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Señales de un cambio ominoso

El documento reflexiona sobre la percepción de la muerte y la radicalización de las identidades en la sociedad, donde todo se clasifica en extremos. El autor observa un cambio inquietante en la atmósfera de las escuelas, que carecen de su característico olor, lo que lo lleva a cuestionar la realidad y la información que se presenta en los medios. A medida que ocurren eventos extraños y violentos, el autor siente que algo apocalíptico se avecina, mientras se mantiene alerta ante la posibilidad de una confabulación gubernamental para ocultar la verdad.

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Señales de un cambio ominoso

El documento reflexiona sobre la percepción de la muerte y la radicalización de las identidades en la sociedad, donde todo se clasifica en extremos. El autor observa un cambio inquietante en la atmósfera de las escuelas, que carecen de su característico olor, lo que lo lleva a cuestionar la realidad y la información que se presenta en los medios. A medida que ocurren eventos extraños y violentos, el autor siente que algo apocalíptico se avecina, mientras se mantiene alerta ante la posibilidad de una confabulación gubernamental para ocultar la verdad.

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SEÑALES

La muerte suele ser algo que siempre le ocurre a los demás…

Por esa puta costumbre de encasillar a las personas, fue que empezó la
cosa. Creo. Y si no fue así, ha de haber andado muy cerca. O sos ladrón, o sos
honesto. O político, o gente común. O civil, o militar. Sin nada en el medio, o
blanco o negro, no gris. Así las cosas, así todo se radicalizó. O pobre, o rico,
nadie quedó en el medio.
Aun los días se contaminaron de esta moda: eran soleados o lluviosos.
No hubo más días grises. En algunas ciudades el aire se tornó irrespirable,
mientras que en otras era puro como la nieve más alta.
Lo urgente venció a lo necesario, la gente dejó de creerse… mas
¿cuándo comenzó? Difícil saberlo, aunque creo tener una pista, endeble, pero
es un comienzo al menos. Estoy convencido de que fue ese el primer indicio de
que algo andaba mal: ocurrió el día en que pasé por la puerta de esa escuela
primaria, casi barrial; ni muy importante, ni tan insignificante, una escuela
normal. Una escena normal: las puertas de la escuela recién abiertas al mundo,
ya que era la hora de la salida. Los niños saliendo como siempre, a los gritos y
leves empujones unos contra otros, bulliciosos. Había presenciado escenas
como estas en innumerables ocasiones, pero esta vez era sutilmente distinta:
no en el sentido visual o auditivo, no. Sabido es que los personajes cambian de
año a año, de escuela a escuela, pero el cuadro, la pintura de la puesta en
escena es siempre la misma en el sentido general, pero en esta ocasión el
aspecto olfativo era lo inusual, lo incoherente.
Parece extraño, pero muchos habrán de coincidir conmigo en que las
escuelas tienen un olor especial. Es un aire que sale, urgido por las puertas
estrechas, a un par de grados por sobre la temperatura ambiente. Imposible de
describir, imposible de contar, pero existe, y es el mismo en todas las escuelas
de todos los países. Es algo universal. Quizás una mezcla de olores a tizas, a
pizarrones verdes, a infancia y guardapolvos. A inocencia, a una vida por
descubrir. En fin, a todas esas cosas… pero esta vez no, el olor era neutro. La
escuela y su horario de salida olían imperceptiblemente a nada. Preocupado,
caminé hasta la otra escuela cercana, esa que distaba unas cinco cuadras más
al norte y la situación se repitió: nada en el aire, nada de aromas, nada de
contrastes.
No pude dar razón coherente a lo que había advertido y me preguntaba
si tendría sentido buscarla, ya que nadie más parecía haberse percatado de tan
extraño suceso. Tan extraño como poco trascendente, porque ¿qué
importancia podría representar? Lo comenté con un par de personas, quienes
me miraron como si fuera un ave extinguida. “-tal vez te ha parecido”, “-quizás
esto ocurre hace años y no lo has notado”, “-ha de deberse a un cambio en los
perfumes”. Todas explicaciones plausibles, pero yo sabía que algo raro estaba
ocurriendo, y esto era un casi claro augurio. Nunca fui alarmista –al menos no
demasiado-, pero la cosa me quitó el sueño por las noches, durante unos
quince días o algo así. Claro que volví mil y una veces a las escuelas y
comprobé la inmutabilidad del fenómeno. Ahí seguía, como la horda dentro del
vientre del caballo de Troya, agazapada, esperando el momento propicio.
Algo habría de significar –pensaba yo a cada momento- pero poco a
poco la ominosa presencia de presagio apocalíptico comenzaba a
desvanecerse, opacada por el paso del tiempo, ese miserable asesino serial.
Ese, que todo lo gasta, que todo lo vuelve inútil, que todo lo oxida, erosiona y
mutila. Mi vida volvió a la normalidad, ya que no tendría sentido –ni posibilidad
de éxito- convocar a la alarma colectiva. No sin más pruebas.
Pero luego ocurrió lo inesperado: pleno transcurrir del más crudo
invierno que recordase en años, y una tarde de jueves sobrevino una tormenta
de granizo. Importante, por el tamaño de las piedras, importante por lo
