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La Vida y Evangelio de San Marcos

El documento detalla la vida y obra de San Marcos, quien fue un discípulo de San Pedro y el autor del Evangelio más antiguo, que presenta a Jesús como el Hijo de Dios. Se destaca la estructura del Evangelio de Marcos, que se divide en dos partes y enfatiza la identidad de Jesús y la condición del discípulo. Además, se menciona el contexto histórico de su escritura, así como la importancia y el impacto del Evangelio en la comunidad cristiana de Roma.

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La Vida y Evangelio de San Marcos

El documento detalla la vida y obra de San Marcos, quien fue un discípulo de San Pedro y el autor del Evangelio más antiguo, que presenta a Jesús como el Hijo de Dios. Se destaca la estructura del Evangelio de Marcos, que se divide en dos partes y enfatiza la identidad de Jesús y la condición del discípulo. Además, se menciona el contexto histórico de su escritura, así como la importancia y el impacto del Evangelio en la comunidad cristiana de Roma.

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MARCOS

Los documentos más antiguos que hablan de San Marcos aseguran que él estuvo al lado de San Pedro, en
Roma, como intérprete y redactor de la Buena Nueva, primeramente en la enseñanza oral de la ley y después,
en la composición -guiado por el Espíritu Santo- de aquel admirable texto que es el Evangelio más
condensado de la vida, los milagros y la muerte de Jesús, El libro de San Marcos.

Un sabio afirmó que "el evangelio de San Marcos es el libro más importante que se ha escrito", pues todo
indica que fue el primer evangelio que se escribió, que estuvo basado en el testimonio del mismo San
Pedro y que de él sacaron mucho material los otros tres evangelistas.

La primera vez que habla de Marcos el libro de los Hechos de los Apóstoles, es en el capítulo 12, versículos
12-16, cuando relatan la salida milagrosa de San Pedro, de la cárcel, por obra del ángel que le abre las
puertas y se dirige "a casa de María, madre de Juan, por sobrenombre Marcos, donde muchos hermanos se
hallan congregados en oración".

Quizá era un niño o jovencito cuando Jesús fue condenado a muerte. Dice su Evangelio que cuando Jesús fue
apresado en el Huerto de los Olivos, le seguía un joven envuelto en una sábana para curiosear, a ver en qué
paraba todo aquello. Es muy posible que este joven fuera el mismo Juan Marcos.

Todo parece indicar también que Jesús tuvo estrecha amistad con los padres de Juan Marcos y que éste
escuchara, en muchas ocasiones,los discursos de Jesús. Fue él uno de los primeros bautizados por San Pedro.
El que era un niño el año 30, por el 44 ya era todo un hombre y decidió marcharse a evangelizar con su
primo, José Bernabé. Acompañó a Pablo y Bernabé en sus recorridos apostólicas por Chipre y otras
ciudades. Posteriormente pasó diez o doce años en Jerusalén al lado de Pedro, ayudándole como secretario y
haciendo de "intérprete y consejero". Pedro amaba con cariño a Marcos. Le llama "mi hijo Marcos" (1 Pedro
5, 13).

El evangelista Marcos escribe con fluidez, sencillez, en estilo directo y sólido a la vez, y se propone probar la
Divinidad de Cristo.

El Evangelio de Marcos comprende dos partes, y cada una comienza con una manifestación divina: en la
primera es la palabra divina con ocasión del Bautismo de Jesús por Juan, y en la segunda la Transfiguración.
La primera parte del Evangelio se desarrolla en Galilea, la provincia de Jesús; la segunda en Judea y en
Jerusalén, el corazón de la nación judía. La primera parte muestra la novedad de Jesús, el impacto de su
enseñanza sobre las multitudes.

Pero, en la segunda parte, viene la desilusión, pues Jesús se niega a ser lo que la gente quería que fuera, y la
muchedumbre ya no lo sigue. Cuando Jesús muere, el oficial romano reconoce que el crucificado era el Hijo
de Dios (Marcos 15,39).

Es el más breve de los libros del Evangelio (16 capítulos); sin embargo, tiene sus razones: Marcos dio a su
Evangelio los mismos límites que los apóstoles habían asignado a la catequesis primitiva. Los apóstoles no
se proponían dar todo lo que los creyentes querían saber, sino que querían transmitir lo esencial de lo que
Jesús había dicho y hecho (Hechos 1, 21-22).

