El relojero y el tiempo perdido
En un pequeño pueblo, había un relojero llamado Elías.
Su taller estaba lleno de relojes de péndulo, de bolsillo y
de torre, todos latiendo con un tic-tac distinto, como si
cada uno guardara un secreto propio.
Un día, una niña llamada Clara entró con un reloj roto en
las manos. Era viejo, con una tapa de plata y una
inscripción casi borrada: “Para que nunca olvides el
tiempo que nos pertenece”.
—Se detuvo de repente —dijo Clara, con los ojos
brillando de curiosidad—. ¿Puede arreglarlo?
Elías lo examinó y notó algo extraño: las agujas no
estaban atascadas por el mecanismo, sino por un puñado
de arena dorada atrapada en su interior, como si el reloj
hubiera tragado un pedazo de hora perdida.
Al limpiar el reloj, la arena empezó a brillar y, de pronto,
el taller se llenó de imágenes: Clara de bebé en brazos de
su madre, Clara aprendiendo a leer, Clara riendo bajo la
lluvia. Eran momentos que habían quedado atrapados en
aquel reloj.
—Este reloj no mide el tiempo… lo guarda —susurró
Elías.
Clara lo miró asombrada.
—¿Y puedo recuperarlo?
Elías sonrió.
—El tiempo no vuelve, pero la memoria sí. Cada recuerdo
guardado aquí vivirá mientras lo cuides.
Desde ese día, Clara regresaba al taller a escuchar los
relojes. Y descubrió que, aunque el tiempo avanzara, los
momentos felices no se pierden: simplemente se
transforman en historias para ser recordadas.