Control y Sufrimiento en la Vida Social
Control y Sufrimiento en la Vida Social
Cada sociedad tiene sus reglas; y cada componente de la sociedad, incluyendo la familia,
también las tiene. La formación de una sociedad significa, en parte, que todos sus miembros
acuerdan atenerse a las reglas. Conformando las reglas de la sociedad, contribuimos a su estabilidad
tanto como a su seguridad. Por ejemplo, está claro que es ventajoso para todas las personas que
manejan, seguir las reglas de tránsito. Ciertamente, no queremos que alguien decida expresar su
libertad individual manejando hacia el Sur en una calle que se dirige hacia el Norte.
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Tener claridad y explicitar las reglas que regulan nuestro comportamiento es obviamente necesario
en algún punto. También es cierto, sin embargo, que si pretendemos que el progreso individual o
social tenga lugar, las reglas deberían ser cambiadas o rotas en algún momento. Por ejemplo,
consideremos la importancia del movimiento femenino en la redefinición de nuestras percepciones
culturales acerca del rol de la mujer. Treinta o treinta y cinco años atrás, la mujer que quería seguir
una carrera tenía que darle muchas explicaciones a sus amigos y a sus parientes para justificar su
“inusual” posición. Hoy, la mayoría de las mujeres trabajan fuera de su hogar. Ahora, si “sólo”
quieren quedarse en la casa y criar hijos, tienen muchas explicaciones que dar acerca de por qué no
están afuera, compitiendo en el mundo del trabajo.
Este es un cambio social enorme que sucedió en un corto período de tiempo. Muchas
personas le dan la bienvenida a estos cambios y no tienen dificultades para dejar sus viejas
tradiciones en favor de lo que ellas mismas reconocen como progreso. Otras, sin embargo,
encuentran a estos cambios dolorosos, porque están perdiendo su confortable sentido de seguridad
acerca de lo que es un comportamiento apropiado, normal y familiar.
La gente que viola las expectativas de los otros, frecuentemente enfrenta
desaprobación y rechazo. Años atrás, quizás, dichos otros reconocieron como, su propia “ruptura
de las reglas” los conducía a un progreso personal o social. O quizá descubrieron que estaban
rompiendo reglas ciegamente, peleando con otros por pelear, sin tener nada importante que ganar.
Lo realicemos concientemente o no, estamos influenciados por las expectativas de
los demás. El más poderoso agente de toda nuestra socialización es nuestra familia; los miembros
familiares son quienes nos visten, alimentan, responden cuando lloramos, nos hablan, educan y
gradualmente, nos enseñan a ver el mundo como ellos lo ven.
Una paradoja con respecto al punto de control es que mientras más nos controlamos para
suprimir aquellas partes de nosotros que los otros han etiquetado como “indeseables”, más
controlados estamos por esas personas. A lo largo de este proceso, somos enseñados a ver estas
partes de nosotros mismos en la misma forma negativa. Por ejemplo, si nuestro padre, deprimido y
sin sentido del humor; odia el buen humor y lo considera algo tonto, entonces cada vez que
disfrutemos nuestro sentido del humor, él nos etiquetará como “tontos” y nos enseñará a devaluar el
humor en nosotros mismos. O quizá terminemos sintiéndonos avergonzados o culpables cuando nos
divirtamos.
Estar controlados por otros en algún punto, es inevitable; después de todo, nadie
escapa a la influencia de los demás. Existen, sin embargo, padres que son mucho más sensibles
al control que otros. Algunos deliberadamente siguen pasos para fomentar un sano sentido de
control personal y de independencia en sus hijos tan pronto como sea posible. Hay madres que
permiten que sus hijos, en una edad apropiada, elijan la ropa que usarán para ir a la escuela ese día.
Hay otras madres, que dejan la ropa de sus hijos en la punta de la cama la noche anterior,
excluyendo totalmente al niño del proceso de tomar la decisión de qué ropa vestir. Si ustedes fueron
criados de esta manera, pueden haber reforzado la idea que incluso algo tan simple como qué ropa
ponerse está fuera de su control. Mientras más decisiones tomemos por otra persona, más
desamparada la alentamos a ser.
