Después de escapar del bosque feérico, me encuentro frente a las murallas de una
ciudad que no figura en ningún mapa. El aire huele a humedad y abandono, como si
los humanos —o cualquier criatura civilizada— hubieran desaparecido hace siglos.
La luz del día muere a mis espaldas. Me debato entre volver al bosque —un peligro
que conozco— o entrar en esta sombra desconocida. No necesito lanzar una moneda. El
alma del apostador ya me dicta el camino.
Enciendo una antorcha y avanzo. Las calles están vacías, y las plataformas que
diviso no tienen escaleras: quizás destruidas, olvidadas… o simplemente no las hubo
nunca. Me pego a las paredes. Toco los relieves: plumas entrelazadas con
imitaciones de escamas. Suaves. Húmedas.
Creo que puedo alcanzar una de esas plataformas. Hay decoraciones talladas,
suficientes para escalar. Si consigo llegar, haré fuego. Necesito pensar. O tal vez
solo sentir algo que no sea esta ciudad respirándome en la nuca.
Me cubro con unas pieles recién curtidas. El olor es fuerte, amargo, y me impide
dormir. El fuego chispea, pero no me da seguridad. Su luz es intensa al punto de
cegarme, pero no alcanza a empujar del todo la oscuridad.
Mi corazón se dispara de repente. Un sudor frío me recorre el cuerpo. Sobre mí, una
figura con alas y cuerpo casi femenino se recorta contra la penumbra.
Instintivamente, tomo el arco. Estoy listo para pelear.
Pero en el juego de luces, la verdad aparece: es solo una estatua. ¿Una arpía?
Criaturas crueles, salvajes. Sin cultura, sin templos. ¿Qué hace una representación
suya aquí?
Un punzón de dolor en el vientre me recuerda una herida mal cerrada. Sin magia ni
medicinas, solo me queda esperar. Me apoyo contra la pared, y al hacerlo, mis dedos
rozan algo extraño: un relieve. Letras.
“Amun yaba luik.” En élfico, significa: “Muro para…”
La última palabra es confusa: dos conceptos mezclados. Maldición y alas.
Una ciudad en el mundo feérico, con estatuas de arpías y escritura élfica… Nada
encaja.
—¿Por qué homenajear monstruos en una ciudad élfica? —murmuro. Nadie responde.
Después de un descanso, medito: ¿seguir o quedarme? En una ciudad abandonada no hay
muchos peligros… hasta que los hay.
Saco mi moneda. La decisión es simple: cara, me quedo y fortifico. Escudo, busco un
sitio más seguro.
Escudo.
Lanzo carne podrida al fuego, cubierta de insectos de mal olor. Mientras las llamas
la consumen, comienzo a apagarlas. Con suerte, eso camuflará mi rastro.
A lo lejos, distingo una plataforma con la sombra profunda de una entrada. Maderas
resuenan a lo lejos. ¿Pasos? ¿Puertas? Siento que me observan. No mirar, no
reaccionar… quizás eso me dé ventaja si algo salta primero.
Saltar de plataforma en plataforma se volvió fácil… hasta que dejo de pensar. Una
me engaña con humedad y resbalo.
No siento el golpe: lo veo. Todo se pone borroso, y cuando reacciono, estoy
tendido, jadeando.
Aguanto la respiración, subo de nuevo, esta vez con cuidado.
Llego. Estoy temblando. El sudor frío recorre mi espalda. Muerdo una daga: así, si
grito, no haré ruido.
Esperaré unos “parpadeos de serpiente” antes de seguir. Lo que sea que me acecha,
también sabe esperar.
Una gran cámara circular, con el techo abierto hacia un cielo gris. Desde las
alturas cuelgan sogas viejas, aunque elegantes, y decoraciones hechas de huesos
metálicos.
En el suelo hay una mezcla de piedras preciosas quebradas y restos de estatuas
finamente esculpidas. En una esquina, una fuente burbujea con un agua oscura que no
refleja nada; en lugar de devolver la luz, la devora.
