BEL Y LOS FANTASMAS
marcado. No estaba dispuesta a ser miis la chica buena que hace siempre lo que se es-
pera de ella. Era vagamente consciente de que su comportamiento era una especie de
protesta: cada falta de asistencia, cada suspenso, era un mensaje para Irene. Su forma
de decirle todos los «noes» q ue no estaba d ispuesta a escuchar. «No soy tan buena
como tú. No voy a hacer lo que me pides. Aunque te haga enfadar. Aunque te haga su-
frir. Esta vez no».
Bel se estiró, desperezándose. Sus pies aparecieron por debajo de la colcha, huesu-
dos y alargados, como sus tobillos. Su madre tenía unos pies pequeños y mullidos.
Quizás había heredado los pies de su padre, como las cejas finas y el lunar en su omo-
plato... Quizás hubiera heredado también, sin saberlo aún, la enfermedad que acabó
con él. Vo lvió a pensar en Víctor Durán. Después de mucho tiempo sin que ocurriera,
volvían las preguntas, como cuando era muy muy pequeña y notaba su falta por pri-
mera vez.
Él era la segunda cosa que, en lo que llevaba de curso, había entrado en su cabeza de
una forma casi obsesiva. Y a su manera, eso también la enfrentaba con lrene. Porque
su madre hacía muchos años que no le hablaba de él. Cuando Bel era una niña, Irene
había construido para ella unas cuantas historias en las que su padre se mostraba como
un ser perfecto. También Bel se las había repetido a sí misma innumerables veces du-
rante Lodo aquel tiempo y, desde entonces, él se había quedado viviendo allí, como los
reyes de los cuentos. Sin molestar. Hasta ahora. Porque ahora parecía que él estuviera
reclamando salir de esa impecable prisión en la que lo había encerrado siendo una
cría.
Antes, el día de la muerte de su padre iban las dos al cementerio, su madre y ella.
Pero hacía años que habían dejado de hacerlo. En su momento, Bel lo había agrade-
cido secretamente. Cuando tenía diez u once años, el cementerio donde estaba ente-
rrado su padre, en el pueblo de la costa donde los tres vivían cuando murió, le parecía
un sitio tétrico y semiabandonado al que no le apetecía ir. Suponía, además, dejar de
hacer su vida normal, no ir al colegio y no ver a sus amigas, perder todo un día para ir
hasta una tumba donde ella tenía la sensación de que no las esperaba nadie. A cambio,
solo se traía el viento helado del otoño en las mejilJas y e l silencio absorto de su madre
durante todo el trayecto de regreso.
Este otoño, en cambio, cuando llegó el día, algo la impulsó a coger un tren de cerca-
nías que [Link] hasta aquel pueblo de la costa. después de cinco o seis años sin ir. Ni
siquiera. lo comentó con su madre, sino que salió por la. puerta como otra. mañana cua.J-
quiera, como si fuera. a.J instituto. Pero en lugar de eso, había tomado el metro hasta. el
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centro de la ciudad para llegar a la estación. No fu e hasta que estuvo en el tren que
comprendió lo que estaba haciendo. Llevaba el skate y la mochila con los apuntes, una
manzana y algún libro. No solía faltar a clase si no era por un buen motivo, y mucho
menos tomar un tren hacia un lugar que apenas recordaba sin avisar a nadie. Sintió una
mezcla de azoramiento y aventura, y entornó los ojos para mirar por la ventanilla sin
saber muy bien qué hacía en realidad allí, qué pretendía. No se imaginó entonces que
después de ese primer día de no ir a clase vendrían otros. Que alguien debería haber
borrado esa fecha del calendario. Que algo estaba a punto de ceder dentro de ella,
como si en algún lugar de su interior se acabaran de abrir unas compuertas y hubiera
comenzado a fluir un insospechado torrente que ya no iba a poder contener.
Cuando llegó al pueblo no ocurrió mucho. Bajó en la estación junto a la playa, pero
para su propia sorpresa, en lugar de ir al cementerio, a las afueras del pueblo, se vio a
sí misma tratando de encontrar la calle en la que había estado su casa durante su pri-
mer año de vida. La casa de sus padres.