Consideren su propia familia. ¿Los alentaron sus padres a tomar los riesgos de una forma
segura, como explorar su vecindario o ir al almacén? ¿O siempre los acompañaron porque “hay
peligro en todos lados”? ¿Fueron alentados a tomar sus propias decisiones en una edad apropiada
sobre qué ponerse, qué juegos jugar o quiénes eran sus amigos? ¿O les impusieron todo esto,
pidiéndoles sólo su obediencia? Si no aprendieron cómo hacer elecciones a lo largo de sus vidas,
¿cómo pueden aprender a ser buenos tomadores de decisiones y desarrollar la confianza de que
pueden confiar en su juicio?
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2. LA NECESIDAD DE CONTROL
Hemos enfatizado antes una noción de la vida como un estímulo ambiguo sobre el cual
proyectamos nuestro entendimiento y nuestras creencias. La necesidad de las personas de entender
es una fuerza motivante para recoger información, clasificarla e intentar usar esos datos para “hacer
que las cosas pasen”. Tener dicha necesidad es sólo una manifestación de nuestra necesidad más
amplia de controlar nuestro medio ambiente.
Muchos individuos son tan frágiles que sólo manteniendo algún sistema arbitrario
de creencias pueden tener algún sentido de control personal. Esas personas pueden ser
explosivas si sienten que su profundo asidero de creencias está siendo cuestionado o disminuido.
Entonces, lo que parecería ser una reacción fuerte es sólo un reflejo de cuán inseguras realmente se
sienten y cuán importante es para ellas sostenerse en una creencia subjetiva. Una actitud de “vivir y
dejar vivir” es considerablemente una forma más sofisticada de ir por la vida, pero debemos primero
sentirnos cómodos, frente al conocimiento de que nuestras creencias, opiniones y percepciones no
sean las “verdaderas” y “correctas” para todos.
Aun considerando cuán básica es la necesidad de control para el ser humano, es “erróneo” o
“patológico” querer tener el control sobre todo lo que pasa en nuestra vida. Aunque sí resulta por
demás útil, hacerse cargo de la propia vida. El punto ahora es cómo reconocer y afirmar
efectivamente los patrones de control. En otras palabras, el hecho de que queramos más control
sobre lo que pasa en nuestra vida, está bien. Ya que diversos problemas se originan cuando
perdemos de vista nuestras necesidades o deseos por la naturaleza de las situaciones que
enfrentamos. De cualquier modo, cuando vemos pacientes con “problemas de control”, no nos
preocupa en lo más mínimo que quieran tener mucho control sobre lo que ocurre en sus vidas.
Cualquiera que es efectivo en la vida está “controlando”, aunque no lo hace siempre ni en
todas partes. La clave está en saber cómo distinguir las situaciones que son controlables
de aquellas que no lo son. Es bueno seguir adelante y continuar controlando cuando tenga
sentido, pero sálvense ustedes mismos de la pena de un fútil esfuerzo, cuando reconozcan que una
situación es incontrolable o cuando sin querer puedan herir excesivamente a otros en el proceso de
afirmar su control.
Los errores en los juicios que las personas tienen sobre el control, generalmente caen en dos
grandes categorías: distorsiones que crean una “ilusión de desamparo”, y aquellas que crean una
“ilusión de control”. Absorbidos en la ilusión de desamparo, nos vemos a nosotros mismos como no
teniendo control cuando, de hecho, tenemos alguno. Con la ilusión de control, tenemos un inflado
sentido de poder, creyendo incorrectamente que podemos tener el control de las circunstancias que
objetivamente están más allá de nuestro alcance. Consideremos cada categoría por separado.
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a. LA ILUSIÓN DE DESAMPARO
b. “Desamparo Aprendido”
Una de las teorías más conocidas y avaladas sobre el sufrimiento es la del “Desamparo
Aprendido”, de Martin Seligman. Seligman estaba perplejo por la aceptación pasiva de las
circunstancias negativas y dolorosas comúnmente halladas en personas deprimidas, entonces decidió
investigar el problema.
