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Relatos de soledad y esperanza en la noche

Ejemplos de microrrelatos

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Miguel Cenalmor
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Primera plana

Una joven deambulaba por la calle a las doce de la noche. Un taxista se ofreció a llevarla.
Tímidamente le dio una dirección. Subió justo detrás del asiento del robusto conductor, quien
percibió su perfume y la observó por el espejo retrovisor. La chica mantenía la vista baja, sin hablar.
Todo parecía normal; hasta que notó una ruta desconocida. Al ver su perturbación, le explicó: «Las
calles están bloqueadas por mantenimiento»; ella sonrió sin decir nada. Aquella carretera se
tornaba más solitaria y oscura. Él sonreía, deleitado en sus sórdidos pensamientos. Su pasajera,
sacó del bolsillo del abrigo su cable. Lo tensó con tal fuerza; tan firme que, si no fuera por los
guantes, le rompería la piel. Pensaban en los titulares. Él soñaba: «El depredador nocturno atacó de
nuevo». Para ella era suficiente un simple: «Degollador mata taxista». En ese auto, ambos
albergaban la esperanza de cumplir sus deseos.

Un paseo en barca

La noche acechaba con sigilo sobre la isla de Borneo. La barca se deslizaba por el río. El
perfume de la naturaleza parecía invadirlo todo. Al fondo, la selva tropical, inundada por manglares
y habitada por orangutanes y aves exóticas. Comenzamos a adentrarnos entre las casas flotantes.
Esa riqueza natural contrastaba con la pobreza material. «¡Cuánta miseria!», pensé, «¡Qué infelices
son!». Vivían hacinados, en pésimas condiciones. Pero parecía no importarles. A medida que iba
avanzando la barca, vi a algunos nativos asomarse. Me sorprendió que todos tenían algo en común:
regalaban una amplia sonrisa en su rostro inocente. La esperanza les hacía dichosos. Entonces
comprendí que eso era la “felicidad”.

Edredón

El hombre sueña. El sol calienta su cuerpo, el viento juega entre sus alas. Muy lejos, allá
abajo, ve pasar los bosques infinitos que nunca amarillean, las cimas de las montañas pintadas por
las primeras nieves. Vuela repartido en un millar de cuerpos tibios, blancos y estilizados. La
superficie espejada de los lagos le devuelve su reflejo, el de una bandada de gansos que se dirigen
gozosos a su nuevo hogar, sin saber que nunca llegarán. El hombre sueña arropado con nuestras
plumas robadas. Cuando recordamos la vida y la libertad, antes de que las trampas y la muerte nos
convirtieran en lo que somos somos ahora, él sueña.

Operación Matemática

El uno se encontraba solo en la explanada de papel. Lejos, en el horizonte, el redondo


contorno de una figura se iba dibujando poco a poco. Era un cero, estaba convencido. Deseó que
detrás de él vinieran más ceros en formación. Él sería su capitán y les infundiría valor, pues sin él no
eran nada. Pero entonces, algo le hizo titubear: aquel dígito portaba un signo. No tuvo tiempo de
reaccionar cuando el cero le lanzó el aspa que lo anuló.

Salvé

Ayer, adentrada la noche, mientras paseaba bajo la luz de media luna y con perfume de
madreselva, salvé a un hombre. Se encontraba subido en la barandilla del puente, apoyado a duras
penas mientras sus pies sobresalían por ambos lados. Una farola le servía de apoyo, aunque parecía
no solicitarlo. Con mis palabras hice lo imposible por brindarle esperanza y convencerle de que
bajase, algo que finalmente logré. Esta noche, regresando a casa, encontré a ese mismo hombre
plasmado en las páginas de un periódico en el suelo. Horas después de su salvación acabó con la
vida de tres personas y después se quitó la suya. Yo continúo aquí, bajo media luna nublada,
apoyado en una farola. No huele a madreselva y mis pies sobresalen sobre la barandilla. Sigo
esperando a que pase alguien como yo, para ser salvado, pero parece que hoy no podrá ser. Hoy
no.
Madres

