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Amor eterno tras un trasplante de corazón

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—¡Doctor, está despertando!

— Apenas oí sus palabras mientras abría


lentamente los ojos.

Todo era extraño. Lo primero que percibí fueron luces: una habitación
blanca, una máquina que emitía un sonido molesto, incontables
cables, tubos y objetos extraños a mi alrededor.

—Señorita Eleanor, me alegra que haya despertado —dijo un hombre


de bata blanca, justo antes de dirigir una luz intensa hacia mis ojos, lo
que solo hizo la situación aún más incómoda.

—Mm… ¿madre? —susurré, sintiendo un dolor penetrante recorrer


todo mi cuerpo.

—¿Qué pasó? — pregunté con voz vacilante; mi mente era un


torbellino de preguntas sin respuesta y recuerdos confusos.

—Emm… tú te desmayaste en el colegio hace tres semanas —anunció


mi madre, con los ojos llenos de lágrimas.

—Detectaron un problema en tu corazón y precisabas un trasplante…


— continuó, antes de romper en sollozos.
—El chico de pelo negro se ofreció a donar su corazón —finalizó,
mientras una profunda angustia se apoderaba de mí.

—¿Cómo...? ¿Quién? Madre, dime —exclamé, levantándome de la


camilla, abrumada por culpa, desesperación y ansiedad.

—El chico Apolo —respondió mi madre. Al pronunciar su nombre, todo


en mí se estremeció. Aquél que había prometido entregarme lo que
tenía de sí… su corazón. Se suponía que eran palabras huecas,
oraciones sin emoción… pero, ¡mierda!

—Hija, no llores. Estás en reposo; ni siquiera debes esforzarte para ir


al baño —me advirtió, acercándose para abrazarme con ternura.

__________________________________________________________

Dos días después

—Hola, Eleanor. Por lo visto, hoy te sientes mejor —comentó la


enfermera con una sonrisa amable.

—Supongo —respondí, aún desanimada. La verdad, ahora me da igual


todo. Jamás imaginé que algo así me sucedería en tan poco tiempo, y
además que alguien más muriera sufriendo por mí.

—Ah, y por cierto, toma esto. Es una carta que te escribió el chico que
te donó el corazón antes de entrar al quirófano —dijo, extendiendo un
sobre negro.

—Hmmm, gracias, supongo —murmuré mientras tomaba el sobre.

—Bueno, me voy. Te dejo en paz para que puedas leerla —añadió y


salió de la habitación.
Una vez más me encontré en un vacío, rodeada de un silencio
solitario y sofocante. Sólo cuando mis ojos se posaron nuevamente en
el sobre, sentí la necesidad de descubrir lo que decía.

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~~~~~

De Apolo para Eleanor

No soy de escribir cartas, y es que jamás había escrito una, por lo que
esta será la primera y la última. Aunque quizá no me corresponda tu
cariño, me reconforta saber que estas palabras son para ti.

Solo quiero decirte lo siguiente, y te ruego que lo leas hasta el final.

Desde el primer día en que te vi despertaste en mí algo inimaginable.


Nadie había logrado hasta entonces hacerme sentir esa mezcla de
remordimiento, rencor, egoísmo, temor y, sí, incluso odio. Solo tú
supiste iluminar los ojos de la bestia, esa que nunca supo amar ni
valoró a nadie, utilizando a otros para su propio beneficio.

Pero tú… tú, con esos ojos profundos como abismos, ese cabello que
enreda y atrapa incluso al cazador más astuto; ese cuerpo que refleja
el sufrimiento y las batallas que has enfrentado; y, por último, esa
hermosa sonrisa, una trampa sin escapatoria, tan deseable y
peligrosa a la vez.

Son esas cualidades las que te definen y forjan al ser que eres. Sé
que puede parecer cursi, pero deseo que jamás lo olvides y que cada
vez que pienses en mí, una sonrisa ilumine tu rostro.

Sé que mis sentimientos nunca serán correspondidos; tú jamás fuiste


mía, y nuestro amor quedó incompleto sin aceptación ni de tu parte ni
de la de nadie. Sin embargo, estoy convencido de que, incluso en otro
mundo o en otra vida, te volveré a reconocer y me enamoraré de ti de
nuevo. Porque no hay nada más bello que sentir un amor inmenso
hacia alguien, especialmente cuando esa persona eres tú.