En los muros, los relieves muestran una escena extraña: una arpía siendo coronada
por una figura élfica. Sobre ambas, una medusa repite el gesto. La figura elfa
parece demasiado oscura, demasiado imponente para su raza, pero los rasgos no dejan
lugar a dudas.
Un antiguo símbolo élfico está tallado sobre el mural, aunque el tiempo y la
humedad han desgastado buena parte del diseño.
Las puertas son en realidad grandes portales cubiertos por telas profundas, de
colores oscuros, que separan esta sala de otras cámaras.
—Va a tener que ser una antorcha —murmuro—. Me convierte en una diana perfecta para
cualquier cazador nocturno… pero necesito ver.
Sillas de patas dobladas y respaldos deformes están esparcidas por el lugar.
Algunas parecen fundidas en piedra, pero con formas irregulares, como si nunca
hubieran sido hechas para cuerpos humanos.
—¿Será decoración? —me pregunto, sin poder evitar el escalofrío—. ¿O simplemente no
para mí?
Un camino de seda roja, otro de terciopelo negro. Los únicos dos.
Espada corta y antorcha en mano. Como la humanidad ha vivido desde hace milenios:
perdido en sombras inmensas, guiado por una chispa temblorosa.
—Rojo como la sangre. Negro como la muerte —susurro—. Mejor herido y vivo… que
muerto y perfecto.
Respiro hondo antes de cruzar.
—Sin miedo al conflicto. En la cacería, enfrento mi destino: sea como presa o como
cazador.
Dentro, dos figuras congeladas en terror. Estatuas perfectas. Una mujer
arrodillada, con una espada exótica; a su lado, un hombre, brazos en cruz, los ojos
entrecerrados como si esperara el impacto.
Sedas colgantes y lianas refinadas cubren parte del techo. Armas de porte fino,
casi decorativas, cuelgan lejos del alcance.
Un viento inesperado ventila la sala. Las plumas descienden como hojas de otoño…
pero algo en ellas me pone nervioso.
—¿Plumas? Si hay plumas, hay algo que rastrear.
Rayar las estatuas no me dice nada. Así que huele. Las manos. El pecho. La espada.
Almizcle. Tierra húmeda. Como ciertos reptiles cuando se defienden.
Las plumas, grandes y coloridas, confirman la sospecha. Un ave de rapiña… o una
arpía.
Un escalofrío me recorre la columna. Recuerdo los relatos: exploradores que
cantaron en riscos, y encontraron como única respuesta la muerte.
La antorcha no ilumina bien el filo. El mango es de madera negra, con un brillo
violáceo. La hoja: negra, decorada con piedras blancas, hialitas quizás.
El pomo lleva una grande. Otras, más pequeñas, decoran el guarda. En el filo,
relieves como lenguas viperinas, sin orden alguno.
—Sin estos detalles… ya me habría cortado.
Es un arma ruin. Pienso eso… mientras la tomo.
¿Valentía? ¿Desesperación? ¿Ambición mundana?
Es más liviana de lo que debería. Pero la boca se me llena de un sabor extraño.
Dulce… y amargo.
La espada corta, y lo sabe. Y lo hará sin esfuerzo. Aunque sea una daga. Aunque sea
un dedo.
La oscuridad engulle y desorienta mi visión.
Gritos revientan en mis oídos… ¿y siento placer?
Mi vista vuelve. Veo a un hombre cargando contra mí: armadura sucia, empapada en un
líquido espeso y oscuro. Esquivo su alabarda, le agarro el asta y lo acerco. Evita
mirar mis ojos. Le clavo la daga en el cuello. Lo dejo caer a un lado.
Una mujer. Estaba protegiéndola. Le sostengo el rostro por el mentón. Puedo
saborear su miedo. Al final, entre lágrimas, su cara es solo una estatua más en
eterna agonía.
¿Por qué hago esto? ¿Por qué lo disfruto...?
...¿Por qué mi mano no parece humana?
La ilusión se rompe. Estoy de vuelta en la sala. Mi mano ya no es verde ni delgada.
Un recuerdo. No mío, sino del anterior dueño.
