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La leyenda del Yastay y sus poderes

Yastay es una deidad que gobierna sobre los animales, especialmente las aves y guanacos, y se presenta en diversas formas, incluyendo la de un guanaco blanco. Su esposa es Pachamama, y juntos viven en un hogar donde cuidan de la naturaleza. Yastay exige ofrendas de cazadores y castiga a quienes no cumplen sus acuerdos, pero también puede recompensar a aquellos que lo veneran adecuadamente.
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La leyenda del Yastay y sus poderes

Yastay es una deidad que gobierna sobre los animales, especialmente las aves y guanacos, y se presenta en diversas formas, incluyendo la de un guanaco blanco. Su esposa es Pachamama, y juntos viven en un hogar donde cuidan de la naturaleza. Yastay exige ofrendas de cazadores y castiga a quienes no cumplen sus acuerdos, pero también puede recompensar a aquellos que lo veneran adecuadamente.
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YASTAY

Señor, dueño o dios de los animales, a quienes gobierna y de quienes dispone soberanamente. En
particular de las “aves”, que son los animales que sirven al hombre y que no vuelan. Se lo llama
también “Amigo” o “Dueño de las Aves”. Con menos frecuencia se lo presenta como dueño único
de todas las riquezas minerales, que transporta en sus tropas de guanacos.

A veces se lo describe como un hombre delgado y alto, pero más frecuentemente de baja estatura y
menudo. Ágil y vital. Tiene abundante cabellera y barba blanca. En otras versiones es lampiño.
Lleva un sombrero de lana de oveja o bien de paja de grandes alas, con cuernos de plata. Está
elegantemente vestido, como el rey del naipe, con botas de oro, pero otras veces se lo presenta con
ropaje pobre, hecho de lana o piel de guanaco o vicuña. Suele montar un caballo blanco,
acompañado por un perro negro.

La esposa del Yastay se llama ”Pachamama”, y tal como él es dueño de los animales silvestres, ella
es dueña del campo o de la creación. Viven en una gran casa llena de comodidades, donde tienen
todo lo necesario para pasar la vida. En otras versiones el Yastay habita en un humilde rancho,
hecho con cueros de guanaco o vicuña.

Suele pasar tocando una quena hecha de húmero de cóndor, para regocijo de los animales silvestres,
hasta el linde del campo. Como divinidad que es, no muere nunca.

1) CAMBIA DE FORMA A VOLUNTAD

El Yastay se aparece de todas las formas animadas. Puede tomar a voluntad la figura de un campero,
unas veces viejo, otras muy joven, así como la forma de sus animales protegidos, en particular los
guanacos. En este último caso, se lo distingue por el color más claro y la mayor alza que los demás.
Casi siempre se lo presenta como un guanaco blanco, pero también puede aparecerse como un
guanaco overo, un suri blanco, un perro, un zorro, etc.

En cierta ocasión un cazador boleó un relincho corpulento, quien huyó internándose en una
quebrada. El hombre lo siguió hasta encontrarse con otro hombre que aun no había concluido su
metamorfosis, mientras se desataba las boleadoras de las piernas. Era el Yastay.

2) CRÍA Y PROTEGE A SU HACIENDA

A- Maneja la tropa

El Yastay se encarga de separar las tropillas, todos los machos juntos y las hembras en otra tropilla,
acompañadas por un solo macho. Montado a un caballo blanco, da un grito y los guanacos se le
amontonan y así reúne la tropa. En los campos resecos abre y cierra los portillos para que sus
animales abreven.
En una ocasión el estanciero de Huasan, Andalgalá, salió con los perros a la cumbre del Candado.
Mientras iban caminando advirtió que los perros huían con las colas entre las patas. Al echar la
mirada por el campo, pudo ver al Yastay con una jauría de perros, que iba corriendo las “aves” de
sus dominios.
B- Avisa a los guanacos para que huyan del peligro

El Yastay vigila mientras los guanacos comen y en cuanto siente algo, da aviso para que escapen del
peligro. Siempre que algún cazador no ha podido dar caza a alguna pieza en el cerro, le han
adjudicado su suerte al Yastay.

En el tiempo en que comenzaron a entrar los españoles a la zona, en cierta ocasión el Yastay dio
aviso a un guanaquito (teque) para que huyera junto a su madre de unos cazadores. Esta no lo hizo y
la mataron, pero él se salvó.

C- Responde la agresión a su hacienda

Un cazador que iba corriendo una tropa de guanacos se dio con un hombre vestido de piel de
guanaco, que lo tomó a azotes y le dijo por qué le mataba la tropa, que para él era un trabajo criar
tanto guacho que le dejaban. Era el Yastay.