Seligman expuso a personas a eventos dolorosos (como un ruido fuerte) que no podían
controlar. Los sujetos trataron de escapar de esta situación negativa, pero las circunstancias estaban
dadas para que no pudieran hacerlo. Ellos continuarían intentándolo, pero no lo lograrían
independientemente del esfuerzo que realizaran para conseguirlo. Eventualmente, ellos podían
rendirse y dejar de intentarlo. Muchos de ellos desarrollaron síntomas de depresión, incluyendo
apatía, trastornos del sueño y agitación. Este resultado en sí mismo, tuvo importantes implicaciones
para demostrar cómo las circunstancias incontrolables y dolorosas pueden causar depresión en
algunas personas.
Sin embargo, no todos los que fueron expuestos a eventos negativos incontrolables se
deprimieron. ¿Podrían especular por qué esto fue así? Los factores del estilo atribucional ayudaron a
distinguir entre aquellos que se deprimieron y aquellos que no lo hicieron. Entender que los tiempos
difíciles son inestables; esto es, temporarios; puede ayudar a prevenir el desamparo. Es decir,
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viéndolos como externos (“Es la circunstancia, no yo”) y específicos (“Es sobre esta situación, no
sobre mi vida entera”).
Y un mejor resultado ocurrió cuando los mismos sujetos sometidos al experimento fueron
colocados en una nueva situación, donde ellos podían efectivamente escapar de los estímulos
dolorosos. Bajo estas circunstancias, muchos sujetos experimentales no realizaron ningún esfuerzo
para ayudarse a ellos mismos. La experiencia previa les había enseñado que no había nada que
podían hacer cuando eran dañados. Entonces, a pesar de que era una situación enteramente nueva y
sólo superficialmente similar a la anterior, ¡ellos ni siquiera intentaron escaparse! Pasivamente
aceptaron el dolor. Podemos culpar a la distorsión cognitiva de sobregeneralización. Seligman
denominó a este fenómeno “desamparo aprendido”.
Las implicancias de este experimento para entender el sufrimiento son amplias. Consideremos
qué sucede cuando algunos crecen en un medio ambiente donde se castiga sin razón aparente. Si
alguien crece en un hogar donde es castigado un día por hacer una cosa y fue ignorado por hacer lo
mismo el día anterior, seguramente llegará a la conclusión de que la vida es impredecible,
incontrolable y que la única cosa que puede hacer correctamente es aceptar cualquier destino que
viene en su camino. El error es sobregeneralizar, en vez de decir, “Mi familia era impredecible”, se
vuelve global y dice “La vida es impredecible”.
Un comentario importante de los experimentos de Seligman concierne al rol del tratamiento.
Una vez que los sujetos experimentales llegaron a la conclusión de que estaban desamparados y que
pasivamente “tenían que” aceptar el dolor, la tarea a realizar es enseñarles que ellos están ahora en
una nueva situación en la cual podrán controlar y pueden realizar alguna acción para finalizar con su
malestar. Los intentos repetidos de enseñarles a los sujetos a prevenir o escapar del castigo fueron
recibidos con indiferencia y una aparente falta de habilidad para absorber el nuevo aprendizaje. Lleva
mucho tiempo demostrarles su habilidad para escapar antes de que los sujetos puedan sobreponerse
a su desamparo y reorganizar las oportunidades de ayudarse ellos mismos.
Asumir automáticamente como regla general en la vida, que estamos
desamparados, es una visión distorsionada. La vida de nadie está totalmente más allá de la
influencia de la persona que es dueña de esa vida. Incluso cuando no podemos cambiar las
circunstancias externas, podemos cambiar nuestra reacción frente a esas circunstancias. Sentirse
desamparado sobre todas las experiencias importantes de la vida y verse a uno mismo como “fuera
de control” es un gatillo seguro para el sufrimiento.