El león es el símbolo de San Marcos. Tanto este símbolo como el de los otros tres evangelistas (Apocalipsis
4, 7-8), son muy antiguos. De ellos hablan San Jerónimo y San Agustín, explicando que San Marcos, en su
primer capítulo, habla de Juan el Bautista en el desierto y el león es el rey del desierto (Marcos 1,3).
Marcos se halla en Roma el año 67 cuando mueren los dos Apóstoles, San Pedro y San Pablo. La tradición
dice que Marcos evangelizó como Obispo de Alejandría, en Egipto, donde realizó varios milagros y
estableció una iglesia y su famosa escuela cristiana, nombrando un obispo, tres presbíteros y siete diáconos y
murió allá como mártir en el año 68, un 25 de abril.
Se dice que sus asesinos trataron de quemar su cuerpo, sin conseguirlo. Los cristianos de Alejandría
rescataron su cuerpo intacto, lo envolvieron y le dieron sepultura. En Venecia, Italia, se veneran, en la
preciosa catedral de su mismo nombre, los restos mortales del evangelista, cuyo traslado de Alejandría se
remonta al siglo IX.

Contexto histórico. La obra de Marcos nos sitúa en la segunda generación cristiana. El Evangelio ya ha
traspasado las fronteras religiosas del mundo judío y se ha abierto también a los paganos, llegando hasta el
mismo centro geográfico, económico y político del poder imperial romano: la ciudad de Roma. Allí el
cristianismo muy pronto es catalogado como movimiento sospechoso y es duramente perseguido y castigado.
En este contexto, probablemente Marcos escribe su evangelio: «la Buena Noticia de Jesús, Mesías. Hijo de
Dios» (1,1).

Destinatarios. Una tradición muy antigua los identifica con la comunidad perseguida de Roma en tiempos
de Nerón (año 64). Se trataría de una comunidad mayoritariamente de origen pagano, pobre y en crisis, que
estaría llamada a dar razón de su fe e identidad tal como la dio su Maestro y Señor en la cruz.

Autor, fecha y lugar de composición. Desde siempre se le ha llamado «según san Marcos», atribuyendo la
autoría a un discípulo de Pedro: el mismo Juan Marcos que se nombra en el libro de los Hechos (Hch
12,12.25; 13,13; 15,37.39) y que envía saludos en Col 4,10; Flm 24 y 1 Pe 5,13. Aunque tal atribución no es
absolutamente cierta, no hay razones suficientes ni convincentes para negarla. En cuanto a la fecha de su
composición, según la tradición, Marcos escribió su evangelio después de la muerte de Pedro (año 64); y
según las pistas que nos ofrece su evangelio, antes de la destrucción de Jerusalén en la guerra judío-romana
(año 70); por eso, muchos biblistas sugieren como fecha probable los años entre el 65 y 70. En cuanto al
lugar de composición, Roma es la hipótesis más aceptada, no sólo porque así lo avala la tradición, sino
también por ciertas referencias del mismo evangelio, como la explicación de palabras arameas, las alusiones
al sufrimiento y a la persecución, y la relativa frecuencia de palabras y locuciones latinizadas.

Un evangelio por mucho tiempo desconocido… y hoy de sorprendente actualidad. Hasta finales del s. XIX
apenas se prestó atención al evangelio de Marcos. La tradición de la Iglesia lo había relegado a un segundo
plano en comparación con los demás sinópticos, ya sea por su estilo parco: pobre de vocabulario, monótono
y repetitivo; o porque apenas ofrecía nada nuevo que no se encontrase mejor elaborado en Mateo o Lucas. O
quizás, porque la misma Iglesia aún no estaba preparada para captar en toda su grandeza descarnada su
mensaje inconformista. Todo comenzó a cambiar cuando a finales del s. XIX, y sobre todo durante el s. XX,
la crítica histórica lo descubrió como el primer y más genuino testimonio escrito sobre el Jesús histórico, en
el que se inspiraron tanto Mateo como Lucas. El interés ha ido en aumento hasta nuestros días, al irse
desvelando poco a poco la finalidad que perseguía: confrontar a sus lectores con el sorprendente misterio de
la identidad de Jesús de Nazaret, un misterio que sigue fascinando al hombre y a la mujer de hoy, tanto como
hace 2.000 años.

¿Quién es Jesús de Nazaret para Marcos? El tema de su evangelio es la persona de Jesús y la reacción de la
gente a su paso. Marcos escribe su evangelio a la luz de la resurrección, pero no abusa de ella; al contrario,
pone énfasis en presentar a Jesús crucificado más que resucitado, y a la gente cegada y deslumbrada más que
iluminada.

