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Conflicto entre Virtud y Belleza en Fiorenza

La obra de teatro 'Fiorenza' de Thomas Mann presenta un conflicto entre Jerónimo Savonarola y Lorenzo de Médici, simbolizando la lucha entre virtud y belleza en la Florencia renacentista. A través de personajes como Fiore, amante de Lorenzo, se exploran las tensiones entre el arte y la moralidad, así como el poder y su efimeridad. Mann ilustra cómo ambos protagonistas, a pesar de sus diferencias, son reflejos opuestos de una misma realidad, culminando en una crítica a la decadencia de la sociedad.

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Conflicto entre Virtud y Belleza en Fiorenza

La obra de teatro 'Fiorenza' de Thomas Mann presenta un conflicto entre Jerónimo Savonarola y Lorenzo de Médici, simbolizando la lucha entre virtud y belleza en la Florencia renacentista. A través de personajes como Fiore, amante de Lorenzo, se exploran las tensiones entre el arte y la moralidad, así como el poder y su efimeridad. Mann ilustra cómo ambos protagonistas, a pesar de sus diferencias, son reflejos opuestos de una misma realidad, culminando en una crítica a la decadencia de la sociedad.

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En su obra de teatro Fiorenza (montada en nuestro país en 1993

por Juan José Gurrola), Thomas Mann teje de manera gradual un


dramático enfrentamiento entre el prior de San Marcos, Jerónimo
Savonarola y Lorenzo de Médici, el Magnífico. Alrededor de ellos
gravita una corte de artistas y pensadores como Pico de la
Mirandola y Marsilio Ficino, así como el cardenal Juan, hijo de
Lorenzo y futuro Papa León X. El tema de trasfondo es la lucha
entre virtud (representada por Savonarola y su creciente
popularidad en la Florencia renacentista del siglo XV, con sus
arengas contra la corrupción y podredumbre de una ciudad
entregada al placer) y belleza (encarnada en Lorenzo y su
obsesión por el arte). En medio de la lucha se encuentra la
hermosa Fiore, amante de Lorenzo y blanco de ataques de
Savonarola, como alegoría de la belleza y de la decadencia de la
propia ciudad. En el diálogo entre los antagonistas Lorenzo
pregunta, «¿Debemos ver el mundo dividido en dos mitades
hostiles? ¿Usted dice que el espíritu y la belleza se oponen?», a
lo que Savonarola responde, «Son opuestos, sostengo la verdad
que he padecido. ¿Quiere usted una prueba que le demuestre
que estos dos mundos son irreconciliables y eternamente
extraños uno al otro? El deseo. ¿Lo conoce? Donde se abren
abismos, los une con su arco iris, y donde existe abre abismos».
Mann plasmó a la perfección los resortes del poder, ya sea que
se sustente en categorías terrenales o espirituales, ya sea que
glorifique el placer de los sentidos o la elevada renuncia que
pretende purificar el alma. Al final, Savonarola y Lorenzo se
revelan como dobles opuestos, y el triunfo temporal del primero
mostraría con los años su carácter efímero. Fiore insta al Prior de
San Marcos a abandonar el poder y comportarse como un
verdadero monje, a quien Mann hace responder con una
magistral frase que bien podría sintetizar la voluntad que mueve a
los poderosos: «Amo el fuego».

1
Thomas Mann

Fiorenza

2
Título original: Fiorenza
Thomas Mann, 1906
Traducción: Raúl Falcó
Posfacio: Raúl Falcó

3
FIORENZA

4
PERSONAJES

JERÓNIMO SAVONAROLA, Prior de San Marcos


LORENZO DE MÉDICI, EL MAGNÍFICO
PEDRO
JUAN (El futuro Papa León X)
(Sus hijos)
JUAN PICO DE LA MIRANDOLA
ÁNGEL POLICIANO
MARSILIO FICINO
(Humanistas)
SEÑOR LUIGI PULCI, poeta
GRIFONE
FRANCESCO ROMANO
GHINO LEONE
ALDOBRANDINO ÉRCOLE
ANDREUCCIO SIMONETTO GUIDANTONIO
PANDOLFO
DIONEO
(Artistas)
PIERLEONI, médico de Lorenzo
NICCOLO CAMBI, burgués de Florencia
OGNIBENE, alumno de Botticelli
GENTILE, paje
FIORE, amante de Lorenzo
Guardias, pajes, burgueses de Florencia
Fecha: tarde del 8 de abril de 1492
Lugar: la Villa Médici en Careggi, cerca de Florencia.

5
PRIMER ACTO

El despacho del Cardenal Juan de Médici. Es una habitación


íntima en el piso superior de la villa. Tapicería en las paredes; en
los intervalos, estantes repletos de libros y manuscritos
enrollados. Ventanas a buena altura del suelo con amplios
alféizares. La entrada, disimulada por una tapicería, está en
medio de la pared del fondo. A la izquierda, una mesa cubierta
con una manta de pesado brocado y encima un tintero, plumas,
papeles. En el proscenio, un sillón adornado con el blasón de
esferas, en el que se apoya el mango de un laúd. En la pared de
la derecha, un cuadro grande de tema teológico. Estante con
vasijas artísticas.

En el sofá, en primer plano a la derecha, está sentado el joven


cardenal Juan —diecisiete años, pequeño bonete rojo, ancho
cuello blanco y esclavina roja— rostro bonito, tierno, espiritual.
Cerca de él, en el sillón, Ángel Policiano, lleva un largo vestido,
oscuro y plisado, con mangas ahuecadas, cerrado alrededor del
cuello con ribete blanco. Su rostro bondadoso y sensual,
enmarcado con bucles grises, de nariz corva y boca arrugada,
está vuelto hacia el cardenal, quien, muy miope, juega con sus
lentes de aro. Unos libros —algunos abiertos— están en
desorden sobre el mantel de la mesa. Policiano sostiene uno
entre sus manos.

6
CIANO: Y ahora, Juan, amigo e hijo de mi gran y bienamado amigo
Lorenzo, vuelvo a la esperanza, al deseo más legítimo y fundado,
que, como yo, el mundo sediento de sabiduría formula al
mirarte… No pienses que descuido las consideraciones que debo
a tu augusto rango en la jerarquía sagrada.
: Perdóneme, maestro Ángel. ¿Ha oído usted decir que,
recientemente, en la catedral, el Padre Jerónimo ha declarado
que, en la jerarquía de los espíritus, el predicador cristiano se
clasifica justo después de la última categoría de los ángeles?
CIANO: ¿Cómo? Quizás… Puede que algo de eso haya oído. Pero
en fin… Lo que quisiera hacerte evidente es que el vicario de
Cristo del cual, según el curso probable de los acontecimientos,
serás llamado un día a llevar la tiara, no irá en contra de su
misión sagrada al acoger favorablemente mi deseo, que es el de
todos los amantes de la hermosa sabiduría. Se trata de la
santificación de Platón, Juan, ya lo sabes. Es divino, y hacer de él
un dios es sólo un mandato de la razón. Que este acto razonable
y magnífico le esté reservado a un Papa de la casa de los Médici,
no solamente lo leen en el cielo los astrólogos sino que conforma
un orden lógico y verosímil. Sin duda alguna, Cristo no podría
sino aprobar la canonización del antiguo filósofo. Las sibilas
profetizaron muchas veces la venida de Cristo. No creo necesario
recordarle a mi alumno los versos tan alusivos de Virgilio. El
mismo Platón, según tradición fidedigna, lo anunció en términos
muy claros y podemos leer en Porfirio que los mismos dioses
habían reconocido la piedad y la devoción extraordinarias del
Nazareno, afirmando su inmortalidad y que, en suma, le habían
otorgado el más favorable de los testimonios… En fin, Juan mío,
quieran los dioses permitirme vivir el día en que colmarás el
deseo que no dejo de someter a tu corazón… Porque ese día
verá el más bello fruto de nuestros comunes estudios
platónicos… (Al ver que el cardenal ríe pare sus adentros)
¿Puedo preguntarte el motivo de tu hilaridad?
: ¡Nada… nada… nada, Maestro Ángel! Estaba recordando que el
Hermano Jerónimo ha dicho recientemente en la catedral que en

7
los diálogos de Platón reina una «virtud obscena…». ¿No le
parece divertido…? ¡Ja, ja! ¡Qué puntería…! De todos modos…
CIANO (Después de un silencio): Estoy disgustado, señor Juan, y
no me falta motivo. Toda la tarde ha estado distraído y en las
nubes durante la lectura. Pensé que su falta de atención se debía
a la inquietud y a las preocupaciones de esta hora poco propicia.
Su magnífico padre está enfermo, muy enfermo; todos tememos
por su vida pero tenemos puestas todas nuestras esperanzas en
los remedios que le ha recetado el médico judío de Pavia;
además, me parece que precisamente en las horas de congoja y
de pena, la filosofía debería ser nuestra consoladora más noble y
mejor recibida. A pesar de todo, comprendería muy bien que el
pensamiento de su padre distrajera su espíritu del estudio. Pero
cuando el hecho es que se preocupa más bien de… de Fray
Jerónimo, ¡ese religioso risible, ese grotesco monjecillo
mendicante!
: ¿Y quién podría no pensar en él…? ¡Perdóneme, Maestro Ángel!
¡Vamos! ¡No se enfade! ¡Sea amable! La ira no le queda. Usted
tan sólo debería expresar pensamientos bellos, medidos y
límpidos. ¿Acaso no lo quiero? ¿Quién mejor que yo conoce casi
todas sus octavas y toda su Fiesta en hexámetros latinos…?
¿Entonces…? Pero en cuanto al de Ferrara, realmente tengo
ganas de hablar un poco de él. A pesar de todo, debe usted
reconocer que es un hombre singular y fascinante. Es prior de
una orden mendicante y debemos despreciar a las órdenes
mendicantes. Son objeto público de burla y, durante cada una de
mis estancias en Roma, he sabido que representan un estorbo
para la Iglesia. Pero he aquí que uno de esos frati despreciados y
vilipendiados se yergue y, gracias a sus insólitas dotes, triunfa no
sólo de todos los prejuicios respecto a su estado, sino que
además sabe conquistar la admiración pública…
CIANO: ¿Admiración? ¿Y quién lo admira? ¡Yo no! ¡Desde luego
que yo no! El pueblo venera en él a uno de sus iguales.
: ¡No, no, no, Maestro Ángel! ¡No es de la misma esencia que el
pueblo! ¡Y no sólo porque pertenece a una antigua familia
burguesa muy considerada en Ferrara! Lo he escuchado muchas
veces en Santa María de la Flor y le aseguro que conservo de él

8
impresiones extraordinarias y muy complejas. Carece de cultura y
de gracia en un grado espantoso, se lo concedo, pero si se lo
observa con más atención, parece que su cuerpo y su alma son
de naturaleza extrañamente delicada. Cuando habla desde el
púlpito, la fuerza de su propia pasión lo agita de tal modo que se
ve obligado a sentarse y se dice que después de cada sermón su
agotamiento lo obliga a guardar cama. Su voz es singularmente
suave, sólo su mirada y su gesto parecen darle a veces la fuerza
espantosa del trueno. Mire, le voy a confesar algo… En
ocasiones, cuando estoy solo, tomo mi espejo de Venecia y trato
de imitarlo cuando fulmina contra el clero. (Imitándolo): «Pero
ahora voy a extender mi mano, dice el Señor. ¡Heme frente a ti,
Iglesia venal, libertina, infame, indigna, impúdica! ¡Mi espada se
abatirá sobre tu nepotismo, sobre tus lugares de escándalo, sobre
tus prostitutas, tus palacios y sentirás el peso de mi justicia!». Sí,
claro. Pero yo, como puede ver, no lo logro. Sería un lamentable
predicador de penitencias. ¡Florencia, joven insolente, se burlaría
de mí! ¡Pero, por muy cardenal que yo sea, destinado a
convertirme en Papa, y aunque él no sea más que un pobre fraile
mendicante, soy mucho menos capaz que él de vaticinar el
porvenir, Maestro Ángel! ¡Un año antes, anunció la muerte del
Papa y de mi padre, el Magnífico, y quiera Dios que esta profecía
no se cumpla del todo! Pero el hecho es que ahora, el sibarita
que ha escogido con tanta ironía el nombre de Inocencio yace
desde hace varias semanas en un triste letargo, al grado de que
por momentos toda la Corte lo cree muerto, y mi padre está tan
enfermo que esta mañana le han aplicado la extremaunción. Lo
cual por cierto parece haberlo vigorizado lo suficiente como para
proferir una agudeza, aunque con voz muy débil. Pero…
CIANO: Tu padre se he propasado durante el carnaval, eso es todo.
Las fiestas organizadas por los artistas han sido particularmente
desenfrenadas y Lorenzo siente por la belleza y el placer un ardor
tan irresistible que descuida su salud. Apura la copa del amor y
del goce como si su cuerpo fuera tan invencible como su alma
maravillosa. Y no es así. Un niño hubiera podido predecir que
algún día recibiría una lección al respecto. Y ¿quieres atribuirle
ese mérito a tu monje, como si fuera un milagro? ¡Vamos, Juan!

9
Eres un joven loco, o te burlas de mí, lo cual es más probable.
¿También acaso me vas a hablar de sus visiones? ¿Decirme
cómo, de vez en cuando, el cielo se le entreabre y oye voces y ve
llover espadas, flechas y fuego? Admito que el buen frate crea en
sus revelaciones y apariciones, y que esto sea debido a su
ridícula ingenuidad. Pero si fuera un poco más instruido, más
culto, si en sus aptitudes y estudios hubiera menos desorden y
confusión, creo que todo esto se esfumaría…
: Estoy convencido de ello. Es perfectamente exacto. Nosotros
somos demasiado instruidos y cultos como para tener visiones, y
si las tuviéramos, no creeríamos en ellas. Sin embargo, a su
manera, tiene éxito, Maestro Ángel.
CIANO: Nadie tiene derecho a hablar de éxito, si sólo ha
conquistado a la plebe halagando sus miserables instintos. ¡De lo
contrario, Florencia tendría que sonrojarse ante toda Italia por el
éxito de este repugnante capuchino! Sólo una vez he oído
predicar en la catedral a este prior de San Marcos tan ensalzado
¡Y por todas las gracias, las musas y las ninfas! ¡Nunca más lo
volveré a hacer! Pensaba ser algo conocedor en materia de
elocuencia, pero sin duda estaba equivocado. Se creía antes en
Florencia que un predicador era digno de admiración por la
selección medida y noble de sus movimientos, de sus palabras y
de sus giros, por su vasto conocimiento de los autores antiguos
que atestiguaban las citas sabiamente ordenadas, las sentencias
llenas de profundidad, la pureza y elocuencia del lenguaje, el
timbre hermoso de la voz, la construcción magistral de los
períodos y la caída armoniosa de las sílabas. Pero parece que
todo esto son frivolidades. ¡El colmo de lo sublime es que un
bárbaro enfermizo con ojos encendidos y gestos frenéticos gima
sobre la decadencia de la castidad, rebaje la cultura y las artes,
vitupere a los poetas y a los filósofos, y se refiera exclusivamente
a la Biblia, como si no estuviera escrita en un latín
verdaderamente abominable! Y por si fuera poco, ¡que además
tenga la insolencia de difamar la vida y el gobierno del gran
Lorenzo!

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(Se ha levantado y recorre agitado la habitación mientras el
cardenal lo observa con placidez a través de sus lentes).

: ¡Por la Virgen Santa, Maestro Ángel, vaya enojo! ¡Se obstina en


ver las cosas bajo un solo ángulo, casi como el mismo Fray
Jerónimo! ¡Prosiga! ¡Sus palabras me llenan de alegría! ¡Dígalas
con mayor mordacidad, en términos aplastantes! «Epicúreos y
puercos…». Él ha hablado de epicúreos y puercos. Estas
palabras se han vuelto populares. Se refería a los amigos de mi
Padre, a Ficino, al señor Pulci, a los artistas y seguramente a
usted también, je, je…
CIANO: Escuche, Su Señoría…
: ¡Vamos, vamos! ¿Qué le pasa? ¿Lo quiero o no lo quiero?
d tiene razón, en lo que se puede tenerla…
CIANO: No digo tener la razón, ¡digo que desprecio a ese gusano
porque cree poseer la verdad! ¿Qué le costaría una sonrisa?, ¡oh,
dioses! ¿Una pequeña burla discreta? ¡Bastaría una sutil palabra
de duda y de superioridad, por encima del pueblo, dirigida a
nosotros, a las personas cultas, para que le perdonara todo! Pero
no, nada de eso. Un anatema siniestro y estúpido lanzado contra
la incredulidad y la inmoralidad, contra el gusto por la ironía, el
vicio, la sensualidad y los placeres carnales…
(Retorciéndose de placer): Vaccae pingues… ¡Ah, Dios mío!
¿Sabe usted lo que ha dicho de las vacas gordas que pastan en
la montaña de Samaria? Lo mencionó al comentar a Amos.
«Estas vacas gordas», dijo, «¿quieren saber qué simbolizan?
Simbolizan a las cortesanas, los miles y miles de cortesanas
gordas de Italia». ¡Qué maravilla! ¡Qué increíble! No diga lo
contrario. ¡Hace falta tener fantasía para decir algo así, es una
imagen divertida, inolvidable! ¡Vaccae pingues! Ya no puedo ver
una vaca gorda sin pensar en una ramera, ni a una sacerdotisa
de Venus sin que me recuerde a una vaca gorda. Además, me ha
permitido darme cuenta de algo. En una frase ingeniosa o en una
representación chusca reside el mejor antídoto contra el deseo
carnal. ¿No soy gazmoño, verdad? Las estatuas, la pintura, los
versos, la música, las bromas me llenan de placer y mi único

11
deseo es poder llevar una vida serena y apacible consagrándome
a tan bellas cosas. Pero le aseguro que a veces siento que las
tentaciones amorosas pueden ser una molestia. Perturban mi
equilibrio, mi amenidad, me agitan de manera desagradable… En
fin, dejemos esto. Ayer, en la Piazza, pasó al lado de mi litera
Pentesilea, la gorda que vive en la Puerta de San Gallo, la miré
sin el menor asomo de tentación, créame. Pero me ganó una risa
tan incontenible que tuve que correr las cortinas. ¡Caminaba
exactamente como una vaca gorda pastando en el monte de
Samaria!
CIANO (Algo divertido): ¡Qué niñerías, Juan, con tus vacas! ¡Doña
Pentesilea es una mujer muy bella, posee una gran cultura
humanista y artística, no merece en nada tu comparación! Por
cierto, me alegra que te burles de tu hermano, el predicador de
cuaresma.
: ¡Se equivoca! ¡Totalmente! ¡No puedo tomarlo más en serio!
¿Acaso puede ser de otra manera? ¡Es un hombre famoso!
Nuestra querida Florencia no suele perdonar con sus chistes a
quien, careciendo de talento, se exhibe públicamente. Pero él la
ha trastornado. Hay que concederle por lo menos una religiosidad
y una experiencia del cristianismo poco comunes.
CIANO: La experiencia del cristianismo… ¡Perfecto! ¡Cuando no se
sabe nada, se echa mano de la experiencia del cristianismo, de la
iluminación, de la aventura interior! Reniega de los Antiguos, lo
tienen sin cuidado tanto Craso como Hortensio o Cicerón. Ni
siquiera tiene el grado de doctor en teología y desprecia todo el
saber del mundo. Lo único que conoce, sabe y quiere es a él y
sólo a él; nada más habla de él, sea cual fuere el tema tratado.
Sí, llega a utilizar anécdotas de su vida privada, buscando darles
un significado más profundo, ¡como si un hombre culto, un
hombre de gusto, pudiera conceder la menor importancia a las
aventuras de semejante búho! Hace algunos días, en la imprenta
de Antonio Miscomini, tuve entre las manos un ejemplar de su
tratado, Del amor por Jesucristo, que en poco tiempo va en su
séptima edición, lo cual es grotesco. Como el digno fraile refuta el
magnífico diálogo de Platón, sentía curiosidad por saber lo que él
puede decir acerca del amor. Lo que encontré, amigo mío, es

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repugnante más allá de toda expresión. Una mezcla desordenada
y apasionada de sensaciones oscuras, de premoniciones
delirantes, febriles, de estados psíquicos intermedios, íntimos,
que en vano buscan expresarse en una forma verbal plástica.
Sentí vértigo, náusea. Hablando en serio, comprendo muy bien
que este tipo de estudios ha de ser una ocupación agotadora,
comprendo sus desfallecimientos y desmayos. ¡En lugar de huir
lejos de su estimable familia y refugiarse en el claustro y en la
santidad, en lugar de contemplar fijamente, entre las paredes de
una celda desnuda, sus tinieblas interiores, este loco hubiera
debido instruirse un poco, clarificar y aguzar su mirada para
percibir la sustancia variada y espléndida del mundo exterior!
Sabría entonces que la creación no es martirio ni maceración,
sino alegría, que todo lo que es bueno se hace con una ligereza
feliz. Yo he escrito mi drama Orfeo en unos cuantos días. ¡Mis
cantos brotan de mis labios ante la belleza de este mundo,
bebiendo vino durante una fiesta, sin que por ello tenga que irme
luego a guardar cama…!
: ¡A menos que sea por culpa del vino…! Sí, Maestro Ángel, usted
es la luz de este siglo. ¿Quién puede igualarlo? Nadie ve el
mundo con tanta suavidad como usted. Nadie canta con tanta
gracia las alabanzas de un bello mancebo. ¿Acaso Fray Jerónimo
habrá pensado que un ambicioso debía proceder de una manera
algo diferente para poder rivalizar con usted?
CIANO: ¿Te estás burlando?
: No lo sé. Me pregunta demasiado. Nunca sé cuando me burlo y
cuando hablo en serio… ¿Qué pasa?
GUARDIA DE LAS PUERTAS (Levantando la tapicería que disimula la
entrada): El príncipe De la Mirandola.
: ¿Pico? Es bienvenido. ¿Verdad, Maestro Ángel? ¡Sea amable!
¿Lo amo o no lo amo? Tiene usted razón, me doy por vencido,
¡Fray Jerónimo es un murciélago…! Ya, ¿está contento? Hay que
discutir un poco, ¿verdad? Si usted se hubiese puesto de su lado,
yo lo habría atacado con todas mis fuerzas. ¡Aquí está Pico!
¡Buenos días, Pico!

13
CIANO: ¡Por qué no eres menos amable, pícaro, para que al menos
se te pueda odiar un poco…!

II

Juan Pico de la Mirandola entra rápidamente, deja su abrigo en


manos del sirviente y camina con paso rápido hacia el proscenio.
Es un joven petulante, elegante, vestido con telas de seda; lleva
largos bucles rubios, bien peinados, tiene nariz fina, boca
afeminada y papada.

: ¿Cómo sigue el Magnífico…? Buenos días, Vannino. Hola,


Maestro Ángel… ¡Uf, muero de calor! ¡El que de ustedes dos sea
mi amigo, señores míos, mandará traerme una limonada, tan
fresca como las aguas del Cocito! (El cardenal, indicándole a
Policiano que no se mueva, se dirige hacia la puerta y da la
orden) ¡Por Baco, tengo la lengua pegada al paladar! ¡Qué calor
tan fuerte en abril! ¡Estaban dando las tres cuando pasé por San
Stefano in Pane, y todavía no refresca! La verdad es que vengo
de Florencia a rienda suelta. Comí en casa de sus parientes los
Tornabuoni, Juan, y me demoré allí demasiado tiempo. Hay que
reconocer que en la casa Tornabuoni se come de manera
notable. Sirvieron capones traídos de Francia, hijo mío, de una
ternura que te hubiera deleitado. Sí, la vida tiene sus placeres. ¿Y
Lorenzo…? Hablemos seriamente. ¿Cómo sigue desde esta
mañana?
CIANO: Su estado parece estacionario desde que lo vio Su Señoría.
El cardenal y yo estamos esperando el informe de su médico
privado en relación al efecto de la pócima de piedras preciosas
destiladas que el señor Lazzaro de Pavia le ha hecho tomar a
nuestro amo, y para dar alas a estas horas penosas, nos hemos
dedicado un poco al estudio, hasta que un tema indigno nos
distrajo considerablemente… Pero el Maestro Pierleoni no nos ha
comunicado todavía ninguna novedad. ¡Ah, querido señor,
empiezo a dudar de las virtudes maravillosas de esta pócima tan
ponderada! Su inventor ha salido de Careggi a toda prisa,

14
después de haber recibido a cambio, dicho sea de paso,
honorarios exorbitantes y de habernos prescrito que esperemos
el efecto favorable de su remedio. ¡Ah, ojalá y se manifieste! ¡Mi
gran maestro bienamado! ¿Te habré salvado, hace catorce años,
de los puñales de los Pazzi, en la catedral, sólo para que ahora,
en la cúspide de tu vida, un mal pérfido te arranque de mí? ¿Qué
será de mí, desdichado, si bajas al reino de las Sombras? ¡No
soy más que una planta trepadora que te abraza, a ti, mi laurel,
condenada a perecer si te secas! ¿Y Florencia? ¿Qué será de
Florencia? ¡Es tu bienamada! La veo marchitarse en un luto de
viuda…
: ¡Señor Ángel, por Dios, esto es un canto fúnebre y no deja de ser
prematuro! ¡Lorenzo está vivo y ya compone usted un poema
sobre su muerte! Se deja usted llevar por su genio… ¿Dígame, el
Maestro Pierleoni ha diagnosticado por fin la naturaleza del mal?
CIANO: No, señor. Por medio de paráfrasis difícilmente
comprensibles para el profano, tiene a bien explicar que en él la
médula de la vida está siendo atacada por la descomposición.
¡Qué pensamiento tan espantoso!
: ¿La médula de la vida?
CIANO: Y lo más horrible es la agitación interior que manifiesta el
querido enfermo a pesar de su gran debilidad. Se rehúsa a
acostarse. Hoy se ha hecho transportar en su litera al jardín, a la
loggia de la Academia platónica y después a varias habitaciones
de la villa, sin encontrar descanso en ninguna parte.
: ¿Has visto a tu padre hoy, Vannino?
: No, Pico. Y dicho sea entre nosotros, quedarme cerca de él me
es tan penoso que prefiero abstenerme. ¡Mi padre ha cambiado
tanto…! Tiene una manera de mirarte levantando primero los ojos
al cielo, luego de soslayo, ¡con expresión atormentada…! No
sabes cuánto la proximidad de la enfermedad y del sufrimiento
me es insoportable. ¡Me vuelvo miserable! ¡Siento pasar sobre mí
el soplo del sepulcro! ¡Uy! No, mi padre nos ha enseñado a
apartar de nosotros, serenamente, todo lo feo, triste y aflictivo, y a
sólo abrir nuestras almas a la alegría y a la belleza… Así que no
puede sorprenderse ahora…

15
: Entiendo. Sin embargo, deberías tratar de superarlo… ¿Dónde
está tu hermano?
: ¿Pedro? ¿Cómo saberlo? A caballo, rompiendo lanzas o
(Tratando de dar a la conversación un tono más ligero) con una
vaca gorda…
: ¿Con una…? ¡Ja! ¡Ja! ¡Vaya! ¡Vaya con este Juanito! Le contaré
a mi prior que el cardenal de Médici ya no cita a Aristóteles, sino
ciertos sermones… (Un sirviente le trae la limonada y se retira)
Pero ¿díganme, díganme, díganme, cómo recibió Lorenzo la
última noticia…?
CIANO: ¿Qué noticia, señor?
: La última trastada de Fray Jerónimo… el escándalo de la
catedral…
Y POLICIANO: ¿De la catedral?
: ¿Entonces no sabe nada todavía? ¿Y ustedes también lo
ignoran? ¡Tanto mejor! ¡Se los voy a contar! Déjenme beber y les
cuento. Qué hermosa cuchara.
: Déjame ver… Sí, es hermosa. Es obra de Ércole, el orfebre. Un
hombre habilísimo.
: ¡Encantadora! ¡Encantadora! Las esferas… ¡Qué gracioso follaje!
¡Una obra bien lograda! ¿Ércole? Voy a pasarle pedidos. Tiene
muy buen gusto.
: ¿Y el escándalo, Pico?
: ¡Ah, sí, es verdad! Les voy a narrar el escándalo. Sepan, para
empezar, que se trata de ella.
CIANO: ¿De ella, en verdad?
: ¡Habla! ¡Habla!
: ¿Sabían ustedes que ella asiste a los sermones de Fray
Jerónimo?
CIANO: Lo sabía… sin llegar a explicármelo.
: Oh, yo me lo explico muy fácilmente. Las mujeres son las que en
primerísimo lugar se someten apasionadamente a su palabra, y
se puede advertir que su mayor influencia se ejerce en particular
sobre las que han amado mucho. Además, ¿qué quieren? El
Hermano está de moda. Su éxito va más allá de lo que yo
esperaba; no deja de ir en aumento, lo mismo entre la plebe que

16
entre la nobleza y hasta los burgueses más tranquilos empiezan a
interesarse por él. Es de buen tono asistir a sus prédicas y,
perdóneme, Maestro Ángel, pero obstinarse como usted lo hace,
¡también es fanatismo! Para llegar al hecho, la divina Fiore es
menos obstinada. Últimamente se la ve con cierta regularidad a
los pies del Hermano, lo que en sí sería algo realmente
regocijante, incluso divertido. Pero lo preocupante es que hace
esto de una manera demasiado particular y provocativa. En
efecto, ha dado en llegar con una media hora de retraso a la
catedral, en el momento en que el sermón está en su apogeo, y
hasta carecería de importancia si por lo menos su llegada tardía
se efectuase sin ruido y sin llamar la atención. Pero, para colmo,
la bella entre las bellas ama el fasto y las entradas principescas;
en este aspecto, tiene mucho menos moderación que su noble
amante Lorenzo. Una nube de servidores magníficamente
ataviados rodean su silla de manos y acompañan a su ama
dentro de la iglesia, para abrirle paso entre la muchedumbre —sin
muchas precauciones ni demasiados miramientos— hasta su
lugar. Yo estaba presente cuando efectuó ahí su entrada por
primera vez, en medio de la prédica. Su llegada hubiera causado
sensación, sin más; pero la manera en que se produjo suscitó un
ligero tumulto. Todo mundo se apretaba, cuchicheaba,
murmuraba, la señalaba con el dedo, y aquéllos que un momento
antes se agachaban bajo las espantosas predicciones de Fray
Jerónimo, ahora torcían el cuello para no dejar de ver este noble
y reconfortante espectáculo, la deliciosa vista de esta mujer
famosa, rodeada de fasto, con porte de reina, de divina belleza.
En cuanto al fraile, temí por un segundo que al verla perdiese la
compostura y el hilo de su discurso. La palabra que estaba a
punto de pronunciar quedó suspendida entre sus labios azorados.
Parecía petrificado. Siempre está pálido, pero en ese instante una
lividez de cera invadió su rostro y nunca olvidaré el cambio
siniestro de sus ojos que varias veces relampaguearon y se
apagaron, para luego volver a encenderse…
CIANO: ¡Qué bien lo narra, Señor! En verdad es un placer selecto
seguir el curso armonioso de su relato.

