TELÓMEROS: LA CLAVE DE LA LONGEVIDAD
La palabra telómero se refiere a los extremos de los
cromosomas que se encuentran en el núcleo de las células.
Allí, en el ADN, se encuentran los genes, la información vital
del cuerpo humano. Los telómeros se comportan como
relojes o temporizadores de la célula, definiendo el número
de divisiones celulares y, posiblemente, determinando el
momento de su muerte y longevidad. Este se debe a que el
ADN contenido en ellos no se replica en su totalidad
durante la duplicación, ya que hay una enzima, la ADN-
polimerasa, que no tiene capacidad para copiar todos los
genes contenidos en los cromosomas, perdiéndose en cada
mitosis una información vital de supervivencia a causa del
acortamiento paulatino de los telómeros. Cuanto más
cortos, menos información albergan, y sin información
muchos de los procesos de restauración corporal no se
pueden realizar. Es como si nuestras células perdieran parte
de su memoria. Realmente los telómeros protegen los
extremos de los cromosomas, impidiendo así que se alteren
los genes que están situados en las retorcidas moléculas de
doble hélice de ADN que les albergan. Cuando están en su
total longitud y estabilidad, nuestros datos genéticos están
protegidos y hacen posible que las células se dividan,
manteniendo la información para evitar el envejecimiento y
la magnificación de las células que pudiera llevar al cáncer.
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Los telómeros, además de prevenir el deterioro de los
extremos de los cromosomas, evitan que los cromosomas
se fusionen unos con otros. Sin embargo, cada vez que una
célula se divide, parte de la estructura de los telómeros se
pierde (por lo general de 25 a 300 pares de bases por
división) y cuando se hace demasiado corto, el cromosoma
alcanza una longitud crítica y ya no se puede replicar. Esto
significa que una célula se convierte en vieja y muere por el
proceso denominado apoptosis.
Sin telómeros, la parte principal del cromosoma -la zona
distal que contiene los genes esenciales para la vida- se
hace más corta cada vez que una célula se divide. Así que
los telómeros permiten que las células se dividan sin perder
los genes, los telómeros actúan como una especie de
retardo en el tiempo, evitando que se pierda la información
genética vital que posee la célula después de las divisiones.
Esta división es necesaria para que crezca la nueva piel, la
sangre, los huesos y otras células, cuando sea necesario.
Las células humanas no son inmortales, y solo se
dividen un número determinado de veces: el límite
de Hayflick.
¿Qué determina este límite de divisiones? Los telómeros.
Los telómeros: tu reloj de arena
2
Los telómeros no son más que una secuencia de ADN
especial, situada en los extremos de
los cromosomas. Protegen la integridad del ADN
celular, pero se acortan en cada división.
Cuando se acortan los telómeros, los extremos de los
cromosomas podrían perderse y degradar el mapa genético
de la célula, haciendo que funcione mal, anárquicamente,
derivando en un cáncer y la 2 muerte. Cuando esto ocurre,
y debido a que un ADN roto es peligroso, la célula tiene la
capacidad de detectar el daño cromosómico y repararlo.
Esto ocurre habitualmente, pero con el paso de los años no
es completo y el deterioro celular es notorio. No obstante,
la célula, en su intento por sobrevivir, trata de reparar el
daño o adaptarse a ello ya que, de no hacerlo, con el
tiempo no podría dividirse y moriría, y con ella la
información disponible. Es como si un programa informático
careciera de datos correctos, de todos los datos iniciales o
que el procesador funcionase defectuosamente. 2. ¿POR
QUÉ LOS TELÓMEROS SE ACORTAN CADA VEZ QUE UNA
CÉLULA SE DIVIDE? Antes de que una célula comience a
dividirse, los cromosomas dentro de ella se duplican, de
manera que cada una de las dos nuevas células contenga
un material genético idéntico. Un cromosoma con dos
hebras de ADN debe descansar y separarse. En ese
momento, una enzima (ADN polimerasa) empieza a hacer
dos nuevas hebras de ADN, lo que se consigue con la ayuda
de pequeños trozos de ARN. Cuando cada nueva cadena se
ha completado, el resultado es que resulta un poco más
corta que la cadena original porque se necesitaba espacio
para ese pequeño trozo de ARN. Para evitar este
acortamiento, el cuerpo elabora una enzima llamada
telomerasa que añade bases a los extremos de los
telómeros. En las células jóvenes, la telomerasa mantiene
los telómeros a salvo de un desgaste prematuro; pero a
medida en que las células se dividen repetidamente no hay
suficiente telomerasa, de modo que los telómeros se
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acortan y comienza el envejecimiento de las células. Hay
factores que aumentan este mal o lo detienen.
