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Ineficiencia del Estado ante la extorsión en Perú

La inseguridad ciudadana en Perú, especialmente la extorsión, ha escalado a niveles alarmantes, y las instituciones públicas no están actuando de manera eficiente para combatir este problema. La corrupción y la ineficiencia del sistema judicial han debilitado la confianza ciudadana, llevando a la impunidad y a protestas por medidas efectivas. Se requiere una reforma profunda del Estado para recuperar la confianza de la población y garantizar su seguridad.

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Ineficiencia del Estado ante la extorsión en Perú

La inseguridad ciudadana en Perú, especialmente la extorsión, ha escalado a niveles alarmantes, y las instituciones públicas no están actuando de manera eficiente para combatir este problema. La corrupción y la ineficiencia del sistema judicial han debilitado la confianza ciudadana, llevando a la impunidad y a protestas por medidas efectivas. Se requiere una reforma profunda del Estado para recuperar la confianza de la población y garantizar su seguridad.

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En los últimos meses, La inseguridad ciudadana ha sido el principal problema de la población

peruana y en ese ámbito, últimamente, la extorsión ha escalado a niveles de tal magnitud que es

el tema más mencionado por los poderes del estado (RT, 2024). A pesar, de que estos están al

tanto de esta crisis no se ha implementado una estrategia clara para combatir la violencia, como

bien lo señalan muchos expertos (Gonzales, M. A., 2024). Ante esto surge la controversia

¿Consideras que las instituciones públicas están actuando de manera eficiente ante la ola de

extorsiones en nuestro país? En nuestra opinión, no consideramos que las instituciones

públicas están actuando de manera eficiente ante la ola de extorsiones en nuestro país. A

continuación, defenderemos nuestro punto de vista.

No consideramos que las instituciones públicas estén actuando de manera eficiente ante la ola

de extorsiones en nuestro país, ya que contamos con un Estado corrupto y desinteresado en

garantizar la seguridad de su pueblo. Para sustentar esta afirmación, es necesario definir el

concepto de “seguridad”. Esta se entiende como el conjunto de condiciones que permiten a

las personas vivir sin temor a ser víctimas de violencia, delito o abuso. En este contexto, el

sistema judicial debería ser el que vele por dicha seguridad; sin embargo, lo que la población

percibe es un sistema corrompido y permisivo con las autoridades que infringen la ley. La

impunidad se ha convertido en una constante, debilitando aún más la confianza ciudadana.

Esta situación ha provocado protestas y con el fin de ejemplificar este punto tenemos el caso,

del paro de transportistas de 72 horas (RT, 2024), en el que se exigieron medidas efectivas y

leyes que no obstaculicen la lucha contra el crimen organizado. Entre las principales críticas

estuvo la implementación de la Ley 32108, considerada por muchos como contraproducente e

ineficiente, pues limita la capacidad operativa de la Policía y del Ministerio Público. Por todo

lo mencionado, reiteramos que las instituciones públicas están actuando de manera deficiente

ante la ola de extorsiones en nuestro país


Es preocupante decir que las instituciones públicas no están actuando de manera eficiente

ante la creciente ola de extorsiones en nuestro país, ya que contamos con autoridades y

sistemas judiciales profundamente ineficientes. Esta se origina, en gran parte, por el mal

control interno del Poder Judicial, el cual no fiscaliza adecuadamente la conducta de sus

propios funcionarios. Como señaló Albán, presidente de Proética, instituciones como la

OCMA y la Odecma “no están en condiciones de enfrentar los niveles de corrupción de los

jueces” (Proética, 2024). Esta falta de control favorece la impunidad y contribuye a una

percepción generalizada de corrupción estructural, lo que socava la legitimidad del sistema

judicial. Esta situación provoca una ineficiencia en la seguridad policial, ya que los agentes

encargados de la protección ciudadana no cuentan con criterios ni herramientas suficientes

para evaluar y fiscalizar a sus propios miembros, lo cual perpetúa malas prácticas dentro de la

Policía. Esto ha hecho que la población ha dejado de confiar en las instituciones del Estado.

Según una encuesta del INEI, el 40,9 % de los ciudadanos no denuncia los delitos por

considerar que es una pérdida de tiempo, y otro 13,1 % por desconfianza hacia la Policía (RT,

2024). Esta desconfianza colectiva refuerza la idea de que el Estado no está cumpliendo su

rol de protección y justicia frente a la extorsión.

En conclusión, reafirmamos que no consideramos que las instituciones públicas están

actuando de manera eficiente ante la ola de extorsiones en nuestro país, pues según lo que

hemos argumentado tenemos autoridades y sistemas judiciales ineficientes y para probar que

es un problema grave usamos ejemplos de Latinoamérica que es un problema conjunto que

afecta esta región. Finalmente, ante el crecimiento sostenido de la extorsión en el Perú y otros

países de la región, resulta evidente que las respuestas institucionales han sido insuficientes,

reactivas y poco articuladas. Las leyes, las fuerzas del orden y el sistema judicial enfrentan

graves problemas de corrupción, falta de recursos y pérdida de legitimidad. Por ello, es


fundamental que el Estado impulse reformas profundas y sostenidas, basadas en inteligencia

criminal, justicia eficiente y participación ciudadana. Solo así se podrá recuperar la confianza

de la población y garantizar su seguridad.

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