Inefable: que no se puede explicar con palabras.
Melisa vio a su mamá llorar a escondidas, y en su asombro y curiosidad decide descubrir el por
qué.
Primer momento.
Era cumpleaños de mamá. Ella me despertó por la mañana y yo, decepcionada de mí misma, le
dije que había arruinado mi sorpresa. Deseaba ir hasta su cama para poder darle el primer
cumpleaños que recibiera, pero ella ya estaba para irse a trabajar y papá se me había
adelantado horas atrás.
Mamá lucía hermosa ese día. Ayer pasó parte de las horas arreglando su cabello y planificando
todo para que sea una noche inolvidable. Me alegraba ser parte de su felicidad, ella merecía
todo lo bueno que le ocurría.
Sabía quienes vendrían, mamá nunca ha sido de tener muchos amigos. Algunos compañeros
de su trabajo, los abuelos, Ernest y su esposa. Solo con ellos sabía que ella sería feliz.
Yendo hacia el colegio pedía que todo saliera bien. Papá me dio un beso y me deseó buena
suerte antes de bajarme del auto. Su sonrisa me brindó seguridad; con los años, se iba
pareciendo a la de mamá.
Segundo momento.
Papá no llegaba.
Mediante una llamada, supe que no vendría por mí. En su trabajo estaba colapsado.
Le mentí diciendo que una amiga me llevaría a casa. Suspiré y emprendí mi camino hasta allá.
Con los pasos, me acostumbré al crujido de las hojas anaranjadas siendo aplastadas por mis
zapatos. Miraba a mí alrededor y solo veía hermosos árboles que en la primavera florecían
radiantes y se entristecían en esta estación. Imaginé, sonriendo, que este proceso es parecido
al de las personas. Estos dos tenían algo en común.
Vislumbraba mi casa a pocos metros. Al llegar, no pude escuchar nada. Sin música, sin el
sonido del televisor, sin ruidos que vienen de la cocina. En cambio, recibí algo que me
desconcertó, dejándome muy quieta en mi lugar.
Mamá cerraba despacio la puerta del sótano, y con ella venían pequeños sollozos casi
inaudibles. Me escondí y solo por curiosidad eché un vistazo.
Se alejaba de mí con camino a su habitación. En su mano había una fotografía.
Quise entender qué acababa de ocurrir, pero no pude hacerlo.
Tercer momento.
Me miré al espejo y con cuidado terminé de peinarme. Mi mente solo podía repetir el
momento donde vi a mamá caminando, alejándose de mí. Lloraba, en el día de su cumpleaños.
Algo la hizo sentirse mal y no podía entender el porqué, pero fuera lo que fuera, tenía que ver
con esa fotografía que rescató del sótano.
Mi curiosidad no me permitía quedarme tranquila. Definitivamente no era capaz de decirle a
mamá que la había visto, ¿con qué cara la miraría después? Se moriría de la vergüenza y yo
junto a ella.
Siempre lucía espléndida y mantenía una eterna mirada de calma que transmitía paz a toda la
casa. Cuando entré ese día, solo había intranquilidad.
Cuando salí de mi habitación, papá estaba colgando su sobretodo en el perchero y quitándose
los zapatos. Lo abracé y, en forma de susurro, le dije:
—Papá, ¿sabes si mamá está bien?
Él, con una expresión divertida, me respondió.
—Claro que sí, Meli. ¿Por qué no lo estaría?
No respondí. Me limité a darle un beso y a irme hacia otra dirección. En mi mente e inocencia,
pensaba que mamá y papá se contaban todo. Ahora veo que no.
Cuarto momento.
Los invitados estaban a punto de llegar y mamá lucía deslumbrante con su atuendo. El primero
en venir fue Ernest, quien recibí con un amplio abrazo. Su mirada siempre me recordaba a la
de mamá.
Mamá sonrió al verlo y me alegró el corazón mirar como sus hoyuelos salían a la luz. No quise
verla triste nunca más.
Quinto momento.
Partimos el pastel y papá me hizo la seña de que ya debía irme a dormir. Con un bufido acaté
su orden y me despedí de todos con un beso. Mamá me recordó cepillarme los dientes antes
de meterme a la cama.
Corrí hasta el cuarto para colocarme el pijama y sigilosamente fui hasta el baño para cumplir
con lo que mamá me había dicho que hiciera. Tomé mi cepillo y con la mirada busqué la crema
dental, pero no la encontré. Ojeé rápidamente las gavetas pero tampoco estaba. Solté un
suspiro cansado y fui hasta el cuarto de mis papás para ir hasta su tocador.