Se ha demostrado que el estrés acorta los telómeros y ello
ocasiona que las células inmunológicas tengan el doble de
riesgo de morir de enfermedad cardiovascular que los
pacientes con telómeros más largos. En el lado opuesto, las
personas de 100 años con buen estado de salud suelen
tener significativamente telómeros más largos que aquellas
que tienen problemas de salud. Las pruebas sugieren que
niveles elevados de estrés oxidativo y las inflamaciones
aumentan aún más el acortamiento. ¿Cuántos años pueden
ser agregados a nuestra vida si seguimos manteniendo la
longitud de los telómeros? Los investigadores creen que 10
años y tal vez 30 años más de la edad media. Si a este
efecto sumamos una vida saludable, se calcula que al
menos se podría prolongar la vida hasta 50 años. O sea,
que en una persona de 70 años alcanzar los 120 años de
vida no es improbable, y además con salud.
¿Cómo se alargan los telómeros? Gracias a
la telomerasa.
LA TELOMERASA
La telomerasa, también llamada telómero terminal
transferasa, es una enzima producida de una proteína y de
subunidades de ARN que se inserta mediante la adición de
secuencias de cromosomas TTAGGG al final de los
cromosomas existentes. Esta polimerasa (complejo
ribonucleoproteico) se encuentra en los tejidos fetales, en
las células germinales y en las células tumorales y su
función es proteger los extremos terminales de los
cromosomas. La actividad de la telomerasa está regulada
durante el desarrollo embrionario y tiene una muy baja
actividad, casi indetectable, en otras partes de las células
somáticas, aquellas que permiten el crecimiento de los
tejidos y órganos. Estas células son las que constituyen la
mayoría de las células de nuestro cuerpo y contienen toda
la información genética de un individuo, pero debido a que
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estas células somáticas no suelen utilizar la telomerasa,
envejecen y con ellas el cuerpo. Lo que sabemos es que, si
se activa la telomerasa en una célula, continuará creciendo
y dividiéndose. En las células que carecen de telomerasa
los telómeros de los cromosomas se acortan y, finalmente,
desaparecen con las divisiones celulares repetidas. Por ello,
la inhibición de la telomerasa de forma selectiva está
siendo investigada como método para matar células
cancerosas, evitando que proliferen. Función La función
principal de esta ribonucleoproteína es sintetizar las
secuencias repetitivas de los telómeros, estabilizando así la
longitud de los mismos, siendo responsable de la extensión
y mantenimiento del telómero.
La enzima telomerasa tiene como función reponer la
secuencia de ADN. La pérdida de actividad de la
telomerasa tiene como consecuencia el acortamiento de los
telómeros y por tanto ocasiona el acortamiento de la vida
celular, es decir, tiene una relación directa con el
envejecimiento y las enfermedades asociadas. Así que
podríamos considerar a la telomerasa como la enzima que
confiere longevidad a las células, manteniendo su vitalidad
y capacidad para duplicarse de forma completa, sin perder
información vital.
El acortamiento paulatino de los telómeros en cada división
es un proceso inevitable, pero puede regularse a través de
una enzima denominada telomerasa. Esta enzima es
capaz de regenerar en cierta medida la longitud de
los telómeros, añadiendo nuevos pares de bases al final
del cromosoma. Sería el equivalente de retrasar
ligeramente el reloj celular, permitiendo divisiones
adicionales.
Las células madre son las guardianas de casi toda la
telomerasa. Pero con el tiempo la producción de esta
rejuvenecedora enzima disminuye, aumentando la
velocidad del deterioro celular.
La idea de que los telómeros son un reloj biológico, que
podemos ralentizar con telomerasa, es muy atractiva por su
simplicidad. Pero la
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biología rara vez es sencilla. La telomerasa no es el elixir de
la juventud. Tu cuerpo silencia el gen de la telomerasa a
medida que envejeces por un buen motivo: la telomerasa
tiene un lado oscuro.
El peligro de la telomerasa
Hay un tipo de células especiales que destacan por
sus largos telómeros y gran activación de telomerasa.
Esto las hace prácticamente inmortales, y las llamamos
cáncer. Las células cancerígenas son problemáticas
precisamente porque no envejecen, y se dividen
constantemente. Una de las muchas líneas de investigación
contra el cáncer es precisamente intentar inhibir su
producción de telomerasa (estudio).
