EL CONTRATO SOCIAL EN HOBBES, LOCKE
Y ROUSSEAU
Eslibertad Guest Author
Publicado en
abril 14, 2024
Por: Fabricio Doldán
Thomas Hobbes es (1588-1679) fue un filósofo inglés considerado uno de los
pilares de la filosofía política moderna, padre del contractualismo e iniciador del
● iusnaturalismo (Bobbio, 1985). Su filosofía es fundamentalmente racionalista, anti-
aristotélica (Touchard, 1974) y demostrativa. John Locke (1632-1704) fue un filósofo inglés
conocido como el principal ideólogo de la revolución inglesa de 1688 y uno de los padres
del empirismo y el liberalismo inglés. Continuador del iusnaturalismo y el utilitarismo, fue
racionalista, aunque asociado aún a un creacionismo divino. Jean- Jacques Rousseau
(1712-1778) fue un destacado filósofo suizo del siglo XVIII y relevante pensador de la
Revolución Francesa. Su filosofía política deja de lado a la razón y engrandece a los
sentimientos morales y legitima una doctrina fundamentada en la igualdad (Sabine, 1961),
buscando desligarse del individualismo lockeano. Para dar cuenta de la formación del
llamado: “Contrato social”, conviene primero caracterizar al estado de naturaleza en los
tres autores. Según Hobbes, en este predomina un estado de guerra. Esto se da ya que
los hombres son iguales por naturaleza, pero esta igualdad es la que confiere
desconfianza entre ellos, generando la guerra de todos contra todos. Al no existir límites
para el deseo y para el derecho, todos los hombres tienen derecho a todo y nadie puede
adquirir derecho exclusivo a nada. Por lo tanto, al no existir una autoridad que mantenga
atemorizados a los hombres el estado de guerra será generalizado. El derecho natural
hobbesiano es asimilado al instinto de conservación: cada hombre es libre de utilizar su
propio poder, de cualquier forma, para preservar su propia vida. Por el otro lado, la ley
natural es una regla general descubierta por la razón que prohíbe a un hombre accionar
contra su propia vida u obstaculizar sus medios de preservación (Touchard, 1974). Estas
dos leyes se fundamentan en la búsqueda de la paz y en la defensa ante los semejantes,
pero, para ello, es necesario establecer un contrato entre los hombres. Este contrato
transfiere al Estado la autoridad de ordenar y hacer posible la vida según la razón. Es de
esta forma en que se constituye un poder común capaz de impedir que los individuos
ejerciten su propio poder, asegurando así la seguridad común. Este acuerdo es voluntario,
un “cálculo interesado” (Touchard, 1974,
p. 261), artificial, debe ser un acuerdo permanente entre muchos (Bobbio, 1991) y debe
asegurar que todos pactantes efectivamente han de cumplirlo. Aunque también recae en
ellos la defensa de la autoridad política: vigilar y ser vigilados por sus semejantes
(Altini, 2005).
Así entonces se conforma para Hobbes el Estado, suma de los intereses
particulares. El Estado funda también la propiedad: posee un poder coactivo y
económico (Bobbio, 1991). Pousadela (“El contractualismo hobbesiano o de cómo para
entender del derecho es necesario pensar al revés”, en Boron, 2000) es claro en esto:
“Sin Estado no serían posibles las relaciones contractuales interindividuales y
asociativas: ni la sociedad ni el mercado” (p. 377). Por último, al Estado no puede
oponerse ninguna autoridad espiritual, ya que el soberano es el órgano del Estado y
también de la Iglesia, incentivando así la unidad del Estado. Concluimos entonces que
la soberanía es indivisible y lo importante es que el Estado cumpla su fin, sin importar
el modo en que se hayan constituido (Vallespin, “Tomás Hobbes y la teoría política de
la Revolución inglesa”, en Vallespin, 1995).
Locke enuncia también una ley universal de la Naturaleza, aunque la asocia al
decreto de una voluntad divina que impone la armonía global, afirmando la existencia
de una racionalidad humana, derivada por Dios creador, que orienta las conductas
individuales. Como en Hobbes, la motivación fundamental del hombre es la
autopreservación, pero sus acciones derivan de los sentidos: lo placentero es lo bueno y
lo doloroso es lo malo (Colomer, “Ilustración y liberalismo en Gran Bretaña: J. Locke,
D. Hume, los economistas clásicos, los utilitaristas” en Vallespin, 1990).
A diferencia de Hobbes, el hombre lockeano es naturalmente bueno y orientado
a partir de la ley natural, principio de libertad e igualdad (Várnagy, “El pensamiento
político de John Locke y el surgimiento del liberalismo”, en Boron, 2000). En el estado
de naturaleza existen derechos naturales de todos los hombres (a la vida, la libertad y la
propiedad). Estos derechos naturales, han sido dados por Dios para que los hombres
aseguren su seguridad y preserven la especie humana, siendo previos a cualquier
ordenamiento legal.
La paz en el estado de naturaleza lockeano comienza a resquebrajarse a partir de
la aparición de los intercambios comerciales, que generan desigualdades y conflictos. El
estado de naturaleza no consiste aquí en una guerra de todos contra todos, sino que el
único problema es la falta de imparcialidad (Gray, 1986). Es por ello que se hace
necesaria una autoridad que sea juez imparcial y preserve a la comunidad. Recordemos
que no existen hasta entonces jueces y leyes, sino que es la ley natural la que regula la
vida. Aquí entonces Locke expone dos pactos o contratos. El primero funda a la
sociedad civil y el segundo es el que legitima la existencia del Estado como autoridad
política (Sabine, 1961).
