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Estudios de Lexicografía Española

lexicografia ddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddkjdhhhdhhjdjd dyydyyd

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lexicografia ddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddddkjdhhhdhhjdjd dyydyyd

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BIBLIOTECA ROMÁNICA HISPÁNICA

FUNDADA POR
DÁMASO ALONSO
II. ESTUDIOS Y ENSAYOS, 431

O MANUEL SECO
© EDITORIAL GREDOS, 2003
Sánchez Pacheco, 85, Madrid
[Link]

S e g u n d a , e d ic ió n a u m e n t a d a

Diseño gráfico e ilustración:


Manuel Janeiro

Depósito Legal: M. 34654-2003


ISBN 84-249-2346-4
Impreso en España. Printed in Spain
Encuademación Ramos
Gráficas Cóndor, S. A.
Esteban Torradas, 12. Polígono Industrial. Leganós (M adrid), 2003
MANUEL SECO

ESTUDIOS DE LEXICOGRAFÍA ESPAÑOLA

SEGUNDA EDICIÓN AUMENTADA

<$>
CREDOS
[BIBLIOTECA ROMÁNICA HISPÁNICA
A la memoria de don Rafael Lapesa
A Olimpia Andrés
PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN

Érase un gran edificio llamado Diccionario de


la lengua castellana [...] Por dentro era un labe­
rinto tan maravilloso que ni el mismo de Creta se
igualara.
(Benito Pérez Galdós: La conjuración de las
palabras).

El convencionalismo es la clave de la civilización. No voy a es­


cribir ahora unensayo sobre una realidad tan conocida, pero es ine­
vitable que la traiga a colación, si tenemos que habérnoslas con la ac­
tividad convencional más importante de las que constituyen el tejido
social: el lenguaje. Es verdad que los pactos lingüísticos entre indivi­
duos y entre grupos están todavía muy lejos de alcanzar la suprema
amplitud ideal; aún no es capaz la humanidad de entenderse por me­
dio de una lengua común, prescindiendo de traductores y de intérpre­
tes, por más que existan ya comunidades lingüísticas muy numerosas,
constituidas no solo por los millones de seres que tienen determinada
lengua como materna, sino por todos los otros millones que se sirven
de esa misma lengua en alguna faceta de su actividad personal, inclu­
so no ya en forma activa — hablándola— , sino puramente pasiva
— escuchándola o leyéndola— .
Pero hay un aspecto convencional — dentro del convencionalismo
del lenguaje— que supone una dimensión supralingüística unificato-
ria en la diversidad lingüística: es la utilización, para multitud de len­
10 Estudios de lexicografía española

guas diferentes, de un código común y único para la representación


gráfica de los signos que constituyen los respectivos sistemas fónicos.
El hecho de que lenguas tan dispares como el español y el turco, el
húngaro y el francés, el finlandés y el italiano, el inglés y el vascuen­
ce, coincidan en el empleo de un medio de transcripción común que
es el alfabeto latino, con el precioso complemento de la numeración
arábiga, constituye un primer factor mínimo de aproximación, y por
tanto de comprensión, entre hablantes que en principio carecen de to­
da clave para comunicarse unos con otros. Si a un hispanohablante el
avión que le traslada a Moscú o a Pekín le convierte automáticamente
en analfabeto, la sensación de desamparo es infinitamente menor si
aterriza en Varsovia o en Helsinki, solo porque las letras, las familia­
res letras de su abecedario — ya que no las palabras— , le dan una tí­
mida pero en cierto modo eficaz bienvenida.
Al admirable pacto social que es la existencia de una lengua se
une, pues, el pacto no menos admirable que es la existencia de un
sistema unitario de representación gráfica de esa lengua, sistema no
privativo de ella, sino compartido por otras muchas. Todavía hay que
añadir un convencionalismo no siempre recordado, pero de inmenso
alcance utilitario: la ordenación tradicional de los signos gráficos del
lenguaje. En todas las comunidades que se sirven del alfabeto latino,
las letras que lo constituyen se enumeran y se colocan en una disposi­
ción universalmente respetada. No importa que el orden alfabético
usual sea en sí descabellado y suscite una y otra vez la cólera de los
lingüistas; en efecto, se diría que el Dios del Alfabeto se divirtió en
irritar a estos sabios ciudadanos entremezclando vocales y consonan­
tes y haciendo que aparecieran alineadas sin concierto las representa­
ciones de consonantes sordas, sonoras, orales, nasales, bilabiales, ve­
lares, palatales... Los intentos aislados, como el del maestro Gonzalo
Correas en el siglo xvn, por poner orden y lógica en este zoco no han
servido más que para sembrar pasajeramente la confusión en un te­
rreno en que todos nos entendemos perfectamente. ¿No nos ocurre a
muchos que la única manera de que encontremos rápidamente un pa­
pel es mantener nuestra mesa en su desbarajuste cotidiano? De igual
Prólogo 11

modo, uno de los pilares de la civilización occidental es el respeto al


orden alfabético heredado, por arbitrario y anticientífico que sea.
De los innumerables frutos del orden alfabético — entre los cuales
se cuentan desde la cartelera de espectáculos hasta la guía telefóni­
ca—, el representante culto más conspicuo es el diccionario, singular
producto que circula entre nosotros, con creciente vigor, desde hace
quinientos años (fue en 1490 cuando Alonso de Palencia publicó el
primer diccionario español — aunque no del español). Los dicciona­
rios son el atajo para penetrar en el contenido de las unidades léxicas,
los guías que nos orientan por el laberinto de las palabras — un labe­
rinto en que vivimos inmersos desde el nacer — . Uno de los índices
más claros de la robustez cultural e intelectual de una comunidad es
el lugar que en ella ocupa el diccionario.
La lengua española cuenta con una interesante tradición lexico­
gráfica cuyas primeras manifestaciones son los diccionarios bilin­
gües, empezando por los de carácter humanístico (Nebrija) y siguien­
do por los de carácter práctico, destinados al viajero, al comerciante,
al diplomático o al evangelizados Es notable que en esta segunda ra­
ma, después de los primeros pasos españoles (Pedro de Alcalá, Cris­
tóbal de las Casas), los extranjeros pronto invaden el campo de manera
casi avasalladora (Percival, Minsheu, Palet, Oudin, Vittori, Franciosi-
ni, etc.), dibujando un panorama que no deja de presentar algún pare­
cido con la situación de nuestros días.
Nuestra lengua se adelanta a las demás europeas en disponer de
un diccionario monolingüe extenso: el Tesoro de la lengua castellana
o española de Sebastián de Covarrubias (1611), anterior en un año al
famoso italiano de la Academia de la Crusca1, Pero, así como este úl­
timo obtuvo inmediato eco que cuajó en sucesivas ediciones mejora­
das, el Tesoro español no logró en su siglo más que una nueva impre­
sión adicionada por un amateur insignificante.

1 Sobre la prioridad de Covarrubias en la lexicografía m onolingüe europea, v. el


capítulo 10 de esta edición.
12 Estudios de lexicografía española

La llama encendida por el pionero Covarrubias, a punto de extin­


guirse, todavía alcanzó a ayudar en la creación del Diccionario de
autoridades (1726-1739), obra maestra de la joven Academia Espa­
ñola establecida por el rey Felipe V. Este diccionario, probablemente
el mejor de Europa en todo el siglo xvm, representa el hito culmi­
nante de la lexicografía española. Pero, como en tantas ocasiones, Es­
paña no sabe sacar rendimiento de su propio triunfo. En lugar de con­
tinuar y ahondar lo alcanzado en esta espléndida obra, la Academia se
contentó, ramplonamente, con hacer de ella una versión abreviada sin
«autoridades», esto es, con pretensiones puramente utilitarias y no
científicas. Es a esta versión, el Diccionario llamado «vulgar» o «co­
mún», a la que la Academia ha consagrado su atención preferente
desde 1780 hasta hoy.
El siglo xvm tiene otra cumbre lexicográfica, el primer dicciona­
rio no académico posterior al de Autoridades: el del jesuíta Esteban
de Terreros. Con efecto retardado, es esta obra la inspiradora de la
tradición lexicográfica no académica que florecerá a mediados del si­
glo xix. La notable independencia de Terreros con respecto a la Aca­
demia se convierte, en algunos lexicógrafos del xix (Peñalver, Do­
mínguez, Chao), en proclamada rebeldía: existe en ellos el deliberado
propósito de arrebatar a la real institución la primacía y casi exclusi­
vidad de que disfruta su obra. La principal arma para competir es el
aumento de caudal, que lleva a estos autores a desbordar los límites
del diccionario de lengua y crear, para el español, un género inédito
hasta entonces: el diccionario enciclopédico.
Pero esta competencia, que podría haber sido fecunda, no impide
que el siglo xix represente una pérdida de posiciones para nuestra le­
xicografía. La mejor esperanza, el excelente Diccionario de Salvá
(1846), no pudo ser desarrollada por su autor, muerto muy poco des­
pués de la publicación de su obra. El otro lingüista que hubiera sido
capaz de realizar nuestro gran diccionario del xrx, el genial colom­
biano Rufino José Cuervo, prefirió concentrar sus excepcionales do­
tes de lexicógrafo en un esfuerzo de gran aliento que no versaba sobre
el léxico, sino sobre la sintaxis. Nada se hizo, pues, en ese siglo, para
Prólogo 13

el español, comparable con la labor de Littré en Francia, o con la de


Tommaseo en Italia, o con la de Grimm en Alemania, o con la de
Murray en Inglaterra, o con la de Webster en Estados Unidos. Labo­
res todas que, por añadidura, han tenido eficaces continuadores.
El siglo actual no ha mejorado sustancialmcntc el panorama en el
terreno de los diccionarios de lengua. Continúa la secuencia de las
ediciones del Diccionario común, siempre mejoradas con adiciones y
enmiendas, pero sin una revisión sistemática y sin una renovación
profunda en sus métodos. Por otra parte, las interesantes y muchas
veces valiosas iniciativas de la lexicografía privada no quitan realidad
al hecho de su dependencia general respecto al Diccionario académi­
co; de manera que la producción, en nuestros países, de este género
de obras, a pesar de la importancia de la lengua española en el mun­
do, no es comparable ni en calidad ni en cantidad con la riquísima
floración de que disfrutan otros idiomas.
Las tentativas más relevantes en la lexicografía de nuestro siglo
han salido de la Academia, con la aspiración de revivir la hazaña de
su primera obra. En realidad, se trata de una sola empresa — el Dic­
cionario histórico de la lengua española— en dos intentos sucesivos:
el primero, cortado por la Guerra Civil, y el segundo, iniciado en
1960. El Diccionario histórico es el proyecto lexicográfico español
más importante desde el Diccionario de autoridades, capaz de situar
el tratamiento lexicográfico de nuestra lengua a la altura ya hace mu­
cho conseguida por otras, y, sobre todo, capaz de dotar al Diccionario
común de la Academia de la base documental y la información sólida
que son indispensables a cualquier diccionario serio. Por desgracia
— y aquí una paradoja más de la irregular historia de nuestra lexico­
grafía— el nuevo Diccionario histórico español, que podría ser el
gran monumento a nuestra lengua, como el de Oxford lo es a la ingle­
sa, carece del mínimo apoyo necesario para que pueda pensarse en
una pronta terminación. No sería de extrañar que lo que España pare­
ce impotente para llevar adelante lo realizaran en día no lejano dos o
tres centros filológicos extranjeros. Al fin y al cabo, ya está ocurrien­
do algo de esto con el español de América. Para los españoles, la dig­
14 Estudios de lexicografía española

nidad nacional sigue siendo solamente Numancia y el Peñón de Gi-


braltar.
No falta en España interés por el estudio de la lexicografía. La
fundación del Seminario de Lexicografía — departamento de la Aca­
demia destinado a la redacción del Diccionario histórico— dio lugar
a la publicación por su creador, don Julio Casares, de un libro fun­
damental que se ha traducido a otras lenguas y que es hoy uno de
los clásicos de la materia: Introducción a la lexicografía moderna
(1950). Ya antes existían por lo menos dos trabajos importantes en
este terreno: el prólogo de Vicente Salvá a su Diccionario (1846) y el
prólogo de Ramón Menéndez Pidal al Diccionario Vox (1945), aparte
del libro del propio Casares Nuevo concepto del diccionario de la
lengua (1941), y sin citar otras aportaciones, aunque valiosas, menos
directas y generales, por ejemplo, las de Cuervo.
Después de la obra de Casares han aparecido contribuciones muy
dignas de consideración, como las de Manuel Alvar Ezquerra, Julio
Femández-Sevilla, José-ÁIvaro Porto y otros; pero el hecho de que no
siempre estos estudios cuenten con el respaldo, muy deseable en estas
materias, de la experiencia en la labor lexicográfica y especialmente
en la compilación de diccionarios de lengua, me ha llevado a pensar
en el interés que para los profesionales y para los aficionados de este
oficio pudiera tener ofrecerles, reunidos, algunos trabajos míos naci­
dos de mi contacto diario, durante muchos años, con una tarea a la
vez apasionante y agotadora.

