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Diagnóstico y Estructuras Clínicas en Psicoanálisis

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PRIMER PARCIAL

1. Consideraciones acerca del diagnóstico.


Diagnóstico como un concepto, es decir, como una categorización de lo que se nos presenta en la experiencia, una manera de
enfrentarnos a lo real. En la presentación de la revista Ñácate, “La psicopatología revisitada”, se plantea al diagnóstico como
aquella brújula que daría la dirección correcta. Por ende, cuando hablamos de diagnóstico podemos pensar en el mismo como
una herramienta de lo que se sirve el profesional para orientar el tratamiento. Son los mismos pacientes quienes demandan ser
etiquetados: “dígame lo que soy, dígame lo que tengo”, es posible pensar que aquello les genera cierta tranquilidad ante el
desconcierto reinante. Desde el psicoanálisis se reconoce cómo lo real escapa —si lo planteamos desde el nudo borromeo— de
lo simbólico e imaginario, poniendo en tela de juicio la supuesta relación directa entre aquello que se nos presenta y aquello que
podemos clasificar; distancia que la concepción psiquiátrica no reconoce. Colette Soler: “Del diagnóstico en psicoanálisis”,
podemos hablar de cómo en todo diagnóstico —psicoanalítico o psiquiátrico— hay algo que excede al mero juicio de saber:
implica un juicio ético. Lacan: “todo significante injuria al sujeto”, es decir, que todo juicio que atribuye un significante a un
sujeto, ejerce violencia: reprime y aliena su ser propio. A pesar de los aspectos negativos que conlleva diagnosticar, se torna
necesario el terminar con un nombre propio, un nombre que identifique aquello singular del sujeto, fuera del vacío traumático
del ser.

2. Estructuras clínicas: neurosis, psicosis y perversión.


Los grandes exponentes del psicoanálisis retomaron las clásicas estructuras de la nosología psiquiátrica: psicosis, neurosis y
perversión. Por su parte, Freud desarrolló la teoría psicoanalítica en torno a la neurosis y sus cuadros clínicos: histeria, neurosis
obsesiva y fobia. Hasta los postulados de Lacan, la neurosis era vista como normativa, ya que desarrolla todo su bagaje teórico
desde la clínica de las psicosis. Por último, Krafft-Ebing realizó estudios respecto de la perversión, estructura que desde un
comienzo fue la más polimorfa y difícil de clasificar.
Diferencias entre dichas estructuras. Neurótico, su fantasma se le presenta como una contradicción con sus valores morales,
por lo que lo mantiene apartado del resto de los contenidos, en la oscuridad. El fantasma del neurótico, partiendo de una
situación tanto de goce como de angustia, cumple la función de producir placer. Aunque el mismo posea fantasmas perversos,
no quiere decir que estructuralmente lo sea. Si bien podemos decir que el primero se defiende del goce a través del deseo, el
perverso asume este deseo como voluntad de goce; su fantasma está fundado en dejar de lado la demanda del Otro, acepta el
goce de este último y acepta ponerse como instrumento para servir a su fin. Miller, “Dos dimensiones clínicas; síntoma y
fantasma” (1984), dirá que “mientras que el perverso ataca, el neurótico se defiende”. Psicosis: podemos ver la concepción
psiquiátrica y la psicoanalítica de dicha estructura. Desde la psiquiatría, De Clérambault destaca la teoría del automatismo
mental y de los fenómenos elementales, que, según él, son neutros, atemáticos y anideicos, y en relación con el automatismo se
encuentran el verbal, motor y sensitivo a los cuales se agregan el sensorial y afectivo. Este autor enuncia el carácter
fundamental, persecutorio del automatismo mental, es decir que tenemos un sujeto que es afectado por la intrusión de algo
que no reconoce como propio. El delirio, para De Clérambault, es la manera de otorgar un sentido posible a esta irrupción fuera
de sentido de los fenómenos elementales.
Lacan plantea que la teoría del fenómeno elemental es la característica esencial de la estructura psicótica; donde el delirio es
también parte de dichos fenómenos. Lo que para Lacan une el fenómeno elemental y el delirio es una falta en el orden del
significante. A partir de que detrás de todo proceso de verbalización neurótico hay un juicio de atribución que constituye una
admisión en el sentido de lo simbólico; esto podría faltar, y allí donde ese significante al que el sujeto apela no responde viene al
lugar el automatismo mental de palabras impuestas.

3. Desarrollar el concepto de sujeto.


Lacan va a presentar al sujeto como aquél producto del lenguaje –que no es igual al individuo o a su cuerpo–, que es
traumatizado por él y tiene como base un principio de diferencia (STE 1–STE 2) que produce una escisión. Aquello que el sujeto
encuentra insoportable es el vacío, la falta de significantes, por eso se deja tomar por la palabra del Otro. En relación al
diagnóstico, es este el motivo por el cual se puede ver capturado por el mismo. Es así que podemos llamar sujeto del Icc a aquel
representado por un significante para otro significante. En contraposición, debemos tomar al sujeto de la psicosis para decir que
allí no se pone en juego el par S1 – S2, sino que adopta otra modalidad de respuesta, la holofrase. En el sujeto psicótico, a falta
de una represión primaria que divida de manera consciente e inconsciente el lenguaje, aquel lenguaje del inconsciente pasa a
ser un exterior amenazante, una voz que le viene de afuera. No opera la separación, por lo que el objeto a no se extrae del
marco fantasmático.

