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La muerte del cura Pascual y su legado

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soledad, en estos claustros de piedra...! ¿Cuántos?... ¿Uno?... ¿Mil?...

¿Han ceñido su
frente con la diadema virginal, sanos o enfermos?... ¡No...! ¡No...! -Y batía las manos.

Ya eran incoherentes las palabras del cura Pascual.

Sus ojos estaban inyectados de sangre, sus labios secos, su respiración quemante
como vapor que despide la brasa sumergida por instantes en el agua. Las venas de las
sienes se levantaban visiblemente, y la sed que devoraba su pecho le impulsó a apurar
un vaso de agua que distinguió junto al velador de la cama.

-Este será un trago que alargue la vida -dijo tomando el vaso con sus temblorosas
manos.

Y llevándolo a los labios apenas pudo beberlo en medio de ese castañeteo que
produce el movimiento convulsivo de los dientes sobre el cristal. Agotó la última gota,
y sin alcanzar aún a colocar el vaso en su sitió, cayó al suelo, lanzando un grito.
Tendido cuan largo era su cuerpo, agitose estertoroso, y un ¡ay! tenue y final dejó en
su rostro la rigidez de la muerte.

Un lego que pasaba cerca, al oír la voz exánime del enfermo, entró en la celda, y
viendo tendido al alojado, tocó una campanilla colocada hacia la puerta principal, con
golpes tan acelerados, que no tardaron en presentarse varios frailes y entre ellos el
guardián.

-¡Se ha insultado! -dijo uno.

-¡Está helado, santo Dios, absolvámosle! -dijo otro repitiendo las palabras
sacramentales.

-Toquen a la comunidad; tal vez podemos prestarle los últimos auxilios -ordenó el
guardián mientras los otros levantaban el cuerpo sobre la cama.

-¿Ha muerto ya? ¡Dios misericordioso! -exclamó el guardián empalmando las manos y
alzando los ojos al cielo.

-Requiescat in pace! -dijo con gravedad quien repitió la fórmula de la absolución.


Mientras tanto, la comunidad ya estaba reunida; se cantó la vigilia de estilo,
derramándose el agua lustral.

El guardián, llamando a un lego, dijo:

-Hermano Pedro, prepare una mortaja y váyase con el hermano Cirilo a disponer la
sepultura.

Y salió de la celda mortuoria en compañía de otro fraile, ambos platicando de este


modo:
-Por mucho que el materialismo pregone lo contrario en Fuerza y Materia, la verdad,
reverendo padre, es que la clase de muerte del sujeto, y los respetos tributados a sus
restos, forman un epílogo a la vida y a la manera de ser del individuo.

-Según esto -repuso el otro fraile calándose la capucha-, el cura Pascual ha debido ser
un buen cristiano, puesto que muere tranquilo y halla manos piadosas que le sepultan;
y los comentarios que se cruzan son tan diversos, padre guardián...

-Dios nos libre de muerte repentina; pero juzgando con caridad cristiana, el
arrepentimiento sincero es la puerta de la salvación, y ese sacerdote acaso ha expirado
en alas de la contrición -contestó el guardián colocando las manos cruzadas dentro de
los manguillos de su largo hábito.

-La muerte repentina podrá ser cómoda para quien no cree en un más allá, o para el
justo que a toda hora se halla dispuesto a partir; pero para los que ni estamos
preparados, ni dudamos que existe en el hombre un espíritu motor e inmortal, es
aterradora verdad de a folio también que se muere como se vive -reflexionó el fraile,
llegando ambos a la celda de la guardianía, en cuya puerta se separaron.

Ignoraban estos filósofos los crueles momentos que pasó el cura Pascual antes de
entregar su espíritu a Dios. La tortura de su alma, comprendiendo la posibilidad de
haber sido un hombre moral y útil, sin las aberraciones de las leyes humanas contrarias
a la ley natural; sus angustias sin una mano amiga que dulcificase tanta amargura, ni
una palabra que consolase sus congojas, ¿podían constituir los dolores de una
prolongada agonía?...

La muerte repentina del cura Pascual ha sido una verdadera desgracia para nosotros,
que esperábamos explotar en mucho el curso de su vida. Tal es, sin embargo, la
realidad humana. La muerte asalta de improviso y hiere en los momentos en que más
necesaria es la existencia, cuando entregados los hilos de la vida a la urdimbre social,
comenzaba a tejerse la tela humana en sus formas diversas.

La única palabra que podemos pronunciar en la solitaria tumba de aquel cura


desgraciado, sin familia legal y sin los vínculos de afecto que le arrancó la ley de los
hombres, es el lacónico:

¡Descanse en paz!

Volvamos a Kíllac.

Capítulo IX
Atendida la debilidad de carácter de don Sebastián, después de la conferencia que
tuvo con el subprefecto y los incidentes ocurridos con doña Petronila, era natural que
su situación se complicase.

Para Manuel fueron humillantes las escenas ocurridas en el dormitorio de don


Sebastián, cuando le llevó por fuerza para salvar a su madre de las torpezas de un
hombre beodo.

Sin embargo, Manuel sabía que hay escenas de familia que realizadas bajo el techo
paterno no humillan, y así soportó con serenidad varonil las invectivas del esposo de su
madre, no tardando el sueño en cerrar los párpados de don Sebastián y poner paz
entre padre e hijo.

Cuando Pancorbo se quedó completamente dormido, Manuel fue en busca de su


madre, a quien encontró llorando. Besó su frente, enjugó sus lágrimas y le dijo:

-Valor, madre; guarda tus lágrimas para cuando falte yo a tu lado.

-¡Hijo mío, es que soy muy desgraciada! -contestó entre sollozos doña Petronila.

-¿Desgraciada tú, madre? ¡Blasfemas de Dios! ¿No te ha dado un hijo, no tienes mi


corazón y la sangre de mis venas, que derramaré por ti? -repuso con calor y a la vez
con cierto aire de resentimiento el joven.

-¡Sí, sí, blasfemo, pero Dios me perdonará como me perdonas tú por haber olvidado
tu nombre, hijo, Manuelito, hijo mío; sí, soy madre! -dijo doña Petronila tomando de
las manos a su hijo y haciéndole sentar a su lado.

-¡Pobre madre! -articuló Manuel lanzando un suspiro y contradiciendo su primer


pensamiento.

-¡Pobres mujeres debes decir, Manuelito!, por felices que parezcamos, para nosotras
no falta un gusano que roa nuestra alma -contestó doña Petronila, ya un tanto
calmada, pasando los dedos por la flecadura de su pañolón.

-Madrecita, dejémonos de quejas y hablemos con calma, tratemos de algo real.

-¿Qué quieres? ¡Habla!

-Deseo que veamos la renta de nuestra casa. En este mundo no se puede dar un paso,
madre, sin tocar una puerta que llaman de «fondos» y «entradas».

-¡Qué! ¿Acaso quieres volverte al colegio, dejándome envuelta en esta Babilonia? -


preguntó sorprendida doña Petronila.

-No te adelantes, madre. Yo, como tú dices, soy un niño, pero acuérdate que el trato
con los libros y con los hombres nos envejece, dándonos experiencia y enseñándonos a
pensar. ¡Yo me creo un hombre! -dijo Manuel con aire arrogante.
-¡Vamos, eres un hombre! -afirmó doña Petronila fijando una mirada orgullosa en el
rostro de su hijo.

-Sí, madre; quiero decir que, habiendo pensado con madurez, espero llevar a cabo lo
que proyecto en provecho de tu porvenir y el mío; lo demás...

Iba a decir una frase dura; pero el nombre de Margarita cruzó por su mente como el
suave rayo de luna que se refleja sobre la superficie de un manso lago, dejándole
suspenso y arrancándole un hondo suspiro.

-¡Qué gusto tengo de oírte hablar así, hijo mío! Sí, con razón don Fernando y doña
Lucía me han felicitado tanto por ti.

Manuel cobró nuevo aliento después de ligera vacilación y repuso:

-Deseo saber, madre, a cuánto asciende nuestra renta; pero... sin contar para nada la
de don Sebastián.

-¿Nuestra renta? -repitió doña Petronila tomando de nuevo los flecos de su pañolón y
jugando distraída con ellos- ¿Cómo podré calcular nuestra renta? Tenemos buenos
topos de terrenos que producen maíz, trigo, cebada, ocas, habas, papas, choclos y
quinua; tenemos algunos cientos de ovejas, vacas, alpacas y yeguas cerreras que trillan
la cosecha; yo cultivo los campos, reduzco vellones y graneros a plata, y parte de eso
va para ti al colegio. ¿Te parece bien la cuenta?

Manuel escuchaba a su madre atento y satisfecho, y cuando llegó al final fue a


besarle la frente silencioso y pensativo, llevando en su corazón la plegaria de gratitud y
adoración que pedía aquella santa abnegación y amor de madre. La cuenta, en verdad,
no dejaba números redondos en limpio para los cálculos que se había forjado, y con
timidez volvió a preguntar:

-¿Y no has guardado nada?

-¿Qué? ¿Me has creído una despilfarradora? ¿No sé qué tengo hijo? ¿No te tengo a ti
para cuidar tu porvenir? ¿No pienso en que alguna vez querrás tomar estado? ¡Guá!
¡Guá! Yo... he ahorrado una mitad, y ahí tengo bien escondiditas cinco talegas de a dos
mil soles flamantitos; tú no pasarás vergüenzas como otros que se casan sin camisa.

-¡Benditas sean las madres como tú! ¡Para ustedes la dicha está en el bien de los
hijos! Tomaré, pues, por base de mis cálculos los diez mil soles. Pienso proponerte un
plan, y... ni un segundo más -dijo Manuel con resolución.

-Eso es lo que dije, querrás dejarme...

-Recuerda, madre, que un año perdido en mis estudios sería, tal vez, la pérdida de la
profesión que he abrazado; pero no partiré solo, ni tampoco iré a la Universidad
menor de San Bernardo.
-Será, pues, como quieras; pero antes de nada acuérdate que soy la esposa de
Sebastián, y a quien me liga... la gratitud, y a quien tú tienes que respetar como... a un
padre verdadero -contestó doña Petronila bajando la vista por dos veces.

-No lo olvidaré, madre mía; y ahora vamos a descansar de tan afanoso día -repuso
Manuel besando la mano de su madre como despedida nocturna.

Capítulo X

Una vez encerrado en la cárcel el campanero Isidro Champí, las puertas no volvieron a
abrirse para restituirle la libertad.

Sepamos lo que pasó con su mujer la tarde en que se dirigió a casa de su compadre
Escobedo, en demanda de apoyo y consejos.

-¿Conque está preso mi compadre? -dijo Escobedo después de cruzados los saludos y
comunicada la noticia por la india.

-Sí, compadrey, Wiracocha . ¿Y qué hacemos, pues? Socórrenos tú -repuso la mujer


compungida.

A lo que Escobedo respondió, dándole una suave palmada en el hombro:

-¡Ajá! Pero a pedir favor no se viene así... con las manos limpias... y tú, que tienes
tantos ganados, ¿eh?... ¿Comadritay?...

-Razón tienes, Wiracocha compadre, pero salí de mi casa como venteada por los
brujos, y mañana, más tarde... no seré mal agradecida, como la tierra sin agua

-Bueno, comadritay, eso ya es otra cosa; mas para ir a hablar con el juez y el
gobernador, debes decirme qué les ofrecemos...

-¿Les llevaré una gallina?

-¡Qué tonta! ¿Qué estás hablando? ¿Tú crees que por una gallina habían de
despachar tanto papel? Mi compadre ya está en los expedientes por esas bullas donde
murieron Yupanqui y los otros -dijo con malicia Escobedo.

-¡Jesús, compadritoy! ¿Qué es lo que dices? -preguntó ella estrujándose las manos.

-Claro, eso es cierto, pero habiendo empeños, lo sacaremos. Dime, ¿cuántas vacas
tienes? Con unas cuatro creo que...

-¿Con cuatro vacas saldrá libre mi Isidro? -preguntó toda confundida la mujer.
-¿Cómo no, comadritay? Una daremos al gobernador, otra al juez, otra al
subprefecto, y la última quedaría, pues, para tu compadre -distribuyó Escobedo
paseando de un extremo a otro de su habitación, mientras la india, sumida en una
noche de dudas y desolación, repasaba en su mente uno a uno los ganados,
determinándolos por sus colores, edad y señales particulares, confundiendo a veces
los nombres de sus hijos con los de sus queridas terneras.

-¡Caray, cómo piensas, roñona! Parece que tú no quieres a tu marido -interrumpiola


Escobedo.

-¡Dios me libre de no quererlo, compadritoy, a mi Isidro con quien hemos crecido casi
juntos, con quien hemos pasado tantos trabajos...! ¡Ay...! Pero...

-Bueno, dejémonos de eso, yo tengo mucho que hacer -dijo Escobedo precisando el
desenlace.

-Perdóname, pues, mis majaderías. Wiracocha compadritoy, y... digo que sí, daremos
las cuatro vacas, pero... serán vaquillas, ¿eh? Yo me iré a separar las dos castañitas,
una negra y la otra afrijolada, ¿pero tú lo sacas bien a mi Isidro? Ahora...

-Ahora sí, ¿cómo no? Lueguecito me pongo a las diligencias, y mañana, pasado,
dentro de tres días, todo arreglado; mira que tengo que hablar primero con ese don
Fernando Marín, que es el que sigue el pleito.

Al oír el nombre de Marín un rayo de luz cruzó por las tinieblas de la mente de la
mujer del campanero, y se dijo:

-¿Por qué no he acudido a él primero? Tal vez mañana cuando cante el gallo no será
tarde. -Y salió diciendo a Escobedo-: Wiracocha compadritoy, anda, pues, sin cachaza,
yo tengo que llevar los abrigos para Isidro y le contaré que tú vas a salvarnos, adiós.

-Ratón, caíste en la ratonera -díjose riendo Escobedo, y en seguida se preparó para ir


en busca de Estéfano Benites, para comunicarle el negocio que había arreglado, de que
partirían por mitad, dejando las cuatro vaquillas exentas del embargo decretado, pues
aparecerían como propiedad de Escobedo o de Benites.

Capítulo XI

Los acontecimientos políticos realizados en la capital de la República debían influir


poderosa y directamente en el resultado de los negocios de reparto planteados con
calor y entusiasmo por las nuevas autoridades de la provincia y de Kíllac.

El subprefecto Paredes se encontraba de visita en uno de los pequeños pueblos de su


jurisdicción, y allí topó con unos ojos que colocados en peregrino rostro de mujer le
miraron hasta la médula del corazón; y como en materia de batallas libradas en los
verdes campos de Cupido era condecorado no sólo con cruces, sino aun con heridas
que rememoraba ufano en alegres corros de hombres, y como para la autoridad había
siempre fieles ejecutores, su señoría dio por ganada la brecha a muy poca costa.

Es de advertir que allí en Kíllac, como en los pueblecitos limítrofes donde reina la
sencillez de costumbres, es absolutamente desconocida la carcoma social que mina las
bases de la familia, alejando a la juventud del matrimonio y presentándose bajo la
triste forma de la mujer perdida.

Las seducciones arteras llevan el sello del infortunio y tras de cada una aparece, casi
siempre, la figura de un potentado cuya superioridad maliciosa gana a la víctima
salvando al victimario.

Esta vez la escogida por el coronel para formar número en la ya larga lista de su
martirologio de hombre emprendedor era, pues, una graciosa joven en cuya casa
recibió sincero hospedaje la nueva autoridad.

Teodora, entrada ya en sus veinte años, era de pequeña estatura, ojos vivos y mirar
sereno. Vestía un gracioso traje de percal rosado con ramajes teñidos de color café,
rodeado el cuello con un pañuelo de seda color carmesí en forma de esclavina, sujeto
hacia el pecho con un prendedor de oro falso con piedra imitación topacio. Sus largos
cabellos, esmeradamente cuidados, estaban trenzados y sujetos al extremo con cintas
de listón negro.

El corazón de Teodora no estaba desierto. Apalabrada en matrimonio, debía ir a los


altares tan pronto como llegase su novio, destinado en la administración de una finca,
donde ahorraba parte de sus sueldos para atender a los gastos de una boda decente,
con padrinos notables, tres días de mantel largo y música de viento.

Teodora nació con carácter impetuoso y varonil. Salvada la niñez, sus pasiones se
manifestaron ardientes.

Amaba a su novio, y la ausencia de éste aumentaba tal vez el calor del sol de sus
ilusiones virginales, haciéndola suspirar por las cotidianas visitas y las amorosas frases
repetidas a media voz en las horas de delicioso romanticismo que sirven de portada al
alcázar conyugal.

Cinco días se contaban de continuo jolgorio en casa de Teodora, fomentado por el


subprefecto, quien se consagró por completo a la beldad campestre, cuya resistencia
no dejó de llamarle la atención, aumentando sus deseos.

Barricas de vino, cajones de cerveza, todo iba con profusión. Los dos ciegos violinistas
del pueblo no cesaban de manejar el arco, arrancando mozamalas y huaisinus a las
sonoras cuerdas del violín.

El coronel llamó a un lado al teniente gobernador y muy quedito le dijo algo al oído.
Éste se sonrió maliciosamente y repuso a media voz:
-Prontito cazaremos a la rata, sí; sin gasto no se llega al trasto en el acto, mi usía. -Y
salió apresuradamente.

Teodora, cuyos oídos habían herido ya repetidas palabras terminantes o de


intimación del coronel, llamó también a su padre hacia la puerta, y más compungida
que timorata, le dijo:

-¡Padre, mi corazón padece en el purgatorio!

-¿Por qué causa, Teoco? Más bien debías estar contenta, pues tantas visitas...

-Precisamente, esa es la causa, el subprefecto tiene malas intenciones para conmigo,


y si lo sabe Mariano...

-¿Qué dices...? ¡Mire qué diantre...! ¿Conque de esos tratos era usía? -repuso Gaspar
pasándose la mano por la boca, que llevaba húmeda.

-Sí, padre: me ha dicho que a buenas o malas, pero... que me roba -dijo la muchacha
poniéndose roja y bajando los ojos.

-¡Hum! -trinó el viejo mordiéndose los labios, y dando una vuelta para inspeccionar el
campo, agregó:

-El bocado se te ha de caer de los labios. ¡Qué! ¿Yo soy acaso zorro muerto?...

-¡Padre...!

-Éntrate no más a la sala, disimula, deja que gaste un poco la plata hurtada a los
pueblos, y... no apartes tu corazón de tu novio, ¿eh? Yo sabré lo que me hago después
-dijo el padre de Teodora empujándola al centro de la reunión.

Uno de los convidados que vio esto, dijo entre dientes:

-¡Viejo mañoso! ¡Vean cómo entrega a su hija!

Al poco rato llamaron a comer y todos fueron a la mesa, donde se sirvió, sobre
manteles no tan blancos ni tan negros, una comida bien aderezada, sirviéndose los
cuyes rellenos, asados al rescoldo, gallo nogado con almendras, papas adobadas con
habas verdes y el locro colorado con queso fresco.

El subprefecto se colocó junto a Teodora, y con cierto aire de triunfo dijo, levantando
a la vez los cantos del mantel sobre las faldas:

-Yo siempre busco mi comodidad, señores, junto a una buena moza.

-¡Claro! Y ese asiento le corresponde a usía -respondieron varios con intención.


-¿Y qué es de don Gaspar, señorita Teodora? -preguntó uno de los invitados con
sorna.

-¿Mi padre?... No tardará en venir -respondió la muchacha mirando en torno.

Dos mozos secretearon con picardía; y otro dijo a media voz:

-¡Si el viejo sabe..., las de Quico y Caco...! No quiere hacer sombra...

Y en aquel momento apareció don Gaspar frotándose las manos, y agarrando una
botella para servir, dijo con marcada alegría:

-Un abre ganitas, caballeros.

-¡Venga! ¡Qué a tiempo hace las cosas este don Gaspar! -respondió el subprefecto.

La comida comenzó alegre y bulliciosa, dejando la amabilidad de Teodora sospechar


al coronel que estaba tomada la fortaleza.

Capítulo XII

Manuel, después de la despedida de su madre, se fue a su cuarto, y engolfado en


pensamientos esperó, desvelado, la llegada del nuevo día.

A hora competente tomó su sombrero y se dirigió a la casa de don Fernando. Entró en


la sala de recibo, donde encontró a Margarita sola, leyendo en un cuaderno con
láminas iluminadas los cuentos de «Juan el Pulgarcito». Al verla, se dijo Manuel con
alegría:

-¡Qué propicia ocasión para sondear su corazón y decirle mi afecto!

Y llegándose a la niña y abrazándola, dijo:

-¡Qué solita y cuán hermosa te encuentro, Margarita!

-Manuel, ¿cómo estás? -repuso la niña colocando el cuaderno sobre la mesa.

-¡Linda Margarita!, es la primera vez que voy a hablarte sin testigos, acaso sean
minutos cortos, porque busco a don Fernando, y por lo mismo, te pido que me
escuches, ¡Margarita mía! -dijo Manuel, tomando una mano de la niña para acariciarla
entre las suyas, reflejando las ilusiones de su alma en sus pupilas, que despedían rayos
de ternura y de amor en cada mirada.
-¡Guá!, Manuel, ¡qué extraño vienes! -dijo Margarita, fijando sus hermosos ojos en los
de Manuel y volviéndolos a bajar candorosamente.