Esta es la paradoja. Baja producción de telomerasa
produce envejecimiento prematuro, pero un exceso
aumenta el riesgo de cáncer. activar la telomerasa de
manera muy controlada renueva por ejemplo el tejido
cardíaco y aumenta la supervivencia tras un infarto. Con la
misma terapia se reduce la mortalidad general y el riesgo
de enfermedad sin provocar cáncer.
El mensaje es claro: tus hábitos impactan directamente
la longitud de tus telómeros.
Los enemigos
Los comportamientos o entornos poco saludables aparecen
ligados a telómeros más cortos:
Fumar y obesidad.
Bebidas azucaradas e insulina elevada-
Sedentarismo.
Falta de sueño.
Contaminación.
Gestión del estrés
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El estado emocional influye en el estado físico, y la relación
se observa a nivel celular: el estrés crónico acorta los
telómeros, y el cortisol constante reduce además la
activación de telomerasa.
Cuidar a un ser querido enfermo es una de las experiencias
más estresantes, y existe correlación entre el tiempo que se
extiende este cuidado y el acortamiento telomérico.
Hay tres estrategias comprobadas para minimizar el
impacto del estrés en tus telómeros:
Ejercicio. La actividad física contrarresta el impacto
en los telómeros.
Meditación. Prácticas de mindfulness podrían alargar
los telómeros.
Apoyo social. El aislamiento social acorta los
telómeros en animales, y siendo el ser humano la
especie más social, es de esperar que el efecto en
nosotros sea todavía mayor. No te aísles.
Ejercicio
El ejercicio ralentiza el envejecimiento a través de múltiples
mecanismos, siendo la activación de la telomerasa uno
de ellos.
Esto explicaría por qué la actividad física está ligada a
telómeros más largos y a mayor longevidad.
Alimentación
Los alimentos no son solo calorías y nutrientes,
son información para tus genes. Una buena
alimentación protege los telómeros.
Es difícil identificar el impacto de alimentos individuales a
través de estudios observacionales, pero algunos alimentos
aparecen de manera consistente asociados a telómeros
más largos, como verduras, frutas o café.
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Niveles elevados de DHA/EPA (Omega 3) en sangre están
ligados también a mayor longitud de los telómeros, un
motivo adicional para comer más pescado. Además
del Omega 3 total, se aprecia mayor longitud de los
telómeros al reducir el ratio Omega 6:Omega 3.
Entre los alimentos asociados con telómeros acortados
aparecen los sospechosos habituales: bebidas azucaradas,
cereales refinados y carnes procesadas.
Telómeros y herencia
El estilo de vida afecta también los telómeros de las células
germinales: óvulos y espermatozoides. La longitud de los
telómeros de estas células determinará en parte la salud de
la futura vida que formarán al juntarse, en una especie
de vía epigenética. Es decir, el envejecimiento empieza
a programarse en la concepción.
Algunos ejemplos:
El acortamiento telomérico en una generación podría
aumentar el riesgo de cáncer en la siguiente
generación.
La depresión está ligada a telómeros más cortos, y las
hijas de madres con depresión nacen también
con telómeros acortados, programándolas para un
envejecimiento más acelerado.
Los hijos de madres fumadoras tienen telómeros más
cortos.
Por supuesto la programación puede ser positiva. Los
bebés alimentados exclusivamente con leche
materna durante las primeras 4-6 semanas de vida tienen
telómeros más largos a los 4-5 años.
Resumen
El envejecimiento es un proceso complejo. Uno de los
mejores indicadores de su avance es la longitud de los
telómeros.
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Estos se acortan con cada división celular, pero la
telomerasa los puede regenerar.
Afortunadamente, podemos prevenir el acortamiento
de los telómeros, incluso alargarlos, con un estilo de
vida saludable.
Tus telómeros responden a tus hábitos. Merece la pena
mejorarlos.
En una ocasión, un periodista le preguntó a Helen Keller
que se había quedado ciega, muda y sorda a los diecinueve
meses de edad:
-Srta. Keller, ¿Hay algo peor que ser ciego?
-Sí, es peor poder ver y no tener una visión, porque como
vemos el futuro, determina cómo vivimos el presente.
