0% encontró este documento útil (0 votos)
9 vistas27 páginas

Críticas al método colegiado en lexicografía

escribirrr rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrdhfdkdfjjdhfdfjdjhhfgggs sjskkksjj kkkkkskkkkskddddddddddddddddddddddddddddd

Cargado por

Alfonso Ruiz
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
9 vistas27 páginas

Críticas al método colegiado en lexicografía

escribirrr rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrdhfdkdfjjdhfdfjdjhhfgggs sjskkksjj kkkkkskkkkskddddddddddddddddddddddddddddd

Cargado por

Alfonso Ruiz
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Sobre el método'colegiado en lexicografía 61

flejarse en la forma de aplicar ese principio. Por eso, desde 1780 ya


no hay reparto de tarca entre los académicos para que estos la some­
t a n a la aprobación o corrección del Pleno. He aquí cómo ha descrito
el proceso, a mediados de nuestro siglo, don Julio Casares:
Los académicos de número, los correspondientes de España y del
extranjero y cierto número de beneméritos coadyuvantes proponen
voces o acepciones, locuciones y frases nuevas, o bien proyectos de
adición o enmienda a las ya registradas [...]. Un lector [...] va dando
cuenta en alta voz de las propuestas recibidas, y apenas aparece una
sola que no vaya seguida de un interesante debate, en el que todos
aprendemos algo y en el que no hay aportación que no sea valiosa.
[...] Una vez admitido un vocablo o un giro, hay que hacer su defini­
ción, y, si no se acierta con ella en el momento, se encomienda la pa­
peleta al académico que por sus conocimientos o afición parece mejor
preparado para formular el proyecto correspondiente. [...] Y cuando,
al fin, se ha aprobado definitivamente una cédula, se le estampa el
sello y la fecha y pasa a un fichero especial, donde se van archivando
ordenadamente los materiales que, con la autoridad colectiva de la
Academia, entrarán en la próxima edición. (Casares, 1950a: 5-7).

La Academia siempre ha ostentado con orgullo el carácter corpo­


rativo de su trabajo (cf. Alvar Ezquerra, 1985: 35), exaltándolo como
el mejor de los métodos posibles:
La formación del diccionario de cualquier idioma se ha conside­
rado como una obra de que solo puede encargarse un cuerpo que dure
tanto como aquel, que de continuo se rejuvenezca con nuevos indivi­
duos y siga perennemente observando y notando paso a paso las vici­
situdes que ocasionen en la lengua la variedad de circunstancias y la
corriente de los años. El voto de un escritor, sea el que fuere, jamás
tendrá otro carácter que el de una opinión particular, ni podrá por lo
mismo infundir en igual grado la confianza que el trabajo metódico e
incesante de un cuerpo colectivo. (Academia, 1843: [i]).

O bien defendiéndolo como el menos malo:


Compuesta [la obra del Diccionario], no por un académico solo,
ni por varios, sino por toda la Corporación, de temer es que aún ado­
62 Problemas y métodos
lezca de faltas de método, casi inevitables en labor de muchas perso­
nas con igual señorío. Tampoco en diccionarios que una sola hizo o
dirigió sin contrariedad, escasean tales imperfecciones, superabun-
dantemente compensadas en el de la Academia por la ventaja de ha­
ber contribuido a componerle hombres nacidos y educados en dife­
rentes regiones de España y dedicados al estudio y cultivo de
distintos ramos del humano saber. (Academia, 1884: vi).

La defensa del autor colectivo frente al individual ya está en los


preliminares del Diccionario de autoridades: «Covarrubias fue solo,
no tuvo quien le dirigiesse o ayudasse; [...] como era único, no consi­
guió saliesse su obra tan perfecta como si a ella huviessen concurrido
muchos, lo que executaron las dos Academias Francesa y de la Crus­
ca; y no parecía justo que no supliéssemos, siendo muchos, lo que
Covarrubias no havía podido lograr por ser solo» (Academia, 1726:
x i - x i i ).

D is c r e p a n c ia s im p l íc it a y e x p l íc it a : T e r r e r o s y T a b o a d a

El P. Esteban de Terreros, autor único del segundo gran dicciona­


rio del siglo xvm (terminado en 1767, aunque publicado postuma­
mente en 1786-88), no corrobora ni de palabra ni de hecho la tesis de
los académicos. Tampoco lo hace el autor único del primer dicciona­
rio general no académico publicado en el siglo xix, Manuel Núñez de
Taboada. Pero este da un paso más, al desaprobar explícitamente el
método colegiado:
Como todos los diccionarios académicos, el nuestro [= el de
nuestra Academia] adolece del vicio capital de una notable desigual­
dad en cuanto tiene de bueno y de malo; resultado necesario de la
mayor o menor capacidad, de la variedad de estilo, del humor o modo
de ver de los diversos individuos a quienes se encargó su composi­
ción o revisión. Este inconveniente, que solo podrá evitarse confiando
la egecución de esta especie de obras a una sola persona con sujeción
a la censura de hombres doctos dotados de luces especiales, no sub­
siste en el mío porque yo solo he trabajado en él. (Núñez de Taboada,
1825: m).
Sobre el método\:olegiado en lexicografía 63

Pudiera objetarse a Taboada que su censura va dirigida a una obra


de la que él mismo se ha aprovechado. Pero Taboada podría replicar
que esa obra, el Diccionario académico, se ha aprovechado aún más
de otra obra precedente, que es la edición anterior del mismo Diccio­
nario, sin haber enmendado entre muchos los defectos que él solo,
Taboada, entiende haber superado.

L a c r í t i c a d e S a lv á

Más importancia tiene la crítica del método colegiado expuesta


veintiún años más tarde por Vicente Salvá, ya que se apoya en un co­
nocimiento sólido y una larga experiencia de la lexicografía. La auto­
ría colectiva y anónima, según Salvá, trae dos consecuencias perjudi­
ciales al Diccionario de la Academia: el escaso empeño de sus
miembros en una obra que en definitiva no redunda en su honra per­
sonal, y la falta de uniformidad en los resultados:
Sus individuos [de la Academia], muy instruidos y laboriosos
como particulares, rehúsan contribuir con sus conocimientos a los
trabajos hechos de mancomún, hallando medios para utilizarlos mejor
separadamente. ¿Cómo puede explicarse de otro modo que la Aca­
demia, que reúne literatos que poseen las principales ciencias y fa­
cultades que hoy se cultivan, [...] nos dé como corrientes millares de
voces anticuadas, al paso que deja de admitir las que todo el mundo
conoce y usa?
En sus producciones se echa menos la perfecta uniformidad que
tendrían si no entendiese más que una mano en su arreglo y redac­
ción. [...] En el día que todos desean adquirir reputación y aumentar
los medios para disfrutar mayor número de comodidades, no es posi­
ble que los esfuerzos colectivos, de que no se espera ni una cosa ni
otra, produzcan grandes resultados. (Salvá, 1846: vm-ix).

