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Organización política del Estado peruano

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El Estado peruano y su organización política

El Estado peruano es una organización política y jurídica soberana, reconocida como la máxima autoridad dentro
del territorio nacional. Según el artículo 43 de la Constitución Política del Perú (1993), el Estado es “uno e
indivisible, representativo, descentralizado y se organiza según el principio de separación de poderes”. Esta
definición establece las bases fundamentales sobre las cuales se estructura y funciona la administración pública
en el país.
La organización del Estado peruano se divide en tres niveles de gobierno: el gobierno nacional, los gobiernos
regionales y los gobiernos locales. Cada uno de estos niveles posee competencias, funciones y autonomía
determinadas por la ley, con el objetivo de facilitar una gestión más eficiente y cercana a la ciudadanía. El
gobierno nacional, liderado por el Poder Ejecutivo, tiene a su cargo la administración central del país; los
gobiernos regionales, por su parte, son responsables de la gestión de sus respectivos departamentos o regiones; y
los gobiernos locales, conformados por municipalidades provinciales y distritales, se encargan de asuntos
propios del ámbito local.
Además, el Estado está compuesto por tres poderes fundamentales: el Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo y el
Poder Judicial. El Poder Ejecutivo, encabezado por el presidente de la República, tiene funciones de gobierno y
administración del país; el Poder Legislativo, a través del Congreso de la República, tiene funciones normativas
y de control; y el Poder Judicial administra justicia de forma autónoma. A estos poderes se suman organismos
constitucionales autónomos como la Defensoría del Pueblo, el Ministerio Público, la Contraloría General de la
República, entre otros. En conjunto, esta estructura busca garantizar la gobernabilidad, el equilibrio de poderes,
la protección de los derechos fundamentales y la correcta administración del Estado. No obstante, a pesar de este
diseño institucional, en la práctica se presentan múltiples desafíos como la superposición de competencias, la
centralización de recursos y la limitada articulación entre niveles de gobierno, lo cual afecta directamente la
eficiencia del aparato estatal.

El proceso de descentralización en el Perú


La descentralización en el Perú es un proceso político y administrativo orientado a transferir competencias,
funciones y recursos desde el gobierno central hacia los gobiernos regionales y locales. Este modelo busca
acercar la gestión pública a los ciudadanos, fortalecer la democracia participativa y mejorar la eficiencia en la
prestación de servicios públicos. La descentralización ha sido un anhelo constante en la historia republicana del
país, aunque su implementación efectiva ha enfrentado múltiples obstáculos políticos, técnicos e institucionales.
El proceso se institucionaliza con mayor fuerza a partir de la década del 2000, especialmente tras la
promulgación de la Ley de Bases de la Descentralización (Ley N.º 27783) y la Ley Orgánica de Gobiernos
Regionales (Ley N.º 27867). Estas normativas establecen los principios, objetivos y competencias de los
gobiernos subnacionales, dotándolos de autonomía política, económica y administrativa para planificar y
ejecutar políticas de desarrollo regional. Asimismo, se reconoce a los ciudadanos el derecho de participar en los
procesos de planificación y fiscalización, promoviendo así una gestión pública más democrática y transparente.
La descentralización se sustenta en tres ejes fundamentales: la desconcentración (delegación de funciones dentro
del mismo nivel de gobierno), la descentralización propiamente dicha (transferencia de competencias a otros
niveles de gobierno) y la participación ciudadana. Estos elementos deben articularse para garantizar un proceso
integral y sostenible, lo cual requiere voluntad política, capacidad técnica y mecanismos eficaces de
coordinación intergubernamental.
Sin embargo, en la práctica, el proceso de descentralización peruano ha sido desigual y con avances limitados.
Diversos estudios y organismos como la Defensoría del Pueblo (2021) y el Centro de Investigación de la
Universidad del Pacífico han señalado que persisten serias brechas en términos de asignación presupuestal,
capacidades técnicas y liderazgo político en muchas regiones del país. Además, la falta de articulación entre los
tres niveles de gobierno ha generado duplicidad de funciones, conflictos de competencias y deficiente prestación
de servicios públicos en algunos casos.