4. Clínica de la psicosis.
Si el sujeto psicótico es preso de fenómenos de goce que surgen por fuera del desfiladero de la cadena significante, se tratará
más bien de obtener un influjo de lo simbólico sobre este real, con el efecto de negativización consiguiente. El goce no va a ser
revelado en la arquitectura significante del síntoma, por lo que, tendrá que ser, más bien, refrenado. El movimiento irá,
entonces, de la presencia de lo real en exceso hacia el símbolo. El pensar la clínica de la psicosis, tiene en primer lugar, como
prerrequisito el pensar sobre la existencia de la transferencia en esta estructura; lo que parece importante, entonces, es el hacer
explícito que semejante concepción parta de una estructura específica de la transferencia. Para abordar la psicosis es necesario
ocupar, en la transferencia, una posición susceptible de hacer consistir al analista, presentándolo como afectado por una falta
que no invita a ser comandada, sino que invita al despliegue de una palabra en constante fundación. Si el analista se presenta
como un Otro, hay dos modos de posicionarse, en donde, si este se presentaba como afectado de una falta que el psicótico se
creía llamado a colmar, tendría lugar la respuesta erotomaníaca, mientras que, si su presentación es como Otro totalizado, que
concentra goce y saber, promovería su elevación a perseguidor. Importa para el analista el tener presentes estas coordenadas al
momento de pensar la maniobra transferencial. El psicótico acude a análisis, entonces, por una afectación que siente en lo real
de su cuerpo, una angustia que no cede, o para compartir con el analista, en la medida que su confianza lo permite, la convicción
de un saber que su delirio le confirma y del cual se siente mensajero. A diferencia de la neurosis, el analista en la psicosis no
ocupa el lugar del sujeto supuesto saber, sino que debe propiciar el goce que el psicótico busca más allá de su cuerpo, comparte
los ideales de psicótico, es decir, se pliega a ellos para permitir que el sujeto de la psicosis avance hasta el encuentro del objeto
de su goce, que está más allá del cuerpo del analista. Por lo que Lacan dirá que el analista se posiciona como causa, lo cual
supone una homología entre su posición y el lugar éxtimo del objeto a.

5. Forclusión del Nombre del Padre.


Debemos partir de la metáfora paterna, la cual alude al concepto de falo, designado como el significante de la ausencia de pene
en la madre. Tomando a Freud, desde el momento en que venimos a este mundo por la ecuación simbólica [falo = niño], el niño
no puede cubrir esta falta, sino que sólo puede metaforizarla. Desde aquí, Lacan retoma la función del falo, ya como evocado
por la metáfora paterna, y nos ubica en el centro nodal de la castración. Para que el significante falo se inscriba, es necesario
que la metáfora del Nombre del Padre venga a suplir el Deseo de la madre, sustituyendo a este deseo por otro objeto que el
propio niño. Entonces, se inscribe el significante de la falta en el niño, lo desata de ese lugar donde solo el deseo materno le
daría un significado, para lanzarlo a la metonimia deseante. En la psicosis, no hay inscripción del significante falo, a causa de que
la metáfora paterna no opera; el niño queda arrojado, entonces, a ser el objeto de goce de la madre. El punto donde es llamado
el Nombre del Padre, puede responder en el Otro un puro y simple agujero, el cual –por la carencia del efecto metafórico–
provocará un vacío correspondiente en el lugar de la significación fálica, es decir, se produciría la forclusión del significante del
Nombre del Padre. Cuando falta esta metáfora fálica, el sujeto queda sin soporte en su cadena significante lo cual intentará
resolverlo. Por ende, para que la psicosis se desencadene, es necesario que el Nombre del Padre forcluído (sin haber llegado
nunca al lugar del Otro) sea llamado allí, en oposición simbólica al sujeto.