L a c r ít ic a d e C u e r v o

La opinión de Rufino José Cuervo no es menos digna de conside­


ración que la de Vicente Salvá; pero es preciso no perder de vista que,
mientras la de este fue expresada al cabo de una poco frecuente pre­
64 Problemas y métodos

paración de lexicógrafo, la de Cuervo fue evolucionando a lo largo de


cuarenta años, dentro de los cuales se desarrolló su gran contacto con
la lexicografía.
En un primer momento, caracterizado por un respeto casi total al
Diccionario de la Academia (cf. Cuervo, 1872: 13), el maestro co­
lombiano se muestra partidario del redactor colegiado: «Basta indicar
— dice— lo que debe ser el Diccionario de la lengua para que se
comprenda desde luego que el componerlo no es obra proporcionada
a las fuerzas de un hombre solo» (Cuervo, 1874: 58). Curiosamente,
todavía sustenta esta actitud — respeto a la Academia y a su redac­
ción plural— cuando escribe el prólogo de una obra, el Diccionario
de construcción y régimen, emprendida con las fuerzas de un hombre
solo y superadora, en tantos y tantos aspectos, del Diccionario aca­
démico:
Una corporación que cuenta con los siglos no tiene priesa ni mo­
tivo de adular modas pasajeras, y compuesta de individuos de distin­
tos gustos y profesiones, nativos de todos los puntos del dominio his­
pano, resiste fácilmente a las exageraciones de una escuela y tiene
en sí el equilibrio de conocimientos de que rarísima vez sería capaz
un particular. Todo esto dará siempre al Diccionario de la Academia
una superioridad incontestable sobre otros libros análogos. (Cuervo,
1886: xlii).

Pero pocos años después ya deja ver una postura más crítica hacia
la calidad de la obra y hacia su método colegiado:
Todo libro, como no sea de los inspirados por Dios, tiene descui­
dos, ignorancias y aun barbaridades. Esto es en particular lo que su­
cede con obras filológicas [...]. Lo mismo sucederá, pues, en el Dic­
cionario de la Academia, y sería contra todo buen criterio atribuirle
una infalibilidad absoluta; antes, la naturaleza misma de la obra y la
circunstancia de ser compuesta entre muchos han de despertar cierto
recelo y duda científica para no aceptar todas sus decisiones, digo
mal, para no tomar todas sus palabras como decisiones muy pensadas
y definitivas. (Cuervo, 1890: 116).
Sobre el método \olegiado en lexicografía 65

Al final de su vida, la crítica de Cuervo adquiere una mayor pro­


fundidad. Según el, la Academia, que ejerce simultáneamente las fun­
ciones de notario y de juez de los hechos lingüísticos, no actúa de
manera consecuente. La «censura» o juicio sobre los usos se ha apli­
cado de dos formas: la calificación («anticuado», «bajo», «rústico»,
etc.) o la exclusión de «lo vulgar, o lo que parece hoy impropio o
bárbaro, aunque no lo fuese en otros tiempos»:
De aquí resulta la oposición entre el oficio de notario y el de juez:
en virtud del primero debían registrarse todas las voces y acepciones
de uso general o que constan en libros respetables; pero, por obedien­
cia a aquel método [= la exclusión], basta que alguna disuene a la
gente culta por haberse aplebeyado, para que sea excluida; mientras
que tienen cabida otras semejantes que se hallan en los mismos libros
o en obras parecidas, solamente porque nadie las usa. Lo justo, y lo
que pide la historia de la lengua, es la combinación de los dos oficios:
registrar todos los términos autorizados y añadir la indicación de su
calidad actual, dándolos por anticuados absolutamente, por vulgares
hoy, por impropios o inaceptables en razón de cualquier otra causa.
Además (penoso, pero necesario, es decirlo), la función de limpiar no
carece de peligros, si cae en manos de aficionados que, olvidándose
de que la lengua es un conjunto de hechos, llegan fácilmente a la
pretensión de sustituir a estos hechos caprichosas ficciones o prefe­
rencias injustas; con lo cual, dejando el Diccionario de ser represen­
tante del uso, se convierte, si cabe decirlo, en recopilación de orde­
nanzas que, modificándose de una edición a otra, son causa de
desorden y motivo de gastos inútiles. (Cuervo, 1911: 60).

Estas palabras traslucen una crítica velada al método colegiado


del Diccionario académico. Los aficionados a quienes se refieren no
pueden ser otros que los académicos no lingüistas, que siempre han
sido mayoría, pero que, a pesar de su limitada cualificación, siempre
han tenido, en virtud del sistema, la misma autoridad que los especia­
listas a la hora de proponer y votar decisiones sobre la lengua.
En otro pasaje del mismo texto vuelve a señalar Cuervo el peligro
entrañado por el hecho de que las cuestiones de léxico estén, en la
Academia, tanto en manos de los competentes como de los no com­
66 Problemas y métodos

petentes. Aunque se refiere en este caso al procedimiento de las co­


misiones, en último término denuncia la escasa consistencia de mu­
chos acuerdos académicos, debido al sistema de adopción de estos:
Tenemos por oportuno recordar que cuerpos como la Academia
Española producen sus obras valiéndose de comisiones; que no siem­
pre figuran en estas los más competentes, y que los trabajos que pre­
sentan las mismas tampoco son siempre examinados despacio por la
corporación entera, antes muchas veces son aprobados ligeramente
por aclamación; de manera que todas las decisiones, o cosa que lo pa­
rece, no representan la suma del saber de todos los académicos. Solo
así puede explicarse que casi en cada edición de la Gramática y del
Diccionario aparezcan cosas notoriamente erróneas, que después se
corrigen, a lo que es de suponer, con harto sonrojo. (Cuervo, 1911:
66).

Aunque no se dice, se entiende que esta facilidad de errar no se


daría si no fuese la corporación en pleno quien tomase todas las deci­
siones últimas relacionadas con el Diccionario.

T o r o G isb er t

La alusión de Cuervo a los aficionados y a los incompetentes no


deja de casar con un juicio, menos circunspecto, escrito, por las mis­
mas fechas, por el futuro autor del Pequeño Larousse ilustrado, Mi­
guel de Toro Gisbert. Sin embargo, su crítica no apunta al método
colegiado que se sigue en la Academia, sino a la autoridad indiscutida
que, a su juicio gratuitamente, se reconoce al Diccionario académico:
¿Por qué se ha de confundir precisamente académico con fabri­
cante de diccionarios? ¿Acaso el mero hecho de entrar en ese cuartel
de inválidos de las letras es título suficiente para meterse en honduras
gramaticales, etimológicas ni filológicas? De los individuos de núme­
ro de la Academia, ¿cuántos, si no hubieran sido académicos, se hu­
bieran dedicado a este género de estudios? Acaso ninguno. Sin em­
bargo, todo el mundo acata la obra magna de esos lingüistas pasados
por agua. (Toro Gisbert, 1909: rn-iv).
en lexicografía 67