La felicidad está íntimamente relacionada con el sentido
que le damos a la vida, a nuestra existencia. Es una manera
de enfrentarse a la vida. Hoy sabemos que ser felices es
una garantía de longevidad para la salud. Las personas más
felices tienen una genética privilegiada. Los telómeros son
los manguitos que se encuentran en el extremo de los
cromosomas y disminuyen a medida que envejecemos o
enfermamos. Las personas más felices tienen los telómeros
más largos. La gran noticia es que hoy conocemos que
existe la epigénetica, es decir, podemos modular y cambiar
nuestros genes: nuestras propias experiencias pueden
marcar el material genético.
¿Se puede aprender a ser optimista?
Definitivamente sí. El psicólogo israelí Tal Ben
Shahar imparte el curso más concurrido en la Universidad
de Harvard en el que enseña a ser feliz. Podemos aprender
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a ser positivos. Es un trabajo lento pero lleno de
satisfacción y de posibilidades para mejorar nuestra salud
física y mental. El optimismo es una forma de capturar el
instante presente ya que felicidad no es lo que nos sucede,
sino como interpretamos lo que nos sucede. La gente que
ha llegado más lejos en la vida poseía una visión optimismo
del mundo de y las personas y sabían comunicarla a otros.
El optimista sabe ver un proyecto mientras que el pesimista
encuentra siempre una excusa para no empezar.
1- Nuestro cerebro cuenta con gran neuroplasticidad. Puede
ser entrenado. La ilusión es al cerebro lo que el ejercicio al
musculo. La pasión por la vida aumenta las conexiones
neuronales y producen un movimiento de neuronas hacia el
hipocampo (zona de la memoria y del miedo). Decía Ramón
y Cajal, premio Nobel y padre de la neurociencia, “todo ser
humano si se lo propone puede ser escultor de su propio
proyecto”.
2- Hay que aprender a descubrir lo que nos enseña cada
circunstancia adversa. Hace falta paciencia y tiempo. En
ocasiones hay que esperar para poder entender los
acontecimientos negativos. Decía Winston Churchill, “el
optimista ve una oportunidad en toda calamidad; el
pesimista ve una calamidad en toda oportunidad”.
3- La desesperanza, la apatía y la desmotivación bloquean
zonas de nuestro cerebro y nos impiden ver soluciones.
Disminuyen el riego sanguíneo en zonas cerebrales básicas
para la resolución de problemas. Debemos aprender a vivir
con esperanza, que es la llave para la paz interior.
4- Goethe pensaba; “si tratas a una persona como es,
permanecerá como es; pero si la tratas como si fuera lo que
debe y puede ser; se convertirá en lo que puede y debe
ser”. Esto funciona tanto con nosotros, así como con las
personas que nos rodean. Sueña en grande, actúa en
pequeño.
5- Crecerse ante la adversidad. No desaparecer o desear
desaparecer. Luchar con constancia. En mi trabajo observo
vidas de personas que han salido adelante a pesar de haber
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sufrido enormemente, han podido levantarse y
recomenzar. La derrota nos moldea, nos enseña aquello que
el éxito nos impide ver.
6- Encontrar modelos, ejemplos que nos impulsen . “Si ves a
un hombre bueno, imítale; si ves a un hombre malo:
examínate a ti mismo” señalaba Confucio. Leer vidas de
personas que han sabido seguir adelante a pesar de las
dificultades. Nos inspiran para no desanimarnos o
abrumarnos por las dificultades del instante presente.
La felicidad es una forma de ver la realidad por tanto la
tarea de aprender a ser optimistas consiste en ejercitarse
en mirar esa realidad, en mirar a las personas de forma
amable y en mirar al mundo con esperanza e ilusión.
Como bien apuntaba Gilbert Keith Chesterton; “Optimista
es el que mira a los ojos; pesimista, el que mira a los pies.”
La felicidad es una garantía de longevidad. Como bien
explica el Dr. Daniel G. Amén, el cerebro es el hardware del
espíritu. Su funcionamiento determina lo felices que somos,
cómo son nuestros sentimientos o cómo interactuamos con
los demás.
El sufrimiento emocional deja huella en nuestros genes. Los
manguitos que se encuentran en los extremos de los
cromosomas, los telómeros, disminuyen con el tiempo, con
las enfermedades y con el estrés. La buena noticia es que
nuestras propias experiencias pueden alterar el material
genético, a esto se denomina epigenética.
La felicidad es una forma de vivir en el mundo. Consiste en
aprender a ver la vida con un filtro que nos aporte
sentimientos de bienestar y equilibrio. Para ello es preciso
haber superado los traumas, conflictos y heridas del
pasado. Una persona que vive anclada en un pasado
traumático no consigue ser feliz porque la felicidad consiste
en tener ilusión. La felicidad viene por tener motivos por los
que levantarse cada mañana.