Cuando dio con el lugar le pareció un sitio más, con edificios ni viejos ni nuevos, ni
bonitos ni feos. Se dedicó a recorrer la acera arriba y abajo con el skate durante más de
una hora. Aunque fuera un rincón completamente insulso, algo la retenía. Cuando lle-
gaba al fi nal, no se decidía a marcharse sin dar una vuelta más. Y otra, y otra. Trataba
no solo de ver, sino casi de memorizar todo cuanto había. Un taller de motos, una pa-
nadería, una gestoría, un bazar. En un balcón de uno de los edificios había un par de
bicis de montaña, en otro innumerables y frondosas plantas, en otro más un tendedero
con ropa tendida ... Algunos de los rostros con los que se cruzaba le devolvían la mi-
rada. Con toda seguridad solo lo hacían porque debía de parecerles extraño que Bel se
fijara en ellos con tanta insistencia, pero por un momento a ella le pasó por la cabeza
la absurda idea de que quizá fu era porque alguien allí la recordara. Rodando cada vez
más rápido, llegó un momento en que Bel casi chocó con una mujer que llevaba a un
niño de la mano. Tuvo que saltar del skate para no llevarse al pequeño por delante. La
señora le dijo algo con indignación sin dejar de caminar. Fue como si después de pasar
media mañana dando vueltas sin sentido, esa voz la hubiera despertado. Recogió su
skate y se sentó en el escalón de una portería a comerse la manzana con la vista fija en
el asfalto. Y entonces sí, notó primero las lágrimas resbalando por sus mejillas y solo
luego el temblor en su garganta que desde hacía unos instantes le impedía tragar. Al fi n
y al cabo, era allí. Esa era la calle.
Donde cayó su padre.
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Hacía.
Dieciséis.
Años.
F átima Alaoui era la mediana de tres hennanos. El mayor, Mohamed, ya no iba al
instituto y el pequeño, AH, estaba en 3.0 de la ESO, aunque ella era tan bajita como
él. Sí, a pesar de que ella hacía el último curso de bachillerato, no era raro que a Fá-
tima le echaran dos o tres años menos. Era pequeñita y flaca, saltarina como una ardi-
lla, muy morena y con cara de niña. Y llevaba unas gafas metálicas que le daban un as-
pecto aún más infantil. Muy aplicada, desprendía alegría y sencillez, y nunca causaba
problemas. No le faltaba determinación, pero tenías que conocerla para darte cuenta de
que bajo su aspecto de chiquilla escondía un temperamento tenaz y trabajador.
Al volver de las vacaciones de Navidad, como cada martes, cuando acabaron las cla-
ses al mediodía, fue a ver a Raquel, la bibliotecaria. Al poco de empezar el curso, ha-
bían pedido voluntarios para forrar libros en la biblioteca. Fátima había sido la única
alumna que se había presentado para ayudar. Ahora se había acostumbrado y hasta le
gustaba ir. Se comía un bocadillo nada más salir y luego estaba una o dos horas en la
biblioteca, hasta que se cansaba. Al principio solo forraba libros, pero Juego Raquel le
enseñó cómo ordenarlos y también a introducir datos en el ordenador. Aunque Raquel
Je había dicho que podía dejarlo cuando quisiera, Fátirna había preferido seguir yendo.
Además de que allí podía estudiar tranquila - más que en su casa- , se sentía útil en
su cargo de asistente de la bibliotecaria, y hasta un poco importante. Raquel era joven
y divertida, Je explicaba cosas de la vida, e incluso a veces algún cotilleo sobre los
profesores. Hacían un buen equipo.
Se notaba que Raquel confiaba en ella de verdad, porque últiJnamente había tomado
la costumbre de dejarla sola un rato en la biblioteca. Cuando Fátirna llegaba a las dos y
media, Raquel se quedaba media hora con ella, pero Juego se iba a comer. Cerca de las
cuatro volvía, y entonces Fátima ya se solía marchar. Hasta el martes siguiente.
Ese día cuando Raquel se fue a comer a Los Hermanos, Fátirna aún estuvo diez mi-
nutos colocando etiquetas en los lomos de un montón de libros que acababan de llegar.
La biblioteca era una sala grande y rectangular. Cuando entrabas en ella, a la derecha
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quedaban varias hileras de estanterías dispuestas en paralelo hasta el final. En la pared
de la izquierda estaban las ventanas, desde las que entraba mucha luz, pero por las
que, como comenzaban a ras del techo y estaban tan altas, no se podía ver la calle.
Bajo las ventanas, había unas mesas grandes. Entre la zona de las mesas y la de las es-
tanterías se abría un pasillo, al fondo del cual estaba la mesa de la bibliotecaria, con el
ordenador. Y allí era donde se colocaba Fátima.