Cuando nos sentimos fuera de control, nuestra respuesta automática debería ser la de realizar
una rápida valoración de las circunstancias, que de hecho, están más allá de nuestro control. Pensar
críticamente; porque como ustedes saben; las personas que sufren, con su pensamiento
distorsionado, tienden a creer que están desamparados en situaciones en las cuales realmente no lo
están.
c. LA ILUSIÓN DE CONTROL
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un soldado está en el medio de una batalla feroz, refugiado en una trinchera mientras las bombas
explotan a su alrededor, en realidad, no puede sentirse en control de su vida. Si sabe que no tiene
el control de su vida, ciertamente desea que alguien benevolente esté a cargo de la situación. ¿Quién
podría ser más benevolente que Dios? Entonces, muchos soldados, en el corazón de la batalla, tienen
un “despertar espiritual” que los conduce a rezarle a Dios por una liberación segura del campo de
batalla. Ellos hacen promesas de reformar su comportamiento, tener intenciones caritativas, e
incluso, ser un santo en el futuro, si sólo les permiten sobrevivir.
El despertar espiritual de la creencia en Dios en el campo de batalla es un intento obvio de
encontrar a alguien controle una situación que está fuera del propio control. En otro ejemplo, una
muy probable conversión religiosa frecuentemente tiene lugar entre los prisioneros condenados a
muerte. Ahora conocen una de las principales razones por la que esto ocurre.
Muchos autores sugieren que los miembros de la generación “de la liberación” (’60 y ’70),
están teniendo un incremento significativo en sus índices de depresión. Creemos que una de las
razones principales es que ellos tienen la “ilusión de control”. Crecieron creyendo que podían tener
todo lo que quisieran. Pensaron que podían tener educación de avanzada, trabajos bien pagos, que
podían viajar alrededor del mundo y ser exitosos en cualquier cosa que eligieran. El lado positivo de
esto es que muchos “liberados” fueron exitosos profesional y financieramente mucho más rápido que
sus padres. El lado negativo es que sus logros, frecuentemente, han estado a expensas de una
buena perspectiva en la vida y de relaciones familiares y maritales duraderas.
Cuando somos brillantes y exitosos, nuestros logros pueden conducirnos a creer que podemos
realizar cualquier cosa si sólo escogemos el camino correcto. La vida podría ser mucho más simple
y más agradable si esto fuera cierto.
La “generación de la liberación” ha sido socializada en una era diferente a cualquier otra.
Los avances tecnológicos continúan ocurriendo a una velocidad demasiado rápida para muchos de
nosotros como para adaptarnos a ellos, montos masivos de información se encuentran accesible en
todo momento y en formas variadas (desde el CD-ROM hasta las grabaciones digitales) y una gran
diversidad de productos han favorecido un incremento marcado en el consumo. Muchas personas de
este grupo de edad han sido capaces de obtener lo que querían o deseaban.
¿Qué efectos tiene esta historia de socialización (en la cual los individuos sólo necesitan pedir
algo para recibirlo), en las expectativas y experiencias? Por supuesto, no podemos afirmar que una
alta expectativa de éxito es la causa primaria para el alto índice de depresión en este grupo. Pero
ciertamente alerta sobre las razones que nos han llevado a creer que la motivación produce
resultados (“Cuando hay voluntad...”), y nos deja sin ninguna preparación para la realidad de que la
vida no siempre funciona de esta manera.
Tratar de obtener algo simplemente queriéndolo ha llevado a muchas personas a creer que
pueden “tenerlo todo”. Frecuentemente, la fuente del sufrimiento en estos individuos es que han sido
forzados a aceptar la realidad de que nadie puede tenerlo todo.
Cada elección que hacemos imposibilita otras elecciones. Por ejemplo, si nos
esforzamos en construir una carrera exitosa, tenemos menos tiempo y disponibilidad emocional para
cultivar relaciones profundas y satisfactorias. Elegir tener hijos significa que no podemos irnos en un
viaje espontáneo durante el período de clases. En otras palabras, si estamos haciendo “esto”,
entonces no estamos haciendo “aquello”.
La vida supone muchas elecciones difíciles, cada una con profundas implicaciones para lo que
eventualmente enfrentaremos. La ilusión de que podemos controlar todos los aspectos de
nuestra vida, y obtener sólo consecuencias deseables y felices como resultado de
nuestras elecciones, es una forma terriblemente irreal de andar por la vida. La ilusión de
control está manifestada de muchas maneras además de la mentalidad común entre los adultos
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jóvenes de “tenerlo todo”. Se manifiesta también cada vez que tratamos de hacer que algo suceda sí
o sí, cuando no está directa y enteramente bajo nuestro control.