-No me llames extraño, Margarita, tú eres el alma de mi alma; desde que te conozco
te he dado mi corazón y... ¡yo quiero ser digno de ti! -repuso Manuel, acentuando las
últimas frases, porque todo el temor que Manuel abrigaba era que Margarita
repudiase al hijo del sacrificador de Marcela, idea que no podía existir en la niña de
hoy, pero posible en la mujer de mañana.

La huérfana permanecía muda y ruborosa como la amapola cuyo seno guarda la


adormidera.

Él acariciaba la diminuta mano de Margarita, que se perdía entre las suyas.

Hay ocasiones en que el silencio dice más que la palabra humana.

Manuel estaba ebrio de amor, contemplando a la hermosa muchacha, y volvió a


decirle:

-¡Habla! ¡Responde, Margarita mía! ¡Sí!, ¡eres aún niña, pero tú sabes ya que te
amo...! Recuerda que junto a tu bendita madre te pedí ser tu hermano, hoy...

-Sí, Manuel, también yo, desde ese día, te veo en mis alegrías, en mis tristezas; serás,
pues, mi hermano -repuso la niña.

Pero Manuel rectificó con calor:

-No, ángel mío, hermano es poco, y yo te amo mucho; ¡quiero ser tu esposo!

-¿Mi esposo? -preguntó aturdida Margarita en cuya alma se acababa de descorrer el


velo de las creaciones infantiles, sacudiendo su organismo, clavando en su corazón el
dardo del narcotismo de la juventud que, en el sublime sopor de las almas
enamoradas, le iba a hacer soñar en ese mundo de poesía, temores y confianzas, risas
y lágrimas, luces y sombras, en que vive la castidad de una virgen.

Margarita sabía desde este momento que era mujer. Sabía que amaba.

Para Manuel las impresiones se sucedían con la rapidez del pensamiento, si bien con
distintas emociones que Margarita, porque su alma había perdido ya esa virginidad
que es la ignorancia de los misterios reales de la vida.

Manuel amaba con intención.

Margarita sólo con sentimiento.

El primer ímpetu de Manuel fue sellar con sus labios la palabra esposa pronunciada
por los labios de la mujer adorada, pero la reflexión contuvo la materia como la brida
detiene el corcel lanzado en la carrera, y sólo dijo:
-¡Sí, tu esposo...! -y besó la frente de Margarita.

Ése no fue el ósculo de la brasa encendida sobre la fresca hoja de la azucena, pero su
huella era indeleble.

Margarita sintió cruzar por sus venas una corriente desconocida; sus carrillos se
tiñeron de grana, y salió corriendo de la habitación, diciendo a Manuel:

-Voy a llamar a mi padrino. -Y se dirigió a las viviendas de Lucía, deteniéndose


instintivamente cuando llegó al pasadizo, para serenar su turbación.

Manuel continuaba en el arrobamiento del alma, que en nada se parece al sueño del
cuerpo, y del cual sólo vino a sacudirlo la serena palabra de don Fernando.

Manuel era el esclavo de una mujer. De una mujer que sólo es, en suma:

Para un médico, aparato de reproducción.

Para un botánico, planta ligera.

Para un gordo, buena cocinera.

Para el Vicio, placer, sensación.

Para la Virtud, una madre.

Para un corazón noble y amante, ¡alma del alma!

Nadie irá a disputar sobre la exactitud de estas definiciones que, indudablemente,


tendrán su inspirador, pero la verdad es que la última correspondió a Manuel con
legítimo derecho, y por esto al ver partir a Margarita la despidió con ese suspiro que
dice ¡alma de mi alma...!

Capítulo XIII

Informada Lucía de la resolución de su esposo, y encontrándose sola con Margarita,


se manifestó muy complacida con la idea del viaje, y dijo a su ahijada:

-Qué contenta vas a ponerte, Margarita, con la noticia que te guardo.

-¿Madrina?... -interrumpió la niña fijando su mirada en el rostro de Lucía.

-Ya no haréis solas tú y Rosalía el viaje a Lima.


-¿Quiénes más vamos, tú? -preguntó con vivacidad la huérfana, en cuya mente
revoloteaban las mil mariposas de la ansiedad, el entusiasmo y la curiosidad.

-Yo, tu padrino, toda la familia -contestó Lucía, enumerando con los dedos de las
manos y moviendo la cabeza.

-¡Tú, mi padrino, Rosalía! ¡Ay, qué gloria! ¿Y Manuel irá? -preguntó entusiasmada
Margarita.

Lucía fijó su atención sobre las facciones de su ahijada para medir la impresión de su
respuesta, y dijo:

-Manuel no irá; él tiene sus padres aquí.

Siguió un corto silencio.

Los ojos de Margarita se llenaron de lágrimas, que en vano trató de esconder tras el
velo del disimulo, preguntando:

-¡Qué linda ciudad debe ser Lima!, ¿no?

-Es la más linda del Perú. Mas... ¿por qué lloras, hija? -preguntó Lucía tomando a
Margarita de ambas manos, sentándola a su lado y diciéndole:

-Mira, hija mía, yo noto que te inclinas mucho a Manuel, y ahora acabo de
comprender que ese joven ha impresionado tu corazón de niña, y me asaltan los
temores de que mañana le pertenezca tu corazón de mujer.

-¡Madrina! Es que Manuel es muy bueno, nunca le he visto hacer nada malo -repuso
Margarita con manifiesta timidez.

-Exactamente, hija, su bondad me ha hecho caer en una red, que es preciso cortar
para libertarse. Tú no puedes querer al hijo del sacrificador de tus padres. ¡Ah, me
horrorizo...! ¡Pobre Manuel...!

Al terminar la frase, Lucía estaba emocionada; el temor y la duda asaltaron su


corazón, variando visiblemente el timbre de su voz. Por su mente cruzaban, uno en pos
de otro, pensamientos que torturaban su pecho, e interiormente se preguntaba:

-¿He cometido una indiscreción al hablar de amor a mi ahijada? He arrojado el eterno


baldón sobre la frente de Manuel, a quien Margarita verá desde este momento como
el hijo del verdugo de sus padres... ¡Y luego, Manuel...! ¡Ah...! ¡Corazón lleno de
abismos...! ¡Madeja de misterios...! ¡Corazón humano!

Para Margarita, ¡cuánto decía también el silencio aparente de su madrina! Muda y


temblorosa permanecía, como una azucena sobre cuyo tallo ha intentado posarse el
ruiseñor sin haber plegado las alas, porque la debilidad de la planta le ha hecho
continuar el vuelo en busca de mejor asilo.
Después de la entrevista que acababa de tener con Manuel, aquella declaración de su
madrina era cruel, destrozaba su alma, tronchaba al nacer las flores de las esperanzas
de dos corazones ligados por los lazos que constituyen la felicidad humana, de dos
corazones que se amaban.

Por fin pudo rehacerse la esposa de don Fernando, y cortando el hilo de la


conversación anterior, dijo a Margarita:

-Cuida, pues, de tener tu baúl listo para el jueves, y no olvides las cosas de tu
hermanita, ¿no? Tú eres la mayor y debes ayudarle.

-Sí, madrina -respondió Margarita levantando maquinalmente una madeja de seda


azul que vio en el suelo.

Púsola sobre la mesa y salió; Lucía, al verse sola, tornó a decir:

-¡Pobre Manuel! ¡Lleno de prendas, dotado de aspiraciones nobles! ¡Es indudable que
ama a Margarita, de quien le separa un abismo...! Pero... es verdad, en la vida práctica
las aberraciones del corazón señalan el mundo insondable como la parte más poética
del amor. ¿Acaso hay fuego comparable con el que alimentan los amores imposibles?
¿Acaso existe anhelo semejante al de acercarse a la posesión del objeto amado
rompiendo ligaduras, traspasando cadenas de montañas formadas de espinos que han
ensangrentado la planta; trepando empinadas cordilleras donde la nieve del imposible,
derretida por el sol del amor, ha formado raudales de lágrimas?

¡Héroes del dolor, pobres desterrados del Paraíso de la Ventura, no sois


comprendidos por el mundo! ¡Víctimas inmoladas en los altares del infortunio, las
almas generosas os ofrecerán tal vez el incienso de su simpatía, y permaneceréis
amando en el dolor...!

Lucía cayó sobre el sofá al terminar su soliloquio, llevándose la mano derecha a la


frente bañada por un copioso sudor que resbalaba sobre sus mejillas, encendidas con
el tinte de las amapolas de mayo. Después, entrelazando sus dedos y estrujándolos
hasta producir el sonido del descoyuntarse los nudos, se preguntó:

-¿Qué hago, pues? Mi situación es difícil y dramática, a la par que la de Manuel y


Margarita; si se aman con el primer amor, irá éste a sublimarse con esos suspiros que,
llenos del aroma del amor virginal, exhala el pecho oprimido por la nostalgia del ser
amado... ¡Si acaso intentase algo directo...! ¡Ah...! Pero mi Fernando salvará mis dudas,
compartiremos nuestras ideas, y brotará la luz, porque yo no puedo olvidar que
Marcela murió legándome los dos pedazos de su corazón.

Tenía razón Lucía; ella compartiría con don Fernando sus dudas, sus temores y sus
esperanzas, apartando las sombras del momento. Manuel podría compartir con su
madre, con el más noble de los corazones, las penas que acongojaban el suyo;
esconderse en el regazo maternal y llorar hoy sus lágrimas de hombre como ayer
enjugó su llanto de niño.
¿Pero Margarita?

Pobre huérfana, ave sin nido, tendría que buscar sombra de árbol extraño para
entonar bajo su fronda el idilio de su alma enlazada a otra; tendría que esconder sus
propios pensamientos; reír con los labios y llorar con el corazón.

Lucía era, para Margarita, la mejor de las mujeres, pero ¡Lucía no era su madre!

Capítulo XIV

Vamos a viajar por un momento en busca del coronel Paredes, a quien dejamos
sentándose a la mesa en casa de Teodora.

La comida fue alegre y abundante, y no bien hubo terminado, entrada ya la noche,


todos se dirigieron a la sala de recibo, donde echarían una cana al aire con el zapateo y
el bailecito del pañuelo.

Don Gaspar llamó a su lado a su hija y le dijo a secas:

-Sígueme, Teoco.

Y ambos fueron a una cerca inmediata donde había tres cabalgaduras, una de ellas
con arreos de silla de gancho y todo lo concerniente al equipo femenino, custodiadas
por un indio mitayo.

-¿Adónde vamos, padre? -preguntó Teodora.

-A Kíllac, a casa de mi comadre doña Petronila, que, como sabes, es una señora a las
derechas, y a su lado estarás segura como la custodia en el altar -repuso don Gaspar
sin detener su paso, que era seguro y de grandes trancos a pesar de la oscuridad de la
noche.

-Bueno, y vale que don Sebastián ya no es gobernador; así que estaremos en paz
hasta que venga Mariano -respondió Teodora siguiendo menudamente el paso
acelerado de su padre.

Un bulto alto y emponchado se destacó de la sombra en este instante.

-¿Anselmo? -llamó don Gaspar.

-¡Señor! -contestó el llamado a secas, y todos tres siguieron la marcha hasta llegar
adonde estaban los caballos.
Los dos varones levantaron a Teodora, que, con la agilidad de la campesina, se colocó
en su jaco, llamado el Chollopoccochí, sin duda por ser negro y tener las patas blancas.

Cabalgaron después don Gaspar y Anselmo, que era un criado de toda confianza de la
casa, y el padre de Teodora dijo al mitayo con expresión de mandato:

-Vuelve a casa, atiza la candela, que no falte el té con bastante tranca; y si nos echan
de menos, ya sabes, ¿eh?

-Sí, tatay -contestó el indio emprendiendo el regreso.

Sonaron tres latigazos simultáneos en las ancas de los brutos, que se lanzaron como
una exhalación entre las tinieblas de la noche, llevando sus pesados jinetes, dando
resoplidos por las abiertas narices y, mordiendo con rabia los frenos.

El viejo iba sumergido en meditaciones, pues el cerebro elabora sin cesar la idea, y el
pensamiento no se somete de grado a la quietud del cuerpo.

-Padre, moderemos el paso -dijo Teodora refrenando su caballo.

Pero don Gaspar no prestó atención o no oyó a su hija, que volvió a decir en voz más
alta:

-¡Padre!

-¿Eh? ¿Te has fatigado tan pronto? -contestó el viejo moderando a su vez la marcha.

-¡No estoy fatigada, qué disparate!, pero he pensado una cosa.

-¡Habla! -repuso don Gaspar gobernando las riendas para acercarse más a Teodora.

-Sería mejor que te volvieras de aquí no más. Llegarás a casa en media hora; tu
presencia alejará toda sospecha, y seguirán otro rato sin echarme de menos... y tú... al
fin, darías muchas disculpas.

-¿Y tú... seguirás... sola?... -observó don Gaspar tosiendo repetidas veces.

-No corro riesgo alguno yendo con Anselmo. Chollopoccochí es manso y conoce bien
el camino, la distancia es ya corta, la luna no tardará en alumbrar; y sobre todo, si a
ellos se les ha ocurrido averiguar por nosotros, si por acaso descubren lo del viaje, no
dudes que nos sigan, nos alcancen, nos pillen, y borrachitos...

-¡Cataplum! Teodora, hablas como el misal de la parroquia -interrumpió el viejo


deteniendo el caballo, y agregó con sonrisa maliciosa-: Lo cierto es que las mujeres se
pintan para urdir estos lances.

Don Gaspar volvió a toser con fuerza.


-Ahí está, pues, ya estás constipado; regresa no más, que si viniese alguno, con tu
vuelta perderá la madeja.

-¡Cabalorum! Y en cuanto a que yo declare en dónde estás, que me descueren -


contestó don Gaspar, y dando voces al criado que estaba lejos- ¡Anselmo! ¡Anselmo! -
dijo.

El sirviente asomó su caballo al grupo, y se sostuvo este diálogo entre padre e hija:

-Pues, hasta dentro de cuatro días, en que iré a buscarte.

-Adiós, padre; abrígate la boca, estás con mucha tos.

-Golpeas con tientas la casa, y cuéntale todito a mi comadre doña Petronila: sabe el
sapo en qué agua se echa a nadar.

-Sí, yo le diré bien todo.

-Anselmo, cuida a la niña y... hasta pronto, ¿eh?

Al terminar esta frase, don Gaspar volvió bridas, aplicó con toda fuerza los talones
desprovistos de espuelas en los ijares de su potro lobuno, en cuya anca sonaron
también un par de chicotazos, que le estimularon el brío juntamente con la vuelta a la
querencia.

Serían las once de la noche cuando Teodora y Anselmo se apeaban a la puerta de la


casa de doña Petronila Hinojosa. Tocaron con fuerza el leoncito de bronce que sirve de
llamador, y a los golpes respondieron cuatro o cinco perros con ladrido desesperado,
dejándose oír una voz soñolienta que preguntó con enfado:

-¿Quién es?

-Yo, que vengo de parte de don Gaspar Sierra a entregar a doña Petronila una prenda
que le manda.

El portero, que era el consabido pongo, no necesitó de más explicaciones; descorrió la


aldaba, y las hojas de la puerta de la calle giraron sobre sus goznes, dando paso a la
fugitiva Teodora, que fue recibida por doña Petronila con el cariño proverbial de la
madre de Manuel.

No hubo caminado dos millas don Gaspar desde el sitio en que se separó de Teodora,
cuando distinguió gritería y tropel de gente a caballo. En pocos momentos más no
abrigó duda de que esa era la comitiva del subprefecto.

-Sí, bien dijo la Teoco. ¡Qué diantres! ¡Las mujeres todas son brujas! Y lo gracioso es
que todos los hombres nos dejamos embrujar, a oídas y vistas, a sabiendas o a
callandas -se dijo don Gaspar, y siguió caminando al paso llano de su lobuno.
Capítulo XV

Al poco rato de la fuga de Teodora se apercibió de ello la reunión. El teniente


gobernador, dando el primer apunte, dijo:

-El viejo polilla es quien tiene la cuchara, mi coronel, porque ella estaba ya llana, por
lo visto, para complacer a usía.

-¿Se me burla así? ¿A mí? No lo consentiré, no, señor... ¡No lo consentiré a fe de


militar! -decía Paredes dando paseos acelerados en la habitación.

-Vamos a buscarla, amigos -propuso el teniente, agarrando una vela encendida, y en


actitud de salir.

-¡Sí señor! He de sacar a mi huri del fondo de la tierra, ¡sí señor! -repetía con rabia el
subprefecto mientras los oficiosos salieron a registrar toda la casa, sometiendo a
interrogatorio inquisitorial a la servidumbre, aunque pongos, mitayos y alcaldes no
discrepaban en la respuesta:

-Han salido a la calle -repetían todos ellos.

Alguno preguntó como encontrando la hebra:

-¿Salieron a pie?

-No, señor, salieron en aguelillo -repuso uno de los alcaldes.

-Pues, usía, iremos tras ellos -dijeron en coro-, que el camino es uno, llano y ligero.

-A la obra, pues, amiguitos; y al que me traiga a la niña...

-Juro que yo seré el afortunado -interrumpió el teniente gobernador.

Se nombró la comisión y los designados salieron en pos de sus caballos.

La cólera del subprefecto estaba a medio estallar, porque se decía:

-¡Canalla de viejo! Sí señor, a presentárseme en estos momentos, lo fusilo sin formar


el consejo de guerra. Para algo es uno autoridad. Pero... los muchachos estos son tan
listos, y... conviene descansar un momento. -Diciendo esto se echó largo a largo sobre
la cama colocada en una esquina, y se puso a dormitar.

A pocos momentos se oyó un tropel de caballos y, abriendo los ojos, don Bruno
Paredes dijo entre dientes:
-Son ellos... ¡ya parten...! Sí señor; pronto quedaré complacido mediante la actividad
de mis... subordinados. ¡Si estos muchachos valen la plata del Cerro de Pasco! ¡Uff...!

Simultáneamente salían los esbirros en pos de Teodora y llegaba un chasqui , alguacil


de gobierno, que, caminando a pie por las sinuosidades de la quebrada desde la capital
de la provincia, ganó terreno con rapidez prodigiosa. Ese chasqui conducía un pliego
cerrado con lacre colorado, sellado con las armas de la República, en cuyo sobrescrito
se leía: «Oficial. -Urgente. -Al coronel don Bruno de Paredes».

Cuando el propio puso el papel en manos de la autoridad, ésta se puso a leer medio
recostado como se encontraba, pero no bien se impuso de los primeros renglones,
saltó como lanzado por una fuerza eléctrica, palideció primero y después le subió a la
cara toda la sangre del corazón, quedándose suspenso por algunos momentos con el
pliego abierto entre las manos.

De improviso lo arrojó sobre la cama y, dando una patada en el suelo, dijo:

-¡Caracoles! ¡Esto huele feo...! No hay más remedio que asegurarse, sí señor... ¿A ver,
alcalde...? ¡Quién vive por ahí! -dijo dando voces, a que acudieron varios indios de
servicio y los nacionales de su escolta.

-¡Mi caballo!... ¡Pronto, pronto! -gritó don Bruno, siendo obedecido como por
ensalmo.

Cabalgó y, seguido de tres personas, tomó al galope del tordillo el camino de la


ciudad, murmurando para su capote:

-Huir el bulto es de los prudentes; en la ciudad hallaré escondite cómodo, mientras se


serena la tempestad política...

La gente que fue en seguimiento de Teodora, y topó con don Gaspar, rodeó al buen
viejo, y encerrándolo en un círculo, habló así el teniente gobernador:

-Hola, compadrito, qué escapada tan fea; ¿dónde está la niña Teodora?

-¡Cómo! -repuso don Gaspar aparentando inquietud- ¿Ustedes buscan a mi hija?


¿Qué? ¿No la dejé con ustedes en la casa? ¡Jesús...! Felizmente, ella es honrada, y...
allá estará. Vamos.

Y aplicó un latigazo al lobuno que lo hizo brincar con fogosidad.

-¡Despacito, taita! -observaron varios; torciendo las riendas de sus cabalgaduras y


amenazando así el teniente:

-Vamos, pues; pero si no entregas la prenda, Gaspar, ¡tente por frito!

-Regresemos, sí -dijeron varios, y entre cuchicheos se oyó esta reflexión:


-No habrá salido la dómina, pues no hay tiempo para ir y volver de ningún pueblo
vecino.

-Y si tú no saliste con Teodora, don Gaspar, ¿a qué vino por estos lugares? -observó el
teniente.

-¡Vaya, tatay!, que tú no pareces del lugar; habrás llegado de Lima con bejuco y cuello
tieso; he venido a hacer la ronda de los pastales -respondió don Gaspar con mucha
formalidad.

-Ha salido al rodeo -dijo uno.

-¡Que cante el gallito! -gritaron dos, y se detuvo la comitiva.