17
: ¡Por Hércules, Maestro Ángel! En este caso, el acontecimiento
narrado me parece más importante que la narración, y le ruego
fijar su atención sobre el hecho más que sobre el efecto.
: ¡El acontecimiento narrado… la narración…! ¡El hecho… el
efecto…! ¡Bravo, Pico! ¡Bravo!
: ¡Escúchenme hasta el final! Desde entonces, una lucha áspera y
secreta enfrenta a Fray Jerónimo y a la divina Fiore. En los
primeros tiempos, su llegada tardía parecía debida a una
elegante negligencia, pero su obstinación en repetir el hecho
demuestra cada vez más su deseo de irritar al fraile y a sus
oyentes. Por su lado, él ha recurrido a diferentes medios para
compensar estas irrupciones. Ha hablado en voz alta y terrible
para cubrir el alboroto que causan los sirvientes. Ha convertido su
voz en un murmullo misterioso para así forzar la atención. Se ha
callado y dejado reinar un silencio reprobador hasta que Doña
Fiore ocupe su lugar y reine nuevamente el silencio, para
reanudar su sermón con una vehemencia aún más aterradora. La
situación así creada tiene para nosotros la ventaja de que desde
que Fiore acude asiduamente a la catedral, el Padre se supera a
sí mismo y predica en el pavor, las lágrimas y el espanto.
Terribles son los castigos con los que amenaza a la ciudad por su
lujo y su frivolidad, y luego, cada quien se va errando por las
calles, medio muerto y sin voz. Muchas veces, al hablar de la
miseria del mundo, de la piedad y de la redención, el escribano
que consigna sus sermones, dominado por los sollozos, ha tenido
que interrumpir su tarea. El fraile posee el arte de conmover las
conciencias, con una palabra acentuada misteriosamente,
logrando que la muchedumbre se estremezca como un solo
cuerpo y es muy interesante observar este fenómeno cuando uno
experimenta en alma propia la misma conmoción. Desde luego, la
asistencia a sus sermones ha crecido en forma considerable.
Pero nuestra bella dama no ha modificado en nada su conducta
singular y obstinada. Y hoy se ha llegado al escándalo, a la
catástrofe. Fray Jerónimo ha ido demasiado lejos. No lo defiendo.
Su gran talento lo ha arrastrado… Oigan lo que ocurrió. Antes de
despuntar el alba, la catedral ya estaba repleta de gente deseosa
de ocupar un buen lugar; pero a la hora del sermón, la

18
muchedumbre estaba tan apretujada dentro y fuera de la iglesia
que una aguja no hubiera podido caer al suelo. Calculo por lo
bajo que habría unas diez mil personas, estimando en dos mil el
número de extranjeros venidos de todas partes. Del campo y de
las ciudades, propietarios y campesinos se pusieron en camino
de noche para llegar a tiempo al sermón y hasta se veía gente
llegada desde Boloña. La batahola entre San Marcos y la catedral
era terrible. Las autoridades públicas tuvieron dificultades para
resguardar al prior del amor del pueblo, que a su paso le besaba
las manos, los pies, queriendo cortar pedazos de su hábito. En la
calle central, cerca de su palacio, Juan, una mujer clamaba a
gritos que se había curado de hemorragia después de tocar el
vestido del Profeta. Enseguida se anunció que un signo se había
manifestado y la muchedumbre empezó a gritar: ¡Misericordia!
Dentro de la catedral se hallaban reunidos los Padres de San
Marcos, las cofradías y todo el mundo. Ahí estaban los miembros
de la Señoría y las capuchas rojas del colegio de los Ocho. Se
podían ver hombres y mujeres de toda clase y de todas las
edades, niños trepados a las columnas, artesanos, poetas y
filósofos… Al fin, Fray Jerónimo se yergue en el púlpito. Su
mirada, esa extraña mirada fija y ardiente recorre a la
muchedumbre y, en medio de un silencio tenso, empieza a hablar.
Se dirige a Florencia, la tutea, y le pregunta, con una calma y una
lentitud terribles, cómo vive, cómo transcurren sus días y sus
noches. ¿En la pureza, la castidad, en el espíritu, en la paz?
Después, calla, orillándola a responder, y Florencia, esa multitud
de mil cabezas que llena la catedral, se encorva bajo su mirada
intolerable que hurga, adivina, reconoce, sabe todo. «¿No
contestas?», dice… Y mientras su débil cuerpo se despliega,
clama con voz terrible: «¡Pues yo te lo voy a decir!». Y empieza
entonces una acusación despiadada, un último juicio, una
tempestad de palabras, bajo las cuales la muchedumbre se
convulsiona, como si la estuvieran azotando. En su boca, la más
mínima debilidad de la carne se convierte en horrible pecado. Sin
ninguna moderación, en los términos más crudos, designa los
vicios con nombres que nadie había oído todavía en un recinto
sagrado y considera responsables al Papa, al clero, a los

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príncipes italianos, a los humanistas, a los poetas, a los artistas y
a los que tienen a su cargo las fiestas. Levanta los brazos y una
horrible visión, una imagen diabólica, tentadora, surge del abismo
del Apocalipsis, la Prostituta sentada sobre las grandes aguas, la
Mujer sobre la Bestia. Está vestida de escarlata y rosa,
desbordando de oro y perlas, su mano sostiene una copa de oro
llena de abominaciones y de la mácula de su impudicia. Y en su
frente se inscribe el nombre, el secreto, la gran Babilonia, madre
de los goces culpables. «¡Esta mujer, grita, eres tú, Florencia,
cortesana insolente y lasciva! ¡Estás adornada de gracias,
exquisitamente vestida, perfumada y maquillada con arte! ¡Tu
lenguaje es espiritual, armonioso y pulido, tu mano desdeña
cualquier objeto que no lleve el sello de la belleza, tu ojo se
detiene voluptuosamente sobre pinturas valiosas y sobre las
estatuas de dioses paganos desnudos! ¡Pero el Señor te ha
vomitado por Su boca…! ¡Escucha! ¿No oyes voces en el aire?
¿No oyes en el aire batir las alas de la Perdición? ¡Es demasiado
tarde! ¡Todo está consumado! ¡Demasiado tarde llega el
remordimiento! ¡He aquí la sentencia! ¡Cien veces te lo he
vaticinado, oh Florencia, pero tú, ebria de placer, te rehusabas a
escuchar al pobre monje que sabía! ¡Desdichada, estás perdida!
¡Horror! ¡Mira, asoman las tinieblas! ¡El trueno llena los aires! ¡La
espada del Señor se estremece y cae…! ¡Sálvate! ¡Haz
penitencia…! ¡Demasiado tarde! ¡El Señor desencadena sus
aguas sobre el mundo entero! ¡Sus alas barren tus máscaras y
disfraces de carnaval, los libros de tus poetas latinos e italianos,
tus adornos, tus perfumes, tus espejos, tus velos, tus afeites, tus
pinturas de belleza impúdica, tus obras de arte paganas! ¿Ves el
sangriento resplandor del incendio? ¡Hordas salvajes cabalgan
encima de ti, imponiéndote la guerra! ¡El hambre anda suelta por
las calles haciendo muecas! ¡La peste exhala sobre ti su aliento
hediondo…! ¡Es el fin! ¡El fin! ¡Estás aniquilada, aniquilada en los
suplicios…!». No, amigos míos, no logro restituir su imagen. No
ven su aspecto y sus gestos, no pueden oír su voz, no
experimentan la fascinación de su demonio. La muchedumbre
gemía como si la hubieran estado torturando. Vi hombres,
hombres con barba, sobresaltarse llenos de espanto y salir

20
huyendo. Un largo alarido desesperado, un llamado a la
clemencia, subió del pueblo: «Piedad…». Después, un silencio de
muerte… En ese momento sus ojos se pusieron en blanco. En
ese instante de supremo terror, ocurre un milagro. La ira que
deforma su rostro se calma. En un impulso lleno de amor, abre
los brazos. «¡La gracia…!, grita. ¡Se concede la gracia! Florencia,
mi pueblo, mi ciudad, me es dado anunciártelo: si haces
penitencia, si renuncias a los placeres impíos y tomas por esposo
al Rey de la humildad y del dolor… Míralo (y levanta su crucifijo).
Éste, oh Florencia, quiere ser tu Rey. ¿Lo quieres? ¡A todos
ustedes, atormentados por sus pecados, marcados por el dolor, a
ustedes, pobres de espíritu, que no saben nada de Cicerón ni de
los filósofos, a todos ustedes, miserables, oprimidos, enfermos y
vejados, Él los quiere consolar, proteger, reconfortar, elevar! ¿No
ha predicho Santo Tomás de Aquino que en el reino de los cielos
los bienaventurados asistirán al castigo de los condenados para
saborear mejor su beatitud? Así será. Pero la ciudad que escoge
a Cristo por Rey ya es bienaventurada en este mundo. ¡Nadie
vivirá más en la miseria mientras que otros en su morada pisan
un suelo de mosaicos, rodeados de bellos muebles! Jesús quiere
—y yo se los digo, como su teniente que soy— que se rebaje
considerablemente el precio de la carne, a unos cuantos reales la
libra, quiere que aquél que está condenado a una multa de cinco
medidas de harina no se las entregue a un convento sino a los
pobres. Quiere que sean vendidos los jarrones suntuosos y los
cuadros de las iglesias y que lo obtenido se distribuya entre el
pueblo… Quiere…». Y entonces —¡Ah, Juan! ¡Ah, Maestro Ángel!
— entonces, en ese minuto de emoción, de contrición, de
abandono total, sobreviene la catástrofe que alimentará durante
mucho tiempo las murmuraciones de los florentinos. En la puerta
principal se oye un gran alboroto, ruidos metálicos, voces y pasos
sonoros que despiertan ecos y se van amplificando. En la luz
oblicua que cae de los vitrales se ven armas que brillan. Hombres
con lanzas penetran en la nave central. Se abren paso a gritos,
empujando a la multitud asustada hacia las naves laterales. Y en
el camino asi abierto, rodeada de pajes y de todo su séquito,
erguida y hermosa, entra la divina Fiore. Nunca la he visto más

21
esplendorosa. La enorme perla que Lorenzo acaba de regalarle
derrama una luz lechosa sobre su frente perfecta. Con las manos
cruzadas sobre su regazo, la vista baja y, sin embargo,
clarividente, una incomparable sonrisa en los labios, se dirige
lentamente hacia su lugar, que por cierto es el mejor, justo
enfrente del púlpito; pero él, el ferrarés, interrumpe bruscamente
una frase e, inclinado sobre la balaustrada, presa de un furor
profético, con el brazo extendido hacia abajo, señala su rostro:
«¡Miren, exclamó, vuélvanse todos y miren! ¡Aquí viene, aquí está
la cortesana que ha fornicado con los reyes de la tierra, la madre
de las abominaciones, la mujer sobre la Bestia, la gran
Babilonia!».
CIANO: ¡Qué horror! ¡Qué miserable!
: De todos modos, el puyazo es incisivo.
: No, no, no juzguen, mis señores. Ya que para su desgracia no
estaban presentes, tratarían en vano de imaginar la grandeza
impresionante de ese momento. Piensen que todo lo que ve se
vuelve una realidad tangible, en el momento mismo en que la
expresa. Su pálida mano salía de la manga oscura de su hábito;
temblorosa, subía y bajaba, mientras que con gesto rígido y
justiciero, señalaba el rostro de la bella Fiore. Y mientras así la
mantuvo, ella fue, en efecto, la Mujer del Apocalipsis, la gran
Babel en su esplendor impúdico. El pueblo, dividido entre
sentimientos contradictorios, entre la condena y la gracia, agitado,
excitado, no lo dudó ni un segundo. El asco, el temor y el odio
brillaban en los miles de miradas que estaban fijas en ella. Se oyó
un gemido ronco, que parecía ávido de su sangre. Yo también la
miraba y les aseguro, verbo domini, que sentí mis cabellos
erizarse sobre mi cabeza mientras un escalofrío helado me
recorría la espalda.
CIANO: A usted le gustan estos escalofríos. Confiéselo, señor.
: ¿Y ella? ¿Y ella?
: Quedó clavada en su lugar como por encantamiento, el tiempo
que dura un Ave María. Después, con una exclamación de furor,
se levantó de un salto, hizo una señal a su séquito y salió de la
catedral, presa de una violenta emoción. Corre el rumor que ha

22
ordenado a su gente matar al Hermano en pleno púlpito, pero que
nadie se ha atrevido a atacarlo. Otros decían también que
después del sermón había enviado un mensajero al convento de
San Marcos. En todo caso, su impetuosidad ha orillado al
Hermano a cometer un grave exceso. No defiendo en absoluto su
causa. Pero cualquiera que sea la conducta que adopte esta
mujer, ¡no está permitido tratarla así! Insultarla frente al pueblo…
¿Acaso es una cortesana?
(Riéndose para sus adentros): Sí…
: Es la bienamada del Magnífico. ¡Por el gran Eros! ¡No se puede
comparar con las mujeres que llevan velo amarillo y se alojan en
ciertas callejuelas! ¡Es una mujer maravillosa! Aunque nacida en
el extranjero, es el retoño natural de una noble cepa florentina. Y
aunque lo ignorásemos, su espíritu brillante, sus múltiples
talentos, su elevada cultura humanística nos lo harían saber
diariamente y a todas horas. ¡Sus tercetos y sus estancias son
encantadores y su manera de tocar el laúd me ha conmovido
hasta las lágrimas! Su memoria está llena de bellos versos latinos
de Virgilio, Ovidio, Horacio y hubiera querido prosternarme en
señal de adoración por la gracia con la que, hace poco, después
de comer en el jardín, nos recitó un atrevido cuento del
Decamerón. ¡Y si todo esto no bastase para otorgarle unánimes
sufragios, ella es, además, la mujer que posee el amor del gran
Lorenzo!
CIANO: Usted lo ha dicho, señor. ¿Y soy yo quien debe invitarlo a
sacar de este hecho una explicación de los acontecimientos?
¿Usted cuya mirada penetrante descubre tantas cosas del cielo y
de la tierra, usted, el fénix de los espíritus, príncipe entre los
eruditos y erudito entre los príncipes, se rehúsa a ver la verdad?
¿A ver que este último escándalo del ferrarés no es sino un acto
más de hostilidad, una nueva manifestación insolente y llena de
odio contra el Magnífico y su casa? Nuestra divina ama ha
manifestado al monje todo el desprecio que se merece; pero al
vengarse de manera tan desenfrenada, no ha cedido, como usted
parece creerlo, al ciego impulso de una pasión iracunda. Muy por
el contrario, ha actuado de manera calculada, había premeditado
el escándalo, ha aprovechado la ocasión para lanzar un nuevo

23
ataque pérfido contra el hombre que su lengua de cobarde ha
dado en llamar el Fuerte, ¡a cuyos pies Florencia hechizada está
acurrucada desde hace cuatro lustros! (Con arrebato) ¡Usted es
un gran señor que podría gobernar una ciudad y dirigir ejércitos si
no prefiriese vivir como libre amante de la ciencia, y yo no soy
más que un modesto poeta, que nada posee en esta tierra salvo
su ardiente amor por la casa Médici, fuente de luz, belleza y
alegría! ¡Pero, precisamente, mi amor me impone el deber de
hablar y de arrancarlo, joven ciego, del lugar en donde la víbora
se disimula entre la maleza! ¡Pues bien: la conjura de los Pazzi
que hace tiempo le costó la vida al hermoso Juliano en la
catedral, y de la que el mismo Lorenzo hubiese sido víctima si un
dios no me hubiera dado en el último momento la fuerza de cerrar
tras él la puerta de la sacristía, era una nadería, una broma, un
juego de niños, comparada con las maquinaciones infernales que
ahora, en el mismo lugar, en Santa María de la Flor, se traman
contra los Médici y su fastuosa dominación! Ese gusano ha
perdido la cabeza con los éxitos fáciles que le proporcionaron
entre el pueblo las visiones apocalípticas de su espantosa
naturaleza. Su rapacidad, ávida de corazones humanos, su
ambición de ganarse los espíritus, se revelan cada día más
claramente. ¡Compréndalo, compréndalo, Señor! Su mirada
siniestra está dirigida hacia el poder. ¿Y si fuera a tomarlo, qué
ocurriría? ¡Observe lo que está pasando a su alrededor y quedará
helado de miedo! El número de los que se deslumbran con la
turbia dulzura de semejantes enseñanzas y se juntan alrededor
del triste dictador aumenta en proporciones alarmantes. A esta
ralea lamentable de austeros y enemigos de la belleza, unos
mortales más alegres los han apodado con el mote de los
«Llorones», evocando a los que cobran por ir a llorar en los
funerales. ¿Y entonces qué pasó? En su humildad, han adoptado
este calificativo como un título honorífico y la apelación de
«Llorones» designa ahora aun nuevo partido político, hostil a los
Médici, del que el susodicho monje se considera jefe. ¿Y
después? Los hijos de las familias más prominentes de la ciudad,
un Gondi, un Salviati, jóvenes elegantes y brillantes, favoritos de
los dioses como usted, se han postrado a los pies del monstruo

24
implorándole ser admitidos como novicios en San Marcos. El
pueblo vive arrullado con el señuelo de las promesas. Se ha
llegado tan lejos que algunos granujas han pegado en los altares
de Catedral y de Palacio sonetos satíricos contra el señor Pedro
de Médici ¿Ah, noble señor, qué ha hecho usted, qué hizo usted
al enviar a Florencia a este hombre, abriéndole las puertas
gracias a su prestigio…?
: ¿Me permitirá reirme un poco de usted, Maestro Ángel? ¿No se
va a molestar? ¡Ah, si pudiera ver su semblante! ¡Vaya a mirarse
al espejo! ¡Se juraría que pertenece usted a los «Llorones», al
partido político de los «Llorones»! ¡Ja, ja! ¡Oh, dioses! ¡Vaya
partido político! ¡Qué cosa tan importante! Vamos… ¿No
pretenderá enseñarme a entender a nuestros florentinos? ¿Acaso
no los conozco, no los he estudiado? Me imagino que se trata de
un pequeño pueblo increíblemente profundo y pausado, con un
temperamento del todo contrario a las bromas. No, no,
perdóneme, pero no puedo dejar de reír. Si examino bien las
cosas, me parece que Pedro no le agrada a Florencia porque sus
modales de conquistador rudo están fuera de lugar. Sin embargo,
¡sería un tanto atrevido establecer una relación entre unos
sonetos mediocres y los sermones de Fray Jerónimo! Si Andrea
Gondi y el joven Salviati consideran que el colmo del refinamiento
consiste en vestir el hábito de los dominicos, ¿quiere acaso
impedírselos? Le confieso que yo mismo he jugado con esa idea.
Creo que vivimos una época en la que los prejuicios ya no
prevalecen. ¿Acaso no puedo vestirme en Florencia según mi
fantasía, mi gusto particular y mi personalidad, sin que por ello
me señalen con el dedo? ¿Sí o no? Puedo hacerlo, en sentido
propio y figurado. ¿Y entonces, si cansado de la púrpura y del
azul cielo, yo prefiriese la neutra sobriedad del hábito de monje?
¿Y por qué no puso usted el grito en el cielo cuando, después de
tantos cortejos de carnaval multicolores, tuvo un éxito tan grande
el famoso cortejo de la Muerte, de donde asomaban cadáveres
de los féretros negros? Cosas así son como una pizca de
pimienta tras un exceso de dulce… ¿Qué he hecho al convencer
a Lorenzo de que invitara a Florencia a Fray Jerónimo? ¡Le he
dado a la ciudad un gran hombre, por Júpiter, y me felicito por

25
ello! Por otra parte, estoy seguro de que Lorenzo es el primero en
agradecérmelo. ¿No ha rogado, hace muy poco tiempo, a los
habitantes de Spoleto que le cedieran para la catedral los restos
de Filipo Lippi, con el fin de aumentar el número de sepulturas
ilustres de Florencia? El día en que muera Fray Jerónimo, los
ferrareses, y acaso también los romanos, nos enviarán
embajadas para suplicarnos que les demos sus cenizas. ¡Pero no
se las daremos! Italia entera vendrá a visitar la tumba del monje
que tanto dio de qué hablar, y entonces podré decir que yo fui el
primero en descubrir y alentar sus dotes… ¡Sí, señores míos, he
ganado la partida! No estaba seguro en absoluto del asunto,
porque ¿cómo prever el humor de Florencia? En el Capítulo de
los dominicos de Reggio, donde lo vi por primera vez, nadie se
había fijado en él. Me encontraba en un círculo de literatos y
eruditos que participaban en ese Capítulo y él, sentado entre los
monjes, se mantenía callado y ensimismado mientras la discusión
versaba en torno a controversias escolásticas. Pero cuando llegó
el turno de la disciplina, intervino bruscamente y dejó estupefacta
a toda la asamblea por la rareza demoníaca de sus miras y sus
discursos. El estado de la Iglesia y de las costumbres públicas
apareció de repente bajo una luz cruda, infernal, y la ardiente
espontaneidad, la fanática estrechez de sus criterios me
conmovieron extraordinariamente. ¡Y no fui el único! ¡Varias
personalidades notables, incluso príncipes, entablaron con él
relaciones epistolares! Por mi parte, busqué conocerlo
personalmente y mi primera impresión se vio fortalecida. Por
todas partes, durante mis viajes, canté sus alabanzas. Finalmente
llegué a Florencia y, entregado al estudio de este pequeño pueblo
agitado, culto, de lengua acerada, de esta comunidad incansable
y curiosa, en un momento de euforia, acaricié el proyecto de usar
mis influencias para mandar traer aquí a Fray Jerónimo. Su fama
estaba establecida, mis elogios le habían abierto el camino;
faltaba ofrecerle la posibilidad de actuar. La empresa era audaz y
arriesgada. ¡Un hombre así, pensaba yo, en una ciudad así, o
perecerá ahogado bajo las risas y las burlas o conocerá el éxito
más grande del siglo! ¡Y eso es lo que ha ocurrido, señores míos!
Se lo comento a mi amigo el Magnífico, el Magnífico habla con el

26
prior de San Marcos, Fray Jerónimo es llamado. En un principio
se limita a enseñar a los novicios del claustro, pero para
satisfacer la curiosidad que suscita su presencia, se le pide abrir
para algunos privilegiados el acceso al claustro durante sus
lecciones. El auditorio crece día con día y él lo tolera. ¡Claro, lo
tolera! Se le suplica hablar desde el púlpito, le llueven peticiones
de conocedores, de damas nobles, de todo el mundo. Se resiste
un poco y termina por ceder. La pequeña iglesia de San Marcos
está abarrotada. Predica y produce un efecto inaudito. Su nombre
está en todas las bocas. Platónicos y aristotélicos abandonan por
un momento sus querellas para disputar sobre el valor de este
moralista cristiano. Muy pronto la iglesia del convento resulta
demasiado pequeña para albergar a la muchedumbre y desde
entonces predica en Santa María de la Flor. Si en un principio
despertó el interés de algunos letrados y aficionados, el bajo
pueblo es quien ahora se apasiona y sobre quien sus oscuros
talentos de videncia, así como el juicio penetrante que emite
sobre todo lo que vive, ejercen una influencia mágica. Sus monjes
lo han nombrado prior y ha hecho que San Marcos, en donde
hasta entonces las cosas no iban ni mejor ni peor que en los
demás claustros, se convierta en el refugio de la santidad. Sus
escritos son leídos con avidez. Su persona acapara las
conversaciones cotidianas. Con Lorenzo de Médici, es el hombre
más famoso, más grande de Florencia, aquél de quien más se
habla… En cuanto a mí, he observado todo esto con la más
alegre satisfacción y sus caprichos, mi buen Maestro Ángel, no
perturbarán placer tan instructivo.
CIANO: ¡No deben perturbarlo, Señor! Además, creo que Florencia
sabe que soy todo lo contrario a un iluso. Admitamos que sólo la
envidia haya dictado mis palabras y que cuestiono un placer que
no entiendo y al que no puedo asociarme. ¡Porque confieso que
no comprendo absolutamente nada de lo que ocurre! Muchas son
las veces en que he dado gracias a los dioses por haberme
hecho nacer en una época de aurora y renacimiento que me
parece muy hermosa y de un encanto matutino. Cuando el mundo
despierta, sonríe, respira y ofrece su cáliz a la luz joven, como
una flor que se abre. La ineptitud de los espectros con sus órbitas

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huecas, los prejuicios horribles y crueles que espantaron a la
humanidad durante una larga noche, se disipan en la nada. Todo
vuelve a ser nuevo. Un reino seductor de estudios olvidados o
nunca antes sospechados se descubre infinito ante nosotros. La
tierra parturienta alumbra para nosotros, los venturosos, todos los
tesoros de belleza del mundo antiguo. Instruido y liberado, el
individuo goza al saberse único Acciones poderosas se llevan a
cabo sin escrúpulos, coronadas por la gloria… Libre de velos y
ataduras, el arte progresa con ingenuidad sobre la tierra y todo lo
que su dedo roza se ve ennoblecido. La humanidad, habitada por
el dios que escancia la ebriedad, forma tras él un cortejo de
fiesta, guiada por su sonrisa, y su júbilo es un culto a la belleza y
a la vida. ¿Y de pronto, qué ocurre? ¿Quién surge? Un hombre,
un solitario, demasiado feo, demasiado torpe para formar parte de
la ronda alegre, desmedrado, lleno de odio, ingrato, se levanta y
protesta contra este estado divino; ¡sí, su fogosidad venenosa
logra que las multitudes del cortejo festivo se dispersen, que unos
tránsfugas se arremolinen a su alrededor y hagan aspavientos
como si fuera portador de un mensaje inaudito, de una novedad
sobrecogedora! ¿Y qué dice? ¿Qué derrama todo su ser? Un
torrente de moral… ¡Pero, vamos, si la moral es lo más viejo, lo
más rebasado, lo más aburrido, lo más caduco! ¡La moral es
ridícula! ¡La moral es imposible…! ¿O no? ¿Puede que no?
¡Hable, señor! ¿Qué me va a responder?
: Nada. ¡Primero, nada, Maestro Ángel! Quiero saborear en
silencio la belleza de sus palabras. ¡Qué hermoso lo que ha dicho
de nuestra época! ¡Semejante a una flor que se abre…! Se lo
ruego encarecidamente, tiene que hacer algo con esto… Tiene
que versificarlo… Me pregunto si el octosílabo… o quizás el
hexámetro latino…
: ¡Tienes que responder, Pico, de lo contrario, te das por vencido!
: ¿Responder? Con gusto. ¿Pero me parece que ya he preguntado
si vivíamos en una época liberal? Y de ser así, ¿por qué nuestra
ausencia de prejuicios habría de tener límites? ¿Por qué el libre
pensamiento tendría que volverse una religión y la inmoralidad un
juego del fanatismo? ¡No lo admito! Si la moral se ha vuelto
imposible, ridícula, ¡así sea! Pero ya que el ridículo constituye en

28
Florencia el peligro supremo, el hombre más valeroso me parece
ser aquél que ni siquiera le teme a este peligro. Esto bastaría
para maravillarnos. Pero quien ha podido maravillar a Florencia
ya tiene ganada la mitad de la partida ¡Ah, mis queridos señores,
el pecado ha perdido mucho de su encanto desde la abolición de
la conciencia! Vean alrededor suyo. ¡Todo está permitido o, al
menos, ya nada es deshonra!, ¡no hay una impiedad que nos
asuste! Actualmente los negadores de Dios pululan, así como los
que dicen que Cristo hizo sus milagros con la ayuda de las
constelaciones. ¿Pero quién hasta ahora se había atrevido a
atacar el arte y la belleza? ¿Acaso estoy blasfemando?
¡Entiéndanme! Mucho alabo a los que defendían la belleza en
tiempos en que era preocupación de una minoría y reinaba una
moral estúpida y sin discusión. Pero desde que la belleza ha
bajado a la calle, el precio de la virtud empieza a subir. Déjeme
murmurarle al oído una pequeña novedad, Maestro Ángel: la
moral es nuevamente posible…
(Mirando por la ventana): ¡Calla, Pico! Estoy viendo allá en el
jardín a unos visitantes a quienes no puedes dejar de contar
esto…
(Mirando hacia afuera): En efecto, allí llegan unos visitantes. Son
artistas. Todo un grupo de artistas está en el jardín. Reconozco a
Aldobrandino… y a Grifone… y al gran Francesco Romano…
¿Contarles a ellos? No, no les diría nada, mi Juan. No es para
ellos. Pero vayamos a reunirnos con ellos. Ven, cardenal, venga,
¡poeta de la grandeza de los Médici! Vamos a divertirnos con
esos buenos muchachos.
CIANO: Usted no escucha, no quiere oír. Pero insisto en decirle que
veo cómo se aproximan hechos muy sombríos…

29
SEGUNDO ACTO

El jardín. Al fondo, el palacio se destaca en medio de la campiña


verde y gris. Cipreses, pinos y olivos se pierden en el horizonte.
Una amplia avenida central, desde donde se bifurcan hacia la
izquierda y la derecha caminos transversales (adornada con
estatuas y macetones) llega desde el fondo hasta el proscenio,
donde se ensancha para formar una plaza. En el centro de este
espacio, una fuente con surtidor y nenúfares flotando sobre el
agua. A derecha e izquierda, en primer plano, bancas de mármol
a la sombra de estilizadas sombrillas.

A la izquierda, un grupo de once artistas sale por uno de los


caminos transversales y se acerca discutiendo a la italiana. Son
los artistas, pintores y escultores: Grifone, un rubio algo
encorvado, desmadejado, barba de piocha y grandes manos
huesudas; Francesco Romano, personaje imponente de ancha
cabeza de bronce romano, boca gruesa y sonriente, ojos negros
de expresión animal que mueve hacia todos lados; Ghino, ojos
azules, aspecto radiante y juvenil; Leone, cabeza de fauno de
nariz fuerte, pequeños ojos redondos poco separados y barba
como el dios Pan, que sólo deja veranos labios protuberantes;
Aldobrandino, buen mozo, agresivo, de rostro colorado y
gesticulante; el bordador Andreuccio, de dulzura femenina, con
cabello gris, de vista débil; Guidantonio, el ebanista; Ércole, el

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orfebre; Simonetto el arquitecto; Pandolfo y Dioneo; uno esculpe
arabescos y el otro modela retratos en cera. Todos ellos, salvo
Ghino, que es un petimetre, van vestidos con desaliño y llevan
tocados variados, redondos o bonetes puntiagudos. Avanzan en
desorden por la avenida central y se miran a los ojos, haciendo
ademanes.

OBRANDINO: ¡Ya veremos, ya veremos la cara que pondrá Lorenzo


cuando se entere! ¡Soy su amigo y abrigo las más grandes
esperanzas! ¡Me vengará! GUIDANTONIO: ¡En tu lugar, no haría
tanto alboroto por unos cuantos bastonazos!
OBRANDINO: ¡No se trata de bastonazos, imbécil! ¡Fueron
puñetazos!
ONE: ¡Por mi alma, no insistas! ¡El pueblo te ha dado más palos
que los que necesita un burro para llegar a Roma!
OBRANDINO: ¿Quieres que te los dé yo, farsante, maestrito? ¡Fueron
puñetazos! ¡Y aunque hubieran sido bastonazos, no se puede
deshonrar a un hombre como yo! ¡La chusma andaba excitada
por el cuervo de Fray Jerónimo, ese ignorante que entiende de
nuestro hermoso trabajo lo que un buey del arte del laúd! ¿Pero
qué quieren de mí? ¡No puedo pintar a la Madonna como a una
pobre desarrapada! ¡Eso es lo que quiere ese molino de
oraciones! ¡Necesito color, necesito esplendor! Y como la muy
Santa Virgen no se permite posar en persona para su retrato,
debo contentarme con una hija de la tierra…
NE (Muy divertido): ¡Contentarte con una hija de la tierra…! ¡Ah,
pillo!
OBRANDINO: ¡Qué ocurrente, mi querido Leone! Todo mundo sabe
que la dulce Lauretta, tu modelo para una Magdalena arrepentida,
te acaba de dar un hijo. ¿Andas sin duda bendito y protegido
contra los bastonazos?
ONE: ¡Contra los puñetazos! ¡Contra los puñetazos! ¡Aquí no puede
tratarse de palos!
NE: Es otra cosa. Yo no la contraté como modelo de la Magdalena
para divertirme pecaminosamente con ella, sino que vive conmigo
y me ha servido casualmente de modelo. No creo que eso pueda
irritar a la Santa.

31
OBRANDINO: ¡Pero sí a Fray Jerónimo, imbécil! Y en estos
momentos, eso es suficiente.
OLE: ¡Sí, Dios nos guarde, es tan severo que por nada mandaría a
la horca al mismo Santo Domingo! Ha hecho creer al pueblo que
habla con Dios, como Moisés. Por eso lo escuchan ciegamente.
¡Puede permitírselo todo!
NETTO: Es verdad. Todos hemos visto hoy en la Catedral de qué
horrible manera ha insultado a Doña Fiore.
EO: ¿Dónde está ella? ¿Alguien sabe dónde está?
DOLFO: Con el Magnífico, contándoselo todo.
ANTONIO: No, no puede haber llegado a Careggi. Fue vista en la
ciudad poco antes de nuestra salida.
OBRANDINO: ¿Y tú, Maestro Francesco? Como siempre callado y
sonriente. Sin embargo, es bien sabido que tu casa está
decorada al estilo pagano, como la de un viejo romano, y que tus
cuadros muy poco tienen que ver con los del Beato Angélico…
ONE: ¡Estás molesto porque sólo a ti te dieron de palos!
OBRANDINO: ¡Ah, Grifone! ¡Bufone te deberías de llamar! ¡Lo único
que sabes es organizar fiestas y hacerles la corte a los príncipes
divirtiéndolos; me tienes envidia porque yo sí soy un buen pintor!
¡Ponle unas orejas de burro a tu cabeza, idiota! ¡Ahora mismo voy
a ver al Magnífico!
REUCCIO: ¡No! ¡Esperen, escuchen! Lorenzo está muy mal, no
debemos irrumpir en sus aposentos como desfile de carnaval.
Cuando llegamos vi al cardenal en la ventana. Me hizo una señal
como si se dispusiera a bajar. Es mejor que esperemos…
O (Con voz clara): ¡Escuchen bien mis palabras! ¡Debemos
conjugar nuestros esfuerzos! Es necesario que la Asociación de
artistas florentinos presente una demanda ante los Ocho, contra
los sermones de Fray Jerónimo. Y los que formamos parte de la
orquesta de Lorenzo debemos reunirnos para exigir que se le
cierre la boca a ese ferrarés…
OBRANDINO: ¡Como quieran! Pero para mí sólo cuenta Lorenzo. Él
es el amo y no el frate. Le mandará cortar las orejas a ese bribón
por atreverse a insultarme de esa manera ¡y las mandará colgar
del muro de palacio! ¡Yo soy su mejor amigo, me quiere! ¡He

32
regresado de Roma exclusivamente porque está enfermo! ¡No he
tardado ni ocho horas en llegar!
ONE: ¿Cómo? ¿Ocho horas desde Roma?
OBRANDINO: ¡Siete horas y media!
ONE: ¿Qué qué? ¿Tú el mejor amigo de Lorenzo? ¿Y por qué
motivo habría de distinguirte tan en particular? ¿Acaso no he
llegado yo también desde Boloña y Rimini —donde tengo trabajo
en la corte— únicamente porque está enfermo?
OBRANDINO: ¡Calla bufón! Me odias, lo sé; eres mi enemigo mortal
porque naciste en Pistoia, esa Pistoia que nos pertenece; en
cambio yo soy florentino y, por consiguiente, tu amo…
ONE: ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Mi amo? ¡No eres más que un hablador,
un fanfarrón al que le han dado de palos!
OBRANDINO: ¡Desenvaina…! ¡Desenvaina, cabeza de chorlito! ¡Saca
el arma que llevas y defiéndete o te destripo ahora mismo! ¡Estoy
mortalmente herido! ¡Si no me detienen, voy a cometer un acto
terrible!
REUCCIO: ¡Basta! ¡Cálmense! ¡Miren! ¡Miren allá!
NE: ¡Por Venus! ¡Por la madre de Dios! ¡Es ella! ¡Viene llegando!
O (Entusiasmado): ¡Vamos a saludarla! ¡Vamos a ponernos a sus
pies!

II

Una litera dorada, adornada con linternas y cortinas de seda, se


detiene en el fondo. Fiore se apea, echa una mirada a los artistas
y, con una seña, indica a sus sirvientes que se alejen con la litera.
Se queda inmóvil un instante hasta que lentamente avanza por el
camino central, en la actitud descrita por Pico, con los brazos
cruzados en ángulo recto, las manos juntas en su regazo, esbelta
y con la cabeza estirada hacia atrás, pero con la vista baja. Su
belleza es maravillosa y singularmente artificial. Su apariencia es
lineal, de una apacible simetría, como la de una máscara. Una
tela ligera retiene sus cabellos y unos bucles rubios enmarcan su
rostro. Sobre sus ojos alargados las cejas han sido suprimidas o
resultan invisibles, de manera que la parte de carne desnuda,

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encima de los párpados superiores bajados, parece estirada
hacia arriba con una expresión de sufrimiento. La piel de su rostro
parece pulida, lisa, tensa; sus labios, finamente dibujados,
esbozan una enigmática sonrisa. Una cadena de oro muy fina
rodea su cuello largo y blanco. Su vestido de brocado tieso, con
mangas de terciopelo oscuro, pegadas, con aberturas, está
cortado de manera que resalta un poco el vientre y sobre el
pecho aparece una parte del corpiño con cordones.

