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Despertar tras el accidente: secretos y culpa

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Capítulo 1: los accidentes siempre pasan por algo

Abrí los ojos con dificultad. La luz blanca del techo me lastimaba y un pitido
constante retumbaba en mis oídos. Me costaba respirar, como si mi propio
cuerpo se negara a despertar.
—¿Axel…? —susurré, y el nombre me supo amargo.
De todas las personas en el mundo, ¿por qué tenía que ser él la primera que
viera? Yo lo odiaba… o al menos eso me repetía cada vez que lo tenía cerca.
Nunca habíamos sido amigos, apenas soportábamos compartir el mismo
grupo, y siempre había algo en su forma de mirarme que me sacaba de quicio.
Él levantó la cabeza lentamente. Sus ojos estaban rojos, cansados, como si no
hubiera dormido en días. Por un segundo quise creer que le importaba, pero
enseguida me reprendí. No. No estaba aquí por mí. Estaba aquí porque se
sentía culpable.
Recordé flashes de la fiesta: la música a todo volumen, las risas, la discusión…
y luego, el accidente. Cerré los ojos con fuerza, como si pudiera bloquear las
imágenes, pero solo conseguí que regresaran más vivas.
La puerta se abrió de golpe y mi madre entró llorando, seguida de mi padre y
mi hermano. Todos hablaban al mismo tiempo, todos querían tocarme,
abrazarme, asegurarse de que realmente estaba despierta.
—Mi niña… estás aquí, estás con nosotros —repetía mamá, mientras me
acariciaba el rostro.
Entre tanto bullicio, escuché a mi hermano murmurar:
—No lo vas a creer, pero Axel no se ha movido de aquí desde esa noche.
Mi mirada se deslizó hacia él. Estaba serio, con la cabeza gacha, como si
quisiera volverse invisible. Sentí un nudo en el pecho. ¿Por qué él? ¿Dónde
estaba Daniel? ¿Por qué no había sido mi novio el primero en recibirme al
despertar?
Horas más tarde, cuando todos al fin se fueron a descansar, la puerta se abrió
de nuevo. Esta vez sí era Daniel. Su sonrisa se extendió apenas me vio.
—Al fin… pensé que no volvería a escuchar tu voz —dijo, acercándose rápido.
Me rodeó con cuidado, sus manos temblaban al tocarme. Sentí un alivio
familiar, un calor que había esperado. Pero aquella paz se quebró cuando notó
la figura sentada en la esquina de la habitación.
—¿Qué haces aquí, Axel? —preguntó Daniel con frialdad.
Axel levantó la mirada, y por un instante sus ojos se cruzaron con los míos.
Luego respondió:
—No pienso irme. No hasta que ella esté bien.
El silencio se volvió insoportable. Podía escuchar el pitido de las máquinas
mezclarse con mis propios pensamientos. ¿Qué clase de juego era este?
¿Desde cuándo Axel decidía quedarse a mi lado como si de verdad le
importara?
—No tienes por qué estar aquí —le solté, la voz aún débil pero cargada de
rabia.
Él frunció el ceño.
—Créeme, si pudiera elegir, no estaría. Pero alguien tiene que hacerlo.
—¿Alguien? —casi me atraganté con la palabra—. ¿Y desde cuándo tú eres
ese alguien?
Daniel me sostuvo la mano, apretando fuerte, como si quisiera remarcar su
lugar en esa escena. Axel me miró un segundo más y luego se levantó de la
silla.
—Olvídalo. Tienen razón, no debería estar aquí.
Lo vi dirigirse a la puerta, con el paso pesado. Parte de mí quiso gritarle que se
quedara, que me explicara, que me dijera por qué llevaba días enteros a mi
lado. Pero me quedé callada. Me quedé observando cómo se iba.
Y entonces, como un rayo, me golpearon recuerdos dispersos de la fiesta.
La música ensordecedora. Daniel riendo en otro lado, distraído con sus amigos.
Una copa tras otra en mi mano. Y Axel… Axel sujetándome del brazo para que
no cayera. Su mirada no fue arrogante esa vez; fue seria, casi preocupada. Lo
miré de cerca, quizá demasiado. Tal vez fue el alcohol, tal vez el cansancio,
pero por un instante lo detallé como nunca lo había hecho: la línea tensa de su
mandíbula, sus ojos verdes que parecían más claros bajo las luces, la forma en
que sus dedos, firmes, me sostenían para que no me desplomara.
