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El despertar de Kris: lucha y misterio

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Prólogo: El Corazón de la Tormenta Eléctrica

El mundo era ruido. No de los comunes: no gritos, no palabras, no siquiera el


estruendo de una tormenta.

Era un zumbido perpetuo, furioso, que desgarraba el aire y le taladraba los huesos
como un canto salvaje de muerte. Cada respiración era una victoria. Cada movimiento,
una danza forzada entre el instinto y la desesperación.

Frente a él, la criatura rugía con una furia que no podía ser descrita. No era un
monstruo cualquiera. No era una bestia natural. Era una abominación de rayos y carne,
una amalgama de poder elemental y rabia ciega. Su pelaje era una tormenta viva; cada
hebra chispeaba, cada músculo ardía con energía desatada. De sus patas brotaban
truenos con cada golpe. De su boca, el alarido de un mundo que se rompe.

No sabía su nombre.

No sabía por qué estaba allí, ni por qué lo enfrentaba.

Pero sí sabía que debía pelear.

Sus brazos se movían con precisión. Blandían un martillo colosal con la fuerza de quien
ha entrenado toda su vida, y aun así, él no recordaba haberlo empuñado jamás. No
sabía quién le enseñó. No recordaba el primer día que lo sostuvo. Pero lo hacía
moverse. Lo hacía saltar, golpear, girar, resistir.

El combate era un lenguaje grabado en su carne.

Pero su alma estaba muda.

El monstruo cargó. Sus ojos, dos brasas encendidas, se fijaron en él con una rabia que
parecía personal. Pero él no entendía por qué. No recordaba haberlo visto antes. No
recordaba… nada. Solo sabía que aquello era peligroso. Más que cualquier otra cosa. La
tierra temblaba bajo sus zarpas. El aire se fragmentaba con cada rugido. Y el cielo se
abría como si el mundo mismo se inclinara ante su furia.

Saltó.

Rodó.

Golpeó.

Y cada vez que lo hacía, una chispa cruzaba su mente. Un eco. No un recuerdo. Algo
más viejo. Algo más profundo. El eco de una vida que ya no era suya, pero que aún
latía en su médula.

El monstruo gimió. Retrocedió un paso. Él creyó por un instante haber ganado algo. Un
respiro. Una oportunidad.
Estaba equivocado.

Lo que vino después no fue un ataque. Fue un final.

La criatura se alzó sobre sus patas traseras, y su cuerpo entero brilló con una luz rojiza.
No como un faro. No como una señal. Como una sentencia. Las cicatrices en su piel se
abrieron, y desde ellas brotó energía cruda, descontrolada, que sacudió la atmósfera y
partió la realidad misma.

No hubo tiempo para reaccionar.

La cola azotó el aire con una velocidad absurda. Un relámpago encarnado. Una ola de
destrucción que no se podía esquivar, ni detener.

Y luego… todo fue oscuridad.

El silencio.

Primero vino eso. Una calma tan total que casi se podía tocar. Sin viento, sin sonido, sin
vida.

Y después, el dolor. No como una punzada. No agudo. Más bien una presión constante,
como si el cuerpo entero pesara el triple, como si cada músculo protestara por seguir
unido.

Abrió los ojos.

Y no reconoció nada.

Un techo de madera. Rústico, gastado. Luz cálida filtrándose por rendijas. Olor a leña, a
pino, a hierbas. Afuera, un murmullo constante: risas, pasos, la vida diaria de una aldea
que no le pertenecía. Se incorporó con lentitud, como si llevara siglos dormido.

Y entonces se dio cuenta: no sabía dónde estaba.

Ni cómo había llegado.

Ni quién era.

Se llevó la mano a la cabeza. Nada. Ningún nombre. Ningún rostro. Ninguna imagen.
Solo vacío. Su mente era una hoja en blanco. Y su cuerpo… su cuerpo parecía
recordarlo todo. Cada músculo obedecía sin dudas. Cada articulación sabía qué hacer.
Era como despertar en una máquina perfectamente afinada… sin saber quién la
construyó.

Un sonido lo distrajo.

—¡Meow! ¡Finalmente despierto, nya!


Una figura entró por la puerta abierta: un gato bípedo, de pelaje naranja y ojos
enormes y redondos. Llevaba un pequeño chaleco y una bufanda amarrada al cuello.
Lo observaba con curiosidad, pero sin miedo.

—Te encontramos destrozado cerca del Santuario. No sabías ni hablar, ni caminar. Por
tu equipo... supusimos que eras un cazador. Pero no recordabas nada. Nada, nya.

El gato se sentó a su lado y bajó la voz.

—Así que te dimos un nombre. Kris. Suena fuerte. Como tú, nya.

Kris.

No le sonaba familiar.

No le sonaba a nada.

Pero tampoco tenía nada mejor. Aceptó el nombre como un náufrago acepta una tabla
en medio del mar.

Se puso de pie. Torpemente, al principio. Pero sus piernas sabían cómo sostenerlo. Sus
pasos sabían a dónde ir, incluso si su mente no los guiaba. En una esquina de la cabaña,
apoyado contra la pared, vio los restos de un arma. Un martillo. O lo que quedaba de
él.

Metal torcido. Quemado. Una empuñadura astillada. Placas de armadura rotas. Su


equipo… o lo que quedaba de él.

Extendió la mano.

Y cuando lo tocó, su cuerpo reaccionó.

Una corriente eléctrica le recorrió el brazo. No era mágica. No era física. Era algo
emocional. Como si ese objeto hubiese sido parte de él en otra vida. No podía
recordarlo. Pero lo sentía.

Ese martillo había peleado.

Había sobrevivido cosas imposibles.

Había caído.

Como él.

Y ahora… estaba roto.

Como él.

Durante los días siguientes, el gato —que dijo llamarse Yuki— le contó muchas cosas.
Sobre Kamura. Sobre los cazadores. Sobre los cordópteros y las herramientas del
gremio. Sobre el Frenesí. Sobre monstruos que actuaban como nunca antes, como si
algo antiguo estuviera despertando.

Kris escuchaba. No porque comprendiera. Sino porque su cuerpo parecía reaccionar.

Las palabras eran ajenas, pero no extrañas.

Era como si alguien hubiera tomado su alma, la hubiese sumergido en fuego y la


hubiera vuelto a moldear. No recordaba nada, pero algo en su interior lo empujaba
hacia fuera. A salir. A buscar.

A pelear.

No tenía historia.

No tenía pasado.

No tenía nombre real.

Pero sabía algo con absoluta certeza:

Había algo allá afuera.

Algo que lo había destruido.

Algo que aún respiraba.

Y algún día, cuando estuviera listo, él regresaría.

Y el trueno temblaría ante él.

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