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Teoría de la Argumentación y Comunicación

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Revista Iberoamericana de Comunicación

Universidad Iberoamericana

La teoría de la argumentación:
oportunidades emergentes hacia la
comunicación cooperativa
Ángela Flores Urdiales

Resumen
Este artículo busca introducir a la teoría de la argumentación como una
posibilidad teórica que abre a la comunicación la oportunidad de pensar 153
como un acto cooperativo. Para establecer un mapeo de la teoría de la
argumentación se presentará una breve genealogía de esta postura; desde
la dialógica griega hasta los estudios pioneros y contemporáneos en el cam-
po. Asimismo se introducirá un breve estado del arte en el que se presentan
las relaciones entre los conceptos de comunicación y argumentación de
tres autores de la teoría de la argumentación. De esta forma se propone
que dicha teoría sea integrada por las teorías de la comunicación, abando-
nando su diversidad disciplinar. Así se definirá a la comunicación como un
proceso cooperativo y dialógico, donde el Otro y el proceso dialógico resul-
tan ser factores necesarios para nombrarla.
Palabras clave: argumentación, comunicación cooperativa.

Abstract
This paper has its main purpose to introduce argumentation theory as
a theoric posibility that broadens the Communication field into the op-
portunity of thinking it as a cooperative act. In order to settle an argu-
mentation theory map, a brief genealogy of this theoric stance will be
introduced, from classic greek dialogics to pioneer studies on the field. Ad-
dittionally, a short state of the art will be outlined where the relations be-
tween the concepts of communication and argumentation will be showed
from three authors of the argumentation theory. In that way, it is proposed
that the argumentation theory would be integrated into the communi-
cation theories as a whole, leaving its disciplinary diversity, thus defining
communication as a cooperative and dialogic process, in which the Other
and the dialogic process with one/him come to be s necessary factors on
which communication would be named.
Kee Words: argumentation, cooperative communication

[ric no. 33, julio-diciembre 2017, pp. 153-177, issn 1665-1677]


Revista Iberoamericana de Comunicación

Fecha de recepción: 20 de septiembre de 2016


Fecha de aceptación: 4 de enero de 2017

Introducción

L os enunciados de la vida cotidiana, así como los grandes discur-


sos políticos e ideológicos, han implicado de forma natural la
toma de decisiones. El voto, la legislación ambiental, los tratamientos
médicos, las políticas públicas, la sedación y la eutanasia, los castigos pe-
nales, etcétera, son todos, en esencia, un ejemplo de la importancia de la
154
elección y la decisión más favorable para un individuo, un colectivo o
sociedades enteras y representan, en su esencia, el resultado de un pro­
ceso argumentativo (Arglab, 2016). En este sentido, los seres humanos
están conscientes de sus elecciones en niveles perceptibles; y aunque no
son los únicos seres vivos que lo hacen, lo cierto es que el nivel de com-
plejidad al pensar en las implicaciones de sus enunciamientos hace a este
proceso algo bastante intrincado. Por ejemplo, los humanos somos cons-
cientes de cometer errores en torno a nuestras ideas, creencias y percep-
ciones. También dilucidamos los escenarios deseables e indeseables con
respecto a nuestras acciones y podemos reconocer nuestras decisiones
como erróneas. Hemos aprendido a sobrevivir y evolucionar como espe-
cie sin omnisciencia a través de estos mecanismos y las consecuencias que,
pese a ser cotidianas, no son triviales. De hecho, son resultados cru­ciales y
se encuentran presentes en sucesos coyunturales de la existencia humana.
Dada la relevancia de lo que decimos, resulta natural que busque-
mos las formas de hacer que dichos resultados sean más efectivos, de
validarlos en lo público y de justificarlos, en últimas instancias, como
sentencias semejantes a aquello que conocemos como “verdad”. De he-
cho, en tanto los humanos sean considerados agentes racionales, sus
enunciamientos así manifiestos en acciones, creencias o elecciones, es-
tán sujetos a la justificación racional a través del lenguaje y la evaluación
pública (Arglab, 2016).
Revista Iberoamericana de Comunicación

Así, de forma consciente o inconsciente, tanto la academia como el


sentido común han indicado que estas decisiones son, por una parte,
racionalmente asentadas, y por otra, autónomas como entidades in-
dependientes una de otra, un producto más que un proceso comple-
jo. La asepsia de estos enunciados argumentativos, aunada al vacío
de estudios en torno a ellos, ha alimentado la idea sembrada por una
lógica formal anticuada, en la que la sensibilidad de los contextos, la
emocionalidad, las particularidades de los individuos, y por supuesto,
la incertidumbre, juegan un papel esencial.
Todos estos factores han sido abrazados por diversas disciplinas que
se mueven entre la filosofía y las ciencias más duras. La psicología, por 155
ejemplo, ha intentado analizar las motivaciones y los comportamientos
de los sujetos. La hermenéutica, por su parte, ha analizado e interpre­
tado el contexto en el que se hacen las enunciaciones. Como se puede
observar, son diversas las especialidades que han hecho acercamientos (o
apropiaciones) de todo aquello que interviene cuando los sujetos so-
ciales toman decisiones, entran en conflicto y eligen o hacen elegir. Sin
embargo, de una u otra forma, han delegado al proceso mismo y sus
componentes a un campo que surgió para responder la necesidad
de comprender qué es lo que hace eficiente un enunciamiento.
Este campo ha sido nombrado como teoría de la argumentación y
una de sus principales características es que se trata de una teoría cons-
truida desde bases densamente filosóficas, pero con tradiciones deri­vadas
a partir de disciplinas como la psicología, el análisis del discurso, la teoría
de juegos, la lógica informal y, por supuesto, la dialéctica y la retórica.
De tal forma, en este artículo se presentan los orígenes genealógicos: la
emergente teoría de la argumentación (esenciales para entender su cor-
pus teórico) y las principales tradiciones que la fundamentan haciendo
especial hincapié en la dialéctica.
Se hará dicho énfasis ya que la perspectiva de la teoría de la argu-
mentación subraya de forma específica el contexto del diálogo, hacien-
do una diferencia con el parámetro impuesto previamente en el estudio
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del argumento y con ello sustentado las leyes de la lógica formal y de la