Incluso si llegaras a representar un peligro para mí, poco me


importaría, pues yo siempre he sido la bestia, el lobo, el villano
destinado a no encajar en el molde de la bondad. Por ello, creo que
nuestro destino nos separa.

Quiero que sepas que no te he abandonado; en cada latido de mi


corazón, ahora donado a ti, siempre estará presente mi esencia.

Eleanor, te amo y te amaré siempre.

Gracias por todo y perdón por tan poco…

Mi último acto de amor.

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~~~~~

Recogí mis fuerzas para hablar, pero apenas pude articular palabra,
mientras no eran lágrimas sino sollozos densos los que se escurrían
de mis ojos.

—¡Mierda... p... p! —solté en un susurro quebrado, sintiendo cómo un


gran vacío y tristeza me inundaban. ¿Cómo podía ser esto? Me repetía
a mí misma, sintiéndome una idiota. Mierda, siempre hago todo mal.
Todo lo que él necesitaba era una respuesta simple para ser feliz… Yo,
encerrada en mi arrogancia, jamás abrí mis ojos. ¿Soy hipócrita? Una
tonta por cargar con este sentimiento de soledad y sufrimiento, y
ahora, la carta de bodas me está cobrando factura…

—¡Mierdaa! —grité casi sin voz, con una punzada en el corazón,


mientras se escuchaban voces tranquilizadoras: “Detente”, “No te
hagas daño”, “Por favor”.
—¿Eh, hola? —preguntó Thomas al entrar en la habitación, con
evidente angustia.

—¿Qué sucede? —añadió, preocupado ante la escena.

—Y… yo soy un desastre. ¡Solo debí haberlo aceptado, mierda! —solté


entre más sollozos, mientras Thomas me envolvía en un abrazo y me
ayudaba a recostarme en la camilla.

—No te culpes, por favor —susurró, mientras secaba mis lágrimas con
sus dedos y frotaba suavemente mis mejillas—. Yo lo conocía muy
bien; su vida era inestable, pero tú eras como un tesoro caído del
cielo. Él supo ver en ti un hogar, aunque tú no lo conocieras por
completo. Me pesa haber actuado como actué en el pasado; temía
que él pudiera lastimarte, porque a los demás los despreciaba, pero
contigo siempre fue distinto. Tardé en comprenderlo…

—Todos fuimos culpables y cometimos errores —añadió,


acurrucándose junto a mí, mientras un cálido recuerdo suyo llenaba
mi interior. Y, aunque no lo diga en voz alta, yo también lo amé.

__________________________________________________________

Algunos años después

—¡Apolo, Sami, no corran! —exclamé, tomando de la mano a ambos.

El tiempo había pasado rápido. Thomas y yo nunca llegamos a


casarnos formalmente, pero juntos tuvimos dos hijos. Curiosamente,
mi primogénito lleva el nombre de Apolo; lejos de causarme tristeza,
sus palabras han sido mi impulso diario, mi forma de rendirle un
homenaje eterno.

—Mamá, necesito las flores; dame las amarillas —pidió Apolo,


extendiendo su mano.
—Aquí tienes, pero no te apresures —le contesté, mientras le
entregaba el ramo.

—¡Hola, tío! Cuánto tiempo; hoy te trajimos flores —añadió, colocando


el ramo en el florero, junto a aquella placa memorable.

Aunque para algunos resultaba extraño y decían que estaba enferma,


la familia solía reunirse cada fin de semana para dejarle flores a
Apolo, convencidos de que, de algún modo, debíamos sentir su
presencia. A veces aparecía en mis sueños para consolarme o
felicitarme. Sé que, en algún lugar, él aún existe y que, como él decía,
me esperaría, y yo lo encontraré de nuevo algún día.

Él fue siempre aquello a lo que más amé, el anhelo más profundo de


mi corazón. Un amor impredecible, tanto en duración como en
intensidad, pero que para mí será eterno. Siempre será esa persona,
ese amor, apodado Apolo.

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