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Rousseau y la Legitimidad del Poder Político

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Kevin Santiago Carreno Parra-1010760275

En los fragmentos leídos de El contrato social o Principios de derecho político, Rousseau


plantea las bases de su teoría política y sobre todo trata de resolver el problema de la
legitimidad del poder. El libro arranca con una de las frases más famosas: “El hombre ha
nacido libre, y en todas partes se encuentra encadenado”. Con esta idea Rousseau dice
que la sociedad tal como está organizada somete a los individuos, pero que existe la
posibilidad de construir un orden político legítimo si se funda en un contrato social.

En las páginas iniciales (libro I), Rousseau explica que el poder político no puede basarse ni
en la fuerza ni en la tradición, sino en un acuerdo entre todos. El contrato social consiste en
que cada individuo se une a la comunidad y entrega sus derechos naturales, pero no a un
soberano o monarca, sino al conjunto de la colectividad. Eso crea lo que él llama la voluntad
general, que no es simplemente la suma de las voluntades particulares, sino la voluntad que
busca el bien común. Aquí se ve como Rousseau rompe con la lógica del absolutismo y
propone que la soberanía pertenece al pueblo, no a un rey.

Más adelante, en los pasajes del libro II y III, se desarrolla mejor la idea de soberanía y
gobierno. Rousseau hace una diferencia entre soberanía (que siempre reside en el pueblo y
es indivisible) y gobierno (que es un cuerpo subordinado encargado de ejecutar las
decisiones de la soberanía). Esto es importante porque deja claro que los gobernantes no
son dueños del poder, sino simples delegados que deben cumplir la voluntad general. En
este punto también habla de la democracia y de otras formas de gobierno, pero aclara que
la democracia pura es muy difícil de mantener porque requiere ciudadanos con un alto
grado de virtud cívica.

Los fragmentos también incluyen la reflexión sobre la dictadura en casos de emergencia.


Para Rousseau, puede haber momentos en los que un Estado necesita una autoridad
extraordinaria, pero esta figura debe ser limitada en el tiempo y no puede reemplazar la
soberanía del pueblo. Es decir, incluso en tiempos de crisis la voluntad general sigue siendo
la fuente legítima del poder.

Finalmente, en el libro IV (pp. 147–149), Rousseau vuelve sobre la idea de que la libertad
civil es el mayor beneficio del contrato social. Aunque el hombre renuncia a su libertad
natural, obtiene a cambio una libertad civil y moral mucho más valiosa, porque no depende
de los caprichos de otros, sino de una ley que él mismo se ha dado junto con los demás
ciudadanos. Es decir, en la obediencia a la voluntad general el individuo no se somete a un
extraño, sino que se obedece a sí mismo como parte de un cuerpo político.

El aporte de estos fragmentos al curso de Estructura de la sociedad moderna II está en que


muestran cómo la subjetividad moderna pasa a pensarse como ciudadanía activa. El sujeto
ya no es simplemente súbdito de una autoridad religiosa o monárquica, sino un miembro de
una comunidad política que se da a sí misma sus leyes. Rousseau propone un modelo en
donde la legitimidad no viene de Dios ni de la fuerza, sino del acuerdo libre entre iguales.
Esta idea se conecta con lo visto en autores como Spinoza y más tarde Kant, quienes
también piensan la libertad y la autonomía como pilares de la modernidad.
En conclusión, Rousseau ofrece una visión radicalmente democrática y republicana de la
política. Su teoría muestra que la modernidad no solo trata de progreso técnico o de
secularización, sino también de cómo los individuos construyen colectivamente un orden
justo.

Y adicional a todo esto surge la duda ¿Cómo sería posible aplicar hoy la idea de voluntad
general en sociedades tan grandes y diversas sin que se convierta en una forma de
imposición de la mayoría sobre las minorías?

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