estructura lógica de los argumentos. De tal manera, dicha teoría piensa
en la argumentación “real”, en la que los agentes (o comunicantes) son
racionales, otorgan las consideraciones más apropiadas en sus términos
para justificar una postura y sus actos, así como sus motivaciones se
adaptan a contextos particulares (Willard, 1989). La argumentación,
desde esta postura, cobra sentido al pensarse como un proceso humano
y no un artefacto inerte.
En últimas instancias, la teoría de la argumentación intenta identi-
ficar, analizar, comprender, construir y finalmente evaluar como válidos
o inválidos a los argumentos. Estos, sin embargo, no equivalen a la es-
156
tructura social o a los procesos psicológicos (Willard, 1989). Los argu-
mentos, desde esta particular postura teórica, son compromisos entre
sujetos que tienen motivaciones particulares y se encuentran ligados
a acciones que implican estrategias, tácticas, persuasión, creación de
mensajes y adaptación al interlocutor. Así, a partir de estas motiva­
ciones, el argumentador intercambia símbolos con su interlocutor
(Willard, 1989). Y es precisamente esta posibilidad de entender así a la
argumentación lo que conecta a esta teoría con el campo de la comuni-
cación, dinámico y diverso. El intercambio de símbolos, el reconoci-
miento de un otro y la cooperación como proceso son todas nociones
que bien podrían tener entrada en el campo teórico de la comunicación.
Lo anterior es posible también gracias a los terrenos comunes entre dis-
ciplinas ya insertas en el campo de las teorías de la comunicación y la
hipótesis de la argumentación en su conjunto.
Además de esbozar una breve genealogía de la emergente teoría de la
argumentación, se describirán los postulados dialécticos de la argumen-
tación y la postura frente a la comunicación de tres autores representati-
vos de la teoría de la argumentación en su conjunto: Frans van Eemeren,
Douglas Walton y Arthur Willard. Así, se propone que esta teoría es
una fuente potencial para construir un cimiento en el campo de las
teorías de la comunicación, cuyas posibilidades de investigación pueden
acrecentarse a través del contacto con teorías emergentes, metodologías y
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herramientas conceptuales. Utilizando las perspectivas de estos autores


de la teoría de la argumentación se propone además una definición de
la comunicación como fenómeno cooperativo y como un proceso dia-
lógico.

Fuentes conceptuales de la teoría de la argumentación:


de la filosofía griega al pragmatismo informal

La teoría de la argumentación es un campo reciente de investigación


que se ha alimentado de diversas disciplinas y que se encuentra aún en
157
desarrollo. Para explicar por qué existe como tal y cuál es su relevan-
cia en el estudio de los argumentos, así como su conceptualización de
la comunicación como un fenómeno cooperativo y dialógico, la inda-
gación debe extenderse hasta la Grecia antigua, dado que argumentar
es una actividad que, al igual que comunicar, sucedía antes de nom-
brarse como tal (Vidales, 2015). Los filósofos griegos antiguos fueron
quienes la definieron y estudiaron a profundidad a través de la lógica,
la retórica y la dialéctica.
Douglas Walton (2007b) afirma que tales estudios surgieron en fun-
ción de las necesidades que demandaban el ejercicio democrático y la
deliberación pública de la Grecia Clásica. Tomaron forma a partir del
imperioso menester de hablar de los temas de relevancia social y tener
que llegar a un acuerdo por consenso sobre asuntos de índole pública
que entraban en conflicto. Estas necesidades eran satisfechas por filóso-
fos, pensadores, oradores y políticos.
Para hacer un acercamiento a la argumentación desde la postura
clásica griega, tanto Platón como Aristóteles (el último en una medida
más extensa) fundaron la dialéctica y la retórica, las dos disciplinas que
en la actualidad aportan desde la filosofía a los estudios del argumento.
Estas contribuciones nunca fueron, sin embargo, articuladas. Un ejem-
plo de oposición entre ambas disciplinas es la postura de Platón, desde
la cual la retórica era considerada, al igual que el arte, engañosa, obtusa
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y presuntuosa en sí misma y también en torno a la búsqueda de la ver-


dad. Su famosa animadversión hacia los sofistas es también evidencia
de su rechazo a la retórica. Según Walton (2007b), a pesar de la postura
más moderada de Aristóteles, la retórica conservó un estatus negativo
durante mucho tiempo. Este desmerecimiento luego alcanzó a todo el
estudio filosófico y sus disciplinas, entre ellas la dialéctica y la retórica,
dada su baja estima para la opinión pública y su supuesta inutilidad.
Sin embargo, la contribución de la filosofía a la teoría de la argu-
mentación fue de hecho sentar las bases para definir al argumento mis-
mo, sus componentes, mecanismos y procesos de funcionamiento. No
sólo se logró esta contribución a partir de la dialéctica y la retórica,
158
sino también en la lógica clásica o formal, que fundada sobre la base
griega es parte esencial de la teoría de la argumentación en sus funda-
mentos epistemológicos. Fernando Leal Carretero (2010) presenta así
dos formas de estudiar la argumentación desde la filosofía:

1. Formal, de la lógica deductiva y matemática. Fundada por Aris-


tóteles (Walton, 2007b), la lógica formal fue paradigmática du-
rante siglos.
2. Práctica, de la lógica informal o pensamiento crítico. Fundada
por Charles Leonard Hamblin en los años 70 (Walton, 2009),
busca identificar, analizar y evaluar la argumentación como una
unidad situada y contextualizada, por lo que su capacidad de
análisis era dinámica que podía adaptarse a un diálogo continuo
y práctico.