PELICULA: Her (2013). La película inicia con el protagonista trabajando, cuya labor es escribir cartas (mayoritariamente de amor
o de cariño) por y para otras personas, hacerse pasar por ellas, y lo hace por años. Theodore se encuentra en un momento de su
vida difícil, atravesando un divorcio, sin ánimos de relacionarse con otros y sin mucha motivación. En un determinado momento,
se encuentra y descarga un sistema operativo que promete ser una entidad adaptada a cada usuario. Ésta se configura mediante
una suerte de encuesta a responder, para luego acomodar el algoritmo para que sea perfecta para el usuario. Este programa o
sistema recopila no sólo los intereses del usuario interesado, valga la redundancia, en poseerla, sino también en las
personalidades y características de sus programadores. Una suerte de Frankenstein virtual, que se reprograma, reactualiza y
redefine constantemente. Lo que nos llamó la atención en este momento fue que, en una de esas preguntas del cuestionario,
Theodore debe contestar cómo se considera socialmente, y el aclara que es un poco anti-social. A partir de ahí se configura
Samantha. Samantha es una voz, una voz que acompaña, que ocupa un lugar de sostén en muchos casos; transmite
“emociones” y emite “opiniones”. Theodore pretende estar permanentemente unido a Samantha. Esta relación en la que la
tiene siempre al alcance de su mano, “disponible”: solo hace falta colocarse un auricular y así tenerla presente, en todo
momento. Para posicionarnos con respecto a la posición subjetiva en el cual se encuentra el sujeto, nos abrimos a la pregunta de
si podemos estar hablar de una psicosis delirante, sin alucinación. Retomando a Belucci en su texto “El tratamiento posible”, se
plantea que del lado del sujeto -paciente- se interroga los modos en que las psicosis se organizan luego de su
desencadenamiento, teniendo en cuenta tres grupos de posibilidades: aquellas situaciones que se ordenan por el recurso al
delirio, aquellas otras en las que predomina la eclosión alucinatoria, y aquellas en las que el rasgo distintivo es lo que podríamos
llamar el arrasamiento subjetivo. Nos permitimos pensar que Theodore no presenta un cuadro de alucinación, sino que su
psicosis se posiciona sobre el delirio, en tanto se enamora y en cierta forma “crea” una vida con una máquina que existe en
términos de dispositivo tecnológico (que está programado, que puede responder a preguntas, que se guía por una suerte de
“intuición” programada, extraída de sus creadores) pero que no existe en términos de realidad (no posee un cuerpo, no puede
sentir, no puede desear). Observamos una paradoja en esta “falta presente”: Nos enfrentamos a cuestiones de deseo y cuerpo.
Lo simbólico sobre lo biológico. Desde el cuerpo se siente, se percibe, se desea, existe una conexión, un contacto con un otro.
Pero, ¿qué se hace cuando no hay (y nunca hubo) un cuerpo a la hora de amar, de desear? Samantha está “presente” en todo
momento, pero no posee ni un cuerpo biológico para sentir, ni un cuerpo simbólico para barrar. Lacan, en el marco de su
Seminario 3, afirma que en las psicosis hay algo del sujeto que queda excluido y que retorna en lo real, mecanismo constitutivo
de la psicosis. Tomamos las dos operaciones fundantes que plantea Freud: la Bejajung (admisión o incorporar) y la Astousung
(expulsar), las cuales toma Lacan para explicar que la admisión de la Bejajung es admisión en lo simbólico, admisión en lo
simbólico que a su vez puede faltar, que hay algo en lo simbólico que puede no llegar a ser admitido y que por lo tanto puede
ser rechazado, expulsado, y en este punto introduce el término Verwerfung (forclusión). No es una expulsión voluntaria, sino
que hay algo que no se inscribe porque no está inscripto en el Otro y no se puede transmitir.
En la psicosis, en determinado momento, como la dimensión de lo simbólico queda abolido eso que concierne al ser del sujeto,
el sujeto ya no lo puede tomar como propio, sino que es un otro quien toma la palabra y le habla. Si lo imaginario no está
atravesado por lo simbólico el sentido se torna inamovible. Lo que aquí busca explicar es que eso que tiene que ver con el ser lo
recibe del otro y que, a partir de eso, ese yo queda absolutamente identificado a eso que el otro le dice, es inamovible, lo único
que permite que haya distinción entre otro y yo es que lo simbólico esté operando. Desde este punto nos animamos a pensar el
posible desencadenante del cuadro psicótico de Theodore en el punto en el que, tanto su exesposa como sus amigos son
quienes lo posicionan desde el lugar de antisocial, triste, aburrido; desde el lugar de la imposibilidad de tolerar la imperfección, y
no puede separarse de ello. El mundo exterior, su esposa, sus amigos, las demás mujeres con las que tiene citas le implican una
interacción directa, implican prestarle atención al otro, implican la posibilidad de enfrentarlo con la falta, con su incapacidad de
vivenciar lo imperfecto. Samantha, el sistema operativo, es perfecta, no comete errores y no tiene fallas, es, insistimos, perfecta
para él. Y pensamos desde este punto el delirio de Theo, que consiste en enamorarse de una voz que no tiene cuerpo ni deseo
propio. Y a partir de esto, consideramos que el trasfondo de este delirio es solitario, no es la imposibilidad de tolerar el error,
sino la imposibilidad de vincularse con otro semejante, de comprometerse, de soportar lo que conlleva el encuentro con otro
cuerpo. En esta “relación” con Samantha no debe enfrentarse con la realidad, con el ritual que supone el encuentro con el
semejante (véase citas, presentación, coqueteo, etc.), no se le demanda un compromiso, tal como le ha demandado la mujer de
la cita. Obtiene la “satisfacción” desde el interior, sin necesidad de abrirse al mundo externo. En este punto, rescatamos a Freud
en su escrito Malestar en la Cultura: las relaciones mantenidas con otro son la fuente de malestar de mayor peso. Belucci, en
este punto, asevera que el otro se hace presente a la hora de pensar los síntomas, las fantasías, y cualquier otro de los
articuladores del aparato psíquico. De igual forma, también tenemos en cuenta la frase de Lacan: “No se vuelve loco quien
quiere”, lo que significa que para que alguien se vuelva loco con una psicosis clínica es necesario un determinado mecanismo
operando ahí, una estructura subjetiva que en un momento por un acontecimiento desencadena en una psicosis clínica. “¿Qué
sostiene a cada uno de nosotros en la especificidad de su práctica social, aún más, que sostiene a cada una de esas prácticas
sociales en referencia, a lo que sólo podría prolongar su realización se obtuviera allí una cuota de satisfacción, una cuota de
goce? En definitiva, ¿cuál es la forma de goce que requiere en cada una de las múltiples prácticas sociales a cada uno de sus
agentes?”. (Vegh, 1995, p. 42) En todo el film se evidencia como el sujeto no deja de padecer de fenómenos de exceso de goce.
Theodore y Samantha inician su relación íntima jugando a la fantasía de cómo sería si se tocaran, si pudieran acariciarse, sentir
sus cuerpos. Según Soler, “El goce no es placer, ni satisfacción, sino en rigor esa satisfacción paradójica que se enlaza al síntoma
a despecho del displacer”. La primera ruptura entre Samantha y Theodore se da en el momento en el que Samantha, en un
“intento” de personificarse, de materializarse, le pide a Theodore a que tenga relaciones sexuales con una mujer desconocida,
simulando ser ella. Theo escapa de la realidad y se refugia en el amor perfecto que, según él, es lo que le brinda Samantha.
Theodore se encuentra en la posición de un “amor idealizado” en términos de “perfección”. El goce es la palabra que designa
ante todo la satisfacción correlativa de la perversión. En este caso, Theodore goza de su relación amorosa con Samantha. Desde
Fernández, el autor toma a Freud cuando expone la psicosis alucinatoria, en donde se pone en juego una modalidad defensiva
que reside en que el yo desestima la representación insoportable junto con su afecto y se comporta como si la representación
nunca hubiese existido. A partir de ello, se puede denotar que junto con la representación el yo se arranca un fragmento de la
realidad objetiva a él entramada. Lo anteriormente explicado se puede relacionar al hecho de que Theodore busca apartar la
realidad acerca de que no logra ponerle fin a su matrimonio ya que no puede aceptar el sentimiento de pérdida de un ser
querido y posee este pensamiento que lo invade constantemente acerca de la imperfección, y a causa de esto intenta suplantar
su falta con los sentimientos y pensamientos que logra desplegar en su relación con Samantha. Siguiendo al autor, en el
Apartado II: El sujeto en la psicosis, expone que el delirio es equivalente del fantasma en las neurosis, el psicótico lo ama, ama al
delirio como a sí mismo. El autor parafrasea en su texto a una de sus pacientes, la misma exhibe su discurso “Con él nunca estoy
sola, es el único que me habla siempre, aún más cuando los de afuera se vayan o no escuchan”. El “padre-delirio” sostiene al
psicótico defendiéndolo del horror, de la desestructuración, del caos, de la fragmentación. Esto se muestra cuando Theodore le
comenta a su amiga que Samantha logra colmarlo de afecto y que es la única persona con la que se siente cómodo, también
comenta que disfruta “estar” y conversar con ella. Otro momento es cuando el protagonista presenta a Samantha ante el
compañero de trabajo y su novia, llevándola a un día de campo con la respectiva pareja. Por último, retomamos a Lacan en el
capítulo 2 de su Seminario 3: El significado del delirio, en donde plantea que el delirio puede ser lógico, y por ende no debemos
escuchar si es comprensible o incomprensible, sino debemos pensar si, en ese delirio, hay posibilidad de que ese sujeto se
pregunte algo, que lo pueda poner en duda, que pueda dudar, que pueda ser de otro modo, si se lo puede mover de esa certeza.
Consideramos esto como una posibilidad en el momento en el que Theodore si se está enamorando del programa Samantha o
no y si es adecuado tener sentimientos hacia “ella”.