ARTISTAS (Se apresuran hacia ella con vehementes marcas de


respeto. Algunos se arrodillan, levantando los brazos para
saludarla): ¡Bienvenida, Fiore! ¡Bienvenida seas, divina ama!
E (Siempre con la mirada baja, con una autoridad helada y con un
tono de voz tan bajo que se hace un gran silencio en cuanto
habla): Guarden esas armas.
OBRANDINO: ¡Si, ama, si! ¡Las envainamos! ¡Vea! Ya
desaparecieron…
E: ¡Y se dicen artistas!
ONE: ¡Bien sabe usted, Madonna, que somos artistas!
E: ¡Pero parece que ustedes mismos lo ignoran, ya que pueden
tomarse otra cosa tan en serio! (Silencio) Ha de ser entonces un
arte frívolo, un arte pueril, ya que les deja tal exceso de sangre y
fuego.
OBRANDINO: Ama, he sido objeto de una ofensa mortal.
E (Sarcástica y siempre en voz baja): ¿Mortal? Oh, en tal caso, si
la ofensa es mortal…
O: Se expresa hoy de extraña manera, Madonna.
E: ¿Extraña, realmente? ¿Acaso te perturbo? ¡Te hundo en la
confusión, pobrecito…! ¿Qué? Veamos. ¿Cómo te llamas?
O (Herido): ¡De costumbre, usted me conoce!
E: Es verdad. Eres Ghino, el amable Ghino que retrata a las damas
hermosas, el mundano perfecto; Ghino, el bailarín que siempre
huele bien. ¿No se dice que perfumas hasta a tu caballo cuando
sales acompañado…? Y tú, Guidantonio, que fabricas hermosos
muebles. ¡Ah! Aquí está Leone. Buenos días, señor. Espero que
haya pasado una noche agradable…

34
OBRANDINO (Incapaz de contenerse): Madonna… Usted también fue
objeto hoy de una ofensa inconcebible…
E: ¿Ofendida? ¿Yo? ¿Por quién?
OBRANDINO: Ama querida y admirada… ese frate…
E: ¿Cuál frate? ¿Un verdadero monje, como en los cuentos…?
¡Ah, sí, ya me acuerdo! Creo que hoy lo vi en Catedral. ¿Y tú? ¿Y
tú? Entré allí para pasar el tiempo. Verte fue todo un espectáculo.
Te pusiste más pálido que una sábana.
OBRANDINO: ¡De rabia, ama! ¡De rabia!
E: Así es. Tus labios temblaban. Sin duda tu heroísmo te hacía
desfallecer. Bien que me di cuenta.
OBRANDINO: ¡Es un malvado! ¡Judío! ¡Bandido! Se ha atrevido a
insultarla…
E: ¡Vamos, calma, qué lenguaje! ¡Pronto igualarás al frate,
Aldobrandino, mi temerario artista! Y ustedes, ¿qué esperan para
imitarlo? ¿O se van a quedar así? ¡Sus insultos han de ser un
gran alivio para ustedes, porque en Catedral la ira no les dejó
tiempo para actuar!
OBRANDINO: Actuar… ¡Por todos los dioses, hace mal en burlarse,
Madonna! ¡Hace apenas un momento, antes de su llegada,
estábamos deliberando sobre la manera de cerrarle la boca al
monstruo! ¿Mas nosotros, qué podemos hacer? Lorenzo nos
quiere; pero una sola palabra de usted tiene más peso que todas
sus acusaciones. Si usted lo quisiera, estaría acabado el ferrarés.
¡Le cortarían esa lengua con que la ha insultado, le hundirían el
pecho como se lo merece! ¡Vamos, lo matarían…!
E (Con repentina violencia): ¡Entonces, mátalo! (Rápida como un
relámpago, ha sacada un estilete de su corpiño y se lo ofrece a
Aldobrandino) ¡Mátalo! ¿Ves esta preciosidad de arma? Aquí, en
la punta, la hoja tiene un tono oscuro… ¡Tómala! ¡Este color es
de un veneno muy poderoso en el que la he mojado! Bastaría un
rasguño… ¡Tómala, en lugar de mover los ojos como un loco!
¡Tómala, Ghino, mi hermoso caballero! ¡O tú, Guidantonio, que
fabricas tan bellas sillas! ¡Tómala tú, Francesco el romano! ¿No
dicen que te pareces a un carnicero de la antigüedad? Si no se
trata más que de un sacerdote debilucho…

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OBRANDINO: Madonna… ¡Es imposible acercarse a él! Vive en San
Marcos… ¡Además, el pueblo lo quiere…! ¡Y está muy custodiado
cuando va a Catedral…!
E (Mirándolo fijamente): Va a venir aquí.
ARTISTAS: ¿Venir? ¿Aquí? ¿Quién? ¿Quién?
E: Fray Jerónimo. Aquí. Hoy mismo.
OBRANDINO: Fray Jerónimo… va a venir… aquí…
E (Guarda su estilete. En otro tono): Estaba bromeando. Quise
divertirme con ustedes. No, desde luego, es una idea absurda
¡Fray Jerónimo aquí! Ahora, permítanme despedirme de ustedes.
OBRANDINO (Todavía algo desconcertado): ¿Va usted a visitar a
Lorenzo?
E: ¿Lorenzo? Lorenzo está en cama y se queja. El gran Lorenzo
está muy enfermo. Tengo ganas de dar un paseo por los jardines.
O: ¿Nos otorgaría el honor de acompañarla, Madonna?
E: Agradezco la cortesía, señor mío. Pero aunque me consideren
caprichosa y poco sociable, prefiero por esta vez renunciar a tan
valiosa compañía.

(Se aleja)

O (Quien, tras acompañarla unos pasos, regresa): ¡Es magnífica,


es divina, es maravillosa más allá de toda expresión!
ANTONIO: ¡A fe mía! ¡Si te ha despedido de modo tajante!
O: ¡No importa! ¡No importa en absoluto! ¡Con sólo verla es
suficiente!
OBRANDINO: ¡Con su sola mirada cae uno de rodillas! Y si no
condesciende a mirar, uno se afana en captar por un instante su
altiva atención, ¡ay!, en arrancarle una sonrisa, una señal de
aprobación… En el fondo sólo se trabaja pensando en ella. Su
belleza es la que nos incita a crear belleza sin cesar.
DEMÁS: ¡Es verdad! ¡Es verdad!
OBRANDINO: ¡Oh dioses, cuán grande ha de ser la felicidad del
hombre ante quien se somete, ante el que se arrodilla, quien ha
podido conquistarla!
OLE: ¿Han notado de qué extraña manera ha hablado de Lorenzo?

36
NETTO: Todo lo que dijo es extraño.
REUCCIO: Todo lo que dijo parecía esconder algo.
NE: Me preguntó lo que hice anoche. ¡Qué atrevimiento!
OBRANDINO: ¡Ella se puede permitir todo! ¡Asesta las más grandes
impertinencias de manera tan bella y encantadora que pareciera
que están cantando los mismísimos ángeles!
DOLFO: ¡No sabía que va armada!
EO: ¡Es una amante peligrosa!
OBRANDINO: ¡Es una mujer juiciosa, independiente, atrevida! Ir
armada le va a las mil maravillas.
REUCCIO: ¿Quizás con este mismo puñal su padre amenazó a los
Médici, antes de partir al exilio, en los tiempos de Luca Pitti?
NE: ¡No doy fe de esta historia! ¡No creo que sea hija natural de
algún noble caído en desgracia! Cuando Zeus destronó a Cronos
le robó un miembro de su cuerpo, un miembro importante y lo tiró
al mar. Tras esta extraña cópula, el mar dio a luz… ¡a nuestra
ama!
ONE: ¡No está mal…! ¡Pero entonces, tendría todos los años del
mundo!
NE: Nadie sabe su edad. ¡Pero aceptando que ella pueda
envejecer, lo sabe disimular perfectamente!
O: ¡Es verdad! Se cuentan cosas prodigiosas acerca de sus
lociones y ungüentos. Dicen que se expone al sol todo el día para
que sus cabellos sean más dorados. Otros afirman que se tiñe
hasta los dientes.
OBRANDINO: Muchos pretenden que hace brujerías. Se comenta,
como un hecho cierto, que ha hechizado a Lorenzo para que se
consuma de amor hasta morir. Ha hervido en aceite para
lámparas ombligos de niños recién nacidos y se los ha hecho
comer…
ONE: ¡Vamos! ¡No te creo ni una palabra!
OBRANDINO: ¡No puedes ver más allá de tu nariz y además te jactas
de ello! Es verdad que actualmente la gente es más instruida y no
cree necesariamente en lo que antes ni se discutía; sin embargo,
todo tiene un límite. Yo no creo en la transustanciación; no, esta
doctrina es absurda y mi primo Pasquino, que es sacerdote, me

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ha declarado abiertamente que él tampoco cree en ella. ¡Pero, de
que hay brujas en Fiésole, y de que muchas prostitutas recurren a
la magia para hechizar a los hombres, es cosa probada!
NE: ¡Probada! ¡Todas las mujeres son brujas! ¡Lo sé!
OBRANDINO: Créanme, hay en la tierra muchos prodigios y si
quisiera contarles…
O: ¡Aquí viene el eminentísimo señor cardenal!

El cardenal, Pico de la Mirandola y Ángel Policiano salen del


palacio y avanzan por el camino central. Policiano lleva un bonete
de paño en forma de cono truncado, Pico un tocado redondo un
poco arremangado por detrás. Recibimiento cálido por parte de
los artistas con un matiz de respeto familiar o irónicamente
exagerado. Durante la escena, se formarán libremente grupos en
las bancas laterales y en el borde de la fuente.

: ¡Saludo a todos, señores! ¿Los encontramos absortos en serias


conversaciones?
OBRANDINO: ¡Temas filosóficos, temas de creencias, Monseñor!
Discutíamos acerca de problemas sobrenaturales.
: ¡Y sobre los cuales espero que sus opiniones concuerden con las
enseñanzas de nuestra Santa Iglesia!
OBRANDINO: Totalmente, Señor serenísimo. En todos y cada uno de
los puntos esenciales. Absolutamente. Me precio de ser un
hombre piadoso. Observo los ritos de la religión y prendo un cirio
cada vez que termino un cuadro. Sin ir más lejos, hoy he asistido
al sermón en la catedral. Pero uno se ve mal recompensado, mis
queridos señores, es algo que tienen que saber.
: ¡Mal recompensado! ¿Qué quiere decir, Aldobrandino?
OBRANDINO: Se lo voy a decir, eminentísimo Señor; se lo diré a
usted y a la Magnificencia de su glorioso Padre, porque es el
motivo de mi presencia aquí. ¡He sido maltratado!
CIANO: ¿Maltratado?

38
ANTONIO: El pueblo lo ha molido a golpes al salir de la catedral,
después del sermón.
CIANO: ¿Después del sermón? (Con reproche, a Pico) ¡Señor!
: ¿Te han pegado, Aldobrandino mío? ¡Acércate! ¿Dónde te han
pegado? ¿Quién te ha pegado? ¡Cuéntamelo todo!
OBRANDINO: Lo voy a hacer, Monseñor, y se convencerá de mi
inocencia. Estaba pues en la catedral y había encontrado un
pequeñísimo lugar, justo para mantenerme de pie. Hacía un calor
terrible entre la muchedumbre, me costaba respirar y el sudor me
cubría todo el cuerpo; ¿pero qué no soportaría uno en honor a
Dios…?
: Y por curiosidad…
OBRANDINO: En efecto. Lloré mucho, aunque ni siquiera podía
distinguir a Fray Jerónimo, pero todo mundo lloraba, y era en
suma muy edificante. El incidente que se produjo con Madonna
Fiore me había perturbado violentamente. Cuando me repuse un
poco, oí que Fray Jerónimo hablaba del arte y enseguida presté
toda mi atención. Sus puntos de vista son extraños, Señor, y
difieren esencialmente de los míos. Dijo que es cosa culpable y
falsa pintar a la Muy Santa Virgen fastuosamente vestida de
terciopelo, seda u oro, porque, gritaba con furor, Ella había
vestido como pordiosera. Lo concedo, pero ¿qué pasa si la ropa
de los pobres no me ofrece el menor interés artístico? ¿Y qué?
Siento la más profunda reverencia por la Muy Santa Virgen, ¡y
ojalá pueda interceder por mí, pobre pecador, ante el trono de
Dios! ¡Amén, amén! Pero cuando estoy trabajando, me preocupa
menos Ella que lograr que resalte bellamente cierto verde al lado
de cierto rojo… ¿Comprende usted, Monseñor?
: Lo comprendo, Aldobrandino mío.
OBRANDINO: Afirmó que es sacrilegio, pecado mortal, pintar
cortesanas y mujeres de mala vida y decir luego que se trata de
la Madonna y de San Sebastián, como es costumbre hoy en día.
¡Ha pedido que estas malas acciones sean castigadas con la
tortura y la muerte! Pues bien, toda Florencia sabe que acabo de
terminar una Madonna, cuya modelo es una muy bella joven que
vive conmigo. ¡Búrlese de mí, Monseñor, si me alabo, pero es un

39
cuadro magnífico! Apenas terminado, compuse para la ocasión
un soneto y mientras estaba en ello, tenía constantemente la
impresión de que una claridad flotaba encima de mi cabeza…
(Con tono serio): ¡Tienes razón, Aldobrandino! Tu Madonna es
una obra maestra.
OBRANDINO: ¡Pico de la Mirandola, usted sí es un gran conocedor!
Déjeme inclinarme ante usted… Bueno. Pero cuando terminó el
sermón y logré salir entre la muchedumbre que llevaba al
Hermano hasta San Marcos, «¡Vean, gritó un bellaco, mirándome
a los ojos, aquí va uno de esos hijos del diablo que pintan a la
Madonna como una prostituta!». Enseguida, en un arranque de
furor bestial, la chusma se me echó encima, me golpeó con sus
capuchas, me llenó de codazos, y casi me aplasta. ¡No podía
levantar los brazos, mi cuerpo estaba totalmente apretujado!
Escupí a la cara de mis vecinos más cercanos, ¡pero fue una
pobre defensa! ¡Les digo que me están viendo vivo de milagro!
¡Sin duda, Dios que todavía quiere realice algunas cosas
hermosas!
CIANO: ¿Ve usted, Señor, a lo que hemos llegado?
: ¡Y pensar que no me di cuenta de nada, Aldobrandino mío! ¡Que
no pude acudir a ayudarte! ¡No debía estar lejos!
OBRANDINO: ¡Si se me dejan libres las manos, Monseñor, no
necesito refuerzos! Un corazón valiente late en mi pecho, lo he
demostrado más de una vez. En una ocasión supe defenderme
contra tres hombres… Fue ayer, ayer mismo, al regresar de
Roma, donde tenía pendientes algunos pedidos. Quiero que sepa
que volví de un tirón, en cuanto supe de la enfermedad de mi
augusto protector. ¡Pues bien! Me encontraba cerca de Florencia
y ya veía en mente la puerta de San Pedro Gattolini… Caía la
noche. Estaba solo e iba a pie, cruzando con paso rápido el
camino encajonado que todos conocen, cuando de pronto surgen
dos individuos con aspecto siniestro que se habían disimulado
entre la maleza y me cierran el paso; al quererme dar la vuelta,
veo que un tercero está detrás de mí. ¿Comprende qué infame
trampa me había sido tendida? ¡Tres bandidos, altos como
cipreses, con aspecto terrible y armados hasta los dientes!
Quizás eran unos bravi que quienes envidian mi talento habían

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apostado en ese lugar, o unos vulgares ladrones que sólo querían
mi dinero. En todo caso, mi situación era desesperada. «Si he de
morir, pensé, venderé cara mi vida». ¡Desenvaino rápidamente,
me recargo contra el talud del camino, recito en mi corazón un
miserere y le propino al primero que se acerca un golpe tan
violento en la cabeza que le salen chispas por los ojos y rueda
por el suelo sin vida! Entonces, los otros dos, aterrorizados por mi
violencia, me imploraron, con los brazos cruzados sobre el pecho,
que les perdonara la vida y los dejara ir, ¡favor que les concedí
por caridad cristiana! ¡Se fueron, llevándose el cadáver de su
compañero, y así pude proseguir mi viaje, sano y salvo!
ONE: ¡Por todos los ángeles del cielo! ¡Qué sarta de mentiras…!
OBRANDINO: ¡Qué Dios me castigue con la peste y me muera…!
(Fríamente): ¿Vaya, Grifone, tú aquí? No te había visto hasta
ahora. Creía que estabas de viaje.
ONE: En efecto, Monseñor. Admiro su memoria. Estaba de viaje.
Regresé ayer. Tenía pedidos importantes y halagadores. He
organizado para Malatesta un cortejo en honor de su augusta
esposa, y también el señor Giovanni Bentivoglio ha recurrido a
mis alegres talentos. ¡Un príncipe espiritual y generoso! Durante
los festejos, me llenó de doblones por haber hablado en casi
todos los dialectos italianos e imitado a algunos hombres
célebres… Es un hecho, noble señor: la gente como nosotros
tiene que viajar si quiere hacer valer su talento. En Florencia, el
ingenio corre por las calles. En cambio, en Lombardía y en la
Romaña, se nos honra.
: Te felicito. Pero, dime… ¿Tú eres pintor, verdad?
ONE: Así es, Monseñor, ése es mi oficio.
: ¿Y a veces pintas cuadros?
ONE: De vez en cuando. Sí, sí, Monseñor, eso llega a ocurrirme.
Pero no con frecuencia, porque mi actividad se despliega en
varias direcciones. Hace poco empecé a fabricar violines, lo cual
me procura gran alegría. Pero soy, ante todo, promotor del
carnaval y organizar fiestas es mi esfera artística propia. Estoy
ahora en Florencia porque falta poco para la fiesta de mayo, en la
Piazza della Santa Trinitá. ¡Dios mío! ¡Ya estamos a ocho de abril,

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es tiempo de ocuparse de los preparativos! La Semana Santa
también se acerca. ¡Y, además, hay que encontrar novedades
para el carnaval!
: ¡Pero si el carnaval acaba de terminar!
ONE: En efecto; pero mis amigos y yo ya nos estamos exprimiendo
el cerebro para el próximo cortejo. ¡El cortejo, Monseñor, el
cortejo del carnaval! Orfeo y las bestias, César y las Siete
Virtudes, Perseo y Andrómeda, Baco y Ariadna, todo esto está ya
muy visto, pasado de moda. ¡El pueblo nos abuchearía y cubriría
de sarcasmos si le ofreciéramos algo así! ¿Qué se puede
inventar después del Cortejo de la Muerte que tanto éxito ha
tenido? ¡En verdad, estoy muy preocupado!
: Florencia cuenta con tu imaginación. Pero estaba hablando con
Aldobrandino y nos has interrumpido. Retírate un poco, amigo
mío; Aldobrandino, volvamos a tu asunto. ¿Si te he entendido
bien, has venido para quejarte con el Magnífico?
OBRANDINO: ¡Por mi salvación, señor, eso es lo que quiero!
: ¡No lo hagas, Aldobrandino, te lo ruego! Tendrás satisfacción o,
más bien, la llevas en ti mismo. ¡Un hombre como tú! ¡Un artista
tan insigne, que se sabe estimado por todos las conocedores!
¿Qué puede importarte el odio efímero de la gente estúpida?
OBRANDINO: Dice cosas admirables Monseñor. Sin embargo…
: Por ningún motivo se debe inquietar a Lorenzo en este momento
con informes de este género. Sabes que está enfermo. Hasta qué
grado, ninguno que lo ame se atreve a pensarlo. En todo caso,
conviene evitarle todo lo que pudiera ensombrecer o sacudir su
alma…
OBRANDINO: En este caso, consiento desde luego en ahorrarle un
disgusto, Monseñor, aunque resulte amargo comerse en silencio
una injusticia. Pero los dioses saben que mi corazón lo ama más
que a cualquier ser humano.
: Bien dicho, Aldobrandino mío. Eres un hombre sabio y capaz.
Honra tu palabra y te irá bien…
CIANO (Un poco más lejos, a varios artistas): En suma, nada
sabemos, amigos míos. Estamos esperando el informe del
Spoletino en cuanto al efecto del precioso brebaje…

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REUCCIO: Esperemos que pronto se pueda difundir una buena
noticia en Florencia. Una gran agitación reina en la ciudad.
GUIDANTONIO: Sí, el pueblo teme a la situación. Se dice que se
han producido signos funestos.
O: En las jaulas de los leones, cerca de Palacio, una fiera desgarró
a otra. Para algunos esto es un mal presagio.
OLE: También hay quienes juran que en la iglesia, a ciertas horas,
los santos gimen.
NETTO: Muchos lo afirman. Un vendedor de frutas de la plaza San
Dominico me ha dicho que en su tienda, la imagen de la Madonna
ha movido varias veces los ojos.
OBRANDINO: ¡Silencio! Quiero hablar. ¡Eso no es nada! Esta
mañana, mientras me paseaba cerca de las puertas de la ciudad,
llovió sangre.
ONE: ¡Es absurdo! Nunca llueve sangre. No hay sangre en las
nubes.
OBRANDINO: Señor Juan, ¿Su Eminencia quiere enseñar a este
hereje que, según nuestra santa religión, cosas semejantes son
muy posibles?
: ¡Posibles o no, cuando mi padre esté curado, lloverá vino de
Trebbie, un líquido que, por mi parte, prefiero con mucho a la
sangre!
OBRANDINO: ¡Prefiero! ¡Ajajá! ¡Divino! «Prefiero con mucho». ¡Qué
expresión tan bien lograda! ¿Han oído? En efecto, el vino de
Trebbie es un líquido, pero el rasgo de ingenio consiste en
llamarlo así…
REUCCIO: No, no, señores. Lo importante es que Fray Jerónimo ha
vaticinado la muerte del Magnífico. Esto es lo que agita tanto al
pueblo.
DOLFO: ¡Bribón! Repite sus graznidos de desgracia en cada
sermón. ¡Y además nos promete la guerra, el hambre y la peste!
REUCCIO: Tiene un temperamento saturnino.
EO: ¡Bah! Por su boca sólo hablan el odio y la envidia.
OLE: Todos los ferrareses son envidiosos y codiciosos.
REUCCIO: No se le puede tildar de codicioso. Ha impuesto la
pobreza en San Marcos y viste un hábito todo raído.

43
NE: Defiéndelo, Andreuccio, el artista bordador. ¡No eres más que
una vieja mujer!
ANTONIO: ¡Bien se ve que te ha impresionado! ¡Ya estás en la
legión de los «Llorones», de los melancólicos, de los que se
pasan el día masticando oraciones!
REUCCIO: No, no soy eso, mis queridos amigos. Pero mi espíritu
esta lleno de dudas y mi corazón apesadumbrado. Usted sabe,
noble príncipe, y usted, eminentísimo Señor Cardenal, que no
sólo sirvo al arte con mis manos, no sólo hago bellos bordados y
dibujo modelos de tapices, sino que, a veces, públicamente y con
mi palabra, abogo por el ennoblecimiento de la artesanía y el
embellecimiento de nuestra vida. Pensaba que bajo los Médici, a
quienes sirvo, todo debía tener el sello del arte y del buen gusto.
Y lo sigo pensando. Pero se me ha clavado una espina en el
corazón… Vean, hace poco, en una reunión muy concurrida,
informaba a los presentes acerca de los progresos artísticos en la
fabricación de los panes de especias; porque ahora, como saben,
se hacen hermosos panes, de formas divertidas y encantadoras,
a la última moda. Pues bien, Fray Jerónimo ha debido enterarse
de algo, porque en uno de sus recientes sermones, estando yo en
la catedral, abordó este tema, mientras me miraba, ante todo el
pueblo presente. «¡No entiende de cosas elevadas, dijo, quien las
rebaja al nivel de las cosas vulgares y es culpable y pueril
disputar sobre el embellecimiento de los panes de miel cuando
miles de personas ni siquiera tienen un mendrugo de pan para
calmar el hambre!». La multitud sollozaba y me tapé el rostro; sus
palabras son como flechas silbantes, señores míos, dan en el
blanco, dan en el blanco… Desde entonces, voy por las calles,
me lamento y dudo si mis actos y mis esfuerzos durante tantos
años han sido los que habrían debido de ser.
CIANO: ¡Vergüenza debería darte, Andreuccio! No tienes alma de
artista. ¡No le prestarías atención a ese miserable que día a día
escupe sobre el arte con odio plebeyo!
REUCCIO: ¿Acaso detesta el arte? No lo sé. Habla con mucho amor
de las obras del Beato Angélico: créanme, sus pensamientos
están impregnados de fervor… (Con esfuerzo). ¿Y si situara al

44
arte tan alto que le parece un sacrilegio aplicarlo a los panes de
miel?
OLE: Que entienda quien pueda. Pero lo que yo comprendo es que
ese villano mendicante quiere ahogar en Florencia todo lo que
sea placer y alegría, que sea suprimida la fiesta de San Juan, el
carnaval…
ONE: ¿Cómo, cómo? ¿El carnaval?
OLE: ¡Sí, quiere suprimirlo! ¡Verás entonces, Grifone, cómo te las
arreglas para ganarte la vida! ¡Tendrás que volver a pintar
cuadros!
: Vamos, cuéntenme más sobre él. Quiero oír más de lo que dice.
¡Ese hombre es muy original!
ANTONIO: Pues bien, puedo asegurarle a su Eminencia que el
Hermano sólo dice barbaridades. Trata al Papa peor que a un
turco y a los príncipes italianos como si fueran herejes. Predice
una rápida caída de los Médici y el fin de su dominación; lo hace
en forma velada e inquietante, habla de unas grandes alas que va
a romper. Habla de Babilonia, de la ciudad de los dementes que
el Señor va a destruir, pero todo mundo sabe que alude a la casa
de vuestro padre y a su poder. Describe exactamente la
arquitectura de nuestra ciudad; está edificada, dice, sobre las
doce locuras de los impíos…
ONE: ¿Cómo, cómo? ¿Doce locuras? ¡Ésta sí que es una idea para
mi cortejo de fiesta! ¡Oigan…! ¡Las Doce Locuras de los impíos…!

(Alegremente excitado, se aparta con otro artista para comentarla


idea.)

O: Eminentísimo yo he recibido del impresor Antonio Miscomini un


pedido para adornar con grabados sobre madera las nuevas
ediciones de los escritos del Hermano.
CIANO: ¿Qué estás diciendo? ¿Y has aceptado el pedido?
O: Claro que sí.
: A mí me parece que ha hecho muy bien, Maestro Ángel. Las
disertaciones sobre la oración, la humildad y el amor a Jesucristo
son excelentes trozos literarios. Adornadas con las ilustraciones
de Ghino, su valor será mayor.

45
O: Ésta no es la opinión de Fray Jerónimo, Monseñor. Ha de saber
que ha protestado en contra de la ilustración de sus libros. ¡No
quiere imágenes! ¿Acaso se ha visto algo semejante? Pero el
señor Miscomini ha tenido el buen tino de exigir que estos
escritos sean elegantemente presentados. ¿Quién, en estos días,
leería un libro desprovisto de alguna seducción para la vista, por
el único atractivo del texto? Ya tengo preparadas algunas cosas
bonitas para este trabajo. También estoy grabando sobre madera
el sello del Hermano.
: ¿Cómo es?
O: Una Madonna, su Eminencia, una Virgen con las letras F.J. de
cada lado.
NE: ¡Ahora entiendo por qué Lorenzo no puede ver a Fray
Jerónimo!
OS ARTISTAS (Intrigados): ¿Porqué?
NE: Porque no le gusta el signo de la Virgen. En todo caso, siempre
se ha esmerado para que haya en Florencia el menor número
posible de vírgenes.

(Hilaridad general)

(Divertido, se golpea la rodilla; luego, muy emocionado): ¡Ven


aquí, Leone! ¡Tu frase es muy buena! Ningún Médici podría
resistirse a su verdad. ¡Espera, toma este ducado, sátiro narigón!
Te autorizo a que modeles mi rostro, si eso te divierte. Anda. Me
agradas.
OBRANDINO: ¡Todo está muy bien, pero, después de lo ocurrido,
Ghino, tienes que rechazar el pedido!
O: ¿Rechazar el pedido?
OBRANDINO: No hay discusión. He sido ofendido. Todos los artistas
han sido ofendidos en mi persona tras las provocaciones del
Hermano. ¡Que el diablo le adorne sus libros! ¡Tienes que
negarte!
O: ¡No pienso hacerlo! ¿Estás loco? ¿Qué mosca te ha picado?
¿Renunciar a un pedido tan importante? El señor Miscomini no
regatea los honorarios; él sabe lo que ganará con los escritos del
Hermano. Se venderán en todas partes. Todo mundo los

46
comprará, todo mundo verá mis grabados. Seré famoso y recibiré
nuevos pedidos. Lo necesito, debo vivir, tengo obligaciones
sociales. Y a mi pequeña Ermellina le gusta recibir obsequios; si
no me engañará con un abarrotero. Tengo que regalarle prendas
de seda, afeites y otras cosas si quiero que me abra su puerta.
Necesito dinero y lo tomo donde lo encuentro.
OBRANDINO: ¡Traidor! ¡No hay una onza de honor en tu cuerpo!
¡Vergüenza debería darte! ¡Te desprecio desde lo más profundo
de mi corazón!
O: ¡Es ridículo! ¡Soy un artista! ¡Un artista libre! No tengo
opiniones. Embellezco con mi arte lo que se me encomienda y
estoy dispuesto a ilustrar tanto a Boccacio como a Santo Tomás
de Aquino. Ahí están los libros, actúan sobre mí y traduzco lo
mejor que puedo la impresión recibida. ¡En cuanto a tener ideas y
emitir juicios, se lo dejo a Fray Jerónimo!
REUCCIO (Con tono meditativo): ¡Pero qué difícil, muy difícil! ¡Qué
tarea tan elevada y difícil la que le dejas! Tener que oponerse
como un juez a todo lo ya dado y establecido… las costumbres, la
vida… me parece que se requiere valor… y libertad…
CIANO: ¿Libertad, Andreuccio? Tu mente se extravía. ¡Ghino ha
dicho que es libre y tiene razón, porque el creador es libre! ¡El
que ha nacido bajo el signo de Saturno se rebelará contra el
mundo, sea cual fuere el estado en el que lo encuentre! ¡Pero en
verdad, más vale saber fabricar una silla o un hermoso objeto,
que haber nacido tan sólo para juzgar!
: ¡A fe mía, no lo sé! Como coleccionista y aficionado, aprecio los
fenómenos según su rareza. Hay en Florencia gran cantidad de
gente capaz de hacer sillas, pero sólo hay un Fray Jerónimo…
CIANO: Le gusta bromear, señor.
: Hablo en serio. ¿Pero, quién viene?

IV

Pierleoni llega precipitadamente del palacio por el jardín haciendo


señas. Su largo vestido le estorba para caminar. Es un hombre de
barba gris y aspecto excéntrico, que tiene cierto gusto por las

47
charlatanerías y los efectos de magia. Lleva en la cabeza un
bonete puntiagudo y en la mano una varita de marfil.

LEONI: ¡Señor Ángel! ¡Maestro Policiano! ¡Quiere verlo!


CIANO: ¿Lorenzo? ¡Voy!
LEONI: Quiere que usted le recite versos. Ha recordado un pasaje
de su Rusticus y quiere oírlo de su propia voz.
: ¿Está despierto, Maestro Pierleoni? ¿Está lúcido?
LEONI: Lo estaba hace un minuto. Pero Dios sabe si en este
instante no ha olvidado ya su deseo y a sí mismo.
CIANO: ¿Y el brebaje? ¿La pócima de piedras preciosas
destiladas? ¿Ha tenido algún efecto?
LEONI: ¿La pócima? ¡Desde luego, gran efecto…! No quiero decir
que Lorenzo se haya beneficiado con ella. ¡Sería más bien al
revés! Pero el que la preparó, el señor Lazzaro de Pavía, sí se ha
beneficiado en mucho pues sus honorarios han sido de quinientos
escudos.

(Cara divertida de Juan.)

LEONI: ¡Se ríe usted, señor Juan, como corresponde a su


naturaleza amena, pero a mí se me nubla la vista cuando pienso
que ese ignorante, ese impostor, se ha salido con la suya sin
castigo! ¿Por qué haberlo llamado sin consultarme… pasando por
encima de mí…? Pidió dos puñados de perlas y joyas sacadas
del tesoro de la casa, entra ellas diamantes de más de treinta y
cinco quilates; seguramente se metió la mitad en el bolsillo, molió
el resto, lo hirvió y le administró este menjurje a nuestro amo, sin
siquiera tomar en cuenta la posición de los astros. ¡Porque ignora
totalmente los influjos astrales! ¡Mientras que yo no le prescribo el
menor polvo ni le pongo sanguijuelas sin haber antes calculado
cuidadosamente si la hora es favorable!
: Es usted un gran y sabio médico, Maestro Pierleoni. Sabemos
que este hombre magnifico no puede estar en mejores manos
que las suyas. ¡Pero díganos, instrúyanos… sáquenos de nuestra
ignorancia! ¿Cuál es el mal que aqueja a Lorenzo? ¡Díganos su
nombre! Un nombre puede ser tan consolador…

48
LEONI: ¡Que la Madre de Dios nos consuele a todos! ¡No le puedo
decir ningún nombre, señor! Esta enfermedad no tiene nombre, lo
mismo que nuestra ansiedad. De querer aplicarle un nombre,
sería breve y espantoso.
: Se envuelve usted en el silencio, se disimula mediante enigmas
desde que mi amigo yace en su lecho. Insisto en saber: ¿hay un
misterio?
LEONI (Abrumado): ¡El más profundo!
: La confesaré una sospecha que tengo desde hace tiempo, y que
se impone naturalmente a quien ha visto las cosas de cerca.
Lorenzo tiene enemigos como solamente un hombre fuerte…
LEONI: Nunca ha sido fuerte. Ha vivido en contra de sí mismo.
: ¡Ha vivido como un dios! Su vida ha sido un triunfo, una fiesta
olímpica. Su vida ha sido como una poderosa llama que sube
audaz y regiamente hacia el cielo. Y resulta que un día, esta
llama decae, exhala un espeso humo… vacila, amenaza con
apagarse… Entre nos: ya se han visto cosas semejantes. Estas
sorpresas no son desconocidas en nuestra época, se sabe de
cartas, de libros que mandan al reino de las sombras al confiado
destinatario que los lee; de literas a las que un hombre ha subido
sano para bajar enfermo y leproso; de manjares en los que la
mano de un amigo generoso ha mezclado polvo de diamantes
para que al comerlos se contraiga una eterna indigestión…
: ¡Muy cierto! ¡Muy cierto! Mi padre ha sido siempre muy
descuidado en este aspecto. Nunca se debería asistir a un festín
en una casa amiga, sin acudir con vino propio, ya que ningún
anfitrión se ofende con esta precaución. Es una costumbre que
tiene su razón de ser…
: ¡Vamos, Pierleoni, amigo mío, sea franco! ¡Háblenos de hombre a
hombre! ¿Se justifica mi temor? ¿Hay veneno en el fondo de todo
esto?
LEONI (Evasivo): ¡Veneno… depende… depende lo que se
entienda por eso… Monseñor! Maestro Ángel, ¿quiere usted
seguirme?

(Se inclina y se retira. Policiano lo acompaña. Los dos cruzan


rápidamente el camino.)

49
V

: ¡Qué extraño anciano!


: ¡Ah, esto va mal, Pico! Tengo miedo y estoy triste. Si solamente
mi padre no moviera los ojos en forma tan terrible…
OBRANDINO: No se aflija, Eminencia, querido señor Juan. Si la
enfermedad es extraña, la curación lo será también. Hay
curaciones fabulosas. Escuche lo que me ocurrió. Esto lo
distraerá. Me enfermo con frecuencia como cualquier persona
delicada y sensible, pero una vez, hace dos años, o siete, estuve
a punto de morir. Se trataba de una afección de la nariz, un mal
devorador en el interior de tan noble órgano. Ningún médico
había podido aliviarme. Había agotado todos los remedios
internos y externos. Llegué a aplicarme excrementos de lobo,
molidos con canela y mezclados con baba de caracol. Las
sangrías me habían debilitado terriblemente. Al mismo tiempo, las
vías respiratorias también se me obstruyeron y temí perecer
ahogado. En el colmo del desamparo, unos amigos me llevaron
con un maestro en ciencias ocultas, Eratóstenes de Siracusa,
nigromante muy hábil, alquimista y curandero. Me examinó en
silencio, mezcló cinco polvos diferentes en un pebetero y les
prendió fuego; acto seguido, musitó una corta oración y me dejó
solo en su laboratorio. Repentinamente, se elevó un humo tan
áspero y terrible que me cortó el aliento y creí llegada mi última
hora. Con un supremo esfuerzo, traté de alcanzar la puerta para
huir. Pero, apenas en pie, fui presa de violentos estornudos como
en mi vida los había tenido, y mientras mi cuerpo se estremecía
de arriba a abajo, un animal brotó de mi nariz, un gusano, un
pólipo, largo como mi dedo más largo y de aspecto repugnante:
peludo, atigrado, viscoso y provisto de ventosas y patas. Pero mi
nariz estaba despejada y, cuando salí al aire libre, me sentí
completamente curado.
(Después de haber echado una ojeada a la derecha, hacia el
jardín): Escucha, Juanito, te dejo, me eclipso. Veo llegar a tu
hermano Pedro. Sabes que no me gustan sus modales. Déjame

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evitarlo. Voy a ver si se me permite entrar con tu padre. Hasta
luego. Nos volveremos a ver. Señores, los saludo a todos.

(Sale.)