Naturaleza y funciones de los gobiernos regionales


Los gobiernos regionales del Perú son entidades político-administrativas con personería jurídica de derecho
público, autonomía política, económica y administrativa en los asuntos de su competencia. Su creación responde
a la necesidad de promover el desarrollo integral y sostenible de las regiones, en el marco del proceso de
descentralización impulsado por el Estado. Estas entidades forman parte del segundo nivel de gobierno, junto
con los gobiernos locales, y tienen la responsabilidad de planificar y ejecutar políticas públicas que respondan a
las características y necesidades particulares de cada territorio.
La Ley Orgánica de Gobiernos Regionales (Ley N.º 27867) establece que estos organismos tienen como
finalidad esencial fomentar el desarrollo regional sostenible, promoviendo la inversión pública y privada, el
empleo, la competitividad y la mejora de la calidad de vida de sus habitantes. Para ello, se les otorgan
competencias en sectores estratégicos como salud, educación, agricultura, infraestructura, ordenamiento
territorial, medio ambiente, entre otros. Además, están facultados para formular, aprobar y ejecutar planes de
desarrollo regional concertados, así como presupuestos participativos.
La estructura organizativa de un gobierno regional incluye al presidente regional (actualmente denominado
gobernador regional), el consejo regional y el consejo de coordinación regional. El gobernador regional es la
máxima autoridad ejecutiva, elegido por sufragio directo para un periodo de cuatro años, y tiene a su cargo la
dirección estratégica y administrativa del gobierno regional. El consejo regional, por su parte, es el órgano
normativo y fiscalizador, conformado por consejeros elegidos también por voto popular. Finalmente, el consejo
de coordinación regional actúa como espacio consultivo y de articulación con los gobiernos locales y la sociedad
civil. Una de las funciones más relevantes de los gobiernos regionales es la formulación y ejecución de políticas
públicas adaptadas a la realidad y necesidades específicas de su población. En ese sentido, tienen la capacidad de
liderar procesos de planificación participativa, elaborar presupuestos regionales, promover el desarrollo
económico local, y coordinar con los distintos niveles de gobierno para la implementación de programas
sociales. Esta capacidad de acción les confiere un rol protagónico en la gestión del bienestar colectivo y en la
reducción de brechas territoriales.
No obstante, el ejercicio pleno de estas funciones enfrenta múltiples limitaciones, tales como la falta de personal
capacitado, la baja ejecución presupuestal, la débil articulación con el gobierno nacional y los gobiernos locales,
así como la incidencia de prácticas clientelistas o de corrupción. Estos factores afectan la eficiencia y legitimidad
de los gobiernos regionales frente a la ciudadanía, y dificultan su consolidación como verdaderos agentes de
desarrollo territorial.
A pesar de estas limitaciones, los gobiernos regionales continúan siendo piezas fundamentales en el proceso de
descentralización del país. Su fortalecimiento institucional y técnico resulta indispensable para avanzar hacia un
Estado más equitativo, eficiente y capaz de responder a las demandas sociales de manera integral y oportuna.
Fue un texto legal que contenía normas para regular la convivencia en el pueblo romano. Creada entre los años 451 a