Mientras me cepillaba, miré al espejo que tenía enfrente. Quizá no me había peinado lo
suficiente para esa noche. Aburrida, rodeé mis ojos hasta lo que me permitía ver el espejo.
Tenía, de repente, un plano de la mesita de noche de mamá, perfectamente organizada y
limpia.
Tuve una idea.
Limpié mi cara y con mucha lentitud cerré la puerta del baño tras de mí. Aún podía escuchar
las voces de los adultos conversando y una que otra risa. Respiré hondo y me dirigí hasta la
mesa de noche. Tenía un jarrón con flores bonitas puestas en agua y una fotografía de los tres.
Abrí el primer cajón, que estaba abarrotado de cosas. Revolví un poco y me frustró no
encontrar aquella fotografía que mamá sontenía. Al cerrar la gaveta, asustada por haber oído
pasos, noté como esta ya no cerraba.
Se me aceleró el corazón y rápidamente metí mi mano en el fondo del montoncito de objetos
para quitar lo que interrumpía el cierre del cajón. Sentí con los dedos una lámina de textura
extraña y sonreí al instante. Bingo.
La gaveta cerró y al sacar mi mano pude echar un vistazo a lo que tenía en ella. Fruncí el ceño y
al principio no entendía lo que veía.
Era una foto antigua. En ella podía ver a mi mamá muchos años atrás, antes de que yo
existiera. A su lado, un muchacho de pelo largo la miraba y le sonreía. Solo se veía su perfil,
pero supe de inmediato quien era. Abajo, estaba escrita con marcador una simple frase que se
iba desgastando con los años.
“Te quiero, Violet”.
Al ver la fecha supuse que en aquel momento mamá estaba en sus veintes. Su sonrisa y mirada
eran igual de hermosas que ahora.
Solo era ella y Ernest. No hallaba ninguna razón por la que a mamá le pondría triste esta foto.
Sexto momento.
Han pasado algunos días desde el cumpleaños de mamá. Todo transcurrió con una normalidad
estupenda y no he vuelto a verla triste. Empiezo a pensar que se trató de un momento que yo
no debía presenciar, ni papá (que no sabe nada), ni absolutamente nadie.
—Pa —lo miré de reojo, atenta al camino que recorríamos en coche—. ¿Qué hay en el sótano
de casa?
—¿Eh? —por unos segundos no entendió mi pregunta—. Oh, pues cajas y decoraciones de
navidad.
Miré hacia la ventana, frunciendo un poco el ceño.
—¿Por qué la pregunta?
—Oh, por nada. Es que vi a mamá saliendo de allí y…
—También hay algo de ropa para el invierno.
Sentí mi corazón palpitar rápido y por un segundo agradecí que me hubiera interrumpido.
Concluí en mis pensamientos que decírselo sería traicionar la confianza que mamá me brindó,
aunque haya sido involuntariamente.
Tuve la idea de cambiar el curso de la conversación, solo para que olvidara que le había
mencionado algo acerca del sótano.
—¿Desde cuándo Ernest y mamá se conocen?
Papá tardó un poco en responder y puso el freno lentamente, para darle paso a los peatones.
—No estoy seguro. Desde hace muchos años, antes de conocerla —noté como
esporádicamente posaba su mirada en mí, un tanto curiosa—. Sabes bien que son
inseparables.
—¿Y sabes si se pelearon o algo?
—Lisa, ¿por qué estás haciendo tantas preguntas raras? —lo miré, arrepentida de haber
profundizado tanto en el tema— ¿Hay algo de lo que no me estoy enterando?
Negué con la cabeza, sonriendo inocentemente. En mis adentros sentía que había perdido el
tiempo; papá era un total ignorante, así como yo.
Séptimo momento.
Llegué a casa y había música alta. Al asomarme por la cocina, mamá estaba muy concentrada
en preparar la comida y bailar al mismo tiempo.
No se había percatado de mi presencia.
Sin dudarlo un segundo, me escabullí sigilosamente hasta la entrada del sótano, que era una
pequeña puerta ubicada en una zona sin ventanas. Al abrirla esta hizo un ruido que me heló la
sangre, sin embargo, lo que me genuinamente espantó fue escuchar la voz de mamá detrás de
mí.
—¿Se te perdió algo, señorita? —volteé a verla casi paralizada en mi lugar, sin saber qué decir
— Ni siquiera me saludaste al llegar.
