El reloj de la estación llevaba años detenido en la misma hora: las tres y doce de la tarde.
Nadie
recordaba exactamente cuándo había dejado de funcionar, pero los viajeros seguían mirándolo cada
vez que cruzaban el andén, como si esperaran que, de pronto, las agujas se movieran de nuevo.
Entre las bancas oxidadas y las palomas que anidaban en los huecos del techo, aparecía siempre un
hombre vestido de gris. No compraba boletos ni subía a los trenes; simplemente se sentaba en el
mismo banco, con un libro que nunca abría. Los niños lo llamaban “el guardián del tiempo”, y los
ancianos decían que había estado allí desde mucho antes de que la estación se construyera.
Un día, Clara, una muchacha que regresaba de la ciudad con más preguntas que respuestas, decidió
acercarse. Nadie más se atrevía a hablarle, pero ella no tenía miedo.
—¿Por qué está roto el reloj? —preguntó, sin rodeos.
El hombre levantó la mirada por primera vez en años. Sus ojos no tenían edad: parecían cargados de
todas las horas que ese reloj había perdido.
—No está roto —respondió con calma—. Está esperando.
—¿Esperando qué? —insistió Clara.
Él sonrió apenas, como quien guarda un secreto demasiado grande para explicarlo en palabras.
Entonces señaló las vías, vacías y oxidadas.
—Esperando el tren que nadie más recuerda.
Clara sintió un escalofrío. No supo si aquello era una advertencia, una promesa o simplemente un
juego. Pero desde ese día, cada vez que pasaba por la estación, también miraba el reloj detenido a
las tres y doce, preguntándose si algún día escucharía el silbato de ese tren fantasma.