SEGUNDO PARCIAL

1. Desarrollar la cuestión de los afectos en psicoanálisis.


La noción de los afectos adquirió una gran importancia en los primeros trabajos sobre la histeria de Sigmund Freud. Al principio
de su desarrollo, el autor propuso la distinción de dos afectos principales, el placer y el displacer, donde el primero era
producido por una satisfacción de la necesidad y el deseo y el segundo por su frustración. Más tarde, con la publicación de “Más
allá del principio de placer”, reconoció que, en algunas situaciones como en la misma compulsión de repetición de ciertas
vivencias displacenteras, el aumento de la tensión puede también resultar placentero. Esta división en dos afectos principales,
daría más tarde el origen de la atracción (amor), en el caso del placer, y de la repulsión (odio), en el caso del displacer. Si nos
remontamos a los primeros desarrollos freudianos, podemos ver que los impulsos internos -de origen somático- producen
siempre una tensión, que era siempre causa de displacer, y que debía ser descargada a modo de ganancia de placer. Allí se nos
presentaba el síntoma histérico como reminiscencia, remembranza, de una o varias situaciones traumáticas que no pudieron
sustraer mediante descarga sus afectos por abreacción, que puede ser entendida por Breuer como el proceso de liberación de la
tensión psíquica generada por una experiencia traumática, reviviéndola mediante su verbalización. Breuer, en conjunto con
Freud, definían en ese entonces -alrededor de finales del S. XIX- al trauma psíquico como aquél suceso o conjunto de vivencias
en la vida de un sujeto que motivaron afectos penosos como el miedo, la angustia o el dolor psíquico. El Yo recurre a la descarga
de determinada cantidad de afecto por la motilidad y la secreción, cuando este cuantum de afecto se ve bloqueado o impedido,
puede acceder a tres destinos: la conversión somática (histeria); el desplazamiento (neurosis obsesivas y fobias); permutación en
angustia (neurosis actuales). En “Psicología de las masas y análisis del yo”, Freud nos introduce la importancia de los afectos en
el seno de los grupos. Dando cuenta de que la afectividad es lo que predomina, de forma tal que un individuo, cuando se
identifica a un grupo idealizado, puede vivenciar gran exaltación y sacrificar sus intereses personales al interés colectivo. La
ruptura de lazos libidinosos ––lazos afectivos–– es capaz de producir una reacción como el pánico entre sus miembros.
Finalmente, en “El malestar en la cultura”, Freud manifiesta que las restricciones culturales, inherentes al momento social
vivido, que limitan pulsiones sexuales y agresivas suponen nuevos mecanismos de defensa y adaptación al afecto de la angustia:
como lo es en la actualidad la toxicomanía.

2. Consideraciones sobre los cuadros depresivos neuróticos y psicóticos.


Henry Ey en el Tratado de Psiquiatría, el elemento semiológico elemental del término depresión es un aspecto fenomenológico
caracterizado por un trastorno, un descenso del humor que termina siendo triste. Se hace referencia a que ante la inmensa
gama de estados depresivos, estos se distribuyen alrededor de dos grupos extremos: las grandes crisis de melancolía endógena y
la crisis de depresión neurótica resultante de la descompensación de una estructura neurótica anterior. A su vez se encuentran
los estados depresivos somáticos de una psicosis, que son un proceso psíquico sobre el que evoluciona el acceso depresivo o
cuyo cuadro clínico inicia. El cuadro clínico no es más que la manifestación de una psicosis cuyo diagnóstico convendrá hacer. En
el caso de los cuadros depresivos neuróticos, estos sobrevienen generalmente tras una experiencia vivida de frustración:
decepción, duelo, perdida de aprecio, abandono, etc., o también en todas las situaciones que hacer resurgir un sentimiento de
inseguridad más o menos reprimido hasta entonces más o menos bien compensado. Puede haber a su vez, una situación
“estresante” que esté ligada directamente al acceso depresivo y que esta relación sea comprensible para el clínico. Así es como
se trata de una depresión reactiva propiamente dicha. Este estado depresivo neurótico se caracteriza por comportamientos
pseudosuicidas, complejo de inferioridad, sentimientos de angustia, conservación del sueño; se da una proyección en la realidad
y una continuidad de la crisis con la organización neurótica de la personalidad, y para el psicoanálisis, estos estados son un
intento parcial de volver al estadio genital. En cambio, en la mayoría de las psicosis, estas pueden comenzar por un acceso
depresivo agudo, como por ejemplo los delirios crónicos y de la esquizofrenia. Los primeros, suelen empezar por una fase
depresiva antes de la sistematización del delirio. A su vez, los brotes agudos de esquizofrenia son los que plantean la más difícil
diferenciación de diagnósticos en contraposición con un episodio depresivo simple.
Por otro lado, se puede experimentar una depresión con rasgos psicóticos, como lo es la pérdida de contacto con la realidad.
Hablamos de un cuadro de depresión psicótica, cuando una depresión severa incluye dentro de sus síntomas, rasgos psicóticos,
como por ejemplo alucinaciones, delirios en formas de sentimiento de inutilidad y falta de valor, etc. Pero a pesar de estas
situaciones, el cuadro tiene características depresivas, como lo es la baja de autoestima, sentimientos de desesperanza,
retraimiento social, etc.