Madrid, 1987.
PRÓLOGO DE LA SEGUNDA EDICIÓN

En los dieciséis años que nos separan de la primera edición, el


contexto del libro ha cambiado de manera apreciable, debido a dos
fenómenos que en aquel 1987 ya estaban en marcha, pero que hoy
ocupan, al parecer en forma dominante, el escenario de la lexicogra­
fía. Uno, el extraordinario crecimiento de la lexicografía teórica o
metalexicografía; otro, la ineludible presencia de la informática en la
elaboración de los diccionarios.

La l e x ic o g r a f ía t e ó r ic a

Hasta mediados del siglo xx, la palabra lexicografía se definía


como «arte de componer diccionarios». Pero en el paso del medio si­
glo ocurrió algo que obligó a ensanchar esa definición: el interés de
los lingüistas hacia los diccionarios, a los que tradicionalmente se
consideraba como meros instrumentos prácticos ajenos a la ciencia
lingüística. Dentro de España, el prólogo de Ramón Menéndez Pidal
al Diccionario Vox dirigido por Samuel Gili Gaya (1945) y sobre to­
do el libro de Julio Casares Introducción a la lexicografía moderna
(1950) fueron los que abrieron camino a la transformación de la lexi­
cografía-oficio en lexicografía-estudio. Ya habían contado con un
brillante precursor en Vicente Salvá y el prólogo a su Nuevo diccio­
nario en 1846. En el ámbito internacional, se puede señalar como
punto de arranque de la consideración de la lexicografía, no como una
simple actividad, sino como un objeto de estudio, el congreso cele­
16 Estudios de lexicografía española

brado en 1960 en la Universidad de Indiana que reunió a un grupo de


lingüistas y lexicógrafos en tomo al tema de los diccionarios. Allí se
inició una positiva aproximación entre unos y otros: por un lado, la
lexicografía empezaba a verse como una rama de la lingüística, y por
otro, en su praxis comenzó a adquirir cada vez mayor peso el estudio
científico del lenguaje.
El proceso se extendió con notable rapidez por todo el mundo
culto, pero con predominio del primer aspecto sobre el segundo. Em­
pezaron a menudear artículos, libros, simposios, revistas, sociedades
y tesis sobre lexicografía. Esta atención particular a los aspectos teó­
ricos es visible en el terreno de la lengua española, donde, al amane­
cer el siglo xxi, ya hay una notable floración de especialistas en este
estudio, algunos ciertamente brillantes. El progreso de la lexicografía
teórica ha superado al de la lexicografía práctica. Aunque es verdad
que la edición de diccionarios da trabajo a un número de personas
quizá superior al de otros tiempos, son relativamente escasos quienes
se consagran realmente a la redacción de diccionarios, ante al número
de los que investigan acerca de esta clase de obras.
Esta circunstancia no deja de tener alguna relación con el hecho
de que los diccionarios de lengua hayan dejado de ser unipersonales.
María Moliner fue la última representante de esa casta de héroes so­
litarios. El autor plural, que entre nosotros existe desde el siglo xvm,
ha quedado por dueño del campo. El esfuerzo individual, tantas veces
agotador, se reparte así entre los miembros de un equipo para hacerse
más llevadero y más corto. Cálculo peligroso: cuanto más llevadero y
más corto el esfuerzo, más endeble es el resultado, pues no es raro
que lo que es en sí una ventaja -la facilidad y la rapidez- se convierta
en una meta, y la producción del diccionario descanse en la rutina y
en la copia tradicionales, por más que después el producto se vista de
modernidad.
En este paisaje, la identificación entre autores y obras se hace ca­
da vez menos profunda, e insensiblemente la figura del lexicógrafo
«profesional» va siendo desplazada por la del lexicógrafo «aficiona­
do», más amigo de disertar sobre los diccionarios que de laborar en su
composición.
Prólogo 17

L a in f o r m á t ic a

El segundo fenómeno que determina un cambio en el panorama


de la lexicografía es el peso que sobre ella cjercc hoy la tecnología.
La informática alimentó desde muy pronto grandes esperanzas
entre los lexicógrafos, que vislumbraban en ella el remedio milagroso
para la lentitud y la dureza de su trabajo. Ya en 1971 se había puesto
al servicio de un diccionario, el Trésor de la langue frangaise, el or­
denador entonces existente, el que trabajaba con tarjetas perforadas.
(La obra ha llegado felizmente a puerto hace menos de un decenio).
Por aquel entonces, siguiendo el ejemplo francés, la Academia flo­
rentina de la Crusca iniciaba la gestación informática, aún hoy no lle­
gada a sazón, de su Vocabolario delle origini. Y por aquellos años
también, el Colegio de México emprendía la creación de un corpus
electrónico destinado a un ambicioso Diccionario del español de Mé­
xico que desde hace tiempo esperamos con impaciencia.
No todos pusieron una fe ciega en el invento; así, el suplemento al
Diccionario de Oxford, cuatro gruesos volúmenes publicados entre
1972 y 1986, se realizó íntegramente por procedimientos manuales.
Pero en los años posteriores a 1987 el progreso de la informática se
hizo cada vez más irresistible. A partir de 1993, los fascículos del
Diccionario histórico de la lengua española que todavía se publica­
ron antes de la suspensión de la obra realizaron su composición tipo­
gráfica y su maquetación exclusivamente por medio de ordenador,
logrando una calidad no inferior y una rapidez muy superior a las de
la imprenta tradicional. Lo mismo ocurrió en la composición y ma­
quetación del Diccionario del español actual, realizadas en la última
fase (1994-99) de la preparación de esta obra. Fue igualmente impor­
tante el papel de la informática en la revisión del texto del Dicciona­
rio académico en su edición de 2001. Por otra parte, la Academia Es­
pañola comenzó en 1993 la creación de una base de datos léxicos
destinada a suministrar a sus futuros diccionarios la documentación
necesaria. Y no faltan quienes procuran beneficiarse del prestigio de
las nuevas técnicas: hoy día existen en España diccionarios que basan
18 Estudios de lexicografía española

su publicidad en estar — según dicen-— realizados a partir de corpus


informáticos.
De las bases de datos léxicos existentes en España, la única que
tiene verdadera importancia es la de la Academia, constituida por un
corpus actual y un corpus histórico, que totalizan por ahora más de
270 millones de registros; pero, al no estar todavía a punto para su
plena utilización en las empresas lexicográficas de la institución, no
ha podido mostrar hasta el momento toda la eficacia que se espera de
este poderoso instrumento.

La a c t iv id a d l e x ic o g r á f ic a e n los ú lt im o s a ñ o s

Los diccionarios de lengua publicados en España con posteriori­


dad al año 1987 son en gran parte nuevas ediciones o revisiones de
diccionarios generales ya existentes, o pertenecen al género de los
diccionarios didácticos — los escolares, destinados a estudiantes ha­
blantes nativos de español de niveles primario y medio, y los llama­
dos de aprendizaje, destinados a no hispanohablantes que estudian
nuestra lengua— , Es en este sector, el de los didácticos, donde se ha
podido observar alguna mayor actividad. En la preparación de los es­
colares se van apreciando interesantes mejoras. En cambio, los de
aprendizaje adolecen de falta de madurez, lejos todavía de alcanzar la
calidad de los de otros idiomas, a los que solo han imitado en aspec­
tos externos, como la división silábica de las voces, realizada con dis­
cutible acierto, o informaciones de uso, a menudo más desorientado-
ras que eficaces.
En cuanto a metodología, tanto en los diccionarios generales co­
mo en los didácticos se aprecia escaso progreso. En la mayoría conti­
núa instalada la tradición de la copia en diversos aspectos del conte­
nido (nomenclatura, estructura de artículos, estilo de definición, etc.)
o la imitación en aspectos superficiales, como la tipografía y el dise­
ño. En esa mayoría, la documentación sigue siendo asistemática y po­
co científica. Tan solo un diccionario se ha compuesto íntegramente
sobre un corpus documental (aunque todavía manual) de autenticidad
demostrada.
Prólogo 19

El progreso de la lexicografía hispanoamericana en estos años ha


sido más consistente que el de la española. A pesar de la rémora que
supone el método contrastivo, se han realizado diccionarios de países
particulares en que se superan claramente los métodos aún predomi­
nantes en España. Están preparados con más rigor que la generalidad
de los españoles, y dos de ellos muestran sistemáticamente mediante
citas la veracidad de su documentación.
Es previsible que, disponiendo de los medios que la técnica em­
pieza a poner a disposición del lexicógrafo, los diccionarios del espa­
ñol puedan mejorar de manera sustancial en los años venideros. Pero
nunca perdamos de vista que las bases de datos no son más que ins­
trumentos que hay que saber utilizar. La piedra angular de todo dic­
cionario sigue siendo el arte del autor. Ese arte, cuando se logra, de­
pende de imas pocas cosas: conocimiento de la lengua, inteligencia,
intuición, experiencia, dedicación y estudio.
En la renovación y progreso de la lexicografía de otros idiomas
han desempeñado un papel fundamental los diccionarios históricos,
inventarios «integrales» del léxico de la respectiva lengua. La visión
profunda que estos grandes repertorios han aportado al conocimiento
de sus idiomas se refleja ostensiblemente en la superior calidad al­
canzada por la actual lexicografía del inglés y del francés. Ese hondo
conocimiento léxico atesorado por un buen diccionario histórico, po­
tencialmente enriquecido hoy por la abundancia documental ofrecida
por las bases de datos, ha de ser el apoyo más sólido del lexicógrafo
en el siglo xxi. Es lástima que España no haya sido capaz de conti­
nuar y llevar a término el proyecto cuidadosamente trazado que en
esta línea se emprendió en el pasado siglo.

La n u e v a e d ic ió n d e este l ib r o

Este libro se concibió para ponerlo al servicio del aprendiz de le­


xicógrafo (oficio en el que, en realidad, siempre se está aprendiendo).
Lo constituyen una serie de trabajos publicados en distintos momen­
tos y lugares y en los que se recogen experiencias— personales y
ajenas— , reflexiones e indagaciones sobre lexicografía de nuestra
20 Estudios de lexicografía española

lengua. Todos ellos tienen, creo, un alcance doctrinal, incluso los de


apariencia más descriptiva o histórica, donde no es difícil extraer al­
guna moraleja.
La primera edición estaba conformada por once capítulos con tres
apéndices. Esta segunda, muy ampliada, consta de veinticinco capí­
tulos, pero entre ellos no se han conservado todos los componentes de
la edición anterior. Desaparecen los titulados «Medio siglo de lexico­
grafía española (1930-1980)» y «Seis años después (panorama com­
plementario, con imas reflexiones sobre la lexicografía académica)»,
sustituidos por una nueva panorámica: «Lexicografía del español en
el fin de siglo».
El capítulo «El primer diccionario sincrónico del español», con el
cual se había presentado en sociedad el proyecto, todavía joven, del
Diccionario del español actual, cede ahora su lugar a otra descripción
del mismo proyecto, casi con igual título— «El diccionario sincróni­
co del español»— , trazada muy pocos años antes de llegar a la meta.
El lector curioso puede hoy comparar los dos textos en una y otra edi­
ción, y, si añade en el cotejo la introducción del propio Diccionario,
comprobará hasta qué punto se han mantenido a lo largo de casi tres
decenios los principios y los métodos que guiaron la elaboración de la
obra.
Por otra parte, son capítulos nuevos en el libro los números 3 a 6,
que versan sobre problemas y métodos de la lexicografía: «Sobre el
método colegiado en lexicografía», «El problema de la diacronia en
los diccionarios generales», «Los pilares de un diccionario moderno»
y «¿Para quién hacemos los diccionarios?». El capítulo 9 ahonda en
la aventura — todavía viva en su momento— del Diccionario históri­
co español. Algunos aspectos del trabajo lexicográfico de la Acade­
mia en los siglos xvm y xx — el Diccionario de autoridades, el na­
cimiento del Diccionario hoy llamado usual, el Diccionario manual e
ilustrado— son estudiados en otros tantos capítulos. Son igualmente
nuevos los centrados sobre el español de América, que examinan por
un lado su hasta ahora difícil integración en los diccionarios genera­
les, y por otro los inconvenientes que conlleva el método contrastivo
Prólogo 21

habitualmente empleado por los recopiladores de su léxico. Y el ca­


pítulo 23 comenta la segunda edición de uno de los diccionarios es­
pañoles más notables del siglo xx.
Todos los capítulos se imprimen aquí tal como aparecieron por
primera vez en revistas o en volúmenes colectivos, salvo pequeñas
correcciones de errores, y en todos se ha unificado el sistema de refe­
rencias bibliográficas. La fidelidad a los textos originales hace inevi­
tables algunas repeticiones, que no deben constituir grave molestia
para el lector, puesto que el libro no está concebido para una lectura
seguida.