Unam uno

Miguel de Unamuno también denunció, y más de una vez, la poca


congruencia que hay entre la condición de no filólogos de la mayoría
de los miembros de la Academia y el carácter filológico de la tarea
que en ella desarrollan: «Suponer que un eminente hablista sea el más
apto para juzgar o llevar a feliz término trabajos acerca de la lengua
es como creer que el hombre más sano sea el mejor fisiólogo y que
nadie mejor que un gimnasta nos puede dar lecciones acerca del fun­
cionamiento orgánico de los músculos» (Unamuno, 1898: 447; cf. id.,
1906: 528).
Pero el comentario más severo de Unamuno (otros tiene más du­
ros, pero no se levantan sobre el nivel del exabrupto) es el que se re­
fiere precisamente al método colegiado de la redacción del Dicciona­
rio académico:
Linares Rivas decía hace unos días, aquí mismo [en el periódico
El Día], que el objeto y fin primordial de la Real Academia de la
Lengua Española es la ardua tarea del Diccionario. Y lo hace muy
mal. Y tiene que hacerlo muy mal. Y lo haría mal aunque estuviese
compuesta de los treinta y seis mejores lingüistas y filólogos de Es­
paña. Toda obra colectiva y anónima, en que la responsabilidad se re­
parte, sale mal. Acaba por hacerla uno, el más necesitado, no pocas
veces. Y no hay colectividad académica capaz de hacer un dicciona­
rio como el que Littré o, más modernamente, Hatzfeld y Darmesteter,
con el concurso de Thomas, hicieron de la lengua francesa. Las obras
colectivas resultan siempre muy endebles en ciencia.
Conocemos en la Academia de la Lengua algunos, aunque muy
pocos, poquísimos, lingüistas entendidos, conocedores de la historia
pasada y presente del castellano y doctos en filología románica. Pues
bien: si se reúnen para hacer un trabajo colectivo, lo harán mal. Y
esto no quiere decir que no deba haber solidaridad en el trabajo cien­
tífico, ¡no! Una cosa es ayudarse e ilustrarse unos a otros, y no em­
prender ninguna labor sin tener en cuenta los trabajos y resultados de
los otros, y otra cosa es empeñarse en publicaciones colectivas. Y aún
vamos más lejos, y es hasta afirmar que cuanto más inteligentes y sa­
bios sean los que se unen para un trabajo de esos en común, peor sale
la cosa.
68 Problemas y métodos

Nadie gusta de dar lo mejor suyo a una obra de esa índole colec­
tiva. Y no se puede hacer un diccionario o una gramática como algu­
na Academia de la Historia hizo una Historia, repartiendo cada perío­
do a sendos académicos y que la firmara[n]. Y aun así, salía desigual.
Un diccionario, una gramática, tienen que obedecer a un plan, uno; a
una dirección personal, y hasta cuando son obra colectiva, como los
famosos «Glossaria» de Ducange, es uno quien los dirige y da nom­
bre. (Unamuno, 1917: 609-10).

M ú g ic a

La idea de la esterilidad de la actuación corporativa en lexicogra­


fía, y la de la falta de un cerebro rector, con tanta elocuencia desarro­
lladas por Unamuno, tienen también expresión, más telegráfica — y
más mordaz— , en una frase de la reseña que Pedro de Múgica dedicó
a la edición decimoquinta del Diccionario académico: «¿A qué po­
nerse, como en otras ocasiones, a hacer crítica seria del léxico ri­
dículo? [...] Como se trata de una corporación, dicen los señores para
su capote: Ahí me las den todas» (Múgica, 1926: 380).

A m é r ic o C a s t r o

En la segunda de las documentadas reseñas que Américo Castro


dedicó a dos ediciones (decimocuarta y decimoquinta) del Dicciona­
rio de la Academia, ataca, aunque no de frente, la acefalia lexicográ­
fica de la institución editora: «La Academia, no sé por qué, apenas se
hace cargo de las objeciones y enmiendas que se le proponen. Esto
impide que ahora nos esforcemos en dar una larga lista de correccio­
nes, cosa que haríamos de tratarse de un libro técnico, tras del cual
hubiese una responsabilidad individual» (Castro, 1925: 403).

R amón y C ajal

Y no es improbable que en la Academia Española y en su método


de trabajo estuviese pensando Santiago Ramón y Cajal — no lingüis­
ta, pero sí miembro electo de la Academia— cuando redactó estas
Sobre el método colegiado en lexicografía 69

palabras, fáciles de alinear con las de Unamuno, Castro y Múgica re­


cién recordadas:
La verdad es tan pudorosa y zahareña como la mujer honesta;
podrá entregarse a un amante joven y apuesto, pero casi nunca a una
pandilla de tenorios carcamales.
Sugiérenos esta reflexión la infecundidad irremediable de la ma­
yoría de nuestras corporaciones científicas, políticas y literarias. Ins­
pirados en la egoísta esperanza del ahorro de esfuerzo, todos sus
miembros confian en que los infinitesimales empujones de cada con­
socio equivaldrán a la labor perseverante y enérgica de uno solo.
(Ramón y Cajal, 1932: 191).

C o n c l u s ió n

En las páginas que preceden he recogido, muy al azar, algunas


reacciones y opiniones de lexicógrafos o de fdólogos de nuestra len­
gua, y de algún no filólogo, ante un aspecto fundamental en la elabo­
ración del Diccionario académico. El método colegiado, aprendido de
las Academias extranjeras del siglo xvn, ha sido seguido por la cor­
poración española desde el primer cuarto del x v iii hasta estos finales
del xx, sin que la haya hecho titubear la consideración de la práctica
lexicográfica universal, entre cuyas ricas modalidades no parece go­
zar de favor ninguna forma semejante a la consagrada por el Diccio­
nario académico usual.
En el momento en que escribo estas lineas (marzo de 1992), la
Academia tiene el proyecto de estudiar una nueva estructura del sis­
tema de confección de su Diccionario usual. Ignoro si en ese estudio
se considerará la posibilidad de modificar el papel del pleno de la
corporación en materia lexicográfica1. El futuro dirá si la obra ha de
continuar apegada a su tradición secular o si, por el contrario, va a dar
un paso firme que la aproxime a las exigencias de la lexicografía mo­
derna.

1 [En los años transcurridos desde la fecha de redacción de este artículo hasta 2003
no se ha producido ningún cambio en este punto].
4
EL PROBLEMA DE LA DIACRONÍA
EN LOS DICCIONARIOS GENERALES*

Casi al borde del territorio de Pero Grullo, empezaré señalando


que los diccionarios pueden ser sincrónicos, diacrónicos y acrónicos,
según se propongan registrar el léxico correspondiente a un estado de
lengua, estudiar ese léxico en su evolución histórica, o reunir en un
mismo plano el léxico de diversas épocas, desentendiéndose del de­
venir temporal. Sin embargo, la división no es tan simple. Los diccio­
narios históricos, que son presentados unánimemente como la forma
típica de diccionario diacrónico, tienen un componente sincrónico
muy importante: el metalenguaje de sus definiciones. En efecto, este
género de diccionario no escapa a una ley general de la lexicografía:
todo diccionario va dirigido a una sociedad determinada que vive en
un espacio determinado y en un tiempo determinado; como dicen
Jean y Claude Dubois, «el diccionario responde a preguntas que le
plantean lectores contemporáneos» (Dubois / Dubois, 1971: 105). Por
consiguiente, el lenguaje utilizado por el redactor en todas sus defini­
ciones y explicaciones debe estar inscrito dentro del mismo código
utilizado por el lector a quien se dedica el diccionario; exigencia ele­