3. Desarrollar el concepto de Superyó y su relación con el malestar contemporáneo.


En la sociedad hipermoderna en la que nos encontramos, podemos vislumbrar que nos situamos constantemente en dos polos,
nos balanceamos desde la euforia constante hacia la depresión. Este desbalance tiene su origen en el imperativo de goce que
reina implícitamente en el discurso de la actualidad. Estos extremos parecen estar sostenidos por un mandato superyóico, el
deber de felicidad. Parece ser, superficialmente, que nos encontramos en una sociedad hedonista, amante de los placeres que
rechaza contundentemente el dolor o malestar. Sin embargo, el hedonismo parece ser malinterpretado. Es necesario
remontarnos al hedonismo de Epicuro, el cual profesaba que el placer desempeña el papel central en nuestras vidas. El
hedonismo se confunde actualmente con la búsqueda de placeres superficiales como el consumo de sustancias, el salir a fiestas
o el consumo excesivo de artículos innecesarios para la subsistencia y la comodidad de las personas. Cuando el verdadero
hedonismo, el placer del cual hablaba Epicuro, era en realidad mucho más primitivo y modesto. El hedonismo sostiene que
debemos estar en búsqueda de la ataraxia, sentimiento de libertad y tranquilidad. No obstante, si bien el movimiento filosófico
epicureísta posee cierto encanto, dista con las bases filosóficas mediante las cuales se construye el psicoanálisis, haciendo
alusión tanto a Heidegger como Hobbes (sustentos filosóficos psicoanalíticos), el sujeto en el psicoanálisis es entendido como
perverso y tendiente al tanatos. No podemos vivir en una constante búsqueda del placer, resultaría en una realidad idílica. Sin
embargo, el principio del placer desarrollado por Freud, retoma cierta parte de la filosofía hedonista en lo referente a la
ataraxia, este sentimiento de tranquilidad, de disminución de tensiones. El Superyó, la instancia psíquica heredera del Complejo
de Edipo, instancia que se encuentra en constantes querellas entre el Yo y el Ello, viene a representar los pensamientos morales
y éticos recibidos de la cultura. Esta instancia mandataria, que ejerce el papel de la ley heredada del padre durante el complejo
infantil, era considerada por Freud como la instancia psíquica que generaba un gran malestar en el Yo, debido a sus constantes
“mandamientos”. Actualmente, el Superyó sigue actuando de la misma manera, ejerce su poder según los imperativos
culturales, en este caso de goce, lo cual, a nivel consciente, continúa generando displacer o malestar. El sujeto siempre se ha
encontrado en una lucha constante entre lo que le resulta placentero a niveles inconscientes y displacentero en otros ámbitos.
Aunque nos encontremos en una sociedad “hedonista”, en una sociedad irreal donde todo es perfecto, la naturaleza del ser
humano es ambivalente, busca tanto el placer como la muerte al mismo tiempo. Por lo que nos encontraremos constantemente
en una lucha por un bienestar superficial y pasajero.

4. Desarrollar el concepto de sexualidad infantil según Freud.


En “Tres ensayos sobre una teoría sexual”, se denota cómo los autores que se han dedicado a explicar la sexualidad en los
adultos, hacen hincapié en la prehistoria, sin dar cuenta de la otra prehistoria, prehistoria que se presenta en la existencia
individual: la de la infancia. Aun así, aunque se la mencione ocasionalmente, siempre se lo hace desde un lugar de
patologización, y no como algo sumamente necesario de atravesar. Será cosa de la amnesia infantil, ¿quizás? En este punto,
Freud dirá: “parece seguro que el neonato trae consigo gérmenes de mociones sexuales que siguen desarrollándose durante
cierto lapso, pero después sufren una progresiva sofocación”. El autor va a postular que los niños poseen una disposición
perversa polimorfa, en donde puede llevar adelante todas las transgresiones posibles, en tanto trae consigo la aptitud para ello;
estas transgresiones se van a topar con escasas resistencias, debido a que, según la edad del niño, no se han erigido –o están en
formación– los diques anímicos que van en contra de los excesos sexuales, como la vergüenza, el asco y la moral. El niño hará
todo lo que le plazca, a partir de que la meta sexual de la pulsión consiste en producir la satisfacción mediante la estimulación
apropiada de la zona erógena que de alguna manera se ha escogido. Entonces, debemos entender que la vida sexual infantil es
esencialmente autoerótica –en términos de que su objeto está ubicado en el propio cuerpo– y las pulsiones parciales singulares
aspiran a conseguir placer cada una por su cuenta, enteramente desconectadas entre sí.