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Nuestros pensamientos y sentimientos alteran nuestro
mundo interior. Tienen un impacto importante en la mente
y en el organismo. Los pensamientos negativos como ira,
rabia, frustración, desesperanza alteran el riego sanguíneo
en el centro del optimismo del cerebro, la corteza prefrontal
izquierda. Nuestra mente no distingue realidad de ficción.
Por tanto, cualquier pensamiento que nos aturda, nos
obsesione, tiene un reflejo en el cuerpo. Los estados de
alerta y estrés permanentes generan la hormona
del cortisol, que de forma crónica induce cambios en el
cuerpo: a nivel gastrointestinal, neurológico, alteración en
la tiroides, disminución del sistema inmunológico, muerte
de neuronas en el hipocampo (zona de memoria y
aprendizaje), cansancio, tristeza, apatía, y un largo etc.
Según la Universidad de Harvard, del 60 a 80% de las
enfermedades que padecemos tiene relación directa con
las emociones tóxicas.
Hoy en día sabemos cómo mejorar el equilibrio hormonal y
ayudar a eliminar ese exceso de cortisol que bloquea y
perjudica nuestro cuerpo. Algunas de esas claves son
el ejercicio físico, practicar los pensamientos positivos y
eliminar los negativos, saber manejar a las personas
tóxicas del entorno (acercándonos a las personas vitamina)
y practicando técnicas de meditación, mindfulness por
ejemplo.
Existe un elemento fundamental en este proceso: aprender
a manejar las emociones, ya que estas son las que influyen
directamente en nuestro organismo. Para ello hace falta:
1- Conocerse: focalizarnos en nuestras virtudes. Quien no
se conoce, no se comprende ni acepta y por tanto no puede
superarse y mejorar.
2- Evitar el exceso de autocrítica y exigencia: huir del
perfeccionismo excesivo, ya que el perfeccionista es el
eterno insatisfecho. Cuidado con el autoboicot, es esencial
aprender a dominar la voz interior. Grandes entrenadores
del tenis han tratado estos temas; a igualdad de nivel, gana
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quien domina su mente. Lo explica de manera
clara Timothy Gallwey en su libro “el juego interior”.
3- Fijarnos metas y objetivos: sueña en grande, actúa en
pequeño. No tengas miedo de dejar volar tu corazón, pero,
a continuación, realiza un plan de acción y una estrategia.
No te quedes únicamente en el sueño. Actúa en
consecuencia. Decía Aristóteles: “No hay viento favorable
para quien no sabe adónde va“. Si perdemos de vista
nuestros sueños, metas, acabaremos siendo esclavos de lo
inmediato. El año pasado salió publicado un artículo
interesante al respecto. Las personas con una meta o
propósito en la vida tienen menor riesgo de sufrir
enfermedades cardiovasculares y un menor riesgo de
mortalidad.
4- Trabajar la voluntad. Esta se adquiere con aprendizaje
tratando de fortalecer un sistema de control inteligente. Es
la fuerza superior de la mente que nos permite alcanzar
una meta, no de manera impulsiva sino cerebral.
5- Mejorar en asertividad. Es encontrar el puente intermedio
entre aceptar que todo lo decidan los demás por nosotros o
no ser capaz de tener un pensamiento objetivo y respetar
las ideas de otros. “Digo si cuando quiero decir no; cuando
digo no, me siento culpable”.
6- Aprender Inteligencia emocional. Esto significa, entender
y expresar mis emociones; entender y empatizar con las
emociones de otros y controlar emociones, la impulsividad.
7- Educar el optimismo. Se puede. Cualquier situación
puede verse en clave de problema o en clave de solución.
Hay que cambiar el lenguaje y empezar a usar palabras que
evoquen entusiasmo, alegría, ilusión. Desechar las palabras
tóxicas que nos anulan y alteran el riego sanguíneo. El
optimismo llama a la ilusión y a la pasión, y estas tienen un
efecto directo sobre el cerebro y la neuroplasticidad. Se ha
observado que en las personas que practican el optimismo,
se produce una neurogénesis: células madres se convierten
en neuronas en tres semanas y migran al hipocampo.
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Como bien decía Ramón y Cajal en 1984: “El órgano del
pensamiento es, dentro de ciertos límites, maleable y
susceptible de ser perfeccionado mediante ejercicios
mentales convenientemente dirigidos”.