En su encuentro con otro cazador, el Yastay le interpelaba su conducta amenazándolo con graves
castigos si no cesaba la persecución de sus rebaños de guanacos. El cazador confuso fue conducido
por el Yastay a un cerro muy alto y allí, dando un silbido agudo, hizo aparecer otro relincho, sobre
el cual ordenó montar. El guanaco con su carga se precipitó cerró abajo a cuya base llegó con su
jinete incrustado. Otro silbido hizo trepar de nuevo al guanaco siempre con nuestro hombre, que
pudo al fin bajarse tiritando de terror, después de esta prueba tan dura.

Un tercer cazador narra la historia de su encuentro con una manada de guanacos: “y a su frente, a
certero tiro de arma, uno mayor y de un color más claro que los otros, que me miraba fijamente...
Me eché la carabina al pecho y apunté. Sonó la descarga… y cuando creía ver la pieza muerta
miré con gran asombro, que el enorme guanaco claro avanzaba unos pasos hacia mí… seguía
mirándome con ojos de reto y desafío. Apunté de nuevo, con todo cuidado y sonó el tiro. Como en
la primera ocasión, el guanaco casi blanco… avanzó hacia mi bufando… Principié a perder la
serenidad, pero hice mi tercer disparo. ¡Más bien no lo hubiera hecho nunca! La bestia,
encarándose conmigo, y de un solo golpe… me arrojó al suelo… Y antes de que tuviera tiempo de
reaccionar, me sentí tomado y golpeado por todos lados, como si 100 puños cayeran a la vez sobre
mí… comprendí que había peleado con el mismo Yastay…”.

D- Retiene los perros de los cazadores

Si algún cazador persigue a los guanacos con perros, el Yastay se los pilla y esconde atados en su
casa y cuando el cazador los busca, se le aparece el Yastay en forma de hombre y se los entrega,
diciéndole que no cace las hembras, pues le quedan muchos guachos, y cuando necesite algún
animal que se los pida a él, que le dará los machos.

Así, cierto día un cazador vio desaparecer sus perros tras una manada de vicuñas, que escapaban
vertiginosas de los perseguidores, por entre peñascos abruptos. Las persiguió hasta dar con una roca
que cerraba una estrecha garganta, a manera de maciza muralla. Sin hallar salida alguna por dónde
escaparan en fuga la manada perseguida y sus perseguidores, dio con una puerta de piedra, que
cerraba una larga galería que horadaba la montaña. A la salida se abrió un paisaje de apacibles
lagos, rodeado de tiernos pastizales donde se alimentaban millones de guanacos y vicuñas. De
pronto vio venir a su encuentro a un hombre de estatura pequeña, trajeado con telas de lana de sus
protegidos, quién le inquirió el porqué de su presencia. Era el Yastay. El cazador le refirió lo causal
de su arribo. El Yastay le invitó a pasar y le enseñó sus perros jadeantes aún, aprovisionados por
fuertes dogales.
3) EXIGE PAGOS Y OFRENDAS

Como dueño de las “aves”, el Yastay quiere que el cazador lo propicie o venere, de lo contrario no
tendrá éxito en su empresa. Las aves no se le aparecen, o lo oyen y huyen, o no acierta con el lazo o
las bolas. Entonces en un pozo, piedra, apacheta o árbol, se deposita para el Yastay coca, maíz,
harina de maíz, harina de chaclión (maíz de escoba), cocho (harina de maíz tostado, mezclada con
polvo de algarroba negra o azúcar), tabaco, azúcar, yerba, llicta (pasta alcalina hecha de plantas de
ambientes salitrosos, para facilitar el consumo de coca) o algún otro vicio, eventualmente rociados
con aguardiente. Al dejarlas se dicen unas palabras y el Yastay sale, come y toma lo que le dejan y
después se puede cazar libremente. No obstante, se debe cumplir el severo compromiso de no cazar
más de lo necesario, sin dar muerte a la prole (teque) ni a las madres, no deshacer los nidos o
cautivar pichones, porque esto significa un gran enojo para el Yastay.

Sigifredo Millicay, un campero de Sanagasta, solía decir que no se debía matar más de un guanaco
y tampoco lastimar a las hembras, pues el Yastay se enojaría. En una ocasión pudo verlo y sentir su
resuello muy cerca, con sus ojos brillantes clavados en el cuchillo que llevaba en la mano. En el
acto, Millicay escondió el arma y sacó de la alforja un poco de azúcar, que dejó sobre una piedra. El
guanaco era blanco, lamió el azúcar y salió dando un salto cuesta arriba.

A- Recibe pagos por las “aves” que se le arrebatan para ofrendar al Chiqui

Año tras año se le deben arrebatar al Yastay algunas de sus “aves” (guanacos, liebres,
quirquinchos), para luego sacrificarlas para el Chiqui. Entonces el Umaniyoc cuida de propiciarse la
voluntad del Yastay, ofreciéndole una alojita de chañar, mistol, algarroba u otra fruta que pueda
estar en sazón.

