1
Zóli era un chico lleno de vida. Le encantaba jugar en la plaza,
correr con sus amigos y sentir el viento en la cara cuando andaba
en bicicleta. Pero una tarde, todo cambió de manera inesperada.
Un accidente de automóvil lo dejó gravemente herido. Fue
llevado al hospital de urgencia, entre gritos y luces brillantes, sin
entender del todo qué había pasado.
Pasó varios días rodeado de médicos y enfermeras que luchaban
por salvarle la vida. Su familia estaba a su lado, preocupada y
rezando por su recuperación. Cuando finalmente abrió los ojos,
sintió que algo había cambiado para siempre.
2
Zóli había perdido un brazo en el accidente. Al escucharlo, sintió
un vacío en el pecho y un dolor más fuerte que cualquier herida
física. En su mente se mezclaban preguntas y miedos: ¿cómo
podría volver a jugar al fútbol?, ¿cómo volvería a montar su
bicicleta?, ¿qué pensarían sus amigos al verlo así?
Durante semanas permaneció en la cama del hospital, mirando el
techo, su padre y su madre lo acompañaron día y noche mientras
se recuperaba. Cada noche, antes de dormir, miraba por la
ventana y deseaba volver al pasado, a los días en que todo
parecía más simple y feliz.
3
Cuando volvió a casa después del hospital, Zóli ya no era el
mismo. Pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en su cuarto,
evitando salir a la calle. No quería que sus amigos lo vieran,
porque sentía vergüenza de mostrarse con un solo brazo.
El espejo de su habitación se convirtió en su enemigo: cada vez
que lo miraba recordaba lo que había perdido. Su padre intentaba
conversar con él en las noches, pero Zóli respondía con pocas
palabras, lleno de rabia. Su madre, preocupada, trataba de
distraerlo con cuentos o música, pero nada lograba animarlo. Zóli
sentía que estaba atrapado entre la tristeza y la soledad.
4
Un día, sus padres lo llevaron a un centro de rehabilitación. Zóli
no quería y dijo que no quería ir, pero al final aceptó, aunque de
mala gana. Allí vio a muchos otros jóvenes con distintas
discapacidades: algunos en sillas de ruedas, otros con muletas, y
otros con problemas para hablar o escuchar.
Lo que más le sorprendió fue que todos se reían, conversaban y
jugaban entre ellos. Se hacían llamar el grupo Impar, porque cada
uno era diferente y especial a su manera. Al principio, Zóli se
sintió incómodo, pensando que no encajaría, pero la curiosidad lo
hizo quedarse. Esa primera experiencia lo dejó pensativo, porque
por primera vez sintió que tal vez no estaba tan solo como creía.
5
En ese grupo Impar conoció a Viviana, una chica de hermosa de
gran sonrisa y carácter alegre. Ella se acercó a él y le preguntó
directamente por su accidente, sin mostrar lástima. Viviana le
contó que también tenía una dificultad física, pero que eso no le
impedía disfrutar de la vida.
Con chistes y bromas consiguió sacarle una sonrisa a Zóli
después de muchos días. En una tarde, lo invitó a jugar cartas
con el resto del grupo y él aceptó. Esa simple invitación marcó
un cambio: Zóli comenzó a hablar y a compartir. Se dio cuenta de
que Viviana lo trataba como a cualquier otro amigo, y eso lo hizo
sentirse aceptado y valorado.
6
Otro integrante importante era Tola, un joven seguro de sí
mismo. Tenía movilidad reducida y usaba muletas, pero eso no le
impedía participar en todas las actividades. Tula le dijo a Zóli
algo que nunca olvidaría: “la fuerza no está en el cuerpo, está en
la mente”.
Con ella aprendió que la verdadera valentía era seguir adelante a
pesar de las dificultades. Tola lo motivó a participar en un juego
de equipo donde debía coordinarse con los demás, y aunque al
principio se sintió torpe, recibió apoyo y comprensión. Esa
experiencia le mostró que podía volver a intentar cosas nuevas
sin miedo a equivocarse.
7
Con el tiempo, Zóli comenzó a sentirse parte del grupo Impar.
Pasaban largas tardes contando historias, compartiendo secretos
y apoyándose unos a otros. Cada miembro del grupo tenía una
historia de dolor, pero también de superación.