La ilusión de control nace del deseo idealista que todos tenemos de hacer que el
mundo sea de la manera que nosotros queremos que sea. Es importante para nosotros
desear que las cosas sucedan de una cierta manera. Pero seamos claros: nuestras metas
deben ser realistas. Las personas con la ilusión de control corren el riesgo de sufrir
cuando intentan metas irrealistas. Una habilidad vital para controlar el sufrimiento es
distinguir claramente que está y que no está dentro de nuestro control.
Pensemos en un ejemplo. Matías, el hijo de Carolina, era muy querido por su mamá. Él estaba
creciendo con mucha hostilidad hacia ella. De hecho, su relación tan estaba tirante que ella temía
que estuviera en peligro de romperse. Describiendo su relación con Matías, ella mencionó que él iba
a una universidad fuera de la provincia. Aparentemente, Matías solía ir a su casa regularmente, pero
últimamente estaba yendo mucho menos frecuentemente. Cuando iba de visita, él siempre parecía
estar resentido, irritable, impaciente y sarcástico, muy diferente de su antigua manera cariñosa de
ser.
Carolina dijo que ella siempre había hecho “lo mejor” para Matías. Se había divorciado cuando
él era pequeño, nunca se había vuelto a casar y había focalizado toda su atención en Matías. Había
intentado criar a Matías tan bien como le era posible, dándole todo lo que podía, incluso si Matías no
lo quería. Entonces, Matías tomó lecciones de piano, cursos de idiomas extranjeros, y otros
pasatiempos que ella consideraba importantes. Las primeras veces que Matías salía de la universidad
e iba a visitarla durante el fin de semana, Carolina organizaba todo para llevarlo a galerías de arte,
museos, óperas, recitales de música y casi cualquier evento cultural que encontraba. Ella decía que
estas actividades le daban altura para debatir. Matías no quería hacer más esas actividades. Ella le
respondió que era muy inmaduro para apreciar lo que le estaba mostrando, pero no tenía ninguna
intención de detener sus esfuerzos para “proveerlo de algún brillo”.
Carolina presionaba continuamente a Matías para que apreciara las cosas sofisticadas que ella
consideraba necesarias si alguien iba a ser exitoso en la vida. Ella había trabajado para obtener la
obediencia de Matías todos los años que él había estado en su casa. Ahora, como un maduro adulto
joven, Matías era capaz de decidir por él mismo qué cosas él pensaba que eran importantes.
En vez de reconocer la madurez creciente de Matías y su habilidad para decidir por él mismo
qué cosas eran importantes, Carolina intensificó su presión para que se diera cuenta de lo correcto
de su punto de vista. En lugar de ajustarse a las circunstancias (Matías vivía su vida lejos de su
casa), Carolina se comportaba como si todo siguiera igual que antes. Frecuentemente castigaba a
Matías diciéndole que si él fuera tan maduro como decía que era, reconocería el valor de lo que ella
estaba compartiendo con él. Naturalmente, Matías se enojaba, intercambiaban palabras y su tiempo
juntos se volvía difícil. ¿Qué hay de raro en que Matías la visite cada vez menos?
Este es un claro ejemplo de una persona, Carolina, intentando imponer sobre otra, Matías, su
idea sobre lo “correcto”, lo “valioso” y lo “necesario”. El resultado fue que ella estaba alejando a
Matías por no reconocer o aceptar su habilidad de hacer elecciones por él mismo.
Los intentos de Carolina de decirle a Matías cómo él debía pensar, sentir y cuáles debían ser
sus valores, eran todos esfuerzos para controlarlo.
No podemos controlar a otra persona, aunque podríamos tratar de manipularla
ejerciendo presión para que responda en la forma en que nos gustaría, y podríamos ser
exitosos. Pero su obediencia no es voluntaria. Durante un tiempo, resistirá la presión que ejerzamos
y eventualmente, no importa cuanto tiempo tome, se rebelará. A nadie le gusta ser oprimido por
otro, y el uso de tácticas manipulativas para controlar a alguien inevitablemente conduce a la muerte
de esa relación.