Fátima resopló. La calefacción volvía a funcionar desde que habían vuelto de las va-
caciones y ahora casi hasta hacía calor, con todo cerrado y el sol del mediodía en-
trando por las altas ventanas. Y entonces, decidió hacer algo que últimamente había to-
mado por costumbre: un pequeño juego que llevaba a cabo mientras estaba allí sola.
Abrió uno de los cajones de la mesa. Había descubierto que Raquel guardaba ahí un
neceser con algunos productos de maquillaje. Fátima se quitó esas gafas cuadradas que
tanto detestaba y cogió un espejito, un colorete y un pintalabios. Se movió para po-
nerse detrás de las estanterías que le quedaban más cerca. De ese modo quedaba oculta
a la vista si alguien entraba. Le habría dado mucha vergüenza que Raquel la pillara ju-
gueteando con sus cosas. Normalmente, después de pintarse y mirarse un momento, lo
guardaba todo otra vez con rapidez y se volvía a quitar el maquillaje con un pañuelo
de papel, de manera que en realidad no eran más que unos minutos. Pero la divertía
hacerlo. Con los labios pintados, parecía otra persona. Una persona más como Raquel.
Abrió el espejito y lo colocó con cuidado en un estante que más o menos quedaba a
la altura de su cara. Destapó el pintalabios. Aunque era bastante miope, tan cerca del
espejo veía perfectamente cómo su boca iba cambiando de color a medida que lo apli-
caba. Sonrió. Luego abrió la cajita del colorete y restregó una brocha pequeña y ancha
contra los polvos nacarados. Pero entonces, antes de hacer nada más, oyó un golpe. Un
ruido fuerte. Había sonado algunas estanterías más allá, cerca de la puerta, como si se
hubiera caído algo... ¿Libros? Alguien debía de haber entrado y no se había dado
cuenta.
-¿Raquel?
Fátima se había quedado muy quieta, casi paralizada, detrás de las estanterías.
Nadie contestó.
Recogió el pintalabios y el colorete con una mano, mientras se restregaba con la
manga del otro brazo para quitarse la pintura de los labios. Pero con las prisas, sin
querer dio un golpe al espejito, que cayó al suelo y se rompió.
Lo que faltaba. Se agachó para recogerlo palpando el suelo un poco a tientas, porque
no veía bien dónde estaban los trozos de cristal sobre el linóleo gris.
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- ¡Ay!
Fátima se llevó la yema del dedo a la boca y la chupó. Se había cortado. Le escocía.
Entonces volvió a sonar otra vez un ruido muy parecido al de antes, pero más cerca.
Era entre las estanterías, ahora estaba segura. No entendía muy bien qué ocurría, pero
sintió un breve alivio al pensar que no debía de ser Raq uel. Eso no tendría sentido.
Porque lo primero que habría hecho ella al entrar y no verla habría sido llamarla. Pero
entonces, ¿quién era? Sin querer se puso alerta, se enderezó y caminó hacia la mesa de
la bibliotecaria. Echaba de menos sus gafas.
- ¡La biblioteca está cerrada! --dijo mirando a todas partes y a ninguna.
Aunque había querido hablar con autoridad, se dio cuenta de que su voz había so-
nado más bien titubeante y asustada. Porque lo estaba.
Buscó las gafas sobre la mesa, pero no las encontró. ¿Se habrían caído? Movió sua-
vemente la punta del pie por el suelo. Tampoco parecía que estuvieran ahí. Eso sí la
angustió de verdad. Si alguien le estaba gastando una broma, resultaba ser un imbécil
de primera. Aunque odiaba sus gafas pasadas de moda, las necesitaba. Vaya que sí. Y
si les ocurría algo, su madre no iba a querer comprarle otras, así como así, ahora que
acababan de tener tantos gastos en Navidad.
Fátima se dio cuenta de que unos pocos metros más allá las formas se desdibujaban
para ella en imprecisos bloques que parecían temblar en la gran sala. Notó que sus
ojos estaban a punto de llenarse de lágrimas por la rabia, y su vista se nubló todavía
más.
De nuevo se escuchó un golpe seco entre las estanterías. Entonces Fátima hizo algo
que muy pocos en el instituto podían decir que la hubieran visto hacer: gritar.
- ¡No tiene gracia! - soltó enfadada.