No sé si fue el efecto de las copas o de su cercanía, pero algo cambió en mí en
ese momento. Un segundo bastó para borrar el odio y dejarme confundida.
Recuerdo que discutimos, como siempre, pero ya no sonaba igual. Y después,
la madrugada helada, el auto, su voz gritándome algo, y el choque.
Abrí los ojos de golpe. Todo estaba borroso, pero lo suficiente para entenderlo.
Él se sentía culpable. Por eso estaba aquí. Por eso no se movía de mi lado. Y
lo peor era que Daniel no lo sabía. Él creía que yo tuve el accidente sola. No
tenía idea de que había sido Axel quien me llevó a casa esa noche.
Los días siguientes fueron una rutina de enfermeras, revisiones y palabras de
aliento. Daniel venía a visitarme cuando podía, siempre sonriendo, siempre
asegurándome que todo volvería a ser como antes. Mi familia trataba de
mantener el ánimo alto, aunque podía ver el miedo en sus ojos cada vez que
pensaban que no miraba.
Y Axel… Axel no volvió a entrar a mi habitación. Pero lo escuchaba. Escuchaba
pasos en el pasillo a deshoras, escuchaba su voz apagada hablando con las
enfermeras. Sabía que seguía ahí, aunque se negara a mirarme.
El alta llegó antes de lo que pensé. El médico dijo que necesitaba reposo en
casa, pero que lo peor ya había pasado. Mi madre lloraba de alegría, mi padre
se ofreció a cargar con todas las bolsas, y Daniel me abrazó como si fuera a
romperme.
Pero en medio de todo ese caos, mis ojos buscaron, sin querer, una silueta en
la esquina del pasillo. Y sí, allí estaba. Axel, recostado contra la pared, con las
manos en los bolsillos y la misma expresión seria de siempre.
Esta vez, cuando mis ojos se detuvieron en él, algo fue diferente. No sé qué
era exactamente… tal vez la forma en que me observaba sin decir nada, o el
descolocó, como si aquel chico al que juraba odiar escondiera algo que yo no
quería, ni debía, descubrir.
Tragué saliva y fingí no darle importancia. Pero mis pensamientos me
traicionaban: De todas las personas, ¿por qué tenía que ser él el que no se
apartara de mi vida, aunque yo lo quisiera lejos?.
Capítulo 2:
El sonido del despertador me arrancó del sueño con brusquedad. Abrí los ojos
y me quedé mirando el techo un momento. El silencio del apartamento me
resultaba extraño, demasiado absoluto. Vivir sola tenía sus ventajas: nadie me
apuraba, nadie me preguntaba si había desayunado… pero también me hacía
extrañar el caos de mi casa.
Pensé en mi mamá, que seguía en la misma ciudad, y en mi hermano menor,
que todavía estaba terminando la preparatoria. Seguro a esa hora apenas
estaría arrastrándose fuera de la cama, quejándose de lo mucho que odiaba
madrugar. Sonreí sola: algunas cosas nunca cambiaban.
Miré el reloj y recordé que no podía distraerme; tenía que llegar a tiempo a
clase. Y aunque todavía me costaba retomar el ritmo después del accidente, no
quería atrasarme más en mi carrera. Al fin y al cabo, yo había elegido esto:
Psicología. Largas horas de lectura, prácticas interminables, proyectos que
parecían no tener fin… pero todo tenía sentido para mí.
Supongo que en parte fue por lo que pasó en mi familia. Cuando mi papá se
fue, las cosas no fueron fáciles. Mi mamá hizo lo imposible por mi hermano y
por mí, aunque sé que le dolió más de lo que dejaba ver. Con el tiempo, mis
papás aprendieron a mantener una relación cordial por nosotros, y ahora él
incluso tiene otra esposa. Puede que esté en paz, pero yo sé lo mucho que
costó llegar hasta ahí. Y a mí también me dejó huella. Quizá por eso me
interesa tanto entender a las personas, las emociones, lo que nos quiebra y lo
que nos sana.
