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Clasificación y Concepto de Bienes Muebles

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28/11/24, 19:13 Thomson Reuters ProView - Comentario del Código Civil. 1ª ed.

, mayo 2015

CAPITULO II. De los bienes muebles [Arts. 335 a 337]


§ 1 Real Decreto de 24 julio 1889. Código Civil
LIBRO II. De los bienes, de la propiedad y de sus modificaciones [Arts. 333 a 608]
TITULO I. De la clasificación de los bienes [Arts. 333 a 347]
CAPITULO II. De los bienes muebles [Arts. 335 a 337]
CAPITULO II. De los bienes muebles [Arts. 335 a 337]

CAPITULO II
De los bienes muebles
Artículo 335.

Se reputan bienes muebles los susceptibles de apropiación no


comprendidos en el capítulo anterior, y en general, todos los que se
pueden transportar de un punto a otro sin menoscabo de la cosa inmueble
a que estuvieren unidos.

Doctrina-comentario

Este texto debe ser interpretado conjuntamente con el anterior y con el siguiente. La
expresión «Se reputan», diversa de la palabra «son» en cuanto a su significado, revela que
nos hallamos claramente ante una creación legal, una fórmula jurídica (Manresa,
Comentarios, III, p. 31); el concepto legal de bienes muebles, más pensado para un
hipotético valor escaso de los bienes que como descripción de su naturaleza física, se infiere
del art. 334 a contrario sensu: son bienes muebles todos aquellos bienes apropiables que no
menciona el art. 334, sean corporales (un caballo, un libro) sean incorporales (fluidos o
energías, propiedad intelectual e industrial, acciones y participaciones de sociedades, etc.,
Santos Briz, Com. Edersa, V-1, p. 37); entre los corporales se encuentran los semovientes,
esto es, los bienes capaces de transportarse de un lugar a otro por un impulso propio
(animales, seres dotados de vida, sensibilidad y movimiento). De la clasificación hecha se
infiere que algunos de los entes citados sólo merecen el calificativo jurídico de muebles por
analogía, pues realmente no son cosas, debiendo distinguirse los bienes muebles
incorporales perceptibles físicamente (electricidad, gases, fluidos) de los que sólo se reputan
muebles para recibir un determinado tratamiento jurídico, por ejemplo, una patente o una
marca. Por tanto, son bienes muebles por naturaleza todos los que, siendo cosas, no estén
comprendidos en ninguno de los números del art. 334 CC. Siendo la conceptuación legal del
primer inciso del art. 335 CC residual respecto del art. 334, parece sobrar la del segundo
inciso, que, sin embargo, no resulta inútil dado que sirve para orientar al intérprete
precisamente en la interpretación del art. 334, pues, al definir con nitidez el mueble por
naturaleza, perfila el concepto de inmueble por naturaleza. Pero adviértase que sólo se
reputarán jurídicamente muebles aquellos bienes muebles por naturaleza que no sean
inmuebles por destino ex art. 334 CC (obsérvese que se habla de bienes: una pieza de un
juego de ajedrez no es un bien, aunque se traslade sin deterioro). Por supuesto, los bienes
muebles que sean pertenencias de bienes muebles siguen siendo muebles: de ellos no habla
el art. 334. Añadimos dos puntualizaciones y una aclaración final. 1.ª puntualización: el buque
es, como dijimos, bien mueble (art. 585 C de C), salvo ciertos objetos que, reputándose
también jurídicamente buques (art. 146 RRM de 1956), son considerados inmuebles (tal vez
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por destino) en determinadas circunstancias (art. 334.9.º CC). (A ciertos efectos, no obstante,
v. norma excepcional del art. 1.º LHN). 2.ª puntualización: en Derecho penal son reputados
muebles determinados bienes que el CC reputa inmuebles por destino (v. arts. 500 y 514 CP,
y Santos Briz, Com. Edersa, V-1, pp. 35-36; Muñoz Conde, Derecho Penal 6 , p. 191).
Como aclaración final, repárese en que la ley reconoce implícitamente dos clases de bienes
muebles: por naturaleza y por analogía; éstos son sencillamente los que, siendo conveniente
que reciban el tratamiento jurídico de los muebles, no son cosas; aquéllos, los que, siendo
cosas (joyas, animales, dinero, fluidos, electricidad, etc.), pueden ser trasladados de un lugar
a otro sin menoscabo de ellos ni de cosa inmueble con la que se relacionen. El artículo
siguiente completa e ilustra el cuadro de los bienes muebles.

Luis-Humberto Clavería Gosálbez

Artículo 336.

Tienen también la consideración de cosas muebles las rentas o


pensiones, sean vitalicias o hereditarias, afectas a una persona o familia,
siempre que no graven con carga real una cosa inmueble, los oficios
enajenados, los contratos sobre servicios públicos y las cédulas y títulos
representativos de préstamos hipotecarios.

