un resarcimiento por la clientela aportada al
concedente, cuestión que se ve matizada con frecuencia cuando los productos son de marca y la publicidad del mismo se realiza por el
concedente, hecho del que se beneficia al concesionario.

Los contratos de concesión suelen regular con detalle las causas de resolución del contrato y las consecuencias que se derivan de su
extinción, dependiendo de la causa que la motive. Junto a otras cláusulas, en los contratos de concesión suele pactarse que no existe otro
derecho a la indemnización que el consistente en la recompra –al precio de adquisición, con un ligero descuento– de todos los productos
que haya adquirido el concesionario.

En la redacción de algunas cláusulas incide la normativa comunitaria al considerar que estos contratos pueden dar lugar a restricciones de la
competencia, materia sobre la que se ha ocupado el Derecho comunitario. Así, por ejemplo, una de las cláusulas referidas a la extinción, ha
prestado especial atención a la superación de un determinado plazo. No obstante, es frecuente que el contrato de concesión sea por tiempo
indefinido, bien porque así se ha pactado o bien porque no se ha fijado plazo. En tal supuesto, las partes tienen la facultad de poner fin a la
relación jurídica mediante una declaración unilateral de desistimiento, que ha de ejercitarse con buena fe, lo que implica un cierto plazo de
preaviso antes de poner fin a esa relación (v. gr., tres o seis meses). La falta de preaviso no impedirá que se extinga el contrato, pero
impondrá a la parte que ha incumplido el deber de indemnizar los daños y perjuicios, que también se concede en supuestos de resolución
abusiva del vínculo. Por otro lado, en supuestos de incumplimiento graves por parte del concesionario podrá extinguirse la relación jurídica
sin que éste tenga derecho a indemnización.

Dada la distinta naturaleza del contrato de concesión y el contrato de agencia, la jurisprudencia, no sin ciertas indecisiones, se ha orientado
de forma mayoritaria en el sentido de no ser aplicables al contrato de concesión las normas de la Ley 12/1992 sobre el contrato de agencia
relativas a la indemnización por clientela y daños y perjuicios, sino que se sigue el régimen especial para el contrato de concesión que ha
quedado apuntado.

B. CONTRATO DE FRANQUICIA

Como una figura escindida del contrato de concesión y que como éste responde a la finalidad de facilitar de modo estable la distribución de
bienes o servicios mediante la organización de una red que cubra de forma más o menos amplia el mercado, ha surgido en el tráfico el
llamado contrato de franquicia (o de franchising). Este contrato puede definirse diciendo, de acuerdo con la doctrina jurisprudencial, que es
«aquel que se celebra entre dos partes jurídica y económicamente independientes, en virtud del cual una de ellas (franquiciador) otorga a la
otra (franquiciado) el derecho a utilizar bajo determinadas condiciones de control, y por un tiempo y zona delimitados, una técnica en la
actividad industrial o comercial o de prestación de servicios del franquiciado, contra entrega por éste de una contraprestación económica».

Al propio tiempo se ha de indicar que una nota característica de este contrato es que el franquiciador consiente al franquiciado el uso, dentro
de los términos pactados, de sus signos distintivos, en particular el rótulo de su establecimiento y la marca de sus productos.

El contrato de franquicia ha obtenido en nuestro ordenamiento un cierto reconocimiento legislativo por medio del artículo 62 de la Ley 7/1996
(modificado por Real Decreto-ley 20/2018, de 7 de diciembre la Ley 1/2010, de 1 de marzo), de ordenación del comercio minorista, diciendo
que es el «acuerdo o contrato por el que una empresa, denominada franquiciadora, cede a otra, denominada franquiciada, el derecho a la
explotación de un sistema propio de comercialización de productos o servicios».

Este artículo se desarrolla por el RD 201/2010, de 26 de febrero, por el que se regula el ejercicio de la actividad comercial en régimen de
franquicia y la comunicación de datos al registro de franquiciadores. Su artículo 2 da un concepto más detallado del contrato de franquicia al
decir que es un contrato por el cual una empresa, el franquiciador, cede a otra, el franquiciado, en un mercado determinado, a cambio de una
contraprestación financiera, el derecho a la explotación de una franquicia, sobre un negocio o actividad mercantil que el primero haya
desarrollado anteriormente con suficiente experiencia y éxito, para comercializar determinados tipos de productos o servicios y que
comprende, por lo menos: a) el uso de una denominación o rótulo de establecimiento común u otros derechos de propiedad intelectual e
industrial y una presentación uniforme de los locales o medios de transporte objeto del contrato; b) la comunicación por el franquiciador al
franquiciado del llamado «know-how»; c) la prestación al franquiciado de asistencia comercial, técnica o ambas durante la vigencia del
contrato.