* * *

Quiero aquí reiterar mi gratitud a José Antonio Pascual, José Po­


lo, Gregorio Salvador y Ramón Santiago, por cuya iniciativa, hace
años, se reunieron en un volumen los artículos que constituyeron la
primera edición de este libro. Y ahora agradezco de corazón a la Edi­
torial Gredos la generosa atención que en su nueva edición ampliada
ha dedicado a esta obra y a su autor.
M. S.
P rim e ra p a r t e

PROBLEMAS Y MÉTODOS
1
PROBLEMAS FORMALES DE LA DEFINICIÓN
LEXICOGRÁFICA*

1. Los d o s e n u n c ia d o s e n e l a r t í c u l o d e d ic c io n a r io

En el modelo habitual de artículo de diccionario, la información


sobre la palabra-entrada se divide en dos vertientes: una, que se refie­
re a esa unidad léxica en cuanto signo, y la otra, que se refiere al
contenido de la misma. Si abrimos el Diccionario de la Academia1,
prototipo de la gran mayoría de los diccionarios españoles2, y nos
detenemos en un artículo cualquiera, por ejemplo,
p e r e z o s o , s a . (D e pereza.) adj. Negligente, descuidado o flojo en ha­

cer lo que debe o necesita ejecutar. U. t. c. s.

vemos que este artículo implica, en efecto, dos enunciados:


1,°, «la voz perezoso / perezosa viene de la voz pereza; pertenece
a la categoría adjetivo y se usa también como sustantivo»;

[Publicado en Estudios ofrecidos a Emilio Atareos Llorach, II, Oviedo 1977,


217-39].
1 Cito por la 19.* ed., Madrid 1970. Todos los ejemplos de artículos y definiciones
que en este trabajo aparezcan reproducidos sin ninguna indicación pertenecen al Dic­
cionario académico.
2 A lo largo de este trabajo entiendo siempre bajo la denominación «diccionarios
españoles» los monolingües de lengua castellana publicados en España.
26 Problemas y métodos

2 ° , «la voz perezoso /perezosa significa ‘negligente, descuidado


o flojo en hacer lo que debe o necesita ejecutar’».
Se trata de dos predicaciones de distinto carácter, no solo por su
nivel de información, sino también por su forma.

2. E l p r im e r e n u n c ia d o . Su n o r m a l iz a c ió n

De estos dos enunciados que cabe discernir en el artículo de dic­


cionario, el primero presenta, dentro de su común denominador, una
información dispersa. En el ejemplo propuesto vemos que por un lado
se indica la etimología, por otro la categoría de la voz. En otros ar­
tículos encontraríamos, además, noticias de otro tipo:
a) época de vigencia de la palabra: la abreviatura ant. «indica que
la voz o la acepción pertenece exclusivamente al vocabulario de la
Edad Media»; la abreviatura desús, «se pone a las voces y acepciones
que se usaron en la Edad Moderna, pero que hoy no se emplean ya»
(Academia, 1970: xxrv);
b) límites geográficos: provincia, región, país o área supranacio-
nal de los que es peculiar la voz en cuestión;
c) campo del saber (antropología, botánica, matemáticas, etc.) o
de la actividad (carpintería, imprenta, radiodifusión, etc.) en que ha­
bitualmente se confina el término;
d) niveles de uso — nivel de lengua y nivel de habla (cf. Seco,
1972: §16,2) —, expresados por medio de abreviaturas como fam.,
vulg., pop., poét., rúst.;
e) particularidades de «colocación»3; por ejemplo: «Úsase en las
anotaciones de impresos y manuscritos castellanos» (s.v. pá ssim );
«En frases como las siguientes: El din y el don; el don sin el din» (s.v.
d in ).
f) explicación de las transiciones semánticas, por medio de abre­
viaturas como fig., por ext., irán, (esta información, lógicamente, solo
en acepciones secundarias).

3 Para el uso del término colocación me inspiro en J. R. Firth (1951: 194).


Problemas formales de la definición lexicográfica 27

Todos estos elementos más o menos dispares que constituyen el


«primer enunciado» de un artículo tienen como característica formal
común la sumisión a una normalización muy rígida. Así, cada una de
estas informaciones ocupa un lugar fijo en el artículo: la etimología
ocupa el espacio inmediato a la palabra-entrada; el segundo está re­
servado a la categoría gramatical; el tercero corresponde a la vigencia
cronológica, al ámbito geográfico, al ámbito de la actividad o al nivel
social; por último, tras una ruptura de la continuidad por la presencia
de la definición — o «segundo enunciado»— , se expone, cuando la
hay, información complementaria, habitualmente de tipo gramatical.
La discontinuidad, en este caso, de la doble información gramatical,
tal como la vemos ejemplificada en la definición citada al principio,
no obedece a capricho: mientras la categoría de la palabra es informa­
ción absolutamente constante en todos los artículos, ya que no hay
palabra de la lengua que carezca de aquella, el hecho de usarse la voz
ocasionalmente con una segunda función (gramaticalizada) no puede
decirse de todas las palabras. Y, evidentemente, la norma es antepo­
ner al «segundo enunciado» solamente las informaciones sobre las
constantes de toda palabra: etimología, categoría gramatical y locali­
zación social, geográfica o cronológica.
La «inconstancia» de algunas de estas informaciones es solo apa­
rente. Toda voz de la lengua tiene su etimología, y solo el hecho de
que esta no sea conocida explica la falta de nota etimológica. Es de­
cir, la falta de este dato es una información: la de que la etimología es
desconocida4. En cuanto a las informaciones sobre nivel social, lími­
tes geográficos y vigencia, están siempre «presentes» en todo artícu­
lo, pero solo «explícitas» cuando son marcadas; esto es, que la indi­
cación «cero» de nivel social (en oposición a «familiar», «vulgar»,
«poético») o de ámbito (en oposición a «Patología», «Marina», etc.)
significa que el término pertenece, respectivamente, a un nivel medio

4 Claro que no siempre la ausencia del paréntesis etimológico obedece a descono­


cimiento; se omite, por economía, siempre que queda puesto en evidencia el étimo en
la propia definición, como ocurre, por ejemplo, en p a l a c ie g o , «perteneciente o rela­
tivo a palacio».
28 Problemas y métodos

de habla o al uso general de la lengua; que la indicación «cero» de lo­


calización geográfica (en oposición a «Álava», «Andalucía», «Río de
la Plata», etc.) significa que la voz pertenece al español general de to­
das las tierras hispanohablantes; y que la indicación «cero» de vigen­
cia (en oposición a «anticuado» o «desusado») significa que se trata
de un término vivo en la actualidad.
No solo por su lugar fijo y por su constancia (explícita o implíci­
ta) se caracterizan los elementos del «primer enunciado». Igualmente
rigurosa es la normalización en otros dos aspectos: la forma de la
predicación y la presentación gráfica.
La predicación se realiza sistemáticamente con un verbo implícito en
los indicadores que hemos señalado como constantes. El verbo es siem­
pre explícito, en cambio, en las indicaciones ocasionales (las que se
posponen al «segundo enunciado»): «Úsase también como sustantivo»
(abreviado siempre Ú. í. c. s.); «Usábase también como pronominal»
(abreviado Usáb. t. c. prnl.); «Suélese juntar con la partícula por» (s.v.
ten er , acep. 11); «Aplícase únicamente a Dios, ya con algún calificativo
[...], ya sin ninguno» (s.v. h a c ed o r ).
En los otros casos, en las indicaciones constantes, el verbo es
siempre el mismo: «viene», para la etimología; «es», para todo lo
demás. Otros elementos no verbales, pero también fijos, se sobren­
tienden en las indicaciones de ámbito y región: «voz peculiar de».
La presentación gráfica de los componentes del «primer enun­
ciado» no es menos uniforme. Ante todo, es característico el uso
sistemático de abreviaturas; es esta la única parte del artículo de
diccionario en que las abreviaturas son empleadas, y ello de forma
absolutamente regular. Se añade a esto la contribución de la tipogra­
fía: determinadas informaciones — ámbito y región— aparecen siem­
pre impresas en cursiva, frente a la redonda en que son constante­
mente presentadas las indicaciones gramaticales, de nivel social y de
vigencia; por otra parte, la etimología figura — siempre entre parénte­
sis— en un cuerpo de letra menor que el del resto del artículo.
Queda aún otro aspecto relativo a la normalización del «primer
enunciado»: la terminología metalingüistica empicada. La uniformi­
Problemas formcHes de la definición lexicográfica 29

dad de esta terminología es evidente a lo largo de todo el Diccionario.


Aunque la teoría lingüística subyacente no resulte siempre clara ni
coherente, incluso a la luz de la propia doctrina de la Gramática aca­
démica de 19315, la terminología gramatical es sustancialmcnte ho­
mogénea y no desmiente el propósito general de unidad formal atesti­
guado en los aspectos que hemos examinado hasta ahora.
Vemos, pues, que es bastante rígida la organización que el Dic­
cionario académico da al conjunto de informaciones que venimos
llamando el «primer enunciado» del artículo.

3. L a e s t r u c t u r a d e l a r t íc u l o m ú l t ip l e

El detenimiento con que he expuesto este sistema se debe a la


falta total de explicación acerca de él, por parte de la Academia, en
los preliminares de la obra. Pero no es necesario tanto esfuerzo en lo
que se refiere a otro aspecto formal que corresponde, no ya al artículo
simple (el de una acepción), sino al múltiple (el de varias acepciones).
En efecto, la estructura general del artículo múltiple aparece minucio­
samente codificada por la Academia (1970: x x iii ):
Dentro de cada artículo van colocadas por este orden las diversas
acepciones de los vocablos: primero las de uso vulgar y corriente;
después las anticuadas, las familiares, las figuradas, las provinciales e
hispanoamericanas, y, por último, las técnicas y de germanla.
En los vocablos que tienen acepciones de adjetivo, substantivo y
adverbio, se hallan agrupadas las de cada categoría gramatical según
el orden aquí indicado.
En los substantivos se posponen las acepciones usadas exclusiva­
mente en plural a las que pueden emplearse en ambos números.
Cuando el artículo es de substantivo, se registran después de las
acepciones propias del vocablo aislado las que resultan de la combi­
nación del substantivo con un adjetivo, con otro substantivo regido de
preposición o con cualquiera expresión calificativa.

5 El Esbozo de una nueva gramática se publicó con posterioridad (1973) al Dic­


cionario que estamos estudiando.
30 Problemas y métodos

Al fin del artículo se incluyen las frases o expresiones a él corres­


pondientes, dispuestas en riguroso orden alfabético. Entre ellas figu­
ran las elípticas de un solo vocablo.

Este reglamento, por supuesto, se cumple al pie de la letra a lo


largo de las 1422 páginas del Diccionario.