Quería hablar y decir cualquier excusa tonta, pero sus ojos incrédulos me hicieron darme
cuenta de que eso no funcionaría.
—¿Pasa algo? —frunció el ceño—¿Por qué tanta urgencia por entrar al sótano?
—Yo solo… —tragué saliva, a punto de decirle lo que sabía—. Es que en tu cumpleaños te vi
triste y estabas saliendo del sótano.
Sus expresiones se relajaron. Ya no era la mamá enojada, sino la mamá vulnerable ante mis
palabras.
—Me daba curiosidad saber qué había pasado —cerré la puerta del sótano—. ¿Estás molesta
conmigo?
—No, Lisa, para nada —fingió una sonrisa despreocupada—. Si querías saber me podías
preguntar directamente a mí. Gracias por preocuparte. —me acercó a mí para darme un corto
abrazo.
Quise quedarme con la información de que había encontrado la foto que tenía en su mano ese
día. No era estratégico que ella supiera ese pequeño daño.
—Esa vez solo me puse nostálgica por los abuelos —empezó a explicarme—. Ellos me dijeron
que es probable que se muden de ciudad ese día y me puse un poco triste. Fui al sótano a ver
algunas fotos de nosotros.
—Oh, ya veo —la ansiedad me ganó y puse mis manos como puños.
—Ya estoy mucho mejor, solo fue un momento. ¿Ves? No tenías que espiar nada en el sótano,
yo podía responderte.
—Sí, lo siento. Adiós.
Como un rayo fui hasta mi habitación. Al llegar tiré todo y me acosté boca arriba en la cama.
Tomé una, dos, tres bocanadas de aire y solo un pensamiento real iluminaba toda mi mente
como una linterna:
Mamá acababa de mentirme.
Presentía, en el fondo, que todo fue para que no alcanzara a entrar al sótano.
Octavo momento.
El sábado por la noche fue sumamente especial para mí. Ernest había venido junto con su
guitarra y había tocado canciones mientras papá preparaba la cena. Cuando tenía días libres
pasaba muchas horas acá, compartiendo con mamá y conmigo, que siempre iba hacia donde
ella estaba.
Estaba sentada junto a mamá en el patio, hecha bolita por el frío y viendo como Ernest tocaba
frente a nosotras. Mantenía un aire despreocupado y asomaba una sonrisa de vez en cuando
al cantar. Me causaba gracia como debía detenerse para evitar que sus lentes rodaran por la
curva de su nariz.
Veía a mamá de reojo y sus ojos mantenían una luz que la hacía lucir muy feliz. Sonreía y
cantaba bajito. No miraba hacia otro lugar.
—Se nota que quieres mucho a mamá —dije de repente a penas una de sus canciones acabó, y
me arrepentí apenas Ernest posó su mirada en mí—. Digo… estás aquí tocando cada canción
que ella quiere escuchar.
Mi cercanía con mamá me hizo notar la tensión en su cuerpo. Ernest sonrió ampliamente, casi
riéndose.
—Obvio que la quiero. Es mi amiga.
La tensión se esfumó junto con el brillo de sus ojos.
Mamá se abrazó a sí misma y suspiró, mirando al cielo.
Noveno momento.
El lunes por la mañana me desperté antes que mamá y papá. Asomé mi cabeza a través de su
puerta y ellos dormían plácidamente bajo las sábanas.
Había un profundo silencio en la casa. Caminé despacio y observé detenidamente la puerta del
sótano.
Tomé varias bocanadas de aire y presioné fuerte mis manos.
Mamá no quería que yo hiciera lo que quería hacer; aunque me diera curiosidad, mi corazón
no deseaba desobedecerla.
Décimo momento.
Salí de la escuela el miércoles muy seria y cabizbaja, deseando no tener que caminar hasta
casa. Hoy había sido un día agotador y rogaba que se acabara de una vez por todas.
—¡Oye! —una voz familiar se escuchó cerca de mí—. Melisa.
Volteé crispada hacia el llamado. Una muchacha joven y de sonrisa gentil me saludó con la
mano y sin dudarlo ya sabía de quien se trataba.
—¡Francis! ¡Hola! —me acerqué hacia ella—. ¿Qué haces aquí?
—Tu mamá me llamó para pedirme que te lleve a casa —me mostró las llaves de su auto—. Es
tu día de suerte. Vamos.