En la actualidad, autores de diversos contextos (principalmente prove-


nientes de Estados Unidos) han desarrollado un nuevo campo para es-
tudiar los argumentos, utilizando una diversidad de disciplinas para
tal fin, destacando la lógica (tanto formal como informal), la teoría
formal del diálogo, la de los actos del habla, la de la comunicación, el
análisis del discurso y varias áreas de la psicología. Este campo de estu-
dio del argumento se denomina como teoría de la argumentación (ta)
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y ve a la argumentación como un fenómeno dialógico. A diferencia de


la lógica deductiva, por ejemplo, la teoría de la argumentación abar­ca
unidades de texto reales que funcionan en un contexto particular y
que implican una interacción en forma de diálogo entre dos agentes
par­ticulares. Así, el propósito de una teoría de la argumentación es
comprender cómo los grupos, las organizaciones y los individuos crean
significado conjuntando a su vez significados (Willard, 1989).
Esta diferencia coloca a la teoría de la argumentación como un pos-
tulado práctico en dos sentidos: 1) aplicado al discurso pragmático que lo
analiza como un discurso cotidiano y 2) como una teoría con conse-
cuencias prácticas como implicaciones sobre la forma en que se diseñan,
159
evalúan y enuncian los argumentos. La segunda concepción práctica
implica además una propuesta implícita de mejoramiento, resolución y
optimización de argumentos. En otras palabras, la teoría de la argu-
mentación contiene en su esencia cualidades descriptivas y normativas:
las primeras que vinculen la teoría con argumentos y enunciamientos
reales, y las segundas que faciliten un método para definir “buenos
argumentos” de los que no lo son (Arglab, 2016) a partir de su cohe­
rencia, estructura, procesos y contextos de racionalidad. Así, implíci­
tamente, la teoría de la argumentación pone especial interés en las
condiciones y las posibilidades para el discurso público dentro y entre
las comunidades (Willard, 1989), aumentando el potencial de un dis-
curso público competente e identificando los elementos que son necesa-
rios en este. Para conocer las condiciones y posibilidades, los elementos
empíricos deben ser rigurosos para explicar la interacción y la influencia
mutua entre sujetos y los efectos en los dominios sociales en los que
se mueven. Por lo tanto, la teoría de la argumentación se reafirma sobre
terrenos poco dogmáticos (como lo son la retórica y la lógica clásica),
para ser pragmáticamente útiles.
Los principales fundadores de la moderna teoría de la argumentación
fueron Chaïm Perelman con su libro La nueva retórica y Stephen Toul-
min con Los usos del argumento (Leal Carretero, 2010). Ambos textos
fueron editados en su idioma original en 1958 y de forma simultánea
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definieron al argumento como un proceso humano más que un artefac-


to. Esta definición atribuyó al argumento una connotación más con-
textualizada y cercana al hacer del sujeto: no se trataba de un texto
independiente que significaba lo mismo en cualquier posición que se le
otorgara, sino que adquiría sentido particular en donde se le posicio-
nara en un texto. Aunado a lo anterior, el argumento1 en estas obras
comenzaba a presentarse como un discurso cotidiano, cercano al inter-
cambio casual entre partes que se reconocen entre sí más que a propo-
siciones inventadas por los autores para hilar sentido en la propuesta
teórica. Así, la unidad de análisis de esta teoría, el argumento, es definido
entonces como una “serie de contribuciones colaborativas o correctas
160
para una conversación (diálogo) entre dos partes” (Walton, 2007a,
p. xvii) o bien, como proposiciones o “movimientos” en un diálogo
en que dos partes intentan razonar de forma conjunta (Walton,
2007a).
El cambio entre el formalismo de la lógica clásica y la teoría de la
argumentación, de tal forma, fue evidente: los intereses son ahora
las actividades reales, las prácticas de los sujetos, y de hecho, son estas
más relevantes y esclarecedoras sobre el hacer social que el vacío del
formalismo y su estructura lógica, en la que lo que se analizaba era pro-
ducto de quien lo realizaba y no el fenómeno empírico diferenciado del
investigador, la conversación cotidiana, los enunciamientos ordinarios
y comunes. Así, el argumento deja de ser dicotómicamente verdadero

1
Como breve reserva a la polisemia del término argumento en la lengua anglosajo-
na, aquí se respetará la conceptualización de argument como Leal Carretero (2010)
lo sintetiza: una de uso cotidiano y dos formales o técnicas. La primera se refiere a
argumento-argument como “discusión”. La segunda conceptualización como unidad
de análisis para la lógica y la filosofía, conformada por la enunciación de premisas
y conclusión. La tercera conceptualización define al argument-argumentación como
un proceso en que un interlocutor dialoga con otro o bien presenta a un foro sus
argumentos. La facilidad de la lengua española para definir estos tres conceptos (dis-
cusión, argumento, argumentación) permite que la contextualización del término no
sea necesaria en las citas traducidas de textos que usan el término argument para estos
tres fenómenos.
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o falso y pasa a ser entendido como válido, razonable, débil, incomple-


to o vago. De ahí que la teoría de la argumentación sostiene que la opo-
sición entre argumento y falacia no es tan evidente como aparentaba ser
desde otras disciplinas, como la lógica formal e informal. Por nombrar
un ejemplo, para Douglas Walton (2007b) es en el contexto de uso en
el que cobra importancia una proposición y si esta es un argumento o
bien una falacia: a pesar de que una serie de premisas y conclusiones
encuadran perfectamente en el esquema de una falacia particular, esta
no necesariamente lo es, ya que situada en el contexto en que se enuncia
puede ser lógicamente válida o aceptable.
Otra característica de la teoría de la argumentación, y particu-
161
larmente desde la postura de Douglas Walton (1992, 2007b), es que
la emoción y la valoración no son indeseables en la evaluación de un
argumento, muchas veces lo componen y en otras lo complementan.
Desde esta postura teórica, por tanto, resulta inútil sustraer estos ele-
mentos valorativos y emotivos del análisis, ya que cobran por sí mismos
relevancia, aunque estén fuera de los marcos formales del estudio del
argumento. En lo empírico, la teoría de la argumentación ha mostra-
do ser realmente tan diversa como sus materialidades. Los temas más
estudiados desde el marco han sido los debates y discusiones políticas
y deliberativas (que regresan a las motivaciones iniciales de la retórica y
la dialéctica griega); la vida práctica y cotidiana de los sujetos, evidente
en el intercambio conversacional, por nombrar un ejemplo; los mensa-
jes mediáticos (destacando la argumentación a través de imágenes y la
argumentación persuasiva); la argumentación legal, jurídica y forense,
y la artificial y de ciencias computacionales. Sin embargo, dicha teoría
padece de igual manera de una segmentación teórica que al tiempo que
la diversifica, también la ha fragmentado. Según Willard (1989):