: ¿Qué pasó con el gusano, el pólipo, Aldobrandino? ¿No lo


atrapaste?
OBRANDINO: No, se me escapó. Se precipitó en una hendidura del
suelo y desapareció.
: ¡Lástima! Hubieras podido amaestrarlo y enseñarle quizás
algunos trucos.

VI

RO DE MÉDICI (Entra con paso rápido y resuelto por el camino


lateral. Es un joven alto, flexible y vigoroso de veintiún años,
barbilampiño, de rostro regular y altivo; sus bucles morenos y
espesos caen sobre su nuca. Lleva un puñal y una espada, en la
cabeza una boina de terciopelo con broche y pluma, jubón ceñido
al cuerpo, de seda azul, cerrado en el pecho por numerosos
botoncitos. Porte arrogante, verbo altivo y dominador, ademanes
bruscos y enojos repentinos): ¡Juan! ¿Dónde te habías metido?
¡Te andaba buscando!
: Pues ya me encontraste, Pedro. ¿Qué buenas nuevas me traes?
RO: Estás acompañado… ¡Ah, son artistas! ¿Hace mucho que
están aquí?
ONE: No mucho, Excelencia, más o menos una hora.
RO: Bueno, pues creo que por ahora ya no se les necesita. ¡Si
estaban pensando en despedirse, no los detendremos! (Dando
una patada en el suelo). ¡Váyanse al diablo!
OLE: Eminentísimo señor Juan, le pedimos permiso para retirarnos.
: Vayan con Dios, mis queridos amigos, pero no se alejen. Estoy
seguro de que mi padre querrá verlos. Hasta luego,
Aldobrandino… Grifone… y tú, Francesco… No se enojen…
vamos… (Acompaña a los once artistas y regresa) Haces mal,
Pedro, en tratar de esta manera a estos hombres notables.

51
RO: ¡No creo que unos bufones y una turba de criados merezcan
otro trato!
: No, pero mira, esto es injusto. Puede que en cada artista haya un
poco de loco y de criado, pero también hay más, porque cada uno
es al mismo tiempo algo así como un soberano que orienta el
gusto de la gente por nuevos caminos y, por decirlo de alguna
manera, acuña moneda al instituirle nuevos valores al placer.
RO: ¡Claro! ¡Majestuosos soberanos! Este Aldobrandino…
: Sí, sí, este Aldobrandino. Te diré francamente que la gente como
él es la que prefiero tratar… Los humanistas son pedantes y
ateos, la mayoría de los poetas son seres míseros henchidos de
vanidad, ¡pero los artistas son lo que yo necesito! Cultos sin ser
aburridos, se visten con gusto y tienen humor, originalidad y
saben comportarse. ¡Y qué agilidad mental, qué imaginación sutil!
¡A fe mía que el señor Pulci no los supera! En menos tiempo que
se dice un Rosario, este Aldobrandino ha acabado con tres
gigantes, ha hecho llover sangre, ha expulsado un monstruo al
estornudar, sin dudar ni un momento de la veracidad de sus
exageraciones…
RO: Te concedo el placer, pero tengo que hablarte, y es por eso que
me tomé la libertad de mandar a tus amigos al diablo.
: ¿Quieres hablarme? No tengo dinero, Pedro.
RO: ¡No mientas! ¡Tú siempre tienes dinero!
: Por la sangre de Cristo, he tenido grandes gastos… Compré
instrumentos musicales y un enano moro, que es la criatura más
divertida del mundo. ¿Quieres verlo? Ven, te lo voy a enseñar.
¿Qué caso tiene estar hablando aquí de dinero?
RO: ¡Necesito dinero! ¡Tienes que adelantarme algo ahora!
: ¡No puedo, Pedro! En verdad no puedo. Tengo que cuidar lo
poco que tengo.
RO: ¡Su Eminencia ahorra sin duda con miras a la vacante de la
Santa Sede! ¡Pero aún no le llega el turno, augusto príncipe de la
Iglesia! No puede medirse con Rodrigo Borgia. Se dice que ha
hecho llegar a todos los cardenales que aún no ha envenenado
mulas cargadas de oro para congraciarse con el Espíritu Santo.
Su Eminencia deberá hacer acopio de paciencia.

52
: ¿Qué estás diciendo, Pedro? Naturalmente he de tener
paciencia. Apenas tengo diecisiete años. Además, la extensión de
la simonía es un tema muy interesante del que me gustaría hablar
un poco contigo…
RO: Te digo que necesito cien ducados para comprar un caballo que
deseo montar en el próximo torneo, después de la Pascua…
: ¡Cien ducados! ¡No eres razonable! ¡Un caballo! ¡Ya tienes tantos
caballos! ¡Y tus absurdos torneos! ¿Cómo pueden inspirarte tanta
pasión? Corretearse y además salir golpeado. ¿Qué ingenio hay
en eso? ¿Acaso has leído que Escipión o César hayan
participado alguna vez en torneos? ¡Qué peligrosa locura!
Petrarca…
RO: ¡Me cago en tu Petrarca! ¡No admito que un hacedor de
sonetos lagrimosos me dé consejos en materia de vida elegante y
caballeresca! ¡Han pasado los tiempos en que los príncipes de
Italia y Europa nos consideraban como mercaderes y cambistas!
Sí, ¡han pasado desde que llevamos armadura y manejamos la
lanza! Nuestra corte no debe ir a la zaga de ninguna otra, y ¿qué
es una corte sin torneos? En definitiva, ¿me quieres prestar los
cien ducados, sí o no?
: No, Pedro. No hablemos más de esto. Darte dinero es como —y
no te enfades— querer llenar el tonel de las Danaides.
Despilfarras todo con tus amigotes y tus vacas gordas…
RO: ¿Cómo? ¿Vacas gordas?
: Sí, ese término está de moda en Florencia. ¡Parece que no estás
muy al tanto de las nuevas expresiones! Y además, los usureros
te tienen tan bien agarrado que no gastas un florín que no te
cueste ocho libras. Siento curiosidad por saber cómo terminará
todo esto. Los tiempos son ya bastante duros. Los pajarillos
cantan que desde la muerte del abuelo nuestros negocios van en
picada. Se dice que el crédito de nuestros bancos de Lyon y
Brujas se tambalea. Se murmura que el banco de depósitos
destinados a las dotes de las hijas de la burguesía ha tenido que
reducir sus pagos porque nuestro padre ha gastado gran parte de
esos fondos en fiestas y obras de arte. Muchas personas lo han
censurado…

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RO: ¿Censurado? ¿Y quién se atreve a murmurar? ¡Están divididos
los partidos! ¡Los rebeldes están en prisión o en el exilio! ¡Somos
los amos! ¡Hoy es Lorenzo y mañana o pasado mañana seré yo!
¡Y créeme que se acabaran los negocitos de una vez por todas!
Si los bancos se desploman, ¡que se hundan! ¡Los ultimaré a
patadas! ¡Ahora se trata de poseer tierras! ¡Debemos acrecentar
nuestras posesiones! ¡Somos príncipes! ¡Carlos de Francia ha
llamado «gracioso primo» a nuestro padre; a mí tendrá que
llamarme su hermano! ¡Espera a que yo sea el amo! ¡No se
mantendrá una sola ley que le deje al pueblo un asomo de
derecho o que pueda limitar nuestra voluntad, aunque sea en
apariencia! ¡La nobleza ya no deberá existir a nuestro lado!
¡Expropiaciones! ¡Penas de muerte! ¡Lorenzo no ha sido
suficientemente enérgico! ¡Ha sido demasiado tímido para darle a
nuestra situación el nombre que se merece! ¡No quiero ser el
primer burgués de Florencia! Yo seré llamado gran duque, o rey,
en toda la Toscana.
: ¡Ay, Alteza, Majestad, es usted un fanfarrón! ¿Lo que me acabas
de exponer será toda tu política? ¿Estás tan seguro de que
Madonna Fiorenza te aceptará por amo y amante el día —¡Dios
quiera retrasarlo!— en que nuestro padre deje de existir? ¡Eres
brillante en los ejercicios corporales y en materia de galantería,
pero en relación a los asuntos públicos, tus conocimientos son
muy pobres! ¿Sabías que Fray Jerónimo predica contra ti? ¿Que
el pueblo te detesta? ¿Que te han dedicado sonetos satíricos y
que los han colocado en los muros del palacio?
RO: ¡Oye, muchacho, te aconsejo no sacarme de mis casillas!
¡Dame los cien ducados que necesito y ahórrate tus enseñanzas
políticas!
: No, Pedro. Con gusto te doy mi bendición, recíbela, querido
hermano, aquí la tienes. Pero en cuanto al dinero, no te volveré a
prestar nada. Finis, con mi firma y sello.
RO: ¡Mula! ¡Sodomita! ¡Marsopa consagrada! ¡Te quisiera abofetear,
mico vestido de púrpura!
: Nada te detendrá, porque eres deshonesto y vulgar. Y por eso
me retiro y me sustraigo a tu grosería. En caso de que quieras

54
presentarme excusas, me encontrarás en los aposentos de
nuestro padre.

(Sale por el camino central.)

RO: ¡Vete! ¡Vete, mujercita! ¡Bonete rojo envuelto en pañales


mojados! ¡No te necesito! ¡Pronto seré el amo y entonces el
mundo, con gritos y júbilo, verá lo que es un príncipe…! Carros…
carros… torres rodantes… ¡El bullicio, un centelleo púrpura
agitándose en el polvo, rodeado de tapices, bajo las tiendas, en
medio del revuelo de un pueblo ebrio de placer! Jóvenes
blandiendo sus espadas, montados en caballos encabritados que
relinchan… genios alados sembrando rosas. Escipión, Aníbal, los
Olímpicos bajando a la tierra para rendirme pleitesía en el cortejo
triunfal de Pedro el Divino… Y subido en un carro dorado, alto
como una casa… ¡Yo, yo! El globo terráqueo girando a mis pies,
mi frente ceñida del laurel de César, y en mis brazos ¡ella!, ¡mi
mujer, mi sierva, mi esclava en éxtasis! ¡Fiorenza! ¡Ah! ¡Ah! ¿Está
usted aquí, Madonna?

VII

(Fiorenza ha entrado a la derecha por el camino lateral y aparece


ahora en medio del camino central, las manos juntas sobre su
vientre protuberante, la cabeza echada hacia atrás, los ojos
bajos, imagen apacible de líneas simétricas, en su muda y
misteriosa belleza.)

RO (Yendo hacia ella): ¿Usted, Madonna?


E: En persona, noble señor.
RO: No sospechaba su presencia. Varios pensamientos me
absorbían.
E: ¿Pensamientos?
RO: Pero quiero decirle que me alegro, que estoy encantado más
allá de toda expresión al verla aquí.

55
E: Por favor, no siga. Soy mujer y este lenguaje en boca de Pedro,
el más hermoso entre los hermosos, es capaz de turbar a
cualquier mujer.
RO: ¡Dulce Fiore! ¡Deliciosa Anadiómena!
E: ¡Adulador! El Gran Turco nos ha enviado dulces, y al probarlos,
tuve la impresión de que no podía haber nada más suave en la
tierra. Pero al oír sus palabras ya no puedo creerlo.
RO: ¡Encantadora loca! Pero venga, vamos a conversar juntos.
¿Qué iba a decirle? El día se está haciendo más fresco… ¿Daba
usted un paseo por el jardín, bella Fiore?
E: Su perspicacia no se equivoca. Me paseaba por la alameda y, a
veces, miraba hacia la campiña para ver si llegaban visitantes de
Florencia, un visitante quizás, trayendo un poco de diversión a la
rutina monótona de la casa.
RO: ¡En verdad… en verdad… entiendo perfectamente que quiera
variedad, hermosa dama! ¡Nada más aburrido que esta estancia
en la campiña desde que Lorenzo ha tenido la desafortunada idea
de enfermarse y guardar cama! Entre nos, me sorprende que no
haya tenido antes el deseo de una diversión.
E: ¿Cómo lo entiende, señor Pedro?
RO: Entiendo… entiendo, dulce Fiore, que no tendría que buscar
mucho para encontrar a alguien sano, dispuesto a asumir las
dulces obligaciones que, según parece, mi padre ya lleva cierto
tiempo de no poder cumplir. Su belleza florece sin que nadie la
goce, su boca, su pecho están abandonados… Tenga por seguro
que no es usted la única en sentirse despechada. Levante sus
bellos ojos para mirar a un hombre cuya suprema ambición es
servirla en todo.
E: Perdóneme, pero este espectáculo no es lo bastante nuevo
como para incitarme a levantar los ojos. Todo el mundo me
desea. ¿Me dice todo esto con la esperanza de conquistarme?
RO: ¿La esperanza? ¿Acaso soy un niño? ¿Acaso soy un
aficionado en las lides amorosas? ¡Te deseo y serás mía, mujer
divina…!
E (Levanta lentamente los ojos y lo mira con indecible expresión de
lánguido desprecio): ¡Si supiera cuánto me aburre!

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RO: ¿Qué dice? ¡Olvidará el tedio entre mis brazos!
E (Con repulsión irónica): No te perteneceré, Pedro de Médici.
RO: ¿No? ¿Porqué no? ¡Soy fuerte, no tendrá quejas! ¡Con sólo
apretarlo entre mis muslos, domo al caballo más fogoso sin
riendas ni silla! He desafiado a los mejores jugadores de Italia al
juego de pelota, a correr y a luchar, y usted ha visto que los he
vencido. Cuando estés acostada a mi lado, dulce Fiore, te contaré
mis victorias en los gimnasios de Eros.
E: No quiero ser tuya, Pedro de Médici.
RO: ¡Por todos los infiernos! ¿Acaso me desprecia?
E: Sólo significa que me aburre más de lo que puedo decirle.
RO: ¡Escuche, Madonna, le hablo como a una dama con quien se
tienen galantes consideraciones en atención a su encanto y a su
cultura, pero no estoy de humor para suspirar por su amor como
si fuera usted una honesta y virtuosa burguesa! Si quiere fingir
reserva, mi placer será todavía más dulce, pero por favor no exija
de mí que tome muy en serio su rigor. ¿Quién se cree que es
para darse el lujo de rechazarme? Sin duda, usted es de noble
linaje florentino, pero su padre la engendró sin la bendición del
sacerdote y murió en el exilio en castigo por su complicidad con
Luca Pitti. Como dispensadora de placer, vive al servicio de
Afrodita, y Lorenzo la ha tomado para su disfrute, durante las
fiestas organizadas en su honor en Ferrara. No puede dudar que
Pedro sabrá recompensar sus caricias tan principescamente
como su padre.
E: No quiero ser tuya, Pedro de Médici.
RO (Espumante de rabia): ¿Y de quién entonces? ¿De quién?
¿Tienes ya otro amante, cortesana impúdica?
E: ¡Sólo perteneceré a un héroe, Pedro de Médici!
RO: ¿Un héroe? ¡Yo soy un héroe! ¡Italia entera lo sabe!
E: No eres un héroe. Simplemente eres fuerte. Y me aburres.
RO: ¿Simplemente fuerte? ¿Simplemente fuerte? Y quien es fuerte,
¿no es un héroe?
E: No. Pero el débil, con espíritu tan ardiente que gana a pesar de
todo la corona de la victoria, ése sí es un héroe.
RO: Te has entregado a mi padre, ¿es él acaso un héroe?

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E: Sí. Pero otro ha surgido, para arrancarle su corona victoriosa.
RO: ¡Tú! ¡Tú! ¡Te deseo! ¿Quién es, dónde está ese miserable, ese
débil de espíritu ardiente? Voy a escarnecerlo y estrangularlo
entre estos dos dedos.
E: Va a venir. Lo he planeado. Se enfrentarán y entonces sabré a
cuál de los dos debo pertenecer. ¡En cuanto a ti, atrás, cuando
dos héroes van a luchar!
RO (Fuera de sí y gimiendo): ¡Te deseo, te deseo, o dulce, o
insolente flor del mundo…!
E: No seré tuya. Me aburres. Déjame pasar que voy a esperar al
rival de tu padre.

58
TERCER ACTO

Una habitación contigua a la recámara del Magnífico. Al fondo, a


la izquierda, se divisa la cama de descanso entre pesados
cortinajes entreabiertos. Lo que queda del segundo plano está
ocupado por peldaños que llevan a una galería. En el centro,
hacia la izquierda, hay una monumental chimenea de mármol con
bajorrelieves, columnas y el blasón con esferas. Adelante, sillas.
A la izquierda, en el proscenio, estantes con vasijas antiguas. A la
derecha, al frente, una puerta cubierta con un tapiz bordado en
oro y al fondo, una ventana con cortina ligera. Entre la puerta y la
ventana, sobre un pedestal, hay un busto de Julio César. Bustos
más pequeños, sin base, encima de la chimenea y la cornisa de
la puerta. Finas columnas están empotradas en las paredes.
Reina en la habitación una luz de media tarde, tamizada por la
cortina de la ventana.

Frente a la chimenea, en un sillón de alto respaldo, está sentado


Lorenzo de Médici quien duerme con la cabeza inclinada sobre el
pecho, sostenido por un cojín, y con una manta sobre las piernas.
Es feo, de tez aceitunada, con expresión sombría debida al
pliegue entre las cejas. Su rostro ancho y plano presenta una
nariz chata y una boca grande, protuberante, de comisuras
blandas. Sus mejillas, entre la nariz y la barbilla demacrada,
tienen dos arrugas profundas y blandas, vueltas más aparentes

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porque, al no poder respirar por la nariz, mantiene los labios
constantemente entreabiertos. Pero a pesar de su debilidad,
cuando despierta, sus ojos son ardientes, claros, su mirada
parece abrazar con fuerza y pasión a los seres y a las cosas. Su
frente alta y expresiva triunfa sobre la fealdad de sus rasgos y sus
movimientos, aún cuando es presa de la emoción, tienen una
nobleza perfecta. Por momentos, sobre su rostro demacrado,
aparece una fascinante expresión de inocente alegría que lo
transfigura y que parece devolverle una pureza infantil. Lleva una
especie de ropón con pliegues, orlado de piel, cerrado muy alto
sobre su cuello fornido. Sus cabellos castaños surcados por
canas están separados por una raya en medio y caen con ligeras
ondulaciones sobre sus mejillas y su nuca. Habla con voz
elegantemente articulada, pero nasal.
En la habitación, inclinados sobre su sueño agitado, están
Pico de la Mirandola, Policiano, Pierleoni, Marsilio Ficino y Luigi
Pulci. El viejo Ficino, con rostro flaco de intelectual, cuello
descarnado y bucles blancos ralos que sobresalen de su bonete
cónico, vestido con el traje tradicional plisado de cuello alto, está
sentado más o menos en el centro de la habitación, rodeado por
los demás. Pulci —un tipo cómico de pequeños ojos enrojecidos,
subrayados por bolsas también rojizas, de nariz puntiaguda,
orejas despegadas y mejillas salpicadas de pecas— ha posado
su dedo índice sobre sus labios mientras escudriña, como los
demás presentes, el rostro de Lorenzo.

LEONI (Se acerca al enfermo con precaución y le toma el pulso) La


sangre a veces se agolpa y a veces se detiene. Me pregunto si no
convendría practicarle una nueva sangría a su Magnificencia.
: ¡Lo va a matar con sus sangrías! ¡Hace menos de doce horas
que le ha sacado una cubeta de sangre!
LEONI: El hombre no necesita ni la décima parte de la sangre que
lleva dentro.
CIANO: ¿A dónde habrá ido su alma? Parece vagar lejos de las
nuestras, por caminos extraños. Me gustaría conocer su opinión
sobre el lugar donde se encuentra en este momento, mi querido
Marsilio.

60
O: Es probable que en este momento, en el centro de su espíritu,
se haya establecido el contacto con la unidad divina.
CI (Amortiguando su voz chirriante y extrañamente temblorosa)
¡Vean, vean todo lo que refleja su rostro! ¡Apuesto a que tiene los
sueños más extraordinarios! ¡Qué envidia si no sufre! La fiebre
produce las ideas más variadas y mucho mejores que las que
procura el vino más noble. A veces se sueña en verso, pero se
olvida pronto…
LEONI: Este sueño no está regado por las fuentes de las fuerzas
naturales. Si se prolonga este desmayo, habrá que sujetar los
dedos y los ortejos de su Magnificencia, mientras unto su pulso y
su corazón con un aceite que tengo listo para ese fin.
: ¡Silencio! ¡Se mueve, va a despertar!
CI: Nos dirá en un momento un poco de su aventura…
O: ¿Nos reconoces, Lorenzo, mi querido alumno?
ENZO: Agua… (Le dan agua). El aguador tenía una calavera…
CIANO: ¿Qué aguador, Lorenzo mío?
ENZO: ¿Ángel… eres tú? ¡Bien, bien, me esforzaré…! ¿Cómo no
dominar semejante desatino? Encontré a un aguador con su
burro cargado de cántaros llenos; pero cuando mis labios resecos
tocaron la copa de madera, rezumaba fuego y, sobre los hombros
del bribón, había una calavera haciendo muecas.
CI: ¡A fe mía, qué pobre invención!
ENZO (Reconociéndolo): Buen día, Morgante. ¿Así que has venido,
viejo pícaro? ¿Y Pico mío, con tus bucles de ambrosía? ¡Y
también mi gran Marsilio, embajador y mensajero entre mi
persona y la sabiduría…! ¿Verdad que están aquí cerca de mí,
amigos míos? El horrible anciano sólo existía en mi sangre…
CI: ¿El horrible anciano?
ENZO: ¡Tontería! ¡Insípida tontería! Tuve el sueño desagradable de
un anciano calvo que quería llevarme en su nave podrida…
CIANO (Emocionado): ¡Caronte!
ENZO: He dormido… ¿Qué hora es?
: Has dormido menos de una hora. Son las seis de la tarde. El sol
ya declina más rápido…

61
ENZO: ¿Más rápido? (Presa de repentina agitación). Escuchen,
amigos, pido mi litera El aire aquí es pesado, me ahoga…
enme… llévenme a la loggia, llévenme allá arriba, al camino de
ronda.
CIANO: Mi muy querido amo, eso no es aconsejable. Necesita
reposo.
ENZO: ¿Reposo? No tengo reposo. ¿Por qué no lo tengo, doctor?
¿Por qué tengo la impresión de que debería esforzarme en
pensar, y arreglar varios asuntos antes de que sea demasiado
tarde…?
CIANO: Tiene algo de fiebre, Monseñor.
ENZO: No lo niego, pero no es razón suficiente como para que me
torture una angustia insensata. Ustedes pueden ver que mi
pensamiento es lógico, pero no les quiero disimular que me
agobian las preocupaciones. Nunca me he mostrado diferente de
lo que soy… ¿Verdad, Pico, que ya no hay un sólo Pazzi en
Florencia? ¿Y que también los Neroni Diotisalvi están exiliados o
encarcelados?
CI: ¡En la medida en que no los has enviado a escuchar cómo crece
la hierba!
ENZO: ¡Sí, acércate, Marguto! ¡Cuéntanos algo divertido, mi poeta
bufón! ¡En verdad, ha corrido mucha sangre! Debía correr. Te lo
ruego, Pico, ahora no me puedo encargar de las colecciones de
la Vía Larga y de las otras villas. ¿Velas por mí, verdad? Entre
mis recientes adquisiciones, hay algunas hermosas cosillas, dos
terracotas y una medalla; habrá que llevarlas a Poggio y a
Cajano, ¿me entiendes, querido amigo? Además, el Sforza de
Pesaro me ha regalado una magnífica antigüedad, un Hermes
con armadura. Habrá que colocarlo en mi jardín de la ciudad para
que sirva de modelo a los jóvenes escultores. ¿Quieres ocuparte
de ello? Gracias. Era eso lo que me tenía preocupado. ¿Ángel,
estás aquí todavía?
CIANO: Aquí estoy, Lorenzo mío.
ENZO: Ángel, ¿el Plinio que mi abuelo compró en Lübeck se
encuentra en la casa de la ciudad, verdad? Quiero verlo. Está
encuadernado en terciopelo rojo, con broches de plata. Que se

62
envíe enseguida a una persona segura… No, quédate todavía un
poco. Me parece que esto es menos urgente que otra cosa en la
que estoy pensando. Espera… Uno de mis ojeadores me ha
ofrecido un manuscrito de Catón en quinientos florines de oro.
Tengo dudas sobre su autenticidad. No faltan bribones que ponen
a la venta trabajos de su fabricación bajo un nombre antiguo. Te
ruego que examines este manuscrito con toda atención y, si es
auténtico, cómpralo sin regatear. No se dirá que dejé escapar un
Catón… ¿Puedo confiar en ti? ¡Me quitas un gran peso de
encima! Vengan, amigos míos, ahora me siento más tranquilo. No
veo qué podría inquietarme. Hablemos. Discutamos. Dime, La
Mirandola, ¿quién era más grande, César o Escipión? Yo opino
que fue César y ¡van a ver cómo voy a sostener mi tesis! ¿Pero
nuestro gran Marsilio Ficino preferiría sin duda un tema más
abstracto?
O: ¡Dale reposo a tu mente, Lorenzo mío! Vas a cansarte.
ENZO: La sabiduría bien merece que le sacrifique mis últimas
fuerzas. Quedan tantas cosas todavía por dilucidar… He tenido
muchas veces la impresión de que todo se aclaraba libremente
en mi mente, pero ahora sólo veo tinieblas y confusión. ¿Qué es
la inmortalidad del alma? ¿Qué es en realidad?
CI: ¡Antigua y capciosa pregunta, sujeta a controversia e imposible
de resolver así, ex abrupto! Se dice que el mismo Aristóteles,
estando ya en el reino de las sombras, la ha eludido con fórmulas
ambiguas para no comprometerse, aunque estuviese tan muerto
como es posible y, sin embargo, vivo. Después de eso, ¿qué luz
puede hallarse en sus escritos?
ENZO (Rompe a reír): ¡Bien! ¡Pero habla tú ahora, Ángel, habla
seriamente!
CIANO: Eres inmortal, Lorenzo mío. ¿Acaso necesito decírtelo? La
tuya no es la suerte de cualquier mortal, del pueblo, de la gente
modesta, de los oscuros sin gloria. ¡Tú tendrás tu lugar en el
cenáculo bienaventurado de los espíritus coronados de laureles!
ENZO: ¿Y por qué yo?
: ¡Por Atenea, la de los ojos verdes! ¡Has escrito cantos de
carnaval que nunca vacilé en situar más alto que el gran poema

63
del Alighieri!
O: ¡Tu origen es divino, no lo olvides! ¡Las seis esferas de tu
blasón simbolizan las manzanas de las Hespérides y tu raza ha
nacido de sus jardines!
CIANO: ¡Serás bien recibido, cantor de la Rencia, padre de la patria!
Cicerón, los Fabios, Curio, Fabricio y todos los demás se
acercarán solemnemente a ti en una ronda inefable, te llevarán al
cielo de gloria, en el que vibra la armonía de las esferas.
ENZO: ¡Poesía, amigo mío, poesía! Es belleza, belleza, pero no es
conocimiento ni consolación…
CI: Su música de las esferas me parece un tanto raquítica, Maestro
Policiano. ¡Me hace desfallecer! ¡No te mueras, Lorenzo, sería
una tontería! ¿No conoces la respuesta de Aquiles, cuando Ulises
fue a verlo a los infiernos y le preguntó cómo estaba? «Te
aseguro, le dijo, que nosotros los difuntos tenemos el deseo más
ardiente de volver a la vida corporal». ¡El cuerpo, hijo mío! ¡El
cuerpo es lo esencial! Ninguna armonía de las esferas puede
sustituir al cuerpo… ¡Oh, perdóname…! ¿Te sientes peor?
ENZO (Muy pálido): Doctor… mi corazón se hiela. ¿Oye usted? ¡Me
invade el terror…! ¡Ayúdeme…! Es la muerte… ¿Qué sucede
cuando repentinamente todas mis fuerzas abandonan mi cerebro
y mis entrañas? Estoy perdido… abandonado… Enjugue mi
sudor… ¡No me desprecien! Mi espíritu está firme, pero esta
angustia proviene de mi cuerpo…
LEONI: No es nada. Beba esta copa de buen vino griego. ¡Ya le he
pedido a Su Magnificencia que regrese a su cama!
ENZO: Si quiere que respire, déjeme en este sillón. Quiero verlos a
todos cerca de mí, a ustedes que me aman. Necesito oír sus
voces. ¡La muerte es odiosa. Pico! No puedes comprenderlo.
Nadie aquí lo comprende, salvo yo porque voy a morir. He amado
tanto la vida que consideraba a la muerte misma como su triunfo.
¡Era poesía, palabras! Todo esto se acabó, se desvanece. La
nada acaba de abrirse ante mí, la espantosa fosa de la
podredumbre y de la nada… ¡Pronto, Ficino, pronto, mi viejo y
sabio Ficino! ¿Qué me has enseñado para soportar la muerte con

64
corazón firme? Lo he olvidado. ¿Cuál es la suprema verdad,
Ficino?
O: Te enseñaba que la idea platónica y la forma primitiva de
Aristóteles son una sola cosa, es decir, que el alma sensitiva, la
tertia essentia de los cuerpos, que en el hombre, microcosmos de
la creación, se diferencia del alma intelectiva, en que…
ENZO: ¡Espera, espera un momento! Me estoy perdiendo… Antes lo
entendía… Quizás lo haya sentido. Pero ahora, en vano me
esfuerzo. Estoy cansado. Necesito asirme fuertemente de algo
sencillo. La llama del Purgatorio es más simple que Platón,
¿estarás de acuerdo, Marsilio…? ¿No fue un franciscano el que
vino a verme esta mañana?
CIANO: Sí, muy querido, tu confesor pertenece a esa orden.
ENZO: ¡Es un bribón! ¡Un testarudo! Me sentí un poco avergonzado
ante él por tomarse la cosa demasiado en serio; le dije una bonita
frase florentina cuando me administró el sacramento y sonrió
como un perfecto mundano. Les confieso que la ceremonia no me
apaciguó en lo más mínimo. El Pater tenía maneras demasiado
expeditas. Me perdonó mis pecados como si se tratara de los de
un muchacho. Tengo dudas acerca de la validez de su
absolución. Hubiera podido confesarle haber asesinado a mi
padre y a mi madre, y él habría otorgado el signo de la cruz con la
mayor complacencia. Es natural. Soy el amo. Pero cuando llega
el fin es un inconveniente ser el amo al que nadie se atreve a
contradecir. Necesitaría un confesor que, como sacerdote, fuera
lo que yo mismo he sido como blasfemo y pecador… ¿Qué dicen
tus ojos, Pico? ¿Estás pensando algo y lo disimulas?
: ¿Qué pensamiento sería éste, Lorenzo mío?
ENZO: Estás pensando en un sacerdote que sería digno de ser mi
confesor, que se atrevería a condenarme, que ya se atrevió a
hacerlo, Pico…
: ¿Qué sacerdote?
ENZO: En el sacerdote… ¿Cómo es eso, Marsilio…? La idea
platónica del sacerdote, hecha entidad y voluntad…
CIANO (Con rapidez): ¡Te lo ruego, querido, dirige tu mente hacia
imágenes más luminosas! Ensombreces tu alma con

65
pensamientos indignos de ti. ¡No olvides quién eres, Lorenzo de
Médici!
ENZO: No te preocupes. En verdad no lo quiero. Gracias, Ángel. Me
siento mejor. Estemos alegres. Riamos. La risa es el fulgor del
alma, dijo un antiguo. Hagamos que brillen nuestras almas
recordando lo que fue.
: Y que de nuevo será.
ENZO: Basta con que haya sido. ¿Sin duda es ya la hora en que
acostumbrábamos pasear juntos hasta la fuente? ¿Lo recuerdan?
Formábamos un círculo sentados en el pasto. El murmullo de las
aguas se deslizaba entre nosotros. Y así pasábamos el tiempo
hasta la hora de cenar, contando cada quien una historia.
: ¡Hora encantadora! ¡Estábamos llenos de admiración ante ti!
Quizás habías promulgado en el transcurso de la mañana una
nueva ley, destinada a controlar aun más los poderes públicos y
así colmar todavía más a Florencia de alegría y belleza. O habías
pronunciado la sentencia de muerte de algún enemigo de la
aristocracia, o discutido sobre la virtud en la academia platónica,
o presidido algún banquete en un círculo de artistas y mujeres
amables, y resuelto en la mesa los problemas teóricos del arte y
la poesía… Te habías entregado en alma a estas variadas
actividades y participabas en los juegos vesperales de nuestro
intelecto, tan presente y dispuesto como si no hubieras gastado
nada de tus fuerzas vitales.
LEONI: ¡Ah, sí, Monseñor, siempre ha sido pródigo con sus fuerzas!
ENZO: ¿Verdad que sí, mi doctor astrólogo? Las he sometido a mi
voluntad a pesar de los astros y de la suerte que me habían
predestinado a ser tu enfermo y a tener que cuidarme. ¡Sí. he
vivido! ¡Vamos, recuérdenlo! ¡Recuérdenlo conmigo, amigos
míos! ¡Recuerden la embriaguez de las noches estrelladas,
cuando nos levantábamos de la mesa después de haber bebido,
tú, Pico, Luigi, Ángel; usted, el loco de Ugolini, Cardiere, el
músico extasiado, y todos los demás! ¡Íbamos recorriendo las
calles dormidas, cantando y tocando el laúd, haciendo mucho
estrépito e inquietando a las muchachas en sus habitaciones con
los versos que les dedicábamos desde abajo!

66
CIANO (Entusiasmado): ¡Alcibiades!
ENZO: ¡Y el carnaval! ¡Recuerden el carnaval! ¡Cuando el placer
desenfrenado se llevaba todo a su paso y desbordaba los límites
de lo cotidiano; cuando el vino corría por las calles y el pueblo
bailaba en las plazas entonando con alegría los cantos que yo
había compuesto para él; cuando Florencia se abandonaba en
brazos del dios y la dignidad de los hombres y el pudor de las
mujeres hervían en un «evohé» apasionado, cuando el delirio
sagrado se apoderaba hasta de los niños y el amor encendía sus
sentidos con precoz ardor!
CIANO: ¡Eras Dionisio!
ENZO: ¡Y el poder era mío! ¡Y se desplegaba la soberanía de mi
alma! ¡La fiebre de mi deseo encendía a la mujer que me tocaba
amar y, del ser feo y débil que era, me convertía en el dueño de la
belleza…!
: El dueño de la belleza, ése es el nombre con el que te
saludamos. ¡No hables en pasado!
ENZO (Después de un silencio, señala con la cabeza el fondo de la
escena, detrás de él): Alguien pide entrar.
AJE (A la mitad de los peldaños): El señor Niccolo Cambi llega de
Florencia y pide audiencia.
LEONI: El Magnífico no recibe a nadie.
ENZO: ¿Y por qué no? El señor Niccolo es amigo mío. Llega de
Florencia. Me siento bien. Quiero verlo.

II

El paje introduce al mercader Niccolo Cambi por la galería, le


hace bajar los peldaños, lo introduce en la habitación y lo
conduce hasta Lorenzo; se retira después de haberse inclinado.
Cambi es un respetable burgués, bien vestido, un poco
corpulento, con el rostro despierto de un florentino. Sus zapatos y
sus medias están cubiertos de polvo. Lleva una túnica gris claro
sobre un vestido más oscuro.