4. E l s e g u n d o e n u n c ia d o . L a « l ey d e l a sin o n im ia »

Todos los diccionarios modernos, tanto de nuestra lengua como


de otras, se atienen, en lo que respecta al «primer enunciado» del artí­
culo simple y a la estructura del artículo múltiple, a unas normas for­
males muy precisas, y solo por error, o en algún caso por fuerza ma­
yor, faltan a ellas.
¿Es deseable esta normalización? Evidentemente sí, por cuanto
supone no solo una economía de espacio para el editor, sino de es­
fuerzo y tiempo para el autor y el lector, al crear en ellos una serie de
automatismos que facilitan, respectivamente, el proceso de la redac­
ción y el de la consulta.
En la historia de la lexicografía se observa una presión progresiva
de la tendencia normalizadora. En lo que se refiere a los diccionarios
españoles, esta realidad es evidente si comparamos el entrañable de­
sorden del Tesoro de Covarrubias (1611) con la meditada organiza­
ción del Diccionario de Autoridades (1726-1739), la cual, a su vez,
resulta rudimentaria y laxa si la confrontamos con los severos cáno­
nes formales que configuran los artículos del Diccionario académico
de 1970.
Pero esta normalización que la Academia impone sistemática­
mente en la estructura general del artículo múltiple y en la organiza­
ción del «primer enunciado» del artículo simple, ¿tiene también su
correspondencia en la información que constituye el «segundo enun­
ciado»?
El «segundo enunciado» es, como dijimos, la información sobre
el contenido de la palabra-entrada, es decir, la definición. Ahora bien,
la definición es, a la vez que la médula del artículo lexicográfico, la
problemas formctles de la definición lexicográfica 31

tarca más ardua que le toca al lexicógrafo, tarea cuya delicadeza, cuya
complejidad y cuya aspereza reconocen no solo los oficiales de este
arte, sino los lingüistas todos y los pensadores. Siendo, pues, tan ás­
pera, compleja y delicada la operación de definir, cabe preguntarse
hasta qué punto se puede pensar en someter su producto a unos mol­
des regulares tan estrictamente reglamentados como los que hemos
visto que existen para la información sobre el signo.
Sin embargo, de hecho existe en los diccionarios, también para la
definición, una sistematización semejante. Esta sistematización no
afecta a las modalidades de definición (lógica, científica, descriptiva,
etc.), sino a las formas de definición, esto es, a la estructura de esta en
cuanto enunciado, a su «sintaxis», como con alguna impropiedad dice
Weinreich (1962: 39).
El alcance del propósito sistematizador en el Diccionario acadé­
mico por lo que se refiere al «segundo enunciado» es mucho más li­
mitado que para el primero. No solo en cuanto a su desarrollo, ya que
prácticamente se reduce a una sola norma, sino en cuanto a su aplica­
ción, pues está bastante lejos de la universalidad registrada para las
normas del «primer enunciado» y para las del artículo múltiple.
La norma formal que rige la definición es consecuencia inmediata
de la índole de esta. En efecto, la definición, para ser tal, es teórica­
mente una información sobre todo el contenido y nada más que el
contenido de la palabra definida. Si esta condición se cumple, la defi­
nición deberá ser capaz de ocupar en un enunciado de habla el lugar
del término definido sin que por ello se altere el sentido del enuncia­
do. Tanto si la definición está constituida por un término solo como si
está constituida por un sintagma, podemos decir que la definición es
en realidad un sinónimo del definido, si extendemos al sintagma la
noción de sinonimia, tradicionalmente confinada a la palabra (cf.
Rey-Debove, 1971: 202, y Dubois / Dubois, 1971: 85). La condición
sinonímica de la definición se cumple con todas sus consecuencias: la
sinonimia pocas veces es absoluta (intercambiabilidad en todos los
contextos), y muchas veces no es completa (equivalencia en la deno­
tación, pero no en la connotación) (cf. Dubois et al., 1973: s.v. syno-
32 Problemas y métodos

nymie). Así pues, la igualdad de significado entre definido y defini­


ción es, en la mayoría de los casos, solo una aproximación, una ten­
dencia a la igualdad; una igualdad «a efectos prácticos».
Con esta salvedad, que es inherente a la naturaleza del objeto y no
(o no solo) del sujeto lexicográfico, la sustituibilidad es el banco de
pruebas de la definición. Si el enunciado definidor puede sustituir al
término definido, en un enunciado de habla, sin que el sentido objeti­
vo de este se altere, el enunciado definidor es válido.
Consecuencia inmediata de esta ley es la identidad de categoría
entre definido y definiente (cf. Rey-Debove, 1971: 203; Quemada,
1968: 460, y Zgusta, 1971: 258). Más exactamente: la exigencia de
que el definiente esté constituido por una forma adecuada a la función
sintáctica propia del definido. Así, si el definido es un nombre, la de­
finición estará constituida por otro nombre — seguido o no de especi­
ficaciones— o por una construcción sustantiva (generalmente «el
que...»):
legista : «Profesor de jurisprudencia»; «El que estudia jurisprudencia
o leyes».

Si el definido es un adjetivo, la definición será un adjetivo léxico


— con o sin especificadores — o tendrá forma de proposición adjetiva
o de complemento preposicional:
perezoso : «Negligente, descuidado o flojo en hacer lo que debe o
necesita ejecutan).
legal : «Prescrito por ley y conforme a ella)».
lenitivo : «Que tiene virtud de ablandar y suavizar».
débil : «De poco vigor, o de poca fuerza o resistencia».

Si se trata de un verbo (que, para figurar como entrada, es reduci­


do a la forma de infinitivo), la definición estará constituida por otro
verbo en infinitivo, seguido o no de complementos:
lenificar , tr: «Suavizar, ablandan).
legislar , intr.: «Dar, hacer o establecer leyes».
'es de la definición lexicográfica 33

Un adverbio será definido por medio de otro adverbio, o de un


sintagma con forma propia de complemento adverbial:
debidamente : «Justamente, cumplidamente».
lejos : «A gran distancia; en lugar o tiempo distante o remoto».

5. D e f in ic ió n « p r o p ia » y d e f in ic ió n « im p r o p ia »

Ahora bien, es importante detenerse en el hecho de que la aplica­


ción de la «ley de la sinonimia» no puede ser universal: no se dejan
someter a ella las palabras gramaticales ni las intelecciones (cf.
Weinreich, 1962: 39; Rey-Debove, 1971: 250, y Zgusta, 1971: 258).
En los artículos correspondientes a estas clases de palabras se recurre
a un modelo de definición muy distinto:
¡ay !: «interj. con que se expresan muchos y muy diversos movi­
mientos del ánimo, y más ordinariamente aflicción o dolon>.
a , prep.: «Denota el complemento de la acción del verbo, ya prece­
diendo a nombres, ya a otros verbos en infinitivo»,
sí: «adv. afirm. que se emplea más comúnmente respondiendo a pre­
guntas».
el : «art. determ. en gén. m. y núm. sing.».

Salta a la vista que estas definiciones no están formuladas, como


las anteriores, en «metalengua de contenido», sino en «metalengua de
signo» (cf. Rey-Debove, 1971: 172 y 247); es decir, no en la meta-
lengua propia del «segundo enunciado» del artículo, sino en la que
corresponde al «primer enunciado». No puede extrañamos este cam­
bio de registro cuando se trata de definir estas clases de palabras, por­
que, al ser realmente indefinibles, lo que se ofrece como información
acerca de ellas no es una verdadera «definición», sino una «explica­
ción». Se dice, no qué significa la palabra, sino qué es esa palabra,
cómo y para qué se emplea. De no dar por bueno este tratamiento
respecto a las palabras gramaticales y a las inteijecciones, no quedaría
otra opción que excluirlas del diccionario6.

6 No solo las palabras gramaticales y las interjecciones precisan de «explicación»,


al no ser viable para ellas la «definición». Si, para que una definición sea válida, es
34 Problemas y métodos

Tenemos, pues, en teoría, dos clases de artículos en el dicciona­


rio: los de «definición propiamente dicha» (definición en metalengua
de contenido), que corresponden a todos los nombres y a la inmensa
mayoría de los adjetivos, verbos y adverbios; y los de definición
impropia, o «explicación» (definición en metalengua de signo),
que corresponden a las inteijecciones y a las palabras gramaticales
— preposiciones, conjunciones, pronombres, artículos, y también
ciertos adverbios, adjetivos y verbos— . La diferencia más externa
entre unos artículos y otros está, como sabemos, en que en los prime­
ros rige el principio de la sustituibilidad.
Esta repartición puede perfectamente darse por buena como una re­
gla de juego más en lexicografía, actuando a manera de segunda parte,
restrictiva, de la ley de la sinonimia; y de hecho es observada muy ne­
tamente en buena parte de los diccionarios extranjeros modernos.

6. D e f in ic io n e s d e a d je t iv o s

Pero la línea fronteriza entre artículos «de definición» y artículos


«de explicación» es absolutamente irregular en un amplio sector de la
lexicografía, dentro del cual figuran todos los diccionarios españoles,
encabezados por el de la Academia.

necesario, como pretende Weinreich (1962: 37), que esté formulada en palabras de
frecuencia más alta que la del término definido (v. una crítica de este principio en
J, Rey-Debove, 1971: 199), evidentemente las palabras de más alta frecuencia no se­
rán en modo alguno definibles, y el lexicógrafo solamente podrá enfrentarse con ellas
valiéndose de una «explicación». Del hecho de la coexistencia en los diccionarios de
las dos formas, «explicación)) y «definición», no debe inferirse, como hace el mismo
Weinreich, que es absurda o innecesaria la pretensión de intercambiabilidad entre el
término y su definición. Lo que sí seria absurdo es pretender reducir todos los artícu­
los del diccionario a la forma de definición en metalengua de contenido, o todos a la
definición en metalengua de signo. El sentido común permite dividir el léxico en dos
sectores bastante bien delimitados, que comprenderían, respectivamente, las palabras
«definibles» y las «no definibles»; y nada se opone a que uno y otro sector tengan ca­
bida en el diccionario.
les de la definición lexicográfica 35

Veamos algunas definiciones de adjetivos en el Diccionario aca­


démico, recogidas todas en el espacio de cuatro columnas (Academia,
1970: 882-883):
misal: «Aplícase al libro en que se contiene el orden y modo de cele­
brar la misa».
m i s e r i c o r d i o s o : «Dícese del que se conduele y lastima de los traba­
jos y miserias ajenos».
m i s e r o : «Aplícase a la persona que gusta de oir muchas misas»; «Di-
cese del sacerdote que no tiene más obvención que el estipendio de la
misa».
m i s i v o : «Aplícase al papel, billete o carta que se envía a uno».

m i s t a o ó g i c o : «Dícese [...] del discurso o escrito que pretende reve­


lar alguna doctrina oculta o maravillosa».
m i s t e r i o s o : «Aplícase al que hace misterios y da a entender cosas re­
cónditas donde no las hay».
m i s t r a l : «Dícese del viento entre poniente y tramontana».

Todas estas definiciones, encabezadas por «dícese de» o «aplícase


a» — fórmulas sumamente frecuentes a lo largo del Diccionario—,
quedan fuera de la «ley de la sinonimia». Ni siquiera existe la identi­
dad de categoría entre el definiente y el definido. La sustitución de
misericordioso por su definición académica, en un texto como Es mi­
sericordioso con los que sufren, nos daría este otro texto, en modo al­
guno equivalente: *Es dicese del que se conduele y lastima con los
trabajos ajenos, con los que sufren.
La explicación está, naturalmente, en que estas definiciones no
son «propias», sino «impropias», es decir, no son definiciones en me­
talengua de contenido, sino en metalengua de signo. Así como en la
definición de p e r e z o s o el «segundo enunciado» era, según vimos,
«La voz perezoso /perezosa significa ‘negligente, descuidado o flojo’
[etc.]»,

en la definición de misericordioso el «segundo enunciado» será


«La voz misericordioso /misericordiosa se dice del que se conduele y
lastima de los trabajos y miserias ajenos».
36 Problemas y métodos

En el primer caso el predicado está constituido por un verbo sig­


nifica (implícito en el artículo) y un sintagma adjetivo intercambiable
en un contexto de habla por la palabra-entrada (que tiene esa misma
categoría adjetiva). En el segundo caso el predicado está formado por
un verbo dicese (explícito en el artículo) seguido de un sintagma sus­
tantivo que es complemento de ese verbo; y en esta predicación, solo
el elemento adjetivo que funciona como especificador dentro del sin­
tagma sustantivo — esto es: que se conduele y lastima de los trabajos
y miserias ajenos— sería intercambiable por la palabra-entrada.
Sin duda, la explicación de esta flagrante y continuada falta de
uniformidad en la metalengua de la definición está en el problema
que plantea la «colocación» semántica de muchos adjetivos7. Ante un
adjetivo como mistagógico, el redactor sabe que esta voz significa
‘que pretende revelar alguna doctrina oculta o maravillosa’, pero al
mismo tiempo sabe que esta voz se dice solamente de un discurso o
un escrito. Lo primero sería una verdadera definición; lo segundo se­
ria tan solo una explicación sobre el uso de la voz. Pero, al considerar
necesario no omitir ninguna de las dos informaciones, el redactor
reúne las dos dentro de un predicado unitario bajo la forma de la se­
gunda («explicación»): justo la que es semánticamente secundaria.
Con esta crítica no pretendo sugerir que la información sobre la
«colocación» de la voz sea excluida de las definiciones. Por el contra­
río, entiendo que es un dato semántico del que, aunque no sea sustan­
cial, no se debe prescindir en el análisis lexicográfico8. Lo que quiero