* [Publicado en Revista de Dialectología y Tradiciones Populares [Homenaje


Concepción Casado Lobato], XL1II (1988), 559-67].
El problema de'la diacronia en los diccionarios generales 71

mental de la lexicografía que podríamos llamar «principio de sincro­


nía del metalenguaje».
Por su parte, los diccionarios no históricos — los llamados gene­
rales— , si bien hoy día son todos expresa o tácitamente sincrónicos
(con una sincronía que corresponde al tiempo presente del dicciona­
rio), no dejan de contener elementos diacrónicos visibles. El más lla­
mativo es la etimología, información, no ya histórica, sino prehistóri­
ca, de la unidad léxica; pero de ella no nos ocuparemos ahora.
Hay otro aspecto en que se rompe la orientación sincrónica y que
se presenta esporádicamente en el Diccionario de la Academia (hablo
de la edición de 1984) y en aquellos que copian textualmente sus de­
finiciones. Siendo como es el Diccionario académico la encamación
actual de una obra nacida en la primera mitad del siglo xvm, se con­
servan en sus columnas con cierta densidad enunciados definitorios
procedentes de épocas pasadas y cuyo lenguaje, a veces, no es el que
corresponde a la nuestra. Me refiero a definiciones del estilo de las
siguientes: gallardo, «desembarazado, airoso y galán»; bailar, «hacer
mudanzas con los pies, el cuerpo y los brazos, en orden y a compás»;
ejército, «gran copia de gente de guerra con los pertrechos correspon­
dientes, unida en un cuerpo a las órdenes de un general»; peligroso,
«aplícase a la persona ocasionada y de genio turbulento y arriesga­
do»; paciencia, «virtud que consiste en sufrir sin perturbación de
ánimo los infortunios y trabajos». Nótese la presencia, en estas defi­
niciones, de términos hoy existentes (galán, mudanza, ocasionado,
arriesgado, copia, sufrir, trabajos), pero usados en sentidos hoy ine­
xistentes, lo que aboca a fáciles errores de interpretación. Reliquias
como estas, de sabor barroco o postbarroco no exento de encanto,
constituyen un desajuste cronológico entre el lenguaje del lexicógrafo
y el del lector, y una quiebra del principio de sincronía del metalen-
guaje a que me refería antes.
En un tercer aspecto, más profundo y amplio, irrumpe la dimen­
sión diacrónica en la perspectiva sincrónica característica de los dic­
cionarios generales. La materia de estos es el léxico vigente de la
época en que viven sus lectores. Hay, sin embargo, dos principales
72 Problemas y métodos

posturas frente a esa materia, que consisten en el distinto tratamiento


aplicado a los bordes de la masa léxica del idioma: a la zona que po­
dríamos llamar «occidental» — el léxico que está en declive— y a la
zona «oriental» — el léxico que está naciendo— . El perfil habitual de
los diccionarios manuales se caracteriza por un mayor (y proclamado)
favor a los neologismos y por el arrinconamiento de las voces en
trance de desuso; mientras que los diccionarios extensos suelen ser
conservadores respecto al vocabulario obsolescente y raro, y mesura­
dos en la acogida del vocabulario nuevo.
Los diccionarios manuales se proponen incluir todo lo que a su
juicio está vivo en el momento presente (sin especificar nunca cuál es
la extensión de ese presente, su «sincronía práctica»), y excluyen todo
lo que a su juicio no lo está. Las notables diferencias con que se reali­
za este propósito en unos diccionarios y otros radican en esa variable
tan poco objetiva de su juicio.
En cuanto a los diccionarios extensos, aplican al concepto de sin­
cronía un significativo coeficiente corrector. El hombre culto conoce
una serie de obras literarias de los siglos pasados, que han dejado co­
mo poso en su vocabulario pasivo muchas palabras librescas (cf. Rey-
Debove, 1973: 99). Además, desde un punto de vista práctico, al lec­
tor le interesa encontrar en un diccionario de lengua el sentido de las
palabras con que tropieza en sus lecturas, no solo de escritores actua­
les, sino de otras generaciones (Rey-Debove, 1971: 97; cf. Cuervo,
1874: 62). Es normal que, respondiendo a estas realidades, los diccio­
narios extensos registren un cupo, en ocasiones considerable, de vo­
ces pertenecientes a otras épocas (cf. Malkiel, 1960: 8; Guilbert,
1975: 3019; Haensch, 1982: 161). Ahora bien, la distinta manera de
funcionar en la lengua las voces vivas y las reliquias que cohabitan
dentro del caudal del diccionario, la condición supernumeraria de las
segundas, reclaman de manera inexcusable la utilización de una mar­
ca cronológica que las distinga. La ausencia de tal marca — la condi­
ción de «no marcadas»— en las voces «actuales» es una ratificación
del carácter sincrónico esencial del diccionario, al presentarlas como
el caudal propiamente dicho de este.
El problema de\a diacronia en los diccionarios generales 73

Como el Diccionario de la Academia es, entre los diccionarios


generales, el que incluye más elevado número de voces con marca
cronológica, y como, por otra parte, los restantes diccionarios gene­
rales, tanto los extensos como los manuales, se basan normalmente en
la información que sobre estas voces (ya sea para copiarlas, o para
diezmarlas, o para suprimirlas) da la Academia, puede resultar intere­
sante efectuar una cala que nos ofrezca una idea de la exactitud de
tales datos.
Según es sabido, el Diccionario de la Academia clasifica las vo­
ces obsoletas en dos grandes grupos: anticuadas y desusadas:
La abreviatura ant., anticuada, indica que la voz o la acepción
pertenece exclusivamente al vocabulario de la Edad Media; pero
también se califica de anticuada la forma de una palabra, como noto-
mia por anatomía, que, aunque usada hasta el siglo xvu, ha sido de­
sechada en el lenguaje moderno. La abreviatura desús., desusada, se
pone a las voces y acepciones que se usaron en la Edad Moderna, pe­
ro que hoy no se emplean ya. En esta edición se usa muchas veces la
indicación de desús., o de p. us. [«poco usada»], pues el presente
Diccionario, que en sus diferentes ediciones se ha basado siempre en
el que la Academia publicó de 1726 a 1739 [...], conserva, natural­
mente, materiales lexicográficos de épocas pasadas que, aunque ha­
yan decaído en su uso, forman parte de la lengua tradicional y litera­
ria. (Academia, 1984:1, xx).

En esta división cronológica la Academia entiende por Edad Mo­


derna el tiempo comprendido entre la Edad Media y los finales del si­
glo xvm o principios del xix (cf. su artículo edad). Así que, de acuer­
do con esta partición del tiempo, el concepto de sincronía con que
implícitamente opera la Academia abarca desde alrededor de 1800
hasta nuestros días. No es este el momento de discutir si es o no abu­
sivo hablar de una sincronía de casi dos siglos (cf. Rey-Debove,
1971: 95); amplitud de criterio en que, por otra parte, la Academia
está acompañada por el Trésor de la langue frangaise (cf. Seco,
1979c: 404, y 1980: 55).
74 Problemas y métodos

Cuervo había propuesto una división parecida de las voces arcai­


cas, distinguiendo entre «voces antiguas, que usaron mucho los clási­
cos, y aunque han dejado de usarse no han muerto ni morir pueden, a
la sombra como están de obras inmortales; y voces anticuadas, muer­
tas, que usaron solo autores anteclásicos, o que recogieron curiosos
anticuarios como Covarrubias» (Cuervo, 1874: 62; cf. Seco, 1982:
256 [capítulo 17 de este libro, pág. 325]). La distribución de Cuervo
es teóricamente más clara que la académica, si la vemos desde un
punto de vista estrictamente cronológico; pero en realidad el maestro
apunta más bien a una distinción entre voces «olvidadas» y voces
«antiguas en el uso, pero no anticuadas en la lectura». La práctica de
esta distinción seria sumamente dificultosa y comprometida.
Pero también la división propuesta por la Academia dista de ser
nítida. Si dicc que la calificación de anticuada se aplica «exclusiva­
mente» a las voces de la Edad Media, ¿por qué extenderla a otras que
llegan «hasta el siglo xvn»? Tal vez hubiera sido más coherente deci­
dir de una vez que son anticuadas todas las voces cuya vigencia es
anterior al siglo xvn, sin necesidad de mencionar la Edad Media. Por
otro lado, la forma en que aparece presentada la notación poco usada,
sin explicación, pero unida a la de desusada, que sí ha sido explicada,
puede inducir erróneamente a entender que son equivalentes (¿o quizá
es que lo son?). La imprecisión se ahonda con la exposición que sigue
a la aparición de las dos abreviaturas juntas, que evidentemente son el
«tema» de tal exposición; si de la clase desusada se dijo antes que co­
rrespondía a voces «que hoy no se emplean ya», ahora se habla si­
multáneamente de esta clase y de la poco usada como de «materiales
[...] que, aunque hayan decaído en su uso, forman parte de la lengua
tradicional y literaria». El ‘no emplearse ya’ una palabra no es lo mis­
mo que ‘haber decaído en su uso’.
Pese a l a perturbación que para nuestro intento suponen estas im­
precisiones, pasemos a nuestro experimento, encaminado a examinar
los datos cronológicos sobre los que actúan los diccionarios generales
del español. Para ello confrontaremos una pequeña muestra de la obra
que todos ellos utilizan como fuente, el Diccionario de la Academia,
El problema de \ j diacronía en los diccionarios generales 75

