0% encontró este documento útil (0 votos)
27 vistas8 páginas

Ecos del río y la memoria perdida

La obra presenta la historia de Achira y Luis, dos hermanos que enfrentan la soledad y el abandono tras la muerte de su madre. A través de la llegada del padrino, quien promete un futuro mejor en su fundo, se desatan tensiones entre la esperanza de Achira y la desconfianza de Luis. A medida que la trama avanza, se exploran temas de familia, sacrificio y la lucha por un futuro mejor en medio de la adversidad.
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
27 vistas8 páginas

Ecos del río y la memoria perdida

La obra presenta la historia de Achira y Luis, dos hermanos que enfrentan la soledad y el abandono tras la muerte de su madre. A través de la llegada del padrino, quien promete un futuro mejor en su fundo, se desatan tensiones entre la esperanza de Achira y la desconfianza de Luis. A medida que la trama avanza, se exploran temas de familia, sacrificio y la lucha por un futuro mejor en medio de la adversidad.
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

ESCENA UNO

(El escenario es la choza. La penumbra es densa, solo una lámpara de


kerosene ilumina el centro. El suelo es de tierra húmeda. Afuera, el
sonido del río se mezcla con el canto de insectos. Achira, sentada en el
suelo, escribe en un cuaderno gastado. Luis, inquieto, da vueltas como
un jaguar enjaulado.)

Achira: (murmura, escribiendo en voz alta, como si hablara con un


fantasma)

"El río calla… pero en sus aguas duermen los recuerdos de quienes se
fueron."

Luis: (se detiene, molesto)

Achira, ¿para qué escribes esas tonterías? Las palabras no nos van a dar
de comer.

Achira: (sin mirarlo, firme)

No son tonterías. Es lo único que me queda de mamá. Cuando escribo,


siento que todavía me habla.

Luis: (con rabia contenida)

Pues yo no quiero escuchar nada. Mamá se fue… y papá… papá nos dejó
antes. Aquí estamos solos, ¡y solos seguiremos!

(Un silencio pesado. En ese momento, alguien golpea suavemente la


puerta de madera. Luis se tensa, da un paso adelante como si quisiera
defender la choza. Achira lo mira con miedo. Entra el padrino, hombre de
unos cincuenta años, con sombrero de ala ancha en la mano. Su sombra
se alarga sobre ellos por la luz de la lámpara.)

Padrino: (con voz pausada, suave)

No están solos, hijos.

(Luis se interpone, bloqueando el paso.)

Luis: (frío, desconfiado)

¿Qué hace aquí, padrino? Hace meses que no aparece. ¿Y ahora sí


recuerda que existimos?
Padrino: (mira alrededor, con cierto pesar)

Estuve lejos, ocupado en mi fundo. Pero siempre los tuve en la


memoria… y en el corazón.

Achira: (tímida, con un nudo en la voz)

Yo… yo lo recuerdo. Mamá hablaba bien de usted.

Luis: (irónico, cortante)

Sí… hablaba. Pero nunca estuvo cuando ella se enfermó. Nunca vino a
ayudar.

Padrino: (dolido, pero firme)

Tienes razón, Luis. Llegué tarde. Pero ahora quiero cumplir una promesa
que le hice: llevarlos a mi fundo, El Río. Allí tendrán casa, comida,
escuela. No pasarán hambre ni abandono.

(Achira se levanta lentamente, como atraída por esas palabras. Luis la


sujeta del brazo para detenerla.)

Luis: (susurrando, con tensión)

No te ilusiones. Nadie da todo eso porque sí.

Achira: (suave, con esperanza)

¿Y si fuera cierto, Luis? ¿Y si ese es el camino?

Luis: (con rabia)

¡El único camino es cuidarnos nosotros mismos! ¿Y usted? (encarándolo)


¿Qué gana llevándonos allá?

Padrino: (lo mira fijamente, serio, sin perder la calma)

Lo que gano es cumplir con la memoria de su madre. ¿No confías en mí?

Luis: (duro, desconfiado)

No confío en nadie. Papá nos abandonó. Y usted, aunque diga que es


nuestro padrino, también nos dejó. ¿Cómo sé que en ese fundo no
seremos solo dos bocas más para trabajarle la tierra?

(El padrino se queda en silencio unos segundos. Su mirada se endurece,


aunque mantiene la voz baja. La tensión se siente como una cuerda a
punto de romperse.)
Padrino: (conteniendo algo)

Te equivocas, Luis. Yo no los llevaría para eso. Tendrán lo que merecen:


estudio y futuro.

Luis: (avanza un paso, desafiante)

Pues tendrá que demostrármelo. Porque si intenta engañarnos… no me


quedaré callado.