Mientras tomaba un sorbo de café, mi celular vibró sobre la mesa. Era un
mensaje de mi hermano: “¿ya viste el nuevo capítulo de la serie? No me hagas
spoilers.” sonreí al leerlo y le respondí rápido: “tranquilo, todavia no lo veo.
Pero guarda tus comentarios, que me toca verlo hoy.” Cosas simples, pero que
me recordaban que, aunque estuviera sola, mi familia seguía presente de
alguna manera.
Me levanté con pereza y salí casi corriendo para no llegar tarde. El aire fresco
de la mañana me golpeó en la cara mientras caminaba hasta donde estaba mi
coche para ir hacia la universidad. Era raro: por fuera todo parecía normal, pero
yo sentía que todavía no terminaba de encajar de nuevo en mi rutina.
El campus estaba igual que siempre: abarrotado de voces, de pasos
apresurados, de risas. Todos iban y venían como si el mundo nunca se hubiera
detenido, mientras yo avanzaba despacio, intentando retomar mi lugar.
—¡Al fin apareces, Violet! —gritó Isabella desde la entrada del salón, moviendo
los brazos para que la viera.
No pude evitar sonreír. Corrí hacia ella y me dejó atrapada en un abrazo fuerte.
—Ya sabes, tenía que guardar reposo unos días —le respondí con un suspiro.
—Sí, pero ya era hora. Se siente raro sin ti en clase —dijo, entre divertida y
aliviada.
Entramos al salón juntas. El profesor ya estaba colocando sus papeles sobre el
escritorio, mientras el resto de estudiantes conversaban en voz alta. Apenas
logré concentrarme; cada palabra parecía deslizarse por encima de mí sin
quedarse. Isabella me pasó un papelito con un dibujo ridículo y solté una risa
contenida. Al menos ella siempre sabía cómo sacarme de mis pensamientos.
Más tarde, en la cafetería, nos sentamos en una mesa junto a la ventana.
Estaban Mateo, Isabella, Ethan y otros compañeros. El ambiente era ruidoso,
como siempre a esa hora, con platos chocando y conversaciones mezcladas.
Yo apenas empezaba a comer cuando sentí una mano sobre mi hombro.
—¿Me guardaste lugar, no? —era Daniel, con su bandeja en la otra mano y
esa sonrisa suya que parecía iluminar cualquier espacio.
—Claro —respondí, haciendo un poco a un lado mi bolso para que se sentara a
mi lado.
La conversación iba ligera, entre quejas de exámenes y bromas, hasta que
Mateo miró alrededor y comentó con naturalidad:
—¿No vieron a Axel? No lo vi en la cafetería hoy.
—Seguro en la cancha —contestó Ethan enseguida, como quien ya sabe la
respuesta—. Ese man vive allá, no se pierde ni un entrenamiento.
Isabella se encogió de hombros mientras revolvía el jugo con la pajilla.
—Bah, si igual casi nunca se junta con nadie. Siempre está como en lo suyo.
Yo solté un resoplido sin poder evitarlo.
—Exacto. Eso es lo que no soporto de él. Parece que nada ni nadie le importa.
Ethan levantó una ceja.
—Tampoco es así, Violet. Con los del equipo no se muestra distante. Solo hay
que conocerlo.
Yo dejé el tenedor sobre la bandeja y crucé los brazos.
—Pues conmigo no hay nada que conocer. No me cae bien, punto.
Daniel, a mi lado, simplemente me pasó su bebida, como si supiera que lo
mejor era dejar el tema ahí. Pero aunque intenté volver a concentrarme en mi
almuerzo, mi cabeza seguía girando en lo mismo: lo que había pasado en la
fiesta, el accidente, su mirada.
Después del almuerzo, mientras caminaba hacia la biblioteca con Isabella y
Daniel, lo vi. Estaba apoyado en una de las columnas, con su mochila colgando
de un hombro y el celular en la mano. Axel. Como si el destino hubiera decidido
cruzarnos justo cuando yo menos lo quería.
Nuestros ojos se encontraron apenas un segundo, pero ese instante bastó. Él
me sostuvo la mirada, serio, con esa expresión que siempre me resultaba
imposible descifrar. Yo, en cambio, apreté los labios y desvié la vista de
inmediato, fingiendo que revisaba mis apuntes.
