Muchas veces nos centramos demasiado en el futuro y pasado, olvidándonos de vivir el
presente. Nos encontramos demasiado preocupados por el que pasará, lo que haremos o
lo que tenemos que hacer en lugar de enfocarnos en lo que estamos haciendo ahora.
Incluso pensamos en lo que hicimos, aunque eso no cambie nada y solo nos haga
sentirnos mal por no haber tomado la decisión correcta o no haber dicho lo que deberíamos
haber dicho.
Así, poco a poco, vamos perdiendo de vista la belleza de cada instante, ahogándonos en
un mar de dudas constante en el que nos falta el aire. La mente se convierte en un revuelo
de pensamientos, donde las preocupaciones se acumulan y crecen, alimentadas por
aquello que no podemos controlar, encontrándonos físicamente presentes pero
mentalmente perdidos y alejados.
Nuestra mente se llena de torbellinos que se hacen cada vez más grandes hasta llenarlo
todo de preocupaciones por cosas sin sentido, precisamente cosas que no están bajo
nuestro control. Esto nos desgasta lentamente quemándonos por dentro. Es cierto que hay
aspectos del futuro que se pueden prever, pero no creo que sean dignos de tanta
preocupación.
Deberíamos empezar a centrarnos en el momento presente, en la sencillez de la vida.
Claro que no todo es bonito, y es comprensible que a veces pensemos en otras cosas para
evadirnos y mitigar el dolor, pero esto solo lo alarga. No enfrentar los monstruos que nos
atormentan nos mata lentamente, convirtiéndose en una montaña de odio que termina
derrumbándose sobre quienes más queremos. Enfrentar nuestro dolor es muy incómodo,
sí, pero una vez que lo aceptamos y afrontamos, se apodera de nosotros una libertad
gratificante.
Sobre un trozo de papel todo suena muy bonito e inspirador, pero llevarlo a la práctica es
mucho más complicado. No es nada sencillo deshacerse de estos hábitos tan nocivos.
El primer paso es la aceptación: reconocer que nuestra mente no está donde debería
estar, que vivimos distraídos, atrapados en pensamientos que nos alejan del presente.
Solo entonces puede comenzar el verdadero cambio. Y aunque al principio resulte tedioso,
incluso doloroso para la mayoría, con el tiempo descubrimos que el esfuerzo merece la
pena.
Es un proceso lento, lleno de caídas y retrocesos, pero también de pequeñas victorias que
nos recuerdan que estamos avanzando. Se trata de entrenar la atención, de recuperar el
control sobre uno mismo, de aprender a estar, realmente estar, en el aquí y ahora. No para
negar el dolor o el pasado, sino para que no nos dominen y lograr aceptar el presente.
Porque vivir con presencia no es ignorar los problemas, sino afrontarlos desde la
conciencia, desde un lugar más sereno y seguro. Y eso, aunque cueste, es libertad.
El presente es lo único que no se repite. Cada momento que dejamos escapar o ponemos
en segundo plano se convierte en un podría haber sido. Así se convierte en un ciclo
vicioso: cambiamos el momento real, por una vida imaginada y cuando finalmente
retrocedemos para mirar atrás, nos damos cuenta de lo que nos hemos perdido. Esa
ausencia de presencia que parece tan inofensiva en un principio, termina por transformarse
en nostalgia. Y aunque esta tenga un tinte dulce, siempre viene acompañada del
arrepentimiento. Nos lamentamos por no haber estado atentos a lo que teníamos y haberlo
perdido.
La ironía es que mientras buscamos estos momentos especiales en el futuro, o deseamos
volver al pasado ya sea para cambiar algo o volver a vivir algunos momentos, dejamos
pasar de largo los únicos realmente importantes: los que están ocurriendo ahora.
Solo cuando aprendemos a vivir el presente plenamente, sin evasiones, comprendemos
que no hace falta que la vida sea perfecta para que merezca la pena ser vivida, solo hace
falta estar.