el estudio de la argumentación está dividido entre los “formalistas aplica-


dos”, quienes hacen a los hechos sociales acomodarse a sus preferencias
analíticas, y los científicos sociales, quienes ignoran los formalismos y
los programas analíticos. Tal vez esto es otra manifestación del huma-
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nismo-cientificismo que separa otros campos, pero ciertamente no es


un debate (p.15).

Dado lo anterior, los estudiosos de la argumentación han ido en ca-


minos separados y por ello ha crecido una inconmensurabilidad entre
estos, sus intereses, posturas, objetos teóricos y problemas de investiga-
ción. Lo anterior es sólo una demostración de que la teoría de la argu-
mentación no insiste, por su origen diverso e incluso contestatario a la
lógica formal, en una universalidad o mirada única frente al fenómeno
argumentativo. Si la construcción humana del conocimiento implica
la observación de aquellas diferencias sistemáticas e inevitables entre
162
las posturas que la construyen, entonces al ser la constitución social del
conocimiento uno de los intereses de la argumentación y las disciplinas
que la estudian deberían estas ser “apreciativas” a tales diferencias siste-
máticas (Willard, 1989), no sólo estudiando al diálogo, sino constru-
yéndolo sobre el estudio de este.

“Dos cabezas piensan mejor que una”: la dialéctica y las


teorías dialécticas de la argumentación

La dialéctica, concebida como tal en la antigua Grecia, era un arte en


el que dos partes tomaban turnos para cuestionar y replicar al otro.
Según Walton (2007b), para Aristóteles la dialéctica era una forma de
examinar opiniones plausibles, particularmente juicios que eran por lo
general aceptados, encontrando sus contradicciones y debilidades. Por
otro lado, la dialéctica también es definida como el uso del razona-
miento para desencadenar consecuencias lógicas y contradicciones a
partir de premisas que son opiniones aceptadas de forma generalizada
o popular.
A diferencia de la dialéctica marxista o hegeliana, que se definía
como el estudio de las contradicciones entre eventos que suceden en
el mundo real, la clásica, de los griegos, apuesta por el análisis de las
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contradicciones en la opinión pública y las visiones de sentido común


respecto a un tema. Esta postura implica una dialéctica pública, situada
y contextualizada, flexible al cambio de espacios y tiempos, en la que
los posicionamientos tienen razones por las cuales ser justificados o
defendidos.
Estas posturas, desde la dialéctica, son puestas bajo un cierto “ries-
go” (Willard, 1989). Los elementos que conforman el proceso dia-
léctico (la argumentación) reflexivamente evalúan y según Willard
(1989), exhiben sus ideas frente a la crítica y el cuestionamiento. Una
de las partes, por ejemplo, podría oponerse a un argumento al identificar
las fallas o debilidades argumentativas, proponer cambios o modifi-
163
caciones a una postura, o simplemente expresar animadversión. Así,
el cuestionamiento entre partes dentro de la dialéctica fue nombrado
por Arthur Willard como nuestra propia versión de selección natural
(1989): si el corpus de conocimiento tiene una racionalidad en su es-
tructura, el debate en torno a este será “racional”. Aunque existe una
circularidad incluso reconocida en tal afirmación, esta permite pensar
en la intrínseca necesidad de la dialéctica por contener conocimientos
racionales que puedan ser sujetos a cuestionamiento y evaluación para
sostener su estado de racionales y así seguir siendo aceptados de forma
provisional.
Los valores, objetivos y posiciones de las partes que conforman el
proceso dialéctico no son, como podría creerse, fijos, sino dinámicos y
sujetos integralmente al curso de la argumentación, influido por factores
tan diversos que van desde los idearios de sentido común hasta la confi-
guración cultural de las partes que conforman el proceso dialéctico. Esta
noción de una dialéctica dinámica y móvil podría sugerir vulnerabilidad
y fragilidad en sus manifestaciones empíricas. Para Willard (1989), la
dialéctica, por nombrar un ejemplo, no puede garantizar la buena vo-
luntad de las partes que conforman la argumentación, por lo que su
falsabilidad puede no ser evidente o bien, deliberadamente oculta.
La dialéctica, inherentemente, solicita a las partes que conforman
el proceso argumentativo poner en lo público lo privado: el hacer de
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conocimiento común el conocimiento privado. Por tanto, la dialéc-


