¿qué tomás?
Fue su error, en realidad, el no verme venir. No detenerme. La primera vez que nos vimos él
ya me había dedicado dos o tres de esas miradas por lo bajo. Con asco. Como si no fuera
capaz de animarme. Imperceptibles para el resto de los presentes, dirigidas hacia mí,
especiales. Fue en aquella fiesta. Eze, un conocido desesperado por compañía, me había
invitado sin mucho expectativa más que emborracharnos y volver.
— Antes de las dos estamos durmiendo, vas a ver. — me había dicho en el uber.
Pero yo no tenía nada que hacer al otro día, y tenía hambre. Mucha hambre.
En la mesa había seis personas más, entre amigos y conocidos. Eze saludó a todos con un
beso y yo fui detrás de él a hacer lo mismo. Al final de la ronda lo ví tomando agua sin gas,
con una remera y verde y los rulos alborotados. Dedicándome sus miradas.
— Tomás, un gusto. — me dijo.
— Un gusto — respondí sin dejar de mirarlo, y me senté. Al cabo de un trago yo
conocía a la mesa como si se tratara de mi propia familia, y ya estaba insertado en la
conversación con una naturalidad que nadie sospechó fabricada. Al cabo de dos tragos yo
ya sabía qué decir, cómo decirlo, cómo sentir, la entonación y la gesticulación precisa para
ganarlos, pausarlos, perderlos. Una mesa de clase media, trabajadora acomodada, algo
vacía y, ante todo, sencilla de atracar. Perfecta.
No sé qué hubo en Tomás que me hizo elegirlo. Era callado, pero su poder era tal que la
conversación gravitaba hacia él, como si le perteneciera. La mesa podía tomar velocidad en
una opinión mundana, como la menta granizada al momento del postre o los jubilados
pateados el miércoles pasado, pero bastaba una sola consideración de Tomás para cambiar
el rumbo, ralentizar los comentarios o sembrar duda. Parecía que todos lo idolatraban y lo
defenestraban al mismo tiempo y en silencio, con una compleja mezcla de respeto y
resignación. Eze también caía en su lógica, y yo caí a jugar también. Pero Tomás sólo me
miraba. A las tres y media movimos la mesa en la casa de Martu para que arrancara el
bailoteo, y duró hasta las cinco y media. Tomás esa noche bailó sin preocuparse. Sin
sospechar nada. Sin saberse marcado.
Al otro día me puse manos a la obra. Necesitaba acceso. Recordé la noche anterior
momento por momento, buscando una grieta. La encontré en los ojos de Hernán, el
segundo al que había saludado y el único otro hombre del grupo. Había detectado cierta
lentitud, cierto deseo, y valía la pena intentar vendérselo. Busqué sus redes. Lo seguí.
Hablamos. No tenía ni idea de mis intenciones verdaderas. Pobre, siempre un poco de
pena, la verdad, me dio. Nos vimos un par de veces donde dí mi mejor performance y me
vendí como sé hacer. El sexo era desabrido: yo sabía que era un viejo amor el que él
deseaba. Lo veía en sus manos y sus costumbres. En su forma de amar, algo impropia,
heredada. En sus dichos y su profundo conocimiento en medicina, del cual nunca supo
explicar su raíz. Lo delataba su decepción al llegar al momento del clímax y buscar, sin
éxito, un fragmento mío que tuviera que ver con alguien más. No me contaba del amargor
de las noches, pero siempre lo supe ver. Era obvio que yo era tan sólo un tapón, y que no
me buscaba por los motivos que me decía, pero no me importaba. Yo sólo quería una cosa,
que me ofreció un día sin tener ni idea de lo que estaba haciendo.
— ¿Vamos el sábado a lo de Martu? Le caíste bien a los chicos.
Bingo.
— No sé… ¿seguro que no molesto? — pregunté, sonriendo. Él también lo hizo, me
tomó de la cara y me besó.
— Sos muy tonto… — dijo, y reímos.
La semana se me hizo eterna hasta llegar al sábado. Conocía bien mi siguiente paso, el
natural, el de siempre. La noche en lo de Martu fue prácticamente igual a la anterior, pero
cerca de las dos tiré la bomba.
— ¿Son de salir ustedes? — pero yo ya sabía que sí, y lo sabía con especial
precisión. Hernán me había contado los pormenores de las peleas por las salidas, las
noches de descontrol, y había descrito paso por paso a Eze como un alcohólico, pero no
había usado esa palabra. Mis palabras habían sido nada más y nada menos que mi humilde
manera de empezar un incendio. Priscila y Martina compartieron una miradita cómplice que
no me sorprendió. Pri respondió:
— Sí, antes salíamos mucho — dijo, y esperó unos momentos a que la atención se
disipara, para mirar hacia donde estaba sentado Tomás, que conversaba con Hernán y Eze.