El teniente sacó de la bolsa del pellón una botella de pisco, y de ella fueron tomando
sucesivamente, midiendo la cantidad por un silbido que daba el inmediato, operación
que se repitió con mucha frecuencia en el trayecto, llegando los viajeros a la casa de
don Gaspar entre gallos y medianoche.

La blanca luna lucía todo su disco plateado sobre aquella planicie de Saucedo, donde
se alzaban las alegres cabañas de los indios peruanos, por cuyas puertas cruzan, al
rayar la aurora, el venado de pieles grises y la perdiz de codiciadas carnes.

La casa de don Gaspar estaba como la morada de un ex en toda regla: escueta y


desmantelada.

Los pongos fueron los únicos que, acurrucados en el zaguán, roncaban como
sochantres, siendo preciso sacudirlos para despertarlos y preguntarles algo.

-¿Qué es del señor subprefecto?

-¿Sin duda, duerme?

-¡Vamos! ¿Y la niña Teodora?

-¡Encienda un fósforo, hombre!

Estas fueron las palabras de unos y otros, cuando uno de los pongos aclaró las dudas,
diciendo:

-El señor subprefecto ha salido a caballo.

-¡Qué canarios! -exclamó el teniente.

-Sin duda hemos tardado mucho, y habrá ido tras de nosotros.

-¡Cabales! El que espera desespera, y cuando está enamorado... ¡Chist...!


Entre tales dichos penetraron en la sala, que estaba abierta. Don Gaspar encendió la
vela que estaba junto a la cama. Con la luz lo primero que distinguieron fue el pliego
cuya lectura hizo poner los pies en polvorosa al coronel Bruno de Paredes.

Todos se juntaron para leer en corro, y al terminar dijo el padre de Teodora:

-Se ha huido, pues, nuestro subprefecto.

-¡Si era un papanatas el tal coronel de Guardia Nacional! -dijo el teniente gobernador.

-¡Coronel de..., soldados de habas...!

-¡Un cobarde! -agregó otro.

-¿Qué? Un comerciante, un peculador, a mí me consta -dijo aquél.

-¡Cobarde! ¡Desertor! -opinó éste.

-¡Una ex autoridad! -aclaró don Gaspar, riendo con la risa del que ha vivido mucho y
oído mucho.

Y tomando la guitarra que estaba en la esquina de la habitación, se puso a rasgar,


cantando con voz acatarrada:

Pájaro que vas volando

a las orillas del mar,

¿cómo no has de ir de miedo

pues vas sin atapellán?

Quedando reconciliados raptores e injuriado a los acordes de tan extraña cantata,


nosotros regresaremos a Kíllac, donde los nuestros nos esperan.

Capítulo XVI

Don Fernando encontró a Manuel todavía abismado en las impresiones que le dejó la
repentina salida de Margarita.

-¡Hola, don Manuel! -dijo al entrar, alargando la mano al joven.


-Excuse usted mi visita, don Fernando; la hora no es aparente, pero en estos casos la
urgencia de los asuntos es la carta de pase -contestó Manuel al mismo tiempo que
estrechaba la mano de su amigo.

-Nada de cumplimientos, don Manuel. Usted sabe que soy su amigo, y eso basta -dijo
don Fernando, arrastrando una silleta e invitando a sentarse al joven.

-Tanto lo sé, que sin la amistad de usted me habría vuelto loco; mi posición tan difícil
ante usted después del asalto aquel, los acontecimientos tan íntimos y contradictorios
que se desarrollan desde mi llegada a este pueblo, donde los notables no acatan la ley,
no conocen religión, y todo lo que pienso y medito, no son para menos.

-Verdad, querido Manuel, que horroriza el estado actual de esta pequeña sociedad,
pero más preocupado que usted me traen las noticias que acabo de recibir de la
ciudad.

-¿Serán de interés privado para usted?

-¡No! Son de interés público. Me comunican el triste fin del cura Pascual, ese
desventurado hombre a quien escuchamos palabras de dolor, echando de menos la
sana influencia que ofrece la familia en su seno a los párrocos del porvenir.

-¿Ha muerto?

-Sí, amigo, y de una manera desastrosa.

-¿Y cómo y de qué ha muerto? -continuó preguntando Manuel con interés creciente,
prestando toda su atención a la respuesta.

-Ha muerto en los Descalzos. Fue arrastrado primero por la bestia, recogido por la
conmiseración de algunos y asistido por los frailes; dicen que al beber un vaso de agua
sufrió el accidente final -replicó el señor Marín.

-¿Al tomar un vaso de agua en el convento?

-Sí, y los médicos han opinado que ha sido un derrame seroso.

-¡Pobre hombre...! ¡Descanse en paz...!

-Hay otras noticias más graves que me han hecho vacilar...

-¿Si serán las que ya sabemos en casa? ¿Las de la tormenta política descargada en la
capital, y conjurada después de un delirio horrorizador?

-¡Exactamente, amigo Manuel! Pero... bien mirado, esto será temible en las primeras
horas por las medidas violentas que imponen las situaciones anormales. Después, ¡no!
Tengo fe en la administración civil de su tocayo don Manuel -dijo don Fernando,
levantándose de su asiento.
-Asimismo la abrigo yo, don Fernando, porque don Manuel Pardo es un hombre de
talla superior; pero lo que me abruma en estos momentos es... Diré, amigo, aunque
sea brusco el cambio...

-¿De opinión?

-No, señor, de tema; me abruma la tormenta doméstica. Veo que es imposible vivir
en este pueblo sojuzgado por la tiranía de los mandones que se titulan notables.

-¿Qué de nuevo puede usted decirme, amigo Manuel? Sé que han reducido a prisión
al campanero, acusándole como culpable del asalto de mi casa...

-¿No le digo? ¡Si esto hace perder el juicio! Y como, por otra parte, de todos modos
debo terminar mis estudios y recibirme de abogado, es preciso que me marche; pero
no me resuelvo a dejar a mi madre en esta jauría de lobos.

-Pues, amigo Manuel, casualmente yo acabo de resolver este grave asunto en casa en
igual sentido. Dentro de breves días me retiro con mi familia.

-¿Usted, don Fernando? -interrumpió Manuel, en cuyo semblante se pintó la sorpresa


sombreada por el dolor o la duda.

-Sí, amigo; he arreglado un traspaso de mis acciones en los minerales y de los objetos
de mi propiedad con unos judíos que me dan veinte por ciento, y así, salgo satisfecho.

-¿Y adónde se dirige?

-A la capital; en Lima presumo que el domicilio tendrá garantías, y que las autoridades
conocerán lo que es cumplir su misión. Quisiera sólo hacer algo, antes de salir, por la
libertad del campanero.

-Don Fernando, mi brazo es suyo. Ambos haremos todo por ese indio infeliz. Ahora
parece que el destino me sonríe. He venido a hablarle de algo relativo a mis proyectos.

-¡Con cuánto gusto le escucho!

-Como dije, deseo arrancar de aquí a mi madre. He tomado todas las medidas
necesarias para llevarla con pretexto de un paseo a Lima, y una vez allá, no habrá
buque para regresar.

-Perfectamente. ¿Y don Sebastián? -preguntó don Fernando con curiosidad.

-Usted sabe que la madre de familia es el sol de la casa, cuyo calor busca el corazón;
tras de mi madre... llevaría a don Sebastián, cuyo porvenir es también de los más
tristes aquí... ¡Ah, don Fernando!, usted no adivina los actos opresivos que soporto por
amor a mi madre.
-¿Y qué? Don Manuel, su modo de expresarse respecto a su padre hace tiempo que
llama mi atención -dijo don Fernando, inspirando con el tono de su voz cierta
confianza al joven.

-Lo presumía, señor Marín. Mi nacimiento está envuelto en un velo misterioso, que si
alguna vez se descorre por mi mano, será ante usted, que es un caballero y que es mi
mejor amigo -dijo el joven turbado.

Don Fernando acababa de saber todo lo que necesitaba, porque para él no pasaron
inadvertidas las recíprocas impresiones de Manuel y de Margarita. Manuel no era, no
podía ser, hijo de don Sebastián.

-¿Quién será su padre? -pensó don Fernando- Puedo interrogarle de nuevo, exigirle
una confidencia de amigo a amigo, obtener el secreto y tener el campo por mío; pero
es necesario respetar la prudente reserva de este joven; la ocasión llegará. -Y
dirigiendo la palabra a Manuel, dijo- Gracias, don Manuel; creo ser digno de su
confianza, mas... volvamos a su solicitud. Decía usted...

-Que deseo me facilite usted la traslación de unos fondos a Lima y la colocación


garantizada de ellos en una casa comercial.

-Con el mayor agrado, don Manuel, adquiriremos unos libramientos para cualquiera
de los Bancos: el de «La Providencia», el de «Londres, México y Sud América», en fin,
el que usted elija.

-Será el de Londres.

-Bien, y ¿cuánto desea usted remitir?

-Por ahora, unos diez mil soles. Más tarde será otro tanto, porque pienso realizar
todas las propiedades de acá -repuso el joven.

-Téngalo por hecho, querido don Manuel. Esta tarde puede usted dejar el dinero
donde Salas, en mi nombre, y mañana tendrá usted todos sus libramientos. Ahora,
permítame felicitarlo por su resolución. Muy bien pensado. Usted será un hombre útil
al país como tantos otros que han ido de provincias a la capital; honrará a su familia, se
lo aseguro -dijo don Fernando acentuando sus últimas frases.

Manuel inclinó la cabeza, como agradeciendo, y detuvo en sus labios una palabra
inoportuna, pues iba a manifestar a don Fernando que el móvil de todas sus
aspiraciones era Margarita, pero la reflexión paralizó este movimiento.

-¿Su madre ha debido sufrir mucho? -preguntó don Fernando rompiendo el silencio
momentáneo y sacando un cigarro.

-¡Oh, cruelmente! ¡Alma de ángel en corazón de mujer...! ¡Pobre madre mía...! -


respondió Manuel suspirando. Y tomando un nuevo giro su pensamiento, continuó-:
Creo que usted no sabe otras noticias de bulto que se han realizado anoche como el
complemento de esta situación.

-¿Qué ocurrencias son ésas? -dijo don Fernando con curiosidad.

-Nos ha venido del pueblo vecino, de Saucedo, una joven asilada en casa por las
persecuciones del subprefecto Paredes.

-¿Esa niña pagaría algún impuesto o renta fiscal? ¿Tal vez precios?...

-Nada, don Fernando; el coronel gustó de su belleza juvenil y quiso hacerla suya sin
otra bendición que la de su voluntad dictatorial -dijo Manuel riéndose con expansión.

-¿Y?...

-Ha huido del hogar.

-¿De modo que por estos mundos las víctimas salvadas de manos del cura caen a la
hoguera de la autoridad?

-Como usted lo oye -contestó Manuel turbándose visiblemente con las palabras de
don Fernando.

-¡Esto horroriza! ¡Y si fijamos la mirada en los indígenas, el corazón tiene que


desesperarse ante la opresión que éstos soportan del cura y del cacique...!

-¡Ah, señor don Fernando! Desconciertan estas cosas al hombre honrado que viene
de otra parte, ve y siente. Cuando haga mi tesis para bachiller pienso probar con todos
estos datos la necesidad del matrimonio eclesiástico o de los curas.

-Tocará usted un punto de vital importancia, punto que los progresos sociales tienen
que dilucidar antes que el siglo decimonono cierre su último año con el pesado
puntero que va marcando las centurias.

-Esa es mi convicción, don Fernando -dijo Manuel.

-¿Y que me dice usted de las autoridades que vienen a gobernar estos apartados
pueblos del rico y vasto Perú?

-¡Ay, amigo! Ellas buscan empleo, sueldo y comodidad, sin que ninguno de los
elegidos haya tenido noticia de las palabras de Epaminondas para saber que «es el
hombre el que dignifica los destinos», cosa que nos enseñan en la escuela.

-Es que en el país impera el favor -dijo don Fernando sacando una caja de fósforos y
encendiendo el cigarro que, armado, tenía hacía rato entre los dedos.

-¿Usted podría decirme, don Fernando, en qué estado está el expediente relativo al
asalto de su casa? -preguntó Manuel aprovechándose del pequeño silencio que hubo
para variar de conversación; y al preguntar aquello sus carrillos se tiñeron del carmín
más encendido.

-El expediente... ni sé qué decirle, amigo... sólo ayer he preguntado algo de eso al
saber que han apresado al campanero, a quien creo completamente inocente. ¿Le
interesa? -contestó don Fernando arrojando una bocanada de humo.

-¡Mucho, don Fernando! Ya hemos acordado salvar al campanero, cuyo nombre


ignoro, y por otra parte, desearía que... si Margarita conoce aquellos detalles algún
día... los conozca bajo otra forma...

-¡Pif! ¡Fue tan trágico el fin de los infelices padres de la muchacha!

-¡Cuánto daría porque conociese en su verdadero fondo ese trágico fin la digna
ahijada de ustedes! ¡Margarita! Y Margarita...

Iba a decir Manuel todo el secreto de su alma, cuando apareció en la puerta doña
Petronila acompañada de Teodora, a quien presentó con manifiesto cariño.

Capítulo XVII

Martina, la mujer de Isidro Champí, luego que salió de la casa de su compadre


Escobedo, después de sacrificar las cuatro cabezas de ganado vacuno ante la avaricia
del compadre, asustada con la noticia de que la prisión de su marido era realmente por
las campanadas de la asonada, fue corriendo a su casa, tomó los ponchos de abrigo de
Isidro y se dirigió a la cárcel.

El carcelero le dejó entrada libre, y cuando vio a su marido se echó a llorar como una
loca.

-¡Isidro, Isodrocha! ¿dónde te veo?... ¡Ay! ¡Ay!, ¡tus manos y las mías están limpias de
robo y de muerte...! ¡Ay! ¡Ay...! -decía la pobre mujer.

-Paciencia, Martica, guarda tus lágrimas y pide a la Virgen -contestó Isidro procurando
calmar a la mujer que, secándose los ojos con el canto de uno de los ponchos, repuso:

-¿Sabes, Isidro, he ido a ver a nuestro compadre Escobedo, y él dice que prontito te
saca libre?

-¿Eso ha dicho?

-Sí, y aun le he pagado.

-¿Qué cosa le has pagado? Te habrá pedido plata, ¿no?


-¡No! Si ha dicho que te han traído por las campanadas de esa noche de las bullas de
la casa de don Fernando. ¡Jesús! ¡Y tantos muertos que hubo...! Y ese Wiracocha dice
que tiene plata y nos perseguirá -dijo la india santiguándose al mentar a los muertos.

-Así dijo también don Estéfano -contestó Isidro, e insistiendo en la primera pregunta,
pues harto conocía a los notables del lugar, dijo- ¿Y qué cosa has pagado, pues, claro?

-¡Isidrocha...! ¡Tú te enojas...! ¡Tú te estás poniendo amargo como la corteza del
molle ! -repuso la india con timidez.

-¡Vamos, Martina!, tú has venido a martirizarme como el gusano que roe el corazón
de las ovejas. Habla, o si no, vete y déjame solo... Yo no sé por qué no quieres decir...
¿Qué le pagaste?

-Bueno, Isidro. Yo le he dado a nuestro compadre lo que ha pedido, porque tú eres el


encarcelado, porque yo soy tu paloma compañera, porque debo salvarte, aunque sea a
costa de mi vida. No te enojes, tata, le he dado las dos castañitas, la negra y la
afrijolada... -enumeró Martina acercándose más hacia su marido.

-¡Las cuatro vaquillas! -dijo el indio empalmando las manos al cielo y lanzando un
suspiro tan hondo, que no sabemos si le quitaba un peso horrible del corazón o le
dejaba uno en cambio del otro.

-Si él quería que se le diese vacas, y apenas, como quien arranca la raíz de las gramas,
le he arrancado el sí por las vaquillas, porque una es para el gobernador, una para el
subprefecto, otra para el juez y la afrijolada para nuestro compadre.

El indio, al escuchar la relación, inclinó la cabeza mustio y silencioso, sin atreverse a


decir nada a Martina, quien después de algunos momentos salía en pos de sus hijos,
enjugando nuevas lágrimas y con el corazón repartido entre la cárcel y la choza.

Entre tanto, Escobedo, que encontró a Estéfano, le dijo:

-Compañero, aseguratan...

-Ratan -contestó Benites.

-Y como reza el refrán. Ya el indio Isidro aflojó cuatro vaquillonas.

-¿Eh?

-Como lo oyes; vino la mujer lloriqueando y le dije que era grave la cosa, porque la
prisión era por las campanadas.

-¿Y?...

-Me ofreció gallinas; ¿qué te parece la ratona de la campanera?


-¿Pero aflojó vaquillas?

-Sí, pues; ahora ¿cómo nos partiremos?

-Le daremos una al subprefecto, mejor ir derecho al santo, y las tres para nones -
distribuyó Benites.

-Bueno, ¿y el indio sale o no sale?

-Ahora no conviene que salga; lo embromaremos unos dos meses, y después la


sentencia hablará, porque primero está el cuero que la carne, hijo -opinó Benites.

-Eso es mucha verdad, que uno está antes que dos. ¿Y el embargo?

-El embargo que se notifique por fórmula y con eso sacamos cuando menos otras...

-Cuatro vaquillas, claro. Si tú sabes como un vocal, Estefito, y con razón todos te
hacen su secretario -agregó Escobedo frotándose las manos.

-¿Y para qué estudia uno en la escuela del Rebenque, sino para dictar la plana y ganar
la vida, y ser hombre público y hombre de respeto? -dijo con énfasis sacando su
pañuelo sin orlar y limpiándose la boca.

-¿Cuándo hacen el embargo? -preguntó Escobedo.

-Podemos hacerlo dentro de dos días, y se me ocurre una idea. ¡Qué canarios...! Tú
no vayas al embargo, cosa que al indio le hacemos creer que tú, por ser su compadre,
te has empeñado en guardar los ganados, porque si es otro el depositario se los lleva.

-¡Magnífico! Por ahora tu zorro te dicta como libro -repuso Escobedo riéndose y
preguntando en seguida- ¿Qué dirá don Hilarión?

-El viejo ni lee lo que pongo. A todo dice amén, como que es sobrino de cura.

-No seas deslenguado. ¿Y don Sebastián? -advirtió y preguntó Escobedo.

-Don Sebastián dirá «francamente que así me parece bien», y nosotros de esta hecha
estrenamos ropa y caballo para la Fiesta del pueblo -repuso riéndose a carcajadas
Estéfano Benites, en cuyo cerebro quedaba combinado todo su plan para explotar la
inocencia de Isidro Champí, con el apoyo del compadre Escobedo, padrino de pila del
hijo segundo del campanero.

-Muy bien, compañerazo, y ahora que tenemos todo trazado a las claras, la lengua
pide un mojantito -opinó Escobedo.

-De ordenanza, compadrito; pediremos un par de copas, a la pasada, donde la


quiquijaneña o donde la Rufa -contestó Estéfano aceptando la idea de su colega y
arreglándose la falda del sombrero.
Capítulo XVIII

Teodora, en la plenitud de su vida, como ya la hemos descrito al llegar a su pueblo,


lucía una cabellera tan abundante y larga, que a tenerla destrenzada habríale cubierto
las espaldas como una ancha manta de vapor ondulado. El conjunto de su persona era
tan simpático y atrayente, con esa expresión dulce que enamora, que al verla don
Fernando formuló en su pensamiento una especie de disculpa al subprefecto. Invitó
asiento a las recién llegadas, y llamó desde la puerta:

-¿Lucía, Lucía? -arrojando afuera el pucho del cigarro que fumaba.

Mientras tanto, doña Petronila dijo quedito a su hijo:

-Te pillé, bribonazo, te pillé en tu querencia. -Y sonriose maliciosamente.

-¡Madrecita! -articuló Manuel como una disculpa de niño.

Don Fernando preguntó a Teodora:

-Señorita, ¿usted es recién llegada?

-Sí, señor; soy de Saucedo, y sólo hace horas que estoy aquí -contestó la joven con
desenvoltura.

Lucía no se hizo aguardar, y entrando dijo:

-¿De dónde bueno por su casa, doña Petronila?... ¿Y esta señorita?... -y abrazó a una y
a otra.

Doña Petronila, desprendiéndose el pañolón sujeto al hombro, y con aire de


franqueza, exclamó:

-¿Qué les parece a ustedes el dichoso coronel Paredes, que después de dejar el
asperjes de la discordia en mi casa se fue a la de mi compadre don Gaspar a querer
robarle su joya? -y señaló a Teodora.

-¡Madre! -dijo con timidez Manuel.

-¡Guá! ¿Por qué no he de hablar claro -continuó doña Petronila-, si don Fernando los
conoce muchísimo y asimismo la señora Lucía? -y relató punto por punto todo lo
ocurrido en Saucedo.

Cuando terminó su relación, que los esposos Marín escuchaban cambiando la mirada
de la joven a doña Petronila y de ésta a aquélla, los carrillos de Teodora eran dos
cerezas, permaneciendo ella con la mirada clavada en el suelo, sin atreverse a levantar
los ojos. En esta actitud soportó uno de los momentos más difíciles de su vida, ora
recogiendo los pies bajo la silleta, ora estrujando sus manos escondidas debajo de su
pañolón de cachemira.
Manuel se sonreía a veces. Lucía bastillaba la orla de su fino pañuelo, encarrujándolo
y volviendo a soltarlo.