450 a.C. En su creación de nombró a diez miembros del Senado presididos por Apio Claudio y los Decenviros
presentaron 10 leyes. A falta de dos leyes se nombraron a nuevos Decenviros en el cual se encontraban plebeyos.
Las XII Tablas serían ratificadas por el Senado y aprobadas por las Asambleas Populares en los comicios
centuriados. Durante los ataques de los Galos destruyeron las tablas y solo se han podido recopilar algunos
fragmentos de estas.
A continuación, analizaremos su elaboración, la influencia en ella sobre el mundo griego y el contenido de cada una
de sus 12 tablas.
TABLA I, II Y III: DERECHO PROCESAL PRIVADO
En la Tabla I tenemos el IN IUS VOCATIO, este quiere interpretar el derecho del demandante de citar al
demandado al juicio hasta por medio de la fuerza, si este si niega a concurrir.
En el proceso romano consta de dos partes frente al magistrado: el primero es iurisdictio, que es quien declaraba el
derecho y designaba las partes, y el segundo es el iudex, siendo este el juez quien se presentaba cuando en caso de
no resolver por si mimos el litigio. En caso de no llegar a un acuerdo las partes, este era homologado ya que se
rectificaba por el magistrado.
La sentencia debía dictarse antes de la puesta de sol, solo el proceso puede continuarse en un día distinto al iniciar.
En la Tabla II tenemos al SACRAMENTUM, tiene un origen religioso y quiere decir “dinero que pende como
pena”. Las dos partes debían depositar cierta suma de dinero en un lugar sagrado, la parte vencedora cobrará su
dinero, pasando el de vencido al erario público.
Este también contenía normas acerca de los dies difusius, que eran los aplazamientos procesales, como también
tenía disposición que permite entrar en sigim hasta sobre el furtum.
Las penas establecidas tienen carácter privado antes que público, ya que, en la mayoría de los casos se buscaba el
resarcimiento a través de compensación pecuniaria, que era el dinero.
Aquí el Estado no sanciona al delito, salvo que sea muy grave como un homicidio.
En la Tabla III tenemos a LA MANIUS INIECTIO
Ejecución de la sentencia (manus iniectio), regula por primera vez el procedimiento ejecutivo contra el deudor
condenado (in ius), conocido como manus iniectio. En primer lugar, se concede al deudor un plazo de treinta días
para satisfacer voluntariamente la deuda reconocida o sentenciada, período tras el cual el acreedor adquiere el
derecho de “poner la mano” sobre él y conducirlo ante el magistrado (praetor).
Si en el juicio no paga ni presenta un garante (vindex), el acreedor puede atarle “con correa o cadenas de al menos
quince libras” y retenerlo en su domicilio hasta sesenta días. Durante este tiempo, en tres mercados sucesivos se
exhibe públicamente al deudor encadenado y se anuncia la cuantía de su obligación, con la esperanza de que un
familiar o amigo lo rescate. Agotado el plazo sin acuerdo, el deudor podía sufrir pena capital o ser vendido como
esclavo más allá del Tíber.
Tal fórmula, de una dureza extrema, reflejaba la concepción punitiva y patrimonial del derecho romano arcaico.
Gayo explica más tarde que esta legis actio no admitía resistencia: solo la interposición de un vindex podía salvar al
deudor de la servidumbre de su persona. Con ello, las Tablas convierten el cuerpo del deudor en garantía de la
obligación, práctica que el derecho posterior iría matizando pero que en su origen plasmó la idea de ejecución
directa de la sentencia.