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Aprender a hablar con alguien y aceptarlo y valorarlo, son metas diferentes para intentar
influirlo. El hecho de que alguien intente controlar a otra persona es evidentemente una ilusión de
control. Si hay alguien en sus vidas a quien quieran hacer sentir de una determinada manera, que
responda de una forma determinada o valore una cosa en particular, sean cuidadosos y no crean
que, si hacen todo lo correcto, pueden hacer que esa persona haga, sienta o valore lo que ustedes
desean. La ilusión de control es creer que podemos hacer que algo suceda cuando, en
realidad, el resultado último está controlado por alguien más.
Podemos ser cuidadosos con los otros, podemos ofrecerles consejo y perspectiva, podemos
ayudarlos, pero no podemos controlarlos.
No podemos hacer que otro sea como nosotros. Podemos hacer cosas que pensamos
que harán a esa persona como nosotros; pero no dejamos de ser simplemente nosotros, usando
nuestras ideas acerca de qué nos gustaría si estuviéramos en los zapatos de esa persona. El
pensamiento egocéntrico que frecuentemente se encuentra en las personas que sufren, evidencia
que esas personas se utilizan a sí mismas como punto de referencia. Ellas pueden pensar “No le haría
eso a alguien, entonces nadie podría hacerme eso a mí”. Luego, se dejan a sí mismos indefensos, y
se vuelven abrumados cuando la otra persona “les hace” eso.
Podemos asegurarles que otras personas no valoran lo que ustedes valoran, otras personas
no ven las cosas de la misma manera que ustedes, y otras personas tienen diferentes reglas para
jugar el juego de la vida. Algunas veces, esas reglas permiten comportamientos que sus reglas
prohíben. Si quieren ser efectivos en sus relaciones con los demás y con ustedes mismos, deben
aprender lo que otras personas valoran para sí mismas.
Si otra persona no valora lo que ustedes valoran o no vive con los mismos estándares, pueden
mantener una relación de una manera en que ni ustedes ni ellos entren en conflicto sobre esos
puntos. Y si el conflicto es inevitable, pueden respetar la habilidad del otro de hacer sus propias
elecciones, y, si fuera necesario, seguir cada uno su camino. Tratar de controlar (cambiar) sus
sentimientos o creencias es un esfuerzo que probablemente fracase.
Mientras más de ustedes mismos inviertan en un esfuerzo fallido, más chances tienen sentirse
fracasados y sufrir. No podemos hacer que nuestros hijos valoren un cuarto ordenado o su clase de
química. No podemos hacer que nuestro insensible compañero se vuelva sensible o más
comunicativo. No podemos forzar a alguien a pensar que somos interesantes o atractivos. No
podemos hacer que nadie haga nada. Sólo podemos crear oportunidades y motivaciones,
y luego dejar que la otra persona elija un curso de acción. Si usamos la coerción o tácticas
manipulativas para forzar nuestro camino, probablemente ganemos en el corto plazo, pero no a largo
plazo.
El campo de la psicología social ofrece algunas investigaciones fascinantes sobre la ilusión de
control. Las investigaciones demuestran que cuando las personas realizan grandes esfuerzos, esperan
resultados exitosos. En estos experimentos, a algunos individuos se les permitió que escogieran su
propio número de lotería, mientras que a otros se les asignaron los números. El investigador luego
les preguntó si estarían dispuestos a vender sus números de lotería. Interesantemente, aquellos a
quienes se les había permitido escoger sus números deseaban más dinero por ellos que aquellos a
quienes les habían asignado números al azar. De alguna manera, ser quien escoge el número de
lotería creaba la ilusión de que tenían mejores chances de ganar! (Estadísticamente, por supuesto,
las chances de ganar la lotería son exactamente las mismas, independientemente de cómo se
obtenga el número).
Aprendamos a ser prudentes escogiendo en qué invertir nuestra energía o emociones. No
podemos saber siempre si seremos exitosos haciendo algo; y por esto la vida inevitablemente,
implica tomar riesgos. La idea es tomar riesgos inteligentes, no tontos. Esto significa
determinar, tan claramente como sea posible, cuánto control tenemos en una situación dada.
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