­tica implica recibir y aceptar críticas públicas, pero también (y princi-
palmente) exige en lo privado el modificar, revisar y poner a prueba
constante los conocimientos. Este es, en esencia, un proceso transver-
sal privado (de ajuste y formación) y público (de prueba y evaluación).
Según Willard (1989), existen efectos epistémicos producto de la
emergencia conversacional del proceso dialéctico y, en consecuencia,
la adaptación y el cambio resultan ser también constantes necesarias en
el proceso argumentativo y la dialéctica clásica.
Así, la dialéctica griega clásica, como un arte flexible y alterable, ha
sido criticada como una forma incompleta o inexacta de obtener cono-
164
cimiento como “verdad” atemporal, y por ello desvirtuada junto a la
retórica y la filosofía en su conjunto. A pesar de los intentos de revivir
a la dialéctica en las edades medias, después de su caída (junto con la de
las civilizaciones griega y romana), no fue hasta principios del siglo xx
que la lógica matemática siguió siendo predominante y generalmente
más aceptada por la opinión pública (Walton, 2007b). El resultado fue
que la retórica y la dialéctica, ambas desvirtuadas, siguieron además en
franca yuxtaposición.
Sin embargo, es innegable la influencia de la dialéctica clásica en los
estudios del argumento y la utilidad práctica que esta tiene en el campo
de la teoría de la argumentación y en últimas instancias en la teoría de
la comunicación. De hecho, Walton (2007b) incluye a la dialéctica en-
tre las tres raíces disciplinarias de la argumentación, junto a la lógica y
la retórica, reafirmando una tensión y escepticismo entre dichas raíces,
especialmente entre la retórica y la dialéctica clásicas. La primera de
ellas ha sido la disciplina con mayor sospecha y rechazo por los filó-
sofos, y ha sido clasificada como engaño o artificio que utiliza el sesgo
de las audiencias y así pierde seriedad en las proposiciones enunciadas
(Walton, 2007b).
Gracias a la introducción de la retórica por Perelman en 1958 y
su paulatina aceptación en el campo de la argumentación, en años
recientes se ha revalorizado a la retórica (Van Eemeren y Grootendorst,
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2006) como una de las bases epistémicas de la argumentación. Lo ante-


rior provocó consecuentemente que la marcada división entre la dialécti-
ca y retórica volviese, si no invisible, sí difusa y compleja de sostener sin
remover potenciales emergentes producto de su conjunción (Walton,
2007b). Junto con una retórica cada vez más aceptada entre los estu-
diosos y una diversidad de autores dialécticos que se remontan a Platón
y Aristóteles, la teoría de la argumentación tiene, debido a esta influen-
cia clásica, una orientación hacia la resolución de un conflicto y hacia
la comprensión de las premisas que la posibilitan.
Dada la información anterior, la dialéctica clásica griega ha mos-
trado una influencia importante en los estudios contemporáneos de la
165
argumentación, desde su origen clásico en la antigua Grecia hasta los
autores contemporáneos que la retomaron para fortalecer sus herra-
mientas teóricas. Así, la teoría de la argumentación, gracias a la pos­
tura clásica dialéctica, ha definido al proceso argumentativo como
la resolución de una diferencia de opinión a partir de una discusión
que sigue determinados procesos consecuentes y un consenso de defi-
nidas proposiciones (van Eemeren y Grootendorst, 2006). Walton
(2007b) afirma así que existe una necesidad de incluir y conservar
a la dialéctica clásica dentro de la teoría de la argumentación, en lo
que él denomina un renacimiento que beneficiaría al corpus teórico
emergente.
Según Arglab (2016), la teoría de la argumentación posee dos teorías
dialécticas ampliamente aceptadas e influyentes en su campo de estu-
dio: la pragma-dialéctica de Frans van Eemeren, Rob Grootendorst,
Peter Houtlosser, Agnes van Rees y otros, y la de los esquemas de la
argumentación de Douglas Walton, Chris Reed y Fabrizio Macagno.
Ambas teorías son citadas mutuamente y además fungen como rivales
amistosos (Arglab, 2016). Según Arglab (2016), existe una serie de dife-
rencias que las separan:

•• La teoría pragma-dialéctica está mayormente sistematizada que


la de los esquemas de la argumentación.
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•• La de los esquemas de la argumentación constriñe en menor


medida los supuestos a priori que el modelo pragmadialéctico.
•• La teoría pragma-dialéctica encuentra dificultad al adaptarse
empíricamente a los contextos de su aplicación.
•• La de los esquemas de la argumentación es dinámica y adapta-
ble empíricamente a los contextos cotidianos.
•• Los enunciados son falaces, desde la teoría de los esquemas de
la argumentación, si no cumplen el esquema de la argumenta-
ción, sus preguntas críticas y sobre todo, su contexto de uso.
•• Desde la teoría pragma-dialéctica, la falacia existe en tanto el
enunciado o posible argumento viole un set de reglas de la
166
argumentación.

Breve recorrido por el problema de las teorías de la


comunicación. Nuevas redefiniciones a viejos problemas

Las teorías de la comunicación son un fenómeno complejo que ha


sido analizado en múltiples ocasiones (Craig, 1999; Vidales, 2015; Vi-
zer, 2003; Zelizer, 2015). Esta complejidad en el campo encuentra
su explicación principalmente en su fragmentación “fructífera” (Craig,
1999), así como el relativismo teórico de este en su conjunto (Vida-
les, 2015). Más que defectos, estas características construyen un campo
“indisciplinable” (Toulmin, 1972, en Craig, 1996), caracterizado por
una variedad de teorías de la comunicación, muchas de ellas utili­zadas
durante algunos años y después abandonadas. Aunado al estado del
campo en general, la situación contextual condicionó un desarrollo de
los estudios de la comunicación en Latinoamérica, orientado principal-
mente a una agenda particular y un uso específico de teorías y herra-
mientas metodológicas (Sánchez-Ruiz, 2002; Fuentes 2003).
Para entender la complejidad del campo de las teorías de la comuni-
cación resulta útil el texto de Craig (1999), quien propuso un metamo-
delo constitutivo y siete tradiciones teóricas distintas que definían a la
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comunicación como una práctica específica desde cada paradigma. En