Como única respuesta oyó más libros cayendo al suelo. En ese momento habría que-
rido correr, pero no lo hizo. No podía. Quería salir de allí, ir a avisar a algún profesor o
a la conserje, pero para llegar hasta la puerta no había otro remedio que recorrer el pa-
sillo que quedaba entre las mesas y las estanterías, donde había alguien haciendo el
idiota.
O no.
Quizá lo que la asustaba de verdad era justamente la posibilidad contraria: que no
hubiera nadie realmente allí. O para ser más exactos, que no hubiera ninguna persona.
Comenzó a avanzar despacio hacia la puerta. Caminaba cerca de las mesas, e incons-
cientemente rozaba con la mano su superficie al pasar, como para cerciorarse de que
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ahí encontraría un asidero en caso de dar un mal paso. De repente se había acordado
de Vane. Y de aquella historia suya del fantasma pocos días antes de la Navidad.
Cuando se lo explicaron, ella había pensado que aquello no era más que un cuento.
Que esa chica tenía demasiada imaginación o, tal vez, demasiadas ganas de hacerse
notar. Sin embargo, ahora se arrepentía de haber sido tan incrédula, tan boba. ¿Por qué
iba alguien a inventarse algo así?
En el tramo final, a punto de alcanzar la puerta, aceleró el paso, aunque a esas alturas
ya le temblaban las piernas. No se dio cuenta de que unos pocos libros se habían caído
por ese lado de la última estantería. Tropezó con ellos y cayó de bruces al suelo. Es-
taba de rodillas, y cuando notó que más libros llovían desde algún lugar sobre ella, ro-
zándole la espalda, se encogió sobre las piernas en un acto instintivo y se echó a llorar,
cubriéndose con las manos la cabeza. Fue en ese momento cuando sintió algo aún más
extraño, como si alguna cosa, una mano levísima como un ala, le acariciase el pelo.
No le hizo falta pensar nada. Sencillamente supo que no debía esperar más. Se le-
vantó y salió como pudo. Huyó corriendo de allí. Jurándose que no volvería a entrar
jamás.
***
Al día sigujeote a primera hora, Raquel la fue a buscar a la clase y la hizo salir al pasi-
llo. Quería saber qué había ocurrido. Por qué, cuando volvió de comer,
lo había encontrado desordenado, con libros tirados por todas partes, su neceser
abierto y su espejo roto. Sin embargo, Fátima no le explicó la verdad. Sabía que no la
habría creído. Así que le dijo que había sido ella quien había tirado los libros y se ha-
bía marchado, que estaba harta de ser su ayudante y de pasarse el mediodía de los
martes en la biblioteca mientras ella se iba a comer. De hecho, le habría contado cual-
quier cosa antes que hablarle de fantasmas y quedar como una tonta delante de la
única persona del instituto que la había tratado como a alguien capaz. Aunque al prin-
cipio Raquel no las tenía tocias consigo, Fátirna se mostró tan invariable en su res-
puesta que, al final, la bibliotecaria no pudo hacer otra cosa que decirle que en ese
caso no hacía falta que volviera. Tendría que buscar otra voluntaria.
Al menos le había devuelto las gafas. Tenían un cristal roto. La montura seguía
siendo horrible y por el ojo del cristal roto lo veía tocio casi como a través de un calei-
doscopio, pero aun así era un alivio llevarlas.
De todos modos, eso ahora era lo de menos. El problema eran sus compañeros. Por-
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que no tardarían en saberlo. Todos. No por,que Fátima se lo fuera a contar a nadie, no.
Pero la tarde anterior, estaba tan nerviosa que se lo había explicado a Alí, su hennano
pequeño. Y bastaba con que él se lo dijera a una sola persona. Después de eso, la noti-
cia no tardaría en correr de boca en boca; en el instituto los chismes circulaban a la ve-
locidad de la luz. Debía prepararse para ello. Pensar una respuesta para las burlas que
vendrían.
Le daba igual que la creyeran o no. Al primero que la pinchara o se riera de ella, al
primero que se le acercara preguntándole con retintín si era verdad que había visto al
fantasma, sabía qué le iba a decir. «Ten cuidado». Sí. «Ten cuidado - le diría- , no
vayas a ser tú el próximo que se cruce con é l».