Doctrina-comentario

I. Introducción. Precepto aclaratorio de los dos anteriores y casi innecesario, se ocupa de


ejemplificar aún más el campo de los bienes muebles, aludiendo a determinados derechos
subjetivos o posiciones jurídicas cuya transmisión debe recibir similar tratamiento al de la
transmisión de bienes muebles por naturaleza: el artículo se refiere a derechos relacionados
con bienes muebles o, en todo caso, no relacionados con bienes inmuebles: se trata, en
suma, de bienes muebles por analogía. Comentemos brevísimamente los diversos ejemplos
de muebles expresados en el artículo, sin olvidarnos de que el comienzo de éste («Tienen
también la consideración…») indica, como el del anterior («Se reputan…»), que nos
encontramos ante una creación legal.

II. Rentas o pensiones. Para que sean reputadas bienes muebles no deben gravar con
carga real una cosa inmueble; si la gravan, son inmuebles (art. 334.10 CC). Por eso la renta
vitalicia, dado el art. 1805 CC (v. com.), se considera mueble (Santos Briz, Com. Edersa, V-
1, pp. 39-40).

III. Oficios enajenados. La figura hoy no existe, debiendo reputarse implícitamente


derogada por la legislación administrativa y notarial vigente; no obstante, los redactores del
CC opinaron que era entonces pertinente mencionarla y calificarla de bien mueble, pues
consistía en el derecho de los particulares a recibir indemnización, a cargo del Estado, por el
hecho de desproveerles de cargos públicos, que pasaban de ser propiedad de tales
particulares (concepción patrimonialista del poder político, propia del Antiguo Régimen) a ser
efecto de las aptitudes personales o de la voluntad popular (en el Régimen constitucional).
En la actualidad tal «derecho» es inconcebible (v. art. 103.3 CE).

IV. Contratos sobre servicios públicos. Se alude a la cesión de estos contratos, rectius a la
cesión de la posición contractual, lo que se contempla y se permite, de modo general, en los
arts. 1526 y ss. CC; estos contratos del art. 336 son contratos administrativos, regulados por
la vigente LCE (D 923/65, ulteriormente reformado): el CC asigna el tratamiento de los bienes
muebles a estas posiciones contractuales cuando se ceden.

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V. Cédulas y títulos representativos de préstamos hipotecarios. La hipoteca inmobiliaria


se considera bien inmueble (art. 334.10 CC), pero el documento o título que sirve para
transmitir el derecho real mencionado incorporando el crédito garantizado se considera bien
mueble (Santos Briz, Com. Edersa, V-1, p. 41), lo que parece carente de sentido si el
documento mencionado no cobrara una cierta sustantividad como cosa: «… Se justifica… lo
que decimos —escribe Manresa (Comentarios, III, p. 42)— sabiendo distinguir la relación
jurídica entre el Banco como prestamista y el deudor que le hipoteca sus bienes a responder
de la cantidad recibida del Banco, y la de éste con el tenedor de la cédula o título hipotecario,
relación en la cual se ofrece como independiente, transmisible con facilidad, con el carácter,
en suma, de mueble». Una observación objetiva de la realidad parece sugerirnos que el
título-valor no es cosa, pues carece de valor intrínseco como objeto físico, mereciendo
jurídicamente la calificación y el tratamiento que merezcan los derechos a él incorporados;
ello nos llevaría, en el presente supuesto, a reputar inmuebles, ex art. 334.10 CC, dichos
títulos y cédulas; si el CC, recortando, pues, ese precepto del art. 334.10, «mobiliza» (con
«b», aunque con «v» significa la palabra otra cosa que también sucede) esos títulos, lo hace
porque desea facilitar la circulación en el mercado de la posición de acreedor hipotecario,
como la legislación mercantil facilita la transmisión de acciones de sociedades anónimas
dotadas de patrimonios en gran medida integrados por inmuebles. Todo ello, creemos, no
excluye la calificación de estos bienes como muebles por analogía.

Luis-Humberto Clavería Gosálbez

Artículo 337.

Los bienes muebles son fungibles o no fungibles.

A la primera especie pertenecen aquellos de que no puede hacerse el uso


adecuado a su naturaleza sin que se consuman; a la segunda especie
corresponden los demás.