No me caben dudas: esta era el arma de las horribles medusas, esas monstruosidades
que petrifican a quienes cruzan su mirada.
Mis piernas fallan. Aún siento la euforia de un combate que no viví, el olor
ferroso de una sangre que nunca derramé.
De repente, la ciudad deja de ser tan desconocida. Incluso envuelta en sombras,
incluso siendo la primera vez que recorro estas calles, siento una extraña
familiaridad. Un eco ajeno, prestado… un regalo —o tal vez una condena— del horror
en forma de arma. Un compañero molesto, pero necesario. Algo que exige un nombre.
Memoria Negra.
Amigos, enemigos… incluso las bestias necesitan un nombre.
Avanzando hacia el portal de piedra, se revela un pasillo cubierto de tallados
ondulantes y relieves que serpentean por los muros. Tres ventanas dejan entrar la
luz de la luna, bañando el corredor con un resplandor pálido. Un pasaje seguro,
tranquilo… o eso parece.
Por fin, un mínimo de luz y calma.
Una fuerte picazón en la mano izquierda rompe el momento. Al principio, apenas una
molestia; luego, el dolor crece. Bajo la piel, algo se agita. Una criatura diminuta
emerge, agrietando mi carne.
Trato de aplastarla, pero se me lanza a la cara. Mi mejilla arde, mis ojos se
secan, como si me arrancaran la humedad desde dentro.
—Madre Tierra… —escupo entre dientes—. Deja a su presa a merced de este cazador.
Enredaderas espinosas brotan de mi arma, envolviendo el brazo que la sostiene. Mi
mano se mueve ligera, guiada por la hoja curva de la cimitarra. Golpea a la
abominación, un manto oscurecido por noche y sombras, arrancándole un fragmento.
Las espinas atrapan al engendro y perforan los trozos recién separados.
—No se alarga el sufrimiento de las presas.
La hoja oscura corta y aplasta la criatura contra el suelo, revelando bajo la luz
lunar un amasijo de pieles cuarteadas y pelajes resecos, unidos por costuras
imposibles. El hedor agrio y dulce me sube por la garganta. Sin duda, un no muerto.
Intento investigarlo, pero mi mente da un vuelco. El pasillo se disuelve. Estoy en
otro lugar, con la misma arquitectura. Decenas de “gajos voladores”, como decido
llamarlos, revolotean por todas partes, cayendo uno a uno contra espadas. Entre los
combatientes hay medusas, sus armas comunes brillando bajo el fulgor de antorchas.
Parece un lugar de entrenamiento, por la forma en que se mueven.
Un resplandor verde, hecho de símbolos, baña la sala. Entonces lo entiendo: es la
misma habitación en la que estoy ahora. Una medusa pisa el mismo lugar que yo.
Miro con rabia mi arma.
—¡¿Y ahora me tengo que enterar?!
Los adornos de las paredes cobran vida. Los relieves se deslizan fuera de la
piedra, revelando víboras en proceso de despetificación. La mayoría no alcanza a
nacer: mueren al instante, volviéndose podredumbre, un manto tóxico que ni siquiera
serviría como abono para la tierra.
Miro a mi enemigo con furia y lo marco como si fuera la presa más importante.
Acorto distancias. La cercanía me permite ver una concentración más densa de su
piel, como un punto vulnerable.
—La “X” marca el lugar, dicen los marineros…
Dos trozos de tejido caen al piso, sin gracia, sin la naturalidad de la vida. Marco
mágicamente a una serpiente moribunda.
—Parece que la naturaleza ha sido generosa con este cazador.
La pared, despojada de adornos, se desmorona y deja al descubierto más no muertos
de los que puedo contar con una mano.
Una punzada de dolor atraviesa mi mano. El animal que menosprecié dio todo para
matarme. Me aparto de la criatura, pero mi visión tiembla. El olor se vuelve
antinatural, corrosivo. Un humo extraño, de un color imposible, comienza a
desprenderse de los cuerpos reanimados.
La ventana y el pasillo son mis únicas salidas… y también podrían ser mis tumbas.