temporalmente desubicada. No tenía nada que hacer allí, y sin embargo
aconteció. Los meteorólogos ensayaron las más diversas hipótesis, en un vano
intento de querer justificar las desmesuras de la Naturaleza. La gente aceptó
sus dudosas explicaciones, en comprensible esfuerzo de creer que todo está
controlado, y que son las excepciones las que confirman las reglas. Pero yo
sabía. A mí no me iban a engañar.
Existen excepciones que solamente consiguen confirmar las
excepciones; yo ya tenía dos de ellas, y me bastaba para entender que algo
excepcional estaba sucediendo. Sólo me preocupaba ser el único en haberse
dado cuenta, pero bueno, hasta acá no había pasado nada grave. Decidido a
mantenerme en alerta, tomé el involuntario consejo de Marcos, un amigo a
quien trataba de convencer de que algo se avecinaba, pero no se dejaba: -
¿Pero vos no ves los noticieros? –me dijo- Miralos y fijate que no pasa nada.
Vaya que tenía razón, ¿cómo no lo pensé antes? Si ahí estaba la fuente
de todas las noticias, o mejor dicho, debiera estarlo. Sin embargo, la
observación atenta de varios noticieros arrojó otra prueba más de lo que yo
sostenía, claro que no era fácil darse cuenta. Una mirada superficial no
arrojaría mayores sospechas: una tras otra las noticias se mostraban al
espectador demasiado corrientes, demasiado comunes. Y eso era lo
sospechoso. Entre los más o menos comunes asesinatos, los regularmente
comunes robos, las siempre pésimas noticias sobre economía, pululaban
alarmantemente las más estúpidas crónicas sobre los temas más nimios que
alguien pudiera imaginar: una nota de extensos, interminables diez televisivos
minutos sobre una señora a quien le habían robado su perrito, y sobre la
increíbles peripecias y aventuras que hubo de sortear para poder –felizmente-
recuperarlo. ¿A quién podría importarle? A continuación, una entrevista con un
cirujano estético muy bien bronceado, quien nos iluminaba sobre la nueva
tendencia masculina de someterse a retoques quirúrgicos para verse mejor.
Cambiando la sintonía, la cosa no mejoraba: una inquietante historia sobre una
persona que se había suicidado treinta años atrás en un conocido teatro y cuyo
fantasma recorría alegremente las instalaciones, pero –paradójicamente- no
asustaba a nadie, al parecer saludaba a los actores, o alguna estupidez por el
estilo. Paralelamente, no había noticias sobre el valor ídem del dólar.
Entonces llegué a la conclusión de que efectivamente algo estaba
ocurriendo y cierta gente, en los estamentos del poder, lo sabía. Entre ellas el
Gobierno, por supuesto. No cabía otra explicación para tamaño ocultamiento
de la realidad.
Quizás debía alejar mis sentimientos opresivos de estar ante una
confabulación gubernamental y suponer que estaban tratando de protegernos
del pánico que se extendería ante le confirmación de que se aproximaba algo
caótico. Obvio, ningún gobierno puede hacer que lluevan piedras sobre sus
súbditos, ni mucho menos robarle a las escuelas su olor… o eso creo. Mucho
menos podría lograr que el dólar desaparezca del escenario económico. O eso
creía.
Lo peor vino después: los asesinatos. Es cierto que siempre han
existido, y es triste pensar que lo seguirán haciendo, pero a los que me refiero
son a aquellos de una índole particular. Comenzó apenas como una anécdota:
un millonario japonés pagó una fortuna al estudio productor para que el Coyote
finalmente lograra defenestrar al Correcaminos, y aquél terminó almorzándolo
sin piedad. Mucha gente se sintió feliz. Luego el pato Donald, cansado de ser
un obrero, decidió robar a su tío, el Tío Rico. Con tan mala suerte que fue
descubierto por el damnificado e ipso facto Donald aplastó la cabeza de su
pariente con uno de sus tantos lingotes de oro. Lo peor de todo fue que salió en
libertad, alegando locura momentánea; parece ser que el Juez se compadeció
de los sufrimientos del pato durante años de soportar la opulencia de su tío, la
cual crecía a la par de su avaricia. Fue nombrado único heredero, y ahora teme
por su vida, a la luz de un par de atentados domésticos tras los que parece
esconderse la mano de Hugo, Paco y Luis. Estos hechos han venido a marcar
el principio del fin del capitalismo occidental.
Luego fue el turno de Minnie, la supuesta novia del ratón Mickey.
Apareció en su casa, estrangulada, con claros signos de violación y las miradas
acusadoras se dirigieron al supuesto novio oficial. Él se defendió arguyendo
que todavía era virgen, que no había conocido mujer –perdón, rata- alguna,
que estaba dispuesto a someterse a cualquier examen para demostrarlo. Los
investigadores aún están pensando cuáles serían los estudios más apropiados
para demostrarlo y no logran ponerse de acuerdo. Este hecho sangriento
marcó, a mi juicio, el fin del concepto de familia.
Luego se sucedieron otros hechos de crimen y violencia que no voy a
perder tiempo en describir, demasiado ocupado estoy recopilando información.
Tal vez los mayas no estaban tan equivocados.
El otro tema grave fue cuando los dragones comenzaron a crecer,
peligrosamente… pero esa es otra historia.
Pero que nadie se preocupe… yo voy a estar vigilando.

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