con los datos que la propia Academia tiene publicados en su Diccio­


nario histórico, obra que se redacta, como es sabido, sobre los mis­
mos ficheros léxicos de que dispone la Corporación para la revisión
del Diccionario común. Las voces estudiadas son las comprendidas
entre amencia y amuchiguar, es decir, un total de 304 entradas, que
ocupan 12% columnas del Diccionario (correspondientes a 255 co­
lumnas del Diccionario histórico).
Solo se exponen aquí las palabras o acepciones en que el cotejo
ofrece alguna noticia de interés respecto a la información cronológica
del Diccionario común. Después de cada voz se indica su significado
o aquella acepción que es objeto de comentario, seguidos de la marca
cronológica (o de la ausencia de marca) que le asigna el Diccionario
de la Academia; a continuación, en síntesis, los datos cronológicos
que presenta el Diccionario histórico (DH). No se tienen en cuenta
los testimonios puramente lexicográficos, salvo los dialectales y al­
gún otro que en su caso se especifica.
amencia ‘demencia’, ant. — DH: de 1494 a 1914.
amenguadamente ‘menguadamente’, ant. — DH: solo 2 testimonios, 1515 y
1559.
amenguadero ‘que amengua’, ant. —DH: único testimonio, 1495.
amenguamiento ‘acción y efecto de amenguar’, sin marca. — DH: de 1250 a
1527; posteriormente, solo en judeo-español oriental (1977).
amenguante ‘que amengua’, sin marca. —DH: único testimonio, 1495.
amenguar ‘deshonrar, infamar, baldonar’, sin marca. — DH: de 1295 a 1615.
amenorgar ‘aminorar’, p, us. — DH: de 1260 a 1896 (modernamente, en
Asturias).
amenoso ‘ameno’, ant. —DH: voz fantasma (procede de una errata en una
edición de Lope de Vega).
amentar ‘atar o tirar con amiento’, sin marca. —DH: único testimonio, 1495
(Nebrija).
ámente ‘demente’, ant. — DH: de 1589 a 1945.
amento ‘amiento’, sin marca. — DH: único testimonio de uso, 1582; después,
1611 (Covarrubias).
76 Problemas y métodos

amercearse ‘amercendearse, apiadarse’, ant. — DH: de 1400 a 1519.


amercendeador ‘que se amercendea', ant. —DH: único testimonio, 1499.
amercendeante ‘que se amercendea’, ant. — DH: único testimonio, 1494.
amercendearse ‘compadecerse’, ant. —DH: de 1289 a 1528.
américo ‘americano’, desús. — DH: de 1602 a 1948.
amesnador ‘guardia del rey’, ant. — DH: único testimonio de uso, 1491; des­
pués, citada como voz antigua por Aldrete (1606) y otros.
amesnar ‘guardar, defender, poner a salvo o seguro’, ant. — DH: acepción
fantasma (procede de un error de Aldrete, 1606).
amesnar ‘acogerse, guarecerse’, ant. — DH: único testimonio, 1344.
amesurar ‘medir, arreglar, ajustar’, ant. — DH: distingue ‘estimar o valorar’,
solo dos testimonios, 1255 y 1400; y ‘medir’, en uso dialectal, 1895 a
1977.
ametalado ‘semejante al azófar’, sin marca. — DH: de 1626 a 1685.
ametalar ‘alear’, p. us. — DH: solo dos testimonios de uso, 1601 y 1604
(más 3 diccionarios coetáneos).
ametalar ‘formar de cosas heterogéneas’, sin marca. —DH: solo dos testi­
monios, 1599 y 1618.
ametisto ‘amatista’, ant. — DH: de 1490 a 1901.
amezquindarse ‘entristecerse’, p. us. — DH: tres testimonios de un único
autor (Pineda), de 1574 a 1589.
amianta ‘amianto’, ant. — DH: solo dos testimonios, 1555 y 1573.
amicicia ‘amistad’, ant. — DH: de 1400 a 1658.
amigabilidad ‘condición de amigable’, sin marca. — DH: de 1345 a 1682.
amigajado ‘hecho migajas’, ant. — DH: solo dos testimonios, 1463 y 1916
(el segundo, dialectal).
amiganza ‘amistad’, ant. — DH: de 1221 a 1982.
amir ‘emir’, desús. —DH: de 1296 a 1852.
amisión ‘pérdida’, ant. — DH: de 1525 a 1752.
amistad ‘pacto amistoso’, ant. — DH: de 1140 a 1734 (un texto posterior,
1929, es histórico).
amistad ‘deseo o gana’, ant. — DH: solo dos testimonios, 1562 y 1618.
amitigar ‘mitigar’, p. us. —DH: único testimonio, 1575.
amo ‘ayo’, ant. — DH: 1140 a 1651 (un texto posterior es histórico).
El problema d^la diacronia en los diccionarios generales 77

amodita ‘alicante, víbora’, sin marca. —DH: único testimonio, 1556.


amodorrecer ‘amodorrar’, sin marca. — DH: de 1475 a 1578.
amolar ‘adelgazar’, sin marca. — DH: único testimonio, 1627.
amollador ‘que amolla’, sin marca. — DH: único testimonio, 1770 (Acade­
mia; sin ningún testimonio de uso).
amollante ‘que amolla’, sin marca. —DH: único testimonio, 1770 (Acade­
mia; sin ningún testimonio de uso).
amollecer ‘ablandar’, ant. — DH: de 1252 a 1947 (los testimonios posteriores
a 1518 son dialectales).
amollentadura ‘acción de amollentar; ablandar o afeminar’, ant. — DH: 1495
(Nebrija).
amollentar ‘ablandar o hacer muelle’, sin marca. — DH: de 1252 a 1613.
amollentar ‘afeminar’, ant. — DH: de 1454 a 1598.
amollentativo ‘que amollenta o ablanda’, ant. — DH: único testimonio, 1582.
amolletado ‘de figura de mollete’, sin marca. — DH: único testimonio, 1770
(Academia; sin ningún testimonio de uso).
amondongado ‘gordo, tosco y desmadejado’, sin marca. — DH: único testi­
monio, 1605.
amonestamiento ‘amonestación’, sin marca. — DH: de 1196 a 1555.
amontar ‘ahuyentar’, sin marca. — DH: de 1251 a 1590.
amontazgar ‘cobrar montazgo’, sin marca. — DH: solo dos testimonios, 1552
y 1595.
amontonadamente ‘en montón’, sin marca. —DH: solo dos testimonios,
1400 y 1499.
amor ‘convenio o ajuste’, ant. — DH: de 1240 a 1540.
amorbar ‘hacer enfermar’, ant. — DH: único testimonio, 1463.
amordazador ‘mordaz’, ant. — DH: único testimonio, 1495 (Nebrija).
amordazamiento ‘acción de amordazar o maldecir’, ant. —DH: único testi­
monio, 1495 (Nebrija).
amordazar ‘maldecir’, ant, —DH: de 1495 a 1582.
amorecada ‘topetada de camero’, ant. — DH: único testimonio, 1275.
amoricones ‘señas o muestras de amor’, desús, — DH: de 1531 a 1945.
amoriscado ‘semejante a los moriscos’, sin marca. — DH: de 1472 a 1593
(hay un testimonio posterior, 1724, pero con el sentido de ‘propio de mo­
riscos’).
78 Problemas y métodos

amorrionado ‘de figura de morrión’, p. us. —DH: único testimonio, 1657.