7 Véase nota 3.
8 Esto no quiere decir que tenga que ser explícito en cada artículo. En los casos en
que la propia definición deja ver de qué categoría de seres es predicable ( f e n i c a d o :
«que tiene ácido fénico»; c r u e l : «que se deleita en hacer mal a un ser viviente»), o en
que es predicable sin límites ( ú t i l : «que puede servir y aprovechar en alguna línea»),
huelga advertir si «se aplica a personas» o si «se dice de cualquier persona, animal o
cosa». Las definiciones citadas de m is e r i c o r d i o s o y m is e r o pecan de redundantes en
este aspecto, pues ya se ve que definiciones como «que se conduele y lastima de los
trabajos y miserias ajenos» y «que gusta de oír muchas misas», sin más aclaraciones,
dirían de manera inequívoca que son calificaciones aplicables exclusivamente a per­
sonas.
de la definición lexicográfica 37

es recordar que dos niveles diferentes de información — uno, sobre el


contenido; otro, sobre el signo en cuanto tal; uno, definición propia­
mente dicha; otro, explicación sobre el uso— no deben ir mezclados
en un mismo predicado, cuando se ha adoptado, como hemos visto,
un criterio general de clara separación entre las informaciones que
constituyen el «primer enunciado» — sobre el signo en cuanto tal— y
las que constituyen el «segundo enunciado» — sobre el contenido— .
Y también, hacer ver la incoherencia de someter alternativamente to­
da una clase de palabras, los adjetivos, a dos modelos de definición
de los cuales solo uno es homogéneo con el utilizado para las restan­
tes clases de palabras no gramaticales.
¿Cómo se puede mantener la uniformidad en la definición — em­
pleo constante de la definición en metalengua de contenido— sin sa­
crificar la información sobre la «colocación»? Hay varios procedi­
mientos. Uno es utilizado, bien que muy raramente, por la propia
Academia. Consiste, sencillamente, en separar por medio de un punto
las dos informaciones:
blandengue: «Blando, suave. Dícese d e personas».

En lugar del modelo habitual «Dícese de (o Aplícase á) la perso­


na + sintagma adjetivo» («Dícese de la persona blanda, suave»), se
deslindan los dos niveles de información, de manera que la definición
propiamente dicha no deja de ocupar su lugar ni deja de ajustarse a la
«ley de la sinonimia», sin que por ello quede silenciado el dato com­
plementario no definidor5.

9 r
[En la edición de 2001 de su Diccionario común la Academia se ha hecho eco ya
de algunas de mis observaciones de 1977 y 1979 (que por otra parte ya estaban aten­
didas en el Diccionario histórico de la propia Academia desde su fascículo 14, 1979).
Así, evita, por regla general, modos de definir como los que más arriba he citado del
Diccionario de 1970 y que se mantenían en los de 1984 y 1992. Subsisten, sin embar­
go, no raras muestras del sistema tradicional, excepciones que la Academia defiende
en 2001, xuv].
38 Problemas y métodos

Una variante de esta forma encontramos en el Dictionnaire géné-


ral de Hatzfeld-Darmesteter (1889-1900):
«Qui peut étre facilement comprimé (en parlant d’un gaz,
c o e r c ib l e :

d’un vapeur)».

Otro procedimiento, practicado por algunos diccionarios extranje­


ros, consiste en informar sobre la «colocación» por medio de ejem­
plos que siguen a la definiciónl0:
é tro it: «Qui a tres peu de largeur. Une rué étroite, un passage étroit,
un canal étroit». (Hatzfeld / Darmesteter, 1889-1900).
concertant : «Qui exécute une partie dans une composition musi-
cale. Instruments concertants». (Petit Robert, 1967).
g a g n a n t : «Qui gagne. Carte gagnant. Numero gagnant. Tout le
monde donne ce cheval gagnant». (Petit Robert, 1967).
m a d : «Affected with rabies: rabid (a mad dog)». (Webster, 1961).

El inconveniente de este sistema es que siempre queda en pie la


incertidumbre de si el adjetivo se aplica solamente a los nombres ci­
tados en el ejemplo o también a los que designan la misma categoría
de seres. Además, ¿en qué amplitud entenderemos la categoría? El
último ejemplo de gagnant permite dudar si el adjetivo es aplicable a
caballos, o a animales, o a seres vivos en general.
Un tercer procedimiento es el que vemos ejemplificado en estas
definiciones del Oxford English Dictionary (1884-1928):
leg en d less:«Of a coin: Bearing no legend».
«Of knowledge, etc.: Purely speculative; not based upon
n o tio n a l:
fact or demonstration»; «Of persons: Given to abstract or fancifúl
speeulation; holding merely speculative views»; «Of things, relations,
etc.: Existing only in thought; not real or actually existent; imagi-
nary».

10 Sobre la información del ejemplo acerca de la entrada, v. Rey-Debove (1971:


273 y ss.).
'es de la definición lexicográfica 39

Con un ligero cambio externo — el uso del paréntesis— , es el


mismo procedimiento de las definiciones de adjetivos en el Concise
Oxford Dictionary (1964):
notional : «(of knowledge, etc.) speculative, not based on experi-
ment or demonstration»; « (o f things, relations, etc.) existing only in
thought, imaginary»; «(of persons) fanciful».

Hay otra ligera variante, que vemos atestiguada — con escasa fre­
cuencia— en Petit Robert (1967):
notoire : «(Personnes) Avéré, reconnu comme tel. Un criminel no-
toire».
recherché: «(Personnes) Que l’on cherche á voir, á connaítre, á fré-
quenter, á recevoir».

En todas estas definiciones se mantiene, como en el procedi­


miento del ejemplo, el modelo normal de definición; pero se supera la
ambigüedad de aquel dando la información de «colocación» no de
manera indirecta, sino directa y explícita, dentro de un enunciado
autónomo que se distingue netamente del enunciado definitorio al que
va referida. En realidad, esta modalidad es una variante del tipo
ejemplificado por b l a n d e n g u e , del cual diverge en el orden de los
elementos, en el empleo — en el caso del Concise Oxford y del Petit
Robert— de paréntesis en lugar de punto separador y en la economía
de omitir el consabido «dícese». El lexicógrafo ha dado así a la in­
formación «colocación» un tratamiento similar al de las informacio­
nes sobre nivel social y ámbito — informaciones de «primer enuncia­
do»—.
Por último, citaré otra posibilidad de exposición, de apariencia
semejante a la que acabamos de ver, pero, a diferencia de ella, inte­
grada dentro de un método de alcance más amplio. Es la utilizada en
el aún inédito Diccionario del español actual. Se sigue en este dic­
cionario el sistema de indicar entre corchetes, en la definición de
cualquier categoría de palabras (no solo de los adjetivos), todos aque­
llos elementos que son «contomo» necesario de la palabra definida,
40 Problemas y métodos

pero que no son componentes semánticos de ella; por ejemplo, en los


verbos, el complemento directo, el complemento indirecto, el sujeto;
en los nombres, el complemento «de posesión», etc.11. Evidentemen­
te, en adjetivos del tipo ejemplificado en las definiciones que prece­
den, es «contorno» necesario el nombre (de categoría — persona, co­
sa— o de especie — edificio, libro, etc.—•) al que van aplicados habi-
tualmente tales adjetivos. Por ello en este diccionario los términos de
esta categoría presentan definiciones del tenor siguiente:
e x c e s iv o :«[Cosa] que excede del límite de lo razonable».
n o m in a t iv o : «En comercio, [título] que se extiende haciendo constar
el nombre de la persona que ha de ser su poseedora»; «En gramática,
[caso] que corresponde a la función de sujeto».
y á m b i c o : «[Verso] compuesto total o parcialmente por yambos».

7. D e f in ic io n e s d e a d v e r b io s y d e n o m b r e s

No es solo en el terreno de los adjetivos donde la Academia co­


mete infracciones contra la uniformidad de la metalengua definitoria,
si bien nunca con tanta intensidad. He aquí algunas definiciones de
adverbios en que se abandona la metalengua de contenido que es ge­
neral en los artículos de adverbio:
Poco: «Empleado con verbos expresivos de tiempo, denota corta du­
ración»; «Antepónese a otros adverbios, denotando idea de compa­
ración».
a r r i b a : «Con voces expresivas de cantidades o medidas de cualquier
especie, denota exceso indeterminado».
d e s p u é s : «adv. t. y 1 . que denota posterioridad de tiempo, lugar o si­
tuación»; «Denota asimismo posterioridad en el orden, jerarquía o
preferencia»; «Hablando del tiempo o sus divisiones, se suele usar
como adjetivo por lo mismo que siguiente o posterior»; «Seguido de

u En otra ocasión [véase capítulo 2 de este libro] expondré con detalle este méto­
do. [Sobre nuestro Diccionario del español actual, iniciado en 1970 y publicado en
1999, v. ahora el capitulo 25 de este libro. Nuestra obra no tiene ninguna relación con
una propuesta de «diccionario del español actual» de que habló M. Alvar Ezquerra
(1976:153 y ss.)].
Problemas formales de la definición lexicográfica 41

que solía equivaler a desde»; «Se usa con valor adversativo en frases
como: Después de lo que he hecho por ti, me pagas de este modo».

No sería difícil reducir al tipo de «definición propia» la mayoría


(si no la totalidad) de los ejemplos aquí copiados. Pero, aun admitien­
do la alegación de que se trata de palabras «no definibles», cuyo úni­
co encaramiento posible es por tanto la «explicación» o «definición
impropia», hay que advertir que en estas mismas entradas incluye la
Academia, entremezcladas, otras acepciones con «definición propia»,
y que se produce entonces, dentro de un mismo artículo (como ocurre
frecuentemente en los de adjetivos), una mezcolanza de definiciones
en metalengua de contenido y definiciones en metalengua de signo.
El caso de d a c a p o nos puede servir de ejemplo de otro problema
que no es raro se presente en los artículos de adverbio:
da ca po : «m. adv. Mús. Indica que debe volverse al principio cuando
se llega a cierta parte del trozo que se ejecuta».

No por ser «explicación», en vez de verdadera «definición», que­


da mejor aclarado el sentido del definido; el complemento «a cierta
parte» no es una gran ayuda para precisar el concepto. Quizá la difi­
cultad que la Academia encontró para definir normalmente este ad­
verbio se deba a que no se trata fúncionalmente de un adverbio, sino
de una oración unimembre. Véase cómo, en la definición de esta
misma locución en el Concise Oxford (que no dice categoría gramati­
cal), el primer elemento definiente es un imperativo:
da ca po : «mus. direction, Repeat from the beginning».

Los artículos de nombres — la categoría que más regularmente se


somete, en el Diccionario académico, a la ley de la sinonimia— tam­
poco están libres de veleidades en la forma de la definición:
doctor : «Título que da la Iglesia con particularidad a algunos santos
que con mayor profundidad de doctrina defendieron la religión o en­
señaron lo perteneciente a ella».
e f e : «Nombre de la letra f».

l e g i ó n : «Nombre que suele darse a ciertos cuerpos de tropas».


42 Problemas y métodos

La supuesta definición, en estos tres ejemplos, no responde al


modelo adecuado, que sería el de «segundo enunciado»: «La voz X
significa Y», sino al de «primer enunciado»: «La voz X es Y». ¿Có­
mo puede saber el lector la diferencia de registro que hay entre los
precedentes ejemplos y estos otros, de formulación análoga y con
idéntico primer definiente, pero que son definiciones legítimas, esto
es, de «segundo enunciado»?:
e je c u t o r ia : «Título o diploma en que consta legalmente la nobleza
de una persona o familia».
a p e l l i d o : «Nombre de familia con que se distinguen las personas».

Pero esta irregularidad no es muy frecuente en el Diccionario, es­


pecialmente si la comparamos con la ya comentada de las definicio­
nes de tipo dicese en los adjetivos, que más que irregularidad habría
que llamar «regularidad paralela».

