MISTERIO
La casa lo llamaba a observarla sigilosamente. Le gustaban sus grandes ventanales y
puertas de roble, y la forma excéntrica del techo, del cual sobresalía una gran boca de
chimenea que siempre estaba humeante. Se preguntaba qué clase de leña usaría, pues el
humo era de un color inexplicable: a veces rojizo, otras azulado. Su parque lucía
espléndido. Laura se encargaba de que todo estuviese impecable. El pino parecía
dibujado, perfecto; el cerco de jazmines amarillos estaba podado con esmero, y los
rosales tenían flores en todas las estaciones.
Él tenía una misteriosa relación con ella. No entendía por qué lo tenía angustiado.
Después de largas búsquedas en su interior, intuyó que, en realidad, aunque no lo quería
aceptar, le gustaba esa mujer y estaba a la expectativa de todo lo que sucediera a su
alrededor. Se preguntaba qué era lo que sentía en su interior: una mezcla de amistad y
enemistad. Nunca lo pudo definir. A veces esta amistad era más violenta y otras veces
más amical.
Él siempre trataba de tener hacia ella una mirada, un gesto, para atenuar sus emociones.
Compartían almuerzos o cenas. Así fue creciendo esta amistad. Algo fascinante e
inexplicable. Sus ojos grisáceos lo tenían en total éxtasis, como hipnotizado. Una
maraña de sentimientos, mezcla de admiración y pasión, con toda la gama de colores.
Así de potente amanecía él, pero también menguaba sin atisbar siquiera los cambios.
Cráter, erupción, ímpetu, vehemencia, todo era una urdimbre imposible de visualizar.
Algo bajo su encaje se tejía. Lo presentía.
Una de tantas noches en que se juntaban a comer, algo pasó. Todo se fue transfigurando
gradualmente. En el aire se intuían seres del más allá. No lograba pensar en nada. Por su
cabeza comenzaron a dar vueltas ideas muy raras. Quedó paralizado. Había una
expresión extraña y terrible en sus ojos: miedo que se hacía visible en ellos, en su piel
que se erizaba, en sus uñas que se tornaban violáceas, en sus pies que comenzaban a
moverse enérgicamente como queriendo salir solos y caminar por las paredes.
Pensé que sería por mi carácter imaginativo que veía cosas que no eran reales; mi razón
se perdía por otros mundos, desde hacía años ejercitaba lo paranormal. Esto me atraía en
profundidad. ¡Pero la vi levitar! Flotó ante mi ser. Mis ojos la vieron llegar al techo con
su larga cabellera. Su túnica gris sexy cambió por otra monástica. Parecía algo
totalmente irreal. Sus ojos de gran brillo habían quedado sin pupilas; sólo se
visualizaban huecos oscuros de piedra irradiando luz rojiza.
En un segundo me di cuenta de que estaba mascando algo y de que de mi boca emanaba
un líquido espeso. Pasé mi brazo por la misma y mi buzo se tiñó de sangre. Cuando
volví en sí, en un parpadeo, la comida todavía estaba humeante. Ella sonreía desde su
sillón.
María Eugenia Crespo Erramuspe