Este Estado debe garantizar a los individuos la protección de los derechos
individuales y la protección de la vida, la libertad y la propiedad. Este se da por
consenso libre y voluntario, recordemos: los individuos son egoístas y provocan
conflictos, pero también son racionales y capaces de establecer una sociedad civil para
asegurarse su autopreservación. A diferencia de Hobbes, que consideraba a todas las
formas de gobierno con igual legitimidad, Locke propone que, si un gobierno es
tiránico, se lo debe contradecir, ya que su poder es ilimitado y arbitrario. De ese modo
justifica el derecho a revolución. Otra diferencia con Hobbes es que Locke sí permite la
división del poder de la autoridad, siendo uno de los precursores de la división de
poderes (Colomer, en Vallespin, 1990).
Por último, nos encontramos a Rousseau, que plantea un estado de naturaleza
que es estadio previo a la igualdad y la libertad de la sociedad civil. En este, los
individuos están despojados de la cultura, el lenguaje, la propiedad, la familia, entre
otras instituciones (Ciriza, “A propósito de Jean Jacques Rousseau. Contrato, educación
y subjetividad”, en Boron, 2000). El hombre aquí es bueno. En contraposición a
Hobbes, Rousseau sostiene que la guerra de todos contra todos reside en los individuos
en tanto ciudadanos, es decir, en un estado donde existe una autoridad. El hombre natural
vivía acorde a sus instintos, no siendo moral ni vicioso. No es ni feliz ni infeliz. Pero, al
momento en que se convierten en seres sociables, es desgraciado por razones políticas y
sociales (Touchard, 1974). Es entonces que resulta necesario llevar adelante la creación de
una política nueva: el contrato social. Los instintos predominantes en la naturaleza de los
hombres, como en Hobbes y Locke, son el de autopreservación y el de conmiseración
(Fetscher, “La Ilustración en Francia: La Enciclopedia, Montesquieu, Rousseau”, en
Vallespin, 1990). El contrato social rousseniano está inspirado en la unidad del cuerpo
social, subordinando intereses individuales a la soberanía absoluta e indisoluble de la
voluntad general. Pero este contrato no es entre individuos, a lo Hobbes, sino que cada uno
se une
a todos, pero a nadie en particular. El contrato entonces es garante de igualdad y libertad.
Esa libertad reside en la obediencia a las leyes: “el individuo mediante el contrato se
condena a ser libre” (Touchard, 1974, p. 330). Otra característica del contrato rousseniano
es que este es producto de “la aceptación racional de los sujetos (Ciriza, en Boron, 2000,
p. 83). Es decir, el contrato se da a partir de la libre voluntad de sus contratantes y se
funda en la tolerancia: es producto del consenso. Este contrato, por otro lado, transforma
al hombre, hasta entonces egoísta, en ciudadano, que renuncia a su instinto y a sus
intereses particulares en beneficio de la libertad general, el derecho, la propiedad y la
racionalidad. La renuncia de la mayoría a la libertad natural conlleva a la aparición de una
nueva libertad: la libertad civil. Es de esta forma en que el hombre natural deviene en
ciudadano artificial y surge el cuerpo moral y colectivo (Fetscher, en Vallespin, 1990). Para
Rousseau el soberano es la voluntad general que se expresa en la ley. La soberanía se
funda en cuatro principios: es inalienable, indivisible, infalible y absoluta. Llegado el caso
de que el poder se convierta en arbitrario, la voluntad general deja de ser soberana. Por lo
tanto, el derecho a la oposición no es reconocido (Fetscher, en Vallespin, 1990). Por su
parte, el gobierno es el mero ejecutor de las leyes que son creadas por el pueblo
colectivamente (Touchard, 1974). En ello reside la división de poderes rousseniana. Por
último, Rousseau considera que cada forma de gobierno es mejor o peor dependiendo las
situaciones locales, aunque considera a la república como la mejor.
Referencias
Altini, C. (2005). La fábrica de la soberanía: Maquiavelo, Hobbes, Spinoza y otros
modernos. El cuenco de plata.
Bobbio, N. (1985). Estudios de Historia de la Filosofía de Hobbes a Gramsci. Editorial
Debate.
Bobbio, N. (1991). Thomas Hobbes. Plaza & Janés.
Ciriza, A. (2000). A propósito de Jean Jacques Rousseau. Contrato, educación y
subjetividad. En A. Boron (Ed), Filosofía política moderna: De Hobbes a Marx,
(77-100). CLACSO/EUDEBA.
Colomer, J. M. (1990). Ilustración y liberalismo en Gran Bretaña: J. Locke, D. Hume,
los economistas clásicos, los utilitaristas. En F. Vallespin (Ed), Historia de la
Teoría Política, 3, (11-96). Alianza Editorial.
Fetscher, I. (1990). La Ilustración en Francia: La Enciclopedia, Montesquieu, Rousseau.
En F. Vallespin (Ed), Historia de la Teoría Política, 3, (97-162). Alianza
Editorial.
Gray, J. (1986). Liberalismo. Titivillus.
Pousadela, I. M. (2000). El contractualismo hobbesiano (o de cómo para entender del
derecho es necesario pensar al revés). En A. Boron (Ed), Filosofía política
moderna: De Hobbes a Marx, (365-377). CLACSO/EUDEBA.
Sabine, G. (1961). Historia de la Teoría Política. FCE.
Vallespín, F. (1995). Tomás Hobbes y la teoría política de la Revolución inglesa. En F.
Vallespín (Ed), Historia de la teoría política, 2. (254-153). Alianza Editorial.
Várnagy, T. (2000). El pensamiento político de John Locke y el surgimiento del
liberalismo. En A. Boron (Ed), Filosofía política moderna: De Hobbes a Marx,
(41-72). CLACSO/EUDEBA.