Madre habitaba en la noche. Desde que la vida dejó su nido vacío construyó un muro de
silencio cada vez más alto y más ancho que nos era imposible atravesar con las palabras. Solo
conseguíamos despertar su mirada cuando las cuatro nos reuníamos para darle el masaje semanal
con su perfume favorito. El aceite de romero con el que la menor de mis hermanas frotaba su
espalda primero, después sus hombros y, por último, sus doloridas rodillas —mientras las demás
ayudábamos a que ese instante fuera cómodo y placentero— le devolvía la sonrisa durante apenas
unos segundos. Suficientes para que renaciera la esperanza de volver a estar reunidas en torno a un
cuento, con la mamá de nuestra infancia. Desconsuelo inmediato al comprobar que todo había sido
un espejismo: mamá no volvería nunca. Las madres, ahora, éramos nosotras.

Boomerang

Juan decidió terminar con su vida. Así pensaba vengarse de los amigos y la familia,
culpables según él, de su soledad y de su fracaso. «No puedo fallar, —pensó— ¡Se van a enterar!».
Esa noche escribió al “Señor Juez” una nota sin esperanza que guardó cuidadosamente en el bolsillo
de la camisa. En la farmacia compró el frasco de somníferos. Las brillantes pastillas rojas
desprendían un perfume característico. Cuando salió llovía a cantaros, el pavimento brillaba en la
oscuridad y un río de agua se colaba en las alcantarillas. Inesperadamente, resbaló y cayó hacia
atrás con fuerza, el frasco de pastillas se le escurrió de las manos, la nota se escapó del bolsillo y su
cabeza estalló contra el bordillo de la acera. La vida se le congeló en una sonrisa resignada y murió
con su mirada fija en la nota, que se perdía mansamente aguas abajo.

Incrédula

Justo antes de salir de casa, utiliza el perfume floral de siempre; ese cuyo olor empalaga,
que la ahoga si aplica demasiado; pero no le importa, porque es de él. Recuerda la noche que
pasaron, esos besos en el cuello, su ropa… el efímero amor. Sale, cierra la puerta y camina. Aún se
pregunta por qué no ha cambiado la cerradura. Deja entrever a los viandantes una leve sonrisa
entre su pintalabios rojo. Se engaña tras la esperanza de que pueda volver y guarda su sonrisa.

Condena eterna

—Soy Esperanza, tu esposa —le dijo la anciana cuando él se despertó —. ¿Te acuerdas de
esto? El hombre, con los ojos entrecerrados, la asoció con el perfume ocre del aire. Había luchado
en sus sueños contra la pena que le causaban los cientos de decapitados que había ejecutado como
verdugo. Lo habían envuelto oleadas de sangre y atormentado los alaridos, por eso se había
revolcado tanto en su cama bañado en sudor. Con el amanecer siempre se le borraba la memoria,
pero sus familiares le recordaban quién era. Vio la capucha negra agitándose, luego a un joven
fornido con un rostro muy familiar y abrió la boca como bobo. —Es tu hijo, Jean Louise, se llama
como tú y ahora ocupa tu puesto. Te retiraron por tu enfermedad, pero debes saber que eras el
mejor. — Una náusea le presagió otra noche horrible llena de pesadillas.

Clara

Semana tras semana iba al antro de mala muerte a escuchar el preciado bolero. El ritual
consistía en llegar antes que nadie a la barra, depositar varias monedas en la vellonera y marcar la
B21. Inmediatamente Lucho cantaba su bolero favorito. Bebía el contenido de una botella de ron
con hielo, limón y agua. Así pasaba su viernes escuchando siempre la misma canción hasta más o
menos las diez de la noche que llegaba el grupo de asiduos apoderándose de la vellonera. Cuando
había saciado su sed de alcohol, pagaba y se marchaba dando tumbos. El negocio se vendió y solo
tocaban rock. Clara había envejecido, ya no tenía las fuerzas ni el deseo de buscar otra barra donde
ir. Poco a poco se fue apagando. Cuentan los vecinos que desde que murió de su apartamento vacío
se escucha: Reloj no marques las horas porque voy a enloquecer…

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