-¿Así que esta señorita es una heroína del amor a su prometido? -dijo don Fernando.

-¡Muy bien! ¡Qué simpática! ¡Así fieles deben ser todas las mujeres cuando quieren! -
expuso Lucía.

-¡Qué felicidad la de encontrar un cariño así! Envidio a Mariano -agregó Manuel.

-¡Pues me gusta la pasada corrida al subprefecto; bien, muy bien, señorita Teodora! -
dijo don Fernando levantándose de su asiento y estrechando la mano de Teodora-. Me
parece que estos pueblos se irán poniendo trabajosos día por día -continuó el señor
Marín-; aquí todos abusan y nadie corrige el mal ni estimula el bien; notándose la
circunstancia rarísima de que no hay parecido entre la conducta de los hombres y la de
las mujeres...

-¡Si también las mujeres fuesen malas, esto ya sería un infierno, Jesús! -interrumpió
Lucía guardando su pañuelo en el bolsillo de la bata.

-Usted, doña Petronila, debe salvar a su esposo y a su hijo, que es un cumplido


caballero -dijo don Fernando dirigiéndose a la madre de Manuel, cuyos ojos brillaron
con la luz del gozo materno. Manuel sonrió inclinando la cabeza, adivinando que la
intención de su amigo era prepararle campo para convencer a doña Petronila.

Lucía salió en apoyo de su esposo, diciendo:

-Efectivamente, amiga, esto ya no es para nosotras; debemos alzar el vuelo a otras


regiones serenas; nosotros nos retiramos pronto.

-¿Se van?... ¿Ustedes se van? -preguntó doña Petronila con interés.

-Sí, señora, lo hemos resuelto -contestó don Fernando apoyando a Lucía.

-¡Jesús! ¡Qué noticia tan triste la que vengo a recibir! -dijo doña Petronila, a quien
Manuel insinuó diciendo:

-Ahora falta que tú te resuelvas, madre, y todos quedaremos contentos.

-Eso... veremos...

-¡Cómo! ¿Qué veremos?... ¡Ah!, pronto ha de saberse cuál de nosotros triunfa -


repuso Manuel acompasando sus últimas palabras con golpecitos dados en el suelo
con el tacón de sus botas.

-¡Margarita, Margarita, ven! -gritó Lucía al ver a la huérfana que pasó junto a la puerta.
Lucía tuvo el deliberado intento de ver qué impresión producía el conocimiento de la
niña en el corazón de doña Petronila, pues desde la conversación que tuvo con su
ahijada, en cuyo corazón existían para con Manuel mayores preferencias de las que
ella alcanzó a medir, estaba preocupada con el porvenir de la huérfana.

-Presentaré a usted a mi ahijada Margarita -dijo Lucía tomando a la niña de una mano
y dirigiéndose a la madre de Manuel.

-¡Qué linda señorita!

-Simpática y amable.

Fueron las palabras que simultáneamente repitieron doña Petronila y Teodora.

-¡Margarita! ¿No es verdad que lleva bien su nombre de flor? -agregó Manuel en
momentos que su madre abrazaba a la huérfana, prodigándole palabras de alabanza
que sonaron como música celestial en el corazón de Manuel, que, ebrio de felicidad,
no cabía en el pecho.

A interrumpir esta escena de calma venturosa llegó una mujer despavorida, llorosa y
confundida, que desde la puerta dijo entre sollozos:

-Señor, Wiracocha Fernando, ¡caridad por la Virgen!

-¿Quién es esta infeliz? -preguntó Marín sorprendido.

-Esta es la Martina... mujer del Tapara -repuso doña Petronila, cuando Lucía se tapaba
los ojos con ambas manos, murmurando para sí:

-¡Marcela! ¡Marcela! Parece su hermana.

Don Fernando volvió a preguntarle:

-Di ¿quién eres, qué pides?

-Soy la mujer de Isidro Champí el campanero...

La última frase descorrió por completo el velo.

Don Fernando y Manuel se demudaron notablemente, y el primero dijo:

-¡Ah...! Ya lo sé, hija; tu marido está preso, ¿no?...

-Sí, Wiracochay, también ahorita se han llevado todos nuestros ganados.

-¿Quién?

-¿Quiénes?

Preguntaron a una vez Manuel y don Fernando.


-¡Las justicias, señor! -repuso lacónicamente Martina.

-¡Las justicias! Pero, ¿quiénes son esas justicias? -replicó Manuel.

-¡Jesús!, ¡qué cosa! -exclamó doña Petronila mientras Lucía, muda de emoción,
apenas abrió sus labios para decir a Margarita:

-Hija, anda, ve a Rosalía y pide un vaso de agua.

Manuel, que en otra circunstancia habría sentido aquella despedida, dirigió a la


señora de Marín una mirada que traslucía toda su gratitud, y sin desplegar los labios
permaneció mirándola por varios segundos.

-¡El alcalde mayor y el gobernador, Wiracochay, misericordia! -dijo Martina,


arrodillándose a los pies de don Fernando.

-¡Oh! ¡Levántate...! ¡Tranquilízate...! -repitió el señor Marín dando la mano a Martina.

-¡Por Dios! ¡Que te salvaremos: se remediará todo; sosiégate! -dijo Manuel,


acercándose hacia Martina.

-Bueno, ¿tú no nos persigues? -preguntó Martina a don Fernando.

-¡No, hija, no!

-¿Tú nos salvas entonces, sacas de la cárcel a Isidro y nuestros ganados del corralón
de embargo?

-¡Sí, te defenderé!

-¿Sí?

-¡Crueles!

-¡Descorazonados! -repitieron sucesivamente, y Martina, sin más promesa que la de


don Fernando y Manuel, salió llena de esperanzas, que su amante corazón de esposa
quería transmitir sin tardanza al del esposo encarcelado.

Capítulo XIX

El cambio de autoridad se efectuó pacíficamente en la provincia. El nuevo


subprefecto dirigió las circulares de estilo a los funcionarios de su dependencia,
invocando la Ley, la Justicia, y la Equidad.
Finalizada la diversión en casa de Teodora, don Gaspar llegó a Kíllac para relatar por sí
mismo a su virtuosa hija todo lo ocurrido en Saucedo después de su fuga, agradecer a
su comadre doña Petronila el hospedaje, y volver en compañía de Teodora a hacer
nuevamente la tranquila vida del campo, mientras se vencía el plazo señalado en los
esponsales del honrado Mariano.

Nadie supo dar razón del paradero del coronel don Bruno de Paredes; porque, a
pocas millas de su salida, despidió su escolta y, solo ya, buscó un refugio seguro.

Súpose, sí, en los días posteriores, que estaban bien mermadas las rentas de Predios
rústicos y urbanos, y en manos de los indígenas una respetable cantidad de recibos de
una contribución personal y forzosa, creada ad hoc por su señoría, titulada: «Derechos
de Instrucción Popular.»

Don Sebastián, mohíno y cariacontecido, se golpeaba el pecho repitiendo:

-Francamente, mi mujer y Manuel sabían la media de la misa, francamente, me pesa,


me pesa por no haber seguido sus consejos.

Tal confesión era un nuevo apoyo para que Manuel llevase a la práctica sus teorías en
la casa, donde su opinión prevalecería respetada y obedecida.

Manuel pasó toda la noche en vela, lápiz en mano, marcando y borrando números
sobre un pliego de papel que tenía cerca, y recorriendo su dormitorio con pasos
acelerados, que de rato en rato se detenía para apuntar algo o buscar ligero descanso
en el sofá.

-¿Y por qué mi anhelo se reduce a dejar el pueblo donde he nacido -se decía- cuando
es propensión innata del hombre amar el engrandecimiento del suelo donde vio la luz
primera?... ¿Por qué no aspiro a vivir aquí donde nació Margarita, y donde, junto a ella,
brotó lozana y bella la flor de mis amores?... ¡Ah! Mi contrariedad se explica por la
palabra de una experiencia razonada. Los lugares donde no se cuenta con garantías
para la propiedad y la familia, se despueblan; todos los que disponen de medios
suficientes para emigrar a los centros civilizados lo hacen, y cuando uno se halla en la
situación en que yo me encuentro, solo contra dos, uno contra cinco mil... no queda
otro remedio que huir y buscar en otro suelo la tranquilidad de los míos y la eterna
primavera de mi corazón... ¡Margarita! ¡Margarita mía! A ti te entumecería el invierno
de los desengaños en esta puna, donde se hielan los buenos sentimientos con el frío
del abuso y del mal ejemplo. Tú vivirás bella y lozana donde se comprenda tu alma y se
admire tu hermosura; ¡tú serás el sol que me dé calor y vida bajo la sombra del árbol
extraño...!

Por la mente del hijo de doña Petronila cruzaban, revoloteando, mil aristas
chispeantes, llevando un enjambre de ilusiones sostenidas en su corazón por dos
fuerzas activas: nobleza de sentimiento y pureza de pasión. Dio unas cuantas vueltas
por la habitación, distraído y embebido en sus pensamientos, y sacó un cigarro
guardado en una cajita de caucho. Manuel fumaba en raras ocasiones. El tabaco, lejos
de constituir un vicio, era un agente de pasatiempo. Armó el cigarro, y después de
encenderlo a la lumbre de la vela de sebo, darle tres chupetones seguidos y arrojar
humo por la boca y narices, se dijo: «¡Sí! Ellos salen pronto... ¡Yo iré a encontrarlos, así
sea al confín del mundo...! Y lejos ya de Kíllac, lejos del teatro de la tragedia del 5 de
agosto, abriré mi corazón ante don Fernando, pediré la mano de Margarita, y una vez
aceptado, fijado un plazo, seguiré con fe y aliento el término de la carrera que he
abrazado. ¡Sí, sí! ¡Estoy resuelto...! Confiaré a don Fernando, a Lucía y a mi Margarita
el secreto de mi nacimiento, porque esa confidencia asegurará mi felicidad: pero...
antes hablaré a mi generosa madre, sobre cuya frente no puedo yo arrojar... ni las
sombras siquiera de la deshonra. ¡Madre! ¡Madre querida...! La fatalidad me colocó en
tu seno, y después... ¡Ay! ¡Mi presencia torturó tu vida, reflejándose en la terquedad
de un padrastro...! Y, hoy que me siento hombre, ¿por qué no es para ti todo el calor
de mis afectos? ¡¡Margarita...!!

El primer rayo de aurora, apacible y sereno, penetró por los resquicios de la puerta y
ventana del dormitorio de Manuel, que veló desde la tarde a la mañana, de claro en
claro, con el primer insomnio del amor y el deber.

Capítulo XX

El objeto de la visita de doña Petronila a la casa de los esposos Marín no era sólo
presentar a Teodora y transmitir las noticias de Saucedo, sino obtener unas
recomendaciones de don Fernando para la nueva autoridad. Por esto, luego que salió
Martina, la mujer del campanero, dijo al señor Marín:

-He venido a molestarle, mi don Fernando, con una súplica.

-Molestia no será jamás, mi doña Petronila.

-Me han dicho que usted es amigo del nuevo subprefecto.

-Le conozco, verdad, aunque muy de lejos; pero... ¿qué se ofrecía?

-¡Lástima! Yo quería una carta de recomendación para Teodorita y mi compadre don


Gaspar; después de todo lo que ha pasado, figúrese usted cómo no estarán temblando
los pobres de que vaya otra vez gente de malos tratos como ese militar -dijo doña
Petronila prendiendo su pañolón.

-Siento contrariedad al no complacerla; pero yo trataré de buscar la influencia de otro


amigo -contestó Marín.

-Salas es pariente del nuevo subprefecto -indicó Lucía.

-Sí, pero no es él de quien pienso valerme, sino de Guzmán; porque éste me ayudará
a trabajar en favor de Isidro Champí.
-También usted, doña Petronila, por su parte, vea cómo arregla don Sebastián el
asunto del campanero -recomendó Lucía.

-Eso queda a mi cargo, y... hasta prontito -dijo doña Petronila despidiéndose junto
con Teodora y Manuel, a quien dijo don Fernando:

-Nos veremos luego para acordar lo de Champí.

Margarita, que fue al interior de la casa en busca de Rosalía, respiró un poco de aire
libre lejos de su madrina, cuyas miradas se le habían hecho sospechosas desde las
confidencias que tuvo con ella y el modo como se expresó de Manuel.

El aire que la soledad brinda a los corazones que sufren en la asfixia del dolor está
impregnado de melancolía, y parece entibiado por el bálsamo del consuelo.

El amor es como una planta.

Colocado en terreno fértil, exuberante y rico, crece con rapidez sorprendente.

El temperamento vigoroso y el físico robusto de Margarita abonaban el desarrollo


prodigioso de sus simpatías por Manuel, y las condiciones en que la había colocado el
destino constituían un nuevo elemento motor, dándole a los catorce años los impulsos
de un cerebro maduro y las fruiciones de un corazón de veinte primaveras.

Quedaban solos don Fernando y Lucía en el salón, y ésta dijo:

-No dirás, querido Fernando, que es adelantamiento de juicio femenino, pero creo
saber que Margarita y Manuel se aman, y...

-Sería afecto celebrado por mí.

-¡Cómo, Fernando! ¿Y los miramientos sociales y los deberes de conciencia?


¡Margarita es la hija de Marcela, madre heroica, víctima de don Sebastián, y Manuel es
el hijo del verdugo...!

-Aquí te gané la partida, hijita mía -dijo don Fernando sonriendo y tomando la mano
de Lucía-. Manuel me ha dejado entrever un misterio en su nacimiento. Esa historia
espero conocerla, y te aseguro que yo no he creído jamás que ese joven tan digno sea
hijo de don Sebastián. Nunca lo he pensado, ni antes de que Manuel dejase escapar
algunas frases en momentos de franqueza.

-¡Dios mío...! ¿Este viejo tan feo?... ¿Me ganarás, Fernando? Ese detalle importa la
solución de un problema que me llena de pesar; porque he sembrado la semilla de la
aversión en el tierno corazón de nuestra Margarita.

-¿Cómo, de qué modo? -preguntó con sorpresa don Fernando soltando la mano de
Lucía y mirándola con atención.
-Señalándole a Manuel como el hijo del matador de su madre...

-¡Imprudente...! -exclamó Marín con amargura; mas, como hallando reparación,


agregó- Si ella le ama, no habrá brotado el odio, y será doblemente feliz el día en que
sepa que Manuel no es vástago del abusivo gobernador de Kíllac.

-¡Desde hoy trabajaré, Fernando mío, para disipar en el corazón de mi ahijada esa
sombra que ha proyectado mi palabra imprudente! Sí, conozco que, en realidad, es un
partido ventajoso para nuestra Margarita.

-Inmejorable, querida Lucía; yo amo a esa juventud estudiosa y seria que encuentra
en su propia inspiración el aliento para el trabajo; por esto amo a Manuel y preveo que
será un abogado distinguido, capaz de dar lustre al foro peruano. Fuera de esto,
sabrás, Lucía, que los medios materiales de que dispone son más que suficientes para
sostener con desahogo a su familia.

-¡Tus palabras me comunican satisfacción infinita, Fernando! Es preciso que ellos sean
felices.

-Coadyuvar a la ventura de Margarita es un deber para nosotros, hija mía.

-¡Sí, amado Fernando! Yo le juré esto a Marcela cuando en los umbrales de la muerte
depositó en mi alma el secreto de que Margarita es la hija de aquel hombre, y me
reveló los pormenores que tú sabes. Luego, ¡Margarita será tan feliz como yo, si ella
ama a Manuel como te quiero, mi Fernando!

-¡Adulona! -dijo don Fernando con voz cariñosa abrazando a Lucía.

¿Por qué había revelado a don Fernando el secreto de Marcela? ¿Es verdad que la
mujer no puede ser nunca la guardadora de un secreto?

¡No!

Lucía amaba mucho a su esposo para haberle callado nada, y es de explicarse esa
intimidad inherente al matrimonio que realiza la encantadora teoría de dos almas
refundidas en una, formando la dicha del esposo, que permite leer, como en un libro
abierto, en el corazón de la mujer, que al dar su mano no esquivó la ternura del alma
enamorada, como la ofrenda del amor perdurable jurado en el altar.

El matrimonio no debe ser lo que en general se piensa de él, concederle sólo el


atributo de la propagación y conservación de la especie.

Tal será acaso la tendencia de los sentidos; pero existe algo superior en las
aspiraciones del alma que busca su centro de repercusión en otra alma, como el ser
espiritual unificado por las potencias de memoria, entendimiento y voluntad, y
estrechado por el vínculo santo del amor.
Lucía, que nació y creció en un hogar cristiano, cuando vistió la blanca túnica de
desposada aceptó para ella el nuevo hogar con los encantos ofrecidos por el cariño del
esposo y los hijos, dejando para éste los negocios y las turbulencias de la vida,
encariñada con aquella gran sentencia de la escritora española, que en su niñez leyó
más de una vez, sentada junto a las faldas de su madre: «Olvidad, pobres mujeres,
vuestros sueños de emancipación y de libertad. Esas son teorías de cabezas enfermas,
que jamás se podrán practicar, porque la mujer ha nacido para poetizar la casa.»

Lucía estaba llamada al magisterio de la maternidad, y Margarita era la primera


discípula en quien ejercitara la transmisión de las virtudes domésticas.

-¡Bien, Fernando!, queda convenido que yo varíe totalmente de parecer acerca de la


inconveniencia de los amores de Manuel y Margarita, para quien buscaré una
explicación en los límites de la prudencia -contestó Lucía.

-¡Bien! Pero yo tengo que ocuparme de esa pobre familia del campanero.

-¡Fernando, Fernando mío...! Mi corazón tiembla de terror. ¡Ah...!, cuando entró


Martina creí ver la imagen de Marcela, y no sabes qué lúgubres presentimientos me
han asaltado. No he dicho nada, he callado porque primero eres tú, y temo...

-No temas nada, hija; no tomaré las cosas de frente, pero es imposible dejar que
asesinen a otro hombre con el estoicismo del verdugo.

-¡Quisiera ya estar lejos de Kíllac para no ver estas cosas...! ¿Y Manuel, qué hará?

-Ten paciencia, hijita; pocos momentos te quedan en este lugar ya odioso.

Manuel se encargará de todo, de acuerdo con Guzmán, y voy a escribir a éste ahora
mismo -dijo don Fernando dirigiéndose a su escritorio. Lucía se retiró también de la
sala.

Sentado a su pupitre escribió don Fernando las siguientes líneas:

«Kíllac, 13 de diciembre de 187...

SEÑOR DON FEDERICO GUZMÁN.

Aguas-Claras.

Querido amigo:

Estoy en vísperas de retirarme a la capital, resolución que he tomado por las razones
que usted conoce.

Necesito de su amistad e influencia ante el nuevo subprefecto para sacar de la cárcel


a Isidro Champí, campanero de este pueblo, a quien han apresado los verdaderos
culpables de la asonada del 5 de agosto. Estoy perfectamente convencido de que ese
indio es inocente; pero aquí nada se puede hacer contra las maquinaciones en masa de
los vecinos notables que constituyen los tres poderes: eclesiástico, judicial y político.
Casi me atrevería a asegurar que Estéfano Benites, Pedro Escobedo y el gobernador
Pancorbo son los verdaderos culpables, habiendo desaparecido ya el cura Pascual
Vargas.

Tal vez extrañará a usted que pida la intervención de la autoridad política en este
asunto sometido al juzgado; pero si reflexiona usted por un momento sobre el
personal que administra aquí la justicia, conocerá la necesidad de que una autoridad
recta y bien intencionada haga cumplir las leyes.

No tengo interés en la prosecución del juicio. Deseo únicamente dejar salvado al


campanero, cuya suerte me contrista, y es todo lo que le recomiendo.

Si puede usted conseguir esto, se lo agradeceré en el alma.

Necesito una cartita de recomendación de usted para el subprefecto, a favor de don


Gaspar Sierra y su familia. Todavía por acá se presta mucha importancia, amigo, a las
cartitas de recomendación; lo que para mí es buen indicio, porque todavía se cree en
la amistad y los servicios desinteresados, y no se ha olido que en otras partes no hay
recomendación posible fuera de una onza de oro.

Prepáreme sus órdenes, querido amigo; acepte las memorias de mi Lucía, y disponga
de la voluntad de su muy amigo y S. S.

Fernando Marín.»

Doblada y cerrada en un sobre azul, guardó don Fernando esta carta en el bolsillo
interior de la levita, y salió en dirección a la calle, donde también esperaba ver a
Manuel.

Capítulo XXI

Martina penetró en el calabozo de su marido con paso acelerado y respiración


agitada; pero la lobreguez que reinaba en ese recinto, para quien entraba de la
claridad, cegó de pronto sus pupilas.

