El guardián del puente
En un pequeño pueblo andino había un puente de piedra que todos cruzaban, pero que
pocos miraban con atención. Nadie recordaba quién lo había construido; solo sabían que
estaba ahí desde hacía siglos, resistiendo lluvias, crecidas y soles ardientes.
Dicen que, al caer la noche, un anciano con poncho azul se sentaba sobre las piedras
frías y hablaba en voz baja. Los niños curiosos aseguraban haberlo escuchado contar
historias de batallas antiguas, de amores que se juraron bajo su arco y de viajeros que lo
cruzaron en busca de libertad.
Una vez, una niña llamada Yura se detuvo a escuchar. El anciano le contó que no era un
hombre cualquiera, sino el espíritu del puente, condenado a velar por la memoria del
pueblo. “Cada piedra guarda un recuerdo —le dijo—. Si algún día olvidan lo que pasó
aquí, yo desapareceré, y con ello también sus raíces”.
Yura corrió a casa y comenzó a relatar todo lo que había oído. Al principio, los mayores
rieron, pero poco a poco, la curiosidad volvió a despertar en el pueblo. Se organizaron
para escuchar las historias de los más viejos, para recordar las canciones que casi se
habían perdido y para contar a los niños cómo sus antepasados lucharon por su tierra.
Con el tiempo, el anciano del poncho azul dejó de aparecer en las noches. Algunos
dicen que se marchó porque ya no hacía falta; otros aseguran que sigue ahí, oculto en
las piedras, esperando a quien quiera escucharlo.
Lo cierto es que, desde entonces, nadie volvió a cruzar el puente sin mirar sus piedras
con respeto, como si cada paso resonara con la voz de la historia.