El carro tenía el aroma de Ernest e involuntariamente miré el anillo que Francis siempre
portaba. Ella mantenía su vista muy fija en la calle y me hacía preguntas triviales para no pasar
el camino en silencio.
—Oye, pensé que vendrías el sábado a pasar la tarde con nosotros. Te perdiste del momento.
—la miré, pero no obtuve una respuesta de inmediato.
Francis volteó a verme de reojo con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Cómo dices? —soltó una risa incómoda— Oh, bueno, no siempre tenemos tiempo para
visitarlos.
No comprendí lo que dijo hasta que continuó.
—Este fin de semana Ernest y yo estuvimos muy ocupados trabajando.
No fui capaz de responderle; la miré atentamente, tratando de ver si se trataba de algún tipo
de broma pesada. Sin embargo, solo obtuve una sonrisa ingenua por su parte.
Mientras más lo pensaba más me daba cuenta de la verdad. Ella no sabía que Ernest había ido
a casa el sábado, pero ¿por qué él no le dijo?
A consecuencia, recordé todos los momentos donde Ernest pasaba horas en casa sin que
estuviese Francis, ¿tampoco sabía sobre eso?
Onceavo momento.
Los recreos últimamente han sido muy aburridos.
Me he mantenido en la biblioteca leyendo mi libro favorito, sin prestarle atención al mundo
que me rodea. Cuando suena el timbre que anuncia la siguiente clase, suspiro aliviada
sabiendo que cada vez falta menos para irme a casa.
Este día, extrañamente Abby se acercó a mí, muy entusiasmada. Había sacado un 10 en no-sé-
qué-cosa y venía a contármelo.
—¡Creo que con esto pasé la materia!
—Agradécele a Thomas, estoy segura que dejó que te copiaras de él.
—Oh, no, señorita. Esta vez hice todo yo sola.
No le respondí. Escuché el familiar timbre y de mi mochila busqué el separa páginas. Sentí una
hoja y la saqué sin cuidado.
—¡Oye! ¿Esa eres tú?
—¿Eh?
Miré detenidamente aquello que mantenía en mi mano. Era la fotografía que le había quitado
a mi mamá. Rápidamente la oculté, pero Abby me la arrebató con una creciente curiosidad.
—¡Es tu madre! ¡Qué bonitos se ven!
—Ni siquiera sabes quién es, no seas tonta. —bufé molesta, pudiéndosela quitar para mirar la
foto de reojo, verificando que no se hubiera arrugado.
—Pues claro, es tu papá, ¿no? —tuve el impulso de reírme a carcajadas— Dice “te quiero”.
—¡Cállate!, no es mi papá, es…
—¿Un antiguo novio de tu mamá?
Guardé el libro en mi bolso y suspiré, encogiéndome de hombros.
“No tengo idea”, quise decir.
Duodécimo momento.
Ese mismo día, por la noche, papá empezaba a preparar las cosas para navidad. Sacaba una,
otra y otra cosa del sótano, y yo, muy curiosa y entusiasmada, me aproximaba siempre hacia
donde él estaba. Él recibía mi ayuda contento, pero después de una hora ya tenía la frente
perlada de sudor y respiraba agitado por todo lo que debía transportar.
Mamá no tardaba en llegar y a cada rato miraba el reloj de la cocina, esperando ansiosa a
poder verla. Sin saber porqué, se me ocurrió una idea y corrí para decírsela a papá:
—¡Invitemos a Ernest y a Francis para que pongan la navidad con nosotros!
Papá alzó sus cejas y rápidamente frunció el ceño.
—¿A Ernest y a Francis? —hizo énfasis en la “y”.
Asentí con la cabeza, emocionada.
—Suelen trabajar mucho a esta hora —miró su reloj de muñeca y recordé aquello que me
había dicho Francis en el auto camino a casa; era confuso y certero al mismo tiempo—. Los
llamaré para ver si están disponibles. Podrían quedarse a cenar.
Le agradecí y fui nuevamente hasta la cocina. A través de la ventana, vi a mamá aparcar su
auto, empecé a darme cuenta de por qué esa idea vino a mi mente. Una parte de mí
necesitaba mirar todo detenidamente. Solo al observar puedes notar lo que antes no veías a
simple vista.
Decimotercer momento.
Vi a Francis llegar y en seguida vislumbré a Ernest. Aparcaron su auto junto al de mamá y
Ernest esperó a que ella estuviera cerca para tomarle la mano. El acto me enterneció.