(Achira, llorando, se interpone entre ambos, sosteniendo su cuaderno


contra el pecho.)

Achira: (con súplica)

¡Basta ya! Mamá no querría vernos peleando. Quizá este sea el camino…
el río nos llama, aunque esté callado.

(El padrino la mira con ternura. Luis, con desconfianza. El sonido del río
aumenta, llenando el espacio como una presencia viva. La escena se
congela con los tres en tensión: esperanza, sospecha y un futuro.

ESCENA DOS

(El escenario cambia. Ahora están en el fundo El Río. Una casona de


madera antigua, rodeada de sonidos de la selva. La luz es cálida pero
inquietante, como un atardecer que anuncia tormenta. Achira explora el
lugar con curiosidad; Luis se mantiene alerta, receloso. El padrino los
observa desde cierta distancia, con una mezcla de ternura y obsesión.)

Achira: (con los ojos brillantes, mirando alrededor)

Luis… ¿viste? Aquí hay libros… ¡tantos! Mamá decía que los libros son
puertas…

Luis: (serio, desconfiado)

Sí… puertas. Pero no sabemos a dónde llevan.

(El padrino se acerca despacio, con una sonrisa.)

Padrino:

Me alegra que te gusten, Achira. Pueden leer todo lo que quieran. Ese
rincón de la casa será su refugio.

Achira: (con ilusión)

¿De verdad? Entonces podré escribir, como hacía mamá.


Padrino: (con voz suave, cargada de nostalgia)

Tienes la misma mirada que ella… (pausa, la observa con cierta


intensidad) …y la misma forma de sonreír.

(Luis lo mira con desconfianza y se interpone, cruzándose de brazos.)

Luis: (cortante)

Somos nosotros, no ella. No intente confundir las cosas.

Padrino: (forzando una sonrisa)

Tienes razón, Luis. Pero entiéndeme: yo quise mucho a su madre…


demasiado. Y verla en ti, Achira, es como si volviera a estar viva.

(Achira baja la cabeza, incómoda. Luis da un paso adelante, desafiante.)

Luis:

¿Eso es lo que busca, padrino? ¿Traernos aquí para llenar un vacío?

Padrino: (se enoja, pero se controla)

¡No! Yo los traje para darles lo que ella hubiera querido… cariño,
protección.

Luis: (mirándolo fijo, con dureza)

¿Y a cambio de qué?

(Silencio pesado. El padrino desvía la mirada, respira hondo, y su tono


cambia: se vuelve más frágil, casi confesional.)

Padrino: (bajando la voz)

A cambio de no sentirme solo. Desde que ella partió, esta casa quedó
muda… como el río cuando calla.

(Achira lo observa con cierta compasión, aunque confundida. Luis


aprieta los puños, tenso, como si intuyera un peligro.)

Luis: (susurrando, a Achira)


Te lo dije… algo esconde.

(El padrino, con un gesto repentino, toca suavemente el hombro de


Achira, como si quisiera retener ese reflejo de la madre. Achira se
sobresalta. Luis lo aparta bruscamente.)

Luis: (furioso)

¡No la toque!

(Silencio cortante. El sonido del río se intensifica, grave, como un


presagio. El padrino retrocede, con el rostro dividido entre la vergüenza
y la necesidad emocional que lo consume. Achira queda en medio,
atrapada entre la compasión y el miedo. La escena se apaga en
penumbra.)

Oscuro

ESCENA TRES

(La escena se abre con un humo gris que invade lentamente el


escenario. El olor imaginario del carbón impregna el aire. Los cuerpos de
los adolescentes están cubiertos de sudor y polvo negro. El sol cae
implacable sobre ellos, aunque en el escenario se recrea con una luz
amarilla dura, casi cegadora. Se oyen golpes sordos de hachas, crujidos
de madera quemándose y el crepitar de brasas.)

El río calla… y en su silencio, los niños trabajan. Achira, Luis, Mao y


Gérard son apenas sombras entre la leña ardiendo, manos que cargan,
espaldas que se doblan. No hay juego en sus días, solo el peso del
carbón que ennegrece sus pulmones y sus sueños.

(Luis, con el torso desnudo y la piel cubierta de hollín, levanta un saco


pesado. Jadea, con furia contenida. Gérard, más pequeño, tose mientras
trata de imitar a los mayores. Mao, fuerte y callado, corta ramas que
luego serán carbón. Achira, con un pañuelo en la cabeza, arrastra
maderos, pero en medio de la fatiga conserva un brillo en los ojos: la
chispa de la imaginación que no se apaga.)

(En ese instante, los ojos de Achira se cruzan con los de Mao. Él la mira
con timidez, deteniéndose un segundo, como si el mundo se
suspendiera entre los dos. Achira sonríe apenas, leve, en medio del
cansancio. Mao responde con una mirada que revela ternura escondida,
un secreto que late bajo la sombra del carbón.)