—¿Vamos, Violet? —preguntó Isabella, notando que me había quedado quieta.
Asentí sin decir nada. Pasamos frente a él y, aunque yo intenté aparentar
indiferencia, podía sentir sus ojos siguiéndome. Una corriente extraña me
recorrió la espalda, como si hubiera algo más detrás de esa simple
coincidencia.
No hablamos hasta que entramos a la biblioteca. Isabella dejó sus cosas sobre
la mesa y me miró fijamente.
—En serio, todavía no entiendo por qué te cae tan mal.
Yo respiré hondo, evitando su mirada.
—Créeme, Isa. Tengo mis razones.
Y aunque lo dije con firmeza, en el fondo ni yo misma entendía por qué cada
vez que lo tenía cerca sentía esa mezcla de rabia, confusión… y algo más que
no quería admitir.
Me hundí en mis apuntes para distraerme, y fue entonces que sentí el roce de
una mano en la mía. Levanté la vista y era Daniel. Sonreía, tranquilo, como
siempre.
—Oye —me dijo en voz baja, como para que Isabella no escuchara—. Te noto
rara desde hace unos días. ¿Estás bien?
Tragué saliva, tratando de sonar convincente.
—Sí… solo estoy cansada. Ya sabes, las clases, los trabajos. —Bajé la vista,
aunque sabía que él no se conformaría tan fácil.
Daniel ladeó la cabeza y entrecerró los ojos, como si intentara leerme.
—No me mientas, Violet. No digo que sea algo malo, solo… después de lo del
accidente, es normal que te sientas diferente. Si quieres, podemos tomarnos la
tarde libre, salir un rato. Hace tiempo no tenemos un día solo para nosotros.
Su propuesta me hizo sonreír. Había algo en la manera en que me lo decía, tan
simple, tan directo, que me devolvía a tierra.
—Me parece bien —respondí, dejando escapar un suspiro—. La verdad,
necesito despejarme un poco.
Isabella, que claramente había alcanzado a escuchar, soltó una risita.
—Perfecto, entonces me dejan abandonada a mi suerte, ¿no?
—No te quejes, Isa —replicó Daniel con una carcajada—. Si quieres, te
llevamos de chaperona.
—No, gracias. Prefiero quedarme aquí con mis libros —dijo ella, haciéndose la
ofendida, aunque enseguida volvió a sonreír.
Nos quedamos un rato más en la biblioteca, fingiendo estudiar. Pero por
primera vez en días, la idea de salir con Daniel me dio una pequeña sensación
de normalidad. Como si, aunque todavía tuviera mil cosas confusas en la
cabeza, al menos había algo que me mantenía firme: él.
Cuando finalmente sonó la campana que marcaba el fin de las clases, sentí un
peso en los hombros. El día había sido largo, y aunque había sido agradable
reencontrarme con todos y retomar la rutina, no podía negar que estaba
cansada.
Subí a mi auto, respirando hondo y dejándome caer en el asiento. Encendí el
motor y, al mirar por el retrovisor, me congelé un instante: el auto al lado del
mío era de Axel.
Él ya me había visto y levantó la mano en un saludo casual. Bajé la ventana
con cuidado, manteniendo la expresión neutra.
—Hola —dije, breve.
—Hola, Violet —respondió él, con calma, pero sus ojos parecían medir cada
movimiento mío—. No esperaba encontrarte aquí.
—Pues… la universidad termina tarde —contesté, mirando hacia adelante y
evitando que mi mirada se cruzara demasiado con la suya.
Hubo un silencio incómodo. Axel ladeó un poco la cabeza y murmuró:
—Sigues igual… distante.
—No es problema tuyo —respondí, fría, dejando claro que no tenía interés en
alargar la conversación.
Él suspiró, pero no insistió.
—Está bien —dijo finalmente—. Nos vemos.
—Sí… nos vemos —repuse, y subí la ventana.
Respiré hondo y encendí el auto, intentando sacarme de la cabeza el breve
encuentro. Mientras me alejaba, no podía evitar sentir que, aunque quisiera
ignorarlo, Axel seguía allí, apareciendo en los momentos más inesperados y
poniendo mis pensamiento en desorden.

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