67
ENZO: Señor Niccolo, sea usted bienvenido. Le ruego que no
considere una falta de cortesía el que me quede sentado. Estoy
un poco indispuesto.
BI: ¡Me basta con verlo, oír su voz! ¡Al fin! ¡Respiro! ¡Los saludo,
señores! ¡A usted en particular, muy serenísimo príncipe, a usted,
señor Pulci, Maestro Policiano…! ¡Por mi alma! ¡Hasta me es
dado saludar al gran traductor de Platón! Señor Pierleoni…
¡Pensar que lo estoy viendo, Magnífico! ¡Lo escucho hablar!
¡Siento la viva presión de su mano!
ENZO: ¿Quiere decir que ya no lo esperaba?
BI: ¿Cómo? ¡Pero vamos! ¿Y por qué no?
ENZO: ¡Vamos, siéntese! Acérquese a mí. Ha venido a caballo.
Parece estar muy acalorado. ¿Acaso ha venido a rienda suelta?
¿Negocios? ¿Un mensaje de la ciudad?
BI: ¿Y por qué? ¿Es necesario tener algún negocio con usted, traer
un mensaje, para tener prisa de verlo? Mis asuntos consisten en
verlo un instante, en darle testimonio de mi amor y asegurarme
nuevamente del suyo. Y mi misión: contar en Florencia, en las
plazas públicas, que su salud es buena y que pronto podremos
festejar su restablecimiento.
ENZO: ¿Florencia se preocupa por mi enfermedad?
BI: ¡Usted lo ha dicho! ¡En todo caso, no se muestra
completamente indiferente! ¡Ajajá! El Magnífico hace una
pregunta un poco ingenua. Pero les romperé la cara a los pillos
que difunden en el pueblo rumores inquietantes y siniestros…
ENZO: ¿Hay pillos de esa calaña?
BI: ¡Los hay! ¡Los hay! Y, Magnífico, usted haría bien, haría muy
bien, en echar por tierra sus horribles maquinaciones. Lo veo
entero, no lo veo en cama… ¿No podría usted venir a Florencia?
¿Por una hora? ¿Dejarse ver un momento en una ventana del
palacio?
ENZO: ¿Qué ocurre en Florencia, señor Niccolo Cambi?
BI: ¡Oh, nada, nada! ¡Dios me libre! Señor Pierleoni, mi llegada ha
sido intempestiva… ¿Desea usted que abrevie mi visita…?

68
ENZO: ¡El único que aquí desea y quiere soy yo! (Con amabilidad
fingida). Le agradeceré mucho, honorable señor Niccolo, que
hable brevemente y sin rodeos.
BI: Bien, obedezco. ¿A quién, sino a usted, confiaré esta angustia,
esta preocupación…? Las cosas no van en Florencia como de
costumbre, Magnífico. Se están tramando intrigas inquietantes.
Se sabe de dónde provienen los rumores que lo dan por muerto
o, por lo menos, enfermo de un mal incurable; provienen de los
monjes, de los «Llorones», de los partidarios del ferrarés…
ENZO (Se estremece al oír mencionar al ferrarés y con ligereza
fingida): ¡Atención, Pico! Se trata de tu descubrimiento, de
nuestro monje.
BI: ¡Sí, perdóneme, ilustre príncipe! Sé que lo patrocina, que fue
usted el primero en llamar la atención sobre sus capacidades tan
originales, lo sé. No es que yo sea incapaz de apreciar sus
talentos. No soy un retrógrada. Sus prédicas son un placer para
el gusto refinado e independiente, no hay duda. No hablo de él.
Hablo de la influencia que ejerce, y que acaso no corresponde a
sus intenciones…
CIANO: ¿Lo cree así?
BI: ¡El pueblo, Magnífico, el pueblo! Se puede sonreír ante los
jóvenes mequetrefes de la aristocracia que reniegan de la danza,
de las canciones y de la alegría para entrar al convento. ¡Pero el
pueblo! Camina por las calles todo el día, indeciso, mirando con
envidia las hermosas casas de los ricos burgueses sin saber
hacer nada mejor que reunirse en la catedral a la hora del
sermón, formando una masa compacta, muda, estremecida hasta
la médula, una oleada de cabezas obtusas, todas levantadas
hacia él, hacia el monjecillo erguido allá arriba. Y una vez llevado
triunfalmente de regreso a San Marcos, la muchedumbre se
queda estancada en las calles y sigue con su rumiar obstinado.
Frente a las casas del señor Guidi, canciller de los archivos
municipales y de Miniati, administrador de la deuda pública, hay
peleas e insultos porque Fray Jerónimo ha denunciado a estos
dos burgueses como instrumentos suyos, Magnífico, y como sus
consejeros astutos cuando se trata de sangrar al pueblo con

69
nuevos impuestos destinados a pagar sus diversiones y su fasto.
Se cometen actos bárbaros y dementes. Oí decir, antes de salir
de Florencia, que un grupo de artesanos se introdujeron en la
casa de un burgués rico y aficionado al arte, destruyendo una
estatua que estaba en el vestíbulo…

(Grito unánime de indignación.)

ENZO: Silencio… ¿una antigüedad?


BI: No, parece que se trata de una obra reciente y sin gran valor.
¡Pero, desgraciadamente, Magnífico, no es eso lo que tengo que
decirle! ¡Durante todo el día hubo manifestaciones frente a
Palacio! Me encontraba en la plaza, yo estuve allí… Del pueblo
surgían gritos que habría querido no oír, no comprender. Se
distinguía que decían: «¡Abajo las esferas!»
CIANO: ¡Traición! ¡Ingrata traición!
: La muchedumbre se divierte como un niño, abucheando. Eso es
todo. ¡Que la dispersen a punta de lanzas!
BI: Y también oí otro grito, un grito extraño, inaudito, una vez, dos
veces, y siempre repetido. No lo entendía porque, como usted
sabe, este oído me está fallando, pero haciendo un gran
esfuerzo, finalmente lo percibí claramente: «¡Viva Cristo!»
(Silencio.) ¿No dice nada, Magnífico?
ENZO: ¿Cuál era ese grito?
BI: ¿El grito contra su blasón?
ENZO: El Otro.
BI: «Viva Cristo».

(Silencio. Lorenzo se ha dejado caer en sus cojines. Sus ojos


están cerrados.)

LEONI: ¡Márchese, señor! ¡En nombre del cielo, márchese! ¿No ve


usted que está agotado?
BI: Magnífico… Lo dejo en paz… He cumplido mi misión… Era
preciso que supiera lo que ocurre en la ciudad. ¿No me guarda
rencor?

70
ENZO: Váyase, amigo mío… No, no, no le guardo rencor. Vaya…
Dígale a Florencia… ¡No, no diga nada! Es mujer, hay que ser
prudente con lo que se le dice y lo que se le manda decir.
Florencia corteja y anhela apasionadamente a quien se muestra
insensible y fuerte, y lo desdeña si se muestra perdidamente
enamorado de ella. Vaya, amigo mío, no diga nada. Diga que
gozo de buena salud y que me da risa lo que he sabido.
BI: ¡Lo diré! ¡Por Baco que lo diré! ¡A fe mía que se trata de una
buena nueva! ¡Que goce de salud, Lorenzo de Médici! ¡Y venga a
Florencia en cuanto pueda hacerlo! ¡Adiós!

(Sale apresuradamente.)

III

ENZO (Después de una pausa): Pico…


: Estoy a tu lado, Lorenzo mío.
ENZO: Mírame… ¡Pareces algo desconcertado, Pico, tú, el refinado!
¿Y ahora, qué dices de esto?
: Nada en absoluto. ¿Qué puedo decir? El bajo pueblo está ebrio,
con otra embriaguez que aquélla en la que lo tenías sumido. Dale
instrucciones al Bargello para que lo calme a su manera.
ENZO: ¡Pico! ¡Mecenas! ¡Delicado conocedor! ¿Quieres oponer los
esbirros al espíritu? ¡Es una falta de refinamiento!
: Se trata tan sólo de un consejo tan bueno como cualquier otro:
acércatele, sedúcelo. ¿Acaso crees que esa alma simple y
solitaria podrá resistirse a las manifestaciones de tu deslumbrante
amistad?
ENZO: ¡Lo hará, Pico mío, se resistirá! Ya lo ha hecho. La conozco
mejor que tú aunque sea tu curiosidad la que nos la hizo
descubrir. Está llena de odio y de mezquina rebelión… Sus
talentos no la vuelven más jovial ni más amigable sino más terca.
¿Comprendes? No vino a verme cuando fue elegido prior, prior de
ese mismo San Marcos que construyó mi propio abuelo. Me
desafió mudamente, en su independencia de sacerdote. Vean
esto, pensé, ¿un extraño llega a mi casa y ni siquiera me honra

71
con su visita? Pero me callé. Ante la falta de cortesía de este
hombrecillo, me encogí de hombros. Me ha insultado desde su
púlpito, en forma velada o hasta nombrándome. No sabes que yo
mismo he ido hasta él. Más de una vez he asistido a misa en San
Marcos y me he quedado después hasta una hora en el jardín del
convento, esperando que viniera a saludarme. ¿Crees que ha
interrumpido sus trabajos literarios para venir con su anfitrión, ya
que después de todo soy eso y más? He ido, pues, más lejos. No
estoy acostumbrado a que la gente me rehuya. He colmado al
convento de regalos, de dádivas caritativas. Las ha recibido como
signos de sumisión, sin siquiera agradecerlos. Me las arreglé para
que encontrase monedas de oro entre las limosnas de su iglesia.
Se las dio a los que cuidan a los pobres de San Martino y me
mandó decir que el cobre y la plata bastaban para las
necesidades de su convento… ¿Entiendes? Quiere guerra.
Quiere hostilidad. Acepta las atenciones y los homenajes sin dar
nada a cambio. Es imposible humillarlo. Los éxitos no lo han
vuelto más feliz ni conciliador. Cuando llegó a Florencia, no era
nada, un mendigo. Y lo que ahora quiere es que se escoja entre
yo y él…
: ¡Querido, qué imaginaciones! Es un enfermo y un miserable.
Tiene el estómago destrozado a fuerza de ayunos y visiones. Se
alimenta con lechuga y agua… ¡Buen provecho! ¿Acaso es un
Lorenzo que sigue siendo amable y seductor aun cuando sufre?
¿Cómo puedes esperar que un predicador de penitencias sea
sociable y jovial? ¡Déjalo! ¡Deja también al pueblo y sus niñerías!
Cualquier medida le daría al asunto un carácter de gravedad
injustificado. Primero recupérate y luego muéstrate de nuevo ante
tu ciudad…

(Todos los presentes voltean hacia el fondo de la escena. Un


joven pálido, sofocado, fuera de sí, ha aparecido en lo alto de los
escalones. Es Ognibene, joven pintor. Se recarga un momento
sobre la balaustrada, completamente agotado, con un pie
descansando más abajo que el otro).

72
BENE: ¡Lorenzo… estás aquí… gracias a Dios te encuentro! Su
Magnificencia… muy querido, amable señor… perdóneme. Estoy
irrumpiendo… He forzado la entrada para llegar hasta usted…
tengo que hablarle… he corrido… oh Dios mío…

(Se arrodilla cerca del Magnífico y con sus dos manos estrecha la
suya, con gesto de imploración.)

ENZO: ¡Ognibene! ¡En verdad me asustas! No, déjenlo aquí. Puede


entrar. Es un muchacho hábil, discípulo además de Botticelli.
¿Qué ocurre, Ognibene?
BENE: He corrido… vengo… de Florencia… del taller de mi
maestro… ¡Ay de mi maestro! ¡Ay del cuadro…! ¡El maravilloso
cuadro nuevo…! ¡Perdóneme…! ¡No tuve tiempo de ponerme un
abrigo! He venido con lo que tenía puesto… ¡Ah, mi maestro! El
monje… Mi maestro… ¡Lorenzo, haz que vuelva a ti!
ENZO (Angustiado, amenazador): ¡Pico! ¡Silencio! ¡No quiero oír
nada! ¡No quiero oír esto! Retírense todos… Habla, hijo mío,
cálmate. ¿Qué le ocurre a Botticelli?
BENE: Sabes que estaba pintando un nuevo cuadro… ¿Qué digo?
¡Lo pintaba para ti! Me permití ayudarle… ¡Me daban temblores
de alegría a medida que veía florecer la obra! Muchas veces me
deslizaba y me arrodillaba en el silencio del taller para verla
resplandecer… ¡Era más hermosa que La Primavera, más
hermosa que La Palas, más hermosa que El Nacimiento de
Venus! Eran la juventud, la voluptuosidad, el arrebato, pintados
con rayos de sol…
ENZO: ¿Y eso qué?… ¡Debes separarte de ella!
BENE: Pero desde que oyó por primera vez al monje en Catedral,
su trabajo se volvió negligente, esforzado, sin alegría. Muchas
veces se quedaba sentado en su andamio, meditando, mudo, con
la frente entre sus manos. Y cuando levantaba la cabeza, miraba
el cuadro con los ojos llenos de lucha y temor. Y hoy…
ENZO: ¿Hoy qué?
BENE: Hoy se fue a San Marcos después del sermón… Se metió a
la celda del Hermano… Se quedó allí dos o tres horas, no lo sé. Y

73
regresó sosegado pero con la muerte en el rostro. «Ognibene, me
dijo, Dios me ha llamado con voz terrible. No hay salvación en la
belleza ni en los placeres de la vista. Dile al Magnífico que servía
a Satanás pero que de ahora en adelante quiero servir al rey
Jesús, cuyo profeta en Florencia es Jerónimo… Y si alguna vez
vuelvo a tomar mis pinceles, será para pintar a la Madre de los
Dolores, con toda humildad. Ve a decírselo al Médici. Ahora,
quiero salvar mi alma». Y al decir esto tomó un cuchillo de su
mesa de trabajo y lo clavó en el cuadro, lacerándolo hasta
hacerlo trizas…

(Solloza con el rostro escondido entre las manos, como si le


arrancaran el corazón.)

ENZO (Con el puño crispado, petrificado de dolor y de ira): Sandro…


BENE: Lorenzo, Lorenzo, ¿qué debemos hacer…? Quiero decir,
¿que manda su Magnificencia? ¿Quiere usted llamarlo? ¿Quiere
hablar con él? ¡Creo que si lo viera…! ¡Mande! ¡Déme pronto una
orden! ¡Corro, regreso al galope, le traigo al maestro, aunque la
noche nos caiga encima! ¡Usted lo puede todo! Usted esclarecerá
su mente y lo liberará…
ENZO (Sombrío y agotado): No. Deja. Es demasiado tarde. Quiero
decir, demasiado tarde por hoy. Ten valor y márchate. Regresa a
tu trabajo. O ándate a beber. Ve con una mujer. Olvida. Quisiera
estar solo. Salgan hasta que los llame. No, Pico, tú también. Y
escucha… mándame a los muchachos. Quiero hablar con Nino y
Pedro. Que vengan enseguida. Y ahora, salgan.

(Todos se retiran, unos por los escalones, otros por la puerta a la


derecha del proscenio. Lorenzo se queda solo, postrado en su
sillón, con sus manos finas y delgadas crispadas sobre las
cabezas de león de los brazos del sillón. Su barbilla descansa
sobre su pecho, su mirada parece perdida en pensamientos
abrumadores.)

IV

74
ENZO (Con voz sorda y dicción entrecortada): Los celos. Nunca los
había sentido. Estaba solo. ¿Dónde había una voluntad, una
ciencia del poder? Sólo aquí. A menudo, pudieron maravillarme.
Y las usé… Todo era hermoso aquí… Estragos… Sufrimientos…
Incendio. ¿Sonreír? En vano. Lo odio. Yo también lo odio. Él
triunfa. Porque está de pie. Actúa. Se prodiga tanto como yo; le
falta prudencia. Pero le ha quedado una poca. La suficiente para
actuar. ¿Quizás porque su naturaleza es más burda? ¿El cuadro?
¡Lástima! Fue un medio mezquino. Se trata de las almas. (Su
mirada se detiene fijamente en el busto entre la puerta y la
ventana) César…

(Sigue meditando en silencio. Pedro y Juan entran con cuidado


por la puerta tapizada, de la derecha, se acercan a Lorenzo, le
besan las manos.)

(Arrodillándose): ¿Cómo se siente, padre?


ENZO: ¡Ah! Vaya… Ustedes. ¡Sus visitas son escasas! ¿Para qué
se tiene hijos? ¿Para alardear? ¿Para vanagloriarse? ¿Como se
ha tomado esposa de noble sangre romana, que otro se ha
encargado de llevar ante un sacerdote en Roma, una esposa casi
desconocida, con la que se ha procreado hijos por razones de
Estado? ¿Por eso, quizás?
: Padre, lo hemos recordado con fervor.
RO: Esperábamos su llamado con impaciencia.
ENZO: Son ustedes muy corteses. Muy bien educados. Seria
mostrarme demasiado exigente si pidiera más. Ocurre que padres
e hijos son los seres más alejados entre si. Sus relaciones son
más distantes y difíciles que las que suelen tener marido y mujer.
En fin, sea lo que fuere… no hay que prodigarse. No ir hacia el
amor con demasiado apresuramiento. Pero les confieso que he
pensado en ustedes, los he cuidado… Por eso los he mandado
llamar. Me parecía que tenía algunas cosas que decirles y que
brotarían en cuanto estuvieran ante mí… Sus ojos me examinan.
¿Cómo me encuentran?

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: ¡Mejor, padre, mucho mejor! Sus mejillas están un poco más
coloradas.
ENZO: ¿Ah sí? ¡Mi querido Juanito! ¡Miren! Levanto la mano. Quiero
hacerlo y lo logro. Tiembla… y cae. Cae. Aquí está. Pálida. No he
podido mantenerla levantada. Ven aquí, Nino. Acércate, Pedro.
Ya tengo un pie en la barca de Caronte.
: ¡Claro que no, padre! No diga cosas tan dolorosas. Pierleoni…
ENZO: ¡Pierleoni es un tonto! ¡Él y su rival, el de la sopa de piedras
preciosas! Me estoy muriendo. Voy a ir a escuchar crecer la
hierba, como dice Pulci. Me voy y ustedes se quedan. ¿Y bien,
Pedro, qué piensas de esta situación?
RO: ¡Que Dios le conceda larga vida, padre!
ENZO: ¡Muy cortés! ¡Muy cortés! Pero hablando claro, ¿estás listo
para ocupar mi lugar?
RO: Si eso ha de ser, estoy dispuesto, padre.
ENZO: Fiorenza… ¿La amas? Ten paciencia. Te advierto que mis
ideas andan confusas. Veo todo en una claridad oscura, como
iluminada por un incendio, y los contornos de las cosas interiores
se revuelven.
: Quizás convendría que nos retiráramos, padre.
ENZO: ¡El pequeño tiene miedo! No, quédate, Nino. La fiebre me da
el valor de decir sin temor lo que siento. Esto puede parecer un
poco extraño. Pero hablo con lucidez. Pedro, a ti me dirijo. Tus
derechos al poder son grandes y fundados, pero no seguros e
inatacables. Cuídate de descansar en ellos con demasiada
confianza. En Florencia no somos reyes ni príncipes. Nuestra
grandeza no está garantizada por ningún pergamino. Reinamos
sin corona, por naturaleza, por nosotros mismos. Nos hemos
hecho grandes a fuerza de trabajo, de luchas, de disciplina y la
muchedumbre indolente, estupefacta, se ha sometido a nosotros.
Pero esta soberanía, hijo mío, debe estarse conquistando día con
día. La gloria y el amor, la sujeción de las almas, conducen a la
decepción y la infidelidad. Y si piensas descansar y brillar en la
inacción, perderás a Florencia… Si la oyes gritar tu nombre con
entusiasmo, si la ves cubrir el suelo con laureles a tu paso,
llevarte en triunfo, encomiar servilmente la grandeza de tus

76
acciones, piensa que dura lo que dura un instante, por lo que
hayas hecho hasta entonces, pero que no te asegura ningún
mañana, ni un futuro idéntico al pasado, ni siquiera la certeza de
que aún no has empezado a declinar en el fondo de tu ser,
mientras todavía están brotando los gritos de júbilo. ¡Debes estar
en guardia y conservar la sangre fría! ¡Tienes que ser impasible!
Sólo piensan en sí mismos. Quieren adorar —¡es tan fácil adorar!
—. Pero ninguno va a compartir tus luchas, tus penas, tus
preocupaciones, tus profundos tormentos. Guárdate del enojoso
desprecio de los apáticos que te aclaman. Estás solo, solo con tu
alma, ¿entiendes? Sé severo contigo mismo. Si de jas que la
gloria te ablande y te incline a la indolencia, perderás a Florencia.
¿Comprendes?
RO: Sí, padre.
ENZO: Desprecia los signos exteriores del poder. Cosme el Grande
se sustraía a la vista del pueblo y a sus homenajes para que su
amor no se debilitara y no se agotara nunca. ¡Oh, él sí era
prudente! ¡Cuánta prudencia requiere la pasión para ser
creadora! Pero tú eres un poco loco. Te conozco. Te pareces
demasiado a tu madre. Demasiada sangre Orsini corre por tus
venas. Sólo deseas ser pintado con tu armadura, juegas al
príncipe en las calles. ¡No cometas locuras! ¡Vigílate! Florencia
tiene mirada penetrante y lengua ágil. Sé reservado y reina… No
olvides que hemos surgido de la burguesía, no de la nobleza; que
sólo al pueblo le debemos lo que somos. Únicamente puede ser
nuestro enemigo, nuestro rival, quien trate de arrebatarnos el
alma popular… ¿Comprendes?
RO: Sí, padre.
ENZO: «Sí, padre». Cortés, reconfortante y convencido de saberlo
todo. Un verdadero hijo. Estoy seguro de que no crees una
palabra de lo que te estoy diciendo. Escucha, Pedro, las cosas
podrían complicarse. Considero esta eventualidad. Podríamos
caer y ser expulsados. Cuando ya no esté yo. Podría ocurrir…
¡Cállate! Florencia es pérfida. Florencia es una ramera. Bella,
ciertamente… ¡Ah, qué bella! ¡Pero ramera! Podría someterse a
un enamorado que la cortejara con azotes. Entonces, Pedro, si se
llegara a eso… si el pueblo insensato, lleno de furibundos

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remordimientos, se sublevara en contra nuestra, entonces, Pedro,
escúchame, protege nuestro tesoro, el tesoro de belleza que
hemos amasado a lo largo de tres generaciones. ¡Lo veo en
nuestra casa de la ciudad, en nuestras villas! Siento que podría
palpar los cuerpos de mármol, beber con los ojos el color ardiente
de los cuadros… Extiendo las manos hacia los jarrones
orgullosos, las gemas, las piedras grabadas, las medallas, las
alegres mayólicas… Quiero que sepan, hijos míos, que no sólo
he entregado a todo esto dinero y mi celo de coleccionista,
¡también he arriesgado mi virtud cívica! ¡Que me condene quien
no me comprenda! No he vacilado en apoderarme de bienes del
Estado cuando el dinero me faltaba para pagar las bellas cosas y
nuestras fiestas. ¿Bienes ilícitos? ¡Tonterías! ¡El Estado era yo!
Pericles también acaparó sin dudarlo los fondos públicos, cuando
fue necesario. Y la belleza está por encima de la ley y de la virtud.
¡Basta! Pero si se sublevan contra esto, Pedro, ¡debes preservar
nuestro tesoro de belleza! ¡Sálvalo! ¡Abandona todo lo demás,
pero protégelo con tu vida! Éste es mi testamento. ¿Me lo
prometes?
RO: No tema, padre.
ENZO: ¡Tú has de vivir en el temor! ¡Sé prudente! No creo que lo
vayas a ser, pero te lo aconsejo. Y tú, Vaninno, mi querido
Juanito… Te dejo sin inquietud. No siento ningún miedo respecto
a ti. Tu camino está trazado de antemano. Te conduce al trono de
Pedro. Añadirás a nuestro blasón la triple tiara y la cruz de las
llaves… ¿Acaso te das cuenta de lo que esto significa?
¿Comprendes por qué he puesto todo mi arte en prepararlo? Un
Médici en el lugar de Cristo, ¿comprendes? ¡No dices nada!
Limítate a sonreír con los ojos, en silencio, si lo adivinas… ¡Sí,
sonríe! ¡Vean, sonríe…! Yen, que bese tu frente. ¡Que tengas una
buena vida! ¡Una vida serena! No te aliento hacia grandes
hazañas. Tu alma no está hecha para llevar una pesada carga de
culpas y de grandeza. Evita la violencia y el crimen, demasiado
grandes para ti. No te mancilles con sangre. Consérvate inocente
y sereno. Sé un amable padre de los pueblos. ¡Que en el
Vaticano suenen acordes de laúd y alegría! ¡Que el ingenio y los
placeres sean los relámpagos fulgurantes del trono de este hijo

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de Cronos! ¡Que las bellas artes florezcan y que la alegría, desde
tu sitial, se extienda a todas las naciones! ¿Me lo prometes?
: Conservaré en mi memoria sus valiosas palabras, querido padre.
ENZO: Bien, ahora salgan. Gracias a los dos, váyanse. Estoy muy
cansado. Necesito un profundo silencio. Adiós, hijos míos.
Ámense el uno al otro. Recuérdenme. Adiós.

(Los hermanos abandonan la recámara con precaución por la


misma puerta por la que entraron. Juan le cede el paso a Pedro
con gesto cortés.)

ENZO (Solo): «Sí, padre…». No ha entendido una sola palabra. Sólo


me he hablado a mí mismo y no me siento más ligero. Hay
alguien con quien sería bueno hablar… ¡Imposible…! ¡Florencia!
¡Florencia! ¡Si fuera a entregarse a él, a ese espantoso
cristiano…! ¡Me amaba, ella, por la que peleamos, ese hombre
triste y yo! ¡Oh, mundo! ¡Oh, voluptuosidad profunda! ¡Oh, sueño
de amor del poder, sueño dulce y devorador…! No habría que
poseer nada. El deseo es una fuerza que agiganta, pero la
posesión castra… Nos colmamos de éxtasis, ella y yo, mientras
mi voluntad armó mis escasas fuerzas. ¡Este heroísmo la excita,
la lubrica! ¡Pero desde que la fuerza se ha roto dentro de mí, me
desprecia…! Es vulgar, indeciblemente vulgar y cruel. ¿Para qué
disputarnos su posesión? Ah, estoy mortalmente cansado.

(Fiore ha aparecido en lo alto de los escalones, con las manos


reunidas sobre su regazo, simétrica, artificial, misteriosa. Desde
el sitio en el que se encuentra lanza una breve mirada a Lorenzo
por debajo de sus párpados semicerrados; después, lentamente,
con una sonrisa, baja a la estancia.)

E:¿Cómo se encuentra el amo de Florencia?


ENZO (Sobresaltado, se endereza con esfuerzo. Una sonrisa
dolorosa, apasionada, crispa su rostro): ¡Bien! ¡Bien!
¡Perfectamente, hermosa mía! ¿Es usted? ¡Estoy bien! ¿Y por
qué no? Me encuentra un poco abatido. ¡Estaba componiendo un
poema! ¡Imaginaba una canción sobre el encanto de su nariz

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cuando se ve dilatada por la ironía! ¡Por lo tanto, si compongo
versos, es que estoy como pez en el agua! Quien versifica
manifiesta buen humor de sobra.
E: En ese caso, lo felicito.
ENZO: ¡Y yo se lo agradezco, graciosa diosa mía! Aún no la veo
pero su voz fresca y dulce refresca mi corazón… y en un
instante… ¡la veré! ¡Oh, su belleza! ¿Quiere sentarse cerca de
mí? ¿Aquí, en este taburete? ¿Aunque quizás convendría más
que yo estuviera a sus pies? Vea usted, me han dejado solo y no
me quejo. Acaso yo mismo mandé a esos ociosos a sus
ocupaciones. En la soledad recuerdo más profundamente sus
encantos, la amo mejor.
E: ¿Entonces todavía me ama, Lorenzo de Médici?
ENZO: ¿Todavía? ¿Usted? ¿Tú? ¿Piensas que podría no amarte?
¿No sabes que mi deseo por ti consume todas las fuerzas de mi
alma y de mi razón?
E: ¿Entonces no entiendo por qué no abandona sus cojines y
ordena fiestas en mi honor?
ENZO: Fiestas… claro, fiestas… estoy un poco cansado.
E: ¿De mí?
ENZO: ¡Picante y dulce…! Me gusta su ironía.
E: ¿Cómo puede estar cansado, si no es de mí?
ENZO: ¡Permita que ponga mi mano en su frente! ¿Quema, verdad?
Esta fiebre… Pierleoni dice que proviene de la posición respectiva
de Júpiter y Venus en relación al sol, lo cual me resulta funesto.
¡Pierleoni no sabe nada! Esta fiebre ha encendido mi sangre
desde la primera vez que la vi, la primera vez en que mi alma
sintió su encanto; y desde ese instante, no ha dejado de arder.
¿Recuerda usted…? Ferrara… El duque había venido a mi
encuentro sobre el río Po en una góndola dorada, rodeada de
barcas multicolores, con sus estandartes agitados por el viento; la
música vibraba y los cantantes me saludaron. En las orillas
cubiertas de flores brillaban las estatuas de los dioses alegres; y
entre ellos se erguían esbeltos adolescentes con guirnaldas de
flores en las manos. En cada barca había una bella mujer con
adornos simbólicos. Eran las ciudades de Italia venidas a mi

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encuentro. Y distinguí a una de ellas entre todas, con laureles en
su cabellera y lirios en las manos. Los bufones me cantaron en
versos impertinentes que tú eras Fiorenza, tú, la dulce, la única,
la gloria, el resplandor, el amor y el poder, el objeto de mi deseo,
tú, la flor de este mundo, y que serías mía… Te miré y un dolor
me estrujó el corazón, un dolor, un desafío y un profundo impulso
—¿cómo llamarlo?— ¡hacia ti! ¡Hacia ti! ¡Tenerte, oh flor de este
mundo, seducción deslumhrante, y morir a tu lado!
E: ¡Pobre vencedor! ¿Qué daría usted por poder, a cambio de su
agotamiento, volver a sentir ese dolor?
ENZO: Lo siento. Nunca me ha dejado. ¿Acaso se te puede poseer?
¿Acaso cesa la lucha por tu conquista? ¿Puede haber reposo
entre tus brazos…? ¡Me perteneciste, oh Maravillosa!
¿Recuerdas aquella noche, después de la fiesta? Viniste… Por el
umbral de mármol de la puerta, penetraste en mi habitación. Y
cuando por primera vez te abracé, en la oscuridad de la estancia,
cuando mis labios se apoderaron de tu boca, sentí el contacto del
puñal que llevas en tu corpiño, y pensé en Judith… Tu padre
odiaba a los Médici. Conspiraba con los Pitti, lo proscribimos y
condenamos a la miseria, y el exilio vio florecer tu belleza.
¿Quizás te entregaste tan sólo para poder vengarte de mí? ¿Para
que en el momento del supremo placer me aniquilara el veneno
mortal? ¡Cuántas veces, en la embriaguez de nuestras horas
amorosas, escudriñé tus ojos enigmáticos! Traté de sorprender lo
que escondían tus frases frías y bien cinceladas… ¿Me amaste
alguna vez? ¿Hay alguien a quien te hayas abandonado? ¿No es
la curiosidad la que te hace seguir el impulso de tu búsqueda
ardiente, de tu deseo nunca satisfecho ni saciado, que en la
posesión tiene que volver a nacer nuevamente, si no quiere que
te pierdas ignominiosamente? Madonna, para quien ha probado
sus encantos ya no hay reposo, ni en la evocación del pasado ni
en los sueños del porvenir. Sólo hay un constante y punzante
presente, despierto, fatídico, peligroso e… inextinguible…
E: ¡Escuche, señor Lorenzo! No he venido a discutir con usted
acerca del arte del amor. Soy mujer y, sin embargo, me ha
parecido muchas veces que tomaba en consideración mi voz y mi
opinión, aún tratándose de asuntos graves.

81
ENZO: Hable, se lo ruego.
E: Pues bien, he venido a manifestarle mi sorpresa al ver la
despreocupación con la que sigue el enojoso curso de los
asuntos públicos… ¿Nunca ha oído hablar de un monje llamado
Jerónimo de Ferrara, que es prior de San Marcos?
ENZO (Mirándola): He oído hablar de él.
E: ¿Y ha sabido que subyuga a la ciudad con su palabra, que la
juventud se tira a sus pies, que hunde a los artistas en la ceniza y
la penitencia, subleva al pueblo contra usted y su régimen, y se
deja venerar como mensajero del Crucificado?
ENZO: Lo he oído decir.
E: ¿Y tolera todo esto con indulgencia, tirado en los cojines de su
agotamiento?
ENZO: Si Florencia lo quiere, no puedo ni quiero impedirlo.
E: ¡Insulta a Florencia!
ENZO: Por eso Florencia lo quiere.
E: ¿Y tolerará también que me insulte?
ENZO: ¿Lo ha hecho?
E: Le voy a contar esta historia, desde el principio. No ha
empezado en Santa María de la Flor.
ENZO: ¿Ha ido a la catedral?
E: Como todo el mundo.
ENZO: ¿Ha ido con frecuencia a la catedral?
E: Cada vez que tuve ganas de hacerlo. Con la misma regularidad
que Florencia entera. Y movida por una curiosidad más justificada
que la de Florencia. Hace mucho tiempo que conozco a este
monje.
ENZO: ¿Mucho tiempo?
E: Desde que el velo de la gloria planeaba todavía invisible sobre
su fea cabeza. Se lo contaré en pocas palabras. En Ferrara, en la
vecindad de la casita donde mi padre se refugió conmigo para
huir de sus esbirros, vivía un burgués, el señor Niccolo, instruido,
rico y de vieja cepa, bien visto en la Corte. Allí vivía con su mujer,
Monna Helena, y sus hijos, dos muchachas y cuatro varones, ya
que el mayor había dejado la casa para alistarse en el ejército. Yo
era casi una niña todavía, de doce o trece años, pero ya

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hermosa, y los jóvenes me seguían con la mirada. Mantenía
buenas relaciones con nuestros vecinos. Nos frecuentábamos,
hablábamos por la ventana, nos visitábamos; en el verano
paseábamos hasta las puertas de la ciudad, jugando a
perseguirnos en el campo y a coronarnos de flores; pero uno de
los hijos del vecino se había apartado de nuestra alegre amistad
—el más joven, creo que de dieciocho años, débil, pequeño y feo
como la noche. Su carácter era huraño y cuando toda Ferrara se
congregaba en las fiestas públicas, él se quedaba con sus libros,
tocaba en su laúd tristes melodías y escribía cosas que nadie
tenía derecho a leer. Pensaban hacer de él un médico y se
dedicaba al estudio de los filósofos, en su pequeña habitación,
entregado a Tomás de Aquino y a los exégetas de Aristóteles…
Muchas veces le hacíamos bromas, le tirábamos desde la
ventana cáscaras de naranja sobre su mesa. Entonces, levantaba
la vista con sonrisa despreciativa y dolorosa… Nuestras
relaciones recíprocas eran extrañas. Parecía huir de mí con
angustia y horror, y sin embargo estaba condenado a
encontrarme a cada paso, en la casa, en la calle… Entonces,
quería evitarme cobardemente, pero se dominaba, apretaba sus
gruesos labios, caminaba hasta mí, pasaba a mi lado, palidecía al
saludar, con una mirada torva y pesada. Y así comprendí que
estaba enamorado de mí y me alegré del poder que tenía sobre
su feroz orgullo. Fue un juego para mí atraerlo. Lo alentaba, y con
una mirada lo rechazaba. Disfrutaba alterando así su torrente
sanguíneo con el solo poder de mis ojos. Cada vez se hizo más
taciturno y delgado, se entregó a un ayuno tan riguroso que se le
hundían los ojos y se le veía prosternado largas horas en las
iglesias, lacerándose la frente con el filo de un peldaño del altar.
Pero, por curiosidad, me las arreglé un día para que se
encontrara a solas con migo en mi habitación, al caer la tarde.
Estaba sentada, callada y esperaba. De repente, se le escapó un
gemido, se acercó a mí como atraído por un imán y en un
murmullo, sollozando, se me declaró. Y cuando fingí
sorprenderme por su conducta, lo invadió una rabia casi
inhumana y, jadeante, me suplicó que fuera suya. Yo, llena de
espanto, lo rechacé, y creo que lo golpeé al tratar de liberarme de

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su ávido abrazo. Entonces, se enderezó, se apartó de mí
lanzando un grito ronco y salió tapándose los ojos con los puños.
ENZO: Comprendo… comprendo…
E: Se llamaba Jerónimo. Aquella misma noche, huyó a Boloña y
tomó el hábito de Santo Domingo. Predica la penitencia de una
manera nunca oída. La gente ríe, se maravilla, se somete. Su
nombre recorre toda Italia. La curiosidad de los señores hastiados
los atrae a Florencia. Y se vuelve grande en esta ciudad…
ENZO: Tú eres la que lo hizo grande.
E: ¿Yo…? ¿A él? ¡Pues escuche cómo me recompensa! Frente al
pueblo reunido, hoy me ha insultado en la catedral… ¡Me señaló
con el dedo, escupió sus palabras sobre mí y me comparó con la
gran Babilonia que fornica con los reyes!
ENZO: ¡Los reyes…! ¡Tú eres la que lo hizo grande! Más grande que
yo, a quien te has entregado.
E: ¡Más grande que usted! Considero que este punto merece ser
aclarado… Escuche, amigo mío… ¿Por qué no lo manda llamar
aquí, frente a usted? Aunque no fuera más que para ver a ese
monjecillo enredarse los pies en la alfombra cuando comparezca
ante el Magnífico. ¡Que demuestre aquí lo que es, como el
saltarín de Rodas! ¡Escúchelo, contéstele! Déjelo medirse con
usted. Si se convence de su ineptitud, regréselo a su celda, a su
púlpito. ¡Que nos siga insultando! Pero si usted reconoce su
superioridad, está en su poder expulsarlo de este mundo, con
argumentos fuertes y fríos. Está en su poder. Si es usted un
hombre, ¡que no haya más demora!
ENZO: ¿Y si me causara vergüenza recurrir a semejantes
argumentos? Bien sabes que me daría vergüenza…
E: No sé nada. Espero. Espero ver cómo cada uno de ustedes
saldrá librado de esta prueba. Para mi sólo cuenta el resultado.
¡No espere el menor agradecimiento de mi parte si le avergüenza
ser el más fuerte!
ENZO: No vendrá. ¿Qué pretexto invocar para hacerlo venir?
E: ¿Acaso no ha mentido nunca? Está usted muy enfermo; llama al
sacerdote porque desea confesarse. Quiere un consejo espiritual.