La luz de la luna acaricia el marco, embelleciéndolo con un contraste cruel.
—Mejor morir en libertad que enjaulado.
Cuerda ligera, una flecha, y un salto hacia la caída mortal.
—Estoy en tus manos, dama de la fortuna.
Mi cuerpo golpea con violencia contra un suelo de madera. Siento que algo se ha
roto dentro de mí, sin lugar a dudas. La oscuridad me rodea. El cazador, ahora,
necesita descansar.
El aire es frío y siento cómo me corta. Nunca debí intentar salir de casa…
Una casa a tiro de piedra, una sola oportunidad. Apunto alto, hacia un marco
reluciente en lo alto del techo: mi última apuesta.
Mi cuerpo golpea con violencia contra un suelo de madera. Siento que algo se ha
roto dentro de mí, sin lugar a dudas. La oscuridad me rodea. El cazador, ahora,
necesita descansar.
—Agua… no, no es agua… —un cielo oscuro y sin estrellas, un agua que no es agua. Me
hundo muy despacio. Es relajante. Estoy cansado. Tal vez podría dejarme llevar. Tal
vez podría dejarme ir.
Un dolor frío recorre todo mi cuerpo, como si me golpeara un rayo. El olor a madera
vieja, mezclado con vino o miel, me arranca de ese sopor. Mis ojos se abren como
alas de un ave de rapiña al escuchar un corte de tela.
—Sospecho que la curación tomará un par de días, pero las molestias durarán varios
meses.
Un hombre con una máscara de piedra frente a mí lo dice con total naturalidad.
Intento ponerme en posición para desenvainar, pero un dolor insoportable me
atraviesa el brazo. Es como un roedor fingiendo estar muerto, de repente recordando
que aún tiene dientes.
—¡Mmnh! —lucho con todas mis fuerzas por no gritar.
—Ahora serán más meses, humano. —Su voz es profunda, con un acento que no
reconozco. Alto, cubierto por una túnica gris, la máscara de piedra con rostro de
cráneo lo hace ver como algo pérfido.
—No moriré sin pelear. —Desenvaino sin estilo mi cimitarra común.
—Es bueno saberlo, pero… ¿no sería mejor tener ambos brazos? Todavía no terminé mi
trabajo. —Levanta unas tijeras, y en sus manos descubro un brillo dorado, casi
amarillo.
Pongo distancia, la hoja lista, y comienzo a rodearlo.
—¿Qué sos?
—Varias cosas. Principalmente, un curandero.
—¿Y?
—Guerrero de artes marciales. Estudioso de anatomías y culturas. Viajero del mundo.
Aventurero cuando la causa suena más interesante que el camino. — una pausa breve—.
Apostador, cazador y aventurero del gremio. Y por cierto, nunca te vi en los
registros.
Miento a medias.
—Nunca me afilié a ninguna organización que no tenga cientos de años. El árbol que
no puede resistir la tormenta no servirá para construir una cabaña.
—Típica palabrería de monje.
—¿Y qué hace un “monástico” en un lugar tan armonioso? O mejor, ¿tiene nombre? —mi
brazo me está matando; él bloquea la salida, y no creo poder soportar otra caída.
—En tu idioma se pronuncia U-aran. En cuanto a mis asuntos… estoy investigando esta
ciudad. Es tan… —parece buscar las palabras correctas— inusual. Siempre encuentro
oportunidades de perfeccionar mi estilo de combate, y de aprender. En este caso
incluso pude practicar medicina. —Señala mi brazo—. ¿Puedo continuar?
Miro al suelo. Una moneda refleja la cara.
—Mi nombre es Adameo.
Me dejo caer bruscamente sobre el suelo frío. El monje utiliza técnicas que parecen
más folclóricas que académicas. Cada vez que intento ver su rostro bajo la máscara,
aparta la mirada o aprieta más fuerte.
—Todos tenemos secretos, ¿no? —su voz suena firme.
Tiene razón. No recuerdo haber conocido jamás a un humano que no tuviera al menos
dos nombres. Incluso los huérfanos.