LA NECESIDAD DE UN IDEAL
"¿Qué quieres ser cuando crezcas?" Esta es una pregunta apropiada para todo el mundo y
en todo tiempo, ya seamos niños o adultos, pues estamos siempre creciendo en la medida que
nuestra conciencia se expande. La vida es un constante proceso de expansión y cambio, y esto lo
podemos apreciar claramente ya que vivimos en una era de cambios rápidos debido a los grandes
avances de la ciencia y la tecnología. De modo que si deseamos mantenernos al compás de la
vida y sus cambios, necesitamos mirar hacia adelante y prepararnos para ser compatibles con
ellos. Esto no es solo cuestión de supervivencia, sino de responsabilidad personal. Así que
necesitamos un ideal que nos sirva de patrón para modelar nuestro mundo tanto interior como
exteriormente. Un ideal o prototipo de perfección, debe ser no solo nuestra meta, sino también el
sendero a través del cual vivimos.
El idealismo es parte de nuestra naturaleza pues hemos nacido con él. Nuestros actos son
la afirmación de nuestros ideales; la persona en que hemos devenido es la manifestación de
nuestros ideales; por lo tanto, los ideales no son lo opuesto, sino la esencia de la realidad. Los
ideales son como las estrellas que, aunque lejanas, nos guían: cual navegantes del mar, las
seguimos, ya que todos somos navegantes del océano de la vida.
Puesto que el idealismo es una fuerza que produce energía vital, una vocación fuerte es
necesaria para formar el patrón de nuestras vidas. Este patrón, entonces, deviene en la estrella
que nos guía, en nuestro ángel guardián. Este es el secreto que trabaja detrás de cualquier
persona distinguida y exitosa. Para probar esta aserción solo necesitamos leer las cartas y
biografías de grande hombres y mujeres que hallamos en cualquier camino del mundo.
Aunque los ideales, como los sueños, no siempre se vuelven realidad, ellos nos
mantienen moviéndonos siempre hacia adelante; ellos son el incentivo de la vida; ellos son el
sueño de los Martín Luther Kings, y los sueños de cada uno de nosotros. Cuando yo estaba
pequeño, mi padre me preguntó, "¿Qué quieres ser cuando crezcas?" Yo dije, “Quiero ser
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médico”. El recuerdo de ese momento permanece claro en mi memoria. A la edad de siete años
estaba convencido de que yo había nacido para ser un doctor en medicina. Esta vocación me
indujo a leer cuanto podía hallar acerca de medicina y doctores. Mi abuelita solía llamarme
“doctorcito”. Nunca dudé de mi vocación, ni aún después de que mi abuelita me castigó
severamente cuando me encontró haciéndole la autopsia a una rata en la mesa de la cocina. Pero
nunca logré mi doctorado.
Ahora, mirando al pasado, veo que mi vocación fue simplemente el reflejo de lo que yo
fui en una vida anterior. Esto explica mi espontáneo entendimiento de las enfermedades y de la
salud, mi habilidad para curarme a mí mismo y para reparar muchas cosas dañadas, mi actitud
compasiva, y lo que me llevó a convertirme en enfermero durante mi servicio en el ejército.
Aunque mi sueño no se convirtió en realidad en la forma que yo lo esperaba, ese ideal sí se
materializó al modelarme de acuerdo con sus cualidades esenciales: me ayudó a devenir en un
ser humano saludable y cariñoso.
Cuando comprendí que mi estrella me estaba guiando a un destino diferente al que me
había supuesto, acepté el nuevo destino. Entonces, el sendero y la meta se convirtieron en una
nueva realidad, la cual la convertí en un ideal nuevo. Así, lo que pareció ser un fracaso se
convirtió en éxito, ya que el primer ideal me había ayudado a modelar mi mundo.
De manera que, si nunca nos convertimos en lo que deseamos ser cuando hayamos
crecido, no será, en realidad, un fracaso. Nuestra vocación es simplemente la expresión de lo que
somos capaces, o la esencia de nuestro ser que nos ayuda a edificar nuestro mundo, tanto interior
como exteriormente. Así pues, para que nuestra energía vital se mantenga fluyendo en forma
constante, armoniosa y feliz, más importante que realizar el ideal, es idealizar lo que es real para
nosotros.