Consciencia y subjetividad: con relación a la neurociencia (Say)
Desde el punto de vista de la filosofía, “subjetividad, subjetivo” han sido usados para
designar lo que se halla en el sujeto como sujeto cognoscente (Ferrater Mora, 1994). Por
otra parte, la neurociencia forma parte del conjunto denominado ciencia cognitiva y
consta, a su vez, de diferentes disciplinas afines: la neuroanatomía, la neurofisiología, la
neuropsicología y la neurobiología cognitiva (Churchland 1992).
Lashley puso en tela de juicio la localización, es decir, la creencia de que ciertas
conductas residen en lugares neurales específicos. Freud fue de la misma opinión. El
cerebro, según Lashley, opera como una unidad integrada, respondiendo como una
totalidad orgánica frente a complejas pautas de estímulos (Gardner 1987).
Una nota frecuente desde hace un tiempo en el pensamiento contemporáneo es la
cooperación interdisciplinar para abordar las cuestiones fundamentales. Las diversas
ciencias y la filosofía se abren cada vez más a perspectivas y aportes complementarios.
En particular la pregunta por lo que somos, inseparable de la cuestión de la identidad
personal. En el ser humano el qué no está completo sin el quién, indicador ya no de
propiedades, cualidades o funciones, sino de la tan huidiza como irrevocable
subjetividad, por la que esas cualidades adquieren su mayor sentido.
Al margen del indudablemente beneficio en términos generales que la cooperación ha
significado para ambas, ella misma genera a veces solapamientos y extrapolaciones
apresuradas -erróneas la mayoría de las veces- en ambas direcciones: de las ciencias
hacia la filosofía y de la filosofía hacia las ciencias.
Entre las exageraciones en el campo de la filosofía, ha sido muy criticada una
interpretación del famoso experimento mental del cerebro en una cubeta (brain-in-a-
vat). Según ella, podríamos llegar a ser un cerebro en un balde lleno de agua, estimulado
eléctricamente de manera directa de tal modo que el cerebro diera lugar por sí solo a
toda la experiencia que habitualmente atribuimos a nuestra vida en el mundo, un mundo
que no existiría. La inferencia es deficiente por varias razones. En primer lugar, alguien
debió haber puesto el cerebro en el balde, y ese alguien sería ya distinto del cerebro, no
una representación suya. Una persona que lo acomoda junto con el balde, que llena de
agua, que lo conecta a una fuente de electricidad, que a su vez debe ser activada de
determinada manera por científicos o gente capacitada para hacerlo. También haría falta
irrigar sanguíneamente ese cerebro y proporcionarle el oxígeno necesario, además de las
sustancias gracias a las cuales puede ejercitar sus funciones. Y para tener una
experiencia idéntica de las cualidades sensibles, la perspectiva de las cosas y la relación
con las otras personas, no una vaga y difusa imitación, lo más probable es que haya que
reproducir hasta el último detalle el mundo tal como lo conocemos. Es decir, que el
cerebro y nuestra experiencia son como son porque el primero está en un cuerpo como
el nuestro y la segunda se debe a la existencia de un mundo como el que
conocemos. Paradójicamente, por consiguiente, las condiciones necesarias para llevar a
cabo el experimento harían que solo se pueda inferir de él lo contrario de lo que se
intentaba.
En el ámbito particular del que se ocupa este número, el entusiasmo generado por las
investigaciones neurocientíficas fue tal que despertó afirmaciones como “somos nuestro
cerebro”, “eres tus sinapsis, ellas son lo que tú eres”, “no eres más que el
comportamiento de una vasta asamblea de células nerviosas y sus moléculas
asociadas”. Sin embargo, es justo reconocer que son numerosas las voces más sobrias y
cautelosas, tanto del ámbito de la ciencia, como de la filosofía y de la cultura en general.
Lo cierto es que los métodos de la neurociencia no dan para tanto.