amortajar ‘cubrir, envolver’, sin marca. —DH: de 1605 a 1751.
amortamiento ‘amortiguamiento’, ant. —DH: único testimonio, 1494.
amortar ‘amortiguar’, ant. —DH: distingue ‘apagar o aplacar (contienda)’,
único testimonio, 1390; y ‘apagar (fuego, calor)’, 1494 (varios ejemplos
de un solo autor).
amortiguar ‘dejar como muerto’ (también pronominal), sin marca. —DH:
solo registra el pronominal, ‘quedar como muerto’, de 1240 a 1766.
amoscamiento ‘acción de amoscarse’, sin marca. —DH: único testimonio,
1939 (Academia; sin ningún testimonio de uso).
amoscar ‘espantar las moscas’, ant. —DH: de 1538 a 1564.
amostachado ‘bigotudo’, sin marca. —DH: solo dos testimonios, 1606 y
1614.
amostrar ‘mostrar’, ant. —DH: de 1134 a 1977 (los testimonios posteriores a
1700 son dialectales).
amotinar ‘turbar o inquietar (mente, sentidos)’ (también pronominal), sin
marca. —DH: transitivo, solo dos testimonios, 1656 y 1658 (de un mis­
mo autor); pronominal, ‘turbarse’, de 1626 a 1938.
amover ‘remover, destituir’, sin marca. —DH: de 1528 a 1649.
amparanza ‘acción de embargar’, sin marca. —DH: 1970 (Academia; sin
ningún testimonio de uso).
amparanza ‘adquisición del derecho de beneficiar una mina’, sin marca.
—DH: 1970 (Academia, sin ningún testimonio de uso).
amplamente ‘ampliamente’, ant. —DH: de 1507 a 1740.
amplexo ‘abrazo’, ant. —DH: de 1538 a 1910 (modernamente, ‘abrazo de
cópula de algunos animales’, 1952 a 1986).
ampio ‘amplio’, ant. —DH: de 1200 a 1776.
ampolla ‘expresión ampulosa’, p. us. —DH: único testimonio, 1812 (en tra­
ducción literal de Horacio, ampullas et sesquipedalia verba),
amuchiguar ‘multiplicar, aumentar’. —DH: de 1200 a 1930.

A la vista de esta breve muestra, se observa que la calificación de


«anticuada» aparece a menudo aplicada a voces que en el Diccionario
histórico constan como todavía usadas en el siglo x v i i , en el xvm y
El problema de ihdiacronia en los diccionarios generales 79

aun en el xx. Es cierto que algunas de estas últimas se presentan en


nuestro siglo como dialectales, pero en estos casos la norma del Dic­
cionario era darles la indicación regional correspondiente. Se da la
calificación de «desusada» a voces que el Diccionario histórico pre­
senta como usadas en el xrx o en el xx, y en cambio, la de «poco
usada», a alguna cuyo empleo no consta después del xvi.
Falta, por otra parte, toda marca cronológica en palabras que no
han dado señales de vida después del siglo xvm, o del xvu, o del xvi,
o del xv. Lo curioso es que algunas de estas palabras que aparecen
como no marcadas tuvieron indicación de anticuadas en otras edicio­
nes del Diccionario. El Histórico da noticia, al menos, de cuatro ca­
sos, dentro de la muestra: amenguar llevó esa calificación hasta la
edición de 1869; amentar la llevaba en el Diccionario de 1726; amo­
llentar, en esa misma edición, se daba como «voz sin uso», y en las
siguientes figuró como anticuada, hasta que en 1914 se le quitó la ca­
lificación; amostachado incluso llegó a ser borrada del Diccionario
en 1803, pero reingresó, sin marca alguna, en 1925. No hay que olvi­
dar que en cierta época la Academia siguió la pauta — que criticó
Cuervo (1874: 62 [=capítulo 17 de este libro, pág. 325])— de retirar
de muchas voces la nota de anticuadas, no porque hubiesen dejado de
serlo, sino porque aspiraba a rehabilitarlas en el uso, ya que aquella
calificación «podría retraer de emplearlas a los que miran como un
estigma afrentoso la mucha antigüedad de un vocablo» (Academia,
1869).
Sorprende, en nuestra pesquisa, el número relativamente alto
de casos en que la voz fue recogida en el Diccionario con el apoyo de
solo dos testimonios, y más aún, de un testimonio único. A veces esa
autoridad solitaria ni siquiera era de uso, sino lexicográfica (Nebrija o
la propia Academia). (Nótese que, al margen de la señalización dia-
crónica, se encuentran en nuestra lista palabras y acepciones acogidas
en años recientes por la Academia sin otra autoridad que su palabra).
También en la muestra examinada han sido desenmascarados dos
«fantasmas» lexicográficos: amenoso ‘ameno’ y amesnar ‘guardar,
poner a salvo’.
80 Problemas y métodos

Todas estas peculiaridades observadas tienen como explicación el


distinto grado de información de que dispuso la Academia a lo largo
de los años en que se fue haciendo y retocando el Diccionario, y la
inevitable oscilación que en los criterios y los métodos había de im­
primir la sucesión de las generaciones académicas. Pasados ya dos si­
glos y medio desde su primer Diccionario, la Academia se enfrenta
con la difícil misión de llevar a cabo una revisión sistemática y rigu­
rosa de la obra que se espera que siga siendo el centro de la lexico­
grafía del español. En el aspecto que aquí hemos examinado — y
en otros— será fundamental la utilización intensiva de la rica docu­
mentación léxica que se atesora en los ficheros académicos; tarca ar­
dua, no solo por la cantidad de material acumulado, sino por la com­
plejidad y consiguiente lentitud del tratamiento que esos materiales
exigen (si no se quiere caer en lamentables errores, como ha ocurrido
a ilustres consultantes poco avisados). El problema no existiría si es­
tuviese terminado, o siquiera muy avanzado, el Diccionario histórico
utilizado en este experimento y que la propia Academia tiene en pu­
blicación, ya que esta obra presenta, debidamente analizada y ordena­
da, esa misma documentación que por ahora se archiva en bruto.
Acelerar decididamente la conclusión de este Diccionario histórico
sería una de las medidas más eficaces para la reforma y perfecciona­
miento, tan necesarios, del Diccionario común de la Academia1.