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ENZO: ¡En verdad lo deseo! En este instante todo a mi alrededor no
es más que vacío y temor. No la veo, Madonna. No veo lo
hermosa que es. ¡Ya no comprendo el deseo! Hubiera querido
despreciarla, pero me inspira temor… ¿A qué asirme…? ¿Cómo
huir de usted? ¡Que llamen a Ficino! Ah, todo esto no es más que
un juego… ¡Que llamen al Hermano Jerónimo! Tiene usted razón.
¡Que venga!
E: Está en camino.
ENZO: ¿Cómo? ¿Viene?
E: Lo he llamado en su nombre. Sabía que sentía la necesidad de
verlo. Lo he mandado llamar hoy, después del sermón. Después
de sus insultos. Está en camino. Llegará en un momento.
ENZO: ¡En un momento! En verdad que sabe usted actuar. ¡Con qué
pasión desea este encuentro! ¿En un momento…? ¿El adversario
en Careggi? Hoy, enseguida… ¡Pues bien, que venga! ¿Acaso
me inspira miedo? No lo mandaré despedir cuando se presente.
Si quiero oírlo, es tiempo de llamarlo. ¡Pero antes llame usted a
mi gente! Llame a mis compañeros. ¡Que vengan Pico y los
demás! (Fiore toma una campanita y la agita.) Gracias, Madonna.
La amo. Estaría mal armado para recibir a este profeta si no la
amara. Aquí están, amigos míos. Concédanme un instante de su
alegre presencia.

(Pico, Ficino, Policiano, Pulci y Pierleoni bajan los peldaños.)

: ¿Qué veo, Lorenzo? Creíamos que estabas descansando solo, y


todo parece indicar que acabas de tener una cita amorosa…
Madonna, la saludo respetuosamente… Pero entonces, Lorenzo,
en serio, no debes tampoco dejar de recibir a los alegres
muchachos que están esperando afuera, hace varias horas, para
poder verte; un pequeño grupo de artistas, con Francesco
Romano a la cabeza, Aldobrandino…
ENZO: También él. Bueno, bueno, quiero recibirlos. Los necesito.
Que entren. (Enseguida se dan las órdenes en la galería de

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afuera) ¡Estoy de buen humor, señores! ¡He recibido una buena
noticia! Va a llegar un visitante. Espero hoy mismo a un hombre
célebre y amable. No, no lo adivinarán. Tú tampoco, Pico… Pero
estoy impaciente por verlo y me alegra que la presencia de mis
artistas abrevie mi espera hasta que llegue a esta estancia…
¡Aquí están! ¡Miren el inocente y colorado rostro de Aldobrandino!
¡Y la nariz inspirada de Leone! ¡Y Ghino, el brillante favorito de
los dioses! ¡Sean bienvenidos, hijos míos!

(Los once artistas han entrado con precaución haciendo


profundas reverencias.)

OBRANDINO: ¡Salud y prosperidad a su Magnificencia!


ONE: ¡Salud y alegría al divino Laurentius Médici!

(Se acercan a él, se arrodillan, se inclinan sobre sus manos).

ENZO: ¡Gracias a todos! ¡Gracias! Me alegro cordialmente de su


presencia… ¿Veamos, quiénes son todos ustedes? Aquí está
Ércole, mi buen orfebre… y Guidantonio, que fabrica hermosas
sillas. Bien. También veo a Simonetto, el prestigioso arquitecto, y
a Dioneo, que modela la cera a imagen del hombre… ¿Y cómo va
el arte, Pandolfo…? También veo a nuestro maestro Francesco.
OBRANDINO: Es verdad, Excelencia, el maestro Francesco es un
gran pintor y aunque su boca sea muda, nos sobrepasa a todos
en la esfera del arte; pero en cuanto al amor que nos inspira
usted, noble señor, ninguno de nosotros se queda atrás y hasta
creo que quizás alguno lo sobrepase. Pero ahora que lo pienso,
¿me permitiría hacerle notar que hace poco que respiro
nuevamente el aire de la patria?
ENZO: En efecto, mi buen Aldobrandino, es verdad. Estabas
ausente, te encontrabas en Roma, lo recuerdo perfectamente.
Tenías trabajo allá, ¿no es así?
OBRANDINO: Sí, Monseñor, y añadiré que con conocedores de muy
alto rango. Pero me llegó la noticia de que Lorenzo de Médici, mi
gran patrón, se encontraba enfermo, y dejé enseguida todos mis

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asuntos pare regresar a Florencia, con tal premura que recorrí el
camino desde Roma en menos de ocho horas.
ONE: ¡Se jacta, Monseñor! ¡Su alarde es descarado! ¡Ningún ser
humano puede recorrer esa distancia en ocho horas! ¡Es una
mentira!
OBRANDINO: ¿Oye usted, Monseñor, cómo este hombre trata de
calumniarme ante usted?
ENZO: ¡Paz, hijos míos! Esto no puede ser motivo de disputa.
Admitiendo que sea probablemente imposible regresar de Roma
en ocho horas, Aldobrandino lo dice sólo para manifestarme su
amor y hacerlo evidente, bajo una forma poética. Y no puedo
censurarlo por eso.
OBRANDINO: ¡Admirable es su explicación, Monseñor! Pero no sabe
cuán grande es mi devoción a su persona, ignora todo lo que me
ha hecho padecer y todo lo que estoy dispuesto a soportar en
silencio… Que al menos me sea permitido decirle esto, muy
gracioso príncipe… ¡Bueno, bueno, no voy a discutir más!
ONE: Haces bien. Hemos venido para cosas más importantes. Se
trata, Magnífico, de decidir las diversiones que hemos de
organizar para festejar su restablecimiento.
ENZO: Mi restablecimiento…
ONE: ¡Cuento con ello! ¡Con su noble permiso, es lo que quiero
decir! Me parece que el restablecimiento de Lorenzo es una
buena ocasión para realizar un hermoso cortejo triunfal seguido
de bailes y de un festín público. Las ideas hierven en mi cabeza.
Deje que me encargue y habrá una fiesta cuyo relato impreso
recorrerá toda Italia.
ENZO: Bueno, Grifone, bueno. Te lo agradezco, muchacho. Cuento
contigo. Volveremos a ver juntos este proyecto. Ahora quiero
saber lo que ha hecho Ércole desde que no lo veía…
¿Guidantonio, qué buscas y examinas en la estancia?
ANTONIO: Perdón, gracioso señor. Miraba su instalación. Algunas
cosas son buenas. El sillón en el que reposa Su Magnificencia es
una hermosa pieza hecha por mí. Pero, y perdóneme, lo demás
está bastante pasado de moda y de un gusto un tanto dudoso.
Ahora estoy haciendo una recámara en la que unos motivos

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antiguos están admirablemente adaptados a las comodidades
más modernas. ¿Me permitiría traerle los dibujos?
ENZO: Hazlo cuanto antes, amigo mío. No podré dejar de
encargarte la recámara si, bajo el aspecto del gusto y de la
comodidad, resulta un verdadero Guidantonio. Y tú, Ércole,
háblanos de las bellas obras que has elaborado.
OLE: Pequeñeces, Monseñor, pero hay alguna que otra bella
inspiración que le gustará. Destino en particular para su mesa
una bella pieza, salero y pimentero, adornada con figuras y
follajes. Usted me dará el precio que pido por ella en cuanto la
vea. Además, he cincelado una medalla con su efigie y, en el
anverso, Moisés haciendo brotar agua de una roca. Gomo
inscripción puse Ut bibat populus.
ENZO: ¡Ha bebido… el pueblo! Acuña esta medalla para mí, Ércole
mío… Acúñala en plata y cobre. La apruebo sin ver siquiera el
modelo. Has escogido muy bien la inscripción: Ut bibat populus.
OLE: Pero lo más admirable es un pequeño breviario a la gloria de
la Madre de Dios, con tapa de oro macizo, un trabajo
extremadamente rico. Verá, en la tapa figura la imagen de la
Virgen en piedras preciosas y, tan sólo esto, representa ya la
suma de seis mil escudos…
OBRANDINO: Guarda tu mercancía, Ércole. Lorenzo no comprará tu
breviario.
ENZO: ¿Y por qué no?
OBRANDINO: Porque no le gusta el signo de la Virgen. Siempre se
ha empeñado en que subsista en Florencia el menor número
posible de vírgenes.

(Risas, aclamaciones.)

NE: ¡Es un escándalo! ¡Es un plagio desvergonzado. Magnífico!


¡Esa frase es mía! La dije hace unas horas, en el jardín. Pido el
testimonio de estos señores…
OBRANDINO: ¡No deberías manifestar tan feamente tu envidia,
Leone! Es posible que hayas dicho antes algo similar, te lo
concedo. Pero lo has hecho en otro contexto y, en todo caso, tan

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sólo demuestras tu mal genio al disputar los aplausos que estos
nobles señores otorgan a mi ocurrencia.
NE: ¡Si no estuvieran aquí presentes Lorenzo y Madonna Fiore, te
abofetearía, fanfarrón, porque no eres más que un hablador y un
tonto!
OBRANDINO: ¡Y yo te contestaría sin equivocarme que tu parecido
con un macho cabrío apestoso es increíble!
ENZO: ¡Aldobrandino! ¡Leone! ¡Basta! Doy por terminado el
incidente. A los dos los considero gentes ingeniosas. Acércate,
Leone, cuéntanos algo. Vamos a colmarte con los elogios que te
han faltado. Mira cómo los ojos de nuestra ama lo piden. Le
gustan tus historias. Y nuestro maestro Francesco… ¿No ven el
deseo pintado en su cara? ¿Quieres que Leone nos cuente una
delicada historia, Francesco mío, si o no?
NCESCO ROMANO: (Mueve sus ojos negros, emite una risita, abre la
boca por primera vez y dice con voz fuerte e ingenua): Sí.
ENZO (Muy divertido): ¿Oíste, Leone? El maestro es más hábil en
manejar los colores que las palabras, pero lo que dice tiene peso
y fondo. No puedes negarte. ¡Empieza! Madonna es la reina del
día. Ella y esta noble asamblea esperan el cuento que vas a
ofrecernos.
NE: ¡Bien, atención! Antes que nada, pido la indulgencia de los
señores eruditos. Cuento las cosas tal y como se me van
ocurriendo, sin arte. No soy un hacedor de historias, no invento y
no recurro a las fabulaciones de los poetas. Se sabe que el poeta
sólo conoce los goces del amor por medio de su pluma de ganso
mojada con tinta; yo utilizo otra punta, reproductora… (hilaridad,
bravos.) Bien, les voy a relatar con toda veracidad cómo Cupido
me fue favorable hace poco. Escuchen: hay en Lombardía, donde
recientemente fui huésped de un amigo, un convento de monjas
cuya piadosa abadesa es considerada como una santa, lo que le
da gran reputación al convento. Una prima de mi amigo, de
nombre Fiammetta, es religiosa en este claustro, y un día en que
la fue a visitar, me dio licencia de acompañarlo hasta la reja del
locutorio. En cuanto la vi, su juventud y belleza llenaron mi
corazón de amor, y sus ojos no disimularon que también me veía

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con cierto agrado. Esto me dio alas para esforzarme en
acercarme a ella; como no me falta experiencia en la materia,
pronto imaginé una estratagema, ya que estaba vacante el puesto
de jardinero del convento. Modifiqué un poco mi aspecto,
cortándome la barba, y me puse ropas adecuadas para ese
trabajo. Me presenté ante la austera y santa abadesa para
solicitar el puesto de jardinero, fingiendo ser mudo, lo cual resultó
una excelente idea para reforzar la convicción de la casta dama
de que era un ser estúpido e inofensivo para sus corderitas. Fui
admitido y empecé enseguida mi servicio. Mientras trabajaba en
el jardín, no tardé en encontrarme con la encantadora Fiammetta.
Logré que me reconociera y le afirmé que así como no era mudo,
tampoco padecía ningún achaque físico, cosa que podría
comprobar cuando quisiera. Y como el ardor de sus deseos
correspondía a los míos, me condujo a su celda en cuanto se
presentó la ocasión propicia y ahí pasé la noche con ella. Les
aseguro que si durante el día cometí alguna torpeza por falta de
experiencia en mi trabajo, durante el trabajo nocturno mi habilidad
no dejó nada que desear. Los encantos de la pequeña Fiammetta
me incitaron a realizar grandes hazañas durante muchas noches
y así hubiera podido seguir si la envidia no hubiera acabado con
nuestra felicidad. Dos monjitas feas, que no tenían amante y
debían satisfacer sus necesidades en secreto, descubrieron al
lobo en el redil y llenas de celos corrieron a informar de los
hechos a la piadosa abadesa. Se concertaron para sorprendernos
en flagrante delito. Nos espiaron y una noche, ya tarde, en que
Fiammetta me había introducido en su celda, las dos envidiosas
monjas corrieron a la de la abadesa, tocaron con insistencia a la
puerta y anunciaron que el zorro había caído en la trampa.
Quizás este contratiempo nocturno no fue del agrado de la santa
mujer, como se vio después, pero saltó de su cama, se vistió con
gran prisa y acompañada por las dos traidoras se encaminó a la
celda de Fiammetta. Forzaron la puerta, prendieron velas y fueron
testigos de nuestro tierno abrazo. Fiammetta y yo quedamos
petrificados por el miedo. Pero, apenas me estaba reponiendo del
susto, miré con atención a la abadesa mientras profería insultos y
maldiciones, y me di cuenta de un detalle muy extraño. En efecto,

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la santa mujer, por las prisas y la oscuridad, al creer que se ponía
la coba, se había puesto sobre la cabeza unos calzones de
sacerdote, cuyas ligas caían sobre sus hombros. ¡Señora, dije,
interrumpiendo el torrente de sus insultos —abrió muy grandes
los ojos al oír hablar al mudo— le ruego que se arregle
convenientemente su cofia antes de seguir con sus
recriminaciones! Se dio cuenta entonces de su equivocación y a
su vez quedó muda, con el rostro encendido, porque sabía muy
bien dónde se encontraba el dueño de los calzones. Furiosa, salió
de la celda, seguida por las dos traidoras, dejándonos solos, lo
que nos permitió gozar una vez más, sin ser molestados, todas
las delicias del cielo… (Ha hecho su relato en medio de una
hilaridad creciente. Artistas y humanistas aplauden
calurosamente algunas agudezas. Fiore también se une a los
aplausos. Lorenzo, muy relajado, sigue la narración con un placer
infantil. Hacia el final de la historia, reina gran alboroto. Lorenzo
ríe de buena gana, los artistas también. Pero de repente, se
interrumpe el narrador y se hace un brusco silencio. Un paje ha
entrado por la derecha, por la puerta cubierta con tapiz, y anuncia
con voz clara): El Prior de San Marcos.

(Pausa).

CIANO (Espantado, no da crédito a sus oídos): ¿Qué dices, hijo


mío?
AJE (Con timidez): El Prior de San Marcos.

(Silencio. Todas las miradas, en el colmo de la perplejidad, se


fijan en Lorenzo. Se quedan boquiabiertos y con el ceño
fruncido.)

ENZO (Al paje): Acércate. ¿Cómo te llamas?


AJE: Me llamo Gentile, monseñor.
ENZO: Gentile. Bonito nombre. Vuelve hacia la puerta Gentile, y
regresa. Tu vista me agrada. Sabes caminar. Tienes hermosas
caderas. Detente, así… Aldobrandino, fija esta línea en tu

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memoria. Toma esta sortija, Gentile, porque mis ojos han gozado
de tu imagen. Y ahora, que entre el que acabas de anunciar.
CIANO: ¿Cómo? ¿Quieres recibirlo?
ENZO: Sí, quiero.

(Sale el paje. Mortal silencio. El tapiz se vuelve a levantar. El perfil


lívido, doloroso y apasionado del ferrares se desliza lentamente
en la estancia. Su fealdad áspera y sus rasgos grandes, ariscos y
huesudos presentan un contraste terrible con la pequeñez y lo
endeble del resto de su persona. La capucha del manto negro
que lleva enmarca su rostro. Un surco muy profundo le marca el
entrecejo entre la nariz, muy arqueada, y la frente estrecha y
arrugada. Los gruesos labios están apretados con pasión, lo que
parece vaciar aún más los huecos color ceniza de sus mejillas.
Sus cejas, fuertemente dibujadas, se juntan en la raíz de la nariz;
están levantadas, marcando así su frente con arrugas profundas
y horizontales; confieren a sus ojos pequeños y ojerosos una
expresión a la vez ausente e intensamente escrutadora. Su
caminata larga y rápida lo ha dejado jadeante, pero trata de
disimularlo. Sus manos, ahora todavía escondidas en las amplias
mangas de su hábito parecen de cera y tiemblan cuando las
levanta. Su voz, a veces de una timidez nerviosa, adquiere por
momentos una fuerza áspera y dura, que no se sabe de dónde
proviene.
A su entrada, los artistas retroceden, dejándole el campo libre.
Forman un grupo en el fondo de la habitación. Uno de ellos toma
a otro por el brazo, se voltea a medias y, con las cejas fruncidas,
los labios crispados por el asco, la incomprensión y el temor, mira
fijamente al monje por encima del hombro. Poco a poco, todos se
dirigen hacia la escalera y la galería de la izquierda, seguidos por
los humanistas. Pico es el último en desaparecer, mirando sin
comprender al trío que se queda en la habitación. Finalmente, se
aleja con pasos apagados.
La mirada directa del ferrarés se detiene sobre Fiore, que está
sentada a los pies de Lorenzo en una postura llena de arte. Se
sobresalta, una expresión de sufrimiento descompone su rostro
durante un instante; luego se endereza, fija sobre Lorenzo una

92
mirada penetrante y esboza, con la cabeza y el busto, un saludo
impreciso.)
Fiore se ha levantado. Con las manos lentas sobre su vientre
protuberante y los párpados caídos avanza hacia el ferrarés,
diciendo con voz alta, arrulladora y monótona:

E: Sea bienvenido a Careggi, señor Prior. ¿Me permitirá que lo


felicite por su sermón de hoy? Entré con un poco de retraso, pero
llegué justo a tiempo para oír lo mejor. Fue muy edificante, se lo
aseguro. Su elocuencia es fulminante. ¿Y bien? ¿Por qué guarda
silencio? No le queda a un artista recibir los homenajes y los
triunfos con una rigidez tan altanera, o sin una sonrisa de
modesta protesta.
RIOR (Todavía jadeante, con rudeza atormentada): Le he hablado
en la catedral. Sólo le hablaré desde lo alto del púlpito.
E (Con afectación): ¡No todo el mundo es tan severo! A mí se me
habla desde lo alto de los púlpitos de todas las artes, se me hace
sonreír o se logra cautivar mi oído… y, sin embargo, quienes lo
hacen guardan suficiente sangre y fuego como para tratarme, en
los encuentros de la vida cotidiana, de manera viva.
RIOR: Sólo vivo en el púlpito.
E (Simulando un escalofrío): ¡Pero está usted muerto cuando toca
el suelo! ¡Uy, sí, así es usted! ¡Lívido y frío…! ¡Me encuentro en
esta habitación entre un enfermo y un muerto…! ¿Sin embargo,
hace tiempo, señor muerto, hace mucho tiempo, estaba vivo, no
es verdad, y hablaba conmigo?
RIOR: He hablado. He gritado. Se ha sonreído. Se ha reído. ¡Me ha
cubierto de insultos, me ha echado más alto… hasta mi púlpito! Y
ahora me rinde pleitesía…
E: ¡Emplea usted términos enérgicos! Es un lenguaje de retórico.
¡Yo, rendirle pleitesía! Es a mí a quien se rinde pleitesía y me
inclino hacia quien lo haga mejor y con más refinamiento.
RIOR: ¡No le rindo pleitesía! ¡La desprecio! ¡Digo que es horrible y
reprobable! ¡Digo que es cebo de Satanás, veneno de los
espíritus, puñal de las almas, leche de loba para quien la bebe,
instrumento de perdición y ninfa, bruja, Diana! ¡Así es como la
nombro!

93
E: ¡Y lo dice bien! ¡Se requiere tanto talento para el insulto como
para el elogio! ¿Y si todo esto fuera para mí el colmo de la
pleitesía, la más atrevida? ¿Puede usted pensarlo? ¿Cómo?
¡Hable! ¿Ha podido pensarlo?
RIOR: No la comprendo. Me ha oído en la catedral. Soy torpe para
decir cosas frívolas. Pero me ha oído en la catedral. La palabra
es difícil y sagrada. Aquél es mi maestro quien con su dedo cierra
sus labios, Pedro Mártir.
E: Actuar y callar… ¡Encuentro, Magnífico, un gran parecido entre
su huésped y el señor Francesco Romano…! Sin embargo…
¿querrá sin duda, señor Muerto, hablar con este enfermo? ¿Ha
venido sólo para eso? Bien, voy a retirarme y les deseo, señores,
la más agradable de las conversaciones. Les deseo mucha
comprensión y un resultado fecundo. Creo que no podría ser de
otra manera.

(Sube los peldaños y desaparece a la derecha, por la galería.


Cae la noche durante la escena siguiente.)

VI

ENZO (Parece haber olvidado por completo al ferrares, que fija en él


su mirada sombría y ardiente. Tiene la cabeza inclinada y sus
ojos se pierden en el vacío. Al fin, consciente de la situación,
recobra su amabilidad de hombre mundano con un esfuerzo
conmovedor, y dice): ¡Por favor, siéntese, Padre!
RIOR (Agotado, siente la tentación de dejarse caer sobre un asiento
cerca de la puerta, pero se queda de pie): ¡Sólo escuche esto,
Lorenzo de Médici! ¡He visto el mundo, conozco los engaños de
los príncipes y sé que son expertos en sangrientas traiciones! ¡Si
esto es un ardid, si se me ha traído hasta aquí para usar la
violencia y deshacerse de mí, tenga cuidado! ¡Soy amado! ¡Mi
palabra se ha ganado las almas! ¡El pueblo me sigue! ¡No le está
permitido tocarme!
ENZO (Conteniendo una sonrisa): ¡Cómo! ¿Tiene miedo? ¡Vamos!
¡No tema! ¡Nada más alejado de mí que la idea de traicionar a un

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hombre tan extraordinario como usted! ¿Acaso soy un Malatesta?
¿Un Baglioni? Me ofende si me cree igual a ellos. No soy un
salvaje falto de respeto. Sé apreciar el valor de su vida y de su
obra, lo mismo que cualquiera de sus feligreses, o cualquier
miembro de su comunidad. ¿Puedo en cambio rogarle me
considere de manera ecuánime?
RIOR: ¿Qué tiene que decirme?
ENZO: Oh… Ya le he dicho algo. Pero usted habla en forma
arisca… Además, parece estar enfermo, extenuado. No me
equivoco. Mi ojo es hábil para descubrir estos signos. Se lo
pregunto (Con sincera compasión): ¿No se siente usted bien?
RIOR: He predicado hoy en la catedral. Salí enfermo. Estaba en la
cama cuando recibí su llamado.
ENZO: ¿Mi…? Ah, perfectamente. Lo siento. ¿Sus esfuerzos de
orador lo agotan a tal punto?
RIOR: Mi vida es un tormento. La fiebre, la disentería y el constante
trabajo de mi mente, para bien de esta ciudad, han debilitado mis
órganos a tal grado que soy incapaz de soportar el menor
cansancio.
ENZO: ¡Pero usted debe cuidarse, reposar!
RIOR (Con desdén): ¡Conozco el reposo! Únicamente pueden
descansar los que —y son la mayoría— no han recibido una
misión. Es fácil para ellos… Pero a mí me consume un fuego
interior que me empuja hacia la cátedra.
ENZO: Un Luego interior… ¡Ya sé, ya sé! ¡Conozco ese ardor! Lo
llamaba demonio, voluntad, embriaguez. Pero no tiene nombre.
Es la locura del que se entrega a un dios desconocido. Se
desprecia a los que vegetan en la mediocridad y la prudencia, a
los que no comprenden que se haya escogido una vida frenética,
breve, intensa, en lugar de su existencia larga, timorata,
miserable…
RIOR: ¿Escoger? Yo no he escogido. Dios me ha llamado a la
grandeza y al sufrimiento, y he obedecido.
ENZO: ¡Dios o la pasión! ¡Ah, Padre, nos comprendemos! ¡Vamos a
comprendernos!

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RIOR: ¿Usted y yo? ¡Está blasfemando! ¿Por qué ha llamado a un
sacerdote? Ha hecho el mal durante toda su vida.
ENZO: ¿A qué llama el mal?
RIOR: A todo lo que se opone al espíritu, dentro y fuera de nosotros.
ENZO: Lo que se opone al espíritu. Lo sigo con gusto. Lo he llamado
para oírlo. Se lo ruego, Hermano, crea en mi buena voluntad.
¿Quiere por favor decirme a qué llama espíritu?
RIOR: La fuerza, Lorenzo el Magnífico, la fuerza que quiere paz y
pureza.
ENZO: ¡Qué sonido tan dulce y fuerte! Y sin embargo… ¿por qué
sus palabras me estremecen? No importa, lo escucho. Decía
usted: ¿dentro de nosotros? ¿Así que también en usted? ¿Lucha
usted consigo mismo?
RIOR: He nacido de las entrañas de una mujer. Ninguna carne es
pura. Para odiar el pecado, hay que conocerlo, sentirlo,
comprenderlo. Los ángeles no odian el pecado, lo ignoran.
Algunas veces, me he rebelado contra la jerarquía de los
espíritus. Me parecía que era superior a los ángeles.
ENZO (Por una vez un poco irónico): Esta cuestión es tan atrevida y
fascinante que es digna de ser planteada por usted, mi querido
Hermano, pero le concierne sólo a usted y no trataremos de
resolverla hoy. Vea, estoy enfermo, la angustia pesa sobre mi
corazón, no se lo disimulo —angustia referente al mundo, a mí—,
¿qué se yo de la verdad…? He buscado consuelo con mis
platónicos, mis artistas, y no lo he encontrado. ¿Por qué? Porque
ninguno de ellos es semejante a mí. Me admiran; quizás me
quieren, pero no saben nada de mí. Son cortesanos, habladores,
niños. ¿De qué me sirven? Con usted cuento, Padre. Debo
escuchar lo —hablar de usted y de mí— compararme,
entenderme con usted. Presiento que así encontraré la paz. Su
temple es diferente. No se arrastra a mis pies con vanas
palabras. Se ha erguido a mi lado y respira a mi altura… Me odia,
me rechaza, emplea lodo su arte en levantarse contra mí, y yo, ve
usted, yo, en mi corazón, casi puedo llamarlo mi hermano…
RIOR (Sus mejillas pálidas se han sonrojado al oír estas palabras):
¡No quiero ser su hermano! ¡No soy su hermano! ¡Lo oye! ¡Soy un

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pobre monje, un religioso infamado y burlado, como todos mis
semejantes, por el mundo lujurioso de la carne, pero me he
erguido tan alto con ellos que tiro a sus pies la fraternidad que me
ofrece, usted, un señor de este mundo, usted el Magnífico!
ENZO: Véame entonces dispuesto a admirarlo por ello.
RIOR: ¡No debe admirarme, debe odiarme! ¡Y si represento a sus
ojos lo terrible, debe temerme! ¡Mucho he oído hablar de su
amabilidad, Lorenzo de Médici! ¡No caeré en su trampa! Le
pregunto una vez más: ¿Por qué me ha llamado? El tamaño de
sus abominaciones lo asusta, y el miedo lo lleva a enfrentarse
con Dios. ¿Quiere conocer las condiciones de la Gracia, no es
así?
ENZO: No del todo… casi… y en cuanto a enfrentarme, como usted
ve, es lo que quiero, es lo que estoy haciendo. Pero usted es
impaciente. Déjeme entenderlo más profundamente. ¿Según lo
que dice, durante toda mi vida, habría actuado contra el espíritu?
RIOR: ¿Y usted me lo pregunta? ¿Su alma está tan pervertida como
dicen que lo está su olfato? ¡Usted ha acrecentado en la tierra
todas las tentaciones, todas las delicias con las que Satanás
atormenta nuestra carne! ¡Ha divinizado el placer visual, lo ha
hecho brotar por todos los muros de Florencia y le ha dado el
nombre de Belleza! ¡Ha corrompido al pueblo incitándolo a creer
en la infame mentira que paraliza el deseo de salvación, ha
instituido fiestas lúbricas para glorificar la brillante superficie del
mundo, y a esto, lo ha llamado arte…!
ENZO: ¡Veo aquí una extraña contradicción! Vitupera el arte y, sin
embargo, hermano mío, usted también… ¡Usted también es un
artista!
RIOR: El pueblo ve más claro. Me llama profeta.
ENZO: ¿Qué es un profeta?
RIOR: Un artista y un santo. ¡Nada tengo en común con su arte
visual y espectacular, Lorenzo de Médici! ¡Mi arte es sagrado
porque es conocimiento y oposición resplandeciente! A temprana
edad, cuando era presa del dolor, soñaba con una antorcha que
alumbrara misericordiosamente, con fuego divino, todas las
espantosas profundidades, todos los abismos vergonzosos y

97
desoladores de la existencia, un fuego divino que abrasara la
tierra para incendiarla, para que, con toda su vergüenza y su
martirio, se consumiera en la piedad redentora. Este sueño, era
arte…
ENZO (Perdido en sus recuerdos): La tierra me parecía deliciosa…
RIOR: ¡Mis ojos se abrieron! ¡Traspasaron la apariencia y las
delicias! He sufrido demasiado para no obstinarme
orgullosamente en mi visión ¿Quiere usted oír una parábola? Fue
en Ferrara. Era todavía un niño cuando un día mi padre me llevó
a la corte. Vi el castillo d’Este. Vi al príncipe en un festín, rodeado
por sus compañeros de juerga, por mujeres, enanos, bufones y
espíritus. Todo era música, perfume, bailes y suculentos
manjares… Pero de vez en cuando, suavemente, como un
siniestro murmullo, un ruido extraño se escuchaba en medio del
exuberante alboroto: era la voz de la tortura, un gemido, una
queja que venía de abajo, de los espantosos calabozos donde
estaban confinados los presos. También los vi a ellos. Pedí ser
llevado a las mazmorras, en donde reinaban el miedo y los gritos.
Y entre esos desgraciados, pude oír cómo los ecos de la fiesta
llegaban hasta ellos y supe que allá arriba no había un alma o
una conciencia que se conmoviera… ¡De repente, me invadieron
el odio y la rebeldía…! Vi volar por los aires un pájaro grande,
hermoso, fuerte, atrevido y alegre. ¡Sentí en mi corazón un dolor
y un desafío, un impulso, un deseo ardiente, una voluntad
inmensa! ¡Si yo pudiera romper esas grandes alas!
ENZO: ¿Ése fue su deseo?
RIOR: Mi ojos han penetrado hasta el corazón de nuestra época y
he visto su frente de prostituta. El pudor —ella era impúdica,
alegre e impúdica—. ¿Entiende esto? ¡No quería sentir
vergüenza! Tomaba los cirios del altar del Crucificado para
llevarlos a la tumba de un hombre que había creado belleza.
¡Belleza! ¡Belleza! ¿Qué es la belleza? ¿Es posible no descubrir
su esencia? Si no, ¿quién puede conocer la verdadera naturaleza
de una cosa en la tierra, sin que la pena y el asco maten su
deseo? ¿Quién? ¿Quién? ¡Nuestra época! ¡Todos ustedes! ¡Yo
soy el único que se niega! ¡Y entonces he huido, he huido ante el
horror de la enorme inconsciencia que se mofaba de la