La tenue luz que se cernía por los intersticios de una ancha claraboya tapiada de
adobes fue bañando la retina de la india; que al fin distinguió las paredes, el suelo, el
poyo que hacía de cama, y sentado en él a su marido, el cual contemplaba a la recién
llegada sin atreverse a preguntarle nada, temeroso de escuchar el anuncio de nuevas
desgracias.
Martina, al distinguirle, dijo con entusiasmo:

-¡Isidro, Isidro!, arranca de tu corazón la pena negra. El Wiracocha Fernando no nos


persigue, es mentira, le he visto.

-¿Le has visto? -repitió Isidro con indiferencia.

-¡Sí, le he visto, le he hablado, y me ha dicho que te salva, que nos salva!

-¿Eso ha dicho? Y tú le crees, ¿no?

-¿Por qué no he de creer si él no es de aquí? ¡Isidro!, sólo en nuestro pueblo sacudió


su poncho el diablo derramando candela y mentira.

-¿Y qué te ha pedido en pago?

-¡Nada! Ni siquiera me ha preguntado si tenemos ovejas.

-¿De veras? -preguntó el indio abriendo más los ojos.

-De veritas, Isidro, y dice que él no te persigue. ¡Ay!, ¡ay!, yo creo que él nos salvará,
como ha recogido a las hijas de Yupanqui; no lo dudes, Isidro, se enojaría el Machula
de la oración... Las nubes tapan el sol, la tarde oscurece, pero esas nubes pasan
recogidas por el mismo que las extiende, y el sol aparece y brilla y calienta de nuevo.

-¡Acaso, acaso, Martinacha! -dijo el indio ahogando un suspiro y estirando ambos


pies.

-¡Por la Virgen, Isidro, nuestras penas pasarán también! Sin duda tú no has sabido
encomendarte a la Virgen cuando tocabas las campanas del alba, y por esto nos ha
caído tanta desgracia, como la helada que pone amarillas las hojas y malogra el choclo
-dijo ella sentándose junto a Isidro.

-¡Pudiera ser, Martina, pero... nunca es tarde para llorar! ¡La tierra que está un año,
dos, tres, hasta cuatro sin dar fruto, de repente se sacude y... llena la troje con la
cosecha.

-¡Bueno! Reza, pues, el Alabado. Y... hasta mañana; voy, por nuestros hijos.

-¿Qué dicen nuestros hijos? ¿Por qué no me traes siquiera a la sietemesina?

-Cuando me preguntan por ti, digo que estás en viaje. Miguel calla y se agacha,
porque ya él entiende y no lo puedo engañar. ¿Que los traiga?... ¡Jesús! ¿Para qué?...
¡Ay!, basta con que tú y yo conozcamos la cárcel... hasta mañana -dijo, y besó a Isidro
con el tranquilo y casto beso de las palomas.
Mientras pasaba esta escena entre Isidro y su mujer, en casa de Estéfano Benites se
encontraban reunidos varios vecinos comentando los últimos sucesos entre copa y
copa, cuando llegó Escobedo y dijo desde la puerta:

-¡A ver, qué convidan! Habrá miel cuando cargan moscas.

-¡Adelante, compadrito! -contestó Estéfano disponiéndose a servir una copa al recién


llegado.

-Ni mandado llamar con alguacil de gobierno -dijo uno.

-Sus narices lo han traído, ha olido la tranquilla -aclaró otro, riendo.

-Por acá siéntese -agregó el primero invitándole asiento.

-No, amigotes, gracias; de sobre paradito no más, que estoy ocupao -contestó
Escobedo recibiendo la copa de Estéfano, a quien dijo en secreto- ¡Te necesito, suena
gordo!

-¡A la salud de ustedes! -brindó Estéfano, advirtiendo a su amigo con el mismo sigilo-:
Allá voy.

Y después de trincar se retiraron los dos hacia la puerta, donde tuvo lugar el siguiente
diálogo sostenido a media voz:

-¿Sabes que el tal don Fernando está dando pasos por el campanero?

-¡Hola...! ¿Pero no dicen que se va?

-Sí, es verdad que se va, y eso no se opone a que quiera defender al indio, y si mete el
brazo perdemos soga y cabra.

-¡Esto no es posible! ¡Dejarse despabilar cuatro... qué! ¿Por lo menos ocho vacas?
¡Eso no es posible!

-También el hijo de don Sebastián está en correteos...

-¿Cómo?... ¡No entiendo lo que quiere ese pedante...! Bien dijiste que sonaba gordo.

-¿...qué ideas, pues?...

Estéfano permaneció mudo por unos segundos con la vista fija en el suelo, y de
improviso dijo:

-Me oculto con el expediente.

-Me parece bien.


-Lo que importa ahora es saber qué día se marcha ese bergante de Marín. Lo que es al
peruétano de Manuelito no le tengo miedo; don Sebastián está por medio, y... en
último caso, le daremos una paliza.

-Así es. Yo averiguaré inmediatamente el día de la marcha, y los pasos que están
dando, y...

-En el acto hago viaje al fondo de la tierra. Que me pillen... ¡Pist...! -dijo Estéfano
pegando un silbido y agitando el labio inferior con el dedo índice de la derecha.

-¡Magnífico! ¡Dicho y hecho!, y vamos a dejar pelao al entrometido de Marín.

-¡Tomemos otro trago, y a nadar, pato! -dijo Estéfano alargando la mano a su


camarada.

-Bueno, compadrito -repuso Escobedo estrechándole la mano, y ambos se llegaron a


la mesa, sirvieron todas las copas, e invitando a beber, dijo Escobedo:

-¡Salud, caballeros!, éste es el anda vete. -Vació su copa, limpió sus labios con la orla
de la sobremesa, y salió a cumplir su comisión.

Capítulo XXII

El transcurso de los días despejó el cielo de las nubes que lo entoldaban, y los arreglos
económicos en casa de Manuel superaron todo cálculo.

Manuel iba a emprender su viaje a Lima para ingresar en San Carlos. Su alma recibió
la esperanza de vivir cerca de Margarita, cuyo ingreso en uno de los mejores colegios
de la capital era también cosa resuelta.

Entre tanto, todos los pasos dados por don Fernando y Manuel para arrancar de la
cárcel a Isidro eran estériles, pues el juez de paz se encerró en el castillo de las
fórmulas, pidió informe al promotor fiscal y se contentó con ofrecer a los interesados
el despacho rápido del asunto.

Para don Fernando era imposible postergar su viaje, y dijo a su esposa:

-He ideado una forma, hija, de ver la reconciliación general entre los vecinos de acá y
nosotros, pero con el solo propósito de alcanzar la libertad de Isidro.

-¿Cuál, Fernando? ¡Oh! Dios te inspire, porque verdaderamente nos sería doloroso
irnos dejando en la cárcel a ese infeliz.
-Daremos un banquete de despedida para la mañana de nuestra salida, y allí
comprometeremos a todos en favor de Isidro. Creo que éstos le han encarcelado sólo
para que aparezca un culpable y sincerarse ellos. Una vez que nos vamos, desaparece
todo motivo para continuar ese juicio, y la libertad de Isidro será cosa resuelta.

-¡Apruebo, querido Fernando, tu idea, y ahora mismo ordenaré que preparen todo,
aunque ha de costarnos algo caro, porque he visto que aquí explotan al recién llegado
y al que se va!

-¡No importa, hija! ¡Cuánto dinero se bota en cosas inútiles! Y sobre todo, sea un
capricho nuestro querer libertar a ese indio. Con cien soles tendremos de sobra, ¿no?

-No tanto, hijo; ¿no sabes que una gallina vale veinte centavos, un par de pichones de
paloma diez centavos, y un carnero sesenta centavos?...

-¡Qué baratura, por Dios! ¿Y así hay quienes le roban al indio?

-¡Admírate, hijito! ¡Oh! ¡Pobres indios! ¡Pobre raza! ¡Si pudiéramos libertar a toda ella
como vamos a salvar a Isidro...!

Decía esto la señora Marín cuando tocaron a la puerta.

Era Manuel que llegaba con un rollo de papeles en la mano. Saludó, puso su
sombrero sobre una silleta, y dirigiéndose a don Fernando, dijo:

-Vengo con el ánimo contrariado, señor Marín. Después de tantas andanzas y haber
presentado estos dos recursos que están con decreto, resulta que el expediente lo
tiene Estéfano Benites, y éste no se halla en el pueblo. Su mujer me ha asegurado que
ha ido a Saucedo, de donde volverá dentro de tres o cuatro días.

-¡Qué contrariedad, amigo Manuel! -contestó don Fernando.

-Tal vez se habrá escondido. Ese mocito tiene una cara de Pilatos... -opinó Lucía.

-Eso no lo creo, señora, porque aquí no media interés privado -repuso Manuel.

-Lo peor es que no puedo postergar el día de la marcha. Esto de estar sujeto al silbato
del tren... -dijo don Fernando moviendo la cabeza.

-¿Es mañana el viaje? -preguntó Manuel.

-Mañana, amigo; todo está listo, y de quedarse habría que postergar quince días la
marcha; tenemos cinco días de a caballo, el tren viene sólo quincenalmente a la
estación de los Andes, la última de la línea... en fin, usted que se queda...

-Sí, señor Marín, yo haré los esfuerzos posibles.

-Tal vez se arregle con tu plan -dijo Lucía.


-Veremos; he pensado invitar mañana a un almuerzo de despedida al vecindario, y allí
hablar a todos por Isidro, comprometerlos, suplicarles...

-Encuentro feliz la idea, señor Marín, y concibo esperanzas de buen resultado.

-Se me ocurre una cosa, Fernando. Mándale una esquelita de invitación a Pilatos, y si
está aquí, viene con seguridad -dijo Lucía.

-Vaya que lo has rebautizado al hombre -contestó riendo Marín, Manuel agregó:

-No será de más, porque a su regreso verá que usted no le ha excluido de la


invitación, y tal vez se preste a servirnos.

-Sí, está bien; ocupémonos de invitarlos, porque otros quehaceres no me quedan ya;
¡felizmente estoy libre! -dijo Marín.

-Yo también voy a inspeccionar el campo de la cocina, porque las cosas preparadas
con calma son sabrosas y sustanciosas -dijo Lucía, y salió.

-Pues la ocurrencia de la señora no ha podido ser más feliz, señor Marín. ¿Sabe usted
que esa invitación a Benites o Pilatos, como ha dicho con tanta gracia su esposa, es
muy importante? -observó Manuel a don Fernando.

-¡Oh, amigo!, las mujeres siempre nos ganarán en perspicacia y en imaginación. ¡Lucía
tiene ocurrencias que me encantan! Le aseguro que cada día me siento más
enamorado de mi mujer. Manuel, deseo que usted cuando se case sea tan feliz como
yo -dijo Marín.

Manuel bajó los ojos, tomando sus carrillos el tinte de la grana, y el nombre de
Margarita cruzó por su mente envuelto en el vaporoso tul de las ilusiones, y
disimulando preguntó:

-¿En qué términos redactamos la invitación a Estéfano?

-Eso es sencillo; aquí hay recados de escribir -dijo don Fernando sentándose a la
mesa, y después de trazar varios renglones alargó a Manuel el papel, donde leyó lo
siguiente:

«Casa de usted a 15...

Estimado amigo:

Debiendo retirarme mañana a la capital, y deseando despedirme de los vecinos


notables del lugar del modo más cordial, espero almorzar mañana en unión de todos: y
siendo usted uno de los vecinos que deseo abrazar al separarme de Kíllac, tal vez para
siempre, ruégole quiera honrarme aceptando el insinuado almuerzo, a su muy atento y
S. S.

Fernando Marín...

Al señor don Estéfano Benites.

Presente.»

-Está muy bien, señor Marín, aquí viene bien aquello de que estrechamos manos que
quisiéramos ver cortadas -dijo Manuel doblando el papel.

-¡Exactamente! Cuánta farsa hay en la vida, ¿no?

-¿Y qué se va a hacer, don Fernando? Bien; yo me encargo de remitir esta esquela con
un sirviente.

-Gracias, amigo; y diga también a don Sebastián y doña Petronila que no falten, ¿eh?

-Así lo haré. Hasta pronto -dijo Manuel tomando su sombrero y saliendo.

Capítulo XXIII

En el patio de la casa blanca se encontraban más de veinte caballos ensillados, pues


los vecinos, al recibir la invitación de don Fernando, desearon hacerle los honores de
costumbre, acompañándolo en su salida hasta una legua de la población.

Doce mulas, con sus aparejos y arreos de marcha, recibían carga de varios capataces
que levantaban ya maletones, ya baúles, ya almofreces de cuero.

Transcurrían las últimas horas de permanencia de don Fernando Marín en Kíllac.

Los invitados fueron recibidos con amabilidad según iban llegando, siendo de los
primeros Manuel y su familia.

La mesa, arreglada en el espacioso comedor, ofrecía como novedad de estación las


olorosas frutillas y las ciruelas moradas, artísticamente colocadas en fruteros de loza
blanca, y enormes fuentes repletas de pichones, aderezados con el vinagre de
manzana y ramos de perejil en el pico, incitaban el apetito.

La sala de recibo estaba llena de gente, y el judío a quien traspasó la estancia don
Fernando paseaba de un lado a otro con el semblante contraído, como vigilando que
no sufriese más deterioro la que, mediante el contrato, pasó a ser su propiedad.
Por en medio del barullo de bestias y cargadores que invadían el patio, pasaron
vestidas de riguroso luto Margarita y Rosalía, conducidas por una sirvienta, y se
dirigieron al cementerio, donde iban a orar por la postrera vez sobre la tumba de sus
padres; a verter unas lágrimas de adiós, cuyo precio ignoraban ellas mismas.

Lucía cuidaba de que las huérfanas mantuvieran en su corazón la reliquia del amor
filial.

El camposanto de Kíllac es un lugar desmantelado y pobre.

Allí no existen ni mausoleos que pregonen vanidad ni inscripciones que señalen


virtudes. Sólo pequeñas prominencias de tierra, señaladas con una tosca cruz de palo o
de espino, indican la existencia de restos humanos bajo su seno.

Pero los esposos Marín, solícitos y buenos hasta para el sepulcro de Juan y Marcela,
hicieron colocar una cruz de piedra blanca. Al pie de ella se arrodilló Margarita, cuyo
corazón estaba preparado para todas las escenas en que la ternura ofrece mayor
caudal.

Margarita, que al separarse de su madre muerta quedó en el mundo como el ruiseñor


sin alas expertas para buscar su alimento y el árbol donde colgar su nido, se llegaba
hoy ante los mismos despojos con el corazón ocupado por el amor de los amores.

-¡Madre! ¡Padre...! ¡Adiós...! -dijo Margarita después de recitar el padrenuestro y


avemaría cuyas palabras, aprendidas de Lucía, hizo repetir una a una a Rosalía.

¿Saben acaso las niñas de la edad de Rosalía lo que es despedirse para siempre del
sepulcro de una madre, urna sagrada que guarda las cenizas del supremo amor? ¡Dolor
de los dolores! ¡Él podía resarcir los desvíos del corazón desnudo de afectos...!

Mientras las huérfanas hacen esta visita, veamos lo que pasa en la casa blanca.

En momentos de ir al comedor, se presentó Estéfano Benites.

Al verlo, don Fernando, Lucía y Manuel cambiaron una mirada que encerraba un libro
de filosofía moral, y Lucía sonrió con la sonrisa del triunfo.

-Señora, señor -se apresuró a decir Estéfano, y dirigiéndose a Marín, agregó-: Yo solo,
esta mañana, he llegado de un viajecito que hice a Saucedo, y recibiendo su cartita en
el acto, me he pasado, aun en el mismo caballo, porque deseo acompañar a ustedes.

-Tantas gracias, don Estéfano; eso esperaba de su amabilidad -repuso don Fernando.

En aquellos momentos llamaron a la mesa.

-A la cabecera la señora Petronila -indicó don Fernando.

-No, señor; ¡qué disparate! Estando aquí el señor cura inter... -replicó ella.
-Sí, es el señor cura quien debe presidirnos -opinaron varios.

-Como ustedes gusten; yo lo hacía porque las señoras...

-Sí, mi don Fernando, dice usted bien; la señora Petronila que se siente ahí: yo aquí
me arrellano -resolvió el inter.

-Don Sebastián por este lado.

-Para mí, francamente, cualquier punto es de comodidá.

-¿Todos están instalados?

-Sí, señor, todos -dijeron varios.

-¿Tomarán una copita de biter?-preguntó don Fernando.

-Cualquier cosa, señor; para abrir mañas todas son iguales -dijo el inter.

-Para mí, francamente, no hay como el purito; yo tomaré blanquito no más -pidió don
Sebastián, que había cambiado la capa por un poncho de vicuña con fajas de seda
color aroma.

-Gabino, sirve a todos -ordenó don Fernando al mayordomo.

-¿Y la señora Lucía, tomará algo? -propuso Manuel.

-Yo tomaré un poquito de vino y nos acompañará su mamá -contestó Lucía.

Estando todos servidos, don Fernando se puso de pie y dijo:

-Señores, no he querido irme de este generoso pueblo, que me brindó su


hospitalidad, sin despedirme de sus buenos y notables habitantes, y me he permitido
reunirlos en este modestísimo almuerzo. Brindaré la primera copa por la salud y la
prosperidad de los habitantes de Kíllac.

-¡Muy bien!

-¡Bravo! ¡Bravo! -repitieron todas las voces masculinas y siguió el almuerzo en íntimo
regocijo, sirviéndose buenas y variadas viandas, sin faltar el cabrito al horno.

Manuel estaba próximo a Lucía, y le preguntó a media voz:

-¿Qué es de su ahijada, señora?

-Margarita y Rosalía han ido a cumplir un deber de despedida; las niñas almorzaron
temprano...
-Día de viaje no era posible de otro modo.

-Pero no tardarán mucho.

La bulla aumentaba por grados, y la confianza, por supuesto.

Don Fernando, que todo lo medía y calculaba, volvió a ponerse de pie y dijo:

-Señores: todavía pido la atención de ustedes. Ruego que mis amigos me den una
muestra de afecto; quiero irme de Kíllac llevando sólo impresiones gratas, sin dejar
tras de mí infortunio alguno. Creo que en la cárcel existe un preso, parece que es el
campanero, y aguardo que trabajen todos por la libertad del preso.

-¡Bravo! -gritaron muchos entre nutrido palmoteo, que duró algunos segundos.

Restablecida la calma y pasando al sirviente el plato que acababa de despachar, don


Sebastián dijo:

-Mi cura-inter que hable; francamente, a él le toca contestar.

El cura-inter, cruzando el tenedor y cuchillo sobre el plato, limpiose los labios con la
servilleta.

-¡Sí, el señor cura tiene la palabra! -vocearon varios, chocando las copas sobre los
platos.

-Aquí al señor juez le toca -repuso el inter, dirigiéndose a Verdejo.

Estéfano y Escobedo se miraron con intención y el aludido respondió:

-Loqués yo ojalás soltara toitos los presos, que me dan más dolores de cabeza que mi
mujer.

-¡Jaaa! -exclamó a carcajadas la reunión, encontrándole gracia al chiste de don


Hilarión, y Escobedo dijo a media voz a Estéfano:

-Compadrito, aviente por acá esa fuente de alcachofas.

-Allá va, que mal gusto tienes -repuso Benites, pasando la fuente.

-¿Entonces, por dada la libertad?... -preguntó Manuel que hubo disminuido la


algazara.

-En lo que me toca, ¿comoede decir que no, don Manuelito? -dijo el juez.

-Pues entonces, por la libertad de mi compañero -propuso el inter.


-Sí, señores, copa llena, y... pensar en la marcha -dijo don Fernando, dirigiendo sus
últimas frases a Lucía, quien repuso:

-Sí, hijo, vamos; es más de la una.

-¡Salud, señores!

-¡Buen viaje, señor Marín!

-¡Qué desayuno tan suculento! Pero así, así, yo no perdono el chocolate, que será del
Cuzco -dijo el cura-inter, colocando la copa que acababa de vaciar, y limpiándose la
boca con la servilleta.

Margarita y Rosalía, que acababan de dejar una lágrima y una plegaria en el altar de
sus afectos, volvieron a la casa blanca, donde todo estaba listo para la marcha, cuando
los concurrentes comenzaban a salir del comedor.

Manuel fue a recibir en sus brazos a la huérfana, rebosando de felicidad, porque,


allanadas por ensalmo las dificultades, los sueños de rosa, como los tornasolados
celajes que se apiñan en el horizonte, embargaron aquellos corazones juveniles,
anunciando también venturosos días a los esposos Marín, interesados ya en tejer la
cadena de flores que ligase para siempre aquella linda pareja.

¡Manuel! ¡Margarita!

Pluguiera al cielo que esos celajes de rubí no se tornasen nunca plomizos ni tétricos.

¡La virtud! Ese dorado sol de verano que todo lo embellece con su cabellera de oro
extendida de los cielos a la tierra, que todo lo calienta y vivifica en los horizontes de la
juventud, haciendo que el universo sonría de contento para quien ama y espera, no
había plegado sus alas en el hogar de Lucía, pero la lucha es necesidad imperiosa de la
vida para la perfecta armonía de lo creado.