5. Reseñar sus impresiones sobre la película La Cacería y del documental Capturing The Friedmans.
La película “Jagten” nos muestra un periodo específico de la vida de Lucas, el protagonista, quien es asistente en un jardín de
infantes, padre de Marcus, divorciado y amigo de los otros padres de aquellos niños y niñas que asisten a este jardín. Lucas tiene
especial afinidad con uno de los padres, Theo, el cual tiene una hija llamada Klara. La misma desarrolla cierta simpatía por Lucas,
a partir de que en los momentos en los que los padres no pueden asistirla, lo hace él. Sin embargo, esta niña parece no saber
cómo manifestar su afecto hacia Lucas y le escribe una carta que bien podría ser dedicada a uno de sus compañeros por el
carácter amoroso de la misma; más tarde, cuando Lucas está jugando con otros niños, ella, entusiasmada, se abalanza sobre él
para darle un beso en la boca. Lucas, sorprendido, decide hablar con ella sobre estos sucesos previamente mencionados,
diciéndole que “besar a los labios es sólo para mamá y papá” y que la carta no es apropiada para él; no obstante, ella niega
haber escrito la misma mostrándose triste, decepcionada y enojada. A los pocos días, Klara dice haber recibido un trato que
podríamos catalogar como abuso sexual por parte de Lucas, aunque a lo largo de todo el material fílmico se vaya deduciendo
que eso jamás ocurrió, lo que nos abre un interrogante sobre el porqué de aquellas afirmaciones de Klara. Tomamos a Freud
para indagar acerca de la función que cumple la mentira en lo estructurante del sujeto. Partimos de la base de que este autor no
se mostrará interesado en detectar si aquello que se dice tiene su correlato empírico o no, sino que pondrá en relieve la realidad
“psíquica” del niño, que surge paralelamente al abandono de la teoría de seducción. Freud, en “Dos mentiras infantiles” dirá que
las mentiras “se producen bajo el influjo de unos motivos de amor híper intensos y se vuelven fatales si provocan un
malentendido entre el niño y la persona amada por él”, podríamos deducir, entonces, que el amor híper intenso que Karla sentía
por Lucas se chocó con el malentendido de las situaciones, donde la mentira de que nunca le dio esa carta puede ser un modo
de enfrentar una injuria narcisística, a saber, que ese amor no le sea correspondido, enunciando “Odio a Lucas”. También
podemos pensar que el hecho de que Karla haya afirmado que este hombre le mostró su pene, proviene de una formación
fantástica que ha condensado dos representaciones distintas –por un lado, la imagen pornográfica del pene que le mostró un
amigo de su hermano y, por el otro, la persona de Lucas, imaginando a este último como aquél que posee el falo y respondiendo
de esta manera a la pulsión de saber, que tan presente se hace en la infancia. Algo característico a su vez, tanto en dicha película
como en el documental planteado, es la sugestionabilidad por parte de los adultos hacia los niños, con determinadas preguntas
que brindan las respuestas de forma intrínseca –que proponen la respuesta esperada–, lo que puede provocar una confusión de
realidades y de hechos. Como consecuencia, se sustraen respuestas de los niños que no son completamente verídicas, las cuales
solo cumplen el objetivo de evadir dichas situaciones que les son indeseables en ese momento, y ser resignificadas en el futuro
como certeras creando recuerdos falsos, cómo podría llegar a pasar con el caso Friedman.
Finalmente, respecto de este último documental, “Capturing the Friedmans”, y teniendo en cuenta que David Friedman guardó
el material fílmico por 15 años antes de entregárselas al director del documental, no podemos pasar por alto que se trataba de
un niño cuyo padre estaba tan idealizado que era incapaz de reconocer lo acontecido como su responsabilidad, más bien su
culpa, sino como una “brutal injusticia” en su contra. Por su parte, podemos pensar que el odio que sienten –él y sus hermanos–
por la madre, se debe a que ésta no solo no defiende sino que va en contra de este padre ideal.