Miré por el rabillo del ojo la mirada gélida de Tommy y pude oler el miedo de Priscila.
Habían pisado el palito. Ella volvió entonces a intentar seguir la conversación, me tomó del
brazo y siguió: — Pero ya no tanto. Estamos viejos ya…
Tuve entonces mi primer error. Reí de más. Noté como las conversaciones se paraban un
segundo para darme su atención.
— Same, hermana, — dije coqueto, y le guiñé un ojo a Tomás — otro día podemos
salir, igual, si les agarra la juventud de nuevo.
Y así fue. La simple semilla de la tentación terminaría por transformar los siguientes seis
sábados en salidas a Cheka, que se ajustaba a mi presupuesto mucho más reducido que el
de los chicos pero sin perder el nivel que las chicas necesitaban. Además era vendible con
que era un barcito, que es un poco más tranqui, que vamos un rato y volvemos, y después
no volvemos y nos quedamos hasta las seis, la seguimos en algún lugar y terminamos
teniendo una noche completa. Lo de siempre, en realidad. Pero ese era su trabajo, no el
mío.
No recuerdo si fue en la quinta o la sexta semana que había fila para entrar al boliche, así
que aprovechamos con Hernán a comprar hielo. En el camino de vuelta me llegó la
notificación: Priscila me había agregado al grupo del chat. Al real, al original, el que venía
desde la secundaria. Le pregunté a Hernán qué le parecía:
— A mí me parece bien. Pero bueno…
— ¿Pero qué?
— Nada, nada — me dijo, y abrió la ventana para fumar. Sonreí: ya empezaba la
polémica. Al volver me encontré con lo que esperaba. Hacían su mejor esfuerzo para
ocultarlo, pero se notaba que habían discutido, y se notaba que no me podían hacer parte
de esa discusión. Y yo tonto, la verdad, no soy. A partir de ese día las salidas a boliches
pararon. Una pequeña concesión, si se me pregunta, porque yo ya había logrado algo
impensable hacía un par de semanas: ahora era un regular. Tenía a la mitad del grupo en mi
bolsillo, apoyando mi reclamo. Y ni siquiera había empezado.
Sabía que tendría que esperar un tiempo para ganar más terreno, pero si hay algo que
también soy es paciente. La vida fue y vino por dos meses en donde Hernán se peleó
conmigo. Creo que me vio de verdad. O no. No lo sé con certeza. Lo que sí sabía era que
en noviembre era el cumpleaños de Tomás, y era también el momento perfecto para
continuar empujando. Hizo lo que supuse que haría, gracias a dios, y nos invitó a comer a la
casa. Durante las dos semanas anteriores había estado aprendiendo de pegamentos
plásticos y sistemas de construcción en seco. Ese fue también el motivo de mi pelea con
Hernán: tuve que empezar a mostrar la hilacha, y cuando arrancó a tirar de ella lo traté de
loco, y me cerré por completo con una sonrisa. Me dolió, igualmente. Creo que la última vez
que vino a casa se fue llorando por el camino, sospechándome un monstruo, sin tener
forma de probarlo, con vértigo y asco por el colectivo y por verme venir, imparable.
El día de su cumpleaños el plan era clavarme en la puerta del baño de abajo y alegar tener
problemas estomacales. Hernán fingió demencia e hizo de cuenta que éramos simples
amigos de toda la vida, y yo lo agradecí. Entré y salí varias veces buscando la llave de
paso, y cuando la encontré la cerré. Y ahí me fui al sillón, ya más relajado, y dejé que el
problema se hinchara solo: Camila entra al baño, lo llama a Tomás, no hay agua, Tomás
entra e intenta solucionarlo inútilmente, le dice “tranqui mi amor ahí vengo” y finalmente
vuelve con su padre, el señor Arrieta, que estaba en su estudio. Bingo.
— ¿Probaste con la llave de paso? En mi casa siempre se cierra. — pregunto
acercándome por detrás justo antes de que decidan llamar al plomero. Problema
solucionado. Palmadita del padre.
— ¿Vos sos… el nuevo? — me pregunta, estrechándome la mano.
— Sí, encantado — respondo con un apretón de manos calculado hasta lo
enfermizo. Y luego ya viene lo propio de mi arte, así que tiene un estudio, Kike, sí, soy
ingeniero, mire usted, y vos a qué te dedicás pibe, bien, yo química industrial, ¡me jodés!
— ¡Martita! El nuevo es químico industrial. ¿Podés creer? — dice, y un “sí mi amor”
se escucha desde la cocina. Luego mira hacia donde debería estar Tomás, pero él nunca
disfrutó de estar cerca mío así que ya había huido hacia el sillón, a la seguridad de los
besos de Camila. De manual. Me gusta pensar que podría haberme detenido justo ahí, en
seco, para siempre, con una mirada cómplice con su padre. Pero dio la batalla por perdida.