“Communication theory as a field”, Craig enumeró las características
del campo de las teorías de la comunicación, haciendo especial énfasis
en las implicaciones prácticas de las teorías y estudios de la comuni-
cación, el estatus disciplinar, la enseñanza de la comunicación en los
libros de formación y en el diálogo al interior del campo.
En su artículo, Craig logró unificar al terreno de comunicación en
un metamodelo constitutivo que si bien no era unívoco teóricamente,
poseía una estructura dialógica-dialéctica en la que las teorías eran un
metadiscurso y las prácticas comunicativas el objeto de estudio de dichas
teorías. Pensar así al campo, según Craig, permitiría un diálogo entre
167
tradiciones teóricas, la creación de otras nuevas y principalmente la re-
definición de la comunicación como una práctica social.
Esta nueva conceptualización del término permitiría entender a la
comunicación como un fenómeno social que podría estudiarse desde
disciplinas y prácticas tan diversas como el periodismo, la oratoria, la
psicología, la política e incluso la conversación más íntima entre indi-
viduos (Craig, 1996). Estos fenómenos tan amplios e incluso distantes
unos de los otros necesitan una disciplina académica más compleja y
amplia que ellos mismos, una asignatura enseñada en las universidades
y publicada en textos. Sin importar su diversidad y heterogeneidad, las
teorías de la comunicación han sido ampliamente estudiadas, permean-
do incluso el discurso práctico, la reflexividad de los individuos y sus
mismas praxis comunicativas (Craig, 1996).
Así, esta propuesta de la comunicación como una práctica y su estu-
dio como una conceptualización de dicho ejercicio a partir de la teoría,
ha permeado en las investigaciones y servirá para entender del mismo
modo a un nuevo posible paradigma, o bien, a una teoría con la posibi-
lidad de convertirse en uno, esto es, la teoría de la argumentación.
Al partir de concebir a la argumentación como una práctica coti-
diana y mundana, alejada del formalismo de la lógica imperante du-
rante siglos, la teoría de la argumentación propone, como ya se ha
dicho, ser práctica en dos sentidos. El primero y más expreso es que la
Revista Iberoamericana de Comunicación

teoría de la argumentación es práctica al analizar el discurso práctico


que sí existe y que permea la cotidianidad. El segundo sentido se rela-
ciona con las consecuencias prácticas del ejercicio de la teoría de la ar-
gumentación en la cotidianidad y los discursos de facto, relacionados
principalmente con el mejoramiento, diseño, evaluación y enunciación
de los argumentos.
La segunda noción resulta ser un hilo importante entre la teoría de
la argumentación y el campo de las teorías de la comunicación al obe-
decer su principio el postulado entender-describir-explicar el mundo y
también cambiarlo (Craig, 1996). La teoría de la argumentación tiene
como fundamento involucrarse con los discursos más informales y co-
168
tidianos, pero también con aquellos formulados desde la formalidad de
la academia, de la ciencia y la hiperespecialización2; su comprensión
de la complejidad y de la simplicidad implica ver a la argumentación
como una práctica humana, heterogénea y al mismo tiempo atada al
contexto social en que esta sucede. Es también dicha teoría una activi-
dad práctica que puede trasladarse al campo de las disciplinas, las técni-
cas y la especialización. Por ello, se convierte en una materia práctica, tal
cual sucede con los estudios de la comunicación (Craig, 1996).

La Comunicación desde la teoría de la argumentación

La relación entre la comunicación y la argumentación ha sido más


bien implícita. Aunque sí existen textos que relacionan ambos términos
(con todas sus implicaciones), los que más destacan de entre ellos son

2
Asimismo es importante añadir que la teoría de la argumentación tiene el potencial
de epistemológica, teórica y metodológicamente analizar al mismo discurso teórico,
esto es, proveer al metamodelo de herramientas para analizar la validez y la coherencia
de la teoría misma. Esto aplicado a un campo en crecimiento tan dinámico como
el de la comunicación puede representar una nueva perspectiva de análisis de la teoría
y un complemento importante a la naturaleza dialógica-dialéctica del metamodelo
constitutivo propuesto por Craig.
Revista Iberoamericana de Comunicación

los escritos por Frans van Eemeren, Douglas Walton y Arthur Willard,
autores representativos de la teoría de la argumentación en su conjun-
to. Los tres proporcionan desde su particular postura acercamientos
breves a la comunicación, principalmente hablando de la pertinencia
de incluir a la teoría de la argumentación en el campo de las teorías de
la comunicación.
Para el fundador de la teoría pragma-dialéctica de la argumentación,
Frans van Eemeren, la argumentación, o bien, el discurso argumentati-
vo, es una actividad social básica, una instancia de la comunicación y
de las interacciones verbales de la vida cotidiana, y por lo tanto mesurable
respecto a un estándar de razonabilidad (van Eemeren y Grootendorst,
169
2006). Los autores entienden a la comunicación como un proceso y a
la argumentación como una contribución a este, para el intercambio de
ideas entre sujetos y la resolución de diferencias de opinión (van Eeme-
ren y Grootendorst, 2003).
Desde una postura más compleja, Charles Arthur Willard explica con
mayor profundidad la relación entre el argumento y la comunicación.
Él define al argumento como el proceso organizador del pensamiento
disciplinado (Willard, 1989). El propósito de la argumentación, sería,
según este autor:

…identificar y reconstruir las condiciones del discurso disentivo. Sus


intereses epistémicos son inherentes a una preocupación por la consti-
tución social del conocimiento, los métodos del juicio, verídicos, y retó-
ricos en los que las comunidades alcanzan seguridad en las creencias. El
punto es explicar cómo los grupos sostienen estabilidad intelectual al
tiempo que son capaces de cambiar. Un supuesto detrás de este punto
es que la estabilidad y apertura al cambio de una comunidad es resul-
tado de su tolerancia a los desacuerdos y los métodos de la argumenta-
ción. Otro supuesto es que la “fuerza del mejor argumento”, como dice
Habermas, implica un conjunto complejo de interacción, inferencia, y
ambiente organizacional (o más ampliamente, social) (p. 11).
Revista Iberoamericana de Comunicación

Al igual que el campo de las teorías de la comunicación (Craig, 1999;