TABLAS IV y V: Derecho de familia y sucesiones


En la Tabla IV se consagra la hereditas legitima, que asigna el patrimonio del difunto a los agnados hasta el sexto
grado, reflejando la primacía de los lazos de sangre y la voluntad de preservar la unidad del domus bajo la autoridad
del pater familias. Se fija un plazo claro para que el heredero decida si acepta o repudia la herencia: aceptar significa
asumir tanto los bienes como las deudas, mientras que repudiar dentro del término convenido libera al pretendiente
de toda obligación.
Además, aparece aquí el antecesor más primitivo del fideicommissum, al permitir que, en caso de incapacidad del
heredero o de cargas demasiado onerosas, se encomiende la conservación o gestión de ciertos bienes a un tercero de
confianza. De esta manera, se introduce un mecanismo rudimentario de protección patrimonial que el Derecho
romano desarrollará y refinará en épocas posteriores, equilibrando la responsabilidad personal con la salvaguarda del
patrimonio familiar.

La Tabla V profundiza en la aceptación y repudiación de la herencia, estableciendo que quienes heredan tienen un
plazo para decidir si reciben el patrimonio completo —con sus bienes y deudas— o renuncian a él sin más
consecuencia. Con ello, se da certeza jurídica: el heredero conoce de antemano su responsabilidad patrimonial y
puede evitar sorpresas al liberarse de cargas excesivas.
Además, introduce límites primitivos a los legados, prohibiendo condiciones desproporcionadas o plazos
irrazonables que pudieran perjudicar al legatario. Al proteger tanto al heredero como al beneficiario de un legado,
las XII Tablas equilibran la transmisión del patrimonio, asegurando que la voluntad del testador se cumpla sin
desbordar la capacidad económica de los involucrados.
TABLA VI y VII: Derecho de obligaciones y propiedad
En la Tabla VI tenemos el nexum, un contrato de préstamo en el que el deudor quedaba literalmente “atado” como
garantía hasta saldar su obligación, reflejando la concepción patrimonial del derecho romano arcaico. Tras el mutuo
acuerdo y la fórmula ritual, quien recibía el dinero podía, en caso de impago, reclamar la persona o los bienes del
deudor, convirtiendo el cuerpo en fianza viva y garantizando el cumplimiento de la obligación.
Junto al nexum, esta tabla regula la stipulatio, contrato verbal basado en una pregunta y respuesta solemne
(“¿Prometes pagar?” – “Sí, prometo”), con plena fuerza ejecutiva. Si el deudor incumplía, el acreedor podía recurrir
de inmediato al procedimiento ejecutivo (manus iniectio) sobre las cosas dadas en prenda, asegurando así un
remedio rápido y eficaz que equilibraba la libertad contractual con mecanismos de cumplimiento estrictos.
En la Tabla VII tenemos el furtum, que tipifica el hurto como quitar clandestinamente la cosa ajena, y le impone al
autor una multa equivalente al valor sustraído, multiplicado hasta cuatro veces si se halla en flagrancia. Este sistema
buscaba desincentivar el delito y restituir el daño al agraviado, pues la acción penal quedaba en manos de la víctima,
quien cobraba directamente la pena establecida. Al regular con precisión qué conductas se consideran furtum y las
sanciones correspondientes, Roma avanzaba hacia un orden donde el individuo controlaba la protección de sus
bienes.
También aparece aquí la rapina, el robo con violencia o fuerza, castigada con multa cuádruple o quintuple del valor
de lo robado. A diferencia del furtum, la rapina era vista como una agresión más grave, al implicar amenaza o daño
físico, y por ello la Tabla VII autoriza una respuesta punitiva más severa. Con ello, esta disposición refuerza la
dimensión reparadora del derecho privado, permitiendo que el ofendido persiga la pena y recupere su propiedad, y
sienta las bases de una justicia en la que el agravio personal se resuelve mediante compensación directa antes que
por intervención estatal.

TABLA VIII: Delitos privados (derecho penal arcaico)


