Vicisitudes de la idea de progreso.
La idea de sentido común de progreso parece autoevidente. Es una de esas
nociones que normalmente damos por sentadas por lo generalizado de su
uso y su connotación aparentemente clara. De hecho, no obstante, ha
evolucionado con los siglos, enriqueciendo gradualmente su contenido y
adquiriendo lentamente su complejo significado contemporáneo. Desde su
origen ha sido muy influyente.
Christopher Dawson la denominó «la fe que hace funcionar nuestra
civilización» (en Lasch 1991:43), y Robert Nisbet dice que: «Quizás ninguna
idea ha sido más importante, ni tan importante, como la idea de progreso en
la civilización occidental desde hace casi tres mil años».
Quizás esta tensión permanente entre lo que la gente tiene y lo que querría
tener, entre lo que son y lo que querrían ser, es la clave del éxito de nuestra
especie, nunca saciada, nunca satisfecha, en constante búsqueda y esfuerzo.
El concepto de progreso alivia esta tensión existencial proyectando la
esperanza de un mundo mejor en el futuro, y afirma que su venida está
asegurada, o que al menos es probable. De esta forma satisface alguna
necesidad universal, y por tanto, a pesar de las dudas y escepticismo
recientes, está destinado a permanecer con nosotros durante mucho tiempo.
Carece de sentido hablar de sociedades en progreso, avanzando,
volviéndose mejores, si son consideradas como básicamente estables,
reproduciéndose meramente a sí mismas (como en el enfoque funcional-
estructural ortodoxo, centrado en el equilibrio del sistema social), o si son
vistas como cambiando sólo dentro de círculos cerrados (volviendo tras un
período de tiempo al punto de partida). Es sólo junto a la idea de
transformación (cambio de, y no sólo cambio en una sociedad), cuando el
concepto de progreso tiene algún sentido.
Por otra parte, hay otras áreas en las que los criterios de progreso son muy
cuestionables.
la industrialización, la urbanización y la modernización eran tratadas como
sinónimos de progreso. Sólo recientemente se ha reparado en que han ido
demasiado lejos.
El mecanismo de progreso
pensadores localizaban la fuerza Conceptos y categorías
motriz del progreso en el dominio sobrenatural. Las deidades, los dioses, la
providencia, el destino, se creía que salvaguardaban la dirección progresiva
de los procesos sociales e históricos. La sacralización de la agencia condujo a
que la fe en el progreso,
ordenada desde las alturas, en tanto legado, produjera gratitud como única
forma posible de reacción humana. Pensadores posteriores tomaron un
punto de vista alternativo; colocaron la agencia en el dominio natural. Las
tendencias y posibilidades fueron hechas responsables del curso de la
sociedad.
Esta secularización (naturalización) de la agencia condujo a la consideración
del progreso
como un despliegue natural de potencialidades, que demandaba adaptación
o ajuste como la única reacción humana concebible. Por último, los
pensadores
modernos se inclinan a considerar a los agentes humanos (individuales y
colectivos)
como productores, constructores, deI progreso. La humanización de la
agencia con
duce a la concepción del progreso como algo que ha de alcanzarse,
construirse, desarrollarse, y que requiere por tanto un esfuerzo creativo, una
lucha, una búsqueda,
como actitudes humanas apropiadas.
la diferencia más fundamental es la que divide la noción de progreso
mecánico, automático (en su versión sacralizada o secularizada) de la noción
activista de progreso. La primera postula una agencia extrahumana, la
segunda se concentra en la gente y en sus acciones. La primera afirma la
necesidad del progreso, la segunda admite la contingencia del progreso, que
puede ocurrir (pero que igualmente puede no ocurrir), dependiendo de las
acciones que realice la gente. En la primera, el progreso acontece, en la
segunda el progreso se consigue. La primera estimula una actitud pasiva, de
«esperar a ver qué pasa», adaptativa, la segunda demanda un compromiso
activo, creativo, constructivo.
El derrumbe de la idea de progreso
No ha de sorprender que se haya extendido la desilusión y el desencanto con
la idea de progreso (Alexander 1990: 15-38). Después de todo, el progreso,
como la mayoría de los conceptos sociales, es una noción reflexiva:
interactúa con la realidad social, florece en los períodos de progreso
observable, decae en los períodos en los que el progreso real se vuelve
controvertido. Quizá el desencantamiento es mayor si sigue a altas
esperanzas, optimismo generalizado, aspiraciones y promesas de una «era
de progreso», el período de la «modernidad triunfante» en el siglo XIX y a
comienzos del xx.
Durante muchos años ha existido la convicción acerca de la nobleza, incluso
de la superioridad, de la civilización occidental. Recientemente
hemos observado el «desplazamiento de Occidente», el declinar de la fe en
los valores y en las instituciones de las sociedades modernas altamente
desarrolladas. Nisbet
encuentra sus síntomas primero en la extensión del irracionalismo, el
renacimiento
del misticismo, la rebelión contra la razón y contra la ciencia; segundo, en el
subjetivismo y en el narcisismo típico de la cultura de consumo; y tercero, en
el pesimismo reinante, en la imagen dominante de degeneración, de
deterioro, de decadencia. Otra premisa que subyace a la idea de progreso
era la afirmación de un crecimiento sin límites de la economía y de la
tecnología, la ilimitada expansión de los poderes humanos. La repetida idea
de los «límites del crecimiento», las barreras a la expansión da cuenta de
esto.