Manuel y su madre tenían acordado ya su viaje a Lima, pero el primero iría antes a
hacer los arreglos convenientes de casa, colocación de fondos y demás, estando ya
resuelto que tomaría el inmediato tren para reunirse con don Fernando y su familia,
quienes lo esperarían en el Gran Hotel, para seguir juntos el viaje hasta llegar a las
playas del Callao.

-¡Señora Lucía, adiós!

-¡Adiós, amigo!

-¡Margarita mía!

-¡Un abrazo, don Fernando!

-¡Hasta la vuelta!
-¡No se olviden de Kíllac!

-¡Dichosos los que se van!

-¡Quien se va olvida, y quien se queda llora!

-¡Adiós, adiós!

Tales fueron las palabras que se cambiaron, rápidas unas, expresivas otras.

Lucía, vestida con su elegante bata de montar, sus guantes de cuero de Rusia y su
sombrero de paja de Guayaquil con velo azul, iba a tomar la estribera cuando dejó caer
su elegante chicotillo con puño de marfil.

Don Sebastián, que estaba próximo, se apresuró a levantarlo.

En este instante apareció por el zaguán de la calle una partida de hombres armados, al
mando de un teniente de caballería llamado José López que, dirigiéndose a don
Sebastián y mientras la tropa rodeaba la casa, dijo:

-¡De orden de la autoridad, dése usted preso, caballero!

Un rayo caído en medio de aquella gente no habría producido el efecto que causó la
palabra del teniente López, quien sacando un papel del bolsillo del talismán,
desdoblándolo y leyendo, agregó:

-Estéfano Benites, Pedro Escobedo, Hilarión Verdejo, se darán igualmente presos.

-¡Traición! ¡Don Fernando nos ha tendido una red! -gritó colérico Benites.

-¡Miserable traición! -repitieron Verdejo y Escobedo dando un brinco.

-¿Y por qué me aprisionan a mí, francamente? -dijo don Sebastián, mientras que el
pánico cundía entre los presentes, que no alcanzaban a explicarse el origen de las
prisiones, pues ni memoria hacían del asalto de la noche del 5 de agosto y olvidaban el
derecho que asiste a una autoridad nueva para hacer justicia desde los primeros días.

Don Fernando, sin hacer mérito de las palabras de Benites, llamó al teniente López y
le dijo:

-Señor oficial, ¿puedo saber a qué orden obedecen estas prisiones?

-No hay inconveniente en ello -repuso López alargando a Marín el pliego que aún
tenía entre las manos.

Don Fernando, a quien se acercó Manuel lleno de ansiedad, tenía ante sí una
resolución judicial, expedida a pedimento de la autoridad política, que mandaba
capturar a los de la referencia. En seguida dijo a Manuel:
-Guarde usted; Manuel, su serenidad de hombre. La peor venda para los ojos de la
razón es el acaloramiento, y con la frialdad necesaria proceda usted de frente. Póngase
usted al habla con Guzmán, a quien escribiré por la primera posta.

-¡Jesús! ¡Si parece todo tramao! -decía Verdejo.

-¡No! ¿Cómo, a la cárcel? -gritaban Escobedo y Benites.

-Supongo que este incidente demorará la salida de usted -dijo don Fernando a
Manuel, quien repuso, pálido como un convaleciente:

-Yo sabré salir del atolladero.

-Suplico a ustedes que no se alarmen tanto; esto se allanará en pocos días; yo


respondo -dijo don Fernando intentando calmar los ánimos.

-No hay para qué desesperar -agregó Lucía queriendo también moderar la excitación
general.

-Tomen sus cabalgaduras; ¡es hora de marchar! -ordenó en voz alta don Fernando; y
salieron de la casa dos grupos con destinos muy opuestos. Uno a la cárcel y otro al
camino real.

Manuel contempló a Margarita, que estaba conmovida y anegada en llanto. Sus


lágrimas eran las valiosas perlas de mujer con que sembraba el camino desconocido
que comenzaba a cruzar aquel día, dejando su mundo todo entre las playas donde se
meció su cuna y nació su amor.

¡Triste del que sale como Margarita!

¡Más triste aún del que queda como Manuel, libando gota a gota el acíbar de la
ausencia con los suspiros que arranca al corazón la nostalgia del alma que llora por
otra alma!

Capítulo XXIV

Una escena de prisión en los pueblos chicos es como la de un incendio en los pueblos
grandes.

Cuando los soldados salieron de la casa de don Fernando conduciendo en el centro a


don Sebastián, Estéfano y demás, todos los vecinos salían a las puertas de sus casas,
los muchachos se agolpaban en multitud sorprendente, y por todas direcciones se oía
decir:
-¡Jesús, María y José!

-¡Jesús mampare! ¿Es verdad?

-¿Don Chapaco, Estefito?...

-¿Ques lo que ven estos ojos que se van a volver tierra?

-Diz que es traición de don Fernando, que los había convidao para hacerlos prender -
notició una vieja.

-No, diz que más bien él ha salío fiador -afirmó un hombre recogiendo su poncho
sobre el hombro derecho.

-¡Qué fiador! Así son estos forasteros, meten candela y se largan -dijo otro.

-Pa eso no leí comíu ni un pan -repuso la vieja dando una vuelta y mirando a su
rededor.

-¡Valor, madre! No hay que asustarse; la confianza en Dios -dijo Manuel a doña
Petronila, sobreponiéndose con toda su fortaleza viril al trance que torturaba su alma.
Le ofreció el brazo y le condujo a su casa, tomando las calles más apartadas de la bulla.

Doña Petronila, que era reflexiva y serena, vertió algunas lágrimas, y en silencio siguió
con paso firme a su hijo. Una vez en la casa, dijo a éste:

-¡Déjame, Manuel, y anda, haz tu deber!

Manuel, que ya tenía algunos conocimientos generales de Derecho, redactó


inmediatamente un recurso de excepción y personería probando la inculpabilidad de
su padre y ofreciendo en el otro sí la información de los testigos, cuya lista
acompañaba en pliego separado, así como las preguntas que éstos debían absolver en
el término probatorio del artículo.

En seguida fue personalmente adonde el juez de primera instancia que debía actuar
en la causa, y se puso al habla con diferentes personas.

Aquella noche Manuel la pasó íntegra en vela consultando el Código de


Enjuiciamientos, anotando artículos con lápiz y haciendo extensos borradores en
grandes pliegos de papel.

Abrió el cajón de su mesa de escribir, y sacando algunos papeles se puso a revisarlos.

-Esta es la defensa de Isidro Champí; ¿hoy la abordaré en conjunto para defender a la


vez al inocente y al culpable? -se preguntó.

-¡Aberraciones de la vida! ¡Este es el tejido misterioso del bien y del mal! Entretanto,
¿hasta cuándo no podré salir de Kíllac? ¿Cuántos meses, pasados como siglos, estaré
lejos de mi Margarita? -volvía a preguntarse Manuel cayendo de plano sobre el sofá,
descansando cortos momentos y tornando a su labor y a su soliloquio.

-Ante todo, es preciso sacar a don Sebastián y a Isidro; redactaré dos distintos
recursos con un mismo fin, pidiendo la libertad bajo fianza de haz. ¡Sí! Pero quién
podrá garantizar a Isidro. Necesito buscar un fiador, y lo haré, pues, mañana. A don
Sebastián lo puedo fiar yo... Ahora que recuerdo, don Femando me ha encargado
ponerme de acuerdo con el señor Guzmán. Iré adonde Guzmán y no daré descanso a
mi cuerpo mientras todo no quede allanado y pueda mi alma volar en busca de su
centro... ¡Margarita! ¡Margarita!

Aquella invocación del joven fue la oración elevada al dios del sueño, y recibida por el
ángel de la noche que, batiendo sus vaporosas alas sobre la ardorosa frente del
estudiante de Derecho, le dejó profundamente dormido sobre el sofá de su habitación,
teniendo un libro entre las manos.

Doña Petronila lloraba y rezaba elevando al cielo su cuidado por su esposo y su hijo;
parecía resignada a todo género de calamidades, con esa resignación cristiana que
lleva al hombre por encima de las desgracias a la cumbre del heroísmo.

-¡Tener fe y esperanza! -se dijo doña Petronila, y esperó el día de calma después de
las horribles horas de tempestad.

Capítulo XXV

Los viajeros ganaban terreno, dejando tras sí la tormenta desencadenada.

La Naturaleza, indiferente a las escenas dolorosas de Kíllac y sin armonizarse con la


tristeza de algunos de los corazones, mostraba sus panoramas rientes y variados.

Al trote de los caballos cruzaba la comitiva de don Fernando pampas interminables


cubiertas de ganados; doblaba colinas sombreadas por árboles corpulentos, o trepaba
rocas escarpadas, cuya aridez, semejante a la calvicie del hombre pensador, nos habla
del tiempo y nos sugiere la meditación. En cinco días que hay de Kíllac hasta la estación
del tren, el viajero va hollando las flores de la campiña, cuyo aroma embalsama el aire
que se respira; luego toca la empinada cordillera de los Andes, cubierta de algodón
escarmenado, donde se refleja el sol derritiendo las nieves, que se precipitan en
corrientes cristalinas; luego desciende nuevamente a la llanura, donde la paja repite el
lenguaje murmurador de los vientos que la mecen.

-¡Fernando! ¿Qué te parecen las cosas que suceden? -preguntó Lucía a su esposo,
después de caminar un buen trecho en silencio.
-Hija mía, estoy abismado contemplando las coincidencias. ¡Ah!, la vida es una novela
-contestó el señor Marín deteniendo un poco su caballo.

-Dios no ha querido que saliéramos de Kíllac sin ver el castigo de los culpables -tornó
a decir Lucía.

-En efecto, hijita; jamás debemos dudar de la Providencia justiciera, cuya acción tarda
a veces, pero al fin llega.

-¡Cierto, Fernando; con razón se dice que para verdades el tiempo y para justicia Dios!
¿Cómo saldrá Isidro Champí?

-Espero que bien. Ese indio es inocente, no lo dudes.

-¿Yo? Jamás lo he dudado; sé que cuando hace algo malo el infeliz indio peruano, es
obligado por la opresión, desesperado por los abusos.

-¡Cuidado con esa zanja...! Tuerce la rienda sobre la derecha -advirtió Marín.

-¡Jesús! Si no me adviertes me habría llevado un susto con el brinco.

-Eso es si no caes a tomar posesión del sitio.

-A ese punto no, pues que no soy tan chambona para viajar a caballo. ¿Cuánto dista a
la posta?

-Todavía algo; a las siete de la noche estaremos acampando, esto es, si apuramos el
paso y no nos detenemos a conversar.

-Entonces... punto en boca y... ¡adelante! -dijo Lucía pegando un chicotillazo a su


caballo...

En estas llanuras inconmensurables serpentea a las veces el rayo que, terrorífico,


lleva en cintas de fuego la destrucción a la cabaña, o la muerte al ganado, que huye
despavorido en pos de refugio escondido.

Y en medio de esas imponentes soledades, de improviso se distinguen dos sierpes de


acero reverberantes extendidas sobre la amarillenta grama, y sobre ellas el humo del
vapor que, como la potente respiración de un gigante, da vida y movimiento a grandes
vagones. De súbito se oye el resoplido de la locomotora, que con su silbato anuncia el
progreso llevado por los rieles a los umbrales donde se detuvo Manco Capac.

-¡El ferrocarril! -gritaron varias voces.

Era, en efecto, el tren que llegaba a la última estación del Sur, situada en un
pueblecito compuesto en su mayor parte de caseríos con techumbre de paja y paredes
de adobe, sin ninguna pintura exterior, que ofrecen un aspecto tétrico al caminante.
Pocas horas después de distinguir el tren, y apeados de sus cabalgaduras, los viajeros
se dirigieron a un pequeño salón situado en la misma estación.

Lucía, del brazo con su esposo, levantando las largas faldas de la bata con la correa
pendiente de la cintura; las dos niñas por delante, y en seguida varios sirvientes.

-Ustedes entren acá a arreglarse: yo voy a ver el regreso de los caballos, el embarque
de los bultos y el pago de pasajes -dijo don Fernando soltando el brazo de su esposa y
señalando el salón.

-A ver; ese maletón verde que venga por acá, Gabino -dijo Lucía dirigiéndose al
sirviente que cargaba.

-¿Madrina, nos cambiamos el traje? -preguntó Margarita aflojando las cintas de su


sombrero.

-Claro, hija; desde aquí ya no nos sirven las batas de montar -repuso Lucía sacando
de su bolsillo un manojo de llaves con que fue a abrir el maletón, diciendo a su ahijada:

-Ponte el vestido gris con lazos azules, Margarita. Ese te sienta bien, y el color es
aparente para viaje.

-Sí, madrina; ¿y tú cuál te pones? -preguntó la huérfana.

-Para mí, siempre el negro; no hay vestido más elegante que el negro para una
señora.

-¡Y a ti que te viene tan bonito!

-¡Lisonjera! A ver ese sombrero.

En estos momentos llegaba un tren de carga previniendo paso limpio con la voz de la
campana.

Al verlo, Gabino comenzó a santiguarse diciendo:

-¡Santísima Trinidad...! ¡Allí va el diablo...! ¿Quién otro puede mover esto?... ¡Supay!
¡Supay!

Don Fernando, que regresaba, tocó la puerta y dijo:

-¡Apurarse mucho! Señora, el tren no espera a nadie.

-¡Jesús! ¡No vaya a dejarnos! -exclamó Lucía echando dentro del maletón la ropa
cambiada, que estaba en desorden por el suelo.

-¿La botellita de elixir de coca? Hay que llevarla a la mano, porque es importante para
precaverse del mareo y el soroche -dijo don Fernando entrando a la sala.
-Cabales, aquí está el elixir de coca -repuso Lucía después de escudriñar el maletón, y
alcanzando a su esposo un frasco cuidadosamente envuelto en una hoja de papel
rosado con las etiquetas verdes de la imprenta de «La Bolsa» de Arequipa.

-Tampoco olvides los libros, Lucía; el tren sin lectura es un tormento, ya lo verás -
previno don Fernando; y al oírle, Margarita sacó un paquete liado con cintas de
algodón color café, forrado con un número de El Comercio, y lo alcanzó a don
Fernando diciendo:

-Padrino, aquí van los libros; tómalos tú, porque yo voy a llevar de la mano a mi
hermanita.

Don Fernando recibió el paquete de la niña, lo colocó bajo el brazo y dijo:

-Esta es importante bucólica espiritual. Gabino, toma la maleta... -Y todos se


encaminaron hacia el coche del tren, donde iban a viajar por primera vez las mujeres
de esta comitiva.

Capítulo XXVI

No obstante las recargadas tareas que tenía para sí Manuel, lo que podía ser fuente
de distracción, la tristeza invadió su semblante y el silencio selló sus labios, antes
expansivos, sin dar paso más que a sus suspiros de honda pena.

En su corazón se levantaban olas de sangre, para él desconocidas, que el de una


mujer habría interpretado como presagio de desgracia.

Manuel comenzaba a desconfiar del porvenir, dudaba de la posibilidad de volver a


ver a Margarita; pero perseguía su propósito de arreglar los asuntos de don Sebastián
y de Isidro, y salir después a cualquier costa.

Sus entrevistas con el juez de primera instancia, con el nuevo subprefecto y con el
señor Guzmán tuvieron, al fin, un resultado, agregándose a esto los diversos empeños
que corrían las familias de Estéfano, Verdejo y Escobedo.

Un día volvió a la casa y dijo a doña Petronila:

-¡Madre! He conseguido que se acepte la fianza de haz, y hoy saldrá don Sebastián.

-¿Ha decretado ya el juez? -preguntó ella con interés.

-Sí, madre, están todas las diligencias corridas, y a las doce lo tendremos en casa.

-Bendito seas, hijo de mi corazón. ¿Y los otros?


-No sé nada de los otros; no me cuido de ellos; sólo he hecho algo por Isidro, que
también saldrá pronto. Ya lo hubiese sacado sin ese auto de prisión y de embargo, que
hay que allanar y requiere paciencia.

Doña Petronila, que sumida en dolor contemplaba la actitud diaria de su hijo, después
de recibir la noticia de la próxima libertad de don Sebastián, lo atrajo hacia sí y le dijo:

-Aparte de estas cosas del juzgado, ¡tú sufres, Manuelito; tu corazón está roído por
un gusano que te llevará al amartelo y a la muerte...! -y gruesas lágrimas resbalaron
por sus mejillas.

-¡Madre! ¡Madre mía! ¿Por qué lloras?

-¡Porque callas...! Mi corazón es el corazón de tu madre... ¡Acuérdate bien,


Manuelito: mi vida es para ti...!

Manuel no pudo resistir. Estaba débil como una mujer. ¡Había sufrido tanto!

¡Se arrojó entre los brazos de su madre y escondió sus lágrimas de hombre, como en
otra época ocultaba sus juguetes de niño en aquel mismo regazo!

-¡Madre! ¡Madre del alma! ¡Bendita seas...! Pero..., ¡yo me siento morir...! -repuso
entre sollozos el joven que, tímido para las escenas del hogar y del corazón, sabía
mostrarse héroe en los momentos de combate.

-¡Manuelito, hijo mío, si yo sé, yo he adivinado qué gusano roe tu alma; sí, tú amas a
Margarita y lloras porque te has separado, porque temes no verla más...!

-¡Madre bendita...! Perdona si mi corazón no es hoy todo para ti; pero ese ángel cuyo
nombre has pronunciado es el ángel de mi vida... Yo la amo, sí, y tal vez...

-¿Por qué te desesperas, Manuel? ¿Por qué no te casarás con ella? ¿Por qué no seré
feliz teniendo dos hijos en lugar de uno?...

-¡Madre mía! ¡Tú eres mi Providencia; pero acuérdate que Margarita verá en mí al
hijo del verdugo de sus padres, y me rehusará su mano, y me echará de su corazón!

-¡Qué herejía, Dios mío! ¿A ti? -repuso doña Petronila empalmando las manos al cielo
y quedándose muda y cavilosa por unos momentos, contemplada por la cariñosa
mirada de su hijo. Y como quien vuelve de un éxtasis de lucha, agregó:

-Eso to allanarás fácilmente; habla con don Fernando, y... revélale el nombre de tu
verdadero padre.

-¡Madre mía!

-Sí, y ¿qué culpa tenemos nosotros? Fue una desgracia, y ¿por qué no he de pasar yo
un bochorno por la felicidad eterna de mi hijo querido, por tu felicidad, Manuelito?
Doña Petronila hacía en este momento el último sacrificio de una madre amante y de
una mujer engañada.

-¡Anda! -continuó doña Petronila-. Alcánzalos en su viaje; ¿tienes cómo hacerlo? No


te faltan caballos ni plata; arregla tu casamiento y regresa tranquilo, para que puedas
atender con razón cabal los asuntos de nuestra casa y del otro viaje. Ahora estás fuera
de juicio.

Manuel besó una y cien veces, ya la frente, ya las manos de doña Petronila, con tal
emoción, que por muchos segundos no se oyó otro ruido que el producido por los
labios de Manuel al contacto de su madre, por cuyas mejillas encendidas resbalaron
gruesas lágrimas, como el agua lustral que bendeciría el próximo enlace de Manuel y
Margarita.

Doña Petronila, rompiendo aquel silencio de sublime fruición, dijo:

-Basta, querido Manuelito.

El joven, alzando la cabeza con arrogancia viril, repuso:

-Hoy te juro, madre adorada, sacrificar el último aliento de mi vida por labrar tu
felicidad y la de mi Margarita. Voy ahora a terminar todos los arreglos pendientes, y
mañana, al rayar la aurora, tomaré el camino para alcanzar a don Fernando, cuyo
escrito de desistimiento y perdón ya no es tan urgente, y pedirle la mano de su ahijada
-dijo, y salió apresuradamente, dejando a su madre entregada a tiernas meditaciones,
que interrumpió ella exclamando:

-¡Virgen misericordiosa, ruega tú por él, que es tan bueno, y pide perdón para mí...!
¡Manuel...! ¡Yo...! ¿Somos culpables, acaso, ni el uno ni el otro?... ¿No fue el peso de la
fatalidad negra, negra como la noche sin luna, que me condujo a los brazos vedados de
un hombre sin fe?...

Doña Petronila cayó de rodillas sumergida en llanto, repitiendo entre sus sollozos un
nombre y tapándose la cara con ambas manos...

Su corazón manaba sangre, sangre del alma, rememorando las escenas de veinte
años atrás...

Capítulo XXVII

Un elegante coche de la máquina, bautizada con champaña bajo el nombre de


Socabón, estaba listo a partir fuego que sonase la señal dada por el silbato del tren.
Mientras tanto los pasajeros de primera recorrían las mercaderías colocadas a
izquierda y derecha de la línea, cuyas vendedoras indias ofrecían guantes de vicuña,
duraznos en conserva, mantequillas, quesos y chicharrones de las acreditadas
ganaderías del interior o sierra del Perú.

Don Fernando, después de acomodar a Lucía y las niñas, se arrellanó muellemente al


lado de su esposa en una butaca de dos plazas, forrada con pana granate. Sacó un
cigarro, lo armó en silencio, y después de encenderlo guardó su caja de fósforos,
arrojó unas cuantas bocanadas de humo, colocó el cigarro en los labios y desató el
paquete de libros; volvió a dar dos chupetones al cigarro y dijo a su esposa:

-¿Cuál quieres leer tú, querida Lucía?