PELÍCULA: Requiem for a Dream. Relata la historia de Sara, Harry, Tyrone y Marion. Sara Goldfarb, madre de Harry, recibe una
llamada para aparecer en su concurso predilecto de televisión. Preocupada por su apariencia, decide hacer una dieta. Por otra
parte, Harry, el hijo de Sara, es un chico que se dedica al tráfico de drogas con su amigo Tyrone. El dinero que gana con este
negocio lleva a Harry a proponerle a Marion, su novia, la posibilidad de abrir un almacén de ropa diseñada por ella misma. A
medida que la producción fílmica va avanzando muestra los desenlaces trágicos de los personajes.
ADICCIONES. Staude, a partir de lo visto en la producción fílmica, nos parece pertinente plantear la importancia de la influencia
que ejerce el Otro social sobre las personas, pero no como prohibición del goce, sino como demanda del goce. En el caso de la
película, podemos observar cómo Sara (mamá), a partir de todos los mandatos sociales fomentados por su programa de
televisión favorito, el cual ella miraba casi de una forma adicta y al cual fue citada” deseaba ser una mujer delgada, querida por
sus amigas, ser aclamada por todos a su alrededor. Por otro lado, su hijo Harry deseaba obtener dinero mediante la venta y
consumo de droga, con la ayuda de su amigo y de su novia, para alcanzar una vida plena y llena de lujos. Es así como los
personajes empiezan a buscar respuestas a lo que los aqueja, y lo hacen de una forma desesperada, impaciente, sin ni siquiera
replantearse lo que verdaderamente quieren y necesitan. Empiezan a encontrar la solución a sus problemas mediante el
consumo de sustancias. La droga no aparece como algo peligroso, como algo que dañara su vida, sino que se presenta como un
recurso que les ayuda a eliminar todos sus problemas y poder conseguir una vida perfecta; la droga es un mecanismo de auto-
conservación, que es paradojal y se presenta como la búsqueda de un cuerpo distinto, diferente; es un recurso que dice la
imposibilidad del síntoma. El GOCE DEL OTRO puede ser vehiculizado por una demanda que apunta a lo real del cuerpo,
desencadenando una respuesta que puede ser muy perjudicial y dañina para el organismo (Heinrich). En este sentido, podemos
ver como Sara consume pastillas para alcanzar el objetivo de adelgazar y hacer su presentación en televisión, que termina en la
ingesta de anfetaminas, que producen delirios, alucinaciones, etc. El consumo no solo se presenta como una forma de
solucionar los problemas, sino también como una forma de taponar las angustias del sujeto: por ejemplo, cómo Sara menciona
que se está poniendo vieja y se quedó sola, y el único fin que tiene es alcanzar su objetivo a través de esas pastillas que le
aseguraban el éxito. La droga ayuda a Sara a ocultar esos síntomas que la angustian y perturban, y es así como con el pasar de
los días, el cuerpo poco a poco va acostumbrándose al efecto que producen las pastillas, y es así como Sara aumenta la dosis
diaria, causando grandes problemas tanto físicos como psíquicos, terminando así en un psiquiátrico. Aumenta su dosis diaria
para no caer al vacío, llegando así al límite insoportable (Staude), buscando un nuevo montaje, armando un objeto, pero este
nuevo montaje adquiere las mismas características o peores que el montaje anterior. Nos parece pertinente hacer una salvedad
en relación al uso y al consumo de sustancias -y en este sentido no sólo hacemos referencia a las drogas, sino a cualquier tipo de
sustancias, en general, de las cuales hacemos uso en reiteradas oportunidades sin conocer su composición y sus efectos; la
mayoría de las veces recetadas o recomendadas por un otro (médicos, farmacéuticos, entre otros). Referimos esto, ya que
pudimos observar en la película, como Sara hace uso de sustancias (en este caso las pastillas para bajar de peso) a través de una
orden médica con el propósito de bajar de peso, pero sin conocer su composición y los efectos que podrían producir las mismas;
es así como simplemente se adhiere a la orden médica. Incluso cuando su hijo Harry le dice estás consumiendo anfetaminas
(debido a que nota su ansiedad, su movimiento de mandíbula), ella niega hacerlo, dice simplemente cumplir con las órdenes del
doctor para alcanzar el resultado esperado. En el caso de Marion, al no contar con la droga que consumía diariamente, empieza
a buscar otros caminos para obtenerla, para no caer al vacío como menciona el autor, empieza a prostituirse progresivamente
para conseguir las sustancias, ya que no poseía dinero para poder comprarlas. Parafraseando al autor los síntomas hablan,
ponen en la superficie una verdad singular y fundante de todo sujeto, que el síntoma vela y revela al mismo tiempo, pero en el
recorrido del film, pudimos observar a las diferentes drogas que consumen los protagonistas, como el núcleo de aquello que
permite ocultar la existencia de sus síntomas y angustias que los perturban al poner en evidencia algo de su subjetividad. Nunca
se presenta un adicto aislado, las maneras de reproducción del montaje requieren siempre de un otro, un grupo de adictos, el
compañero con el que se comenzó, etc. Sin embargo, hacia el final de la película, pudimos inferir que los efectos de las drogas,
dejaron a cada uno de los protagonistas, en un ensimismamiento subjetivo y soledad casi absoluta; como ejemplo Sara
internada en un manicomio, Harry perdiendo un brazo en el hospital, Tyrone en una celda y Marion en un intento de
prostitución para poder conseguir drogas.
DESENCADENAMIENTO de la madre. Silvia Amigo presenta lo que ella llama como anorexia vera. Está se da en el sujeto cuyo
único objeto en juego para movilizar el deseo del Otro es su propia desaparición, ofrece su cadaverización. Es el único recurso
que tiene para poder hacerle falta al Otro (al que no puede poner en falta de otra forma), y se sostiene en el hecho de forzar a
que ese Otro esté permanentemente amenazado de que le falte. Si bien no consideramos a Sara como una anoréxica
propiamente dicha, si estamos seguros de que tiene un trastorno alimenticio o eating disorder, y nos servimos de este
fragmento de Amigo para poder explicarlo. La película comienza con una escena particular en la cual podemos ver a Harry
intentando llevarse el televisor (que luego nos enteramos, lo vende por dinero para comprar droga) y a la madre encerrada en la
habitación, pareciera ser que asustada de su propio hijo. A partir de ahí, se nos muestra a Sara con una vida muy rutinaria y
marcada por un programa de televisión específico, que no se pierde nunca. Uno de esos días rutinarios, le llega una llamada que
le avisa que será invitada a la televisión, que los de la producción del canal se contactarán con ella y le prometen y aseguran su
participación en el programa. A partir de allí, comienzan una serie de preparativos, sobre todo físicos, en los que se incluye este
tratamiento para perder peso rápidamente, lo que la llevará a poder ponerse el vestido rojo, el mismo que usó en la graduación
de su hijo junto a su marido. Aquí vemos un primer anclaje, si se nos permite decir: el vestido rojo. Es a lo primero que aspira
Sara, a entrar en él, y no es coincidencia que, después de que lo busca, mira la foto en la que están su marido y su hijo con ella, y
ella usando el vestido rojo. Lo consideramos como los inicios del desencadenamiento. Silvia Amigo plantea que la mujer, a