En la Tabla VIII tenemos la injuria, entendida como toda ofensa física o verbal que menoscaba la dignidad de la
persona, y se establecen límites al derecho de venganza privada: solo se admitía una respuesta proporcionada (por
ejemplo, un golpe por un golpe), evitando así que el agravio derivase en vendettas descontroladas. Con ello se busca
encauzar el conflicto hacia un marco más civilizado, donde la ofensa no justifica excesos ni represalias ilimitadas.
Además, esta tabla consagra el derecho a la legítima defensa: el ofendido queda facultado para repeler agresiones
usando “escudo y bastón” sin incurrir en sanción, siempre que la respuesta sea moderada y necesaria. Al regular de
manera explícita estos medios defensivos, Roma reconoce la primacía de la conservación de la persona y delimita el
uso de la fuerza privada, sentando un precedente para la protección individual antes de la intervención estatal.
TABLA IX: Derecho público y penal
En la Tabla IX tenemos la actio extraordinaria apud iudicem, un mecanismo más flexible que las rígidas legis
actiones arcaicas, pues su trámite se basaba en la discreción del magistrado al formular el mandato al juez. Con este
procedimiento, se simplifican los requisitos formales: ya no era preciso recitar fórmulas litúrgicas exactas, sino
presentar un libelo con la petición y la causa, lo que agiliza el acceso a la justicia y amplia el catálogo de acciones
admitidas.
Además, esta tabla extiende la protección a casos no previstos en las legis actiones tradicionales, permitiendo
reclamar tanto obligaciones contractuales como cuasidelitos y algunas cuestiones de propiedad. Al confiar en la
equidad del magistrado y en la valoración de pruebas, la actio extraordinaria constituye un paso hacia un proceso
más práctico y adaptativo, que prefigura los procedimientos del derecho clásico y medieval.
TABLA X: Derecho sacro y funerario
En la Tabla X tenemos la regulación de diversas servidumbres prediales, es decir, derechos que una persona podía
tener sobre el predio de otra. Se contemplan casos como el derecho de paso, el uso de caminos para trasladar ganado
o cosechas, y el acceso al agua para riego o consumo. Estas normas reflejan una organización agrícola donde la
convivencia entre vecinos requería reglas claras sobre el uso compartido de recursos. Además, se establecen
medidas para proteger los linderos y límites de las propiedades, lo que evitaba conflictos sobre posesiones y
promovía la estabilidad del pequeño productor rural.
También se incluyen normas relativas a los daños causados por animales, caída de ramas o estructuras inestables,
que exigían reparación o indemnización. Aunque a veces se asocia esta tabla solo con cuestiones religiosas por error,
la evidencia literaria —especialmente las referencias indirectas en Cicerón y fragmentos transmitidos por juristas
posteriores— confirma que gran parte de su contenido estaba centrado en derecho de propiedad y convivencia
vecinal, lo que la convierte en una pieza clave del derecho real romano en su forma más primitiva.
TABLAS XI y XII: Disposiciones finales y de exclusión social
En la Tabla XI tenemos disposiciones de carácter público y político, muchas de ellas orientadas a preservar el orden
social establecido por la aristocracia patricia. Una de las normas más conocidas de esta tabla prohíbe expresamente
el matrimonio entre patricios y plebeyos, con el fin de evitar la mezcla de clases y proteger la pureza del linaje. Esta
prohibición reflejaba la profunda división social de la Roma republicana temprana y fue tan significativa que, pocos
años después, la Ley Canuleya (445 a.C.) la derogó, permitiendo los matrimonios mixtos (conubium) como
respuesta a la presión social de los plebeyos.

Además, esta tabla establecía que ninguna ley debía contradecir las anteriores o deshacer las decisiones de los
magistrados sin causa justificada, lo que se interpreta como una forma de reforzar la autoridad del ordenamiento y
evitar cambios arbitrarios. Aunque gran parte de su contenido se ha perdido o es dudoso, los fragmentos
conservados indican que la Tabla XI funcionó como una cláusula de cierre para impedir que las reformas jurídicas
rompieran el equilibrio político existente entre clases dominantes y dominadas.
En la Tabla XII tenemos un conjunto de normas residuales, muchas de ellas de naturaleza religiosa, ceremonial o
práctica, que no encajaban fácilmente en las tablas anteriores. Entre sus disposiciones se encuentran reglas sobre la
sanción religiosa de ciertas conductas: por ejemplo, declarar a alguien sacer esto (maldito o consagrado a los dioses
infernales) en caso de traición grave o de atentar contra los rituales públicos. Esta fórmula tenía un fuerte valor
simbólico: el individuo se convertía en intocable para los hombres, pero destinado al castigo divino.
Asimismo, se incluyen normas menores de orden público, como regulaciones sobre sepulcros, limitaciones a los
funerales lujosos, y control de ciertos comportamientos considerados contrarios a las costumbres (mores). También
se encuentra aquí la posibilidad de aplicar el procedimiento judicial en días distintos —algo que en las primeras
tablas no estaba permitido— y ciertos detalles técnicos sobre el ius sacrum o la interacción entre el derecho civil y el
religioso. Aunque el contenido de esta tabla es fragmentario, su función fue cerrar el cuerpo legal con normas que
protegían no solo el orden jurídico, sino también el equilibrio espiritual y social de la comunidad romana.

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