-Dame las Poesías de Salaverry -respondió ella con una sonrisa de satisfacción.

-Bien, yo gozaré con las Tradiciones de Palma ; son relatos muy peruanos y me
encantan -dijo don Fernando alargando al mismo tiempo un volumen a su esposa.

Y en seguida cruzó las piernas sostenidas en la tablilla del asiento inmediato, arrimó la
espalda a la butaca y abrió su libro, que era la segunda serie, en momentos en que el
tren empezaba a caminar con la velocidad de quince millas por hora, tragando las
distancias, dejando atrás llanuras, chozas, vaquerías y praderas con rapidez
vertiginosa.

Los distintos pasajeros que ocupaban sus asientos y a quienes Lucía pasó revista con
una mirada curiosa, principiaron también a buscar entretenimiento.

Iba un militar flaco, trigueño y barbudo, junto a dos paisanos entrados ya en años,
antiguos comerciantes en cochinilla y azúcar, a quienes invitó el militar, diciendo:

-¿Vamos matando el tiempo con una manita de rocambor?

-No sería malo, mi capitán; pero aquí, ¿de dónde diantres sacamos naipes? -contestó
uno de los paisanos que estaba envuelto con una bufanda de vicuña.

El capitán, sacando un juego de barajas de bolsillo, dijo:

-Salte la liebre, don Prudencio: militar que no juega, bebe y enamora, que se meta a
fraile.

Frente a éstos iba un mercedario que, teniéndose por aludido, retó con airados ojos a
los jugadores, que sin parar mientes en ello voltearon sobre la izquierda el espaldar del
asiento inmediato, instalando así su mesa de rocambor.

El mercedario sacó a la vez un libro, y tres mujeres que estaban inmediatas se


pusieron al habla con Margarita y Rosalía, convidándolas manzanas peladas con una
cuchilla.
Media hora después, las muchachas y las mujeres dormían como palomas
acurrucadas en un mismo asiento, y el padre mercedario roncaba como un bendito, sin
que las voces de: Más, solo, codillo y voltereta, repetidas con entusiasmo por los
rocamboristas, interrumpiesen aquel dormir a pierna suelta; hasta que, abriéndose la
portezuela del coche, se presentó un sujeto como de treinta años, alto, grueso, de tez
tostada por el aire frío de las cordilleras, bigote atusado y lunar de carne en la oreja
derecha.

Vestía pantalón y saco grises; cubríale la cabeza una cachucha de visera de hule negro
y llevaba unas tenazas-tijeras en la mano.

-¿El boleto, mi reverendo? -dijo llegándose lo suficiente y levantando su voz de


contralto, hasta que el padre abrió los ojos soñolientos, y sacando con aire perezoso
de entre su libro el boleto amarillo lo alargó a su interlocutor sin desplegar los labios.

El conductor del tren pegó su tijeretazo al cartoncillo y volvió a entregarlo, pasando


donde los rocamboristas.

Los dos paisanos alcanzaron sus boletos respectivamente, y el militar


desabrochándose el talismán sacó del bolsillo un papel que enseñó al conductor. Este,
después de examinar las firmas, lo devolvió murmurando para sí:

-Estos siempre andan con papeletitas.

Cuando se llegó hacia don Fernando, y mientras picaba los boletos, le dijo Lucía:

-¿Puede usted hacerme el favor de decir cuánto hemos andado?

-Cuatro horas, señora, es decir, dieciséis leguas, y nos resta otro tanto -respondió el
conductor, y pasó de largo.

-¿Qué prodigio de viaje, no? Y sin penurias ni molestias, pronto estaremos en la


ciudad -dijo don Fernando a su esposa, cerrando su libro.

Lucía, que miraba a las chiquillas, repuso:

-¡Mucho prodigio, hijito...! Mira, Fernando, ¡qué preciosas están dormidas...!


¡Parecen dos ángeles de paz...!

-Cierto que son angelitos americanos, con toda la sangre peruana que colora sus
mejillas.

-¿Margarita soñará con Manuel?... Todavía no soñará...

Y en aquel momento, los grandes ojos de su ahijada levantaron sus arqueadas


pestañas, fijando la mirada en su madrina.
En ese trecho del camino se alzaba un puente de madera y hierro, artísticamente
colocado sobre un río vadeable.

El silbato dio la voz de alarma con repetidos resoplidos, pues al centro mismo del
puente se encontraba una tropa de vacas, cuya presencia no fue notada por los
maquinistas sino cuando ellas huían despavoridas, mas no con la rapidez que la
velocidad del tren exigía.

Las maniobras del primer maquinista, los esfuerzos de los palanqueros y el galope de
la vacada no fueron bastantes a impedir un choque, y el siniestro llegó a ser inevitable.

El animal rodado, exhalando bufidos como el resoplido de la fiera, llevó la confusión


primero y la consternación después a los pasajeros, cuya muerte era casi segura.

-¡Misericordia!

-¡Favor! ¡Dios mío!

-¡Esposo mío!

-¡Lucía! ¡Hijas!

-¡Madrina!

-¡Padrino!

-¡Ay, qué va a ser!

-¡Bestias!

-¡Misericordia!

Tales fueron las palabras pronunciadas en distintos tonos en medio de la confusión y


gritería espantosa levantada en los coches.

Mas, ¿adónde huir embodegados?

Todo el convoy iba con la destructora velocidad del rayo, y alcanzando a los ganados,
pasó sobre ellos, triturando sus huesos y abandonando su vía trazada por los rieles.

¡Iba a precipitarse al río!

Míster Smith, el valiente maquinista, prefirió el sacrificio de su vida al de tantas


existencias confiadas a su vigilancia, y quiso reventar los calderos con los tiros de su
revólver, mas era tarde, y el coche de primera, desabracado por el brequero, fue a
encallar en las arenas mojadas de la ribera izquierda del río.
Capítulo XXVIII

La actividad de Manuel se había centuplicado durante el día.

Volvió a casa y dijo a su madre:

Toda va bien, madre. Parece que Dios protege mis esperanzas. Don Sebastián y
Champí ya están libres. Se acaba de pasar la orden al alcaide de la cárcel, y calculando
el momento iré a traer personalmente a don Sebastián.

-Conque aceptó el juez... Y, ¿qué condiciones ha dictado? -preguntó doña Petronila.

-Nada más sino que esté a derecho y tenga por prisión el pueblo.

-¿De modo que no podremos salir de aquí?

-Ustedes no; pero yo me marcho mañana mismo, para tomar el tren del jueves y
poder alcanzar a don Fernando y mi Margarita.

-Pero hijo, si el juicio sigue todavía, y tu padre no sabrá dirigirlo.

-Todo lo he prevenido para los pocos días de mi ausencia, y sobre esto, como a mi
regreso he de traer el recurso de transacción, nada importaría -repuso Manuel dando
paseos.

-¿O sería mejor que pidieses la mano de Margarita y esos papeles por carta? -dijo
doña Petronila, como arrepentida de haber consentido en la partida inmediata de su
hijo.

-¡Madre, madre! En otras circunstancias sería correcto el escribir una carta, pero
recuerda que tengo que aclarar algo... -observó Manuel.

-Sí, sí, te entiendo, pero...

-¡Madre!, el corazón de veinte años, fogoso y apasionado, no retrocede ante el


peligro y la dilación le asesina. Yo marcho; ajustaré mi compromiso y volveré sin
detenerme, a tu lado.

-¡Qué he de hacer...! -repuso ella, moviendo la cabeza.

-¡Madre! ¿Confías en mí?

-Del todo, hijo; ¿por qué me preguntas eso?


-Porque te veo vacilante; porque tú debes comprender que, aparte de mi amor a
Margarita, está mi deber para contigo y mi interés respecto a don Sebastián, aun
cuando él fue conmigo, en la niñez, un verdadero padrastro.

-¡Para qué recuerdas esas cosas! Ahora se maneja bien contigo... -decía doña
Petronila, cuando se presentó don Sebastián acompañado de un sirviente de la casa.

-¡Chapaco! -dijo doña Petronila, echándole sus brazos al esposo.

-Me ha ganado usted -exclamó Manuel.

-¿Petruca? -dijo don Sebastián, correspondiendo al abrazo de su mujer, y dirigiéndose


a Manuel, agregó:

-¿Conque no regresaste, no? Francamente, yo esperaba que fueras a traerme.

-Don Sebastián, usted me ha ganado, pues vine a dar la noticia a mi madre para que
no se sorprendiese al verle de repente y ya estaba para ir.

-Bueno, bueno; ¿qué convidas, Petruca? Francamente, que tengo una sé...

-Te haré una chabela ; hay buena chicha y buen vino.

-Más que sea.

-Ya que está usted en casa, le pediré su bendición y su permiso, don Sebastián.

-¿Cómo? No te entiendo, francamente.

-Es usted mi segundo padre. Pienso pedir la mano de Margarita, lo que cortará más
de raíz estas desavenencias -dijo con estudiada intención Manuel.

-No desapruebo tus intenciones, Manuelito, francamente; la niña es una perla, pero
todavía es muy huahua, y en estos tiempos... bonitos están los tiempos para casaca,
francamente -repuso don Sebastián.

-No trato de casarme en el día, don Sebastián; quiero pedirla, y una vez
comprometido, seguir mis estudios, recibirme de abogado, y cumplir...

-Ese es otro cuento, hijo; francamente me das gusto.

-Quiere ir en alcance de don Fernando -dijo doña Petronila desde un extremo de la


sala.

-¡Qué disparates! Francamente, te digo, Manuel, que esa es una... descabellada de


colegial, ¿qué?
-Don Sebastián, es una necesidad mi viaje. Mi presencia aquí no hace falta, y tengo
que sacarle a don Fernando el recurso de transacción y desistimiento, para que este
juicio quede fenecido y no nos vuelvan a molestar. De otro modo, estaremos
pleiteando hasta el día del Juicio.

-Esa es otra cosa; francamente, yo no me opongo a que marche Manuel, y dale mi


reloj de oro y mi poncho de vicuña con fajas azules -contestó don Sebastián,
dirigiéndose a doña Petronila, que se aproximaba con un vaso conteniendo un líquido
mixto y curioso con el fondo amarillo y la superficie roja.

-Está visto, Chapaco, que una cosa es hablar de uno y otra cosa hablar de otro -dijo
doña Petronila, alcanzando el vaso a su marido.

-¡Ajá! ¡Ajá! ¡Ajáa! Como que el dolor de la barriga, francamente, no es lo mismo que
el dolor de muelas -dijo tosiendo don Sebastián y recibiendo el vaso.

-¡Jesús! ¡Qué tos! ¡Te habrás constipado en la cárcel! ¡Pobrecito...!

Don Sebastián consumió la última gota de la chabela, paladeándola con sonido


parecido a un beso, limpió sus labios y dijo:

-¡Qué chabela tan rica! Petruca, con esto, francamente, engorda un ético. -Y después
preguntó a Manuel-: ¿Y cómo, cuándo quieres marchar?

-Mañana temprano, señor.

-Bueno: dale, pues, todo, Petruca, y que escoja caballos y demás, francamente, que
en otras tierras como nos ven nos tratan.

-¡Gracias, señor! Usted me colma de favores -repuso Manuel, y salió a preparar su


marcha.

Eran las nueve de la noche cuando volvió Manuel y entró en el cuarto de doña
Petronila; encontró allí a don Sebastián platicando íntimamente con su madre.

-Buenas noches, don Sebastián; madre mía, vengo a despedirme; todo queda
arreglado definitivamente con el auxilio de Dios -dijo Manuel.

-¡Hijo mío! Que la Virgen te lleve con vida y salud y me devuelva mi hijo -contestó
doña Petronila sacándose un escapulario del Carmen que llevaba puesto al cuello y
colocándolo en el pecho de Manuel, a quien abrazó enternecida.

-¡Don Sebastián, tenga usted mucha prudencia... solo... en silencio! Nadie le


molestará. Ustedes no tengan cuidado por mí. A ver, un abrazo... ¡Adiós!

-Que no tardes, que no tardes... Francamente, muchas esperanzas me da tu marcha...


¿Llevas el reloj? -contestó don Sebastián despidiendo a Manuel, que salió para ir a
descansar en su cuarto, pues al rayar la aurora, en las alas de sus esperanzas y con el
brío de su edad, iba a emprender el mismo camino por donde días antes vio partir a su
gentil Margarita.

Isidro Champí, acompañado de su fiel Martina y seguido por Zambito y Desertor, llegó
también aquel día a su casa, pálido y triste.

Al verlo, sus hijos corrieron hacia él, como la bandada de perdices que distingue a su
madre.

El corazón del campanero, que estaba lóbrego como el boquerón de que hablan los
cuentos de brujas, recibió luz y calor al beso de sus hijos, a quienes acariciaba
silencioso.

Martina penetró con paso lento en la choza; se arrodilló en el centro de la habitación


levantando sus manos empalmadas al cielo.

-¡Allpa mama! -exclamó ahogando en su pecho, con una palabra, todos los cargos que
su alma herida podía abrir a la humanidad injusta representada por los notables de
Kíllac, y sus ojos vertieron copiosas lágrimas.

-¿Lloras, Martinacu? ¿Aún no cesó la lluvia en tu corazón? -preguntó Isidro fijándose


en su mujer.

-¡Ay, compañero! -repuso Martina, levantándose-; el dolor nada en el llanto como la


gaviota en el remanso de las lagunas, y como aquélla, moja las plumas, pero refresca el
pecho; ¡ay!, ¡ay!

Isidro parecía consolado con la presencia de sus hijos; pero al pasar revista
llamándolos por sus nombres, su mente se fijó en el recuerdo de sus vaquillas,
perdidas, y dijo suspirando:

-¡La castañita! ¡La negra...!

-¡Guay, Isidro! En la noche la tormenta, cuando relampaguea el rayo y truena en la


roca, el hombre se esconde en su cabaña y salen de la guarida el puma y los zorros a
robar los corderos. Para nosotros sonó la fiera tempestad -dijo Martina, sentando en la
cama del poyo a su hija la sietemesina.

-Dices bien, ¿qué vamos a hacer? Los zorros de camisa blanca han robado nuestros
ganados, como robaron mi libertad, como nos roban el trabajo de cada día -dijo Isidro
convencido y aun entusiasmado por las palabras de su mujer, echándose en la cama
junto a la chiquilla sietemesina.

-Para el puma y el zorro tenemos la trampa de la piedra amarilla; pero de éstos no


hay cómo libertarse. Paciencia, paciencia, Isidro, que la muerte es dulce para el triste -
agregó Martina volviendo a tomar su actitud melancólica.
-¡La tumba debe ser tranquila como la noche de luna en que se oye la quena del
pastor! ¡Ay!, si no tuviésemos estos pollitos, qué dichosos moriríamos, ¿eh? -preguntó
Isidro, señalando a los muchachos, que daban vueltas y brincos junto a Miguel el
primogénito.

Martina contestó:

-Nacimos indios, esclavos del cura, esclavos del gobernador, esclavos del cacique,
esclavos de todos los que agarran la vara del mandón.

Isidro Champí, acomodando un poncho doblado en cuatro bajo su cabeza, como un


almohadón, repitió:

-¡Indios, sí! ¡La muerte es nuestra dulce esperanza de libertad!

Martina se había llegado junto a su marido, y deseando apartar de él la negra pena, le


preguntó pasándole la mano por entre los cabellos:

-¿Volverás a subir a la torre?

-Tal vez -repuso el indio-, mañana volveré a tocar esas malditas campanas que, desde
ahora, aborrezco.

Capítulo XXIX

El primero que se lanzó en tierra, enfangándose hasta las rodillas, fue míster Smith, y
gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

-¿Eh? Nadi se muve, ¿eh? Todos quieta, ¡no más!

Y al punto asomaron multitud de cabezas por las ventanillas del coche, que habían
quedado sin un vidrio.

El choque que hizo salir de quicio el wagon ocasionó heridas felizmente leves.

-¡El susto ha helado toda nuestra sangre! Hijita, ¿tú te has asustado mucho? -dijo don
Fernando a Lucía.

-Mucho, hijo; ¡sólo Dios nos ha salvado!

-Estás muy pálida. ¿Si se habrá roto la botellita de la coca? -preguntó Marín buscando
una maletita de mano.
-¡Dios mío! -volvió a exclamar Lucía asomando la cabeza por la ventanilla del tren
para ver en qué región se hallaban, sin atender a los gritos de Margarita, que levantaba
a Rosalía bañada en sangre, ni a los comentarios de los demás.

-¡Caracoles, de lo que escapamos! -dijo el militar.

-¡Hemos vuelto a nacer! ¡Bendito sea Dios! -articuló el mercedario.

-¡Si estos gringos brutos son capaces de llevarnos a los profundos! -dijo uno de los
rocamboristas; a lo que otro agregó:

-Me lo temía desde que vi subir al reverendo.

-¡Chist...! Que hay señoras, ¿eh? -observó aquél.

-A todo esto, ¿cómo salimos?

-Pues ha salvado el elixir de coca; voy a darte un poquito, hija -dijo don Fernando
buscando en su bolsillo una cuchilla con tirabuzón.

-Felizmente ha sido un descarrilamiento ya pasado el puente, que se remediará -dijo


un brequero corriendo de un extremo al otro del coche con un rollo de piolas, y a
quien interpelaron varias voces:

-Hombre, ¿qué hacemos?

-Na, mi patrón, no es na, que ya too ha pasao -respondió el brequero.

Mientras esto pasaba en el coche de primera, los pasajeros de segunda, que


quedaron al otro extremo desenganchados con oportunidad, corrían hacia el primero,
encallado, dando voces:

-¡Paulino!

-¡Indalecio!

-Por acá, hombre.

-¡Con siete mil diablos!

-Calma, señora pasajera; el culpa no es mí, ¿entiende? Culpa los vacas, e fácilmente
se remedio -dijo el maquinista Smith, ilustrando el habla de Castilla con el modismo del
hijo de la América del Norte, cuya palabra llevó la confianza a los atribulados espíritus
de los pasajeros de primera.

-Míster Smith, ¿cuándo llegaremos? Casi nos despachamos -dijo don Fernando
dirigiéndose al maquinista, que era su conocido.
-¡Oh, señor Marín, mucho fatalidad el mí! Pero llegará tren a la mañana, tener
pacienso -repuso míster Smith dirigiendo la maniobra que había ordenado.

Y con la energía que distingue a la raza, se practicaron evoluciones de ruedas y


chumaceras que, en constante trabajo de dos horas, sacaron el coche encallado,
colocándolo sobre los rieles en disposición de continuar la marcha.

-Verdaderamente, hemos vuelto a nacer; ¡pobres hijas mías! -dijo Lucía limpiando con
su pañuelo la sangre que brotaba de los labios de Rosalía a causa de un golpe recibido
en la boca.

-¡Oh, por Dios! ¡Calla, hija mía!... ¡Pobrecita...! -agregó don Fernando llegándose a la
chiquilla con un paquetito de galletas de Arturo Field, que puso en sus manos.

-Todavía tardaremos cinco horas -dijo el capitán de artillería.

-Estas cosas sólo en el Perú pasan; en otra parte lo desuellan al gringo -observó el
comerciante en cochinilla.

-No me ha vuelto aún el alma al cuerpo.

-Ni a mí, ¡Jesús! -dijeron las dos mujeres.

Y el tren seguía su marcha rápida y acompasada, como antes de sufrir la catástrofe


aquella.

El silbato se dejó oír otra vez con insistencia.

-¿Otro siniestro? -preguntaron varias personas sorprendidas.

-No, ésta es la segunda estación de la ciudad; dan la señal de llegada -aclaró el militar.

-¡Jesús! ¡Cómo se pone el cuerpo nervioso con los sustos! -observó Lucía.

-Es que la cosa ha sido seria -contestó don Fernando.

Al poco momento los viajeros señalaban por las rotas ventanillas un punto blanco en
medio de un panorama de verdor vivo y alegre.

-¡La ciudad! -exclamaron varios.

Y el silbato volvió a gritar, como el animal aguijoneado por una arma punzante.

-¡Qué hermosa campiña! ¡Qué linda ciudad! -dijo Lucía asomando más la cabeza a las
ventanillas.

-Parece una paloma blanca reposando en su nido de sauces y moreras -agregó el


señor Marín, a quien preguntó su esposa:
-Fernando, ¿es la segunda ciudad del Perú? ¿Qué tales serán sus habitantes?

-Sí, hija, la segunda; y su belleza sólo es comparable con la bondad de sus hijas;
gozarás mucho durante los días que hemos de quedarnos -contestó don Fernando.

Y la campana, con su toque de esquilón, avisaba que entraba el convoy en la estación


principal, donde aguardaba un gentío considerable, pues el alambre telegráfico ya
había comunicado la noticia del siniestro y la curiosidad convocó centenares de
personas.