98
comprensión, del dolor y de la salvación! Me refugié en el
convento, en la penumbra severa de la Iglesia. Allí, pensaba, en
el lugar consagrado a la Cruz, que es amo el sufrimiento. Allí
reinan la santidad y el saber, las sacrae litterae. ¿Y qué pude ver?
¡Allí también se traiciona a la Cruz! Los que visten estola y hábito,
los que deberían haber sido mis hermanos en el dolor, ¡también
habían negado la majestad del Espíritu! ¡Habían pactado con el
enemigo, con la gran Babilonia! Y allí también estaba solo.
Entonces, comprendí. Me correspondía a mí, solamente a mí,
hacerme grande, levantarme contra el mundo, porque era el
portavoz y el elegido. ¡El Espíritu había resucitado en mi persona!
ENZO: ¿Contra la belleza? ¡Hermano, Hermano, me vuelve loco!
¿Hay que luchar aquí? ¿Debemos ver el mundo dividido en dos
mitades hostiles? ¿Usted dice que el espíritu y la belleza se
oponen?
RIOR: Son opuestos, sostengo la verdad que he padecido. (Vacila.
Aumenta la oscuridad). ¿Quiere usted una prueba que le
demuestre que estos dos mundos son irreconciliables y
eternamente extraños uno al otro? El deseo. ¿Lo conoce? Donde
se abren abismos, los une con su arco iris, y donde existe abre
abismos. ¡Escuche, escuche, Lorenzo de Médici! El espíritu
puede aspirar a la belleza. Esto se produce en las horas de
debilidad, en la negación de uno mismo, en el dulce
envilecimiento. Porque ella, la alegre, la encantadora, la fuerte,
ella que es vida, ella, no comprenderá jamás al espíritu, lo evitará
como a algo extraño, le temerá, quizás lo rechazará con horror,
se mofará de él sin compasión y, de esta manera, lo devolverá a
sí mismo… Pero es posible, Lorenzo de Médici, es posible que el
espíritu se endurezca en el dolor, crezca en la soledad y regrese
como una fuerza ante la cual la mujer se rendirá…
ENZO: ¿Por qué se interrumpe? Escucho… cierro los ojos y
escucho. Oigo la melodía de mi vida. ¿Pero ya se calla? Es tan
dulce escucharse a sí mismo, sin esfuerzo… Apenas lo veo…
Quizás sea la noche, ¿o acaso mis ojos ya mueren cuando aún
está vivo mi espíritu? Pero escucho. Oigo un canto —mi canto—,
el canto melancólico del deseo… ¿Jerónimo, todavía no me
reconoce? Ahí adonde nos empuja el deseo… ¿no es cierto? —

99
uno no está— uno no es. Pero el hombre se identifica fácilmente
con su deseo. ¿Usted sabe que me llaman el maestro de la
belleza? Sin embargo, soy feo. Amarillento, endeble y feo. He
adorado los sentidos pero uno me ha faltado, muy valioso. No
tengo olfato. No conozco el perfume de la rosa, ni el de la mujer.
Soy un aborto enfermizo. ¿Pero tan sólo mi cuerpo? La
naturaleza me ha echado al mundo con instintos desenfrenados
¡y he sometido mi embriaguez y mi delirio a una regla y a un
ritmo! Mi alma era codicia, tormento, tenebroso ardor; la he vuelto
llama alegre. Sin este deseo, hubiera sido un macho cabrío, un
horrible sátiro; y cuando los poetas me comparan con los serenos
habitantes del Olimpo, ninguno sospecha la larga disciplina que le
impuse a mi frenesí para domarlo. Así fue. Nadie es grande sin
esfuerzo. De haber nacido hermoso, nunca me hubiera convertido
en el maestro de la belleza. El apremio es el mejor amigo de la
voluntad. ¿Pero a quién se lo digo? ¿Quién, sino usted, sabe con
tanta certidumbre que la corona del héroe no está destinada al
que solamente es fuerte? ¡Si hemos de ser enemigos, seámoslo,
pero hermanos enemigos!
RIOR: ¡No soy su hermano! ¿Me oye usted? ¡Mande traer luces si la
oscuridad lo ablanda! ¡Odio esa infame igualdad, esa lúbrica
comprensión, esa culpable tolerancia de lo opuesto! ¡No me
alcanzarán! ¡Que se callen! Conozco ese espíritu, lo conozco
demasiado. ¡Demasiado! ¡Que se aleje de mí! ¡Oigo a Florencia,
oigo su época refinada, insolente y tolerante, pero a mí, a mí, no
me quitará mi fuerza, no me desarmará! ¡A mí no, a mí no!
¡Sépalo de una vez!
ENZO: Usted odia esta época y ella lo comprende. ¿De los dos, cuál
es más grande?
RIOR (Con violencia): ¡Yo! ¡Yo!
ENZO: Puede ser. Usted. Quizás. No lo he mandado llamar para que
nos disputemos. Y, sin embargo, perdóneme, me gustaría verlo
de acuerdo con usted mismo. ¿Cómo? ¿Insulta al espíritu que lo
ha sostenido, al espíritu que lo ha llevado a la grandeza? ¿Me
concederá este punto? No distingo su rostro. Para mí, las cosas
son así: en una época como dice que es la nuestra —refinada,
escéptica y tolerante, curiosa, voluble, compleja, sin prejuicios

100
que la limiten— en una época como ésta, la limitación ya es
genio. Perdóneme. No busco pelea, no quiero ofenderlo, quisiera
ver claro en usted y en mí… ¡Una fuerza que se aparta
deliberadamente del escepticismo general para realizar prodigios!
¡Todos estos mediocres y estos refinados no creen —no piense
que creen!, sienten la fuerza y se someten a ella… una vez más
¡perdóneme! ¡Siga escuchándome! Además, creo que insulta al
arte y, sin embargo, lo pone a su servicio. Su fama, su gloria, se
deben precisamente a que nuestra época y nuestra ciudad
adoran la orgullosa individualidad. Nunca, en ninguna parte, se ha
otorgado tanta gratitud y tan grande recompensa a quien, a su
manera, codiciaba gloria personal. Si se ha hecho grande en
Florencia, sólo se debe a que Florencia es lo bastante libre, lo
bastante pletórica en materia de arte, como para convertirlo en su
amo. De haberlo sido menos, quizás lo hubiera desgarrado en
lugar de ensalzarlo… ¿Lo sabe usted?
RIOR: ¡No quiero saberlo!
ENZO: ¿Puede uno negarse a saber? Usted condena a los cándidos
que, por no poseer el conocimiento, ignoran la vergüenza. Pero
¿no siente vergüenza al conquistar el poder, sabiendo con qué
medios lo ha ganado?
PRIOR: Soy un elegido. Puedo saber y, sin embargo, seguir
queriendo, porque he de ser fuerte. Dios hace milagros. Está
presenciando el milagro del candor resucitado. (Señala el busto
de César) ¿Usted cree que éste se preguntó a qué se debía su
gloria?
ENZO: ¿César? ¡Pero usted es un monje! ¡Y tiene ambición!
RIOR: ¿Cómo no tenerla después de haber sufrido tanto? ¡La
ambición dice que el sufrimiento no debe ser en vano! ¡Tiene que
darme la gloria!
ENZO: ¡Qué claridad! Lo sabía. ¡Qué bien lo has pensado todo,
monje! Nosotros, los amos, somos egoístas y nos critican porque
no saben que nos hemos vuelto así a fuerza de sufrir. Nos tachan
de duros sin comprender que el dolor nos ha obligado a serlo.
Tenemos derecho a decirles: ¡Vean, ustedes que llevan una vida

101
mucho más fácil! ¡Soy para mí mismo un motivo suficiente de
felicidad y de tormento!
RIOR: Pero no nos atacan. Se sorprenden. Nos veneran. Véanlos
llegar hasta el yo poderoso, a todos los que no son más que un
Nosotros, y servirlo, y llegar a él sin cansarse nunca de servirlo…
ENZO: Aunque su egoísmo se manifieste abiertamente…
PRIOR: Aunque acepte los favores como algo debido, sin
devolverlos…
ENZO: Cosme, mi abuelo… Llegué a conocerlo, fue un tirano frío y
prudente… Se le dio el título de padre de la patria. Aceptó, sonrió
y ni siquiera agradeció. ¡Nunca lo olvidaré! ¡Cómo los desprecia,
pensé! Y desde entonces, he despreciado a la Plebe.
RIOR: La escuela del desprecio es la gloria.
ENZO: ¡Es la falta de dignidad de la masa! Son tan pobres, tan
vacíos, tan desprovistos de personalidad, tan ajenos a sí
mismos…
RIOR: Tan simples, tan fáciles de dominar…
ENZO: No conocen nada mejor que ser dominados…
RIOR: Me escriben de todas partes, vienen desde lejos para besar
la orla de mi hábito, claman mi grandeza a los cuatro vientos…
Nunca lo he pedido, ni agradecido.
ENZO: Es sorprendente…
RIOR: ¡Muy sorprendente…! Al grado de pensar si serán tan nulos,
tan banales como para poner su orgullo al servicio de otro.
ENZO: ¡Así es! ¡Así es! Parece increíble ver cómo se inclinan con
tan buena gana y uno se pone contento.
RIOR: ¡La docilidad del mundo me da risa!
ENZO: Y así, riendo, riendo, uno se posesiona del mundo, como si
fuera un instrumento, dócil, fácil de tocar…
RIOR: ¡Para tocar uno su propia canción!
ENZO (Febrilmente): ¡O mis sueños! ¡Mi poder y mi arte! Florencia
ha sido mi lira… Le saqué bellos sonidos. Era el canto de mi
deseo. Cantaba la belleza, la inmensa voluptuosidad, cantaba,
cantaba el poderoso canto de la vida… Silencio… de rodillas…
Aquí… la veo… Llega, se acerca a mí… ¡Caen sus velos y mi
sangre se arroja hacia su desnudez! ¡Oh felicidad! ¡Oh dulce

102
terror! ¿He sido elegido para contemplarte, Venus Genitora, tú
que eres la vida, la dulzura del mundo…? ¡Belleza fecunda…!
¡Fuerza instintiva del arte! ¡Venus Fiorenza! ¿Sabes lo que
quería? ¡La fiesta eterna! Tal era mi soberana voluntad…
¡Quédate cerca de mí! ¿Por qué te apartas? ¿Por qué te
desvaneces? Ya no veo nada… un fulgor rojo me invade… Soy
presa del espanto… Un abismo voraz. (Se desploma) ¿Estás
aquí todavía…? ¿Tú… con quien… pude entenderme…?
¡Háblame…! La angustia… La angustia… ¡Volterra! —¡La
sangre…! He vaciado las cajas de las dotes para hacer fiestas, he
inducido vírgenes al libertinaje… ¡Habla pronto!—. ¡Habla pronto!
¡Dime las condiciones de la Gracia…!
RIOR (Muy cerca de él, rápidamente, en voz baja): Misericordiam
volo… Son tres. Primero, el arrepentimiento…
ENZO (Mismo juego): Quiero arrepentirme del saqueo de Volterra y
del robo del dinero…
RIOR: Segundo, devolverás al Estado todos los bienes ilícitos…
ENZO: ¿Qué mi hijo los restituya…? Sigue…
RIOR (En un murmullo terrible, con gesto impetuoso): Tercero:
liberarás a Florencia… enseguida… para siempre… la liberarás
del yugo de tu familia…
ENZO (Muy bajo también. Es una lucha secreta y apasionada entre
dos adversarios): ¡Libre, para ti!
RIOR: ¡Libre para el Rey que murió en la Cruz!
ENZO: ¡Para ti! ¡Para ti! ¿Por qué mientes? Nos hemos reconocido
mutuamente… ¿Florencia, mi ciudad? ¿La amas? Dilo pronto:
¿La amas?
RIOR: ¡Loco! ¡Niño! ¡Llévate a la tumba los cascabeles de tus ideas!
¡Desgarrado amor, odio suave y envolvente, yo soy esta mezcla
turbia y ella exige que yo sea el amo de Florencia!
ENZO: ¡Desgraciado…! ¿Por qué? ¿Qué puedes creer?
RIOR: La paz eterna. El triunfo del espíritu. ¡Quiero romper esas
grandes alas!
ENZO (Con dolor y desesperación): ¡No lo hagas…! ¡Miserable! ¡No
lo hagas…! ¡Te lo prohíbo yo, el Magnífico! ¡Oh, te reconozco, te
has traicionado! ¡Estás pensando en las alas de la vida! Ese

103
espíritu que anuncias, es la muerte, y la vida de toda vida, es el
arte… ¡Te lo prohibiré! ¡Todavía soy el amo!
RIOR: ¡Me río de ti! ¡Te estás muriendo y yo estoy de pie! ¡Mi arte
se ha ganado al pueblo! ¡Florencia es mía!
ENZO (En el paroxismo de la agitación): ¡Ah, monstruo! ¡Monstruo
de maldad! ¡Me vas a ver fuerte y despiadado! (Apoyado en los
brazos del sillón, erguido sobre el asiento, grita): ¡A mí! ¡Vengan!
¡Vengan! ¡Préndanlo! ¡Atenlo! ¡Quiere romper las grandes alas!
¡Al calabozo! ¡A las cadenas! ¡Ala fosa de los leones! ¡Mátenlo,
maten a quien quiere matarlo todo! ¡Florencia es mía! ¡Florencia!
¡Florencia!

(Se hunde, su cabeza se va de lado y mientras sus ojos se ponen


en blanco, abraza el vacío. Numerosos servidores con antorchas
irrumpen por la derecha y la galería. La escena bruscamente se
alumbra con luces vacilantes. Pico, Ficino, Policiano, Pulci,
Pierleoni y los artistas espantados bajan corriendo los peldaños.)

: ¡Lorenzo…!
LEONI: ¡Ha dejado de existir!
CIANO (Desesperado): ¡Lorenzo, Lorenzo mío!

(Nuevo movimiento en la galería. Cuatro o cinco hombres


cubiertos de polvo se abren paso rápidamente.)

DE ELLOS: ¡Escuchen! ¡Escuchen! ¡Somos los enviados de los muy


nobles e ilustres señores! ¡La ciudad se ha sublevado! Ha corrido
el rumor de que el profeta Jerónimo ha sido traicionado, hecho
prisionero, asesinado… ¡El pueblo marcha sobre Careggio…!
¡Quiere ver al Hermano!
RIOR (Bajando la vista sobre el cadáver de su adversario): Aquí
estoy.
E (Bellísima en los juegos de luces, desde lo alto de los peldaños):
¿Monje, me oyes?
RIOR (Rígido, sin voltearse): Oigo.
E: Entonces, escucha. ¡Retírate! ¡El fuego que has desencadenado
te consumirá para purificarte y purificar al mundo de ti! ¡Si tienes

104
miedo, renuncia! ¡Deja de querer, en lugar de querer el
exterminio! ¡Abandona el poder! ¡Renuncia! ¡Sé un monje!
RIOR: Amo el fuego.

(Se voltea. Todos se apartan y le abren paso temerosamente. A la


luz de las antorchas, lentamente, cruza en medio de los
presentes, sube los peldaños, se encamina hacia su destino.)

105
FIORENZA: PALABRA Y TEATRO
(De Thomas Mann a Juan José Gurrola: dos
estrenos a 80 años de distancia)

Por RAÚL FALCÓ

La palabra escrita de la ficción, del pensamiento y de la poesía


puede bastarse a sí misma cuando es leída en silencio. También
la palabra escrita del teatro puede conformarse con la lectura,
pero está concebida para ser articulada en voz alta por los
actores, en el ámbito imaginario del simulacro, representado en
un escenario ante una audiencia. La poesía —palabra sujeta
tanto a las virtualidades de la métrica y de la rima, como a los
procedimientos sintéticos de la metáfora y de la metonimia—
tiende un puente inmemorial entre ambos extremos, ya que se
halla a sus anchas tanto en el uno como en el otro, al grado de
ser inevitable considerarla como el origen de todo cuanto ha
nacido, crecido, variado y perdurado a través de la escritura y de
la memoria oral.
La diferencia entre poesía y teatro en verso reside en que
pueden aplicarse las reglas de la palabra poética a textos no
destinados a la representación. Los grandes poetas han escrito
textos que, aunque siempre pueden florecer en la lectura
silenciosa, nunca dejan de invitar, por sus mismas características

106
a la declamación en voz alta. Sin embargo, son poesía y no
teatro, porque prescinden de trama, diálogo y personajes. Del
mismo modo (y, seguramente, ante la progresiva omnipresencia
de la escritura no-poética) el teatro no deja de serlo aunque
pueda prescindir de las tentaciones y de las convenciones de la
palabra poética.
Todo lo que entendemos por teatro en Occidente, desde su
deslumbrante nacimiento en Atenas hasta bien entrado el
siglo XIX de nuestra era, está tan íntimamente ligado a las reglas
de la palabra poética que hay que esperar el triunfo avasallador
de la novela romántica para que surjan a un tiempo el teatro en
prosa y las condiciones que esta influencia impone: el realismo, y
sus excesos de naturalismo y verismo, así como, de su mano, el
enfoque intimista o sicologizante entre los personajes de un
drama, con tal fuerza que ni siquiera la comedia pudo sustraerse
a la obligación de adoptar sus convenciones.
Acaso por la maestría obligatoria que de la palabra poética
debía tener un dramaturgo, casi todos los grandes autores que
nuestra memoria sigue recordando, desde el esplendor de Atenas
hasta la segunda mitad del siglo XIX, tan sólo se dedicaron a la
dramaturgia y, en algunos casos a la poesía, excluyendo tanto el
ejercicio de la ficción en prosa como el de las especulaciones del
pensamiento a través del ensayo. Desde Esquilo hasta Edmond
Rostand, pasando por los picos más altos de la cordillera teatral
en Occidente, Sófocles, Eurípides, Terencio, Marlowe,
Shakespeare, Corneille, Racine, Tirso de Molina, Calderón de la
Barca, Lope de Vega, Goldoni, Goethe, Pushkin o García Lorca,
la grandeza creativa y reflexiva de sus obras no parece requerir,
en la forma, otros instrumentos que no sean las leyes del verso y
las reglas del drama.
Obviamente, nada —y menos en el ámbito del espíritu—
puede ser tan geométrico. El alma que alimenta, también desde
Atenas, el estilo irreverente de la comedia no duda en recurrir,
desde Aristófanes, al habla y a los puntos de vista del ciudadano
común, que también quiere disfrutar de un enfoque burlón y
prosaico, cuyo vehículo predestinado es justamente lo que
solemos definir como prosa.

107
Pero los pocos grandes dramaturgos que en el mundo han
sido tienen un rasgo en común: no se sienten a sus anchas entre
las fronteras que la tradición ha erigido para diferenciar a la
tragedia de la comedia, a la mueca de la sonrisa. Tanto
Shakespeare como Moliere necesitaron y supieron alternar
ambos géneros en una misma obra y, por lo mismo, elaborar una
textualidad en la cual conviven la prosa (con todas sus variantes
lingüísticas y sociales) y la poesía (con todas sus posibilidades
métricas y sonoras). Otra cumbre espiritual del teatro, aunque su
grandeza musical lo clasifique naturalmente como compositor,
amplio merecedor de un lugar de primer orden en ésta muy
selecta lista de dramaturgos que trascienden los géneros, es
W. A. Mozart. Nada tienen que envidiarle a Hamlet o al
Misántropo, su Don Giovanni o su Flauta mágica. En éstos
contados casos ilustres, su común genialidad teatral consiste en
alternar con mano maestra en una misma obra los dos grandes
géneros teatrales, cuya definición respectiva se funda justamente
en su mutua exclusión.
(Esta observación obliga a la siguiente reflexión. Resulta claro
que es más viable recurrir a la comedia en el ámbito de un drama
que incluir rasgos trágicos en el espacio de una comedia. —
Quizás esta última opción es la que correspondería a ese nuevo
género, literario, dramatúrgico y cinematográfico: el humor negro
—. Sin embargo, resulta inevitable observar que la eficacia de lo
trágico en un ámbito de comedia es casi nula al lado de la fuerza
que tiene un recurso cómico en el seno de un drama trágico. En
el primer caso, lo trágico tiende a volverse paródico, a causa de la
preponderancia avasalladora que el tono de la comedia reviste a
lo largo de la totalidad de una obra. En el segundo, la inclusión de
episodios propios de la comedia en el seno de una tragedia
contribuye, en cambio, a magnificar, por contraste, el efecto
dramático del desarrollo de la trama y de su desenlace.)
Una de las consecuencias artísticas más notables del triunfo
de la novela romántica es la incursión de los novelistas en el
campo del teatro. Este paso no omite ningún peldaño de la
escalera que los separa. Ni Dumas, ni Stendhal, ni Dickens
escriben teatro. Víctor Hugo se atreve a hacerlo, pero en verso, si

108
bien hay que señalar que, con Hernani, su poética causó un
escándalo que sólo la prosa hubiera podido soñar. Así, por vía de
consecuencia, Ibsen y Strindberg, profundamente influenciados
por dicha novelística, escriben teatro en prosa, pero no se ven
tentados a abordar el relato o la novela. En esos albores del
siglo XX, mientras Tchekhov lleva a grandes alturas esta
dramaturgia, brilla con luz intensa e insólita la figura de Oscar
Wilde, virtuoso en todas las disciplinas, gran dramaturgo, tanto en
la comedia como en la tragedia, prosista sin igual, tanto en la
novela como en el relato, poeta, ensayista, crítico y humorista. De
su caso, que es de conocimiento general a causa de sus
desventuras judiciales y de su triste final, cabe destacar, en
proporción con estos hechos, su constante éxito editorial y, sobre
todo, sus contundentes triunfos teatrales. Mientras un Ibsen o un
Tchekhov sufrían la retahíla de obstáculos que un autor enfrenta
cuando se acerca al teatro, o cuando un Strindberg, a la cabeza
de un teatro y de una compañía, tenía que soportar el apremio de
las deudas y las sombras nefastas de la traición y la debacle de
los actores bajo su tutela, la figura de Wilde es insólita por su
irresistible conquista del ambiente teatral y mundano londinense.
Sin embargo, como si se tratase de un pecado que siempre
conlleva su castigo, su destino termina por ser mucho más trágico
que el de sus ilustres contemporáneos aquí evocados.
Acaso con más arrojo que sabiduría, en las primeras décadas
del siglo XX, entre los remolinos mentales que la nueva
novelística genera al distanciarse de la novela romántica, a través
de la crítica generalizada de sus procedimientos narrativos y de la
consiguiente conciencia acrecentada respecto al problema de la
forma, los grandes novelistas de esta nueva época están
destinados a enfrentar la empresa novelística como un reto
artístico y pensante ante lo absoluto. Como un eco repetido
desde las aventuras mentales de Mallarmé, eco a su vez de los
atrevimientos de Gustave Flaubert, tanto Marcel Proust, como
James Joyce, Robert Musil, Hermann Bröch, Heimito von Doderer
y Thomas Mann, cada uno a su manera, concibieron la vocación
de la novela como un compromiso frente a su obligación
totalizadora. Todos estos autores, forjadores de diversas

109
apuestas formales, narrativas y pensantes, se hermanan en
considerar que la superación de la gran novela romántica estriba
en la preponderancia de la conciencia del mundo y del arte, en la
movilidad de los estereotipos narrativos y en la —quizás
romántica— convicción de la grandeza de semejante propósito,
depositada —a causa de Wagner, y a pesar de Nietzsche y de
Kierkegaard— en la figura del artista, a un tiempo prometeico
elegido para asumir un destino trascendental, e irónico
observador de su endeble condición y de la equívoca relevancia
de sus afanes.
Cabe ser subrayado, en semejante entorno de ambición,
voluntad y lucidez, que algunos de estos grandes novelistas
incursionaron de un modo tan lateral como inesperado en el
teatro. Tal fue el caso de Joyce, de Musil y de Mann. Y,
curiosamente, los tres lo hicieron tan sólo una vez: Joyce con
Exiliados, Mann con Fiorenza y Musil con Los exaltados (aunque
es menester mencionar que Musil también escribió una
«comedietta»: Vicente, o el amigo de las personalidades,
indudablemente muy menor al lado de Los exaltados). Llama
pues la atención que estos tres colosos de la novela hayan
sentido, en un momento de su proceso creativo, la necesidad de
recurrir al teatro. Desde luego, nada más ajeno a cada uno de
ellos que la ambición de triunfar en los escenarios, aquélla que
nutrió más de un gran compositor al fracasar en su intento de
alcanzar el éxito a través de la ópera. Manteniendo el símil de la
música, acaso una clave para entender este procedimiento
literario pueda encontrarse en el examen, ya no de las aventuras
teatrales, sino de la obra de la mayoría de los grandes
compositores. Desde Haydn, Mozart y Beethoven, hasta
Stravinski, Schoenberg y Bártok, las obras que dedicaron a
instrumentos solistas o grupos de cámara tienen un gran valor
esclarecedor, porque constituyen el crisol de las ideas y
atrevimientos que luego habrían de trasladar a obras de formato y
dimensiones más ambiciosos. Independientemente de su valor
dramatúrgico, estas tres obras de teatro, al ser consideradas
como matrices de las grandes realizaciones novelísticas de sus
autores, revelan sus primeras raíces e inquisiciones, del mismo

110
modo que estas últimas iluminan y descifran estos esbozos
teatrales de sus personajes protagónicos, así como el sentido de
sus enfrentamientos y de su desenlace dramático.
Por estos motivos —¿cómo podría ser de otro modo?— se
trata de obras de teatro, más destinadas a erigir un andamiaje en
aras a edificar una construcción novelística, que elaboradas con
el fin de ser representadas. La generación siguiente, quizás
consciente de esta dependencia, o —lo cual parece más seguro
—, sometida a una ambición mucho más matizada respecto al
alcance del arte novelístico, se destaca por dos representantes
tan diferentes como ejemplares: Jean Paul Sartre y Samuel
Beckett. Siendo ambos novelistas, su interés y trabajos en el
campo del teatro son, sin embargo, más abundantes y, sobre
todo, destinados al escenario. Trátese de un teatro de ideas o de
un teatro nihilista, en ambos casos resulta evidente que la
preponderancia narrativa de la novela ha menguado y que, por
vía de consecuencia, los textos teatrales de estos autores le
otorgan a su escenificación una relevancia artística y pensante
inseparable de su apuesta por la representación. Aunque sería
ingenuo no considerar la presencia espiritual en el mundo del
teatro de vanguardia de figuras como Artaud, Stanislavski y
Brecht, no deja de ser notable el cambio radical de perspectiva en
materia de teatro y de novela entre estos dos escritores y sus
ilustres predecesores.
Tras estas consideraciones, procede hacer a un lado la novela
para estar en medida de enunciar las preguntas que articulan la
columna vertebral de los extraños vericuetos que revisten las
relaciones entre un texto dramático de esencia literaria y su
representación.
¿Es teatro un texto cuya génesis obedece al proceso de un
narrador frente a la obra por venir, aunque su forma parezca, sin
inconveniente aparente, poder ser llevada a escena gracias a su
forma y su estructura dialogada?
Si un texto de apariencia teatral viene cargado con todos los
elementos de pensamiento y dimensión moral que van a
alimentar la forma dilatada de una narración novelística, ¿puede
su puesta en escena sostener actoral y teatralmente diálogos

111
pensantes en todos los detalles de su abstracción, con la
ambición de ser más eficaz que la lectura de dicho texto, para la
cual el lector tan sólo tendrá que admitir la convención literaria de
una presentación dialogada?
¿Puede equivalerse la facilidad con la que un lector asume la
convención de la escritura dramática con la dificultad que
experimenta un espectador cuando dicho texto es escenificado
por actores que lo dicen?
Ya que dicha equivalencia parece ser inversamente
proporcional, ¿cuál es el secreto de la diferencia insalvable entre
el tiempo privado de la lectura y el tiempo escénico del texto
actuado y pronunciado?
No dejando de considerar que esta diferencia podría ser
borrada por el talento artístico de una puesta en escena y la
calidad de grandes actores, es inevitable preguntar: ¿puede el
teatro ser el lugar adecuado para el despliegue verbal de la
inteligencia o, por el contrario, no se trataría sino del lugar tan
sólo destinado a ser el espacio de un simulacro de inteligencia, y,
por lo tanto, frente a un texto como Fiorenza, el lugar de una
disyuntiva irreconciliable?
Ante estas preguntas, conviene proseguir con estas pesquisas
paso a paso. El autor de un texto de forma dramática, exigente,
pensante, especulativa, más cercano en su ritmo al lento fluir de
una narración novelística, siempre postulará, como consustancial
a su labor, la existencia de un lector a la altura de su esfuerzo, un
lector no sólo capaz de abordar los alcances y las sutilezas más
exigentes de su creación, sino acaso superior a ellas y digno de
juzgarlas, valorando la proporción entre su ambición y sus logros.
Comparado a este creador, cualquier «profesional» de la
dramaturgia procederá de modo exactamente inverso: el
parangón de su convencionalismo será el espectador promedio,
cuyas limitaciones se verán halagadas y hasta ensalzadas por la
puntería con la que dicho autor sabrá dar en el blanco de todas y
cada una de sus costumbres. De igual modo, el director de
escena puede ocupar cualquiera de los dos lugares. O se trata de
un artista, que se atreve a pedirle al teatro lo mismo que el autor
le ha solicitado al espíritu, preocupándose tanto por el texto como

112
por la actuación, la escenografía y la puesta en escena, con tal de
estar a la altura de dicho texto y, por lo tanto, estar en
condiciones de dirigirse al espectador ideal, curioso y receptivo,
sin dejar de hablarles a todos desde esta altura y sin permitirse la
menor concesión hacia su habitual mediocridad, miedo y pereza.
O, por el contrario, hermano gemelo del dramaturgo de índole
comercial, existe el director de escena que, ante un texto
elaborado y exigente, echará mano de los recursos más manidos
de sus mañas para halagar al público, cortando el texto pero
negándose a leerlo, descuidando el desempeño de los actores y
buscando el menor pretexto para introducir en escena la mayor
cantidad posible de efectos sonoros y visuales, con tal de lograr a
toda costa la aprobación dócil del graderío y el premio final de su
aplauso ramplón.
Entonces, si las cosas fueran de otro modo, y lo bueno saliese
de lo bueno como lo malo de lo malo, el gran autor y el gran
director, ambos artistas atrevidos y a carta cabal, lograrían que un
texto que le pide al teatro un gran esfuerzo pudiese llegar a ser
dicho y escuchado conforme a su exigencia. Y a los charlatanes
mediocres que se dicen «dramaturgos» o «directores de escena»
tan sólo les quedaría entenderse entre ellos y con sus seguidores
hasta el fin de los tiempos. Desgraciadamente, las situaciones
mundanas y complejas que presiden este tipo de circunstancias
suelen otorgarle al gran autor un director y una compañía
mediocres, con mayor frecuencia que un texto mediocre a un
gran director, dado el mayor margen de acción de este último
para rechazar lo que ni le va ni le conviene. Imposible, en este
punto, no lamentar al mismo tiempo que compartir la debilidad, el
deseo, el desconocimiento y la desubicación de un autor
ilusionado frente al gremio teatral y sus frívolos vericuetos. Es la
presa más fácil de engaños, dilaciones, mentiras y desdén por un
solo motivo: la quizás culpable ilusión de ver su sueño encarnado.
Y no sólo eso. También la extrañísima experiencia que, para un
escritor, puede constituir la posibilidad de pensar que el público
asistente a una función equivale a una pletórica reunión de
lectores simultáneos. Si el director de escena está a la altura de
la empresa y es un artista de nivel similar, uno de sus obsequios

113
más generosos será el de permitirle a este autor no
desengañarse tan rudamente de sus expectativas Si este último
llega a percibir sin escarnio, no sólo la limitación que encierran
sus ingenuas ilusiones, sino la intervención propiamente
providencial del artista mediador que le cubre las espaldas sin
renunciar a sus propios términos, o sea de ese director de escena
casi ideal, entonces podría darse un milagro por partida doble: la
inteligencia habrá sobrevivido a la prueba del simulacro y el
simulacro habrá sido capaz de encarnarla, sin haber sido víctima
de la tentación de traicionarla.

II

El proyecto y los primeros esbozos de lo que acabaría por


convertirse en Fiorenza, terminada en 1905 y publicada en 1906
(Neue Rundschau, números de julio y agosto), se remontan a
1898, bajo el título provisional de El rey de Florencia. Las obras
de Thomas Mann[1] que ven la luz pública en estos años son Los
Buddenbrook, novela terminada en 1900 y publicada en 1901, así
como la corta novela Tonio Kröger, publicada en 1903. Se
encuentran también en gestación varios relatos y el texto que
habría de convertirse en Alteza real.
Acaso el tema más recurrente y elaborado de la obra de
Thomas Mann es el del artista, considerado como el ser que
asume el exilio de la conciencia y la lucidez frente a la vida
inconsciente de sí misma, así como la voluntad a toda prueba que
trasciende con su esfuerzo la debilidad que ha engendrado esta
separación y el sufrimiento que es su saldo. Tonio Kröger es el
primer texto cuyo personaje central es justamente un joven
escritor enfrentado a las pruebas y consecuencias de este
destino. Esta tematización directa del artista como centro del
relato será retomada y amplificada en novelas como La muerte en
Venecia y, de modo definitivo, en Doctor Faustus. Sin embargo,
en muchos otros trabajos, Thomas Mann explora esta polaridad
entre espíritu y vida, o entre la voluntad que vence al sufrimiento
de la enfermedad o de la fragilidad, y la fuerza rebosante de

114
vitalidad que tan sólo puede agotarse en si misma. De este modo,
Los Buddenbrook trazan el ascenso, grandeza y decadencia de
una familia, cuyo último representante, el pequeño Hanno, es un
niño enfermizo que habrá de sucumbir prematuramente víctima
del tifus y cuyos días transcurren en el encierro de su mansión,
sentado frente al piano, último eslabón desvalido de un linaje de
prósperos comerciantes venidos a menos. En La montaña
mágica, los rasgos que definen a su personaje central, Hans
Castorp, internado en un sanatorio para tuberculosos en los
Alpes, son los mismos que caracterizan al artista: natural
enfermizo, extremada sensibilidad, preferencia por la
observación, enamoramiento imposible de la bella Claudia
Chauchat, realizado fugazmente entre dos capítulos, testigo
lúcido de la también imposible conciliación entre el idealismo de
Settembrini y el fatalismo religioso de Naphta, resuelto finalmente
a desaparecer al enrolarse en el ejército ante el inicio de la
primera Guerra Mundial, a falta de haberle encontrado sentido a
la vida. Si bien Los Buddenbrook es la crónica de una decadencia
y La montaña mágica lo es de las vicisitudes de la enfermedad,
en ambas novelas el retrato de las características del artista
aparece como en negativo, a causa de la ausencia de lo que la
vocación artística y el esfuerzo de la voluntad por realizarla
imprime en positivo cuando personajes, igual de frágiles que
Hanno, o sensibles y lúcidos como Hans Castorp, se convierten
en Tonio Kröger, Alex Martini o Adrián Leverkühn, cuya vocación
y destino sólo habrán logrado cobrar sentido gracias a su entrega
al arte.
En este contexto, Fiorenza reúne a un tiempo la reflexión
sobre la tensión entre el poder y la debilidad convertida en
voluntad, frente a la belleza de la vida y las dádivas del espíritu,
así como la tematización irónica del mundo del arte y los artistas,
mostrados en su dependencia respecto al poder. Sin embargo,
esta obra, que se desarrolla durante el último día de vida de
Lorenzo de Médici, se dirige hacia su culminación en el
enfrentamiento entre el amo moribundo de la ciudad y el
enfermizo predicador recién llegado, Jerónimo Savonarola, pero
ya convertido en el amo de las almas que acuden en masa a

115
escuchar sus electrizantes sermones. Entre ambos, el único
personaje femenino de la obra es Fiore, a un tiempo encarnación
alegórica de la ciudad de Florencia, cuya dominación se disputan
Lorenzo y Savonarola, y mujer, cuya belleza despreciativa
desencadenó en el adolescente Jerónimo su entrega a la religión,
así como, en su amante Lorenzo, el dispendio de sus fuerzas
declinantes. Ella es quien provoca y dispone el encuentro entre
ambos, con el pretexto de que el prior fray Jerónimo es el único
religioso que está a la altura de escuchar la confesión del
agonizante Lorenzo, quien sólo hallará consuelo en la absolución
otorgada por un hombre de su mismo talante. Tras unas cuantas
escaramuzas verbales, Lorenzo le dice al prior: «Usted también
es artista», a lo cual éste replica: «¡Un artista y un santo!». Le
refiere su deseo primero de lograr destruir la grandeza del poder
político: «¡Si yo pudiera romper esas grandes alas!». El diálogo
se va configurando en torno a los extremos de la debilidad y de la
fuerza indomable de la voluntad. Sin embargo, Lorenzo no puede
dejar de decir: «En una época como la nuestra —refinada,
escéptica y tolerante, curiosa, voluble, compleja y sin prejuicios—
la limitación ya es genio. […] Si ha podido hacerse grande en
Florencia, sólo se debe a que Florencia es lo bastante libre y
pletórica en materia de arte como para convertirlo en su amo».
Como era de esperarse, la escena se encamina hacia su
culminación en la identificación de ambos personajes. Luego de
preguntarle Lorenzo al prior si lo domina la ambición, éste
concede: «¿Cómo no tenerla después de haber sufrido tanto?», a
lo que Lorenzo añade: «Los amos somos así a fuerza de sufrir»,
para que, por fin, Jerónimo confiese: «Nos veneran…». Sin
embargo, la proximidad de su propia muerte torna aun más
angustiosa para Lorenzo la radical separación entre su
veneración por la belleza y la vía libre que habrá de quedarle a la
aniquilación que persigue el afán de poder de Savonarola en
contra del vuelo magnífico de Florencia: «¡Romper esas grandes
alas!».
Si bien la médula de Fiorenza se sitúa en la reflexión acerca
de la esencia invariable de la voluntad de dominación respecto a
sus contrastes en el ejercicio del poder, su ámbito florentino y

116
renacentista permite que el arte y todas sus manifestaciones
ocupen un lugar central a lo largo de toda la obra, tanto para
pintar con ironía la frivolidad cortesana de los artistas o, por el
contrario, la crisis moral de los más brillantes ante la censura
religiosa, cuanto para escogerlos como el terreno privilegiado
ante el cual los poderosos tan sólo pueden otorgar los parabienes
de su veneración o infligir las condenas de su repudio.
«[…] Fiorenza es un sueño de grandeza y de poderío
psíquico. “Se trata de almas, se trata del reino” —eso es todo. Es
la pintura de una lucha heroica entre los sentidos y el espíritu— y
esta pintura es totalmente imparcial. El hecho de que Fiore
desprecie el infantilismo de los artistas no equivale a una
tendencia. El libro tendría una tendencia si yo hubiera mirado con
desprecio a Lorenzo. Lo traté como a un héroe. Me esmeré en
aplicar una equidad casi excesiva. El prior, a ratos, queda en
desventaja, y no es para menos. Y dime si ¿acaso no has sentido
que le he dado a Lorenzo por lo menos tanto de mí mismo como
al prior, y que es una figura por lo menos igual de subjetiva y
lírica?». (Carta a Kurt Martens[2], Múnich, 28/III/1906).