El padre me tira la pregunta que sellará el destino de los próximos meses:
— ¿Qué tomás? ¿Te sirvo un fernecito?
Cuestión que a los dos lunes comencé a trabajar en Insuplex, la PYME del señor Arrieta,
como había estado soñando hace meses. A pesar de ser compañeros de trabajo con
Tommy nos cruzamos poco, y cuando lo hacíamos no quería detenerse a hablar. Me
sonreía apurado con algo parecido al miedo, o eso creo. Ahora tenía otro poder más: podía
saber sus horarios, saber a dónde había ido y con quien, generar problemas por falsas
excusas o generar accidentes de agenda completamente cotidianos. Creo que activó todas
las alarmas, pero ya era demasiado tarde: Camila, la pieza que faltaba, también me miraba
de reojo cuando venía al local y no tenía muchas ganas de conversar. Pero mi plan era
preciso.
A veces Tommy se ausentaba sin previo aviso. Al inicio parecían casos aislados, pero
rápidamente se convirtió en un patrón. Había semanas donde venía la mitad de los días, y
apenas por dos horas. En esos días el señor Arrieta me invitaba a su despacho y
tomábamos unos mates con él y con Martita, que se ocupaba de la contabilidad. Me
contaba de lo irresponsable que era, y de lo preocupado que estaba de su futuro. Siempre
decía algo similar:
— Yo no era así a su edad… veinticinco pirulos ya tiene.
Y de vez en cuando Camila venía a buscarlo y él no estaba, y Martita la invitaba a pasar
igual, y terminábamos los cuatro charlando alegremente. En esos días, lo defendía con
especial vocación, y le contaba de lo mucho que lo queríamos en el grupo, que andaba con
mil cosas, que si la facultad, que si la novia, que no es fácil la vida adulta. Él entonces le
guiñaba un ojo a Cami y terminaba dicéndome algo también muy similar:
— ¿Se quieren mucho ustedes dos, no?
Bingo.
— Un montón — respondía yo, conteniendo unas lágrimas fantasmas. Creo que si
nunca intenté nada con Martita Arrieta era por el enorme respeto que le tenía a su marido.
Algún escrúpulo tengo que tener.
Pero sí que la confianza sembrada en Cami dió sus frutos, y como yo ya había sabido
seleccionar me terminó presentando a su hermana Pamela, y ahora hace una o dos
semanas que nos pusimos oficialmente de novios. A Hernán no parece molestarle en las
juntadas, y estoy casi casi seguro de que volvió con el ex-novio. De vez en cuando me brota
extrañarlo, pero en el fondo estoy contento de que haya obtenido lo que su alma deseaba.
Ambos lo hicimos.
Tomás en los cumpleaños de la familia de Cami no me mira. Me saluda con un beso sin
ruido y se aleja a internarse en el sillón con los primos más chicos. Yo me quedo en la mesa
familiar. Le presto especial atención a la Nana, que es un amor, porque sé que es la llave de
la casa. Nos vemos tan seguido que a veces me gustaría que salga un poco de mi vida, a
decir verdad, pero sé que él estuvo primero.
Este último sábado llegó el último clavo del cajón: terminaron con Cami. Ella llegó llorando a
la casa de Martu y, claro, él ni siquiera fue huevo de aparecer. Grave error. Nos contó de la
pelea, que sonaba a excusa. Olí mi nombre en las palabras de Tomás. Pero un poco me dio
pena, porque todos le dieron la razón a Camila sin prestarle atención a nada más. Sin
pensar en el pobre de Tommy. Del estúpido Tommy. Pobrecito. Y durante la noche nadie
volvió a tocar el tema, nadie se preocupó por él. La conversación se movió como si
fuéramos familia porque lo somos, porque somos hermanos de sangre, como si no nos
conociéramos hace cuatro meses. Porque a nadie le importa el estúpido que no me pudo
frenar. Sé que nadie le mandó un mensaje, sólo yo:
>> Tommy, amigo, todo bien? << y sé que no va a responder, porque no puede,
porque no puede dar vuelta el tablero, porque todo lo que era suyo ahora es mío y no le
queda otra que llorarlo. Y tan sólo me clava el visto, que comparto con el aforo. Me tiembla
la mano y la respiración se acelera. Camila, lejos de pensar que es puro éxtasis, me tiende
un brazo de contención. Como si me doliera. Me contiene. Todos ven lo que causa en mí, y
miran al suelo con el mismo asco que me vió el primer día, y sé que se arrepiente, que se
arrepentirá siempre, que perdió por ser un cagón, por no poder controlar ni siquiera a sus
amigos más cercanos. A mis amigos.
>> Nos vemos el lunes << envío entonces, y quiebro en llanto. El grupo me contiene
sin entender muy bien por qué. No me importa: no es mío este dolor. Nunca lo fue.
Agustín Ignacio Abella