Mamá y Francis apenas pronunciaban palabras entre ellas; se concentraron más en ayudar a
papá y a Ernest, quienes con gracia tiraban las cosas de navidad hacia los muebles,
esparciendo escarcha de las decoraciones por toda la sala. Miraba atentamente a mamá, quizá
como nunca antes lo había hecho. Suspiraba cada tanto, se reía a carcajadas y lanzaba miradas
despreocupadas al hablar. Le costaba posar sus ojos en alguien.
Ernest era un encanto, tan solo hacía chistes e intentaba estar cerca de Francis, quien se
mantenía tímida y de vez en cuando respondía a lo que se le preguntaba.
Empecé a sentirme una tonta queriendo buscar detalles en todo; ni siquiera sabía cuál era mi
objetivo en primer lugar, simplemente tenía una curiosidad intensa ante lo que intuitivamente
creía que pasaba. Solo era eso, intuición.
¿Pero qué creía exactamente? Mamá es mamá, una señora enamorada de mi papá. No había
nada más allá de eso. Si quería un misterio, podía irme a leer libros de Agatha Christie.
Horas más tarde, papá hizo la cena y todos nos sentamos en el comedor de la sala. Había
muchas conversaciones en un mismo espacio, y a pesar de ser la única niña, me sentía cómoda
escuchándolos a todos. Me reía ante las ocurrencias de Ernest y papá, y la risa enérgica de
mamá contagiaba el aire de entusiasmo.
—¡Oh! ¡Se nos olvidó! —dijo papá de repente, y todos volteamos a mirarlo en silencio—. ¡La
estrella del árbol!
Miramos al árbol de navidad, y efectivamente, le faltaba la estrella de la punta.
—Creo que la vi en el sótano —Ernest se levantó tan rápido de su asiento que no le dio tiempo
a nadie de reaccionar, excepto a mí—. La buscaré.
—¡Te acompaño!
Corrí atrás de él antes de que mamá pudiese llegar a detenerme. Una presencia familiar me
siguió, pero estaba tan entusiasmada por poder ver el sótano que no le presté atención. Bajé
las escaleras rápidamente y solo veía cajas sobre cajas, además de un Ernest muy confuso y sin
saber donde empezar a buscar.
—¡Creo que la vi!
Intenté pasar por algunas cajas, guiándome de un objeto brillante que había percibido en lo
alto de las escaleras. Me puse de puntillas para intentar alcanzarlo, pero perdí el equilibrio y
caí.
Unas cajas amortiguaron mi pesado cuerpo contra el suelo y mis lentes rebotaron lejos de mi
rostro. Me quejé y con cuidado volví a ponérmelos. Vi a mamá y a Ernest muy quietos en su
lugar. No entendía nada.
Me puse de pie con un poco de dolor en mis brazos y miré al suelo. Un sinfín de sobres y fotos
salían de aquella caja que había aplastado. Al verlos otra vez, solo eran capaces de mirarse.
Me sentí pequeña e invisible.
Decimocuarto momento.
No podía concentrarme al leer, cada palabra se volvía difusa e inentendible. Intentaba
despejar mi mente para crear espacio y poder procesar lo que leía, pero me era imposible. Una
sola frase y una sola imagen permanecían en mi mente y no tenían intenciones de irse.
“Melisa, vete ya a tu cuarto.”
Me quedé muy quieta, paralizada en un solo cuadro. Veía a Ernest, quien tampoco se movía.
Veía a mamá, empezando a hiperventilar. Veía esa caja, o esas cajas, no podía contarlas. Lo
único llamativo era el sinfín de fotografías y todos aquellos sobres con varias caligrafías.
No quise tener que identificar a nadie en aquellas fotos, pero simplemente no pude. Era
mamá. Mamá y Ernest.
“¿Qué es esto?” atiné a susurrar.
Cerré el libro y escondí mi cabeza entre las almohadas de mi cama. Recordar hacía que mi
corazón se acelerara.
“No es nada.” Ernest reaccionó y corrió a meter cada foto y cada sobre en su lugar. No le tomó
ni un minuto recoger todo.
Mi mamá lucía irreconocible. Sus ojos empezaban a borbotear lágrimas y ella solo se mantenía
en silencio.
Ernest y Francis se fueron solo cinco minutos después de haber ocurrido el evento. Dolía
observar detenidamente a mamá, quien evitaba mirarme y respiraba para mantener la calma.
Ocurrió lo que ella temía. Si eso era lo que ocultaba, necesitaba llegar al fondo de todo esto.