(De fondo, comienza a escucharse una canción poética, con voz


quebrada, casi como un lamento ancestral. La letra, proyectada o
recitada, atraviesa la escena como un eco de denuncia y ternura al
mismo tiempo.)

Canción (voz en off, como un susurro doliente):

"Niños del carbón,

manos de fuego,

ojos cansados

que el sol devoró.

En la selva oscura

su infancia se quema,

y el río calla,

testigo del dolor."

(Los muchachos siguen trabajando. Luis observa la breve complicidad


entre Achira y Mao, y aprieta los dientes, protector. Gérard, agotado, se
deja caer sobre un tronco. Achira lo ayuda a levantarse, acariciando su
rostro con dulzura. Mao, en silencio, mira esa ternura y vuelve a su labor
con renovada fuerza, como si trabajara también por ella.)

El carbón ennegrece sus cuerpos… pero no logra apagar del todo la luz
que guardan. Allí, en un cruce de miradas, en un gesto de cuidado,
resiste la esperanza. Aunque el río siga callado, dentro de ellos late un
canto que aún no ha sido escuchado.

(La canción continúa suavemente mientras la escena se desvanece en


un humo espeso. El escenario se oscurece lentamente, quedando solo la
voz y el eco de los golpes sobre la madera.)

Oscuro.

ESCENA CUATRO

(La luz se abre en un espacio sencillo: la orilla del río. El agua refleja la
luna. El sonido del cauce es constante, profundo, como un murmullo
ancestral. Achira está sentada en una piedra, con su cuaderno en las
rodillas. Luis entra agitado, con una mochila improvisada hecha de tela
al hombro. Mira nervioso hacia todos lados antes de acercarse.)

Luis: (en voz baja, apremiante)

Achira… ¡vámonos! Esta es la última oportunidad. El bote sale al


amanecer y nos llevará hasta Iquitos. De ahí a Lima.

Achira: (levanta la vista, asustada)

¿Lima? ¿De verdad piensas dejarlo todo?

Luis: (con rabia contenida)

¡Aquí no hay futuro! ¿Quieres pasarte la vida respirando carbón,


obedeciendo al padrino como si fuera dueño de nuestras almas? No,
Achira. Allá puedo trabajar, estudiar… ¡ser alguien!

Achira: (bajando la mirada, temblorosa)

Y… ¿yo? Yo no puedo, Luis. Tengo miedo. El río… el río me da calma.


Aquí, al menos, tengo mis palabras, mi cuaderno… y a mamá en mis
recuerdos.

Luis: (se arrodilla frente a ella, con desesperación)

¡No seas ingenua! ¡Las palabras no llenan el estómago! Tú eres mi


hermana, necesito que vengas conmigo. No puedo dejarte aquí.

(De pronto, a lo lejos, se escucha la voz de Mao, llamando, firme y


autoritaria, como repitiendo un mandato.)

Mao: (off, gritando)

¡Achira! ¡Luis! ¡El padrino los busca!

(Luis se tensa, maldice entre dientes, toma las manos de Achira con
urgencia.)

Luis: (susurrando con fuerza)

¡No les digas nada! ¿Me oyes? Que nadie sepa que me fui. Prométemelo.

Achira: (con lágrimas, sacudiendo la cabeza)

¡No puedo! Todos te están buscando, Luis. Si te vas… si te vas no sé qué


será de mí.

Luis: (apretando sus manos, con voz rota)


Escúchame, hermanita. Yo regresaré por ti. Te lo juro. Cuando tenga
fuerzas, cuando pueda sostenernos a los dos… volveré. Pero ahora
necesito que resistas aquí.

(Se escuchan las voces más cercanas, Mao vuelve a llamar con fuerza,
acompañado de otros hombres. Los pasos se sienten sobre hojas y
ramas.)

Mao: (off, más cerca)

¡Luis! ¡Achira! ¡El padrino está impaciente!

(Luis se incorpora de golpe, angustiado. Mira a Achira con


desesperación, acaricia su rostro ennegrecido por el trabajo, besa su
frente y retrocede hacia la oscuridad.)

Luis: (casi gritando, pero ahogado en llanto)

¡No olvides! ¡Yo volveré!

(Achira extiende los brazos hacia él, pero no se mueve. Se queda


inmóvil, temblando, mientras ve cómo Luis desaparece entre los árboles.
Sus lágrimas caen sobre el cuaderno abierto. El sonido del río se hace
más fuerte, mezclado con las voces que siguen buscándolos. La escena
queda suspendida en la contradicción: la huida de Luis y la permanencia
de Achira.)

También podría gustarte