III

Es tiempo de volver al teatro y de abordar las aventuras de


Fiorenza a la hora de salir del mundo literario y de atreverse a
subir a los escenarios. Gracias al acercamiento, arbitrario pero
esclarecedor, de su estreno en Berlín, en 1913, y de su estreno
en México, 80 años después, en 1993, respecto a las dificultades,
contrastes y similitudes de ambos montajes, no sólo los
testimonios disponibles proveen materia suficiente para destacar,
al compararlos, la persistencia de los mismos problemas y de las
mismas interrogantes, sino que el tiempo transcurrido entre
ambas puestas en escena brinda una serie de perspectivas que
radicalizan aun más los motivos y las consecuencias de dicha
persistencia.
Entre la publicación del texto de Fiorenza en 1905 y su puesta
en escena en Berlín, en 1913, han pasado casi ocho años y

117
Thomas Mann ya ha publicado un libro de cuentos, El pequeño
señor Friedemann y otros relatos (1909) y dos novelas, Alteza
real (1909) y La muerte en Venecia (1913). Sin embargo, la
elogiosa acogida del público, crítica y amigos del texto de
Fiorenza le brinda al autor la alegría de verse recompensado tras
los arduos trabajos que le hizo pasar la elaboración de esta obra:
«Quiero agradecerte encarecidamente tus amables y más que
amables palabras acerca de Fiorenza […] tras todos los
esfuerzos que le dediqué. Pues sí, esta obrilla ha merecido, a
pesar de todo, los honores que se le deben (los de la gente de
teatro no figuran)… […] Por cierto, ¿sabías que la casa Gerson
de Berlín ha tenido a bien bautizar uno de sus vestidos más
elegantes, con un costo de 75 marcos, como “modelo
Fiorenza”?» […] (Carta a Kurt Martens, Múnich, 25/X/1905).
Es muy probable que, al margen de su trabajo literario
cotidiano, tanto por la inevitable ilusión de ver su obra teatral
representada, como por los comentarios, sugerencias y hasta
diligencias de sus amigos y ciertas personalidades del gremio
teatral, la espera de que se presentara la circunstancia propicia
para escenificar al fin Fiorenza debió parecerle a Thomas Mann
injusta respecto a su ya notoria relevancia literaria en el mundo
cultural germánico, pero también acaso señal de que esta
empresa no necesariamente habría de tener a su favor los
mejores augurios. «[…] Juró (Maximilian Harden[3]) que recurriría
a sus influencias con Reinhardt[4], para que Fiorenza sea al fin
llevada a escena…». (Carta a Heinrich Mann[5], Múnich,
17/XI/1912). Todo parece indicar que dicho compromiso logró sus
propósitos, puesto que apenas un mes más tarde, Thomas Mann
le escribe al mismo Harden: «Se ha decidido que el estreno de
Fiorenza sea el 3 de enero […]». (Múnich, 29/ XII/1912).
Ya antes del estreno, Thomas Mann el escritor, autor de un
texto cuya publicación mereció el elogio de sus lectores, se ve
sometido a las vejaciones intelectuales y estéticas que la puesta
en marcha del montaje y la inercia de los atavismos de la práctica
profesional del teatro le tenían reservadas. «[…] Hace unos días,
fui a un ensayo a Berlín. No veremos nada bello. Winterstein, el

118
director de escena, por mucho que la obra le provoque simpatía e
interés, no está intelectualmente a su altura. Los cortes, en sí
necesarios, pero prodigados a gran escala, han sido en su
mayoría producto de una lectura superficial, de tal modo que
terminan por destruir el sentido de la obra. Lo que se ha
conservado suele, en general, no ser esencial y así, por ejemplo,
el diálogo entre Lorenzo y Savonarola resultará débil y
decepcionante. He tratado de salvar ciertas cosas, pero no creo
haber sido escuchado. De todas maneras, casi no quedaba nada
que pudiera ser mejorado; el espíritu de la representación me ha
parecido falso, lento, encerrado en un realismo aburrido, sin
intelectualidad. El culto del gesto reina donde debería hacerlo el
de la palabra. Se ha separado la obra de su esfera y se ha
tratado de hacer con diálogos platónicos una obra de teatro, lo
cual no podía llegar a nada». (Ibid).
Tras el estreno y con la perspectiva de una muy breve
temporada, reducida a una cuantas funciones (entre el 3 y el 16
de enero de 1913), Thomas Mann ha debido resignarse a las
limitaciones del montaje para esperar los efectos producidos por
esta versión de su drama en el público. «[…] Estuve en Berlín por
motivos teatrales: mi pobre Fiorenza fue puesta en escena, esta
hija de mi desvelo que no decide si vivir o morir. Sea como fuera,
la representación (en los Kammerspiele) fue mediocre (todo
mundo opina lo mismo) y si la obra logró conservar a pesar de
todo un porte aceptable, si el público pudo mantenerse atento
durante tres horas y media, creo poderme otorgar el crédito de
estos méritos. Reinhardt, quien se desentendió del asunto,
decidió prudentemente irse de viaje a la Alta Tara […]» (Carta a
Hugo von Hofmannsthal[6], Múnich, 9/I/1913). Y, también, a los
pocos días: «Llegará usted a tiempo mañana para poder asistir a
la última función de Fiorenza. ¡No nutra demasiadas expectativas!
La puesta en escena es radicalmente errónea, lenta, de un
realismo aburrido y la torpeza de los cortes desnaturaliza el texto
a más no poder. El acento lírico ha desaparecido por completo y
tan sólo quedan uno que otro destello cultural y otro poco de
teatro […]». (Carta a Julius Bab[7], Múnich, 15/I/1913).

119
Sin embargo, ante estas amargas observaciones, resulta tan
sorprendente como ejemplar la sencilla autenticidad con la que
Thomas Mann dirige las siguientes lineas a Hugo von
Hofmannsthal, destacado hombre de letras, pero muy conocedor
del teatro a causa de sus frecuentes trabajos dramatúrgicos:
«Pero, a pesar de todas las decepciones, de las agitaciones
estériles, de las ofensas que el teatro le reserva a seres como yo,
esta aventura ha sido para el novelista una experiencia del todo
insólita, por no decir embriagante, al haber tenido la posibilidad
de ver sus sueños materializados moverse en carne y hueso ante
él —realmente una impresión de fiesta, a pesar de todas las
carencias […]». (Múnich, 9/I/1913).
Tras estas citas del propio Thomas Mann y considerando
también su decepción casi general ante el desempeño actoral de
los miembros de la compañía, cabe resumir el meollo de sus
observaciones. En cuanto al texto, si bien reconoce que para
fines de representación, las dilatadas dimensiones de los
parlamentos de su obra requieren ser abreviadas, lo inaceptable
es despacharse con la cuchara grande a la hora de meter tijera
en el cuerpo del texto, careciendo del criterio intelectual que
requiere una lectura seria y, por lo tanto, cortando a tontas y a
locas por motivos que el mismo Thomas Mann se limita a
adjudicarle al director de escena, sin considerar la parte que en
ello suelen también tomar muy pronto los actores, ya sea por
incapacidad profesional, ya sea por un afán protagónico
convertido en reflejo. Por este motivo, las críticas de Thomas
Mann en cuanto al estilo, al ritmo, al diseño de vestuario y
decorados, tan sólo vienen a declarar las inevita bles
consecuencias de una mediocridad de origen. A pesar de haber
aligerado más de la cuenta las dimensiones del texto, el ritmo
resulta lento y tedioso. La puesta en escena se conforma con lo
convencional, optando por una «estética del parecido», que
termina por tan sólo ser de un realismo aburrido y ramplón,
siendo el propio Mann quien declara que hubiera preferido, en
todo caso, más imaginación y más creatividad, cualidades que se
hermanan mejor con el espíritu de la obra y de la época que
evoca.

120
IV

Sin que Juan José Gurrola[8] tuviera conocimiento de todos estos


avatares y comentarios respecto a la puesta en escena del
estreno alemán de Fiorenza y respondiendo a una lectura política,
erótica y estética de esta obra, su apuesta estilística y
escenográfica fue, justamente, a favor de la actualización del
equivalente imaginario y paródico de los excesos del apogeo
renacentista de la Florencia de Lorenzo el Magnífico. Para quien
no tiene la capacidad de ver o imaginar la novedad y el arrojo de
dichos excesos en su momento, evocarlos con base en imágenes
y documentos de la época consiste en caer fatalmente en la
trampa de la «estética del parecido», inevitablemente condenado
a ese «realismo aburrido», producto de una lectura historicista y
superficial que sólo logra discernir el producto consagrado y
estereotipado de una época del pasado, en vez de ver y de leer el
espíritu de esa misma época, en cuyo momento todo lo que se
producía era innovador, atrevido, exagerado y, a menudo, de una
frivolidad dominada por los caprichos de la moda. No es otro el
mundo de Fiorenza, puesto que su tensión dramática consiste
justamente en oponerlo a la reacción moral ante su desenfado,
encarnada por la prédica de Savonarola. No hay equívoco posible
al respecto si se siguen con cuidado los minuciosos
procedimientos de Thomas Mann, a través de la dimensión
polifónica de las voces de sus diversos personajes, hasta que
llega a enunciar, por boca de Pico de la Mirandola, con claridad
palmaria: «Desde que la belleza ha bajado a la calle, el precio de
la virtud empieza a subir (…) La moral es nuevamente posible…»,
aunque dicho personaje, prototipo del florentino noble, tan sólo
pueda considerar el alza del valor de la moral como una
conquista más del refinamiento paradójico y de la volubilidad
tolerante que caracterizan a Florencia, misma que, con igual
celeridad, no podrá más que desvanecerse cuando su insaciable
apetito de innovación pida algo diferente. El diagnóstico es
certero, pero no alcanza a medir la verdad de lo que dice, porque

121
no concibe que el poder que protege el culto a la belleza
comparta la misma esencia que el que busca abolirlo. De
cualquier manera, ambos extremos ya han quedado definidos,
encaminando la obra hacia la paulatina revelación de las
diferencias inconciliables que los separan y de la hermandad que
los une. En oposición al afán aparentemente reformador de
Savonarola, nutrido por un enfermizo deseo de venganza a través
de la destrucción de la belleza, Lorenzo se despide de sus dos
hijos, revelándoles, sin muchas esperanzas de lograr ser
escuchado, que «la belleza está por encima de la ley y la virtud».
Una vez solo, no puede dejar de observar que «el deseo es una
fuerza que agiganta, pero la posesión castra».
Consciente de este balance fundamental, la propuesta de J. J.
Gurrola consistió en actualizar imaginativamente el ambiente
pletórico y decadente de Florencia, gracias a la yuxtaposición
atrevida de estereotipos que no colindan en la realidad, pero que
el espacio del teatro puede hacer convivir. Así, la elegancia y el
rebuscamiento de los atuendos de época, cuyo atrevimiento ya
no sabemos percibir, fueron actualizados en escena mediante un
vestuario caracterizado por un diseño de alta costura al último
grito de la moda más vanguardista de los noventa a cargo de D.
Pritamo; la ubicación escenográfica del primer acto en un baño de
vapor, iluminado por neones, centro de reunión de los adeptos a
la academia platónica y teniendo por fondo el rostro de Platón
cuadriculado digitalmente; el espacio geométrico y abstracto del
segundo cuadro, en medio del cual habrá de aparecer una Fiore
calcada de la Venus de Boticcelli y donde riñen los artistas,
armados con espadas de plástico extensibles y retráctiles;
finalmente, el aposento de Lorenzo, en cuyo fondo reina en alto la
reelaboración del lienzo de Uccello, a cargo de A. Coen, cuyo
original efectivamente colgaba de una de la paredes de los
privados de Lorenzo y bajo el cual, en un amplio sofá recubierto
con un peluche de diseño atigrado, reposa, se agita, agoniza y
muere Lorenzo, envuelto en un manto confeccionado con el
mismo peluche, fundiéndose y perdiéndose su volumen corporal
en el hueco del mueble que lo contiene, permitiendo tan sólo a
ratos que su sola expresión facial y sus manos desnudas cobren

122
forma humana gracias al perfil fugaz que dibuja de repente uno
de sus brazos en movimiento, enfrentado a la silueta adusta,
siempre de pie, del hábito monacal pardo, que oculta también el
cuerpo de fray Jerónimo, dejando ver tan sólo las sombras de su
perfil tapado por la capucha, hasta que muestra las facciones de
su rostro al descubrirse la cabeza. A grandes rasgos, tan
parcialmente descritos como torpemente referidos, hago votos
para que estas evocaciones, que pretenden dar una idea de los
ámbitos escénicos y visuales que fueron concebidos para cada
uno de los tres actos de la obra, logren que el lector de la
presente traducción imagine la radicalidad teatral que inspiró este
texto.
Lo demás, todo lo demás, quedó en manos de los actores y
de las indicaciones espaciales, estilísticas y dramáticas del
director de escena, responsable de actualizar y volver
comunicable la textualidad de Fiorenza en función de la
escenificación, diseñada para que la percepción del espectador
se viese forzada a escuchar para entender, puesto que sólo la
significación profunda del texto permitía descifrar la sintaxis de
estos elementos escénicos, aparentemente inconexos y
desaforados, radicalmente opuestos a las convenciones del
«parecido» y a las comodidades del histrionismo superficial.
Para prueba, varios botones. A pocos dias del estreno de
Fiorenza en México, el 29 de julio de 1993, no faltaron notas de
prensa y entrevistas. Una vez más, J. J. Gurrola trató de articular
sus ideas dominantes y, en esta ocasión, su acercamiento a la
obra de Thomas Mann. «¿Qué hacemos con el teatro? El teatro
es el basurero de los recuerdos y ahí vuelven a nacer, se reciclan
[…] Ese reciclaje es el que nos hace vivir, nos renueva […] Todo
se da a través de recursos que se anulan a sí mismos. Tiene que
salir algo que no tiene relación con nada, pero subrayando las
posibilidades reales del texto ¿Puede un Estado gastarse todo el
dinero por la belleza, por el arte, aun rebasando las cosas
sociales? Todo mundo deseamos el placer, ¿no?, ahora y acá.
Pero la época del deseo ya languideció, o ¿qué hubiera pasado si
sigue el poder de Lorenzo de Médici y no llega Savonarola —del
cual nacemos todos en Occidente— a poner una piedra en el

123
camino? Marca una época, se acaba el Renacimiento y entramos
a la negrura que seguimos viviendo…». (La Jornada,
29/VII/1993). Hablando de un modo más ceñido de la obra de
Mann y de la responsabilidad del teatro, también declaró: «Se
trata de rescatar otra creación para el teatro mexicano y plasmar
la elegancia dramática y literaria de Thomas Mann […] Ahora,
indudablemente, Mann no cae en la tentación de hacer teatro, de
hacer suspenso. Como Musil y Racine, son otros los
procedimientos de recorrer una historia: mediante el equilibrio del
verbo, de la mente y de una situación dada, en este caso el poder
como indudable motor o límite de una sociedad […] Sí, no hay
mayor erotismo que la frigidez, no hay mayor erotismo que el
desnudo del cielo, no hay mayor erotismo que el no tener ojos
para ver la belleza. Este trastocar un hecho en su contrario para
que surja una tercera situación sólo puede suceder en el teatro, y
el actor prefigura lo invisible y la esencia de los espectadores que
ven sus actos […] Claro que el público mexicano es ciego y
astracanado, de mal gusto y totalmente flojo. No estoy hablando
para ellos, me refiero a aquél que busca un enfrentamiento con el
actor y sostiene una crítica continua consigo mismo». (Tiempo
libre, 29/VII/1993).
Si no se pensara siempre, al intentar alcanzar en cada
montaje el nivel de un teatro legítimo, en ese espectador que
«busca un enfrentamiento con el actor y sostiene una crítica
continua consigo mismo», sería absurdo tratar de encontrar
cualquier otra razón para justificar la elaboración de un simulacro
escénico. Tras haber encarnado en la mirada implacable del
director de escena durante los ensayos, el actor, el director y, en
su caso, el mismo autor, sólo pueden dirigir su esfuerzo y su
atención hacia la posibilidad de que ese espectador se encuentre
presente entre el público que acude a las funciones en
temporada. En esto reside la única razón de mantener en alto el
nivel artístico de una aventura teatral, aunque rara vez acuda ese
espectador ideal. Pero siempre está presente, a pesar de que su
butaca pueda estar ocupada por cualquier despistado.
Sin embargo, existe un nivel intermedio entre ese «público
astracanado» y nuestro espectador ideal, representado por los

124
diversos e imprevisibles alcances de la llamada «crítica
especializada». Son altamente ilustrativos los nudos conceptuales
y estéticos en las entregas de los críticos que presenciaron y
tuvieron que calibrar a un tiempo un dispositivo teatral como la
puesta en escena de Fiorenza bajo la dirección de J. J. Gurrola y
la naturaleza del texto de Thomas Mann. Si recordamos la
reprobación que el mismo autor declaraba ante el «realismo
aburrido» de la puesta en escena de su obra, resulta de una
comicidad casi metafísica el siguiente apunte de la crítica Olga
Harmony: «[…] Existen incomprensibles fallas en el diseño
escénico. La topografía del jardín de la Villa Medicea es confusa;
no llega a entenderse si se accede por la derecha o por la
izquierda a los aposentos del agonizante…». (La Jornada,
5/VIII/1993). Desgraciadamente, en cambio, ese mérito
sobresaliente que se adjudica Tomas Mann al haber logrado,
gracias a la calidad de su texto, que el público hubiera podido
«estar atento durante tres horas y media», a pesar y a causa de
la mediocridad convencional del montaje, se esfuma, como por
arte de magia, al invertirse los polos, si el mismo texto se
despliega en un ámbito escénico atípico. «Con Fiorenza, Gurrola
se pone serio, pero poco riguroso; deja que este teatro de la
palabra se vuelva una pesadilla para el espectador.[…] Pero, para
cuando llega la última escena, una parte del público ya se salió,
otra ronca plácidamente dado el lento ritmo del montaje y las dos
horas y fracción que ya transcurrieron, una porción más estará
pensando dónde ir a cenar, alguna más busca la manera de
disculparse con sus amigos para huir de la sala y alguna restante,
la más resistente y teatrera de hueso colorado, aguzará vista y
oídos para no perderse el Gran Final, que sí lo es» (Tania Ruiz,
Uno+Uno, 5/VIII/1993). Es prudente marcar una pausa antes de
decidir por qué costado y con qué pinzas tomar semejante
sucesión de golpes bajos al texto —puesto que no lo aborda, ya
que, en lugar de presenciar la obra, la crítica tan sólo parece
haberse dedicado a escudriñar el graderío— para llegar, al cabo
de la enumeración de las diversas reacciones que genera el
aburrimiento, a la declaración de que el «Gran Final» que
promete la trama sí es, efectivamente, un Gran Final. ¿Estamos

125
frente a un caso descarado de corrección política in extremis, o el
contacto intolerable con la asociación de un gran texto y de un
dispositivo escénico que se pone a su servicio produce una
suerte de rechazo alérgico ante su contundencia, sin que su
virulencia pueda dejar de reconocer finalmente su grandeza?…
No es fácil decidirse, pero el asombro ante la segunda opción
resulta, sin duda, mucho más interesante, por situarse casi al
nivel de la evidencia de un caso clínico. En el mismo tenor, pero
orientando su vulnerabilidad en sentido opuesto, el crítico Bruno
Bert no duda en declarar que «se trata de un texto rico e
interesante […] cuya teatralidad es más ritmo para la lectura que
acciones para la puesta […] La tentación de implementar una
“estética del mal gusto”, una “estética del shock” (la atracción de
Juan José Gurrola por el kitsch y ciertas peculiaridades
modernistas es de muy vieja data) en medio de la ampulosidad
de un discurso seudorrenacentista debe haber sido demasiado
fuerte como para que, como provocador profesional, pensara en
resistirla. La confluencia de todo esto es un plato para estómagos
fuertes, porque de lo contrario el sopor alterna con la estridencia
mientras va fluyendo el texto de Mann. Por supuesto que en todo
caso está la intención irónica y desacralizante del director […]
Pero, la verdad, es que el aburrimiento reina […]». (Tiempo libre,
2/IX/1993)… Otro ejemplo de balanceo oportunista… ¿Cómo
pueden coexistir, a pocas líneas de distancia, el reconocimiento
de que se trata de «un texto rico e interesante» y el brusco
cambio de registro que condena «la ampulosidad de un discurso
pseudorrenacentista»? Y, de nuevo, se yergue la sombra del
sopor y del aburrimiento que amenaza a quienes no cuentan con
«estómagos fuertes», pero sin que podamos ya saber si se trata
de digerir el texto o su escenificación. En todo caso, los elogios
del principio parecen haberse disuelto al final, seguramente por
culpa de esa «estética del mal gusto». Entonces, ¿una propuesta
«realista» hubiera sido un vehículo más adecuado para el
despliegue del texto?… De este modo, se cierra el círculo y nos
volvemos a encontrar, de manera un tanto inesperada, en el
punto de partida que suscitan las críticas de Thomas Mann,

126
encerrados entre términos contradictorios que, además, al
combinarse, se invierten.

Por lo menos, los testimonios de la crítica, considerados como


síntomas que requieren un diagnóstico, han confirmado la lógica
de estos términos contradictorios que resultan de la puesta en
escena de un texto «pensante», de un teatro predominantemente
verbal. En este punto, puede resultar de gran provecho traer a
colación la efectividad escénica de las obras teatrales de Samuel
Beckett, que logran llevar a cabo la imposición transparente de
una textualidad dilatada y exigente gracias a la extremada
rarificación del ámbito escenográfico y psicológico, de la
representación y del conflicto, para tan sólo centrarse en los
límites más exiguos de la palabra articulada. Nadie pensaría, tras
cualquier representación de Esperando a Godot, que la puesta en
escena podría obstruir la eficacia del texto, o que a la cualidad
estrictamente verbal del mismo le convendría más tal o cual
opción estilística para escenificarlo.
Todo estaría, entonces, casi exclusivamente en manos de los
actores, llegando a rozar muy de cerca el ámbito privado de la
lectura. Ante esto, resulta muy plausible pensar que si un teatro
de ideas y de palabra es tildado de «intelectualista», «platónico»
y «espiritualmente abstracto» como lo es el de Thomas Mann, la
causa de estos vilipendios bien puede residir en las concesiones
que el autor, al fin novelista, le otorga a la precisión histórica,
localista, aparentemente «realista», con la que disfraza y colorea
la confluencia de la esfera espiritual con los destinos humanos.
Acaso aquí se encuentra la razón por la cual el público se resiste
a compaginar mentalmente la coexistencia de la ficción y del
espíritu, convirtiendo cualquier forma de encarnación en algo
criticable respecto al texto, de igual modo en que la espiritualidad
o el pensamiento que encierran los diálogos lo son respecto a las
apariciones que derrocha el teatro. ¿No será entonces que lo que
le resulta insoportable al público aparece cuando se hace

127
evidente la falsedad de la representación que sostiene en escena
el despliegue de una trama intelectual, del mismo modo que la
«intelectualidad» de los diálogos que sostienen personajes
caracterizados por cualquier tipo de convención más o menos
identificable, se revela a su vez como algo igualmente artificioso e
insoportable respecto a la supuesta verosimilitud del
revestimiento escénico?
Si hay algo de verdad en estas dos exclusiones paralelas, es
menester considerar los estragos mentales que pueden causar si,
además, se presentan simultáneamente y de manera alternativa.
No de otro modo se podrían abarcar con un solo gesto las
innegables contradicciones detectadas en un mismo texto crítico
y las aporías en las que desembocan las valoraciones finalmente
simétricas de opiniones aparentemente contrarias.
Afortunadamente, de vez en cuando, surge ese «espectador
ideal», disimulado en el anonimato de la audiencia, cuando se
hace presente de manera inesperada a través de la manifestación
escrita de su experiencia. Aunque parezca casi milagroso,
pensando en las críticas antes citadas, todavía existían, en 1993,
unos pocos críticos que ocupaban este lugar y que sabían
consignarlo por escrito: «Predominan las intenciones matizadas.
Hay que forzarse a discernir —y así apreciar— cuanto Gurrola
quiso así como supo hacer; con fruición que vuelve adulto al
espectador capaz de dejarse guiar como ser pensante». (José
Antonio Alcaraz, El Universal, 1/IX/1993). Y, de un modo un tanto
más lírico, Azul Estrella escribe: «El teatro perfectamente
dominado por el juego de apariencias se convierte en una
confrontación de ópticas del mundo para erigir la dimensión del
voyeur. La ironía ha vuelto a funcionar porque está
sobreentendida, es una forma de pudor, de disfrazar la
desesperación y la iluminación. Sea dicho». (Macrópolis,
19/VIII/1993).
Además de lo razonado hasta aquí, estos dos testimonios bien
pueden adoptar el papel de pruebas a contrario, en virtud de que
su sola existencia anula los términos en apariencia irreductibles
de aquéllos que padecen el encierro de sus limitaciones.

128
Todo esto podría conducirnos fácilmente a echar en saco roto
tanta evocación y tanta argumentación con tan sólo acudir a
cierta sabiduría escéptica, cuando no nihilista, que declara de
muchas maneras que cuanto más alto y exigente sea el reto,
menos serán los elegidos. Al margen de la evidencia irrefutable
que encierra esta afirmación, cuando se la aplica al teatro se
produce de inmediato una contradicción entre la tentación
artística del lado del escenario y la naturaleza inevitablemente
gregaria del espectáculo. El caso Fiorenza es elocuente al
respecto, tanto que, gracias al espacio que le abre al
pensamiento el arco de los ochenta años que separa dos
estrenos de la misma obra, recorrerlo ha sacado a la luz de modo
ejemplar tanto la insistencia como la pertinencia de unas pocas
preguntas y, quizás también, ciertos atisbos de respuesta.
Si el teatro sabe que siempre puede ser presa fácil de las
mieles que ofrecen por sí mismos los recursos efectistas de la
representación, esta misma conciencia puede disponerlo a estar
listo para evitar este atavismo y ofrecerle a la inteligencia el arte
del actor capaz de asumirla. Lo cual no necesariamente será
transmitido a la audiencia, mucho más dependiente de esos
atractivos que los mismos actores. Ante esto, este esfuerzo un
tanto prometeico, conjugando las fuerzas que leen, interpretan,
diseñan y actúan, no podrá más que optar por redoblar el
despliegue de su arrojo y de su vigor. Dependiendo de tantas
variables como tiene la vida, semejante actitud puede
desembocar tanto en una inédita fascinación, compartida y
diseminada, como en un rechazo aun más radical por parte de la
audiencia. Pero, siendo éste el camino que debe trazarse
cualquier artista auténtico, sin importar la naturaleza de su
especialidad, en el caso atípico del teatro, siempre estará vigente
y operante un principio de indeterminación que oscila entre el
escenario, considerado como el lugar sagrado de las
revelaciones, y ese mismo escenario, considerado como el
espacio de un fraudulento simulacro de inteligencia. Acaso ha
sido tan preponderante esta última posibilidad, que se requiere de
un esfuerzo considerable para convertir el escenario en el lugar
en el que se puedan desplegar las virtualidades de la inteligencia,

129
gracias a la ambigüedad y la liviandad que les otorga la
inquietante falsedad del simulacro. Sólo en manos de los
verdaderos artistas puede quedar encomendada la
responsabilidad siempre nueva de lograr que un teatro de la
palabra logre estar a la altura de sí mismo.
La misión más difícil, iniciática, que puede plantearse este
teatro es la de introducir al espectador en los misterios del
simulacro, revelándole que no es necesario creer en las
convenciones y los trucos de la representación que sostienen los
efectos de su magia. La aceptación de su falsedad es el camino
iniciático hacia la esencia del arte actoraly de la espiritualidad de
la palabra. El primitivo, el mundano y el recién llegado necesitan
creer que la falsedad es verdadera. En cambio, el iniciado disfruta
de la falsedad escénica, porque es el velo de la verdad
irrepresentable, a la que sólo puede aludir el vuelo de la palabra
que le ha sido consagrada…

México DF, 26/VIII/2008

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THOMAS MANN (Lübeck, 1875) es uno de los más importantes
novelistas y ensayistas alemanes de la historia. En 1929 recibió el
Premio Nobel de literatura. Entre sus principales obras se
destacan Los Buddenbrook, La muerte en Venecia, Doctor
Faustus y La montaña mágica. Abandonó Alemania en 1933 ante
el advenimiento del nazismo. Vivió en Francia y Suiza hasta
1938, cuando se traslada a Estados Unidos, donde viviría en
Nueva Jersey y California. En 1952 se muda a Zúrich, sitio en el
que escribió la tetralogía de José y sus hermanos y otras obras.
Murió ahí en 1955.

138
Notas

139
[1] Thomas Mann (1875-1955) Nacido en Lübeck y muerto en
Zurich. Novelista y ensayista alemán de primera línea durante
toda la primera mitad del siglo XX. Recibe el premio Nobel de
literatura en 1929. Para ese entonces, ya ha publicado buena
parte de su obra novelística (Los Buddenbrook, Tonio Kröger,
Alteza real, La muerte en Venecia y La montaña mágica). Ante el
advenimiento del nazismo, abandona Alemania en 1933. Se
refugia en Francia y Suiza hasta 1938. Viaja a Estados Unidos,
en donde primero se establece en New Jersey y luego, de 1940 a
1952, en California. Regresa a Europa en 1952, para vivir sus
últimos años en Zurich. En estos años publica la tetralogía de
José y sus hermanos, Doctor Faustus y Las confesiones del
caballero de industria Felix Krull, además de varios volúmenes
que recogen ensayos y conferencias. <<

140
[2]Kurt Martens (1870-1945). Escritor. Durante unos cinco años,
fue el amigo más cercano de Thomas Mann, en sus años de
residencia en Múnich. <<

141
[3] Maximilian Harden (1861-1927). Actor y, luego, famoso
comunicador, tan influyente como criticado. En su revista,
Zukunft, abordaba tanto tópicos políticos como literarios,
teatrales, económicos o financieros. <<

142
[4]Max Reinhardt (1873-1943). Actor, distinguido director de
escena y empresario. Animador del Deutsches Theater de Berlín
y de las Kammerspiele que dependían de él. Fundador, junto con
Hugo von Hofmannsthal, del Festival de Salzburgo (1920). <<

143
[5]Heinrich Mann (1871-1950). Hermano de Thomas Mann.
Destacado novelista, autor de una obra dilatada. Jefe espiritual,
durante la primera guerra mundial, de la izquierda pacifista
alemana. En 1933, emigra a Francia y, en 1940, a los Estados
Unidos, en donde vivió cerca de su hermano. Sobresalen sus
novelas: El profesor Unrat, La pequeña ciudad, El sujeto y sobre
todo La juventud del rey Enrique IV y La madurez del rey
Enrique IV. Su última publicación relevante fue, en 1940, Examen
de una época. <<

144
[6]Hugo von Hofmannstahl (1874-1929). Gran escritor, poeta,
dramaturgo, ensayista y libretista de las óperas de Richard
Strauss. <<

145
[7] Julius Bab (1880-1955). Escritor, dramaturgo y crítico. <<

146
[8]Juan José Gurrola (1935-2007). Nacido y fallecido en México
DF. Entre sus múltiples actividades artísticas, se destacó como
actor, director de escena, escenógrafo y arquitecto teatral, así
como dibujante y pintor. También se dedicó a la fotografía, el cine,
la traducción, la dramaturgia y el periodismo. Su trayectoria en el
teatro abarca cincuenta años de actividad, en los cuales llevó al
escenario más de setenta espectáculos, distinguiéndose por una
siempre sorprendente invención artística en el escenario y un
gran sentido de la dirección y de la interpretación actoral. Su labor
marca un hito en el quehacer del teatro mexicano durante la
segunda mitad del siglo XX, distinguiéndose además por aportarle
el descubrimiento de autores ajenos al repertorio habitual, entre
los cuales se destacan Dylan Thomas, e. e. cummings, Reyes,
Ford, Musil, Monthérlant, Mann, Klossowski y Bernhard. Su última
gran puesta en escena fue Hamlet, de Shakespeare, abordando
por primera vez en su dilatada carrera al más gran dramaturgo de
todos los tiempos, en el mismo Teatro («Carlos Lazo», de la
Facultad de Arquitectura de la UNAM) que él inauguró cincuenta
años antes. Algo del arco que dibuja esta brillante trayectoria fue
reconocido al serle otorgado el Premio Nacional de Ciencias y
Artes en 2005. <<

147
Índice
Fiorenza 2
Primer acto 6
Segundo acto 30
Tercer acto 59
Fiorenza: palabra y teatro 106
Autor 138
Notas 139

148

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