Estructura de los telómeros. Su significación y
sentido fisiológico y genético
Los telómeros (10,11) - del griego «telos» que significa «final»
y «meros» que significa «parte» - son estructuras
evolutivamente conservadas, de una longitud de varios
pares de kilobases, localizadas en los extremos de los
cromosomas lineales de las células eucariotas (Figura 4).
Los telómeros están compuestos por secuencias repetidas
de ADN no codificante(12) (miles de repeticiones del
hexanucleótido TTAGGG) asociadas a proteínas con las que
forman el complejo multiproteico denominado
(13-15)
shelterina/telosoma (Figura 4 y Figura 5).
esta secuencia servía como molde en la construcción del
ADN telomérico, proporcionando una extensión de ADN que
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permitía a las ADN polimerasas celulares copiar toda la
longitud del cromosoma sin perder la porción final de ADN.
Los telómeros son los capuchones de las puntas de
los cromosomas, que se van acortando cuando nos
vamos haciendo mayores. Son el reloj biológico natural.
Sabemos que la manera en la que nos enfrentamos a los
problemas de la vida puede acortar o alargar nuestros
telómeros. La actitud proactiva —me levanto, leo, hago
deporte, quedo con alguien, me venzo a mí mismo y voy
hacia adelante— mejora los telómeros, la salud física y la
psicológica. El optimismo es ver la vida como una gran
posibilidad para mejorar. La gente que tiende a ver la vida
en positivo, a pesar de las circunstancias, tiene menos
riesgo de minar su salud. El pesimista, el que convierte las
emociones en una soga, se acerca al diván.
El optimismo es una herramienta que no puede ser un fin,
ni una obsesión, ni comprarse a cualquier precio. Una
herramienta sin contexto se convierte en un problema en sí
misma. La psicología positiva solo funciona cuando nos
conocemos bien en situaciones de calma y de estrés.
Reírnos de nuestros fracasos y problemas y priorizar el
sentido del humor es básico. No podemos tomarnos tan en
serio lo que nos pasa. Para superarse es necesario asumir el
error y la imperfección, y reírse de uno mismo. Sabemos
que la persona que ríe activa el músculo orbicular del
párpado, que tiene una relación con el sistema límbico. Eso
genera endorfinas y sustancias positivas para el organismo.
Está comprobado que cuando uno se ríe a carcajadas
hay una explosión luminosa en el cerebro, como se ha
visto en alguna resonancia magnética. El sentido del humor
es una vitamina para el cerebro muy buena para la salud.
El ser humano no está diseñado para ir constantemente en
«modo supervivencia», sino para conectar y disfrutar
de lo que tiene: la naturaleza, las personas… ¡Ojo, que
vivimos en
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una sociedad que conecta mejor con las pantallas que
con los seres humanos y la relación directa con las
personas es lo único que nos llena de felicidad en la vida!
La serenidad es encontrar la paz y la calma en medio de la
adversidad. Desde el punto de vista neurológico, el sistema
nervioso simpático se activa ante la alerta produciendo
dilatación de las pupilas, taquicardias y sudoración. Cuando
recuperamos la calma, se activa el sistema nervioso
parasimpático, que refuerza el sistema inmunológico,
recupera conexiones celulares e incluso genera nuevas
neuronas. Con la paz interior ponemos a punto el
organismo y el cerebro para volver a hacer frente a la
siguiente batalla. Debemos enseñar a nuestro cerebro
a buscar momentos de calma. No digo que nos bajemos
de la rueda y nos vayamos a vivir al campo, porque es
utópico, sino que, a pesar de los días bulliciosos, sepamos
frenar y buscar instantes de serenidad.
El 20 por ciento de la población está medicada por
ansiedad, depresión, insomnio… ¡Las cifras son
terribles! Cualquiera que lea el nuevo manual de
trastornos mentales se verá reflejado en diferentes
patologías de algún modo, y en el caso de los niños es
particularmente llamativo. El mundo se ha
psicologizado. Yo tiendo a quitarles hierro a los
diagnósticos, incluso, a veces, ni los doy, porque los
nombres técnicos generan perturbación. Las etiquetas
nos producen vértigo, sobre todo cuando después
buscamos en Google… Hay una psiquiatría dura —
enfermedades mentales agudas e incapacitantes— y
otra psiquiatría, en auge, que aborda desórdenes que
no son graves pero que afectan a muchísima gente, como
la ansiedad, los cuadros semidepresivos o el insomnio,
que son piedras en el zapato durante todo el día y provocan
roces en la familia, en el trabajo, etcétera.
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