1 [En lugar de acelerar la producción del Diccionario histórico, la Academia la


suspendió en 1996].
5
LOS PILARES DE UN DICCIONARIO MODERNO*

«Huyo —escribía en 1996 José Antonio Pascual— del culto salví-


fico que, a la altura de los finales del milenio, se rinde a lo cuantita­
tivo. El nuevo orden con que se nos tienta a los lexicógrafos es el de
los corpus: de pequeño, mediano o gran calado; tan convencidos de su
importancia hemos llegado a estar, que lo que en principio hubiera
parecido un complemento indispensable para realizar de la mejor ma­
nera nuestra labor se está convirtiendo en la labor misma; de forma
que muchos esperan de los propios corpus la solución a unos proble­
mas que, desde sus comienzos, la propia lexicografía —ciencia se-
gundona donde las haya— o no se había planteado, o no se atrevía a
resolver, o simplemente creía que no tenían solución» (Pascual, 1996:
167).
En efecto, en los últimos años se ha producido entre nosotros, en
ciertos niveles no intelectuales, y alguna vez aparentemente in­
telectuales, un fenómeno de mitificación de la informática aplicada al
léxico. La puesta en marcha por la Real Academia Española de los
proyectos de creación de dos corpus léxicos de nuestra lengua, uno

[Publicado en Saber / Leer, núm. 138, octubre 2000, 4-5. Comentario a propó­
sito de Joaquim Rafel i Fontanals (dir.), Diccionari del Caíala Contemporani. Corpus
Textual Informatitzat de la Llengua Catalana: Diccionari de freqüéncies, 3 vol., Bar­
celona 1996-1998],
82 Problemas y métodos

con perspectiva sincrónica y otro con perspectiva diacrónica, con un


almacenamiento global de doscientos cincuenta millones de palabras,
ha generado en más de una ocasión, por la espectacularidad de las ci­
fras, informaciones no siempre bien formuladas y casi siempre mal
recogidas y peor interpretadas. Muchos incautos lectores de periódi­
cos o consumidores de televisión se han creido que esos poderosos
arsenales, escondidos, pero a nuestro alcance, tras la pantalla del or­
denador, son los diccionarios del futuro. Tal vez no se han ñjado en
que un diccionario no es una mera colección de palabras, sino una
clave destinada a descifrar uno por uno, lo mejor posible, esos signos
con que tan mal nos explicamos y con que tan mal nos entendemos.
Pongamos las cosas en su sitio, En principio, un corpus léxico,
sea de las dimensiones que sea, no pasa de ser un registro de las
palabras de un idioma. Un registro que, más allá de la constatación de
su existencia, contiene menos datos sobre sus moradores que un
padrón municipal. Es nada más que un almacén de materiales de
construcción. Por muy grande que sea, su utilidad no será sino una
utilidad potencial: dependerá del uso que quiera y sepa dar a esos
materiales quien entre a servirse de ellos.
Los servicios ofrecidos por esta herramienta pueden ser numero­
sos y variados, pero por fuerza dependerán de las características de
que la hayan dotado sus creadores. Una excavadora es una máquina
útilísima, pero en medida diversa según para qué. Seguramente no se­
rá tan buena para construir un piano de cola como para instalar una
red de alcantarillado. Es esencial que en la constitución de un corpus
léxico el punto de partida sea la visión nítida del fin concreto que con
él se busca.
Esta condición no tiene por qué excluir la previsión de atender
intereses colaterales; todo lo contrario. Pero en el diseño del corpus
no debe perderse de vista en ningún momento el objetivo marcado, y
hay que subordinar todo lo demás a esa meta. Si el propósito preciso
de la creación de un corpus es la confección de un diccionario de de­
terminadas características, sin duda no debe descartarse la posibilidad
de componer otros diccionarios de distinto carácter, ni la de utilizar
lo s pitares de uh diccionario moderno 83

para otros tipos de estudios sobre la lengua los materiales almacena­


dos en el corpus. Pero no sería práctico por esta consideración dejar
de atender con el rigor posible a las necesidades de un perfil nítido y
bien estudiado del diccionario que se desea.
Cuando en 1984 la Sección Filológica del Instituí d ’Estudis Ca-
talans tomó el acuerdo de preparar de nueva planta un diccionario
descriptivo del catalán moderno — un diccionario riguroso y de un
nivel científico superior al de los entonces existentes para esta len­
gua—, su primera premisa metodológica fue la determinación de ela­
borar un corpus informatizado a la medida del objetivo propuesto.
Esta decisión respondía a la necesidad universalmente sentida en la
lexicografía (y solo esporádicamente atendida durante siglos) de fun­
dar la creación de diccionarios sobre corpus textuales idealmente re­
presentativos. Partiendo de ese concepto se hicieron, entre otros,
nuestro venerable Diccionario de autoridades y el monumental Ox­
ford English Dictionary, y sobre esas bases se edificaba desde 1960 el
hoy varado Diccionario histórico de la Academia Española. Con los
medios de sus respectivas épocas, todas estas obras fueron acometi­
das, con grandes trabajos, antes de la era informática. L a revolución
del ordenador cambió de manera espectacular las perspectivas de la
labor de los lexicógrafos. La informática permitía y prometía, como
material básico para la confección de diccionarios, la creación de cor-
pus textuales de grandes cantidades de datos léxicos.
Ahora bien, las exigencias financieras de una empresa de este ca­
rácter eran en España uno de los impedimentos para que cualquier
proyecto lexicográfico de envergadura, no solo privado, sino institu­
cional, se montara sobre una base informática. El Instituí d ’Estudis
Catalans fue la primera entidad que supo o pudo allegar recursos sufi­
cientes al menos para dar los primeros pasos en un propósito de esta
talla. Según ha contado Joaquim Rafel (1996), director del corpus in­
formatizado del catalán, durante una primera fase que duró cuatro
años se creó la infraestructura material, se trazaron los programas bá­
sicos, se formó el equipo humano y se emprendieron en forma experi­
mental las primeras tareas propiamente dichas. A partir de 1989, con­
84 Problemas y métodos

venios con la Secretaría de Estado de Universidades e Investigación


del Ministerio de Educación y Ciencia y con la Comisión Intcrdcpar-
tamental de Investigación Científica y Técnica de la Generalidad de
Cataluña permitieron sin grandes altibajos llevar el corpus a su térmi­
no, acontecimiento que tuvo lugar en el año 1998.
¿Cuáles son las características del «Corpus Textual Informatizado
de la Lengua Catalana»? Este corpus, concebido como primera fase
del gran proyecto del Diccionari del catalá contemporani, abarca,
desde el punto de vista temporal, un período de unos 150 años, que
comienza alrededor de 1833, con la recuperación del uso literario del
catalán, y se cierra en 1988. Es un corpus de lengua escrita, que
incluye textos tanto de la lengua literaria como de la no literaria. Los
primeros se dividen según los géneros (narrativa, teatro, ensayo,
poesía); los segundos, según los temas (filosofía, religión, ciencias
sociales, ciencias puras y naturales, ciencias aplicadas, bellas artes,
historia, etc.). Aplaudo la inclusión, dentro de esta taxonomía, de la
prensa y de la correspondencia. Es verdad que el encasillamiento
de los textos puede ocasionar no pocas incertidumbres; por ejemplo,
la rúbrica «prensa» ¿comprende tan solo la información periodísti­
ca, o también otros contenidos habituales del diario y la revista, como
la creación literaria o el ensayo —que podrían tener mejor acomodo
entre los textos literarios— , o como la divulgación científica, históri­
ca o artística —que podrían emparejarse con grupos temáticos bien
caracterizados y ya establecidos dentro del sector no literario— ?
«Un corpus representativo de la lengua —dice Rafel— no se pue­
de constituir introduciendo obras en el ordenador sin ninguna pla­
nificación previa ni ningún criterio de selección» (Rafel, 1996: xxx).
A esta preocupación obedece el establecimiento de los grupos tipoló­
gicos de textos a que acabo de referirme, los cuales, a su vez, se divi­
den en apartados con el fin de afinar en la precisión de los variados
centros de interés de la actividad humana.
La selección de los textos fue precedida por la formación de un
«Repertorio de autores y obras», donde se registró casi exhausti­
vamente toda la producción literaria en catalán aparecida entre 1833 y
los pilares de un \iccionario moderno 85