Esas conversaciones ayudaban a Zóli a comprender que no era el
único con dificultades que superar. Descubrió que podía reír y
llorar con ellos, y que la amistad era un refugio poderoso. Poco a
poco, fue recuperando la confianza que había perdido. Ya no veía
solo lo que había perdido, sino lo que aún tenía por vivir.
8
Aun así, la vida fuera del grupo no era fácil. Cuando salían juntos,
recibían miradas de curiosidad o lástima de la gente. Una tarde
en la plaza, un grupo de niños comenzó a burlarse de ellos. Zóli
sintió rabia y quiso enfrentarlos, pero Tola lo detuvo. “No vale la
pena”, le dijo. Viviana, con su humor, cambió el ambiente y todos
terminaron riendo.
Aunque las palabras dolían, aprendieron a no dejar que los
prejuicios arruinaran su día. Esa experiencia enseñó a Zóli que lo
más importante era lo que compartía con sus amigos y no la
opinión de los demás.
9
Un paso importante fue cuando Zóli se animó a probar nuevas
actividades. Con la ayuda de sus compañeros, se subió a una
bicicleta adaptada. Sentir el viento en la cara otra vez fue una
victoria que lo llenó de alegría.
También volvió a la plaza, esta vez acompañado por el grupo
Impar. Aunque algunos lo miraban con sorpresa, él ya no se
escondía. Descubrió que podía volver a hacer lo que amaba,
aunque de otra manera. Cada logro pequeño se convertía en un
motivo de orgullo, y eso le devolvía la confianza para seguir
adelante.
10
En las tardes de conversación, el grupo compartía sus sueños.
Viviana quería ser profesora para enseñar a los niños y niñas que
todos merecen respeto. Tola soñaba con viajar y conocer nuevos
países.
Zóli, inspirado por ellas, pensaba en estudiar algo que le
permitiera ayudar a otros jóvenes que pasaran por lo mismo.
Imaginaba contar su historia para que nadie se sintiera solo. Entre
planes y risas, aprendieron que la discapacidad no les quitaba el
derecho a soñar. Al contrario, les daba nuevas razones para
luchar por un futuro mejor.
11
Un día organizaron una presentación en la escuela. Frente a
todos los estudiantes, contaron sus historias y hablaron sobre lo
que significaba vivir con una discapacidad. Al principio estaban
nerviosos, pero poco a poco la sala se llenó de atención y
respeto.
Zóli habló de su accidente y de cómo había aprendido a seguir
adelante. Cuando terminaron, recibieron un aplauso fuerte y
sincero. Muchos compañeros se acercaron a felicitarlos y a
decirles que los admiraban. Ese día, Zóli comprendió que podía
inspirar a otros con su experiencia y que su voz tenía valor.
12
Al mirar atrás, Zóli recordó todo lo que había pasado desde el
accidente. En un principio pensó que su vida había terminado,
pero en realidad había comenzado un nuevo camino. Gracias a
Viviana, Tola y el grupo Impar, entendió que ser diferente no es
un castigo, sino una manera de ser único.
Descubrió que siempre existirán barreras, pero también habrá
amistad, amor y esperanza. Ser “impar” significaba ser distinto,
pero también fuerte y valioso. Con esa verdad en el corazón, Zóli
dejó de sentirse incompleto y comenzó a vivir con orgullo y
alegría por lo que era.
Preguntas por capítulo:
1.- ¿Qué accidente sufrió Zóli y cómo cambió su vida después de eso?
2.´ ¿Cómo se sintió Zóli cuando se miró al espejo por primera vez después
del accidente?
3.- ¿Por qué Zóli fue al centro de rehabilitación y qué descubrió allí?
4.- ¿Qué características tenían los amigos que Zóli conoció en el centro?
5.- ¿Cómo lo recibió la "galera ímpar" cuando se unió al grupo?
6¿Qué actividad o juego realizaron juntos los amigos para divertirse?
7.- ¿Cómo reaccionó Zóli cuando se dio cuenta de que, a pesar de las
diferencias, podía participar en muchas actividades?
8.- ¿Qué situación de discriminación enfrentaron Zóli y sus amigos en
público?
9.- ¿Qué hizo Zóli para sentirse más seguro y confiar en sus habilidades?
10.- ¿Qué papel jugó la amistad en la vida de Zóli después de su accidente?
11.- ¿Cómo aprendieron Zóli y sus amigos a apoyarse mutuamente frente a
las dificultades?
12.- ¿Qué enseñanza deja la historia de Zóli y la galera ímpar sobre la
importancia del respeto y la inclusión?
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