8. L a d e f in ic ió n e n c ic l o p é d ic a

Más abundante es, en los artículos de nombre, otra anomalía que


es peculiar de los correspondientes a esta categoría: la definición de
predicación múltiple. Aquí no se trata de confusión o desvaneci­
miento de límites entre el primero y el segundo enunciados, sino de la
ruptura, dentro de este último, de la unidad sintáctica que es indispen­
sable para que una definición lexicográfica sea tal. Bastará un ejem­
plo:
lagarto : «Reptil terrestre del orden de los saurios, de cinco a ocho
decímetros de largo, contando desde la parte anterior de la cabeza
hasta la extremidad de la cola. La cabeza es ovalada, la boca grande
con muchos y agudos dientes, el cuerpo prolongado y casi cilindrico
y la cola larga y perfectamente cónica; las cuatro patas son cortas,
delgadas y cada una con cinco dedos armados de afiladas uñas; la piel
está cubierta de laminillas a manera de escamas, blancas en el vientre,
y manchadas de verde, amarillo y azul, que forman dibujos simétri­
cos, en el resto del cuerpo. Es sumamente ágil, inofensivo y muy útil
para la agricultura por la gran cantidad de insectos que devora. Se re­
Problemas form ales de la definición lexicográfica 43

produce por huevos que entierra la hembra, hasta que el calor del sol
los vivifica».

Sería delirante imaginar la aplicación, en este caso, de la prueba


de sustitución. El texto que la Academia da como definición jamás
podría ocupar, en un contexto de habla, el lugar del nombre lagarto.
Podrá alegarse que, de hecho, no falta aquí una verdadera definición,
que seria el sintagma nominal que ocupa el primer lugar del largo
enunciado, y que todos los desarrollos sintácticos ulteriores no son si­
no meros suplementos ilustrativos. Si esto fuese así, el sintagma no­
minal inicial contendría la exposición suficiente del significado de la
voz, y todo lo demás estaría de sobra. Pero parece que no es así; que
el significado no se considera suficientemente expuesto en el primer
sintagma, sino que son necesarios ocho más. De otro modo, eviden­
temente, no se habrían puesto estos. Ahora bien, ¿cómo se explica
que esta necesidad solo ocurra en artículos de nombre, y no de adjeti­
vo o de verbo, categorías dentro de las cuales no hay menos casos de
complejidad semántica que entre los nombres? Nótese, además, que
los desarrollos sintácticos secundarios no se producen en cualquier ti­
po de nombre, sino casi solo en aquellos que designan seres u objetos
materiales, y preferentemente en los que corresponden a zoología y
botánica.
La clave está en una nueva confusión de límites. Como dice Julio
Casares, «conviene distinguir la definición real de la meramente no­
minal. Esta última se limita a explicamos el significado de la palabra,
mientras aquella aspira a descubrimos la naturaleza, la esencia de la
cosa significada» (1950a: 159). El Diccionario académico quebranta
la frontera — delicada, pero frontera — entre diccionarios de pala­
bras y diccionarios de cosas (Wagner, 1967: 127; Dubois / Dubois,
1971: 13; Rey-Debove, 1971: 32-33, y Zgusta, 1971: 197 y ss.): los
que informan sobre las palabras son los diccionarios de lengua;
los que informan sobre las cosas son las enciclopedias y los dicciona­
rios técnicos o especiales. Ciertamente existe un género híbrido, los
diccionarios enciclopédicos; pero obsérvese que sus autores no igno­
44 Problemas y métodos

ran esa frontera, y suelen distinguir, dentro de sus artículos, entre lo


que llaman «parte léxica» y «parte enciclopédica». No es esta, por
supuesto, la práctica del Diccionario académico, sino la mezcla de
artículos de diccionario con artículos de enciclopedia.
La presencia de estos últimos tiene, a mi juicio, una explicación
lógica y psicológica a la vez. El lexicógrafo entiende que su cometido
es dar con precisión el contenido de la palabra definida, y tiende a
pensar que para cumplir ese cometido es necesario que la definición
contenga el mayor número posible de especificadores. Por eso, cuan­
do dispone de abundancia de datos — como ocurre con determinados
nombres de cosas— , no desaprovecha la ocasión de enriquecer con
ellos su definición, ofreciendo al lector una imagen muy «completa»
del objeto definido. Pero la definición lexicográfica no se propone
— o no se debe proponer— la imagen «completa» del objeto, sino la
imagen «suficiente», esto es, la que se construye por medio de los es­
pecificadores necesarios para que el objeto quede, en la mente del
lector medio, caracterizado en sus rasgos relevantes y diferenciado
respecto a todos los restantes objetos que forman parte del mundo de
ese lector medio. Precisamente en esto radica la fundamental diferen­
cia entre definición lógica y definición lexicográfica; como dice
Zgusta, mientras la primera tiene que identificar inequívocamente el
objeto definido «de manera que quede puesto en contraste claro con
todo lo demás definible y al mismo tiempo caracterizado positiva e
inequívocamente como miembro de la clase más cerrada», la segunda
«enumera solo los rasgos semánticos más importantes de la unidad
léxica definida, que son suficientes para diferenciarla de otras unida­
des» (1971: 252).
Esta «suficiencia», claro está, no es la misma para una persona de
cultura media que para un especialista o un estudioso de la rama del
saber que versa sobre el objeto definido. Pero el diccionario es un li­
bro para el hablante medio en cuanto tal, esto es, en cuanto usuario de
la lengua común y no en cuanto usuario de una parcela cuyo subsue­
lo, de profundidad prácticamente ilimitada, solo puede ser explorado
problemas formales de la definición lexicográfica 45

lingüísticamente a través de diccionarios especiales. Así, ante defini­


ciones como las siguientes — todas de diccionarios manuales— ,
c ig o g n e : «Grand oiseau qui a de longues pattes, qui passe l’hiver
dans les pays chauds et qui revient en Europe au printemps» (Dic­
tionnairefondamental, 1971);
c i c o g n a : «Grosso uccello dei trampolieri, dal lungo becco vermi-
glio» (Piccolo vocabolario, 1959);
s t o r k : «A long-necked, long-legged wading bird» (Penguin English

Dictionary, 1965);
s t o r c h : «Ein Vogel mit langen Beinen und eincm langen Schnabel»

(Duden-Langenscheidt, 1970);
c i g ü e ñ a : «Género de aves zancudas migradoras que alcanzan más de
dos metros de envergadura» (Pequeño Larousse, 1964),

no es legítimo preguntar si son «completas» — que de ningún modo


lo serían para un zoólogo— , sino si son «suficientes» para el usuario
medio de la lengua. Otra cuestión sería si este descara una informa­
ción científica sobre el objeto «cigüeña», y no simplemente una in­
formación semántica sobre la palabra cigüeña. Aun en este caso, difí­
cilmente se sentiría satisfecho con una definición del tipo académico
de l a g a r t o , que a pesar de su extensión omite datos científicos
esenciales, como el nombre zoológico. Es un hecho de experiencia
diaria la desaprobación con que los especialistas de cualquier ciencia
juzgan las definiciones que los diccionarios dan a las voces que caen
bajo su propia especialidad; sencillamente, porque esperan de un
«diccionario de palabras» lo que solo podrían pedir a un «diccionario
de cosas» (a una enciclopedia o a un vocabulario técnico), por culpa
muchas veces del mismo «diccionario de palabras», que pretende dar
de sí mismo una imagen que no es la que le corresponde. Es útil a
este respecto recordar un párrafo ejemplar del prefacio de la primera
edición del Concise Oxford Dictionary (1911: vi):
The book is designed as a dictionary, and not as an encyclopae-
dia; that is, the uses o f words and phrases as such are its subject
matter, and it is concemed with giving information about the things
46 Problemas y métodos

for which those words and phrases stand only so far as correct use of
the words depends upon knowledge o f the things12.

9. F in a l
Con los comentarios que preceden no quedan agotados, ni mucho
menos, no ya los problemas generales que se le plantean al lexicógra­
fo enfrentado con la tarea de la definición, sino las particulares difi­
cultades de tipo formal que en sus enunciados definitorios ofrece un
diccionario concreto, el de la Academia Española, al que me he refe­
rido constantemente en las páginas anteriores. Quede para otra opor­
tunidad el examen y crítica de otros aspectos13; con los expuestos
aquí basta para formarse una idea, somera pero clara, de la existencia
de quiebras en los métodos de definición y sobre todo en la coheren­
cia formal entre unos métodos y otros. La deficiencia es tanto más
grave cuanto que, en lo bueno y en lo malo, prácticamente todos los
diccionarios españoles — no «absolutamente todos», como afirma
con exageración María Moliner (1966: xrv) — se han servido genero­
samente de las definiciones académicas, con lo cual los defectos de
estas (y no solo las virtudes) vienen a multiplicarse por el número
de diccionarios de español existentes.

12 V. también Leech (1974: 204).


13 Principalmente, la definición de los verbos, de la que me ocupo en «El “contor­
no" en la definición lexicográfica», en Homenaje a Samuel Gili Gaya (in memoriam).
[Se publica como capítulo 2 de este libro].
2
EL «CONTORNO» EN LA DEFINICIÓN LEXICOGRÁFICA *

1. La lexicografía, cuyos objetivos no son teóricos, sino prácticos,


no es una ciencia, pero sí una actividad investigadora y didáctica que,
como tal, no puede funcionar de espaldas al saber de su tiempo en la
materia de su quehacer, sino que ha de actuar con arreglo a una meto­
dología lo más rigurosa posible.
Los problemas que rodean a la labor lexicográfica dependen,
unos, de su objeto — el léxico— ; así, por ejemplo, los de macroes-
tructura (¿cuáles y cuántas palabras registrar?, ¿cómo organizarías?) y
los de información (¿cómo determinar el significado de las pala­
bras?). Otra parte de los problemas reside más directamente en el su­
jeto — el lexicógrafo— , y entre ellos están los de tipo lógico (¿qué
decir en la definición?) y los de tipo formal (¿cómo decirlo?). De la
dificultad para resolver todas estas cuestiones puede ilustrar el exa­
men de cualquier diccionario, de uno u otro calibre, de una u otra len­
gua, si bien es verdad que los intentos de resolverlas, así como los re­
sultados, han ido más lejos en unos diccionarios que en otros y en
unas escuelas lexicográficas que en otras.
De esta serie de problemas, de cuya profundidad no da idea la
brevedad de su enunciado, quizá hayan sido los de carácter formal los

[Publicado en Homenaje a Samuel Gili Gaya (in memoriam), Barcelona 1979,


183-91],
48 Problemas y métodos

peor atendidos por la escuela nacida en tomo a los diccionarios de la


Academia Española. No es que los haya desdeñado: es muy conside­
rable el progreso que en la normalización de la estructura de los ar­
tículos se puede apreciar en los diccionarios académicos desde la pu­
blicación del primero de ellos, en la primera mitad del siglo xvm,
hasta la edición de 1970. Y un progreso paralelo se encuentra, en ge­
neral, en la larga serie de obras que siguen, más o menos de cerca, el
modelo de aquellos diccionarios. Pero, tanto en unos como en otros,
la forma de la definición adolece de inconsecuencias cuya elimina­
ción valdría la pena intentar.
De algunos de estos inconvenientes, que afectan especialmente a
las definiciones de adjetivos, adverbios y nombres, me he ocupado en
otro lugar1. Aquí voy a considerar el caso de las definiciones de los
verbos.

2. Es norma universalmente aceptada en lexicografía la ley de la


sinonimia, según la cual el enunciado definitorio, XY, es sinónimo de
la palabra-entrada, A, de tal manera que, en un contexto de habla en
que figure el término A, este sea sustituible por XY sin que ello lleve
consigo ninguna alteración del sentido del mensaje (cf. Rey-Debove,
1971: 202, y Dubois / Dubois, 1971: 85). No significa esto que la de­
finición ajustada a la ley de la sinonimia sea la única válida, sino que,
de las varias formas de definición posibles, es la sinonímica la más
unánimemente adoptada, por la ventaja metódica que supone la prue­
ba de la sustitución.
Es verdad que la definición sinonímica no es siempre posible,
como ocurre en el caso (entre otros) de las palabras gramaticales, en
que forzosamente hay que recurrir a otros procedimientos (cf. Wein­
reich, 1962: 39; Rey-Debove, 1971: 250, y Zgusta, 1971: 258). Pero,
salvada la excepción de este sector limitado del léxico, es normal la
aplicación del principio sinonímico en las definiciones.