Vidales, 2013), Willard (1989) afirma la necesidad de definir al argu-
mento desde una perspectiva pragmática y no dogmática, en la que la
explicación de la interacción y de la influencia mutua entre sujetos y
sus dominios sociales sea empíricamente concisa. El argumentar es un
fenómeno inmerso en prácticas, instituciones, organizaciones, situacio-
nes y conceptos. Para el autor, el argumentar es comunicar y en los ar-
gumentos hay oposición presente. Los sujetos, desde esta perspectiva, se
acomodan a la vida social a partir de su competencia y conocimientos
para la comunicación. Así, Willard (1989), pensando en términos de
la biología como el género y las especies, afirma que las teorías de la
170
comunicación son el terreno al que pertenece fácticamente la teoría
de la argumentación. El argumento se vuelve una idea más “coherente”
si es asimilada en las teorías de la comunicación.
Finalmente, Douglas Walton (2000) ha reconocido que la no-
ción de comunicación ha sido un concepto muy difícil de definir dentro
del campo de los estudios de la comunicación. Ha sugerido también de
forma más directa la relación de las teorías del diálogo con la comu­
nica­ción a través de un término que ha compuesto los orígenes de las
teorías de la comunicación: la información. Para Walton (2000), la
comu­nicación ha sido definida centralmente como “transferencia de
información”, remontándose a la definición aportada por Shannon y
Weaver en la que esta es reducción de incertidumbre. Esta definición
pueda ser considerada estrecha o técnica, por lo que Walton sugiere
que la amplificación del término podría llevar a pensar que todo aque-
llo que sucede en un diálogo es una transferencia de información, es
decir, comunicación. Si el objetivo de un diálogo es resolver un con-
flicto de opinión, aceptar una u otra postura o revelar las fortalezas
de ambas partes que lo conforman, entonces la comunicación desde la
postura dialógica de la teoría de la argumentación sugiere que una de
las condiciones de existencia de la comunicación es que prevalezca
un conflicto llevado o materializado, en esencia, por dos partes o pos-
turas en disputa.
Revista Iberoamericana de Comunicación

Ambas partes utilizan argumentos que representen compromisos o


contratos para el otro, es decir, razones o premisas válidas que ambos
reconozcan como tales, materializadas de forma básica en lenguajes com-
partidos o de forma más abstracta en conocimientos comunes. En el
proceso argumentativo cada parte busca conocer y exponer las razones
que componen su tesis, pero también las del otro de forma secuencial.
Así, el reconocimiento de los argumentos propios y del otro, desde la
postura dialógica, es un aumento de información, o en términos mate-
máticos, una reducción de incertidumbre.
No obstante, para poder hacer efectivo el razonamiento anterior, no
hay que perder de vista la necesidad de que el término información
171
abandone su terreno positivista (objetivo-matemático) para comenzar a
entenderse como los hechos reales o plausibles de una situación. Así, la
información no es un conjunto de hechos o datos que reducen la incer-
tidumbre o aumentan el conocimiento, sino aquello que ha sido defini-
do como relevante para una situación dada a partir de principios como
la precisión, la pertinencia y la fiabilidad. Es obedeciendo estos criterios
que la información se vuelve un concepto que incluye a todo lo útil o
pertinente de lo que no lo es a partir de su contexto de funcionamiento.
Ahora bien, dadas las tres posturas presentadas anteriormente pro-
venientes de distintos teóricos de la argumentación, se pueden encontrar
algunos puntos importantes sobre la argumentación que comparten
estos tres autores:

1. La argumentación es una actividad social. Una práctica básica


para la vida humana y cotidiana en sus actividades. Su manifes-
tación más real es aquella empíricamente obtenida de la conver-
sación: el discurso habitual.
2. La argumentación es un proceso secuencial en el que cada par-
te expone sus premisas y argumentos, al tiempo que conoce
y reconoce los de la otra. Dialogar y utilizar argumentos im-
plica forzosamente hacer uso de lo común para las partes que
dialogan y alcanzar consenso sobre aquello que no es común.
Revista Iberoamericana de Comunicación

3. La argumentación sólo es posible cuando dos partes dialogan


sobre un asunto particular que se encuentra en disputa y sobre
el que hay disenso u oposición.
4. La argumentación posibilita el aumento de información entre
las partes a partir del reconocimiento de las premisas o las razo-
nes válidas de cada parte, creando un “contrato” o compromiso
en el proceso dialógico, cuya condición de existencia es el re­
conocimiento de las partes que lo conforman y la racionalidad
de estas. Los agentes de la argumentación no pueden conocer de
facto el estado mental del Otro; no obstante, tienen nocio-
nes sutiles (y en ocasiones no tanto) sobre las premisas y argu-
172 mentos de sus contrapartes, así se manifiesten de forma explí-
cita o a partir de supuestos sobre el pensamiento del Otro. El
trabajo u operación sobre estas nociones es un contrato y un
factor necesario de la argumentación.

Así, la comunicación, definida desde este marco teórico, es una actividad


cooperativa en la cual la acción conjunta de las partes que la componen
logra crear significados y asimismo cumplir determinados objetivos.
Tal definición encuentra justificación a partir del origen léxico del vo-
cablo cooperativo: La palabra cooperativa viene del latín cooperativus y
significa “que puede trabajar juntamente con otros”. Sus componentes
léxicos son: el prefijo co (con, reunión, unión), operari (trabajar, ope-
rar), más el sufijo –tivo (relación activa o pasiva) (Anders y otros, 2016).
La comunicación es, por tanto, un fenómeno que sólo puede existir
como proceso si y sólo si lo conforman partes que dialogan y compar-
ten un corpus de conocimiento, así sea tan básico como el lenguaje o tan
complejo como las construcciones sociales del sentido común, abstrayen-
do los significados del contexto. La comunicación no existe trabajando
u operando con sólo una de las partes del proceso argumentativo, sino
por el proceso mismo y la puesta en común que le posibilitan todas
las partes que la componen. Es también un fenómeno complejo que
requiere la conjunción con el Otro y, por tanto, el cumplimiento del
contrato en el proceso dialógico ya antes mencionado.
Revista Iberoamericana de Comunicación