4) REALIZA REPRIMENDAS E IMPONE CASTIGOS

Quien no le da nada al Yastay o incumple sus acuerdos, provocando su enojo, no encuentra una sola
“ave” en el campo, pues a todas las tiene escondidas. Si insiste en su mala conducta, el castigo
puede resultar mayor, puede perder sus perros, enfermarse e incluso morir. Tal fue el caso de
Claudino Carrizo, campero de Fiambalá, quien incumplió la promesa de ofrendar harina de
chasclión. Entonces fue matado por el Yastay, transformado en guanaco, a quien Carrizo no pudo
dar caza en una siguiente incursión al cerro.

Cierto día Baigorrí, otro cazador de la zona de Pituil, largó los perros tras una buena manada de
guanacos. Estos la siguieron por una enorme distancia. Pasaron días y los perros no volvían. En
vista de esto, su dueño salió a buscarlos hasta que dio con un pequeño rancho. Salió a su encuentro
un hombre de pequeña estatura: era el Yastay. Interrogado por este, acerca del objeto que lo llevaba,
el cazador contestó que iba en busca de unos perros que le habían desaparecido siguiendo unos
guanacos. Entonces el pequeño hombre lo condujo a un soberbio edificio, donde había un extenso
patio. “Ahí están los perros que busca”, le dijo. En efecto, eran esos y notó que estaban amarrados
con cadenas de plata. Luego le hizo ver una cantidad de guanaquitos huachos (huérfanos). “Esto es
a causa de que me hacen matar con los perros las guanacas madres, haciéndome un gran
perjuicio”. Enseguida lo encerró en un cuarto con la terrible sentencia de que ahí permanecería dos
años sin dejarlo volver, en castigo por el daño que le hizo.

Adán Quiroga registró rogativas para la sanación de los enfermos, hechas a la Pachamama y luego a
su esposo el Yastay: “Yastago, abuelo viejo, perdone si le han hecho mal, padrecito viejo,
¡kusiya!”.
5) ENTABLA VÍNCULOS ESPECIALES DE AFINIDAD

Eventualmente el Yastay puede recompensar a los cazadores, según su voluntad, luego de acordar
términos que suponen para éstos, realizar los pagos y ofrendas, no cazar en exceso, evitar las crías y
las hembras, y no revelar dicho acuerdo a otras personas, so pena de perder todos los beneficios e
incluso la vida.

En su encuentro con Bernardo Baquinsay, un cazador de Fiambalá, el Yastay le devolvió a su perro


y le recomendó que no vuelva a cazar vicuñas y mucho menos las que tienen cría, “y ya ve usted”
dijo, señalando a las vicuñitas, “todas estas son guachitas y me cuesta mucho criarlas... cuando
quiera carne o cuero de vicuña, tráigame una bolsa de harina de chasquión que yo le daré lo que
necesite, pero no vuelva a cazar más vicuñas, y esto que le prometo no cuente a nadie, porque el
día que cuente se morirá”. Dicen que Bernardo Baquinsay, de tiempo en tiempo hacía un viaje,
trayendo al regresar mucha carne y cueros de vicuña, y que nunca quería avisar en qué lugar las
cazaba. Pero llegó un día que no pudo guardar el secreto y como lo predestinara el Yastay, murió al
poco tiempo.

En algunos casos los beneficios ofrecidos por el Yastay siguen a la imposición de un duro castigo,
como le ocurrió al campero Baigorrí. Transcurrido los dos años de prisión sentenciados, el Yastay
llamó al preso, regalándole unas alforjas llenas de guano de guanaco y le dijo: “cuando tengas
necesidad, sacas de un lado de la alforja un guano que se convertirá en moneda de plata. Sacas del
otro lado un guano que se convertirá en moneda de oro… Lleva también esta figura blanca de
forma de guanaco. Cuando quieras cazar alguno, soplas la figura y se vendrá el guanaco que
desees. Todo esto con la condición que no descubras el secreto porque si lo descubres serás
perdido”.

Otro campero se encontró un día extraviado en plena montaña. Al descender una quebrada, dio con
un pobre rancho donde, al calor de la lumbre, asaba un cuarto de guanaco un viejo pobremente
vestido. Le participó de su almuerzo y al despedirse el viajero, le obsequió para las alforjas tres
boñigas de vaca, aconsejándole que no las arrojara al campo. No pudo excusar el don y partió, pero
al poco trecho, pensando en el ridículo regalo, lo arrojó al borde del camino. Cuando llegó a su
casa, encontró en el fondo de las alforjas algunos pedacitos de oro, en que se habían convertido las
partículas desmoronadas de las boñigas. Volvió inmediatamente en busca de lo que arrojara, pero
nada encontró. Ese viejo de la cabaña fue el Yastay y quería enseñar que no hay que despreciar los
dones de los pobres.

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