Ya al principio de su obra declara que Jesús es ante todo «Hijo de Dios» y que el relato de su vida es una
«Buena Noticia» (1,1). Complementa esto con una declaración solemne del Padre (1,11), un impulso del
Espíritu (1,12), una victoria fulgurante sobre Satanás y una pacificación cósmica –con las fieras– (1,13). Es
entonces cuando presenta a Jesús anunciando la inminente llegada del reino de Dios, pero su anuncio
provoca una confrontación dramática. A Jesús no lo comprende su familia (3,21) ni sus paisanos (6,1-6),
tampoco sus discípulos (4,41; 6,51s). Los fariseos –poder religioso– y los herodianos –poder político–
deciden eliminarlo (3,6). Con todo, algunos paganos reconocen su poder (5,18-20; 7,24-30). Los discípulos
están ciegos, no comprenden el anuncio de su pasión; pero Jesús, que puede sanar a los ciegos (8,22-26),
también puede sanar a sus discípulos. No sería una aberración decir que en este evangelio Jesús no facilita la
comprensión de su persona. Manifiesta su poder milagroso, pero a la vez impone silencio; se aleja de los
suyos, pero siempre está pendiente de ellos; revela su gloria en la transfiguración, pero impone reserva hasta
su resurrección. Marcos evoca una figura desconcertante ante un auditorio desconcertado.

¿Quién es el seguidor de Jesús para Marcos? Paralelamente al desconcertante misterio de la identidad de


Jesús, Marcos desarrolla en su evangelio la no menos desconcertante condición del discípulo; parece como si
el primer plano de su narración lo ocupara dicha relación, que se desarrolla como una catequesis progresiva.
Siempre están juntos, pues para eso los eligió: «para que convivieran con él» (3,14). Todo lo hace en
presencia de ellos. Estos discípulos, en la intención de Marcos, simbolizan a los destinatarios, de aquel
entonces y de ahora, a quienes dirige su evangelio. Es esta relación la que estructura el plan de su obra.
En la primera parte (1,1–8,30), Jesús va implacablemente desmantelando todas las ideas preconcebidas que
tenían de Dios y del Mesías prometido. El trabajo es arduo. No entienden sus parábolas (4,13); tienen miedo
ante su poder (4,41); tampoco entienden sus milagros (6,52; 7,37). Parece como si todas sus instrucciones
cayeran en saco roto (8,17-21). La sanación del ciego de Betsaida (8,22-26) introduce el comienzo de la
sanación de la ceguera de los discípulos, dramatizada en la confesión de Pedro (8,27-30). Ambas escenas
ocupan el quicio del evangelio.

A partir de entonces, la catequesis de Jesús se centra en la condición sufriente del Mesías, una cruz que debe
cargar el discípulo que quiera seguirle (8,34). Les anuncia tres veces su próxima pasión, muerte y
resurrección. Ellos siguen sin comprender, pero el camino está ya despejado para que sea su misma muerte
silenciosa en la cruz la que desvele definitivamente el misterio de su identidad. Así llega Marcos al punto
culminante de su relato, afirmando por boca del centurión: «realmente este hombre era hijo de Dios» (15,39).
Su confesión es como la respuesta a la voz del Padre con la que comenzó su evangelio: «Tú eres mi Hijo
querido, mi predilecto» (1,11). El centurión representa a Roma, el poder pagano de aquel entonces, que por
la cruz alcanza su fe. Pero también representa a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos a quienes
Jesús sale a su encuentro, y son invitados a descubrirlo y conocerlo como Hijo de Dios y Salvador del mundo
en situaciones de cruz, de muerte y de desesperanza. Para ellos y ellas escribió Marcos su evangelio.

Sinopsis. Inicia el evangelio con una pequeña introducción que prepara a Jesús para su ministerio (1,1-13).
Sigue a esta introducción la actividad que realiza en Galilea (1,14–7,23). Tras un intermedio en Fenicia y
Cesarea (7,24–8,26), sucede el cambio decisivo, con la confesión de Pedro, la transfiguración, el anuncio de
la pasión, y el camino hacia Jerusalén (8,27–10,52). En Jerusalén, Jesús es presentado como profeta y Mesías
(11–13), cuyos contenidos y características se desarrollan en el relato de la pasión y resurrección (14,1–
16,8). Hasta aquí la obra de Marcos. Posteriormente, alguien le añadió un apéndice (16,9-20) para paliar un
poco el final desconcertante del autor.

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