1988 , que suma 14.600 referencias, a las cuales se agregaban otras


11.500 correspondientes a la lengua no literaria, Todas estas obras
fueron distribuidas en veintitrés grupos cronológicos de desigual du­
ración: diez años para cada grupo de la época más antigua —de 1833
a 1913— y cinco años para cada grupo a partir de 1914. Los textos
fueron seleccionados teniendo en cuenta este reparto cronológico y su
distribución en grupos y subgrupos tipológicos, así como otros facto­
res, como las modalidades regionales o el carácter de la publicación
(tratado o manual, investigación o divulgación, etc.). Cuando de una
obra existía más de una edición, se utilizó siempre la primera. Los
textos seleccionados se incorporaron íntegramente, salvo en casos de
grandes dimensiones, en que por evitar desequilibrios se introdujo
solo una parte. No se excluyeron algunas traducciones al catalán,
aunque la gran mayoría de los textos son originales en esta lengua. En
todo caso se conservó intacta la grafía. El total de textos así escogi­
dos, de extensión muy diversa, es de 3300. Y la extensión total de
estos textos es de 52.371.944 palabras u ocurrencias (51.253.669, si
se eliminan los nombres propios), de las cuales el 56% pertenece a la
lengua no literaria y el 44% restante a la literaria.
Las palabras que conforman el corpus fueron sometidas a una
lematización semiautomática, que dio como resultado un total de
149.185 lemas, es decir, unidades léxicas capaces de constituir entra­
das de diccionario. La lematización, aparte de reducir a unidad las va­
riaciones flexivas de cada voz, incluye la desambiguación gramatical
de formas homógrafas y la categorización morfosintáctica del lema.
Los resultados de este proceso pasan a formar parte de una base de
datos que contiene toda la información necesaria para la adecuada
explotación del corpus. En un artículo publicado en 1994 Rafel expli­
có con detalle las características de esta «Base de datos textual de la
lengua catalana». Al lexicógrafo, una base de datos así le ofrece los
materiales esenciales para la redacción de un diccionario, como la lo­
calización exacta de cada ocurrencia y el contexto en que se encuen­
tra. Estas y otras informaciones servidas por la máquina liberan al
autor de diccionarios de una serie de operaciones que, cuando se de­
86 Problemas y métodos

sarrollan por métodos artesanales, complican y alargan su trabajo de


manera muy considerable. Claro está que, una vez puestos a su alcan­
ce todos esos preciosos materiales, todavía le queda al lexicógrafo la
parte más difícil, delicada y penosa, que solo el cerebro humano tiene
capacidad de llevar a término: la organización inteligente de todas
esas piezas, dotándolas creadoramente de sentido, para componer el
diccionario.
Antes de que el equipo del Diccionari del caíala contemporani se
aplicara de lleno al quehacer redactor, antes incluso de que se hubiese
completado el corpus, Joaquim Rafel emprendió la publicación de
uno de los posibles productos derivados del mismo: el Diccionari de
freqüéncies, obra de evidente utilidad para cualquier proyecto de dic­
cionario selectivo —en definitiva, de todos los diccionarios— ,
Entre los diccionarios de frecuencias de variados tipos que ya
existen, destinados a dar información cuantitativa sobre el léxico de
una lengua, el dirigido por Joaquim Rafel presenta como dos primeras
características la de dar la lista de las frecuencias de todas las pa­
labras del corpus, en lugar de la práctica habitual de dar una lista li­
mitada a las palabras de frecuencia más alta; y la de publicarse si­
multáneamente en soporte papel y en soporte informático. La versión
en papel ocupa tres gruesos volúmenes, que suman más de 4700 pá­
ginas y que se han publicado entre diciembre de 1996 y diciembre de
1998, dedicado el primero a la lengua no literaria, el segundo a la
lengua literaria, y el tercero a los datos globales. La versión informá­
tica consistió primero en un CD-ROM sobre la lengua no literaria
acompañando al primer volumen, pero la aparición del tercero ha
traído consigo un nuevo CD-ROM anulando el anterior y referente a
los datos de la obra impresa completa. El disco no contiene simple­
mente, sobre distinto soporte, la misma información cuantitativa que
el libro, sino que añade datos que por su extensión era imposible in­
cluir en los ya corpulentos volúmenes, como la información cronoló­
gica y tipológica sobre las unidades léxicas. Incluye además un pro­
grama de consulta que permite la exploración de sus contenidos en
sentidos muy diversos. Según advierte Rafel, los resultados que se
los pilares de un diccionario moderno 87

pueden obtener por medio de estas consultas son prácticamente ili­


mitados.
Naturalmente, el propósito de este diccionario de frecuencias es el
mismo del corpus: dar información fiable y representativa del uso real
de las palabras. La frecuencia, el número de veces que una palabra
aparece en un texto o en un conjunto de textos, parece ser el único
dato objetivo para valorar la utilidad y la importancia de la unidad lé­
xica. Ahora bien, la frecuencia absoluta puede dar una idea falsa de la
importancia real de la voz. Es preciso tener en cuenta un factor adi­
cional: la «dispersión», la frecuencia con que la unidad aparece en
cada uno de los textos del corpus; la mayor uniformidad de dispersión
representa mayor valor de la unidad. A. Juilland (de cuyas listas de
frecuencias sobre diversas lenguas la más conocida entre nosotros es
el Frequency Dictionary o f Spanish Words, 1964, elaborado en cola­
boración con E. Chang-Rodríguez) afinó aún más introduciendo otro
criterio, el «uso», que se determina combinando la frecuencia abso­
luta y la dispersión. Rafel adopta el método de Juilland, pero some­
tiendo la fórmula de este a una modificación para adaptarla a su pro­
pio corpus, en el cual varía el efectivo de cada grupo tipológico, a
diferencia de los grupos de Juilland, que tienen efectivos iguales en­
tre sí.
El diccionario presenta en sus tres volúmenes una misma estruc­
tura para el subcorpus de la lengua no literaria, para el de la literaria y
para los datos globales. Una primera lista ordena alfabéticamente los
lemas, que van acompañados de su respectiva frecuencia absoluta. La
segunda lista clasifica esos mismos lemas por orden de mayor a me­
nor frecuencia, con los datos de frecuencia absoluta y relativa, índice
de dispersión y uso. La tercera lista los ordena por el valor del índi­
ce de dispersión (comenzando por los lemas cuyas ocurrencias se re­
parten más uniformemente en los distintos tipos de textos), incluyen­
do además la frecuencia absoluta y el uso. En una cuarta lista la
ordenación de los lemas es atendiendo al índice de uso, dando tam­
bién para cada uno la frecuencia absoluta y el índice de dispersión. La
penúltima lista recoge todos los lemas que tienen asociados lemas se­

También podría gustarte