e ada mañana, antes de ir a clase, Natasha Espinoza, la Nata, iba a la piscina del
centro deportivo que había al lado del instituto y pasaba una hora nadando. Sin
lugar a dudas, era el mejor rato del día. Dentro del agua se reconciliaba con su cuerpo,
que, afuera, se empeñaba en recordarle constantemente lo distinta que era: demasiado
alta, demasiado fuerte, demasiado atlética ... , imposible pasar desapercibida. Nadando,
en cambio, se sentía perfecta. Sus músculos funcionaban solos, todos a una, sin es-
fuerzo. Allí no había que decidir, tan solo d ejarse llevar por el movimiento. A los po-
cos minutos nadando, era casi la misma sensación de descanso que cuando estaba dur-
miendo, solo que mejor, porque estaba despierta, sus sentidos concentrados solo en la
siguiente brazada. Jamás se cansaba. Era una excelente nadadora. Su cabeza se que-
daba vacía, y solo nadaba. El tiempo se congelaba y, luego, al salir del agua, se daba
cuenta de que cualquier preocupación se había disuelto durante ese rato, como si hu-
biera ido poco a poco abandonando en la piscina todo lo que no entendía, todo lo que
había sentido como una carga o la había estado agobiando.
Después, en el instituto, era otro cantar. Entonces empezaba el proceso inverso: su
cabeza comenzaba a llenarse otra vez de obligaciones, de informaciones que no le de-
cían nada o de problemas, y por ello a veces al irse de allí se sentía a punto de estallar.
No podía decirse que la Nata fuera buena estudiante ni una persona especialmente po-
pular. Le había costado horrores, pero había llegado a segundo de bachillerato y ahora
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pensaba estudiar INEF, costara lo que costase. Aunque sus notas eran justas, era la
única de su familia que estaba a punto de ir a la universidad. Sus dos hermanos mayo-
res trabajaban en el taller mecánico que su padre tenía en el barrio. En su casa todos
estaban muy orgullosos de ella. Tanto, que a veces ella se avergonzaba, se sentía casi
un poco impostora, como si no hubiera motivo para tanta satisfacción, pues en realidad
comparada con sus compañeros ella estaba siempre a la cola. Había que reconocerlo:
necesitaba más tiempo que algunos para entender determinadas cosas y otras, por mu-
cho empeño que le pusiese, no las conseguía retener. Pero sentía que ahora tenía la
responsabilidad de aprobar ese curso y no veía la hora de dejar atrás el instituto. Por
eso, el rato que entrenaba en la piscina era tan importante; le recordaba algo crucial,
que acostumbraba a olvidar: que ella era buena en algo. Mejor que nadie que cono-
ciera. Buena de verdad.
Además, ahora que ya no se hablaba con Tamara, alü, en la piscina, se encontraba
también con la única persona del instituto a la que podía llamar amigo: Youssef, que
también entrenaba cada día como ella. Estar con él era sencillo. Siempre tenía una
sonrisa preparada. No hacía falta hablar de nada especial con él. Nunca la atosigaba
con preguntas demasiado personales, ni le pedía su opinión sobre cosas que a ella le
traían sin cuidado. Ni tampoco le interesaban los chismes, como a ella. La Nata no era
buena con los
matices: la gente le caía bien o mal, las cosas le gustaban o no, y si había que hacer
algo, lo hacía, pero no soportaba estar dándole vueltas a un asunto para
nada.
Muchas veces, después de cambiarse, se veía con Youssef en la puerta de la piscina.
Pero ese jueves se había dado prisa en vestirse para salir sin cruzarse con él. Tenía algo
que hacer. Se trataba solo de una pequeña comprobación, no le llevaría más que un mi-
nuto, pero prefería hacerlo sola, sin que nadie la viera. Pero, cuando salió a la calle, se
encontró con que Bel Durán la estaba esperando. Estaba sentada en una de las barras
donde dejaban las bicis aparcadas. Encogida dentro de su anorak negro, con las manos
en los bolsillos y el cuello subido hasta taparle la nariz, parecía llevar un buen rato allí.
- Vamos, te invito a un café - le dijo Bel al verla, a modo de saludo aJ tiempo que
recogía la mochila que había dejado a sus pies.
Era lo último que la Nata habría esperado. Qué narices querría.
-Caray, no te alegres tanto --comentó Bel ante su falta de reacción- . He madru-
gado bastante para venir a verte, ¿sabes?
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Era difícil decirle que no a Bel. Y desde luego, la Nata sentía curiosidad de saber qué
la había llevado hasta allí. A pesar de que Bel era un poco rara, le caía bien. Aunque,
tampoco eran amigas, y sabía por experiencia que sorpresas como aquella muchas ve-
ces eran el preludio de malas noticias. En cualquier caso, quedaban casi treinta minu-
tos para que empezaran las clases. La Nata se dijo que no sería tan terrible y no había
motivo para rechazar ese café.