1 «Problemas formales de la definición lexicográfica)), en Estudios ofrecidos a


Emilio Atareos Llorach. [Se publica como capitulo 1 de este libro].
El «contorno» eh la definición lexicográfica 49

Otra cosa es el rigor con que se aplica este principio. Frente a la


constancia y la nitidez con que se cumple en algunos diccionarios ex­
tranjeros — por ejemplo, el Concise Oxford Dictionary—, hay que
señalar las numerosas infracciones y confusiones en que incurre la
escuela española. Estas anomalías no pueden interpretarse como un
no reconocimiento de la ley de la sinonimia por parte de nuestros dic­
cionarios; si así fuese, no mostrarían la preocupación que muestran en
la inmensa mayoría de sus artículos por definir cada palabra por me­
dio de una perífrasis capaz de la misma función sintáctica propia de
aquella (cf. Rey-Debove, 1971: 203; Quemada, 1968: 460, y Zgusta,
1971: 258). Este propósito evidencia, sin duda alguna, que nuestros
diccionarios tienen como ideal la definición sinonímica, y de aquí pa­
rece legítimo inferir que las desviaciones con respecto a ese ideal de­
ben considerarse como errores.
El propósito de equivalencia sintáctica — que presenta quiebras
en diversas categorías de palabras, especialmente en los adjetivos (cf.
Seco, 1977 [^capítulo 1 de este libro])— es, en los diccionarios es­
pañoles, visiblemente firme en lo que respecta a los nombres y a los
verbos. Todos los nombres aparecen definidos por medio de un nom­
bre o de una perífrasis sustantiva, y todos los verbos aparecen defini­
dos por medio de un verbo o de una perífrasis verbal (yendo el verbo
definidor en la forma de infinitivo, igual que el verbo definido).
En gran número de definiciones de verbos del Diccionario aca­
démico se cumple la ley de la sinonimia. He aquí algunas muestras2:
am arrar, tr., 1: «Atar y asegurar por medio de cuerdas, maromas,
cadenas, etc.».
c a m b i a r , tr.. 2: «Mudar, variar, alteran).

e x p e n d e r , tr., 3: «Vender al menudeo».

f l a q u e a r , intr., 1: «Debilitarse, ir perdiendo la fuerza».

g o b e r n a r , tr., 2\ «Guiar y dirigir».

v i v i r , intr., 1: «Tener vida».

1 Todas las citas del Diccionario de la Academia son de la 19.® ed., 1970.
50 Problemas y métodos

La sustitución del definido por la perífrasis definitoria se muestra,


en efecto, perfectamente viable en segmentos de habla:
Los ladrones le amarraron para que no escapase. = Los ladrones le
ataron y aseguraron por medio de cuerdas, maromas, cadenas,
etc., para que no escapase3.
Tendremos que cambiar nuestros planes. = Tendremos que mudar,
variar, alterar nuestros planes.
La nueva marca de tabaco aún no se expende en los estancos. = La
nueva marca de tabaco aún no se vende al menudeo en los es­
tancos.
Me flaqueaban las piernas. = Se me debilitaban, me iban perdiendo
fuerza las piernas.
¿ Viven todavía tus abuelos? = ¿Tienen vida todavía tus abuelos?

El sistema de sustitución funciona, pues, igual que en los nom­


bres, adjetivos y adverbios. Se produce, lo mismo que en todos ellos,
una equivalencia en la denotación — aunque no (o no siempre) en la
connotación— entre los textos que están a la izquierda del signo
«iguab> y los que están a su derecha.

3. Pero en los verbos se da una condición particular. En los


ejemplos propuestos de definiciones puede observarse que los ver­
bos transitivos (por ejemplo, e x p e n d e r ) van definidos por medio de
otro verbo transitivo (como vender), mientras que los intransitivos
(fl a q u e a r , v iv ir ) se definen, bien por medio de otro verbo intransi­
tivo (debilitarse), bien por la suma de un verbo transitivo y un com­
plemento directo (perder fuerza, tener vida):
1) V. tr. 1 = «V. tr.2»
2) V. intr.l = «V. intr.2»
3) V. intr.l = «V. tr. + c.d.»

3 La prueba de la sustitución deja ver claramente que hubiera sido preferible, en


la definición, no rematar la serie «cuerdas, maromas, cadenas» con «etcétera», que la
convierte en una serie copulativa (lo cual es absurdo), sino con otro elemento que se­
ñalase el verdadero carácter, disyuntivo, de la relación.
E l«contorno» kn la definición lexicográfica 51

La validez de estas fórmulas está atestiguada por la prueba de sustitu­


ción.
De aquí podemos establecer que, inversamente, una definición
constituida por «verbo transitivo + complemento directo» ha de con­
venir a un verbo intransitivo, y no a uno transitivo, y que, por tanto,
no serán formalmente aceptables las definiciones de verbos transitivos
por medio de la fórmula «verbo transitivo + complemento directo» (cf.
Rey-Debove, 1971: 210).
Pues bien, el Diccionario de la Academia muestra una gran rique­
za en este último tipo de definiciones en que un verbo transitivo es
definido por medio de una perífrasis formada por otro verbo transiti­
vo seguido de su complemento directo, definiciones que, curiosa­
mente, alternan de manera constante, y a menudo dentro de un mismo
artículo, con aquellas otras en que el definidor es un verbo transitivo
«puro». Veamos unos pocos ejemplos (en los que señalo en cursiva el
complemento directo):
d e c ir, 1: «Manifestar con palabras el pensamiento».
e n t r e g a r , 1: «Poner en manos o en poder de otro a una persona o
cosa».
h i d r a t a r : «Combinar un cuerpo con agua».
l a v a r , 1: «Limpiar una cosa con agua u otro liquido».
s e p tu p lic a r : «Hacer séptupla una cosa; multiplicar por siete una
cantidad».
s e p u l t a r , 1: «Poner en la sepultura a un difunto; enterrar su cuer­
po».
v e r, 1: «Percibir por los ojos los objetos mediante la acción de la
luz».

La inviabilidad de estas definiciones desde el punto de vista de la


prueba de sustitución es evidente (lo subrayado ahora es el verbo o su
perífrasis definidora):
Al abrir la ventana, vio un hermoso paisaje. = *A1 abrir la ventana,
percibió por los ojos los objetos mediante la acción de la luí úh
hermoso paisaje.
Voy a lavar el coche. = *Voy a limpiar una cosa con agua y'Otro li­
quido el coche.
52 Problemas y métodos

Al día siguiente sepultam os al m uerto. = *A1 día siguiente p u sim o s en


la sepultura a un difunto al m uerto.

En los textos resultantes aparece representado dos veces el com­


plemento directo, porque sobra la mención de este en la perífrasis de
la definición. El enunciado definidor, en efecto, debía haber sido sim­
plemente, para v e r , «Percibir por los ojos mediante la acción de la
luz»; para l a v a r , «Limpiar con agua u otro líquido»; para s e p u l t a r ,
«Poner en la sepultura» o «Enterrar».
Puede alegarse que la mención del complemento directo en la de­
finición es en muchas ocasiones necesaria porque el objeto de la
acción no es indiferente, y por tanto su explic ilación en el enunciado
definitorio completa la precisión de este. Esta consideración parte de
una confusión entre lo que es el verdadero contenido del definido y lo
que es su contorno (limitado o no limitado) en los enunciados de ha­
bla en que se presenta el término4. En s e p u l t a r , por ejemplo, es
contenido «poner en la sepultura», mientras que «a un difunto» (el
habitual objeto de la acción) pertenece al contorno.
Pero el establecer esta distinción no tiene por qué llevar consigo
negar la importancia de informar en el artículo lexicográfico, de algu­
na manera, acerca de ese complemento directo que forma parte del
contomo. Y, efectivamente, los lexicógrafos que han sido conscientes
de la distinción han recurrido a un convencionalismo que por un lado
deja claramente a salvo la «potencia transitiva» del verbo de la defi­
nición, y por otro hace explícitos los datos semánticos que se conside­
ran característicos del complemento directo previsto para la actuali­
zación de esa potencia.
Es mérito del Diccionario Vox, cuya revisión, en sus tres edicio­
nes, corrió a cargo de nuestro llorado don Samuel Gili Gaya, el ser
hasta ahora el único diccionario español que ha puesto en práctica
el procedimiento para diferenciar adecuadamente en la definición
el contenido y el contorno. Consiste este procedimiento, tal como lo
aplica el Diccionario Vox, en encerrar entre paréntesis cuadrados el

4 J. Rey-Debove (1971: 210) contrapone «défuiition» y «entourage».


El «contorno» etbla definición lexicográfica 53

complemento directo «potencial» de la perífrasis dcfinitoria, y que lo


es también del definido, sinónimo de esta. Véanse las definiciones de
Vox correspondientes a las académicas reproducidas más arriba5:
d e c ir : «Manifestar con palabras habladas o escritas, o por medio de
otros signos, [el pensamiento o los estados afectivos]».
e n t r e g a r : «Poner [a una pers. o cosa] en poder de otro».

h i d r a t a r : «Combinar [una substancia] con el agua»,

s e p t u p l i c a r : «Multiplicar por siete [una cantidad]»,

s e p u l t a r : «Poner en la sepultura [a un difunto]; enterrar [un cuer­


po]»,
ver : «Percibir [los objetos materiales] por el sentido de la vista»6.

El procedimiento tiene la ventaja de ser aplicable también en los


casos en que, por necesidades sintácticas del enunciado definitorio, el
complemento directo potencial del definido es otra clase de comple­
mento en el enunciado definitorio. Esto permite distinguir perfecta­
mente entre el complemento directo que es propio de este enunciado,
y que por tanto es un constituyente significativo del definido, y el
complemento directo potencial, que es un constituyente del contorno
del mismo definido.
Veamos cómo define la Academia el verbo e m b r id a r : «Poner la
brida a las caballerías». ¿Cómo puede saber el lector, con un enuncia­
do definitorio así, cuál es el complemento directo potencial del verbo
transitivo e m b r id a r ? Tiene esa definición la misma estructura que la
del verbo r e g a l a r : «Dar a uno graciosamente una cosa»7. Esto es:
V. tr.l = «V. tr.2 + c.d. + c.i.»

5 Aunque la característica en cuestión ya está decididamente presente desde la 1."


edición de este Diccionario (1945), cito por la 3.* (1973).
6 No incluyo en esta lista la definición de i -a v a r porque en ella Vox omite, por in­
necesaria, la mención del complemento directo potencial: «Limpiar con agua u otro
líquido».
7 Omito, por irrelevante en este momento, el resto de la definición: «... en muestra
de afecto o consideración o por otro motivo». Lo mismo hago en la definición que del
mismo verbo da el Diccionario Vox y que cito más abajo.
54 Problemas y métodos

Pero, si en la definición de r e g a l a r el complemento directo (una


cosa) coincide con el complemento directo potencial del definido, es
muy distinta la situación en el caso de e m b r id a r ; aquí, el comple­
mento directo en el enunciado definidor es la brida, pero el com­
plemento directo potencial de embridar es (a) las caballerías — que
en la definición aparece como complemento indirecto— . La Acade­
mia es incapaz de señalar esta diferencia entre dos definiciones de
idéntica estructura. En cambio, el problema esta resuelto en Vox con
toda claridad y sencillez:
e m b r id a r : «Poner la brida [a las caballerías]».
regalar : «Dar a uno graciosamente [una cosa]».

Es decir, el complemento directo potencial de los verbos transitivos


definidos es señalado en el enunciado dcfinitorio por medio de pa­
réntesis cuadrados, sin que importe que el término así enmarcado ten­
ga, dentro de ese enunciado, una función distinta de la de comple­
mento directo. Puede ser en el enunciado, no solo complemento
indirecto, como en el ejemplo que acabamos de ver, sino también
complemento adverbial o sujeto:
e x t e n d e r , 1: «Hacer que [una cosa], aumentando su superficie, ocu­
pe más espacio que antes»,
e x c u s a r , 4: «Eximir [del pago de tributos o de un servicio perso­

nal]».