Lo anterior implica que la comunicación es un fenómeno dialógi-


co, por lo que el problema de esta disciplina emerge cuando no existe
un corpus de conocimiento común o hay disonancias en este, llevando
a un conflicto, pero no necesariamente a una resolución entre las partes
que conforman el diálogo. Si bien la problemática o la disonancia son
naturales e incluso deseables en el diálogo, lo cierto es que este tiene
una resiliencia que puede ser cruzada, y la cual puede alcanzar su lími-
te con el uso de falacias, la vaguedad o ambigüedad argumentativa que
rompen con el contrato del proceso dialógico de dilucidar o aumentar
la información y de conciliar posturas utilizando el conocimiento com-
partido entre los entes que dialogan.
173
Para las teorías de la comunicación existe una gran implicación que
tendría la introducción de una concepción de comunicación como la
anterior, sustentada principalmente en la dialéctica. Esta implicación
consiste en la naturaleza activa de las partes que conforman la argu-
mentación. Lo activo de la argumentación se sustenta principalmente
en:

•• La cotidianidad: la argumentación sucede de forma habitual


como actividad social básica que se replica. No es un fenóme-
no aislado o empíricamente insólito, sino que recurre en el
mundo social.
•• Las partes que conforman a la argumentación ponen en co-
mún sus premisas y argumentos principales. Al mismo tiempo,
y cumpliendo una función dialéctica, reconocen las premisas y
argumentos del Otro. Ambas partes ponen en común y buscan
consenso, sin posicionarse una sobre la otra. El proceso dialéc-
tico no es unidireccional.
•• La oposición, la toma de decisiones y el conflicto son fac-
tores cruciales en el proceso argumentativo y su naturaleza
implica un diálogo activo a favor de la resolución. No hay
argumentación si el conflicto no busca ser resuelto mediante
el diálogo.
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•• El contrato en el proceso dialógico, aunque no siempre explícito,


reconoce los argumentos del Otro como tales, aunque implique
incluso una oposición a estos. Lo anterior es inherentemente
racionalizado y dinámico.

A diferencia de la tradición fenomenológica propuesta por Craig (1999),


que consiste en la experiencia del Otro, o de la tradición retórica, que
es el arte práctico del discurso, la teoría de la argumentación entiende
a la comunicación como la cooperación entre las partes que conforman
la puesta en común del diálogo. Esto significa, en un sentido, que la
comunicación no es tal si no existe lo común entre las partes del diálo-
174
go; incluso si no hay consenso y predomina el conflicto, la comunica-
ción sólo existe en tanto hayan terrenos comunes en el proceso
dialógico.
Por otra parte, la noción de cooperación implica que la comunica-
ción es una práctica social y compartida, que existe a partir de la elimi-
nación de la unicidad y que funciona sólo en términos de pluralidad
y puesta en común. La perspectiva argumentativa de la comunicación
tiene como unidad de análisis al argumento como el movimiento entre
las partes del diálogo y como la materialización de la puesta en común.
De forma aproximada, lo anterior podría permitir al campo de las
teorías de la comunicación concebir a los agentes potenciales de esta
como partes activas del proceso comunicativo. Esto resulta de gran
utilidad, por nombrar un ejemplo, en objetos de investigación relacio­
nados con los medios de comunicación masiva, orientados en muchas
ocasiones a un formato retórico persuasivo unidireccional, de emisor
a audiencias.
Frente a los conflictos y los problemas sociales, así como en los obje-
tos de investigación, la postura activa de las teorías dialécticas de la ar-
gumentación se traduce en estudios de la comunicación empíricamente
más cercanos al cambio social y al mismo proceso dialógico como agen-
te de cambio y progreso, de consenso sobre conflicto, y al último como
parte sustancial y necesaria de la toma de decisiones y la vida social.
Revista Iberoamericana de Comunicación

Algunas conclusiones

En el presente artículo se introdujo una genealogía breve de la teoría de


la argumentación, partiendo de la filosofía griega de Platón y Aristó­
teles hasta la nueva retórica y dialéctica de los fundadores de la teoría
de la argumentación. Posteriormente se enfatizó la importancia de la
dialéctica en este marco teórico particular, así como los postulados dia-
lécticos de la argumentación y sus principales características. Finalmen-
te, se propuso un concepto de comunicación desde la teoría de la
argumentación así como una justificación de la introducción de esta en
los postulados de la comunicación, pensando esta incorporación como
175
un paso natural o predecible en el desarrollo y emergencia de la teoría
de la argumentación.
Como ya se ha mencionado, la cotidianidad de los enunciamientos
de los agentes no ha restado relevancia al estudio de los argumentos. Si
bien la teoría de la argumentación es amplia, diversa y multidisciplinar,
a modo de símil que la misma teoría de la comunicación, sus propósitos
y posturas frente al argumento han alcanzado cierto consenso, princi-
palmente en la definición del argumento como un diálogo y a las partes
que lo componen como comprometidas y también necesarias para su
existencia. Este punto en común, como característica básica de la teoría
de la argumentación, puede contribuir al desarrollo y enriquecimiento de
las teorías de la comunicación, principalmente pensando a estos como
procesos dialógicos en los cuales existen puestas en común y la conjun-
ción de ideas a partir de su oposición o disenso.
Si bien este acercamiento teórico es tentativo y bastante sintético,
quedan cabos sueltos entre ambas teorías que deben ser profundizados
y estudiados con gran detalle. ¿Qué implicaciones epistemológicas tiene
la inclusión de la teoría de la argumentación en las teorías de la comuni-
cación?, ¿qué implicaciones metodológicas hay para ambas teorías si di-
cha inclusión es viable? Efectivamente, dos cabezas han de pensar mejor
que una, y si en este texto se ha insinuado que los terrenos comunes y
las posibilidades de diálogo entre las teorías de la comunicación y las de
Revista Iberoamericana de Comunicación

la argumentación son, no sólo posibles sino incluso deseables, entonces


aún queda una conversación y un posterior disenso entre ambas postu-
ras. Lo anterior no representa ninguna limitación. Es, de hecho, espe-
cialmente para las teorías de la comunicación, algo recurrente cuando
una teoría emergente encuentra cabida en ellas.

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