Por supuesto, nada hay reprochable en el empleo de métodos indirectos ni de la
estadística, pero para animarse a hacer afirmaciones contundentes sobre la naturaleza de
la mente se debería tener en cuenta con qué clase de información se cuenta. En términos
del psiquiatra británico Raymond Tallis, seguimos siendo testigos de una
cierta neuromanía, la idea de que “nuestra conciencia… nuestra personalidad, nuestro
carácter, el mismo ser persona, son idénticos a la actividad en nuestro cerebro”.Un
neuromaníaco “presupone que la cercana correlación entre un evento A y un evento B
significa que son esencialmente lo mismo”. Es decir, no solo que el arte, la ciencia, la
filosofía, la religión y toda nuestra conducta pueden explicarse únicamente en términos
de actividad neural, sino que son esa misma actividad. Alfredo Marcos ha señalado con
justeza que esa enorme expectativa puesta en la ciencia del cerebro podría dar paso
fácilmente a un igualmente inadecuado neuroescepticismo. Para evitar los movimientos
pendulares entre el entusiasmo y la desazón sugiere pensar en modo-co, en lugar de en
modo-su: en lugar de querer sustituir una forma de conocimiento por otra, suprimir una
disciplina en aras de otra, incluso suplantar o superar tecnológicamente la naturaleza
humana, lo razonable sería buscar formas de colaboración y cooperación, buscar
las convergencias y la con-causalidad entre distintos factores.
No hay necesidad de elegir entre la filosofía y la neurociencia, o entre la neurociencia y
la psicología, o entre la psicología y la filosofía, mucho menos de ejercer especie alguna
de imperialismo epistemológico. Es de la esencia de la filosofía intentar que nada
importante ni verdadero quede fuera de nuestra comprensión del mundo y del hombre,
pero eso no debe interesar solamente al filósofo, sino a cualquier persona pensante. Por
esa razón, cuando muchos científicos hacen consideraciones que exceden los límites de
su ciencia, lo hacen siguiendo una legítima exigencia de la misma racionalidad, que se
abre naturalmente a la totalidad. La dificultad está en querer ver el conjunto desde una
metodología restringida.[6]
Cerebro y su relación con el estudio de la conciencia.
Para Gardner (1987) la nueva ciencia de la mente se caracterizaba por su adhesión a la
metáfora del ordenador, por concebir representaciones mentales y por postular un nivel
de análisis totalmente separado del nivel biológico o neurológico. Sin embargo, desde
los inicios de la ciencia cognitiva existieron intentos de relacionar estrechamente este
modelo computacional formalista con modelos abstractos del sistema nervioso, es decir,
de pasar de la consideración de la mente como mecanismo simbólico a la mente como
función del cerebro.
Desde una perspectiva muy general, por correlato neuronal de la conciencia se entiende
el conjunto de eventos que se observan en el cerebro humano cuando se presenta un
estado mental consciente que puede ser observado y medido con las diferentes técnicas
de imagen cerebral. En los últimos años se han presentado gran numero de teorías que
van desde las que proponen que la relación conciencia-cerebro es una especie de
paralelismo en el que dos reinos ontológicamente distintos (el físico y el mental) se
sincronizan sin afectarse, hasta los planteamientos que presentan la experiencia
consciente como un fenómeno material y físico.
Un desafío para una ciencia objetiva de la conciencia es analizar minuciosamente un
fenómeno esencialmente subjetivo. Dado que los investigadores no pueden
experimentar los estados de conciencia de otro sujeto, se basan en su comportamiento
observable para rastrear la conciencia. Se priorizan los informes introspectivos del
sujeto, ya que estos expresan su perspectiva sobre su experiencia. Por lo tanto, la
introspección proporciona una forma fundamental, quizás la más fundamental, de
rastrear la conciencia. Dicho esto, la conciencia influye de forma generalizada en el
comportamiento humano, por lo que otras formas de comportamiento, más allá de los
informes introspectivos, ofrecen una ventana a la conciencia. Cómo aprovechar la
evidencia conductual dispar es una cuestión central.