El recurso fue empleado por primera vez en el Dictionnaire géné-


ral de Hatzfeld-Darmesteter (1889-1900) y ha sido seguido por los
diccionarios de Oxford (1933, 1944, 1964) y por el Petit Robert
(1967). Todos ellos utilizan, para señalar el complemento directo po­
tencial, los paréntesis normales o redondos. Parece más acertado el
uso de los cuadrados, escogido por el Vox, ya que los paréntesis sim­
ples tienen otras funciones, más cotidianas, que no dejan de darse
también en los enunciados definitorios.
María Moliner emplea, en su Diccionario de uso (1966-67), otro
procedimiento para señalar en la definición el término que ha de ser
¿7 «contorno» eh la definición lexicográfica 55

complemento directo del verbo definido. El procedimiento consiste


en marcar con una flecha ese término dentro del enunciado, pero sin
aislarlo del mismo:
e m b r id a r :«Colocar las bridas a las ''■caballerías».
regalar: «Dar a alguien un \objeto digno de estimación [...]».

Con ello proporciona u n a inform ación útil sobre el contorno, pero sin
hacer ver que tal inform ación no pertenece al contenido, con lo cual
el resultado es m enos preciso que el obtenido por el procedim iento de
los paréntesis.

4. Pero el cuidado con que algunos lexicógrafos han destacado o


separado de la definición del verbo transitivo un elemento ajeno a ella
y perteneciente al contorno no ha ido, en el caso de los diccionarios
españoles, más allá del complemento directo potencial, como si en él
se agotasen las interferencias del contorno en el contenido. Los si­
guientes ejemplos de definición académica nos muestran la existencia
de otros aspectos del problema:
g a lo pa r , intr., 1: «Ir el caballo a galope»; 2: «Cabalgar una persona
en caballo que va a galope».
l a t i r , intr., 1: «Dar latidos el perro»; 3: «Dar latidos el corazón, las
arterias, y a veces los capilares y algunas venas».
d e c a m p a r , intr.: «Levantar el campo un ejército».

a m o l d a r , tr., 3: «Arreglar o ajustar la conducta de alguno a una

pauta determinada».
l e g a r , tr., 1: «Dejar una persona a otra alguna manda en su testa­

mento o codicilo».
e m p a p a r , tr., 3: «Absorber un líquido con un cuerpo esponjoso o po­
roso».

En las definiciones de g a l o p a r , l a t ir , d e c a m p a r , l e g a r , los


sujetos potenciales («el caballo», «una persona», «el perro», «el cora­
zón, las arterias y a veces los capilares y algunas venas», «un ejér­
cito», «una persona») no forman parte del contenido de los respecti­
vos verbos, y por tanto no es adecuada su presencia indiferenciada,
56 Problemas y métodos

como un elemento más, en las correspondientes perífrasis definito-


rias. Por otra parte, en los tres verbos transitivos de la lista precedente
— a m o l d a r , l e g a r , e m p a p a r — , aparte de los complementos di­
rectos potenciales («la conducta de alguno», «alguna manda», «un lí­
quido»), vemos que las definiciones incorporan otros complementos
cuyo verdadero lugar es en tomo al verbo definido, en un texto de ha­
bla. Lo demuestra la propia Academia con los ejemplos que acompa­
ñan a algunas de esas definiciones. El de e m p a p a r es Empapar con
un trapo el agua vertida. Pues bien, de la definición («Absorber un
líquido con un cuerpo esponjoso o poroso»), el único elemento útil
para sustituir en el ejemplo a empapar es absorber: a b so r b e r con un
trapo el agua vertida. Todo lo demás (complemento directo y com­
plemento adverbial) está explícito en el texto de habla, acompañan­
do al verbo definido, y por tanto no pertenece semánticamente a este.
Del mismo modo, en a m o l d a r y l e g a r los complementos «a una
pauta determinada» y «a otra» están indebidamente incorporados al
enunciado definitorio, puesto que pertenecen al contexto habitual de
los verbos definidos y no a su contenido.
Es preciso, pues, preguntarse si no interesa extender a otros ele­
mentos del contomo un tratamiento semejante al que algunos diccio­
narios dan ya al complemento directo potencial de los verbos transiti­
vos. No parece lógico negárselo. De hecho, ya existen tentativas que,
por diversos procedimientos, apuntan al objetivo de expresar el sujeto
y diversos tipos de complementos del contomo en cuanto tales ele­
mentos de contomo.
En el caso del sujeto potencial, por ejemplo, el Concise Oxford
Dictionary indica este elemento (cuando su mención es relevante) por
medio de la fórmula « o f + nombre» entre paréntesis:
w a l k , intr., 1: «(O f men) progress in advancing each foot altemately
never having both o ff ground at once».

El Petit Robert utiliza fórmulas diversas:


g rim per , intr., 4: «(Choses) S’élever en pente raide».
battre , intr., 3: «Tirer ou produire des sons (tambour)».
El «contorno» en la definición lexicográfica 57

s e m a r i e r (s. v. marier): «S’unir par le mariage (en parlant de deux

personnes)».
a b o y e r , intr., 1 : «Donner de la v o i x , en parlant du chien».

El último procedimiento (el de a b o y e r ) es el menos acertado,


pues no marca por ningún medio tipográfico la condición no sémica
del elemento «en parlant du chien». Los otros tres tipos usados por el
Petit Robert son perfectamente válidos, aunque no hubiera sido difícil
reducirlos a uno solo, como hizo el Concise Oxford.
En cuanto a los complementos no directos, encontramos también
diversidad de procedimientos, como el del Oxford English Dictio­
nary, que recurre a la nota complementaria sobre construcción:
intr., 3: «To have a longing, craving, or desire. Const. in
t h ir s t ,
0[ld] E[nglish] with gen. = of; later [Link] (+ to) something, to do
something».

O este del Petit Robert:


dépendri ;: «Ne pouvoir se réaliser sans l’action ou l’intervention
(d’une personne, d ’une chose)»8.

Pero, para todos estos elementos de contorno, tanto sujetos como


complementos no directos, no ofrecería ninguna dificultad — y sí, en
cambio, la ventaja de la uniformidad— aplicar el mismo sistema que
vimos para los complementos directos. El paréntesis ya no significa­
ría estrictamente ‘complemento directo’, sino en general ‘elemento (o
elementos) de contorno’, y no sería necesaria la especificación de la

* Abundan en el Petit Robert, no obstante, los casos en que el complemento de


contomo aparece incluido en la perífrasis definitoria. Así, en d ú l i r e r , intr., 2: «Étre
en proie á une émotion qui trouble l’esprit», el ejemplo que sigue, Délirer de joie,
demuestra que el sintagma «á une émotion qui trouble l’esprit» es un elemento de
contomo. Algo semejante ocurre en im b ih i- r, tr., 1 : «Pénétrer, imprégner d’eau, d'un
liquide», con su ejemplo, Je retiráis mes chaussures imbibées d'eau; en o f f r i r , tr., 2:
«Proposer ou présenter (une chose) á quelqu’un en la mettant á sa disposition», con el
ejemplo Maréchat lui avait offert et prété, spontanément, de l'argent. Los respectivos
ejemplos evidencian que «d’eau, d’un liquide» y «á quelqu’un» son elementos de
contomo y no de contenido.
58 Problemas y métodos

función del elemento sino cuando esta función fuese distinta en el


contomo y en el enunciado definitorio9.

5. Es evidente la necesidad de una revisión de la técnica lexic


gráfica. No se trata, o al menos no se trata principalmente, como pre­
tenden algunos, de recurrir a la panacea de los ordenadores. Lo ver­
daderamente importante es intentar fijar, con el rigor posible, el
concepto de diccionario, en todas sus dimensiones. Y una de ellas,
esencial, es la definición, dentro de la cual, a su vez, es fundamental
la estructura.
En las notas que preceden he llamado la atención sobre un pro­
blema de la definición de los verbos. El problema no está tanto en la
inadecuación de un tipo de definición a una norma reconocida, como
en la falta de coherencia con que alternativamente se sigue o se igno­
ra esa norma.
Un deslinde claro entre contenido y contorno, entre los elementos
constitutivos del significado y los elementos habituales del contex­
to, es algo que se echa de menos en el sistema de definición de mu­
chos diccionarios. El que esta falta de rigor apenas llame la atención
del usuario de estos tiene la misma raíz que la aceptación común, sin
crítica, de las incoherencias y lagunas de tantas gramáticas — «tra­
dicionales» o no— : el hecho de que ambos, diccionarios y gramáti­
cas, juegan con una ventaja inicial y decisiva, la «competencia» del
lector, que llena intuitivamente los vacíos del mensaje que le ofrecen.
Esto es especialmente evidente en los diccionarios, y gracias a ello no
hay duda de que «funcionan»10. Pero la lexicografía debe aspirar a
que su trabajo haga algo más que el escueto funcionar.

9 Este sistema es el que aparecerá utilizado en las definiciones del Diccionario del
español actual, que preparo, con Olimpia Andrés y Gabino Ramos, desde 1970. [Véa­
se ahora el capítulo 25 de este libro],
10 Recuerdo las duras — y no del todo justas— palabras de U. Weinreich: «La in­
diferencia que muestra la lexicografía hacia su propia metodología es asombrosa.
Quizá están satisfechos los lexicógrafos porque su producto “funciona”. Pero es legí­
timo preguntarse de qué manera funciona que no sea la de que los diccionarios se
venden» (1960: 26).
3
SOBRE EL MÉTODO COLEGIADO EN LEXICOGRAFÍA*

E l “ D ic c io n a r io ” , o b r a c o l e c t iv a d e l a A c a d e m ia

La cima más alta en la historia de la Academia Española es, sin


duda, la primera etapa de su existencia. Nace la corporación con un
ideal muy claro, con un objetivo muy preciso y con un impulso entu­
siasta. Por descontado, no todos los miembros participan de esta triple
gracia; pero hay en el grupo levadura suficiente para que el peso
muerto que nunca falta en cualquier congregación humana no llegue a
ahogar en el seno materno el fruto de tan feliz conjunción. En un pla­
zo de veintiséis años, la Academia comienza y termina un Dicciona­
rio de nueva planta, en seis volúmenes, que nace situándose entre los
mejores de la Europa del siglo xvm y que en más de un aspecto se
pone por delante de ellos. La gestación de este milagro lexicográfico
español ha sido relatada minuciosamente por Femando Lázaro Ca-
rreter (1972).
Mucho más que la apenas existente tradición lexicográfica de
nuestra lengua orientó el trabajo de los académicos el estudio de los
diccionarios extranjeros, cuyas principales virtudes se esforzaron en
asimilar. Entre esos diccionarios extranjeros ocupaban lugar destaca­

* [Publicado en Estudios de literatura y lingüística españolas en honor de Luis


López Molina, Lausannc 1992, 563-74],
60 Problemas y métodos

do los producidos por dos sociedades que no solo en el nombre ha-


bían servido de modelos a los fundadores de la Academia Española.
Nada puede sorprendemos que el plan por ellos trazado para la redac­
ción de su Diccionario tuviese como punto de partida la redacción
colectiva, tal como se había practicado y se seguía practicando en las
otras Academias (cf. Matoré, 1968: 80-82; Caput, 1986: 39-49; Paro-
di, 1983: 22 s.).

« L a b o r d e m u c h a s p e r so n a s c o n ig u a l s e ñ o r ío »

¿En qué forma se realizó esa tarca colectiva dentro de la Acade­


mia madrileña? En líneas generales, el procedimiento era este: los
académicos se repartían la redacción del léxico dividiéndolo en seg­
mentos alfabéticos («combinaciones») y después examinaban en reu­
niones plenarias la labor sucesivamente presentada por cada uno
(Academia, 1726: xn y x x x ii ). Ninguna decisión metodológica o so­
bre punto concreto se adoptaba sino por acuerdo de la junta; incluso,
cuando era preciso, mediante votación secreta (Lázaro Carreter, 1972:
33).
Se trata, pues, de un sistema en que todos trabajan y todos dirigen.
SÍ hay un coordinador o una comisión, es por delegación del Pleno, y
en todo caso sus tarcas son examinadas y revisadas por este. El director
de la Academia es solo eso, director de la Academia, no del Dicciona­
rio, en el cual la autoridad soberana reside en la colectividad académi­
ca. Es, como se ve, una forma de trabajo en equipo que no tiene mucho
que ver con la estructura de los equipos redactores con que habitual-
mente se componen los diccionarios de nuestro tiempo.
A lo largo de los siglos, la Academia ha mantenido el principio de
la autoría colectiva, solo mitigado en alguna situación de urgencia,
como fue la preparación de la primera edición del Diccionario redu­
cida a un tomo (cf. Seco, 1991a: iv [=capítulo 13 de este libro]). Na­
turalmente, la diferencia entre una compilación de primera mano,
como la del Diccionario de autoridades, y una simple revisión, como
son todas las sucesivas ediciones del Diccionario común, ha de re­

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