En este sentido, el artículo 2 del RD 201/2010, trata de apuntar las diferencias de la franquicia con el contrato de concesión mercantil o de
distribución en exclusiva, así como con otras relaciones jurídicas.

Con respecto a la relación contractual ha de indicarse que esta regulación se preocupa:

1. Que el eventual concesionario de la franquicia, con una antelación mínima de veinte días a la conclusión del contrato, reciba el texto del
futuro contrato, en el que se han de detallar no simplemente las condiciones del mismo contrato, sino una información amplia sobre la

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estructura y extensión de la red en España del franquiciador.

2. Perfeccionado el contrato de franquicia su contenido esencial es el siguiente:

a) El franquiciador está obligado a ceder la explotación de la franquicia, que se concreta en otorgar al franquiciado el derecho a
comercializar determinados tipos de productos o servicios, lo que implica, al menos, el uso de la denominación o rótulo común en sus locales
y medios de transporte, la obtención de la técnica precisa para la explotación del negocio (en particular «el saber hacer» de la actividad que
ha de realizar el franquiciado) y la asistencia comercial o técnica continuada durante la vigencia de la relación jurídica;

b) El franquiciado, además de obligarse a realizar con la diligencia debida la actividad precisa para la explotación de la franquicia, se obliga
a pagar al franquiciador la contraprestación convenida.

3. Respecto a la extinción del contrato cabe señalar que, pudiendo éste haberse pactado por tiempo determinado o por tiempo indefinido, en
el primer caso el franquiciador debe garantizar al franquiciado una duración mínima –que se estima con carácter general de tres años– que
le consienta una amortización de su inversión. Extinguido el contrato de franquicia, el franquiciado queda obligado a no usar los signos
distintivos de la franquicia y a cesar en la actividad objeto del contrato que venía efectuando.

VIII. EL CONTRATO DE MEDIACIÓN O CORRETAJE

El contrato de mediación es aquel por el que una persona se obliga a abonar a otra, llamada mediador o corredor, una remuneración por
indicarle la oportunidad de concluir un negocio jurídico con un tercero o por servirle de intermediario en esa conclusión, siempre que haya
contribuido eficazmente a ella, dependiendo su remuneración, salvo pacto en contrario, de la celebración del contrato en que ha intervenido.

El mediador facilita la conclusión de un contrato y su remuneración está condicionada generalmente a esta conclusión. Por esta razón se
dice por parte de la doctrina que este contrato es unilateral porque sólo obliga a la parte que da el encargo al corredor a pagar la comisión.
Sin embargo, otra orientación doctrinal que prevalece entre nosotros considera que el contrato es bilateral. Ésta es la clara posición de
nuestra jurisprudencia, que estima que el corredor asume una obligación de hacer, por lo que estamos ante un contrato facio ut des de
carácter bilateral.

El contrato de mediación es atípico, pero existe un conjunto de normas –en su mayoría de carácter reglamentario– que disciplinan el ejercicio
de determinadas profesiones de mediadores. Así, por ejemplo, las relativas a los mediadores de seguros y reaseguros (arts. 127 y ss. RD-l
3/2020, de 4 de febrero), y los «agentes» de la propiedad inmobiliaria, que han sido calificados repetidamente por el Tribunal Supremo
como mediadores.

IX. EL CONTRATO DE «FACTORING»

A. NOCIÓN Y FUNCIONES

Como un contrato de colaboración se ha difundido, en la práctica, el llamado contrato de factoring, de carácter complejo, por el que una
sociedad (denominada factor o sociedad de factoring) se obliga frente a un empresario a gestionar el cobro del conjunto de los créditos que
éste tiene frente a sus clientes y ceden al factor, garantizando en unos casos el cobro de una parte o de la totalidad de los mismos en el
supuesto de insolvencia del deudor del crédito cedido, o bien anticipando el importe de los créditos, o ambas cosas a la vez. Además de
estas prestaciones principales, el factor se obliga normalmente a efectuar algunas prestaciones complementarias, como informaciones
comerciales, selección de la clientela, llevanza de la contabilidad del empresario, etcétera.