diferencia del varón, depende del don fálico, y que es este quien posibilita la introyección del marco a los objetos de la pulsión, y
de no haber marco, se produce el fracaso del fantasma. Este don fálico le es dado por el amor del padre, de quien recibirá el
falo, y también le es dado por otro varón que le dará un hijo, al cual ubicará como objeto de amor, objeto de goce. El problema
de Sara es que, en este momento de su vida, si bien no sabemos cómo atravesó el Edipo con su padre, sabemos que se quedó
sin el dador del don (su marido, quien le ha dado a su niño) y sin su objeto de amor, su hijo. Entonces, creemos que es a partir de
esta fijación con el vestido rojo que Sara comienza su camino hacia su desaparición, poniendo el cuerpo, entregándose a esta
meta, que es “entrar” en el vestido rojo, pero que también podríamos pensar al vestido rojo como el conseguir volver a
completarse, tanto con el garante del don fálico como con su objeto de goce. Y el entregarse a esta meta es lo que la lleva al
consumo de las pastillas para perder peso, que resultan ser anfetaminas. Sara está convencida de que llegar a la televisión en el
vestido rojo la completará, completará su vida, le dará un estatus, le dará importancia, la sacará de ese lugar de resto en el que
ha quedado. Entrar en el vestido rojo y ser parte del programa de televisión la hará convertirse en objeto de deseo. Por un
tiempo esto es así, se vuelve la más “popular” entre las vecinas, “tengo el mejor asiento” dice. Cuando su hijo la visita y ella le
comenta esta situación, Harry (lejos de entusiasmado, sino más bien un poco preocupado por el consumo desmedido de su
madre) le promete que volverá a visitarla, que la visitará con Marion, le comenta, mintiéndole, que está siendo exitoso en su
trabajo. Por un momento, Sara lo recupera, no sólo a él, sino a la imagen o al ideal del éxito. Su hijo exitoso y ella en la
televisión, ¿qué más se puede pedir? Lo ha alcanzado todo, casi. Para retomar lo citado de Amigo acerca de cómo la anoréxica
utiliza su cadaverización para imponer la falta en el Otro, esta escena también nos resulta importante. Si bien, repetimos, no
consideramos a Sara como anoréxica, el perseguir hasta casi obsesivamente el estar en televisión, mediante el consumo y el
dejar de comer, el desaparecerse para convertirse en objeto de deseo, que termina por cadaverizarla, es su forma de imponerle
la falta al Otro, a su hijo. Cuando Harry comienza reprochándole y escandalizándose por su consumo de píldoras “para
adelgazar”, es cuando ella le dice que está sola y vieja, que el ir a la televisión la ayuda a levantarse por la mañana, es la única
razón de vida que tiene. Seguido a este discurso es cuando el hijo, frente al miedo de perderla por su consumo, le dice que
volverá. Si bien esta promesa no se cumple, no logró instaurar la falta en él, lo pensamos como el intento de Sara por imponerle
la falta a Harry, si entra en el vestido logrará que vuelva, y en el intento por entrar es donde se entrega y se cadaveriza. Es a
través de la demanda de goce social para alcanzar este cuerpo ideal que la posicionará como objeto de deseo al entrar en el
vestido rojo, que Sara encuentra un punto de anclaje para poder imponerle la falta a su hijo.
PERVERSIÓN. Tomamos a los personajes de Marion y Big Tim. ¿Cómo los ubicamos como perversos? El perverso es quien “…
sabe lo que quiere: gozar […] en el perverso el deseo se llama "voluntad de goce” y el único problema que encuentra es el de
cómo procurarse los medios para asegurarlo” (Braunstein). En el caso de Marion, hablamos de un caso de adicción a la heroína.
Es llevada por Harry, su novio, y dejándose convencer de que él es su objeto, lo acompaña con las drogas. En un inicio, él se
convierte en el modo por el cual conseguir más, hasta encontrarse en la imposibilidad de esto. Cuando él ya no puede ser ese
acceso, Marion recurre a vender su cuerpo. Entra así en la lógica de la pulsión, y su único objetivo es la satisfacción desde el
mismo lugar donde emerge. Pero ésta satisfacción será parcial, y mediante esta búsqueda de la misma, entrará en la lógica de la
perversión. Braunstein habla de la característica clínica del horror del perverso al vacío, a la falta en el saber. Y al hacer
referencia al goce femenino, explica que del goce se hace una doctrina, y del cuerpo, un campo experimental; en el mismo se
opera ese saber para apoderarse de las palancas de la sexualidad. Es así como el autor explica que el físico nuclear de la libido
llega, en lo imaginario al menos, a ser el que gobierna y administra la energía de Marion, en este caso, a ser quien decide acerca
de su utilización y de su economía. No reconoce límites, no los puede poner. Al final su cuerpo es sodomizado, cambia su cuerpo
a cambio de seguir consumiendo, lo que crea este círculo vicioso en el que, consecuentemente, ella sigue consumiendo, y para
seguir haciéndolo, sigue vendiéndose.
En cuanto al MASOQUISMO de Marion, es preciso hablar de André, quien habla acerca del callejón sin salida a donde el
perverso suele conducir a su partener. En este caso, Harry. Lo lleva a buscar más para alimentar su adicción, para no caer en la
abstinencia, así él tenga que darle la droga separada para vender. De no hacerlo, Marion no iba a poder seguir gozando. “Al
avanzar […] descubre que siempre es posible un nuevo exceso, siempre se puede añadir un goce” (André).
En cuanto al FANTASMA, el mismo autor hace alusión a que no todos los perversos pasan al acto, y explicita que existe una
forma perversa de enunciar el fantasma. Así como el neurótico se calla en lo referente a su fantasma; en el perverso, cosa que se
puede observar en Marion, se observa una tendencia a manifestar sus fantasmas mediante la provocación. Según el autor, la
perversa trata de someter a la falta al Otro, esto se observa en la relación con sus padres, a quienes culpabiliza de su falta. Lacan
afirma que “El fantasma supone en su misma esencia una reducción del Otro al objeto causa del deseo. En otros términos, el
fantasma anula la subjetividad del Otro” (André).
En cuanto a la temática del DESEO, el perverso no sólo reduce el deseo a su conciencia y erige la satisfacción del deseo como
necesidad absoluta. Es así como “el goce se convierte en un deber derivado de la ley absoluta del deseo” (André, 1995). Al ser el
goce obligatorio, ya no queda lugar para la falta. Terminando con la escena en la que Marion concurre a una fiesta sexual, a
cambio de más para consumir. El perverso aumenta su exigencia. Siguiendo por esta línea, hacemos referencia al personaje de
Big Tim, aquel que le intercambia a Marion las sustancias a cambio de, lo que a él le interesa, en este caso, relaciones sexuales.
Braunstein comenta que el perverso será el que pretende ser visto como un sujeto absoluto que porta y aporta el goce,
posicionado de su deseo a convertirse él en un objeto, esto se puede ver en cada situación donde Big Tim le ofrece la heroína a
Marion, siempre y cuando ella cumpla con el rol de ser la que le ofrezca sexo. También, expone que el perverso es aquel que
instala el ejercicio de un poder, será quién lleve el control de la situación. Esto se puede denotar en las escenas donde le pide a
Marion diversas acciones de carácter sexual, imponiendo su autoridad en todo momento.

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