Abiertos los coches, bandadas de granujas se precipitaron sobre ellos en demanda de


equipajes, confundiéndose los pasajeros del tren con los del ferrocarril de sangre, que
recorriendo una línea conveniente condujo a don Fernando Marín y su familia hasta la
puerta misma del Gran Hotel Imperial, donde se apearon todos.

Capítulo XXX

Entraron en una sala espaciosa, cuyas paredes estaban empapeladas con un papel
color sangre de toro con dorados y grandes pilastras de oro también formando
esquinas; las puertas y ventanas, cubiertas con cortinajes blancos como el armiño,
coronados por su sobrepuesto de brocatel grana y cenefa dorada, recogida por
cordones de seda. El piso, cubierto con ricos alfombrados de Bruselas, formaba un
contraste agradable con los muebles, estilo Luis XV, entapizados con borlón de seda
azul opaco, multiplicados por dos enormes espejos que cubrían casi el total de la
testera derecha.

-Esta es la sala de recibo; ¿agrada a la señora? -dijo monsieur Petit, inclinándose con
reverencia exagerada.

-Sí, el azul es mi color favorito; yo estaré contenta acá -respondió Lucía al hotelero,
que era monsieur Petit.

-¿Ese debe ser el dormitorio? -preguntó don Fernando señalando una puerta de
comunicación.

-Exactamente, mi señor; aquí hallan toda comodidad y buen servicio los pasajeros
que hacen la gracia de honrar el Hotel Imperial -contestó monsieur Petit con toda la
urbanidad de un francés, recomendando su hospedaje.

-Así lo esperamos.

-Si algo necesitan, mi señor, mi señorita, ese cordón es del llamador -advirtió el
hotelero, se inclinó y salió.
Margarita, que escudriñaba cuanto veía, preguntó con candorosa sencillez:

-Madrina, ¿qué habría dicho de esto Manuel?

Lucía se sonrió con la sonrisa de la madre que goza con el ardor de los sentimientos,
leyendo en esa pregunta todo el poema de los recuerdos del corazón virginal, y
contestó:

-Él mismo te lo dirá cuando llegue.

-¿Aquí lo esperamos?

-Sí, pues, hija -aseguró don Fernando, tomando parte en las confidencias de la
madrina y la ahijada.

Rosalía fue a abrazar las rodillas del señor Marín, diciendo:

-Dame, pues, otra galleta.

El sirviente apareció en la puerta, conduciendo al carretero con los equipajes...

Ocho días fueron suficientes para que los viajeros conocieran la gran ciudad,
observándolo todo, escudriñando sus tendencias y costumbres, con la prolijidad propia
del que viaja con aquellos conocimientos rudimentarios, pero de propia convicción,
que van a explayarse ante el libro abierto de la instrucción, adquirida en la escuela
práctica del gran mundo.

Calles anchas y rectas mal empedradas; templos de construcción morisca y variada,


de asfaltos y traquitas enfriadas o petrificadas por el transcurso de los años; mujeres
bellas como una leyenda de oro; campesinas robustas con todo el candor de su alma
pintado en el semblante; casas de judíos con anuncios de compra y venta; teatros en
camino de su ensanche civilizador; todo vieron y juzgaron. Nada escapó a la
microscópica observación de Lucía, ilustrada a cada paso por la autorizada palabra de
don Fernando, a quien ésta dijo:

-Te declaro, Fernando mío, que ésta sería mansión celestial sin los inconvenientes
morales que he notado con mi simple experiencia.

-Lo sé, hijita; de antemano lo sabía, el inconveniente que presenta en el espíritu, para
quedarse en cualquier parte, la ansiedad de llegar a Lima, a ese foco de luz que cautiva
a todas las mariposas del Perú; verdad que es invencible.

-Me gusta tu lógica, Fernando, pero no has dado en la clave -repuso Lucía riendo y
dándole una palmada en el hombro.

-¿No?... Pues dime en tal caso, ¿qué es lo que más ha cautivado tu atención?
-A mí dos cosas me han llamado la atención -repuso Lucía con llaneza, llevándose el
pañuelo para enjugar sus labios ligeramente humedecidos por su risa.

-¡Ah...! ¡Ya las sé... Picarona! -contestó don Fernando, devolviendo la palmadita de
afecto.

-¿Di, cuáles?... Y cuenta que... no adivinas.

-Será la cantidad de frailes de todos colores que transitan por las calles.

-Pues te fuiste a Roma, hijo.

-¿Y qué?...

Lucía se puso grave, reconcentró su espíritu como evocando algo lejano, lanzó un
suspiro del fondo de su corazón, y dijo:

-¡Lo que más ha llamado mi atención es el número sorprendente de huérfanos en la


casa de expósitos! ¡Ah! ¡Fernando mío! Yo sé que la mujer del pueblo no arroja así a
los pedazos de sus entrañas... sé que no tiene necesidad de arrojarlos, porque esos
miramientos sociales que ponen la careta de la virtud fingida, nada, nada de familiar
tienen entre la madre del pueblo y el hijo nacido del acaso... o del crimen. ¡Fernando,
perdone Dios mi mal pensamiento; pero esta idea ha sugerido en mí tristes, tristísimos
pensamientos, recordando, sin quererlo yo, el secreto de Marcela...!

Don Fernando escuchaba sorprendido aquel razonamiento de moral filosófica. Estaba


abismado por la lucidez de un alma grande, cuya superioridad acaso ignoraba hasta
aquel momento; reinó el silencio junto a los esposos, hasta que él suspiró con igual
pena que Lucía, diciendo:

-¡También la miseria abre a veces los buzones de las casas de expósitos! -se acercó a
su esposa y besó la frente de la que pronto iba a ser madre de su primogénito.

Capítulo XXXI

Manuel hizo un viaje de todo punto feliz. Parecía que los dioses alados del Amor y el
Himeneo hubiesen soplado su aliento de ámbar sobre los nevados y los pajonales que
recorrió en el ferrocarril, ignorando los peligros en que días antes se encontró la
familia Marín y con ella su Margarita, ese poema de ternura entonado para él con las
notas arrancadas a las fibras más delicadas de su corazón, como el arpa eólica pulsada
por los ángeles de la Felicidad al batir sus vaporosas alas en la inmensa llanura.

También él distinguió la deseada ciudad de los valles andinos, para él entonces la


sultana del mundo, porque hospedaba a la reina de su corazón. Llegó; fue a tomar
alojamiento en el Casino Rosado, aligeró sus afeites indispensables, cambió de ropa, y
se lanzó a la calle en dirección al Imperial, diciéndose:

-¡Dios mío, gracias! ¡Voy a verla! ¡Es tan cierto que a los veinte años la sangre quema
y la tardanza exaspera! Yo no puedo retardar ni un día más la realidad de mi ventura...
pero... hablaré en seguida a don Fernando... Esta exigida prudencia que refrena los
ímpetus del alma. Ya los celos me han picado con su aguijón envenenado en los días de
su ausencia... ¡Oh! ¿Cómo no pensar que la hermosura peruana de Margarita, la
belleza de su alma virgen de las frases del mundo, no la rodee de adoradores, que
aturdiendo sus oídos manchen el corazón de la mujer que yo amo?...

Manuel caminaba como un ebrio, sin fijarse en nada de las calles que transitaba por
primera vez, obedeciendo maquinalmente a la dirección que le dio el portero del
Casino.

-Los celos son ruines y son nobles a la vez -tornó a decirse-; en el fondo del amor
supremo y satisfecho duermen enroscados como una víbora; en la superficie de un
amor vulgar se arrastran y muerden con su veneno. ¡Que no despierten mis celos! ¡No,
no! ¡Yo amo mucho a Margarita...!

Los pasos de Manuel resonaron en el patio del Hotel Imperial, y aquel sonido hizo
estremecer el alma de Margarita.

¿Por qué razón la mujer que ama conoce no sólo el sonido de los pasos de su amante,
sino que siente el perfume de su aliento a la distancia y el eco de su voz vibra sonoro
entre multitud de otras voces?

¡Misterios de esa corriente magnética que une las almas sacudiendo el organismo!

El portón de vidrios giró sobre sus bisagras; el viento agitó ligeramente los finos
cortinajes, y Manuel apareció en la sala azul, con el porte más distinguido y simpático.

-¡Sí, era él! -se dijo Margarita, que estaba parada junto a una mesa con tablero de
mármol, sobre la que se alzaba un enorme jarrón de porcelana de la China lleno de
juncos y jazmines que perfumaban la atmósfera.

-¡Señora! ¡Señor! -dijo Manuel alargando la mano a quienes se dirigía.

-¡Don Manuel! -respondieron casi a una voz los esposos Marín, estrechándole la
mano a su vez.

-¡Margarita mía...

-Manuel, ¿has llegado?...

Los dos jóvenes iban a abrazarse, y un algo los detuvo. Sin embargo, sus pupilas
tradujeron el abrazo de dos almas que sueñan en confundirse para siempre.
-Siéntese, pues, y... ¿cómo quedan los de Kíllac? -preguntó Marín.

-Bien, señor.

-¿Se arregló el asunto de su padre? ¿Salió Isidro, el pobre campanero?

-Don Sebastián ha salido libre sin muchos trabajos; sólo para Isidro necesité de otras
diligencias por haber mediado auto de prisión, embargo y qué sé yo; así es que vengo
con el corazón feliz después de dejar cumplido su encargo, don Fernando -contestó
Manuel.

-¡Hombre!, es usted un cumplido caballero. No pude mandarle la carta para Guzmán


por no haber encontrado ni un correo en las postas del tránsito. Y la autoridad política
sigue...

-Mal, muy mal, don Fernando. Los primeros días, como cedacito nuevo. Después sé
que para la libertad de Estéfano, de Escobedo y de Verdejo ha recibido unas vaquillas.

-Está visto, amigo, no hay remedio -dijo don Fernando levantándose.

-¿Y qué le pareció mi perspicacia respecto al viaje fingido de Estéfano? -preguntó


Lucía a Manuel.

-¡Ah! ¡Señora! Ustedes nos ganarán siempre la partida en tratándose de malicia y


conocimiento de las gentes. Para mí se ha hecho insoportable el tal sujeto -repuso
Manuel.

-Esos tinterillos, con ilustración a medias y aspiración no definida, son la verdadera


plaga de aquellos pobres pueblos -dijo don Fernando.

-Son... Pilatos, como los bautizó la señora -agregó sonriendo Manuel.

-¡Jesús!, es el primer día que me río desde el susto -observó Lucía, mirando a
Margarita, que también se sonreía.

-¿Usted no sabe los percances que pasamos en el tren? -preguntó don Fernando a
Manuel.

-No, señor; ¿qué hubo?

-Pues hemos salvado en un hilo de morir triturados.

-¿Cómo? -preguntó Manuel estremeciéndose y mirando a Margarita.

-Se descarriló el tren. ¿No le han dicho nada en el camino?

-Sí, ahora que recuerdo, algo oí a dos pasajeros que conversaban, pero creí que se
referían a época muy anterior.
-¡Jesús, qué escenas! -interrumpió Lucía.

-Rosalía salió herida -dijo Margarita.

-¿Y ustedes?

-No hubo más, felizmente, y todo pasó. No hablemos de esto, porque se le sublevan
los nervios a Lucía -opinó don Fernando.

-No es para menos, señor Marín.

-¿Y qué dice usted que exigió el juez para la libertad de Isidro? -preguntó don
Fernando.

-Para sobreseer la causa, se necesita que usted presente un escrito manifestando que
el asalto de su casa fue un error de concepto, persiguiendo a unos asaltadores que se
creían refugiados, y que ha sido una poblada y demás. Yo volveré inmediatamente
para arreglar todo, asegurar la tranquilidad de don Sebastián y mi viaje definitivo a
Lima -instruyó Manuel.

-Pues voy a redactar el recurso claro y terminante, amigo mío. Yo no regreso a Kíllac y
deseo asegurar al pobre del indio inocente, que algún día podría ser molestado con
este pretexto. ¿Cree usted que se acabe todo con mi recurso? -dijo el señor Marín.

-Sí, don Fernando, aunque sin él la acción sería del ministerio Fiscal, y... llamémosle
cero.

-Así es que usted ha libertado a Isidro Champí, ¡oh! Y, ¿quién libertará a toda su
desheredada raza?

-¡Esta pregunta habría que hacerla a todos los hombres del Perú, querido amigo...!

-¿De modo que usted regresa a Kíllac? -preguntó Lucía.

-Sí, señora.

-¿Y no seguimos a Lima? -dijo a su vez Margarita, estrujando un jazmín que había
arrancado del ramo.

-Sí, Margarita, yo voy y vuelvo; los viajes son muy sencillos para un hombre -repuso
Manuel.

-¿Y doña Petronila, cómo está? -preguntó Lucía.

-¡Considere usted, señora, cómo habrá quedado con mi ausencia la pobre...!


-Bien, pues, mañana sale correo; luego estará listo el recurso que he de dirigirle a
Guzmán para que llegue antes que usted; ahora tengo que hacer unas diligencias en la
calle, y usted dispensará -dijo don Fernando poniéndose de pie.

-Perfectamente, señor Marín; me parece abreviar el tiempo mandando el pliego al


señor Guzmán; pero... tengo también otro asunto muy importante de que hablar a
usted. ¿Cuándo podrá atenderme? -preguntó Manuel, visiblemente emocionado,
alzando su sombrero.

-Esta noche, amigo, de ocho para adelante estoy a su disposición.

-Véngase a tomar el chocolate con nosotros -invitó Lucía.

-Gracias, señora, no faltaré -contestó el joven despidiéndose cortésmente, y tras él se


cerró el portón de vidrios que le separaba de la soberana de su existencia.

Una vez en la calle púsose a recorrer la ciudad, y al pasar por una joyería, vio una
preciosa cruz de ágata, delicadamente engastada en oro y puesta en su caja de
terciopelo morado.

-¡Qué bonita prenda! ¡Cómo luciría en el pecho de Margarita! -pensó Manuel; y se


detuvo a examinarla-. ¡Pues la compro! -resolvió entrando a la joyería, trató y pagó
con tres gruesos billetes del Banco de Arequipa, y guardando la cajita en el bolsillo
siguió su camino, absorbido por pensamientos que revoloteaban en su mente, ora
como lucientes aristas, ora como golondrinas que pasan rozando las veredas con sus
negras alas.

Capítulo XXXII

La luna, en sus primeras horas de menguante, suspendida en un cielo sin nubes,


derramaba su plateada luz, que si no da calor ni hiere la pupila como los rayos solares,
empapa la Naturaleza de una melancolía dulce y serena, y brinda atmósfera tibia y
olorosa en esas noches de diciembre, creadas para los coloquios del amor.

Manuel consultaba con frecuencia su reloj de oro, inquieto y pensativo.

Los punteros marcaban la hora, y tomando su sombrero salió con paso acelerado.

La sala azul del Imperial, profundamente iluminada por elegantes arañas de cristal,
tenía las mamparas de la puerta abiertas de par en par.

Margarita, recostada en uno de los asientos inmediatos a la mesa y las flores, jugaba
con la orla de un pañuelo blanco, con el pensamiento transportado al cielo de sus
ilusiones, y el silencio más imponente reinaba en su rededor.
Cuando asomó Manuel a la puerta, ella cambió de posición con ligereza, y su primera
mirada se dirigió a la alcoba, donde sin duda estaba Lucía.

-¡Margarita, alma de mi alma! Yo vengo, yo he venido por ti -dijo Manuel tomando la


mano de la niña y sentándose a su lado.

-¿De veras? Pero tú te vuelves -replicó ella sin apartar su mano, que oprimía
suavemente la de Manuel.

-¡No dudes ni un punto, querida Margarita; voy a pedirte por mi esposa a don
Fernando...!

-¿Y sabrá mi madrina? -interrumpió la muchacha.

-A los dos; tú... vas a ser mía -dijo el joven clavando su mirada en los ojos de
Margarita a la vez que llevaba la mano de ésta a sus labios.

-¿Y si no quieren ellos? -observó con inocencia Margarita bajando su mirada


ruborosa.

-¿Pero tú me quieres?... ¡Margarita!... ¿Tú me quieres?... ¡Respóndeme, por Dios! -


insistió Manuel dominado por la ansiedad de los ojos: su mirada lo devoraba todo.

-Sí -dijo con tímido acento la hija de Marcela, y Manuel, en el vértigo de la dicha,
acercó sus labios a los labios de su amada y recibió su aliento, y bebió la purísima gota
del rocío de las almas en el cáliz de la ventura para quedar más sediento que antes.

Margarita dijo conmovida:

-¡Manuel...!

Por la mente de Manuel cruzó un recuerdo con oportunidad novelesca, llevó la mano
al bolsillo, sacó la cajita de terciopelo, la abrió, y presentándole la joya, dijo:

-¡Margarita, por ésta, te juro que mi primer beso de amor no ha de mancharte...!


¡Guárdala, querida mía; el ágata tiene la virtud de fortificar el corazón...!

Margarita tomó casi maquinalmente la cruz, cerró la caja y la guardó en su seno con
la ligereza del hurto, pues crujieron las mamparas de la alcoba y salieron Lucía y don
Fernando.

Manuel apenas podía moderar sus impresiones.

Su semblante tenía el tinte de las flores del granado, y un ligero temblor agitó su
organismo. Si hubiésemos podido tomarle la mano, la habríamos encontrado
humedecida por un sudor frío; penetrando en su pensamiento, habríamos visto cien
ideas agolpadas como abejas, disputándose la primacía para brotar moduladas por la
palabra.
Margarita, como aturdida por todo lo nuevo que pasaba en su corazón, mal podía
disimular su estado.

-Algo grave pasa a usted, Manuel -dijo don Fernando fijándose en el joven.

-Señor Marín -repuso él con voz temblorosa y frase entrecortada-. ¡Es... lo más grave
que espero... en mi vida...! Amo a Margarita y he venido... a pedirle su mano... con...
un plazo de... tres años.

-Manuel, tendría yo sumo placer, pero don Sebastián...

-Señor, ya sé su argumento, y es necesario que comience por destruirlo. Yo no soy


hijo de don Sebastián Pancorbo. Una desgracia, el abuso de un hombre sobre la
debilidad de mi madre, me dio el ser. Estoy ligado a don Sebastián por la gratitud,
porque al casarse con mi madre estando yo en su seno, le dio a ella el honor y a mí...
me prestó su apellido.

-¡Bendito seas! -dijo Margarita elevando las manos al cielo sin poder conservar su
silencio.

-¡Hija mía! -articuló Lucía.

-La hidalguía de usted nos obliga a usar del derecho que legó Marcela, antes de su
muerte, en el secreto que confió a Lucía -respondió don Fernando con gravedad.

-Me place, don Fernando; el hijo no es responsable en estos casos, y debemos culpar
a las leyes de los hombres, y en ningún caso a Dios.

-Así es.

Manuel, bajando algo la voz y aún la mirada avergonzada, dijo:

-Don Fernando, mi padre fue el obispo don Pedro Miranda y Claro, antiguo cura de
Kíllac.

Don Fernando y Lucía palidecieron como sacudidos por una sola corriente eléctrica; la
sorpresa anudó la palabra en la garganta de ambos, y reinó un silencio absoluto por
algunos momentos, silencio que rompió Lucía exclamando:

-¡Dios mío...! -y las coyunturas de sus manos entrelazadas crujieron bajo la forma con
que la emoción las unió.

Por la mente de don Fernando pasó como una ráfaga el nombre y la vida del cura
Pascual, y se dijo:

-¿La culpa del padre tronchará la dicha de dos ángeles de bondad? -y como dudando
aún de lo que había oído, preguntó de nuevo- ¿Quién ha dicho usted?
Manuel se apresuró a decir, menos turbado ya:

-El obispo Claro, señor.

Don Fernando, acercándose al joven y estrechándole contra su pecho, agregó:

-Usted lo ha dicho, don Manuel; ¡no culpemos a Dios, culpemos a las leyes inhumanas
de los hombres que quitan el padre al hijo, el nido al ave, el tallo a la flor...!

-¡Manuel! ¡Margarita...! ¡Aves sin nido...! -interrumpió Lucía, pálida como la flor del
almendro, sin poderse contener, y gruesas gotas de lágrimas resbalaron por sus
mejillas.

Manuel no alcanzaba a explicarse aquel cuadro donde Margarita, muda, temblaba


como la azucena juguete del vendaval.

La palabra de don Fernando debía finalizar aquella situación de agonía, pero su voz
viril, siempre firme y franca, estaba temblorosa como la de un niño. El sudor invadía su
frente noble y levantada, y sacudía la cabeza en ademán ya de duda, ya de asombro.

Por fin, señalando a Margarita con la acción, como recomendándola a los cuidados de
su esposa, y dirigiéndose a Manuel, continuó:

-¡Hay cosas que anonadan en la vida...! ¡Valor, joven...! ¡Infortunado joven...!


Marcela, en los bordes del sepulcro, confió a Lucía el secreto del nacimiento de
Margarita, quien no es la hija del indio Juan Yupanqui, sino... del obispo Claro.

-¡Mi hermana!

-¡Mi hermano!

Dijeron a una voz Manuel y Margarita, cayendo ésta en los brazos de su madrina,
cuyos sollozos acompañaban el dolor de aquellas tiernas aves sin nido.

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