Doctrina-comentario

Este artículo, como sus vecinos, suscita el consabido problema de si son verdaderas normas
jurídicas los artículos que definen figuras o perfilan conceptos; partiendo de la base de que
no es misión de la norma definir pero de que estas definiciones, si existen, son, al menos,
parte del supuesto de hecho de una norma y, por ello, partes de éstas, advertimos lo que
advierte cualquier comentarista de este precepto: que contiene un error doctrinal. Se trata
efectivamente de error porque ya en la época del Código se conocían y se usaban las dos
clasificaciones (relativas a la fungibilidad y a la consumibilidad) y porque el legislador de
1889, afortunadamente, no extrae consecuencias efectuales de la declaración que hace ahí
de modo que pudiera pensarse que llama fungibilidad a la consumibilidad con alguna
intención, lo que sería peor, al trastocar clasificaciones clásicas y útiles: es mejor que se
equivoque asépticamente que se altere perjudicialmente. La doctrina prácticamente unánime
denomina cosas consumibles a las que el art. 337 llama fungibles; e inconsumibles a las que
dicho artículo llama no fungibles. Por otra parte, cosas fungibles, verdaderamente, «… son
aquellas que en el tráfico vienen consideradas según su número, medida o peso, y que
pueden ser sustituidas unas por otras» (Santos Briz, Com. Edersa, V-1, p. 42); infungibles,
las que no tienen tales características. Es cierto que las cosas consumibles suelen ser
fungibles y viceversa, ocurriendo lo mismo con las infungibles e inconsumibles; pero cabe
imaginar cosas fungibles inconsumibles (artículos de cierta duración fabricados en serie) y
(mucho más excepcionalmente) cosas consumibles infungibles (la tarta nupcial preparada
expresamente para la boda del príncipe X). No obstante lo dicho y a pesar de que el artículo

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que comentamos contiene un error, no es éste tan grande como parece, pues la fungibilidad,
en muchos preceptos del CC y del C de C, posibilitando la llamada consumibilidad jurídica,
acerca las dos figuras: la fungibilidad posibilita en efecto la consumibilidad jurídica —hecho
ajeno a la destrucción física de la cosa—, llegando así a configurar tipos contractuales
diferentes de otros: v. art. 1740 CC principalmente; además, arts. 1196.2.º, 1753 y 1754 del
mismo cuerpo legal. En materia de consumibilidad no debemos olvidar los arts.481 y 482 CC,
que contemplan dos clase de usufructo, uno común y otro especial, recayendo éste sobre
cosas consumibles y aquél sobre cosas deteriorables, que son una variedad de las
inconsumibles. Otro precepto que tampoco debemos olvidar es el del art. 1545 CC (v. com.),
que, observando con superficialidad, parece repetir el error del 337; pero que, leído con
atención (repárese en que no existe coma detrás de la palabra «fungibles»), nos sirve para
advertir que el Código reconoce que hay bienes fungibles que no se consumen por el uso,
pudiendo ser arrendados. Conviene, para terminar, formular una importante advertencia:
tanto la consumibilidad y la inconsumibilidad como la fungibilidad y la infungibilidad, aun
siendo hechos nacidos no sólo de la naturaleza sino también de la apreciación social
general, constituyen datos en gran medida objetivos y, por ello, previos a cada negocio
jurídico concreto cuyo objeto pueden ser cosas con tales notas: el vino siempre es
consumible aunque excepcionalmente pueda ser objeto de un comodato ad pompam vel
ostentationem; un concreto borrego siempre será fungible aunque una determinada familia
ofrezca millones de pesetas por su rescate o adquisición por motivos afectivos que no
concurren respecto de los demás borregos, etc.; por ello, parece inconveniente y
perturbadora esa clasificación, muy extendida, de cosas genéricas y específicas, atinente al
modo en que las partes del negocio conciben al objeto, pues esa clasificación debe referirse
a las obligaciones, no a las cosas: habrá, en efecto, obligaciones genéricas con cosas
fungibles («Me obligo a entregar una Tm de arroz»); obligaciones genéricas con cosas
infungibles («Me obligo a entregar un cuadro pintado por un pintor francés»); obligaciones
específicas con cosas fungibles («Me obligo a entregarte esta concreta Tm de arroz que
guardo en mi camión, matrícula X»); y obligaciones específicas con cosa infungible («Me
obligo a entregarte este cuadro de Degas»); es cierto que el CC mezcla a veces
indebidamente estas figuras (v. p. ej., art. 1452), pero ello no nos autoriza a perpetuar la
confusión: si algo nos sirven las clasificaciones de las cosas es para conferirles una
objetividad sobre la que asentar ulteriormente el lenguaje descriptivo de la actuación de la
autonomía de la voluntad; si involucramos éste en aquéllas y confundimos los dos planos,
oscurecemos una cuestión clara. Tratamiento singular en sede de art. 337 (y de otros)
merece el dinero, insinuado hace pocas líneas al referirnos a la consumibilidad jurídica: es
cosa ultrafungible y jurídicamente consumible (su consumo consiste en el gasto, no en la
destrucción física de monedas y billetes); la brevedad de estos comentarios y el hecho de
que el dinero no sea el tema nuclear de este artículo nos aconseja prescindir de más
aseveraciones, si bien no debemos omitir que el dinero —dadas sus actuales características
(valor intrínseco casi nulo, espiritualización creciente, consideración como suma y no como
cantidad, fenómeno de las tarjetas de crédito y de las anotaciones en cuenta, cibernética
aplicada a la contabilidad con efectos jurídicos específicos, etc.)— se aleja cada vez más del
mundo jurídico de las cosas corporales para acercarse al de los nuevos objetos de derechos
de naturaleza compleja.

Luis-Humberto Clavería Gosálbez

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