- Espera un segundo y vamos - aceptó.
En ese momento Bel pudo ver cómo hac!Ía algo de lo más extraño. Junto a las barras
del aparcamiento de bicis había una farol a. Y en ella, arriba, bastante alto, había algo
colgado, una especie de pequeña caja de madera. La Nata se encaramó a una bici que
estaba atada a la farola para alcanzar la caja. Metió la mano dentro y pareció palpar el
fondo un momento. Estaba en un equilibrio precario, con un pie sobre el sillín y otro
en el eje que unía las ruedas, estirando su brazo a más no poder, y la bici trastabilló
unos segundos.
-Pero ¿qué haces? -exclamó Bel- . Te vas a caer.
La Nata bajó de un salto y se sacudió las manos. Su cuerpo era enorme, pero pasmo-
samente ágil.
- Vamos --dijo, echando a andar.
Bel le siguió el paso, volviendo un momento la cabeza.
- ¿Qué es eso? - preguntó.
- Una casa de pájaros.
- ¿Y qué hace ahí? ¿No debería estar en un árbol?
- Apareció ahí hace unas semanas. Raro, ¿no?
- ¿Y qué buscabas dentro? ¿Caca de paloma?
La Nata se echó a reír.
-El otro día se me ocurrió dejar una nota --dijo-. Solo quería ver si aún estaba.
- ¿Y estaba?
-Haces muchas preguntas, Bel. Oye, aparte del café, ¿me invitarás a un cruasán?
¡Tengo hambre!
Al entrar en el bar, Bel saludó a Armando, que estaba tras la barra, uno de los herma-
nos que daba nombre a Los Hermanos y con el que alguna vez jugaba a las damas o al
ajedrez. Las chicas se sentaron a una mesa del fondo, Bel de cara a la puerta de en-
trada, y después de pedir se quedaron unos instantes soplando sus cafés sin decir nada.
Bel notó cómo su cuerpo empezaba a entrar de nuevo poco a poco en calor, mientras
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miraba a través del cristal que daba a la calle: aquel terreno de nadie donde estaba
plantado el instituto, que quedaba encajonado entre la circunvalación que llevaba a la
ciudad y una avenida que no llevaba a ninguna parte, de espaldas al barrio. Un poco
más allá, jalonada por la autovía, se extendía toda un área de terreno que se pretendía
rehabilitar: los márgenes de un río hasta hacía poco sucio e inaccesible que estaba ya
próximo a su desembocadura, apenas cuatro o cinco kilómetros más allá. Pero, aunque
cercano, el mar quedaba muy distante en la cabeza de las chicas, el rumor de una pala-
bra sin conexión real con la línea color plata que podían ver desde su aula en el se-
gundo piso.
Bel miró a la Nata, sentada frente a ella, remover el café con la pequeña cucharilla,
un poco encorvada. El pelo en una coleta, las piernas algo encogidas bajo la mesa y la
espalda amplia, bien formada. No pudo evitar pensar en esos cuentos en los que una
niña crece y crece hasta quedar atrapada en un mundo con muebles que de repente re-
sultan diminutos para ella. Ella se dejó observar, estaba acostumbrada. Muchas veces,
en cualquier situación, mientras iba en el autobús o hacía cola en el súper para pagar,
notaba cómo las miradas de la gente a su alrededor iban a parar a ella, a su cuerpo
grande, inusualmente contundente. Mojó el cruasán sin prisa en el café con leche.
-Bueno, ¿y para qué querías verme?
-Quería hablarte de la taza --contestó Bel-. Quiero recuperarla.
-Qué taza.
-La de Tamara. Esa en la que pone: «No me hables hasta después del café».
Al oír el nombre de Tamara, la Nata dejó de mojar su cruasán en el café con leche y
miró a Bel directamente.
-No te sigo -dijo.
Bel suspiró. Empezaba a pensar que la Nata no fingía. Realmente parecía no saber
de qué le hablaba.
-En Navidad. Me tocó hacerle el regalo del amigo invisible. A Tamara.
-Caray, qué mala suerte, ¿no?
Bel serio.
-En fi n. Le compré una taza.
-¿ Y ahora quieres recuperarla? Menuda cara. Bueno, pídesela.
-Tamara nunca llegó a tenerla.
-Ah, ¿no?¿ Y quién la tiene?
-¿Tú?