El término "neurociencia" abarca aquellos campos científicos cuyas explicaciones se
refieren a las propiedades de las neuronas, poblaciones de neuronas o partes más
grandes del sistema nervioso. Esto incluye, pero no se limita a, el uso por parte de los
psicólogos de diversos métodos de neuroimagen para monitorear la actividad de
decenas de millones de neuronas, el modelado por parte de los teóricos computacionales
de redes neuronales biológicas y artificiales, el uso por parte de los neurocientíficos de
electrodos insertados en el tejido cerebral para registrar la actividad neuronal de
neuronas individuales o poblaciones de neuronas, y el estudio por parte de los médicos
clínicos de pacientes con experiencias conscientes alteradas a la luz del daño a áreas
cerebrales.
Dada la amplitud de la neurociencia así concebida, una visión general lo
suficientemente profunda debe limitarse a su amplitud. En el ámbito de la neurociencia,
esta revisión se centra en el sistema nervioso central y las propiedades eléctricas de las
neuronas, en particular en la corteza cerebral. En el ámbito de la conciencia, se centra en
la conciencia perceptual, con énfasis en la visión. Esto no se debe a que la conciencia
visual sea más importante que otras formas de conciencia, sino a que el nivel de detalle
de los trabajos empíricos sobre la visión a menudo aborda de forma más completa los
problemas.[8]
Dualismo vs. Materialismo Y El problema mente-cerebro. (Parte de gero)
Esta perspectiva está estrechamente vinculada con uno de los debates más antiguos de la
filosofía de la mente: el dualismo frente al materialismo.
¿Qué es el dualismo? Pues se define como Dualismo a un sistema religioso y filosófico
que admite la existencia de 2 principios diversos y contrarios entre sí, tales como el
espíritu y el cuerpo, el fuego y el agua o el bien y el mal y que entre ellos dos, siempre
habrá un eterno conflicto.
Mientras que el materialismo, define que todo lo existente este hecho completamente de
materia, y que fenómenos tales como los pensamientos o la consciencia serian parte de
procesos netamente materiales, donde no interviene la espiritualidad, Estas dos posturas
se oponen de manera radical al momento de explicar la mente y la conciencia, Estas dos
posturas se oponen de manera radical al momento de explicar la mente y la conciencia.
Mientras que el dualismo afirma que la mente es una sustancia diferente e independiente
del cuerpo, lo que abre a que existan interpretaciones de carácter espiritual.
Por el otro lado, el materialismo rechaza totalmente ese pensamiento y afirma que la
consciencia y los pensamientos son productos de nosotros, específicamente del cerebro
sin necesidad de acudir a entidades inmateriales
En el debate de estas dos posturas, Patricia Churchland (mencionada anteriormente) se
inclina totalmente al lado del materialismo donde en su propuesta de la neurofilosofia,
implica que para comprender la mente no solo es suficiente con la reflexión filosófica
abstracta, sino que es necesario estudiar el cerebro desde la neurociencia.
Esta postura nos lleva directamente al problema llamado mente-cerebro, que busca
explicar cómo se relacionan los procesos físicos del cerebro con la experiencia subjetiva
de la mente. Este dilema ha sido uno de los más debatidos tanto en filosofía como en
neurociencia, pues plantea la pregunta central de si la mente es simplemente una
función del cerebro o si existe algún aspecto no reducible a lo material. Para los
materialistas, como Patricia Churchland, la solución está en asumir que los estados
mentales son, en última instancia, estados cerebrales; mientras que los dualistas
consideran que aún queda un aspecto inmaterial por explicar.
Referencias
[6] [Link]
Subjetividad_y_neurociencia_Koreck.pdf
[7] [Link]
16292019000100001
[8] [Link]
neuroscience/?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc
[9] [Link]
97282016000100031
[10] [Link]
[11] [Link]
[12] [Link]
fundamentos-ontoepistemologicos
[13] [Link]
306309538_The_mind-brain_problem_I_Onto-epistemological_foundations/links/
58639e8c08ae6eb871acfac8/The-mind-brain-problem-I-Onto-epistemological-
[Link]