De las distintas funciones realizadas por las sociedades de factoring, y que derivan de la noción expuesta, destacan las de garantizar los
créditos cedidos por los empresarios y la de anticipar el importe de los créditos cedidos. Esta función de financiación de los empresarios es
una nota distintiva de estas sociedades. La DGSJFP ha declarado que «falta una clara concreción legal de la actividad que se cobija bajo el
anglicismo “factoring”, pero su atribución a aquellas entidades tan sólo está justificada en la medida que la misma implique financiación a
través del anticipo que, con el descuento correspondiente, hace el factor al empresario del importe de los créditos no vencidos frente a sus
clientes que le cede».

Por estas funciones las sociedades de «factoring» han venido considerándose por la legislación uno de los «establecimientos financieros de
crédito». El régimen general de esta categoría de entidades integra el Título II de la Ley 5/2015, de 27 de abril, de fomento de la financiación
empresarial, cuyo artículo 6.1.b) indica que podrán constituirse, previa autorización del Ministerio de Economía y Hacienda, empresas que
con carácter profesional se dediquen a la actividad de «factoring» con o sin recurso y a las actividades complementarias. Esas actividades
son aquellas tales como las de «investigación y clasificación de la clientela, contabilización de deudores y, en general, cualquier otra
actividad que tienda a favorecer la administración, evaluación, seguridad y financiación de los créditos que les sean cedidos» a las
entidades de factoring.

Las sociedades de factoring prestan a sus clientes, como se ha dicho, un conjunto de servicios a los que hemos hecho referencia, surgiendo
modalidades diversas. Partiendo de este hecho suele distinguirse, como criterio importante a los efectos de diferenciar las modalidades del
contrato fundamentalmente en dos supuestos. El primero de ellos, en que el factor se obliga frente al cliente a realizar las prestaciones

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anteriormente enunciadas, y el segundo, aquel en que el factor asume el riesgo de insolvencia de la totalidad o buena parte de los créditos
cedidos, de forma que no puede reclamar el factor a su cliente el importe de estos créditos impagados.

B. OBLIGACIONES DE LAS PARTES

El contenido del contrato es variado no simplemente por el carácter complejo del mismo, sino por las distintas modalidades de las
obligaciones que las partes pueden asumir. Las obligaciones fundamentales de las partes pueden resumirse diciendo:

a) La sociedad factoring o factor se obliga a realizar la gestión de cobro de aquellos créditos que, bien por voluntad propia o del empresario,
no le sean cedidos, sino simplemente tenga el encargo de presentarlos al cobro. Igualmente, el factor habrá de prestar al empresario los
servicios complementarios (informes comerciales, llevanza de contabilidad, en especial de las relaciones del empresario y sus clientes, etc.)
que hayan convenido.

El factor se obliga con frecuencia a financiar al empresario, mediante la cesión de los créditos que éste tenga frente a sus clientes, a cambio
del descuento de un interés, comprometiéndose aquél a intentar cobrar los créditos en el momento de su vencimiento. En el supuesto de
impago de los créditos, el empresario queda obligado a restituir la cantidad anticipada por el factor, lo que se suele producir por medio de la
cuenta que éste lleva respecto al conjunto de los créditos cedidos.

El factor en ocasiones –además de la financiación al empresario mediante el descuento de los créditos cedidos o bien en sustitución de esa
prestación– asume la titularidad del crédito y el riesgo del impago del crédito por parte del cliente del empresario, cuando ese cliente caiga
en insolvencia, de forma que el factor asume en tal supuesto una función de garantía.

b) El empresario asume la obligación de ceder al factor el conjunto de créditos frente a sus clientes que deriven de su actividad empresarial y
que nazcan durante el tiempo en que permanezca en vigor el contrato de factoring. El factor suele reservarse la facultad de rechazar la cesión
de ciertos créditos, respecto a los cuales asumirá simplemente la obligación de gestión de cobro.

El empresario deberá pagar las comisiones que hayan sido pactadas por la actuación del factor. En el caso de que reciba financiación del
factor, los intereses se descuentan de los anticipos que el empresario reciba.

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